Derrame en el Golfo (6), Historia de dos imágenes

Árbol-hogar de los Na´vi en Pandora

El escritor argentino Jorge Luis Borges declaró varias veces que aspiraba a escribir (haber escrito) al menos un poema, o menos todavía, un único verso, que tuviera el poder de estremecer, de remover la sangre y los fluídos internos de cada lector que se encontrara con él; un verso tan memorable que fuera recordado a lo largo de los siglos por las generaciones venideras. Es posible que esto ultimo no haya dicho aunque estoy seguro que lo puede haber pensado o deseado. Que ese verso, a diferencia de los restos del monarca Ozymandias, tal como éstos aparecen descritos en el soneto de Percy Bysshe Shelley, resistan el efecto corrosivo de la arena y el orín. Quizás decía esto como para otorgarle un voto a ese poder mágico que el Evangelio de San Juan nos recuerda reside desde el comienzo del tiempo en la palabra: En el principio fue el Verbo (Logos).

Todo esto para decir que para mi James Cameron, director de Avatar, ha logrado el sueño de Borges con una única imagen. Me refiero a la del gigantesco árbol-hogar (kelutral en lengua Na´vi), de 20 mil años de edad, de los miembros del clan Omaticaya ardiendo, luego de que le prendieran fuego con lanzallamas un grupo de codiciosos militares al servicio de la Resource Development Administration, que han llegado a Pandora esperando obtener los recursos que han agotado en la Tierra. Esa imagen de la ficción, de un iinmenso árbol-casa ardiendo que por supuesto evoca también los horrores de algunas imágenes inolvidables del 11-S, se erige en la cinematografía contemporánea como uno de los más poderosos alegatos a favor de la conservación del ambiente y en contra de la destrucción de la naturaleza por culpa de una codicia humana irrefrenable. Pensamos cuando vimos en la película cómo se volvían humo los hogares de los cientos de habitantes de un clan; cómo también morían algunos de ellos; pensamos, algunos de una forma difusamente articulada, en los animales y epífitas que, aun cuando no viéramos, de seguro habían hecho del árbol también su hábitat. Pensamos obviamente en el dolor silente del árbol. No era un edificio lo que ardía, era un ser vivo que cargaba a cuestas a otros seres vivos que lo amaban y que habían hecho del primero su lugar de residencia. El sistema que ahora ardía era un ejemplo de la perfecta armonía que se podía lograr entre seres inteligentes y el resto de la naturaleza. Minutos más tarde, de ese sistema armónico de convivencia entre una inteligencia muy parecida a la humana y la naturaleza quedaban brasas y cenizas. La mezcla de lo que veían, lo que recordaron y lo que imaginaron muchos espectadores ante esas imágenes, produjo horror y estremecimiento. Tanto o más que el poema que Borges pensó no había escrito. (aunque yo creo que sí, más de uno.)

Pluma del derrame en el Golfo captada por la cámara de video de BP

Quiero ahora contrastar esa imagen con otra imagen cinematográfica. O más bien cinemática. Esta ha sido realizada a mucho menor presupuesto y es más aburrida. Más parsimoniosa. Ha sido mostrada al público bajo la presión ejercida por el Gobierno de Estados Unidos y otros grupos de interés, por una empresa petrolera, British Petroleum (sobre la cual más de uno duda de la ética de su conducta y su responsabildad ambiental). Me refiero al registro en tiempo real, realizado por un cámara de video instalada en el lecho marino a más de dos mil metros de profundidad en aguas del Golfo de México, de la pluma de petróleo manando de la boca de un pozo al que un accidente ha dejado sin control. Las imágenes de la película Avatar del árbol en llamas son estremecedoras pero pertenecen a la ficción. La imagen de esta pluma que vierte sin control y de modo permanente petróleo en las aguas del Golfo de México, y sumadas a (superpuestas sobre) ésta, las imágenes de la otra pluma, a 35 kilómetros de la primera, son estremecedoras y aterradoras. Si uno alimenta un poco la imaginación, puede llegar al terror pesadillesco, al terror cósmico al que hacía referencia H.P. Lovecraft en algún lugar. La historia de intereses, codicia, trampas, ignorancia y negligencia que ha causado esta imagen deberá ser dibajada gradualmente con lo que ilumine a la opinión pública la que deberá ser una exhaustiva investigación, la identificación de responsables, y la sanción de penas justas. Todos debemos y queremos conocer para que se tomen correcciones en las políticas y para que cambian prácticas los regulados que impidan que se vuelva a repetir este desastre ambiental. Pero la imagen, digo, es de pesadilla porque no es difícil imaginar de qué modo esa pluma de petróleo afecta y afectará la vida (la calidad de vida) de millones de seres vivos, plantas y animales, visibles y microscópicos; en el comienzo, en el medio y al final de varias cadenas alimentarias asociadas a los diversos ecosistemas cuyo equilibrio los seres humanos hemos alterado disruptivamente e ignoramos cuándo y cómo restauraremos. Para mi esta segunda imagen, que parece al principio monótona, aburrida, inocente, describe mil veces más horror que la ficción del genio de Cameron.

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