Ágora (2009), Hipatia de Alejandría: Verdad y tolerancia

Alejandro Amenábar dirige a Rachel Weisz, quien hace el papel de Hipatia, en una escena de Ágora

Ese rostro prerrafaelita de mandíbula fuerte, cabellos ondulados y cejas bien delineadas que tiene Rachel Weisz, quien hace el papel de Hipatia de Alejandría en Agora—la última película de Alejandro Amenábar—ayuda a esta bella actriz a interpretar el difícil papel de una mujer que fue a la vez, hermosa, brillante, casta e íntegra hasta el final de sus días. Se dice que Hipatia fue la primera matemática que documenta la historia. Nacida en Alejandría circa 360 de nuestra era, Hipatia estuvo en el centro de sangrientos enfrentamientos entre cristianos primitivos, judíos y paganos. La película de Amenábar—cuyo guión fue escrito entre éste y Mateo Gil, guionista con quien también había escrito Tesis (1996), Abre los ojos (1997), la versión sajona de ésta, Vanilla Sky (2001)—tiene la virtud de destacar, no solo los argumentos matemáticos (algunos especulativos porque sus obras se perdieron y se conocen sus trabajos por referencias de terceros), sino sobretodo su rol en reiterar la importancia de la tolerancia como elemento indispensable para la convivencia pacífica en una sociedad heterogénea cono era la Alejandría de finales del siglo IV d.C., cuando vivían en esta ciudad, paganos, cristianos y judíos. Hasta el final de su vida, Hipatia permaneció leal a su fe en el paganismo, que era como se designaba a la fe que profesaban quienes creían en los antiguos dioses. Su terrible muerte a manos de una turba de cristianos fundamentalistas que la golpean hasta descuartizarla es una escena que en la película se muestra notablemente suavizada. Sin duda horroriza a todo espectador pensar que Cirilo de Alejandría (interpretado magníficamente por Sammi Samir), que fue canonizado y proclamado Doctor de la Iglesia por su contribución al Dogma Cristiano, haya podido estar implicado de un modo oscuro en el asesinato de Hipatia, dado que las fuentes históricas no han podido despejar esta sospecha.

No creo que haya sido el motivo principal de Amenábar, como lo han dicho algunos críticos católicos, destruir la imagen del cristianismo primitivo y hacer una apología del ateísmo o del escepticismo. No es nuevo para nadie que a lo largo de 2.000 años de historia, la Iglesia Católica justificó en varias ocasiones la violencia y la crueldad basada en el argumento de que defendía valores que trascendían este mundo: Quemaba a la bruja para salvar su alma y la de los otros que ésta pudiera haber contribuido a que se pierda. Pero al hacer esto le ocasionaba a su cuerpo, con una crueldad sin límites, un dolor moral y físico terribles. La Inquisición no fue sino uno de los más conspicuos actos de violencia perpetrados por la Iglesia contra víctimas inocentes. Afortunadamente, por muchos de esos errores históricos la Iglesia Católica contemporánea pidió perdón y se retractó públicamente.

Lo importante es que esta película en que Amenábar nos impresiona por su recreación minuciosa de la Alejandría de finales del siglo IV (que es cuando se estima tuvo lugar el incendio de la Biblioteca), no se queda en las técnicas de última generación usadas para hacer posible esta recreación. Más importante es el esfuerzo que hace el director para comunicar que la historia de Hipatia es sobretodo la historia de una buscadora y amante de la Verdad que creía en la posibilidad de construir una convivencia pacífica sobre valores o principios terrenales. De la historia de Hipatia, la que narra el guión de la película y la que se conoce por fuentes históricas, uno puede especular que quizás esta sabia filósofa temía que se fundara la convivencia humana sobre creencias o asuntos extraterrenos o ultraterrenos. Sobre asuntos que la ciencia humana no pudiera demostrar.

