Violencia, determinismo y otros temas en las novelas de Ian McEwan

Las primeras obras del escritor británico Ian McEwan, se habían caracterizado porque mostraban una facilidad impresionante para introducir la violencia en la vida de sus personajes, sin importar en qué tipo de escenas él los hubiese colocado. Naturalidad que hacía a McEwan muy diferente de Quentin Tarantino, quien introducía la violencia en sus películas (pienso en Reservoir Dogs, Pulp Fiction), casi siempre de un modo espectacular, cinematográfico, disruptivo del hilo narrativo, todo lo opuesto a lo que describiríamos como una entrada natural. Por algo era apodado Ian Macabro. Todo ocurría súbitamente. Antes de que el lector se hubiera dado cuenta de qué estaba pasando, uno de los protagonistas había asesinado con magistral sangre fría al otro, a quien le manaba la sangre de la arteria de una muñeca, manchando su ropa y zapatos, como por ejemplo, en ese final escarlata de The Comfort of Strangers (1981). Al terminar de leer esa novela, nunca supe cómo Colin, ese hombre saludable que a lo largo de la novela había albergado un deseo persistente e insaciable por la hermosa Mary, no tuvo la voluntad para resisitirse a las arteras zalamerías y engatusamientos con los que Robert primero (y luego Caroline, pareja de serial killers) distrajeron y atrajeron hasta que cayeron ingenuamente en su red, a esa joven y bella pareja de turistas extranjeros que en un plan romántico visitaban Venecia por primera vez.

Una aparición tan súbita e inesperada de la violencia ocurre también en Amsterdam, la celebrada novela con la que McEwan gana el prestigioso Booker Prize. La novela comienza en el funeral de Molly Lane, “una chica encantadora” que incluso Una Nochebuena en un castillo escocés, había bailado desnuda sobre una mesa de billar”(p. 17). Pero Molly ahora está muerta y la lloran su esposo y algunos de sus antiguos amantes. En realidad ella es el vórtice alrededor del cual giran las vidas de los cuatro protagonistas: Clive Linley, músico consagrado que posee el don del oido perfecto y a quien le han encargado preparar la Sinfonía del Milenio; Vernon Halliday, periodista y director de un periódico que no recuerda el sexo con Molly pero sí sus lecciones de culinaria; George Lane, su marido, poderoso y millonario que atendió aa Molly durante su rápido deterioro final; y Julian Garmony, Ministro de Asuntos Esxteriores y candidato a Primer Ministro que en la novela será el objetivo de un ataque a su reputación y vida privada. Desde el principio, las tensiones entre los cuatro protagonistas son evidentes pero no exceden lo que a uno le parecería normal. Están hechas de esa mezcla tan nociva para las relaciones: rivalidades, celos, envidias, expectativas frustradas. Lo que uno como lector no espera es la violencia súbita y silenciosa que, con una precisión de neurocirujano, cobra las vidas de dos de los cuatro protagonistas dentro de un juego de espejos y sincronicidades junguianas que duplica las traiciones, las víctimas y el arma del crimen. En un hotel de Amsterdam se han dado cita Vernon y Clive. Lo que ignoran es que cada uno ha planeado la muerte del otro y, como unos Judas postmodernos, han ocultado la traición al amigo con impecable impostura.

Entra el determinismo
En cambio, en una novela más reciente como Saturday (2005), en la que también la violencia urbana de la cosmopolita ciudad de Londres, se introduce de un modo gradual y reptante en un día no laborable y familiar del neurocirujano Harry Perowne, McEwan introduce el tema de cómo se forjan nuestras vidas. Cómo miles de eventos de nuestro pasado (o uno solo, un perfil genético en el caso de Baxter) nos inducen a tomar un camino en lugar de otro, a elegir A en lugar de B, y cómo tales decisiones nos dejan reflexionando, más temprano que tarde, sobre lo deseable que habría sido elegir B en lugar de A.

