El museo de la inocencia, 1

La persistencia de un amor antropológico

Ayer terminé de leer la última novela del escritor turco Orhan Pamuk, El Museo de la inocencia. La novela, larga para estos tiempos rápidos, narra el amor apasionado y obsesivo, paciente y ensoñador, inextinguible e inapaciguable; persistente, e incondicional, doloroso a menudo, sosegante la mayoria de las veces, pero sobretodo, hacia el final, cultural, erudito, y tremendamente nostálgico que siente y vive, el empresario, sensible, inocente y rico Kemal Bey por la bellísima, también inocente y de una famlia mucho menos acomodada, Füsun.

Con ayuda de aquella triste canción viví uno de los momentos espiritualmente más profundos de mi vida frente al espejo y comprendí que el mundo entero, con cada uno de lo sobjetos que contenía formaba un todo. No solo todos los objetos, desde los cepillos de dientes que tenía ante mí hasta el plato de cerezas de la mesa., desde la horquilla de Füsun que noté en aquel momento y me eche al bolsillo hasta el cerrojo de la puerrta del baño que aquí expongo, sino que también todos los seres humanos formaban una unidad. El sentido de la vida consistía en apreciar aquella unidad gracias al amor. (p. 302).

Esta epifanía la experimenta Kemal Bey la primera noche que llega de visita a la casa de su amada Füsun, después de haber dejado de verla por más de un año. Antes de traspasar el umbral de esa casa, Kemal no podía adivinar que Füsun se había casado. Este instante de iluminación que le confiere serenidad y le da la paciencia para regresar cientos de veces más a esa casa, es una paráfrasis de Proust, de los mejores pasajes de La Recherche du temps perdu. Quizás porque la novela es, entre otras cosas, un homenaje supremo, a este escritor, a su programa de recuperación del pasado a través de los objetos, de los recuerdos que ellos conjuran, así como de esa memoria absoluta recuperada por nuestros sentidos más antiguos, el olfato y el gusto.

Más allá de la incomodidad que pudiera causarle a algunos lectores, la dependencia y vulnerabilidad total e incurable de Kemal Bey ante lo que hace, dice y siente la cautivante Füsun, la novela impresiona por esa meticulosidad en la descripción, documental y definitivamente antropológica y sociológica, de un amor cuyo modo final de expresión es el Museo de la Inocencia, edificio que alberga todas las cosas con las que tuvo contacto Füsun, o que tuvieron alguna importancia en la narración de su historia de amor.

Un amor en evolución

Kemal Bey y Füsun son dos amantes a los que el autor condena a ser las víctimas perpetuas de decisiones o conductas erróneas o inadecuadas determinadas por rígidos prejuicios y convenciones sociales. Como en la historia bíblica de la Caída, una decisión irresponsable de Kemal (la neglicencia de no anular a tiempo su ceremonia de compromiso con Sibel) destruye la gracia y la dulzura que protegían y auspiciaban el amor fresco e inocente del comienzo. Luego de esos primeros 44 días de plena felicidad y deseo inagotable, sólo los objetos lograrán consolar a Kemal de la compleja y cambiante arquitectura del vacío que crean: la pérdida o ausencia de la amada, su silencio o la distancia con ella.

