Tender is the Night, Un modelo frágil de civilización

Advertía Platón en el Fedro que la sensibilidad del poeta por la belleza (y la del novelista en tanto que poeta) puede llevarlo al cielo, pero puede a menudo constituir también un camino expedito al abismo y, en ocasiones, al infierno, un infierno privado pero no menos cruel y duradero. Digo esto porque leyendo Tender is the Night, novela escrita y reescrita diecisiete veces por el norteamericano Francis Scott Fitzgerald (1896-1940)-aquel que se pensó podría ser el mentor de los escritores de la Generación Perdida, según el término que usó Gertrude Stein para bautizarlos-siento que la novela revela esa ansia y voracidad extremas por el lujo que padecía Fitzgerald; las que se manifestaban como una inaplazable hambre metafísica que le creaba una culpa constante.

Este sentimiento de culpa de Fitzgerald explica que luego de que la novela comienza con la narración casi alegre de la vida de un hombre que posee ilimitados grados de libertad para lograr el éxito en su vida profesional y afectiva, a partir más o menos de la mitad de la narración, comience un descenso en picada que despoja rápidamente del brillo que éste personaje tenía y que pudo haber traducido fácilmente en gloria si no se hubiera dejado deslumbrar por ese otro brillo del glamour y del lujo.

En Tender is the Night se narra el auge y caída del doctor Dick Diver, brillante y apuesto psiquiatra quien, no obstante su gran talento y su irresistible encanto, no logró vivir a la altura de sus expectativas. Al comienzo de la novela, la bella y rica heredera Nicole Warren, una joven a la que un evento traumático ha dejado con un serio desequilibrio mental ha sido internada por su padre en un sanatorio mental en Suiza. Es allí donde conoce un dia al doctor Dick Diver y se enamora a primera vista. Nicole canaliza este amor escribiéndole a Dick un torrente de amorosas y apasionadas cartas. Luego de una breve reflexión sobre los posibles conflictos éticos de iniciar una relación afectiva formal con una paciente, Nicole y Dick se comprometen y contraen matrimonio.

Los primeros años de su relación, que los pasan en compañía de Baby Warren, hermana de Nicole, son de una felicidad total. Pero en el Segundo Libro, cuando aparece Rosemary Hoyt, una joven y bella actriz que pasa las vacaciones con su madre en Europa, Dick inicia una aventura con ella; cede a su debilidad ante la belleza fresca y el encanto adolescentes de Rosemary, y la vida y el matrimonio de Dick sufren un giro que marca el comienzo de su decaimiento, proceso que impregna el ambiente de la novela y las vidas de Dick y sus amigos de una melancolía que en él se mezcla, según progresa la narración, fuertemente con el arrepentimiento: “It was lonely and hard to be so empty hearted toward each other” (p. 309), dirá Dick un día en que reflexiona sobre lo que esta viviendo.

Dick lamentará que a él lo haya perdido su entrega temprana, rápida e irresponsable a los brazos de un matrimonio fácil con la bella, riquísima, aunque mentalmente frágil, Nicole Warren, quien contra todas las esperanzas se hace cada dia más fuerte hasta el momento en que finalmente es capaz de terminar su relación con Dick y definir su vida eligiendo una nueva pareja y una nueva vida. Lo trágico es que Dick, que es un hombre brillante, se da cuenta del carácter inexorable del decaimiento, tanto del amor que se tenían así como del mundo de armonía y felicidad que habían construido juntos.

Al separarse de Nicole, Dick quedará libre pero, de un modo fatalista e incluso determinista, Fitzgerald condena a Dick a sufrir las consecuencias de su entrega temprana, de esa aquiescencia pasiva ante lo que él sabía era el proyecto de los Warren: comprarle un doctor a Nicole para que se casara con ella. Dick no llega a ser el brillante psiquiatra que prometía convertirse en un Adler, o en un Freud norteamericano como algunas veces lo creyó su amigo y condiscípulo Franz. Al final, sin tener nunca más una otra pareja de tanto brillo social o belleza como Nicole, ejercerá su práctica médica en cada vez más diminutos pueblitos del Estado de Nueva York.

Uno encuentra en Francis Scott Fitzgerald, semejanzas con el Oscar Wilde anterior al terrible trío de procesos asociados a su relación con Lord Alfred Douglas; o con el Proust anterior a su reclusión en el 102 del Boulevard Hausmann, en París, donde escribiría los siete tomos de A la Recherche du Temps Perdu. Me refiero a esa sensibilidad en todos ellos a la belleza y, en particular en Fitzgerald, su debilidad ante el glamour, esa forma de belleza chispeante y fugaz, que nos recuerda los destellos de las piedras preciosas y brillantes que miraba en la vitrina de la joyería Tiffany Holly Golightly, aquel delicioso personaje de Truman Capote en Breakfast at Tiffany´s.