En Saturday, Perowne había planeado ese sábado disfrutar de una cena en la compañía de sus familiares más cercanos, su esposa, su hijo, su hija que vivía en el exterior y llegaría antes del anochecer, y su suegro. Sin embargo, si vamos a creer en augurios, las cosas no habían comenzado del todo bien. Temprano en la madrugada de ese sábado, antes de que saliera el sol, lo había despertado el ruido estruendoso que produjo el accidente de un avión. Muchas horas más tarde, ese día en el que grupos antiglobalización marchaban por las calles de Londres, el doctor Perowne sufre un accidente, tiene un choque aparentemente poco importante con un vehículo conducido por un trío de hombres bastante rudos con los que tiene un altercado fuerte del que logra salvarse. Pero al final (del día y la novela) Perowne se dará cuenta de que ha subestimado ese evento y que éste introducirá en su vida un impredecible nivel de disrupción del estado de cosas. El neurocirujano también se da cuenta de que esta violencia que, personificada por Baxter y su pandilla, se había introducido repentinamente en su círculo más íntimo y amenazaba con destruir su inmaculada integridad, podía ser combatida con algo tan inocente y inocuo como la poesía. O más bien, por la capacidad de la poesía de llegar al alma del que aparenta ser un duro criminal. Y ablandarla y deshacer, aunque sea fugazmente, lo que tantos años de vida en las calles de oscuros y malolientes suburbios han hecho para incubarla. La posibilidad de redención del Mal mediante la poesía: su hija Daisy declama desnuda, en papel de impostora como si fuera la autora del poema, para el criminal que amenaza su vida, Dover Beach de Matthew Arnold (Daisy recited a poem that cast a spell on one man. Perhaps any poem would have done the trick, and thrown the switch on a sudden mood change. Still Baxter fell for the magic, he was transfixed by it, and he was reminded how much he wanted to live p. 288). La poesía había traído luz fugaz a la vida de un criminal que padecía una enfermedad genética.

Hay entonces en Saturday una rendija, el asomo de una posibilidad de que, de ese mismo modo súbito se introduzca en nuestras vidas lo extraordinario en general, y lo bello en particular. Y que de este modo tengamos acceso a la redención (sin duda una redención solo secular dada la postura agnóstica de McEwan, pero redención al fin) que salva al criminal de caer en el abismo de la abyecta vida en la prisión. O que le muestra, aunque sea por instantes, una forma de la belleza (que es una forma de la perfección) a la que una combinación de determinantes genéticos y de su circunstancia no le permitieron tener acceso.

Ese tema de las determinaciones genéticas de la vida de la gente, y la posibildad de que puedan contribuir a construir una personalidad como la de Baxter (y de tantos otros miles, millones), obligarlos a convertirse en marginados o criminales, es un primer paso en McEwan en definir un proyecto de investigación literaria de las diversas clases de determinismo en la vida de la gente y las posibilidades que nos ofrece la vida y quienes nos rodean para escapar de esos determinismos.

En Atonement, McEwan tiene de nuevo la oportunidad de explorar las perversidades y consecuencias del determinismo. En este caso, se enfoca en identificar y narrar para el lector la profundidad y diversidad de consecuencias que pueden tener en la vida de una relación incipiente, un evento como el que provoca Briony Tallis (quien a la sazón tenía 13 años), la hermana menor de Cecilia Tallis, cuando descubre a ésta última junto a Robbie Turner, el hombre a quien ella ama, y malinterpreta con funestas consecuencias lo que ha visto. Ese único evento determinó en una medida muy fuerte el curso sombrío que tuvieron las vidas de estos dos amantes frustrados. Ese único evento los había condenado. Quizás McEwan escribe esta novela para desenterrar y remover las raíces subterráneas (que en On Chesil Beach alcanzan hasta más allá de la primera mitad del siglo veinte) de una sociedad como la victoriana, que juzgaba y condenaba con tanta facilidad y de un modo tan superficial ciertos tipos de actos y a cierta clase de gente.

Determinismo y crítica social en On Chesil Beach
Para alguien que ha definido la ficción como a higher level of gossip (un alto nivel de chisme), sería raro que sus obras no se destacaran por identificar las redes sociales de cada uno de sus personajes y analizar de que modo lo que se dicen en ellas los afectan, crean tensiones, inducen actos de resistencia y rebeldía, o crean conformidad social. En una entrevista reciente McEwan confesó que uno de los propósitos de su narrativa era la antropología social. Esto lo acerca a la gran tradición de exploración y comprensión social de la novela británica. Este aspecto ha comenzado a ser dominante en la medida en que McEwan ha dejado de lado su interés por la violencia y la ha reincorporado como un elemento más del entorno de sus personajes, quienes se desplazan entre el centro y los suburbios de ciudades europeas modernas. Complementa este aspecto de análisis y critica social de la ficción de McEwan, su obsesión con el determinismo, que podemos presumir se deriva de su fascinación por la ciencia sumada a su fuerte y militante ateísmo.