El Museo de la Inocencia es la historia de un amor particular entre un hombre y una mujer que evoluciona desde un comienzo fresco y espontáneo en el que prevalecen la fascinación, el encantamiento y sobretodo un intenso y ardiente deseo mutuo que ambos satisfacen una y otra vez en repetidos y furtivos actos de amor y erotismo que tiene lugar en el apartamento que le presta su madre a Kemal Bey. Sigue a éste breve período de goce físico y espiritual un período de total distanciamiento, que a Kemal le duele físicamente en el cuerpo. Füsun no ha podido soportar el dolor de que Kemal se hubiese comprometido oficialmente con su novia Sibel, hija de una familia de diplomáticos, mujer que todos consideran adecuada al rango social de Kemal Bey, moderna, educada, culta, inteligente y bella. Luego de múltiples sucesos, Kemal rompe el compromiso con Sibel esperando con ello deshacer las consecuencias de su decisión. Pero no pasa nada. Füsun sigue desaparecida y el dolor por la pérdida se hace cada día más agudo para Kemal. Hasta que un día tiene lugar un reencuentro. Füsun se ha casado con Feridun, un joven y entusiasta cineasta. Pero no todo está perdido piensa, y se lo confiesa Nesibe, la madre de Füsun, a Kemal a quien invita a que vaya a cenar a su casa cada vez que le plazca. Quizás hasta que las huellas de todo lo que sufrió Füsun se borren y su dolor se olvide. Kemal le toma la palabra y a lo largo de los siguientes 2.864 días (que son siete años y 10 meses), irá a cenar a casa de Füsun 1.593 noches. Ésas serán cenas en las que lo importante deja de ser la consumación del deseo y pasa a ser el estar sentados cerca el uno del otro, sin importar que estén junto con ellos el padre, la madre y el esposo de Füsun. Porque la felicidad consiste sólo en estar cerca de la persona amada, tal como se susurra a sí mismo esta verdad Kemal Bey una noche que cenaba en el restaurante Yani sentado frente a Füsun.

Hacen su entrada los objetos

Apenas se comienza a formar el vacío, engendrado por la sensación de pérdida que padece Kemal durante los meses que Füsun desaparece de su vida, comienzan a aparecer los objetos como consoladores. Primero le ayudan a Kemal a recordar y revivir su amor con Füsun; y así lo consuelan. Pero luego, una vez que el vacío se ha definido, una vez que se configura como un hecho que el deseo va a quedar insatisfecho durante quién sabe cuantos años, Kemal inicia una cada vez más sistemática y persistente recolección de los objetos asociados con su vida cerca de Füsun. Éstos llenan el vacío cambiante que engendran esos años de amor contemplativo y expectante, anhelante y hasta asfixiante, en tanto que Kemal ha creado a sí mismo una serie de rutinas cotidianas que no le dejan salida alguna. Kemal convierte a los objetos en rudimentarios sucedáneos del amor, en ocasiones hasta fetiches que ocupan como impostores el vacío dejado por Füsun.

Todo lo cual no hace sino referirnos a la empresa que acomete Proust en La recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido). La recuperación de la memoria y de los instantes que queremos volver a vivir, mediante un trabajo de exorcismo de los objetos, que Proust concibe como si fueran éstos redes o esponjas que han retenido contra su voluntad el espíritu de las personas que alguna vez conocimos o amamos. Bastará con tocarlos de cierta manera, con hacer ciertos pases mágicos, para romper el encantamiento, como si se tratara del beso que le da la doncella a un sapo para que recobre la noble forma original de un esbelto príncipe.

Recordemos a Proust en Du cote de chez Swann: Me parece muy razonable la creencia céltica de que las almas de aquéllos que hemos perdido yacen atrapadas en el interior de un ser inferior, en un animal, en una planta, en un objeto inanimado; perdidas para nosotros hasta el dia en que tenemos la fortuna de pasar cerca del árbol o de obtener posesión del objeto que las encierra. Entonces ellas comienzan a temblar, nos llaman por nuestro nombre, y tan pronto como reconocemos su voz, el encantamiento se rompe. Las hemos liberado, ellas han vencido a la muerte y regresado para compartir nuestra vida.

