Hemingway, Lawrence y el sol en Margarita

Atardecer en Playa Parguito, Isla de Margarita, 2010

He was not a tragic character, having his father and being a writer barred him from that, and as he finished the whiskey and Perrier he felt even less of one. He had never known a morning when he had not waked happily until the enormity of the day had touched him and he had accepted this day now as he had accepted all the others for himself. He had lost the capacity of personal suffering, or he thought he had, and only could be hurt truly by what had happened to others. He believed this, wrongly of course since he did not know then how one´s capacities can change, nor how the other could change, and it was a comfortable belief.

Ernest Hemingway, The Garden of Eden

Semana Santa en Margarita

Con frecuencia, cuando leo me gusta combinar un libro con otro libro, leyendo dos libros al mismo tiempo, intercaladamente, entreveradamente. De este modo, a veces, a diferencia de la Rayuela de Cortázar, en la que el autor esperaba que el lector ideal leyese los capítulos en un orden azaroso y caprichoso, he leído uno o dos capítulos seguidos de un libro para inmediatamente tomar el otro y alternar la lectura de los dos libros de modo que por momentos ocurre, como en un cadáver exquisito, que la narración se funde. Los límites entre las dos novelas o, en otros coasos, entre el ensayo y la novela, o entre el libro de poemas y la novela dejan de existir y, una vez que ese juego de alternancias se ha hecho automático, comienza a fluir una narración maravillosa en la que no hay solución de continuidad; sólo cambios en los timbres, en el tempo, en la cadencia e inflexiones de las voces de los personajes o del narrador. Cambios que se hacen menos soprendentes que los cambios tremendamente súbitos, disruptivos y violentos que produce la realidad. En otras ocasiones, prefiero leer fragmentos más largos, y los libros dejan de fusionarse. Los límites quedan distinguibles. Evito deliberadamente dejarme engañar como en el otro caso. No caigo en mi propia trampa. Simplemente me divierto con la diversidad.

El mar desde el morro en Playa Parguito, Isla de Margarita. 2010

Lo otro que suelo hacer es combinar un libro con aspectos del lugar donde lo leo. Y casi siempre pasan cosas. Es como si la lectura conjurara cosas. Como si el acto de leer le devolviera a uno a ese tiempo pretérito en el que la palabra era magia y creaba el mundo. Ese tiempo antes de la Caída en el que éramos como dioses. Ratificando ese texto de que en el principio fue la palabra (Logos) que luego se hizo cuerpo, ojos, manos, palabras y caricias de otros; o ruidos, del mar, de las hojas de los árboles agitadas por el viento, de los niños que juegan y corren a la orilla de la playa. Me refiero a que ocurren coincidencias sorprendentes. Palabras que escucho exactamente al mismo tiempo que las leo. O que el color de la camisa del vendedor de ostras que pasa delante de mi sea idéntico al del vestido de la protagonista en la página de la novela que estoy leyendo. Pudiera ser sincronicidad jungiana. Pero es también posible que mi mente esté entrenada para descubrir cuándo los dos mundos se reunen por un instante, se tocan tangencialmente. Como si el uno tratase de seducir al otro, convencerlo de que se acerque sin miedo y explore libremente sus contornos. Persuadirlo de que intente un contacto más duradero. ¿quién es el activo y quién el pasivo? se preguntarán algunos. ¿Es la ficción una descocada que intenta poner patas arriba a la realidad? O por el contrario, ¿es la impredecible, compleja y (en la actualidad tan) loca realidad la que se ha propuesto poner patas arriba a la ficción? La verdad es que no lo sé. Esto es algo que no me había planteado antes y lo pensaré con detenimiento luego. En todo caso, esta conversación entre los dos mundos, el de la realidad y el de la ficción, es uno de los placeres que encuentro en la lectura.

Mango en rebanadas con sal preparado para su venta en vasos de plástico en Playa Parguito, Isla de Margarita, 2010.