La incursión preliminar que realiza McEwan en Saturday en la exploración del determinismo y sus consecuencias (no necesariamente desde una posición crítica) la continúa en On Chesil Beach. Durante la tardía postguerra de 1962, en un tiempo en el que aún no se había popularizado la píldora anticonceptiva, ni las consultas a los psicoanalistas, ni las conversaciones con los amigos sobre los problemas sexuales, Florence y Edward son una pareja de recien casados de poco más de veinte años de edad que se han ido a un hotel en las playas de Dorset a pasar su luna de miel. Florence es una brillante cellista que poco antes ha fundado el Ennismore Quartet, un cuarteto de cuerdas muy prometedor; Edward es un buen lector, ha obtenido un título de Licenciado en Historia en University College Londres y tiene sueños de escribir algunos libros de historia sobre la vigencia del milenarismo en un mundo contemporáneo que convive con el temor de que ocurra una hecatombe nuclear, que Edward interpreta como un nuevo pensamiento apocalíptico. Aunque la diferencia de clases es notable, y uno pudiera pensar que en ocasiones complica aún más la comunicación no sexual entre ambos, cada uno de los cuales llega a la relación con creencias y una experiencia personal que no son muy valiosas para sustentar una vida sexual feliz, el lector se da cuenta de que cada uno, Florence y Edward, son peculiares a su manera y que entre ellos ha nacido un amor bastante franco e inocente sobre el cual podría construirse un buen entendimiento y, con paciencia y esperanza, aunque no conl seguridad, superar lentamente los obstáculos que interfieren con su futura felicidad sexual. Pero las convenciones sociales, sus creencias y experiencias personales ejercen presión para que las cosas ocurran más rápido de lo necesario. Esos factores determinan de un modo inexorable (aunque de ningún modo lineal sino más bien problemático dado que los dos personajes son bastante inteligentes; ella más que él) su acercamiento gradual a un final fatídico asociado a ese primer encuentro que la sociedad acepta, e incluso exige tener evidencia de su realización para declarar consumado el sacramento y ritual del matrimonio. Y así el conflicto y sus consecuencias crecen más allá de límites tolerables y deja secuelas profundas y duraderas en la piel y el alma de cada uno de ellos.

Hiperrealismo literario en On Chesil Beach

Otro aspecto de la hipercondensada escritura de McEwan es su hiperrealismo. Éste aparece en la forma de una descripción minuciosa, precisa hasta la micra, que es capaz de mirar el alma de Florence a través de un vello púbico que se tensa y distiende la noche en que Edward y Florence tratan de consumar su matrimonio. Cuando Edward acariciando el muslo de Florence se acerca hasta el borde de sus bragas y sin quererlo, se enreda bajo la yema de sus dedos un vello púbico de Florence.

Because he (Edward) could not have known that as his hand palpated her leg, the tip of his thumb pushed against the lone hair that curled out free from under her panties, rocking it back and forth, stirring in the root, along the nerve of the follicle, a mere shadow of a sensation, an almost abstract beginning, as infinitely small as a geometric point that grew to a minuscule smooth-edged speck, and continued to swell. (p.87)

Será desde esta área infinitamente pequeña, cuya superficie no alcanza a la décima de un milímetro cuadrado que Florence comience, por primera vez en su vida, a sentir, contra su voluntad porque es algo que no controla, un temblor que le produce placer.

She doubted it, she denied it, even as she felt herself sink and inwardly fold in its direction. How could the root of a solitary hair drag her whole body in? (p. 87)