El narrador de Proust, dos párrafos más abajo del citado, describirá la célebre experiencia de las magadalenas embebidas en el te de tilo y, en este caso, gracias a un poder mágico que parece esconderse, no ya en los objetos sino en los sentidos del gusto y del olfato, sentidos antiguos que heredamos de nuestros ancestros cazadores. Al repetir muchos años más tarde una rutina que creó cuando era niño, el pasado le llega al narrador con la vivacidad e intensidad de un temblor que le recorre todo el cuerpo y cuyo origen, al principio no puede identificar. Sólo al cabo de unos minutos, el narrador recuerda que de niño, los domingos en la mañana solía visitar el cuarto de su tía Leonie en la casa de Combray para desearle los buenos días, y ella lo consentía y le dejaba mojar las magdalenas en te de tilo. En todo caso, de lo que Proust se da cuenta temprano en su investigación es de que, a menos que tengamos la prodigiosa memoria de “Funes el memorioso”, aquel personaje de Borges, el intelecto humano no está capacitado para recordar con vividez extrema el pasado remoto (C’est peine perdue que nous cherchions à l’évoquer, tous les efforts de notre intelligence sont inutiles.), para recuperar lo vivido.

La novela como infinita colección de imágenes

Ya lo hizo antes de una manera deliberada cuando en Me llamo Rojo, Pamuk escribió una novela en la que toda su frustración por haber dejado de lado la pintura emergió como una poderosa fuente de creatividad. Como si en un acto freudiano se expresara al final aquello que había estado reprimido por mucho tiempo. Esa novela es un lienzo inmenso. Pamuk hace en la novela un collage de cientos de ilustraciones; de miles de escenas pintadas por los mejores maestros ilustradores de las grandes escuelas. Esta vertiente pictórica de Pamuk se repite con una energía renovada en esta novela. El Museo de la inocencia es también, una mirada, que se desplaza a gran velocidad desde un sujeto quieto ubicado en un punto geográfico determinado, hasta un sujeto ubicuo que puede ocupar cientos de posiciones en el curso de un minuto. En el capítulo en que Kemal concibe la idea del Museo de la Inocencia, piensa en cierto momento: “…me habría gustado ver por las ventanas abiertas el interior de los hogares, a las familias sentadas a la mesa ante el televisor mientras las madres preparaban la cena en la cocina que como en casa de los Füsun formaban parte del comedor, a los niños, a los padres, a las jóvenes casadas y sus maridos frustrantes e incluso al pariente rico que se había enamorado de la niña de la casa.” (p. 605). Aquí hay por supuesto un anhelo de encontrar que lo que él vive lo han vivido otros como él. Que su historia es la de todos porque todos se han enamorado alguna vez. Pero hay otro sentido de esta cita. Es ese proyecto literario de mover al sujeto con gran velocidad de un punto del espacio novelesco al otro. Kemal es alguien que mira o imagina a su amada desde todos los ángulos, todo el día durante casi nueve años. Pero esa multiplicidad de miradas de Füsun que nos presenta esta novela, no agota el repertorio de escenas, de imágenes que le ofrece al lector esta novela. La novela es tambien, la posibilidad de crear los múltiples cuadros que un pintor podría haber realizado si mirara desde diversos ángulos el entorno de Füsun y los lugares que visitó o recorrió en compañía de Kemal. Si mirara por ejemplo hogares de la clase media de Estambul csemejantes a los de los Keskin, la familia de Füsun; u hogares de la clase alta, semejantes a los de la casa natal de Kemal Bey; o si mirara hacia afuera de esos hogares, hacia el Bosforo justo cuando pasan los barcos; o hacia las casas y edificios vecinos y el modo en que transcurre la vida dentro de ellas a las distintas horas del día y de la noche. O si mirara, simplemente, los pájaros que ocasionalmente se posaban sobre el borde las ventanas y balcones de esas casas y apartamentos del modo que lo hacía Füsun al pintarlos. O si mirara los cafés y restaurantes a donde él y Füsun fueron decenas de veces a cenar en compañía de sus padres. O si este pintor fuese sistemático y dedicado e inventariara, para luego ejecutar durante años, todos los ángulos posibles desde los que se podría pintar, con una variedad de intensidades de luz y perfiles cromáticos, desde múltiples distancias, el rostro de Füsun, su piel, su cuerpo, su cuello, sus pechos. O si fuera este pintor capaz de identificar todos y cada uno de los objetos, los reales, los conceptuales y los imaginarios que Füsun miró, tocó, usó, e incluso aquéllos con los que soño. Es pictórico el capítulo titulado “4.213 colillas”, donde cada colilla remite al lector un estado de ánimo distinto de Füsun; a su modo particular de agarrar el cigarillo; a la fuerza variable con la que aplastaba la colilla contra el cenicero para apagarlo; a la velocidad con la que lo presionaba entre los dedos; a la dirección y fuerza con la que soplaba el humo para expulsarlo de su boca; entre muchas otras cosas. Y así, cada colilla es como la huella de esos gestos, de esas diminutas variaciones en los hábitos cotidianos, que solo podría inventariar un antropólogo obsesivo enamorado, como Kemal Bey de aquello que ama, estudia, sueña, imagina, anticipa, recuerda, siente, toca su amada.

