Man on wire (2008): Por un gesto entre las nubes

Philippe Petit caminando entre las torres gemelas del WTC, 7 de agosto de 1974 (foto: del documental man on wire)

La mañana del 7 de agosto de 1974, una multitud se había reunido espontáneamente para mirar absolutamente maravillada, fascinada e hipnotizada cómo el funambulista francés Philippe Petit, luego de cometer una pequeña e inocua transgresión que había violado los sistemas de seguridad de las Torres Gemelas del World Trade Center para subir junto con su equipo hasta el último piso de estas torres, caminaba sobre un cable que luego de una laboriosa instalación pendía de las dos torres muchos años antes de que el brutal embate de esa otra transgresión y agresión, nada inocua (y por el contrario suicida y criminal), produjeran su desplome.

Petit caminaba sobre ese cable sin una malla que lo sostuviera abajo. Su cuerpo sereno y totalmente concentrado, según se pudo apreciar luego, no desde abajo, a tantos cientos de metros de las cabezas de los espectadores, sino cuando las primeras planas de los periódicos de todo el mundo publicaron la noticia en primera plana ilustrada con fotos tomadas con teleobjetivo que registraban esa sorprendente y única hazaña. Petit parecía ser absolutamente ajeno al vértigo mientras caminaba hacia adelante y hacia atrás a una altura de más de 400 metros sobre el nivel de las bases de las torres. Llegado un momento, este funambulista se acostó sobre el cable. Mirando desde abajo cómo yacía horizontal, con lo que parecía una total indiferencia hacia el vacío y el vértigo que lo suele acompañar; con esa calma con la que otro hubiera podido estarse tomando una margarita al borde una piscina, hubo espectadores que tuvieron por un instante la ilusión de que Petit estaba realmente sujeto por algún sistema de hilos de acero o nylon invisibles- Porque esa falta de vértigo era inexplicable. Cómo se podía caminar con ese desparpajo-que era ilusorio porque Petit realmente lo hacía con solemnidad, con agradecimiento hacia un mundo que le ofrecía esos breves pero inolvidables minutos de gloria (no de incinerable fama warholiana). Y sin embargo, esa seriedad con que Petit se tomaba su empresa y proeza no le impedían sonreir, tampoco le impedían molestar un poco a los guardias de seguridad de esos edificios, quienes le pedían a gritos que concluyera su inexplicable (y admirable como confesaría luego uno de ellos) acto demencial. Pero como cuenta Anne, quien era entonces su mujer, uno de los momentos cumbres de esa breve pero extraordinaria caminata rodeado de vacío, fue cuando Philippe se arrodilló en perfecto equilibrio sobre ese cable. Lo que uno ve en las fotos que registraron ese gesto fue su agradecimiento a una vida y un mundo que le permitía regalarle (gracias a los medios de comunicación) a millones de seres humanos una imagen que les alegraría el día; una imagen que les haría salir por un instante de sus rutinas e imaginarse con o sin vértigo, una experiencia límite que representa esa mezcla poco frecuente de: logro, libertad, soledad (él estaba solo en ese cable), riesgo sin temblor (aunque seguro que con temor), inocente transgresión, y vasto y profundo amor hacia el ser humano.

Philippe Petit, nacio el 13 de agosto de 1949 en Nemours, Francia, y desde muy temprano decidió ser un funámbulo, además de juglar, mimo, monociclista y mago. Según la película Man on wire, dirigida por James Marsh, que ganó el Oscar al mejor documental largo en lengua extranjera en 2008, y que estuvo inspirado en el libro de Petit To reach the clouds,
el sueño de realizar esta proeza nació el día que en la sala de espera del dentista, Petit leyó en una revista que en la ciudad de Nueva York se construirían las torres más altas del mundo. Era un artículo en el que se hablaba de un futuro proyecto de construir las torres gemelas del WTC. Philippe arrancó la página de aquella revista y salió corriendo del consultorio. A la sazón Philippe tenía 17 años; era el año 1966. Era este sueño, de todo punto de vista, un sueño precoz dado que aquello que lo motivaba no existía aún.

