Haiku y twitter, dos experiencias místicas

Haikus y twitter

Matsuo Basho

¿es o no es,
el sueño que olvidé
antes del alba?


Jorge Luis Borges, Diecisiete haiku

Me pregunto si el twitter, esa plataforma de la web 2.0 que obliga a sus usuarios a escribir mensajes de un máximo de 140 caracteres, es un punto de inflexión que nos pudiera llevar a nosotros occidentales hacia la simplicidad y sabiduría del haiku, forma de expresión poética japonesa y minimalista, que tiene una extensión fija de 17 sílabas (versos de cinco, siete y cinco sílabas), y que con el tiempo fue apropiada por el budismo zen por su idoneidad para retratar el mundo del espíritu. Digo esto porque aprecio en el twitter méritos que no encuentro en otras plataformas de la web (ni en otros formatos de expresión literaria por otra parte), para desarrollar nuestra capacidad de síntesis y decir mucho con pocas palabras. Ha habidointentos de describir novelas completas en un tweet. Recientemente, le he dedicado algo de tiempo a pensar en los distintos canales que nos conectan con el mundo externo y siento que el twitter se distingue de otros por esa simplicidad.

Sin embargo, cuando estoy muy rígido tiendo a pensar que el twitter no es más que un trayecto, diferente en su diseño pero semejante en su sentido, a ese camino de creciente fragmentación de la información que recibimos a diario, una de cuyas consecuencias es una suerte de pulverización de la realidad cotidiana, que con esfuerzo la podemos reconstruir con ayuda de todo esos miniladrillos de información (apenas más grandes que los bytes) que nos llegan por millares. Como si viéramos el mundo a través del ojo de una mosca, siento que esta práctica del zapping generalizado que la hemos extendido de los medios a la vida real, nos hace mover nuestra atención, en el lapso de minutos, desde la pantalla de televisión (en la que hemos pasado los ojos en vuelo rasante sobre decenas de canales), a la pantalla del móvil inteligente, a la pantalla del computador, en la que pudiéramos estar navegando la red buscando información sobre algún tema relacionado con una de la snoticias que acabamos de mirar en la TV, a las tareas de los niños, o al apretado resumen de lo que hizo nuestra pareja en su día de trabajo (si tenemos la suerte de vivir bajo el mismo techo y no en diferentes países y distantes husos horarios como pudiera ser el caso). Todo lo cual, en esos momentos de rigidez, me hace pensar que esta tendencia a la fragmentación de lo real (su llegada hasta nosotros en millares de pedazos mínimos como si fuesen fragmentos de metralla) nos va a alejar cada vez más de la realidad, y va más bien a contribuir a que configuremos nuestra propia realidad, distinta y cada vez menos congruente con la de quienes nos rodean. Se hará por tanto cada vez más difícil comunicar a nuestros vecinos qué estamos sintiendo, pensando, experimentando en un momento dado.

El haiku, la restricción, la síntesis, la masa

Pero como dije antes, hay otras veces en que el twitter me gusta porque nos hace sintéticos. Nos obliga a esforzarnos. Crea una disciplina de la restricción que considero que es buena para la creación y para muchas otras cosas. Porque, como nos recuerda Jon Elster en sus trabajos sobre Ulises y las sirenas, no siempre más es mejor que menos. Es precisamente esa restricción que define la extension máxima de un tweet lo que me lleva a pensar en los haikus. Uno de los más grandes maestros de esta forma poética japonesa fue Matsuo Basho (1644-1694), poeta japonés célebre por sus haikus, entre los cuales recuerdo éste:

como recuerdo
a una amapola
deja sus alas la mariposa

¿Es el haiku una expresión que por su diminuta extensión propicia la fragmentación? Hago el ejercicio de imaginar a Basho en los momentos anteriores a la escritura de ese haiku, cuando pudo haberle llegado la inspiración para escribirlo. Lo imagino caminando por el campo, entre setos y flores. Quizás camina por un camino escarpado cubierto de rocas que hacen difícil su transitar. Sus ojos miran a su alrededor. No detienen la vista sobre nada en particular, no miran puntos fijos. Pero tampoco se les pasa por alto nada importante. Basho vive cada dia, cada hora de cada día, con una total conciencia de su presente. Conciencia que va mucho más allá de aquel carpe diem horaciano.