El conjunto de 4.213 colillas construye metonímicamente un laberinto de espejos en los que Füsun aparece reflejada una y otra vez; unas veces amable, otras iracunda, otras impaciente, otras muda, otras dulce, y Kemal y uno como lector con la atrea de descubrir dónde se esconde la verdadera Füsun; qué esconde debajo de esa costra dura pero invisible que le ha crecido sobre su piel. Uno se pregunta si son pruebas todas esas situaciones tortuosos y difíciles por las que hace pasar Füsun a su amado. ¿Es que acaso espera que con esta dura y tortuosa penitencia Kemal Bey expíe su culpa? ¿Que lave el error (pecado) de haberse comprometido con la que era su novia sin considerar el dolor que esa decisión le traería? ¿Se trata solo de resentimiento lo que guarda silenciosa Füsun dentro de su corazón? O hay algo más. O ella y Kemal son realmente inocentes, y todo lo difícil, complicado, doloroso, duro que Kemal (nos lo ha dicho) y ella han sufrido se debe a la irracional y rígida moral y costumbres prevalencientes en esa època en Estambul, que como en muchas otras culturas, parecen haber sido diseñadas para complicar la vida y no para ayudar a encontrar la felicidad.

Como en el célebre final de The lady from Shanghai, la enigmática película de Orson Welles, las colilas, y junto con ellas todos los demás objetos que hacia el final serán dispuestos ordenadamente en el Museo de la Inocencia, configuran un gigantesco salón de espejos, en el que el lector duda una y otra vez cuál es la verdadera Füsun, en cuál de las imágenes que describe Kemal Bey, esta retratada la verdadera. La que quisiéramos que permanezca en nuestra memoria. La que anhelamos que Kemal recuerde siempre; aquélla con la que queremos que se encuentre algún dia para no separarse más.

Flaubertiana y enciclopédica

El Museo de la inocencia es una novela proustiana por lo ya dicho anteriormente pero es tambien flaubertiana por ese culto decimonónico al enciclopedismo. Se asemeja Kemal Bey en su obsesividad compulsiva a la pareja de amigos Bouvard y Pecuchet, personajes de la novela inconclusa homónima de Gustave Flaubert, para cuya redacción este escritor tuvo que leer miles de libros. Italo Calvino, en el ensayo Multiplicidad, que forma parte de esa serie maravillosa de ensayos sobre los valores que debían conservarse para el tercer Milenio (Seis propuestas para el próximo milenio), usa a Flaubert de paradigma del enciclopedismo, que es una de las variantes de la multiplicidad en la literatura. Cito a Calvino quien dice de Flaubert: “…para alimentar sus aventuras, capñitulo por capítulo tiene que construirse una competencia en cada rama del saber, edificar una ciencia que los dos héroes puedan destruir. Para eso lee manuelas de agriculutura y horticultura, de química, anatomía, medicina, geología…En una carta de agosto de 1873 dice que ha leído con este objeto tomando notas, 194 volúmenes: en junio de 1874, esa cifra ya ha subido a 294” (p. 129 de la edición de Siruela). En total,Faluber leyó 1.500 libros para escribir y no concluir esa última novela. Esto es enciclopedismo, erudición en su expresión más concreta.

