The Snows of Kilimanjaro, las historias que Harry no pudo escribir

Cima del Kilimanjaro (Foto: Cortesía de Yosemite, Wiki Commons)

He had destroyed his talent by not using it, by betrayals of himself and what he believed in, by drinking so much that he blunted the edge of his perceptions, by laziness, by sloth and by snobbery, by pride and by prejudice, by hook and by crook. (…) What was his talent anyway? It was a talent all right, but instead of using it he had traded on it. It was never what he had done, but always what he could do.

Ernest Hemingway, “The Snows of Kilimanjaro”

Harry agoniza en medio de la selva en Tanzania. A lo lejos, desde el campamento, se distingue la cima blanca cubierta de nieves eternas del Kilimanjaro. Harry aún cree en el mito que dice que a 5.500 metros de altura, muy cerca de la cima, se halló el cuerpo congelado de un jaguar que quién sabe qué habría ido a buscar tan arriba. Quizá Harry se pregunta si él no debería haber subido a la cima para observar de cerca al jaguar, y comprenderlo cómo fue que el frió gélido de esa cima no minó su curiosidad. Pero Harry sabe que no podrá subir nunca a esa cima y esa certeza le produce dolor. Pero más dolor que la certeza de saber que no va a hacer nuevas cosas le produce la certeza de conocer todo lo que no será capaz de escribir. Porque a Harry, su físico lleno de energía le permitió vivir una vida llena de experiencias. No podría decir que le faltaron cosas por vivir. Pero, en cambio, ¿cuántas historias que Harry pudiera haber contado tiene ahora (que ha llegado ya al borde mismo de la muerte) la certeza de que no las podrá contar jamás? Más bien, escribir jamás. Tragedia de la memoria que padece el escritor.

Hemingway plantea en este cuento de formidable bellleza—al que recorre la melancolía por todo lo que Harry intuye no podrá escribir jamás, y la nostalgia de un tiempo pasado que no volverá—el sino trágico que mina el espíritu de aquellos escritores que reconocen en ellos la responsabilidad ineludible de poner por escrito cada segundo de una vida que viven con esa rara habilidad (sensibilidad) que les permite traducir en palabras la totalidad de su existencia si lo desearan. Mejor aún, que le permite convertir fragmentos de su vida que pueden durar horas, días, semanas, meses, años, en cuentos, novelas y otras clases de obras de ficción. Porque no importa cuánto dure la vida de un escritor; no importa cuán productivo sea éste, si es verdaderamente responsable—creo que esto es lo que piensa Hemingway—se sentirá abatido por la melancolía, la misma que abate a Harry, a quien las palabras de Helen, la mujer que lo ama más que a nadie en el mundo, no lo pueden consolar. Porque es un nudo trágico inherente al oficio del escritor. La certeza de que quedarán vivencias, registros vívidos y vivos en su memoria, que no podrá escribir. Es como el teorema de la incompletitud de Gödel traducido a la literatura: en la vida de todo escritor hay historias que jamás escribirá. Quizás las mejores historias sean las que no escribió.

La conciencia de este nudo trágico hace la agonía de Harry más cruel que otras agonías literarias. En La Muerte en Venecia, de Thomas Mann, Gustav von Aschenbach, también escritor, ha quedado turbado por la belleza que descubre en Tadzio. Esa turbación desordena su mente, altera su espíritu, y la que pudo haber sido su melancolía final queda opacada por ese ensueño fantasioso en el que lo sumen la peste y su amor por Tadzio, que él sabe debe continuar siendo platónico hasta el final. Otras agonías de personajes que no son escritores, como la de Ivan Ilich, en la novela de Tostoi La Muerte de Ivan Ilich, o la del conde Laszlo Almásy, en The English Patient, de Michael Ondaatje, si bien son a su modo profundamente melancólicas, no tienen la carga trágica que pesa sobre Harry, quien ha tenido la mala fortuna de pincharse accidentalmente con una espina cerca de la rodilla, justo en el momento en que tomaba la foto de un antílope. Ahora la herida se ha infectado y la pierna se ha comenzado a gangrenar. Cuando el cuento comienza la gangrena está avanzada y es improbable que el avión del Capitán Compton llegue a tiempo, a ese campamento en la selva, para llevarlo a un hospital a que lo curen.