Una diferencia entre los tres escritores es que hubo puntos de inflexión claros en las vidas de Wilde y Proust, pero no los hubo en Fitzgerald. Ni siquiera cuando su esposa Zelda sufrió el primer ataque de esquizofrenia y tuvo que ser internada, dejó Fitzgerald de acariciar, al menos en la ficción, el sueño de llevar una vida al estilo de los residentes de Long Island, quienes daban fiestas como las que solía dar su personaje Gatsby (de Great Gatsby, su novela más lograda). Fitzgerald también admiraba el estilo de vida que llevaban los británicos y norteamericanos que viajaban con todos los lujos para veranear en la Costa Azul, lugar donde escribe algunas de las versiones de esta novela (Saint-Rafaël) y ubica los hechos que se narran en Tender is the Night. Lo mismo se podría afirmar del mundo de glamour y actrices bellísimas dentro del que vivían los magnates de Hollywood en esa época, los responsable de producir la ilusión cinematográfica y potenciar de tal modo el glamour de las grandes divas al llevarlas a la gran pantalla.

Y sin embargo, en sus obras Fitzgerald no aborda sin culpa su pasión por el glamour. Si Tender is the Night es de algún modo autobiográfica, y Dick Diver es (de algún modo) un retrato de Fitzgerald, es posible que él mismo haya tenido (como los tuvo Dick hacia el final de su relación con Nicole) momentos de arrepentimiento. Es posible que se haya arrepentido de haberse dejado tentar por el alcohol hasta el punto de deteriorar seriamente su salud; o de ceder al encanto breve que ejerciera sobre él la dominante Zelda (quien se casó con él sólo cuando, después de que se publicara su primera novela, This Side of Paradise, pensó que un escritor exitoso podría satisfacer su gusto por el lujo y el exceso a un nivel que excedía sus posibilidades económicas) y que duró hasta su ataque de esquizofrenia. A Fitzgerald le creaba culpa, por ejemplo, tener que vender sus cuentos cortos a revistas como The Staurday Evening Post (textos que tanto él como Hemingway consideraban que los prostituían como escritores) para financiar una vida glamorosa llena de lujos que le duraba sólo breves lapsos de tiempo.

Si una causa de la culpa que asalta a quien persigue en su vida con demasiado celo los bienes materiales, es ver de qué manera su propia ansia por éstos lo ha llevado a abandonar o traicionar (lo que es peor) los sueños que tuvo cuando joven, la culpa también puede nacer del darse cuenta del contraste que existe entre el mundo en el que es posible disfrutar libremente (y a menudo irresponsablemente) de la belleza, los lujos y el glamour, y el otro mundo, lejos de su entorno inmediato, o en el futuro, donde ocurren cosas terribles como: guerras, pobreza extrema, sufrimiento y muerte masivos, crisis económica, social y política. Fitzgerald viviría para ver la Gran Depresión y el estallido de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de1939; tendría tiempo para reflexionar que el estilo de vida retratado en Tender is the Night no tenía cabida en un mundo afectado por esos dos infortunados sucesos. Quizás la conciencia de que ese estilo de vida pertenecía a un tiempo y un mundo que habían quedado atrás; un mundo feliz en el que todos se podían divertir de modo inocente, un mundo que él quizás no viviría para ser testigo de su retorno, le hizo escribir una novela en la que todo se desliza lentamente por la pendiente cada vez más empinada de un despeñadero melancólico.

Porque Tender is the night llega temprano a su clímax. En el libro segundo, que comienza en la página 64, y que está titulado como Rosemary´s Angle, la mirada inocente y fresca de Rosemary Hoyt registra ese paroxismo de belleza, armonía, refinamiento y civilización del cual los Divers y el grupo de amigos cuyas vidas giraban alrededor de su encanto y belleza eran un modelo que muchos seguían.

Tal como lo señala Malcom Cowley, el editor de la edición publicada por Penguin, la descripción de la cena a la luz de los candelabros en Villa Diana (esa casa que mira el mar desde un risco y que es el hogar de los Divers), que se describe en ese capitulo, es sin duda el punto más alto de armonía, alegría cordial entre amigos, convivialidad y plenitud que alcanza la novela. Una aura de gracia etérea y fugaz como el rocío parece rodear la mesa a la que se sientan a cenar y haber contagiado a los comensales:

The table seemed to have risen a little toward the sky like a mechanical dancing platform, giving the people around it a sense of being alone with each other in the dark universe, nourished by its only food, warmed by its only lights. And as if a curious hushed laugh from Mrs McKisco were a signal that such a detachment from the world had been attained, the two Divers began suddenly to warm and glow and expand, as if to make up to their guests, already so subtly assured of their importance, so flattered with politeness, for anything they might still miss from that country well left behind. Just for a moment they seemed to speak to everyone at the table, singly and together, assuring them of their friendliness, their affection. And for a moment the faces turned up toward them were like the faces of poor children at a Christmas tree. Then abruptly the table broke up-the moment when the guests had been daringly lifted above conviviality into the rarer atmosphere of sentiment was over before it could be irreverently breathed, before they had half realized it was there (p. 101-102).

