Convivencia como yuxtaposición (varias fotos)

Las Minas vistas desde Lomas de la Trinidad, caracas, febrero de 2011

La foto con la que inicio la presente nota fue tomada más de seis meses después de escribirla. La foto muestra una paleta riquísima de colores cálidos a causa de que fue tomada durante el atardecer, entre las 5 y 30 y las 5 y 45 del mes de febrero de 2011.

Las Minas desde La Trinidad, Caracas, Sábado 19 de junio, 2010 (1)

En ocasiones, los fines de semana, salgo a caminar por las calles de La Trinidad. La tarde del pasado sábado 19 de junio, a eso de las cinco y media, paseaba después de la lluvia un rato. El asfalto estaba todavía mojado y el aire había recobrado momentáneamente (antes de que una vez más el polvo y el smog lo ensuciaran de nuevo), esa transparencia que hizo célebre al clima en este valle en el que ha soplado siempre esa brisa tan fresca desde el noreste que limpia insistente el aire para nosotros; brisa que nos ayuda a respirar un aire más puro y saludable. Aún quedaban algunas nubes en el cielo, que desde donde estaba las veía como pintadas sobre el perfil de El Avila (cuya ladera sur define los límites al norte de la ciudad), al menos en los casos en que los ranchitos no han escalado demasiado cerro arriba y traspasado tales límites. De repente me topé con esa yuxtaposición (casi una superposición) de planos visuales, texturas, que eran también ámbitos urbanos, y hasta mundos distintos, que me invitaron a fotografiarlos. Miraba hacia Las Minas y me sorprendí cómo detrás de las quintas (casas) que tenía enfrente mío, aparecía un conjunto de ranchitos multicolores detrás de los cuales se alzaba un grupo de edificios que recortaban por la parte inferior la vista de una montaña, El Ávila, situada en un plano mucho más atrás, que estaba parcialmente cubierta por algunas nubes.

Las Minas desde Lomas de la Trinidad, Caracas (sábado 19 de junio de 2010) (2)

Las Minas desde La Trinidad, Caracas (sábado 19 de junio de 2010) (2)

Como en una epifanía (para usar el término joyceano), sentí que había un encanto en el hecho de que, desde ese minuto, todos esos planos habían quedado atrapados en esas fotos; y con ellos la gente con todo lo que posee: las casas con sus puertas y ventanas, con sus antenas y tanques de agua (muchos de ellos de color azul), con árboles, plantas y flores ornamentales sembradas en potes, con frecuenciaa improvisados, hechos con botellas de plástico, tarros de lata o barriles de metal; con la ropa tendida al aire libre; y con todo lo que no vemos en la foto: perros, gatos, canarios; ropa, comida guardada en neveras y alacenas, muebles y electrodomésticos, y todo lo demás. Y sentí un poder peculiar al imaginar que esas imágenes eran un modelo o predictor de las posibilidades de convivencia, sin conflicto, sin odios ni tensiones, en silencio y con una rara paz, de: las casas que aparecen delante en primer plano y sus habitantes; los ranchitos polícromos que aparecen más atrás y quienes viven en ellos; los edificios que aparecen aún más atrás con sus inquilinos y propietarios. Y aún más atrás, como dos fondos que contrapunteaban entre sí, estaban presentes también las nubes y el contorno azulado de una montaña (principalmente se puede apreciar el Pico Oriental) que, agradecida al cielo por tanta lluvia, que ha caído recientemente reverdece rápido y nos regala una gama de verdes intensos que, a algunas horas de la tarde, ya cerca del ocaso, viran hacia un azul petróleo e incluso hasta un azul morado.

Las Minas desde la Trinidad, Caracas, 19 de junio de 2010

Estas nuevas fotos de Las Minas y esos edificios, pero desde otro ángulo, y más tarde fueron tomadas el 5 de julio, de 2010, el dia que celebrábamos la proclamación de la independencia.

Esta es otra versión de esa foto.

Y esta es una en la que el enfoque se varió un poco para mirar el cielo y la montaña al fondo. Que se disntingue apenas pero que igual es impresionante.

Estas dos las he subido luego. Son fotos que hice ayer porque el cielo tenia un tono de gris que hacía dramático todo lo que se fotografiara y quería explorar cómo se vería ese mismo paisaje con ese cielo y esa luz, y la tarde de hoy, 8 de julio, cuando el aite tenía una transparencia que recuerda el titulo de una novela de Carlos Fuentes.

Las Minas desde Lomas de la Trinidad, 7 de julio de 2010

Esta de abajo es la foto tomada el 8 de julio.