Edward que acaricia rítmicamente su muslo y Florence, quien siempre se ha descrito y pensado a sí misma como alguien incapaz de disfrutar del contacto cercano con un hombre que al final se resuelve en un clímax de placer asociado con un intercambio de fluidos y de olores que se impregnan y fusionan entre los cuerpos de los amantes. Pero hela aquí, que se da cuenta de que está sintiendo lo que no creía que podría sentir y se comienza a derrumbar su idea de sí misma. Es esta sensación que como en una espiral opuesta a un maelstrom sale de las raíces sensoriales que en el vello púbico detectan el contacto hacia el resto de su piel, hacia la superficie total de su cuerpo como si fuera un frente de ondas concéntricas, cada vez más amplias producido por una piedra arrojada en el centro de una tranquila laguna. Así se desplaza el placer por su piel, sus poros, y llega finalmente (o es de allí de donde sale?) hasta su corteza cerebral. Ese abreboca del placer que ella quiere degustar para ver si con el recuerdo de esa experiencia puede ser capaz de comenzar a quebrar el muro que ella presiente (aunque no ve porque es invisible) que le impide disfrutar del acto sexual; que le impedirá siempre ser como el resto de los seres humanos. Que ratifica lo que Edward le dirá un rato más tarde ese mismo día, que ella es incapaz de disfrutar porque es frígida. Y sin embargo, en ese punto geométrico de su cuerpo esta experimentando algo que no puede ser otra cosa que placer.

For the first time, her love for Edward was associated with a definable physical sensation, as irrefutable as vertigo (…) Now here at last were the beginnings of desire, precise and alien, but clearly her own… (p. 87)

Es esta capacidad de McEwan de zambullirse en la madeja de contradicciones, no todas conviviendo en la corteza cerebral; algunas más bien habitantes de cerebros antiguos, que sumadas, yuxtapuestas, configuran (como en una resultante vectorial) lo que somos y lo que decidimos. Es esto lo que define su escritura novelesca como hiperrealista. Como si no le fuera suficiente la descripcion exacta de lo que vemos con los cinco sentidos. No. McEwan tiene que plantearse el desafío de utilizar para consstruir la tensión novelesca su conocimiento de la fisiología de las reacciones bioquímicas que ocurren en el sistema nervioso, sumado al de los procesos de negociación entre nuestros conciente e inconciente. Son este tipo de refinamientos profundos y sofisticados los que nos dejan sin aliento. No se trata solo de ser capaz de ver los detalles más diminutos del mundo que rodea a sus personajes o incluso de los que se ocultan en sus cuerpos. McEwan incorpora el funcionamiento (la lógica de los detalles), el rol o función que pueden tener esos detalles en la activación de teclas capaces de conmocionar de un modo catastrófico a sus personajes y quizas marcar de un modo dramático e irreversible sus vidas. Es como si estuviera obsesionado con esa idea de la Teoría del Caos de la mariposa cuyo batir de alas puede producir un ciclón al otro lado del mundo. Un simple folículo, estimulado de cierto modo, piloso puede generar una catástrofe existencial o todo lo contrario, salvar a alguien de una tragedia futura que luce inexorable.

Determinismo, redención y libertad

Al final de la novela, cuando hemos sido testigos de cuál fue el desenlace de las tensiones dramáticas, que habían llegado hasta un altísimo nivel de desgarramiento existencial, el autor especula a lo largo de unas cuantas páginas más, lo que hubiera podido pasar si Edward hubiese elegido B en lugar de A. Si su decisión hubiese sido diferente a la que realmente es. Si hubiese sido más libre, menos determinada por esos rasgos peculiares, de clase y de crianza que matizaron su vida y en cierta medida lo determinaron a elegir (con mucho mayor probabilidad), A en lugar de B.

Si en la película Matchpoint, el director y guionista Woody Allen especulaba sobre las posibilidades de que un único evento del azar determinara lo que iba a ser el resto de la vida de su protagonista; si en La Excepción, el novelista danés Christian Jurgensen especulaba sobre de qué modo un acto de desobediencia a la orden de hacer el mal puede salvarnos de que nos cocinemos en las llamas del peor infierno moral junto a los más despiadados genocidas; en On Chesil Beach, el escéptico, caústico e hiperrealista McEwan especula sobre cómo las vidas de sus personajes y,por extensión las de muchas personas, pueden ser también leídas como interminables y complejas cadenas de causas y efectos, cada uno con un peso especifico y quizas hasta medible en un acto o elección futura del sujeto. Lo dramático es que el autor piensa que en la vida de todos hay decisiones que, dependiendo cúal sea la decisión que tomemos, nuestra vida se torcerá hacia la izquierda o la derecha, hacia arriba o hacia abajo. Actúan como puntos de inflexión. Todo lo que sigue después de esos puntos de inflexión es una consecuencia de la opción escogida. Esto quiere tambièn decir que, luego de ese punto de inflexión, la vida del sujeto se ha hecho menos libre. Y por tanto más determinada. En esas vidas sombrías con pocas o mínimas posibilidades de elección, que a veces son también pocas o mínimas posibilidades de redención, pocos factores tienen la fuerza de abrir un boquete en esos embudos de vida y alimentar súbitamente la posibilidad de darle a una vida apagada un chorro de luz nueva e intensa. Novelas como On Chesil Beach no se quedan en el placer de su lectura. Nos ofrecen el placer adicional de recordarnos que no debemos elegir erróneamente. O que si lo hacemos, debemos ser capaces de rectificar. El autor no le ofrece una posibilidad de redención a Edward. Se la ofrece en cambio a Florence, personaje en quien nunca no se apaga el amor. Moraleja: Sólo el amor salva de las malas decisiones.

