Franklin Delano Roosevelt, la radio, un mensaje para todos

El escritor Saul Bellow, en una crónica escrita en 1983 sobre Franklin Delano Roosevelt, ”En la época de mister Roosevelt” recogida en el libro Todo cuenta, del pasado remoto al futuro incierto (publicado por Random House Mondadori, 2007) recuerda las destrezas retóricas de este presidente civilizado, el trigésimo segundo de Estados Unidos, que hizo un uso impresionante de la radio. Es memorable la descripción de Bellow, rayando en lo poético, de una tarde de verano en que un discurso radiofónico de FDR crea una sensación de comunión total entre quienes escuchaban porque eran todos los que escuchaban; todos a quienes Roosevelt hablaba; y era para todos que él gobernaba.

Porque la voz de Roosevelt no señalaba lo que hacía diferentes a unos de otros sino que identificaba lo común en una nación de extranjeros. Para esa nación de fértiles y productivos impostores—como dice Bellow—que se habían construido una identidad para olvidar sus orígenes distintos, sus lenguas, sus hábitos, sus creencias diferentes; para sentir que pertenecían a una patria nueva, les llegó como regalo inesperado la legitimación de sus imposturas y de las identidades que se habían forjado. Bellow recuerda que “fue un gozo oir a FDR decir que en este país todos éramos extranjeros” (p. 48).

Por autoritario y firme que hubiera tenido que ser, por básica que haya tenido que ser la democracia de Estados Unidos durante esos arduos años, un hombre caminando en la calle o a lo largo de la carretera, podía escuchar el discurso sin perderse una sola palabra porque, no solo las puertas y ventanas abiertas de las casas y apartamentos permitían escuchar desde la calle la radio a todo volumen. También los conductores, para escuchar mejor ese discurso, habían aparcado sus vehículos, bajado las ventanas y abierto las puertas de sus carros. Y así, como en una escena de Autopista del Sur de Cortázar, se podían ver cientos de carros aparcados al borde de la carretera, algunos de sus conductores sentados fumando sobre los capós de sus carrros, otros adentro con las puertas y ventanas abiertas, quizás los más chicos, corriendo o adormilados, escuchaban esas palabras como un arrullo familiar. Todos lo hacían con plena atención.

No eran las de Roosevvelt palabras para atormentar, angustiar o insultar; ni siquiera eran palabras para reprender sino palabras que hasta en el timbre o tono daban serenidad. Fortalecían la confianza en el futuro y ratificaban el amor a la libertad. Un evento extraordinario construido a partir de las palabras de un hombre justo. Qué distintas son las palabras en su capacidad de penetración, tono, efecto y significado cuando no las pronuncia el gobernante justo; cuando dicen y significan lo contrario de lo que es. Cuando están dirigidas a incendiar las peores pasiones y no a abonar el espíritu. Cuando pretenden dividir lo que debería quedar unido. Cierro esta breve nota con la cita de Bellow:

Recuerdo una tarde de verano paseando hacia la puesta del sol por Chicago Midway. Era de día hasta bien pasadas las nueve, y todo estaba cubierto de tréboles, una verde extensiónd e casi dos kilómetros entre Cottage Grove y Stony Island. La plaga aún no habia cabado con los olmos y había coches aparcados a la sombra, con los parachoques pegados, la radio puesta para escuchar a Roosevelt. Habían bajado las ventanillas y abierto las puertas. Por todas partes la misma voz, con su extrañño acento del este (…). Podía segurise el discurso sin perder una sola palabra mientras se continuaba el paseo. Se establecía un sentimiento de unión con aquellos automovilistas desconocidos, hombres y mujeres fumando en silencio, no tanto concentrados en las palabras delpresidente como tranqulizados por la avalada justeza de su tono. Se sentía el peso de las preocupaciones que les hacía prestar tanta atención, como tambien se palpaba el hecho, el factor común (Roosevelt), que unía a tanto individuos diferentes.” (p. 50)

Postdata
En un tiempo en el que la radio es uno más de los medios que nos informan sobre lo que pasa en el mundo, y en especial de los discursos de nuestros gobernantes, pudiera impresionarnos que un único medio de comunicación, la radio, tuviera esa penetración total que llegó a tener hasta que se difundiera la televisión. Que ese único medio pudiera conectar de ese modo sincrónico, a millones de radioescuchas en eventos como el citado arriba. La actual atomización de medios haría muy difícil una experiencia semejante. En los tiempos actuales sólo los aciagos momentos del 11-S produjeron una conexión semejante a nivel global. Pero terrible porque lo que fue común durante esas horas fueron el terror, el miedo, la ira, la tristeza y la compasión.

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