Las Minas desde Lomas de la Trinidad, 8 de julio de 2010

Siento que un mirar anónimo, con una perspectiva lejana, puede ser un punto de partida para un mirar recíproco y casual que pudiera funcionar como inicio de un acercamiento a ese otro al que no se le ve a los ojos por temor a que sea justamente aquel capaz de ejercer una violencia que tememos y nos hace encerrarnos en casas y barrios dentro de las cuales vivimos como en guetos.

(Toda esta reflexión me recuerda la charla que diera Jorge Volpi en el Centro de Arte Los Galpones, sobre los temores urbanos. Esta reflexión colateral me hace pensar enlo triste que es que se le haya dado un zarpazo ciego a esa institución (La Fundación para la Cultura Urbana) que tanto hizo por promover la reflexión sobre la ciudad y publicar textos relacionados con este gran tema.)

Las Minas desde la Tahona, Caracas julio de 2010

La foto de arriba y las dos fotos siguientes fueron tomadas entre las 5:45 y las 6:20 de la tarde del 26 de julio, desde la carretera que sube desde el semáforo de La Tahona y el desvío hacia Los Naranjos, cuando se sube hacia esta urbanización pasando el Colegio Los Arcos. Como en una rotación alrededor de un eje imaginario, estas tres fotos miran el mismo grupo urbano que han enfocado las fotos anteriores y en cada encuadre se produce una variación de la idea de la yuxtaposición.

las Minas desde la subida a Los Naranjos, cerca del Colegio Los Arcos, Caracas, julio de 2010

En esta última foto, la luz del sol casi ha desaparecido pero las luces de las casas aún no han comenzado a encenderse. Una suerte de velo recubre el encuadre que solo es iluminado tenuemente por un resplandor rosa viejo del atardecer.

las Minas y parte de La Tahona desde la subida hacia Los Naranjos, Caracas, julio de 2010

Imagino el hipotético proyecto de entrecruzar las miradas, congeladas en fotografías o instantáneas, de sujetos hipotéticos, posibles habitantes de todas esas viviendas yuxtapuestas, que se asoman a mirar lo que tienen frente de sus ventanas. Quizá no se asoman todos sino sólo unos cuantos pero son suficientes para lo que se busca.

Me gustaría poner una al lado de la otra fotos de lo que se puede ver desde los edificios al fondo (Residencias las Danielas) si se mira desde las ventanas de la fachada sur. De lo que se puede ver desde los ranchitos mirando en la misma dirección hacia el sur. Y al lado de esas fotos, también las fotos de los que se ve desde las casas y edificios desde donde he tomado las distintas fotos que he ido subiendo y agregando pero mirando hacia el norte o hacia el noreste.

Conformarína todas esas fotos un conjunto de miradas entrecruzadas. Imagino la posibilidad de prolongar todas esas miradas en línea recta. Concibo esas miradas como delggadas estelas en el aire semejantes a las que deja un jet a propulsión, uno de esos que cruzan alguna que otra vez muy arriba nuestro cielo y que cuando vemos su estela nos gusta pero inevitablemente evoca para nosotros ideas de guerra. O como si esas miradas fuesen rayos láser que al surcar el espacio yendo desde una vivienda a la otra, dejasen una línea roja. Y entonces, si hubiesen suficientes sujetos mirando. Si suficientes personas se asomasen y mirasen cada una a un otro (distinto de ellas) que quizás no ven o divisan del todo pero que seguramente intuyen que existe y que se les asemeja, este conjunto de miradas cruzadas que dejan estelas conformaría una suerte de tejido leve.

Un imaginadsor más estético y con más sentido artístico podría decir que ese entrecruzamiento de miradas conforma una red, una obra plástica interhabitacional. Una obra plástica urbana que une y reune a personas de diversos segmentos, grupos sociales, intereses, guetos urbanos. Y con esa idea en mente, he logrado visualizar alguna noche formas distintas de esa red de miradas. Formas cambiantes que dependen dee quiénes son los que miran ya dónde es que miran.

Que a veces pienso pudiera este red de miradas rectilineales ser el comienzo de una red de empatía. Que si de verdad esas miradas pudieran dejar estelas, uno tendría menos miedo. Porque a diferencia de cuando miramos a alguien con temor en la calle, y tememos que nos devuelva una mirada agresiva; o que simplemente esta mirada ocasional que hemos hecho nos marque (fortuitamente) como víctimas de una elección (producto de una una rápida y oscura deliberación tipo lotería que opera en la mente del sujeto que miramos) que dispara la acción criminal o violenta, ¿pero cómo podemos ver con ojos criminales a quien solo intuimos?