Helen lo ama y hasta el último minuto le da aliento a Harry. No quiere creer que se va a morir y prefiere que beba caldo caliente a que beba whisky con soda. Pero Harry prefiere lo segundo. Quizá cree que el whisky lo ayuda a recordar todas las historias que no pudo escribir y que ahora, con plena certeza, sabe que nunca podrá hacerlo.

Hay una relación especular entre Harry y Sherezade, la legendaria hija del visir que fue condenada a muerte por el sultán Shariar y para no morir comienza a narrar. Mientras Sherezade hilvana historias para no morir, Harry recuerda en una especie de ensueño atropellado (sólo interrumpido por las amables atenciones de Helen o por sus ganas de un trago de whisky) todo aquello que le sucedió en la vida que merecía la pena ser escrito. Pudo haber escrito cuentos sobre su adicción al juego y sus compañeros de juego, sobre su primer amor y sobre la pérdida de éste, o sobre la tardía recuperación de ese primer amor y la traición del segundo. Historias sobre la amistad; historias sobre la mentira y la traición; historias sobre la guerra y sus secuelas horribles de heridas, sangre y dolor insufrible. Y mezcladas con todas ellas, su amor a París, a las calles y barrios que recorrió, en los que él, Ernest Hemingway, vivió cuando joven y sobre las cuales escribió en A Moveable Feast.

A diferencia de los cuentos de Sherezade en Las Mil Noches y Una Noche, los recuerdos de Harry no son historias completas. Son fragmentos de historias (más bien bocetos de éstas), que se hilvanan atropelladamente unos con los otros. Semillas de historias con las que un escritor disciplinado, o incluso el mejor lector de la historia de la cual Harry es un personaje (todo lo cual define una estructura de cajas chinas en este cuento que contiene piezas para que un lector de otra realidad, las manipule, y al hacerlo, de cierto modo coopere con Harry, y las convierta en historias completas), el más imaginativo, el más colaborador, se dedique él mismo a la tarea de tejer esos fragmentos, que son más bien como sinopsis condensadas de historias, y los convierta en historias completas. Y aliviar así nosotros, cada lector a su manera, la tragedia que pesa sobre Harry. Usar esos fragmentos de historias que Harry nos susurra con su último aliento (pero con una cabeza al borde del delirio, recalentada y activada por la fiebre como si estuviera bajo los efectos de una droga poderosa) y hacer con ellos, como si fueran modelo cortazarianos para armar, múltiples y nuevas historias cada vez que leemos y releemos este cuento maravilloso que troca la muerte en fuente inagotable de vida como sólo lo puede hacer la literatura.

O no hacerlo. Leer el cuento contemplativamente como lectores silentes y no cooperativos. Lectores pasivos diría Cortázar. E imaginar la belleza que en el delirio final embriaga a Harry cuando descubre que está mirando desde lo alto del avión en el que en realidad no viaja a curarse, las cimas cubiertas de las blancas y purísimas nieves eternas del Kilimanjaro, llamado por los Masai, Ngàje Ngài, la Casa de Dios. Y pensar que esto también es la literatura.

Traducción del epígrafe
Él había destruido su talento por no usarlo. Por traicionarse a sí mismo y a aquello en lo que creía, por beber hasta el punto en que se embotaba el borde de sus percepciones, por flojera y pereza, por orgullo y prejuicio, por picardía y engatusamiento. (…) Qué era su talento a fin de cuentas? Era realmente talento, pero en lugar de usarlo había hecho negocio con él. Nunca se trató de lo que había hecho, fue siempre de lo que pudo hacer.

Todas las referencias de: Ernest Hemingway (1964) The Snows of Kilimanjaro and other stories, Penguin Books Ltd, Hardmondsworth, Middlesex.

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