Explica su percepción de la totalidad cotidiana su iniciación en 1681 por el maestro zen Bucho en 1681. El tono hoy más pálido y triste de una mínima y amarilla flor silvestre, la mancha iridiscente dejada por el polvo de las alas de una mariposa sobre una amapola cuyos tonos rojos pudieran haber ganado en intensidad cromática lo que la mariposa perdió en colorido. Todo lo captan los ojos de Basho, en ágil e ininterrumpido movimiento. Eso le permite darse cuenta de que ese color más intenso en la amapola no proviene de un renacimiento de la flor sino más bien de una pérdida (cromática) en otro ser. Se percata Basho de ese sutil, silencioso, fugaz y fortuito intercambio de belleza que tiene lugar entre flores e insectos, entre dos pares cualesquiera de animales y vegetales. Con eso le basta a Basho para cantarle a ese par. Como un poeta que cantara al amor de un amante que sacrificara su belleza por su amada. Pero con un tono infinitamente menos meloso, melifluo o melindroso. Sin afectación pero con sensibilidad. Y lo dice en voz baja. Breve, fugazmente. Y con eso es suficiente para que llegue a nosotros, incluyéndote a ti querido lector, más de 300 años después y a miles de kilómetros de donde nació. Porque el poder y belleza del haiku reside en que los mejores poetas se dan cuenta de que su esencia es la de ser un espejo, un reflejo, una chispa, o simplemente un racimo de átomos del aliento expirado por una garza o por un león segundos o siglos antes de que nazca el haiku. Por eso no hay fragmentación en el haiku de Basho porque al nacer ya forma parte íntima y consustancial con la naturaleza que lo inspira. La voz de Basho se une a ese griterío indiferenciado de la naturaleza en primavera, o al más sosegado murmullo invernal. El diminuto haiku es como un grano de arena, que no es fragmentación sino masa (en el mejor sentido que le prestaría Canetti a ese término). Masa que como tormenta bate y arrasa cuando sopla recia sobre las dunas del Sahara.

El twitter, la multiplicidad, la simultaneidad, el oido de la divinidad

Regreso ahora al twitter. Mi amigo Balthazar (cuyo nombre verdadero me reservo) es un seguidor a ultranza de esta herramienta. Cree que el twitter es la magia de la información digerida, fragmentada hasta su esencia. Ante mis críticas ocasionales se convierte en apologeta de esta herramienta. Piensa que con esa réplica digital del gorjeo de los pájaros, Occidente se acerca al haiku. Luego de abrir su cuenta de twitter, hará unos seis meses atrás, Balthazar decidió un día pasar a ser más disciplinado en el uso de esta nueva herramienta. Al cabo de una semana su decisión rindió frutos: estaba siguiendo a 7.123 productores de información (aunque sólo 834 lo seguían a él, pero eso no le importaba). Siempre había sido un buen oyente; pensaba que nuestro tiempo es el tiempo de los que escuchan, de los que saben callar. Contaba entre los que seguía a: líderes políticos, revistas, museos, periódicos, celebridades, centros de defensa de derechos humanos y del ambiente, amigos, amigos de sus amigos, empresarios, científicos, artistas.

Días más tarde, muy temprano en la madrugada, cuando todos dormían en su casa, me cuenta Balthazar que se quedó mirando durante una hora ininterumpida en la pantalla de su computadora su cuenta de twitter. Leyó todos los mensajes. Cada minuto recibió un promedio de 47 mensajes, escritos en tres lenguas (dos que Balthazar medio comprende, las otras dos que medio masculla), provenientes de twiteros en 23 países y cuatro continentes. Tweets políticos de la gente en Venezuela; tweets cotidianos, sobre lo que habían desayunado dos personas en Los Angeles, tres sobre un artículo de Vanity Fair que acababan de leer, uno desde Polonia, sobre el lazamiento de un nuevo celular, otro sobre la degustación de un plato en una restaurante de Dubai, sobre el infarto que le dio al marido de una escritora en un país de Europa del este, sobre mil quinientos temas más. Nadie escribe nada desde Oceanía pero eso es algo circunstancial, ya llegará. Cierra los ojos, imagina que escucha todos esos mensajes en las lenguas en que han sido escritos. Trata de imaginar timbres de voces de mujeres o de hombres según el caso. De gente joven, madura, o anciana. Lo que oye no es un ruido blanco como hubiera creído. Tampoco se parece a esas voces que los esquizofrénicos escuchan todo el tiempo dentro de sus cabezas. Si es cierto que son susurros. Pero le dicen algo. Pesca sentidos que como chispas de luz se conectan a muy rápida velocidad entre sí y llegan a su inconciente. Le recuerda a un sonido que no cree haber escuchado en ningun lugar. Tampoco es el susurro de miles de feligreses rezando en una mezquita o rezando en voz alta el Padre Nuestro en la Plaza de San Pedro. En este caso, las voces están dispersas por todo el mundo. Piensa Balthazar que su ejercicio de imaginación es una rara aproximación a la experiencia de la simultaneidad sin tener que violar una docena de leyes físicas para lograr la ubicuidad. Balthazar sigue escuchando. Imagina escucha rlo que lee. Les confiere voces y timbres distintos. Lleva a límites impensables su imaginación auditiva. Y piensa que no hay fervor en este mensaje agregado que logra escuchar. Pero hay sentido. Un sentido impronunciable que Balthazar, angustiado, no puede descifrar. Sueña que se parece a lo que escucha Dios. A una billonésima fracción de lo que escucha. Ese escuchar incesante de Dios de todo lo que susurra o profiere a gritos el corazón de los hombres; así como el de otros seres que habitan otros miles de mundos en nuestro Universo. Escuchar de ese otro susurro casi inaudible de lo que piensan y ni siquiera susurran, las mentes meándricas de hombres y mujeres. Emular a Dios no en el hacer sino en el escuchar. En ese ejercicio pasivo de la divinidad. Algo se aclara allá lejos, adentro de él. Algo titila. Se duerme agotado durante las siguientes cuatro horas. Descansa por mucho tiempo luego de haberse convencido de que escuchaba lo mismo que Dios.

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