Mirar a ciegas como una estrategia para atenuar la violencia. Mirar sólo la estela que dejaría la mirada en el aire pero sin mirar realmente el objetivo final de la mirada. Limitarnos deliberadamente a intuir ese objetivo. Constreñirnos (como si fuéramos Ulises pidiendo ser atado para poder eschar él solo el canto de las sirenas) a mirar el camino que recorre la mirada en el vacío. Pero ver (o solo imaginar), ese tejido que pareciera inspirado por Gego, capaz de formar en el espacio esa multiplicidad de miradas entrecruzadas. Esa multiplicidad de sujetos hipotéticos que decidieron, coincidencialmente, mirar todos a la vez. Son éstos los experimentos mentales que pueden darnos momentos de paz en tiempos en que muchos piensan en la salida, pocos en la voz (Hirschmann) y los menos pero también los más peligrosos en las armas. Son éstos quienes sueñan con la violencia de la guerra olvidando que cuando comienza nunca se puede saber cómo ni cuándo terminará. Son experimentos que ayudan a imaginar cómo se pueden tender puentes sin correr el riesgo, tenues puentes entre personas tan distintas y, a la vez, tan cercanas. Vecinas casi.

Refutaciones del experimento mental de las miradas

Leo en Reflexiones sobre la guerra, el Mal y el fin de la Historia de Bernard Henry-Levy, una obra escrita con pasión e inteligencia que se encuentra a la misma distancia de la filosofía y el periodismo de guerra, un pasaje sobre la mirada de los parias que transcribo:

“!Es tan bonita una mirada. Es la bandera del alma. Es el lugar del cuerpo por excelencia, donde se filtra la luz (la luz del espíritu…). Es el infinito al alcance de los ojos. Su parte divina. Su grandeza. Por eso me llaman la atención-y es una característica de los “parias”-sus rostros sin mirada; sus miradas sin luz; sus caras de pájaros rotos. Rostros tan despedazados que parecen haber perdido ese brillo oscuro, esa dignidad sobrehumana, que ofrece, habitualmente, una mirada. Esta gente ve. Tiene ojos para ver. Pero son ojos que, precisamente, sólo ven. Son ojos útiles. Son ojos para vivir, para sobrevivir. Los auténticos ojos, normalmente no se contentan con ver: miran, animan, desaniman, piensan, interrogan, sueñan. Esos ojos sólo parecen servir para ver: ojos sin mirada” (p. 233).

Leo ese texto y pienso en la posibilidad de que en al menos una de esas casas (ranchitos) donde vive gente más pobre, la miseria le haya quitado las miradas a uno o más de los que viven allí. Que esa gente que vive allí sólo utilice sus ojos, como nos recuerda trágicamente Henry-Levy, para ver y no para mirar. No para cumplir esa otra función que no contribuye a la supervivencia que es el mirar. Lo que me lleva a pensar la contemplación y el mirar, como un lujo para aquéllos que no son víctimas de la necesidad.

Agotamiento de la mirada en la sociedad dopaminérgica

Por otra parte, ¿cómo miran los que viven en la sociedad dopaminérgica de la rapidez y la avalancha de información? ¿Cómo miran aquéllos que habitan una sociedad acelerada que, ya no por causa de la necesidad (la pobreza extrema, la miseria), sino por culpa de lo contrario, de la abundancia de cosas, y sobretodo de un sobreflujo de información que satura los entornos urbano y doméstico que nos rodean, nos despoja del placer antiguo de mirar? Polos opuestos éstos, de la escasez y la abundancia extremas, que definen una banda de existencia y resistencia del acto de mirar. Sutil equilibrio de supervivencia del mirar. Esto me hace pensar cómo las complejas condiciones de posibilidad de la contemplación trocan en absurda y carente de sentido esa idea de la red virtual y leve de miradas entrecruzadas.

Sí, en efecto puedes tomar las fotos tú mismo de todas esas habitaciones. Las más holgadas y las más precarias. Pero será tu vista, la de tus ojos, la que mirará desde esos puntos del espacio. Sería el equivalente a una disociación egocéntrica de tu yo y no una real red de miradas de los verdaderos otros lo que conformaría esa red de miradas.

Y cierro esta serie con una vista lejana, no cenital de Caracas en la que aparecen Las Minas en segundo plano. Y detrás, hacia el fondo, se pueden ver parte de los edificios del oeste de Caracas.

Vista de Caracas desde el sureste, febrero de 2011

Y abajo otra versión de esa foto tomada desde el mismo punto.

Las Minas, una vista panorámica, febrero de 2011.

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