Notas

1. Uno de los precursores del pensamiento determinista es Pierre Simon Laplace. Este filósofo concibió una entidad hipotética llamada Deomnio de Laplace que, con la información sobre la localización y momento de cada átomo del Universo, tendría la capacidad para predecir con precisión los eventos futuros o inferir sobre todos los eventos pasados del Universo. Esta entidad era un recurso analítico para imaginar el determinismo. En su obra Ensayo Filosófico sobre las Probabilidades, Laplace escribió: Podemos considerar el estado presente del Universo como el efecto de su pasado y la causa de su futuro. Un intelecto que en un momento determinado conociese todas las fuerzas que ponen a la Naturaleza en movimiento y todas las posiciones de todos los elementos de los que está compuesta la Naturaleza, si este intelecto fuese tan vasto como para someter esta información a análisis, debería ser capaz de condensar en una única fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del Universo y aquellos de los átomos mas pequeños: para tal intelecto nada sería incierto y el futuro lo mismo que el pasado estarían frente a sus ojos.” Evidencia empírica y teórica cuestionan los argumentos deterministas o reduccionistas, físicos, genéticos, biológicos. Lo hacen por ejemplo el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, la mecanica cuantica, algunos principios de la Teoría de Sistemas, etc.

2. Pienso en lo que dice el narrador de Saturday, sobre Baxter. Leemos en la novela que Baxter quedó transfigurado por la magia (del poema) porque éste le recordó cuánto ansiaba vivir. Esta reflexión me recuerda la escena final de Blade Runner cuando el replicante Roy Batty, quien ha estado persiguiendo a Deckard (presume uno) para vengarse y darle una lección por haber asesinado a su compañera y amiga, la replicante Pris, cambia repentinamente de actitud. Justo en el último momento, cuando los espectadores pensábamos que Deckard iba a morir a manos de Roy, éste lo salva de caer al vacío. En la versión con la voz en off de esta película, el narrador dice que durante esos últimos segundos Roy amó la vida más que todos los hombres. Baxter es como una versión menos cyborg y mas humana de Roy pero igual de sensible ante la bellleza de la vida. De hecho, en Blade Runner, nadie duda de que las palabras más bellas y memorables las dice Roy justo antes de su muerte: “I have seen things you people wouldn´t believe…” y lo que sigue hasta que muere.

3. Sobre el concepto de hiperrealismo en literatura. Lo derivo de mi experiencia de mirar un partido de fútbol en una de esas pantallas de última generación con una resolución altísima. Veo la grama que pisan los jugadores y pienso que para verla con esa nitidez, para ser capaz de identificar por separado cada planta individual que conforma el suelo de grama, debería acercame a esa grama como si fuera un miope (que lo soy), hasta llegar a una distancia demencial por lo cercana, pero en ese preciso momento me perdería absolutamente la posibildiad de comprender cómo se mueve el partido. Estaría absorto y fascinado contemplando esa maravilla que es la grama, detallando las milimétricas inervaciones de cada mínima brizna de pasto. Como no veo de este modo la realidad pero sí la veo así cuando veo el juego en esta pantalla, siento que lo que veo en la pantalla no es la realidad sino una hiperrealidad. Hago una extensión de esta experiencia al leer a McEwan en las páginas citadas. Esa capacidad suya para mirar a la pareja tratando de hacer el amor como si la mirara a través de una pantalla LED de última generación es lo que me hace pensar en la metáfora de la hiperrealidad. En que McEwan nos deleita con una narración hiperrealista. Que nos deja la difícil tarea de no perdernos el juego. Aprender a leer el paisaje total con esta hiperresolución.

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