Lo que me gusta de este documental es que la realización de este sueño te deja unas imágenes distintas para que guardes en tu memoria el recuerdo de esas torres. Recordar a Petit arrodillado en equilibrio sobre ese cable rodeado de vacío, mirando a las nubes como a pares, escuchando el despertar de la ciudad. El visual que se observa desde esa distancia como un lento y gradual desperezamiento de un animal gigantesco; como un re-llenado con los vehículos de siempre de unas calles que llegaron a estar casi vacías durante las últimas horas de la madrugada, antes de que regresaran los madrugadores.

O ese otro despertar auditivo de la ciudad. El que uno percibe como el crescendo de un ubicuo ruido urbano que ha sido producido por la fusión orquestal de los ruidos de motores de carros, buses y camiones; de pregones matutinos, de las conversaciones o gritos de los peatones; de tempranas disputas entre amantes, amigos, esposos; y de los ruidos de los otros motores y máquinas que han puesto una vez más en movimiento, rítmico y circadiano, a ese animal multípedo, multiforme, laberíntico y a menudo voraz que es la metrópolis. Las torres como oportunidad para que este soñador nnos deje una imágenes de libertad, de capricho, de sueño realizado, de transgresión inocente y de soleme amor a la vida, a todos los hombres y mujeres de Nueva York y del mundo para los que realizó su sueño. Amor a la vida con el cual quiero combatir y diluir la influencia negativa de las imágenes de esa tragedia perpetrada por un grupo de fundamentalistas suicidas que tenían en común el típico amor a la muerte de los kamikazes, cuya inmolación absurda no tuvo ni tendrá sentido alguno. No quiero recordar esas torres, en cuya terraza en el último piso estaba grabada la firma de Petit y la fecha de su hazaña, ardiendo rodeadas de humo, terror, perplejidad y espanto. Quiero recordarlas como el vehículo de un sueño. Y como cientos de otras cosas más. No ganamos la batalla contra el terror, contra los que aman la muerte, recordando el horror que producen. No es negar la realidad, recoordar como inspiradoras imágenes que celebran la vida. En un mundo en el que la locura y la incertidumbre conducen a tantos hombres y mujeres a amar y celebrar la muerte, no shacen falta imágenes, palabras, piezas musicales, gente que celebre con alegría la vida.

Nota

“¿Por qué lo hizo?” Esta era la pregunta que una y otra vez le formularon los priodistas, la policía, los cuerpos de seguridad, cuaando detuvieron a Petit al terminar su caminata. La capacidad de soñar despiertos no es tan frecuente entre la gente. pero es mucho más rara o escasa la voluntad de hacer que nuestros sueños se hagan realidad. Me refiero a sueños inútiles, a esos que no se traducen inmediatamente en dinero, joyas, diamantes, lujo y posesiones. me refiero a sueños que sólo producen esa mezcla rara de perplejidad, sorpresa, fascinación, alegría, llanto, cuando somos testigos o partícipes de ellos.

No incluyo en esta lista a los sueños de los revolucionarios, a los que sueñan con cambiar el mundo y al hacerlo, sacan cuentas delirantes sobre el número de personas que deben morir forzosamente (¿Cuantos dijo Saint Just que debían morir para que Francia fuese la nación que quer´ían los revolucionarios?, ver Camus, El hombre rebelde). A aquellos que asumen esa contabilidad como si se tratara de garbanzos, o quintales de arroz. Pienso también en la relación autobiográfica que hace Bernard Henry-Levy sobre sus años de revolucionario; aquellos que pasó en la conspiración fantasiosa con un Althusser maoista con el que soñaba guerra revolucionarias que convertirían a Francia en el bastión del antifacismo mundial.

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