De alguna manera, la vida de Hipatia parece pedir que no se mezclen la búsqueda privada de la salvación individual del alma, o la aspiración tambien, necesariamente, privada de lograr la comunión mística con Dios, con las relaciones entre hombres y mujeres acerca de asuntos de este mundo tales como: el amor, la amistad, la los negocios, la ciencia y la filosofía, y sobretodo la verdad. Hipatia reserva para lo más íntimo y privado las relaciones con sus dioses. Pero Hipatia no fuerza a nadie a creer en un dios determinado. Sus alumnos, Sinesio de Cirene (luego obismo de Ptolemaida), Orestes, que luego fue Prefecto de Alejandría (pusilánime y débil frente a ella), Herculiano, Hesiquio de Alejandría, entre otros, muchos tenían creencias distintas a la suya o, por temor, se convirtieron al cristianismo. Hipatia no ejerce violencia contra ninguno de sus alumnos. En cambio, con mucha energía ella combate los malos argumentos, las falacias y los sofismas sobre los que no se puede sostener la verdad. Enfática y brillantemente, cada dia de su vida, Hipatia defendía la verdad. En un tiempo en el que el Imperio Romano funcionaba casi como una teocracia, la vida de Hipatia era consistente con la idea de un gobierno secular, distanciado de la moral divina o de la religión.

Es como si varios siglos antes de que naciera la Ilustración, Hipatia hubiese defendido el proyecto de despojar de magia, no el mundo (como lo trató de hacer de un modo fallido la Ilustración), sino al menos la esfera de lo público. Desencanto de lo público sin tocar lo privado. Dejando que cada individuo crea en lo que le plazca. Pero aspirando a que la verdad, demostrada mediante rigurosos teoremas y argumentos matemáticos o filosóficos, se convierta en lenguaje común a todos los hombres, sin importar sus creencias o su religión.

Por supuesto que hay una inocencia en el discurso de Hipatia y por tanto en el mensaje de tolerancia de la película. Después de que sabios como C.G. Jung dijeran que parte de las razones por la que la humanidad incurrió en los actos de locura y violencia extrema del pasado Siglo XX fue por empeñarse en despojar al mundo de la magia, de su fe en lo sobrenatural; por aislar al hombre de esa red de líneas invisibles de energía y seres sutiles y sobrenaturales con los que había convivido durante miles de años y que de algún modo lo protegían, lo ayudaban a no caer en el abismo.

Sin embargo, por hoy me quedo con el mensaje de tolerancia de esta película. Me quedo con la inocencia de Hipatia, una mujer que según cuenta la historia reforzó su fe en la verdad con su castidad: Hipatia se habria casado pero se habría mantenido casta toda su vida. Pienso que sólo con esa pasión y fortaleza que mostró Hipatia con cada uno de sus actos y con su propia vida, se puede defender la fe en la Verdad. De otro modo, la Verdad luce pálida y débil y quienes creen solamente en ella, tienen el riesgo de terminar su vida como inseguros y pusilánimes ciudadanos, a los que el azar pudiera fácilmente inducir a escuchar el pernicioso canto de las sirenas, el de los fundamentalistas que ofrecen doce doncellas núbiles en el Paraíso al más osado asesino suicida, o el de los que se venden como nuevos Mesías, salvadores de su cuerpo y de sus almas.

Creo que esta reflexión, aparte de la actuación de Weisz, la historia de amor que crea el guionista entre Hipatia y el esclavo Davo (Max Minghella), y la recreación de la ciudad, hacen que valga la pena ver la película. Los personajes son difíciles de interpretar. Pero uno se logra meter en el drama y una vez que esto sucede se puede disfrutar de la nostalgia por lo que una vez fue esa ciudad fundada por Alejandro Magno, antes incluso de que naciera Hipatia: un centro único de acumulación del conocimiento de la Humanidad.

Ante los alegatos de que Amenábar ha hecho una película sobre una atea, pienso que las creencias de Hipatia no son lo importante de Agora. Lo son más bien su persistente apelación a la verdad y la ciencia como moderadoras de las pasiones y como ayuda a la convivencia en paz de ggrupos de personas que piensan distinto.

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