Actos indecentes, ágil contrapunteo narrativo

Finalmente, después de tantos años de haber sido representada en New York, el pasado viernes 16 de julio tuvimos la oportunidad de asisitir a la premiere de Actos indecentes dirigida por el dramaturgo con la colaboración de Michel Hausmann.

Me impresionaron, no sólo la calidad de la actuación de un reparto que tenía en los roles protagónicos a Javier Vidal (Oscar Wilde) y a Juan Carlos Alarcón (Lord Alfred Douglas hijo) acompañados de Alejo Felipe, Rolando Padilla, Christian McGaffney, Fernando Yvosky, Elvis Chaveinte y Eben Renan. Me impresionó también muy positivamente el libreto, escrito en 1997 por Moisés Kaufman (que fue representado por el Tectonic Theater Project en el circuito off-broadway de New York).

La obra trata sobre los tres juicios que tuvo que sufrir el poeta, escritor y dramaturgo irlandés Oscar Wilde.
El 3 de abril de 1895, comenzó el primero de los tres juicios. Este primer juicio lo inició WIlde contra Lord Alfred Douglas Marqués de Queensberry. El juicio constituó una oportunidad para que se ventilaran múltiples detalles de la vida privada del escritor. Wilde inició esta acción legal por la sugerencia (muy impropia) de su amigo íntimo, Lord Alfred Douglas hijo, quien estaba convencido de que iba a ganar el juicio y causarle un perjuicio significativo a su padre, con quien tenía un profundo enfrentamiento.

Moisés Kaufman

El evento que detona ese primer juicio fue una tarjeta dejada en la portería de un club del que Wilde era socio por el Marques, quien había escrito de su puño y letra y con una pésima ortografía: “”for Oscar Wilde, posing somdomite”. WIlde consideraba esto una ofensa grave y demandó. El juicio evoluciona mucho peor de lo previsto y Wilde quien se ve forzado a retirar los cargos contra el marqués. Sin embargo, el jurado sentencia, luego de analizar la evidencia presentada, que “la acusación de que Wilde había posado como sodomita estaba justificada (…), en substancia y de hecho”. Lo malo que es que las cosas no quedaron así.

La Corona Británica fue la demandante en los dos juicios siguientes, que concluirían el 25 de mayo de 1895, no solo con el desgaste moral y material del escritor sino además con una sentencia que condenaba a Wilde a sufrir la pena máxima estipulada por la ley, que eran dos años de prisión y trabajos forzados. WIlde pasó su condena, primero en dos prisiones de Londres y luego en la cárcel de Reading, a la que fue transferido en un dantesco viaje en el que sufrió los vituperios y afrentas de un populacho que representaba uno de las sectores (quizás el más naive) de la hipócrita sociedad victoriana, que se hizo célebre por criticar abiertamente aquello que practicaba una importante fracción de sus élites sociales en el oscuro seno de internados (boarding schools) y universidades. Y sin embargo, el desgaste moral y el empobrecimiento y debilitación física que produjo la cárcel en Wilde no minaron (sino todo lo contrario) la fuerza y profundidad de su poesía.

La balada de la cárcel de Reading escrita por Wilde durante el exilio que sucedió a su liberación, y De profundis, la carta dirigida a su amigo Lord Alfred Douglas, fueron dos de las obras más desgarradoras e introspectivas producidas por la pluma de Wilde. Es posible que la famosa línea de esa obra, “todos somos culpables de matar aquello que amamos”, se refiera a su amado e íntimo amigo Lord Douglas. de quien al final sintió que lo había traicionado o, al menos, que no estuvo a la altura de sus expectativas.

Actos indecentes, escrita en 1997 por Moisés Kaufman presenta el drama de los tres juicios a Wilde con un enfoque postmoderno, enriquecido por una impresionante erudición, en el que fragmentos de los múltiples discursos y posiciones implicados en el juicio contrapuntean, reforzando o rebatiendo los argumentos y contraargumentos de las partes. De este modo la narración progresa de una forma o lineal que nos recuerda al ensamblaje de los instrumentos de una orquesta o de las piezas de un reloj. La voz del acusador (Wilde en el prime rjuicio) gradualmente se convierte (en el marco de una matriz de opinión adversa fuertemente teñida y matizada por la hipocresía de la sociedad victoriana) en acusado (en los siguientes dos juicios). Y entre estas dos posiciones antagonistas (la de acusado y acusador), la obra permite que conversen, a veces sólo como gritos, y otras como clamores, susurros, declaraciones, confesiones, y hasta declamaciones poéticas, las voces o discursos de los testigos, de la defensa, de la parte acusadora, del jurado, de la prensa, de la calle, e incluso la de la Corona Británica. Y en el medio, como en un paréntesis en el drama, el discurso de un académico interpreta el impacto cultural de los juicios a Wilde como un paradigma que contribuye a construir socialmente el concepto moderno de gay. En la obra, el académico dice que Wilde nunca se define a sí mismo como gay u homosexual. Wilde pensaba de sí mismo que él era simplemente un amante de lo bello, de la belleza al estilo de los griegos quienes, aunque hablaran en textos como el El banquete o del Amor, sobre la superioridad de las parejas hombre-hombre, no se comprendían o definían como tales. Wilde estuvo casado y tuvo hijos. Y sus relaciones con hombres jóvenes no las entendía como una contradicción a su decisión de haberse casado o tenido hijos. Será la modernidad la que eventualmente constriña y luego condene social y culturalmente a los homosexuales. Y no solo la que condene los actos que éstos cometen como actos indecentes que ofenden o minan la sociedad.

Ese manejo de la narración como si fuese producida por una orquesta es lo que le confiere dinamismo y objetividad a la obra. Pero es también este ensablamblaje discursivo que sincroniza las voces como lo están las piezas en un mecanismo de relojería lo que crea para el espectador el concepto de la calle y ese ruido tan moderno, o postmoderno, que produce la urbe, que es también el lugar en el que se mezclan los discursos de los distintos actores que conviven en ella de un modo que por momentos, sin importar que provengan de emisores antagonicos, los percibimos como partes de un único emisor. Sin llegar a convertirse en ruido, fundimos todos estos discursos en nuestra mente. Dejamos que reverberen y nos deleitamos escuchando sus ecos.

Aprender a descifrar estos estos ecos fundidos, a darle un sentido único a estos mensajes reverberantes cuyos sentidos individuales se yuxtaponen o solapan, es parte del aprendizaje de cómo se vive en una ciudad moderna. La velocidad con que se producen esos mensajes antagónicos o complementarios, nuestra capacidad para producir sentido a partir de ellos, es lo que nos hace revela como ciudadanos. Lo que nos ayuda a convivir y aspirar a que, por encima del caos, del ruido y de la peligrosa pérdida de sentido por saturación, un sentido que supere las diferencias, un sentido sintético. Un sentido que trascienda las diferencias.

En esa búsqueda anda (debe andar) el habitante de la ciudad postmoderna. Porque lograr (aspirar a) ese sentido conciliador por encima de la multiplicidad de voces relacionadas con cada asunto conflictivo que implica un grupo de personas diferentes, es la única posibilidad de convivir pacíficamente y cordialmente dentro de la creciente diversidad, otredad, multiplicidad y pluralismo que habita la metrópolis.

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