Parece haber un esfuerzo enciclopédico semejante en ciertas novelas de Pamuk. Aparece detrás de la historia de amor, un proyecto etnológico y a la vez literario, de aprehender y contrastar en esta novela la totalidad de las costumbres, hábitos, prácticas y creencias de dos grupos socio-demográficos de Estambul entre mediados de los setenta y mediados de los ochenta. Esta descripción y contraste los ejecuta el autor con ayuda de los objetos. Se interna en su lógica, explora la amplia diversidad de sus usos. Como si hubiera querido atrapar—como diría mi amigo Rafael Rangel hablando de su proyecto estético—el zeitgeist y mostrar de qué modo ese zeitgeist pesaba, ponderaba, condenaba, constreñía; les ofrecía caminos fijos y limitados para encontrar la felicidad a todos los que vivìan en esa ciudad. A los ricos como Kemal a los que no eran ricos como Füsun.

Pienso que nadie está tan capacitado como Pamuk para leer ese zeitgeist tal como estaba incrustado, encriptado, integrado o escondido en el universo de objetos que Kemal Bey recolectó, acumuló, clasificó, ordenó en el Museo de la Inocencia, del cual la novela quiso (también) ser un catálogo. Nada como esta novela para avizorar la relación compleja y dialéctica entre lo que quieren los hombres y lo que las sociedades en las que han tenido la fortuna de nacer y vivir les permiten o prohiben.

Nota:
1. Todas las citas de El Museo de la Inocencia de Orhan Pamuk, fueron tomadas de la edición en español de Random House Mondadori (2009), Colombia.

2. Releyendo esta entrada y lo que escribi sobre cómo el vacío que sentía Kemal Bey por la pérdida o distancia de Füsun había hecho espacio para la entrada de los objetos en su vida, encuentro una relación entre éstos y el vacío y la muerte, villana que cuando se aproxima gradualmente a la vida que se apaga lo hace creando vacío. Expandiéndolo. Será que por temor a la muerte llena el hombre su vida de objetos. O lo hace porque aspira a la inmortalidad? A que no lo olviden? O lo hace porque ha perdido a su amada?

2 comentarios en “El museo de la inocencia, 1

  1. Muy interesante. Llegué a el porque estoy trabajando en un texto que analiza la función de los objetos en las novelas francesas Mme Bovary y El amante. Función erótica, creo yo. Cualquier sugerencia será bienvenida. Saludos y gracias

    • Florencia,

      Disculpa por responder tarde. He estado tan ocupado que ni siquiera he podido actualizar el blog. Pero pienso en tu pregunta. alguna sideas poco pensadas. Quizás no es solo sexual la funcion que éstos cumplen. Quizas hay una función de evocacion del pasado en los objetos, hablo en general no en las novela smencionadas que te conciernen. Una funcion de recuperación de la memoria. Que sin embargo, en Proust es mas eficazmente lograda con la comida (las magdalenas y el tilo). Como lo es en esa novela reciente de Muriel Barbery, Une gourmandise. Pero en Pamuk, sin duda hay un fetichismo exacerbado con vinculos sexuales y obsesivos que tiene tintes mágicos. Como si el narrador dijera o pensara: “Todo lo que tocó alguna vez mi amada es ahora parte de ella, tiene esa capacidad única de disparar un recuerdo con fidelidad impresionante. O incluso más. Me retrotrae al seno mismo de la experiencia pasada. No al recuerdo, donde yo como sujeto que recuerda miro el recuerdo desde un afuera, desde una distancia, sino a una repetición sin pérdida alguna de lustre o definición de todo aquello que viví, sentí y pensé cuando ella hizo lo que haya hecho con cierto objeto. Digamos que con un cigarrillo. De este modo el objeto se hace mágico, condensa la escena y, bajo condiciones determinadas la vueleve aproyectar y te proyecta a ti dentro de ella sintiendo lo que sentiste en el momento preciso en que la viviste. En fin, esto es solo un modo de ver esta novela. Pero hay por supuesto muchas otros modos de verla. Saludos

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