(“La mesa parecía haberse elevado hacia el cielo como una plataforma de baile mecánica, lo que le daba a la gente alrededor una sensación de estar ellos solos en el oscuro universo, alimentados sólo por esa comida, iluminados sólo por esa luz. Y como si una curiosa risa muda de la señora McKisco fuese una señal de que habían alcanzado tal desprendimiento del mundo, los Divers comenzaron súbitamente a calentar, brillar y expandirse, como si se estuvieran engalanando para sus huéspedes, a quienes les habían asegurado ya, de un modo tan sutil su importancia; quienes habían sido tan halagados con cortesías, como para compensar cualquier cosa que todavía pudieran extrañar de aquel país que habían dejado atrás. Sólo por un momento, pareció que les hablaban a todos en la mesa, a cada uno como individuos y a todos como grupo, ratificándoles su amistad y su afecto. Y por un momento, sus caras vueltas hacia ellos, eran como las caras de niños pobres frente a un árbol de Navidad. Luego, abruptamente el encanto se quebró, ese momento en que los huéspedes habían sido osadamente elevados por encima de la cordialidad hasta esa atmósfera más rara del sentimiento se había ido, antes de haber podido ser respirado irreverentemente, incluso antes de que se hubieran dado cuenta de que estaba allí.”; traducción LD)

Esta descripción de la alegría y sentimiento de afecto colectivos que, gracias a la calidez de los Divers, invade la mesa y contagia a los comensales, quienes parecen haber sido secuestrados por la grosera y grávida materialidad del mundo y llevados, como en un rapto extático, a un nivel más elevado y etéreo que el suelo, nos recuerda que estas cimas de felicidad, no pueden durar sino el lapso brevísimo de un abrir y cerrar de ojos (qué buena es la palabra blink para nombrar esta acción!), las fracciones de segundo que tarda en cruzar el cielo la estrella fugaz. Casi siempre, cuando nos damos cuenta de que algo semejante ocurre a nuestro aalrededor, ya todo ha pasado. Nuestra atención es torpe y lenta, inadecuada para captar la belleza de esas chispas de brillo intenso y perecedero. Es el carácter irrepetible de la belleza y armonía que se sienten en esa cena, y su naturaleza forzosamente fugaz, lo que constituye la esencia de la belleza única y suprema de ese momento e impregna de melancolía al resto de la novela. La experiencia ha de haber sido tan intensa que uno de los invitados a aquella cena, Royal Dumphry, con quien Dick se encuentra muchos años más tarde, le dice:

“Doctor Diver-one thing I want to say before you go. I´ve never forgotten that evening in your garden-how nice you and your wife were. To me it´s one of the finest memories in my life, one of the happiest ones. I´ve always thought of it as the most civilized gathering of people that I have ever known.”

(Doctor Diver, hay una cosa que quiero decirle antes de que se vaya. Nunca he olvidado aquella tarde en su jardín, cuán agradables fueron usted y su esposa. Para mi es uno de los recuerdos más gratos de mi vida, uno de los más felices. Siempre he pensado que aquélla cena fue una de las más civilizadas reuniones de gente que yo haya conocido.”)

Podemos pensar que ese minucioso registro y análisis social que realiza Fitzgerald del grupo de gente que giraba alrededor de los Divers durante los años que vivieron en Villa Diana, en la Costa Azul, constituían un modelo de la clase de civilización que se podía lograr cuando el lujo y la riqueza eran utilizados por gente con clase, inteligencia y buen gusto (además de hermosos), que podían usar todo eso para bridarles a sus amigos momentos de felicidad únicos e irrepetibles. Rescatar ese modelo para la posteridad pudo haber sido parte del proyecto de Fitzgerald al escribir esta novela.

Pero Fitzgerald estuvo también conciente de que el modelo de civilización que encarnaba su novela no era fácilmente extendible: no todos podían ser tan ricos como lo eran los Divers. No era un modelo generalizable para las masas. Ese detalle no era lo único que hacía frágil y poco viable a ese estilo de vida y modelo de civilización. Era frágil, también, porque debajo de la risa, alegría y aparente felicidad que mostraban los rostros, gestos y palabras de quienes vivían dentro y alrededor de él, podían ocultarse lágrimas, angustias, celos y sentimientos oscuros y crueles. Esa misma civilización, cortesía y buenas maneras impedían que todos se dieran rápidamente cuenta de la tragedia que alguno de ellos podía estar viviendo en silencio. Quizá impedían que salieran a la superficie ciertas verdades sobre las vidas que cada cual vivían. Finalmente, era frágil porque no era un estilo de vida consistente con los tiempos que llegaron más tarde. Por todas esas razones, el estilo de vida que llevaban los Divers, al que nadie podría negarle su frágil y perecedera belleza y luminosidad, tenía que ser recordado.

Un comentario en “Tender is the Night, Un modelo frágil de civilización

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