Me detengo ante esta reflexión sobre el acto de leer y recuerdo aquel ensayo de Roland Barthes sobre El placer del texto. Barthes hablaba de un texto de placer que oponía a un texto de goce. “Texto de placer: el que contenta, colma de euforia; proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura. Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje. ” (p. 25). Me pregunto si la mía es una práctica confortable de la lectura y pienso que sí.

Pero Elías Canetti, en la novela Auto de fe (cuya lectura terminé en Margarita, leyéndola en un apartamento por lo poco práctico de llevar semejante libro a la playa) sugiere que la lectura, y por extensión la cultura, son una defensa contra la masa. Es entonces que pienso que leyendo este libro (de Hemingway) rodeado de cientos de vendedores ambulantes, y no menor número de temporadistas estoy quizás buscando aislarme para no fundirme con ellos en esa masa que amenazaba con formarse y consolidarse en muchas playas de Margarita durante esta Semana Santa. Y sin embargo, pensando mejor me doy cuenta de que no le temo a la masa. Está bien estar rodeado de tanta gente, mientras uno pueda mirar el mar y escuchar el sonido de las olas de un mar agitado por la brisa e iluminado por la luna llena.

Cerro Guayamurí visto desde Playa Parguito, Isla de Margarita, 2010

Toda esta introducción para contar que en Semana Santa, cuando fuí a Margarita, pensé que sería muy adecuado llevarme un libro que acababa de comprar, The Garden of Eden, novela póstuma de Ernest Hemingway, en la que el autor trabajó de modo intermitente entre 1946 y 1961, año en que murió. En esta novela, una joven pareja de recien casados, el escritor David Bourne y su bella esposa Catherine, pasan unas semanas en la Costa Azul, cerca de Cannes. Disfrutan de unos días de playa durante los cuales se acuestan a tomar sol como si quisieran cocinarse a la brasa. Los dos se aman y disfrutan de la comida y la bebida que les sirven en los hoteles donde se alojan. Pero de repente, comienza a salir a flote en Catherine un conflicto que, al principio se expresa como un deseo de parecerse a él. Como si quisiera que la confundan con él, y que la gente que lo ve piense que son hermanos gemelos. Pero luego este conflicto se complica cuando aparece Marita, una hermosa mujer de la que ambos se enamoran. Como suele ocurrir con las relaciones impares, ésta es inestable y termina del modo que uno puede prever. Con una serenidad que por momentos llega al estoicismo, David resiste, sufre o convive con la creciente crisis de género, explosiones emocionales y celos de Catherine, quien me recuerda a la protagonista de Sun, un cuento de D.H. Lawrence, en el que una mujer se dedica con una obsesión frenética a tomar Sol. Un cuerpo dorado impregnado de luz solar, como si la llevara a todas partes, para combatir o balancear la oscuridad interior. Lo que los personajes de ambas historias sienten son sus facetas más oscuras. O más bien, sus cuerpos más oscuros, aquéllos que ellos han decidido ocultar debajo de una dorada epidermis. Y sin embargo, en ambos casos, estos cuerpos oscuros, estos otros yos, salen a la superficie como olas que por encima de la superficie de color azul profundo mostraran su crestas blancas.

En el cuento de Lawrence hay otra cosa. Este autor, como sabemos, cuando vivía fue tremendamente criticado por su postura crítica frente a la hipócrita moral victoriana que había permitido que (como lo narra en el prefacio a Lady Chatterley´s Lover), una mujer inocente conviviera casada durante veinte años con un supuesto hombre que luego ella descubrió era en realidad una mujer vestida de hombre. Pero Hemingway fue criticado tambien por su crítica a la razón y la ética cientifica, encarnadas en intelectuales y escritores como Geroge Bernard Shaw, quienes adoraban la razón y cifraban sus esperanzas de un futuro mejor en la ciencia y la tecnología. Para Lawrence, Aristóteles y su largo linaje de racionalistas, vinculados o no a la religión cristiana, fueron la causa de que el hombre de Occidente se alejara de su cuerpo, de sus sentidos y con ello del cosmos. Para Lawrence el ser humano debería abrazar la totalidad del cosmos en cada inhalación (ver su texto final Apocalypse, escrito poco ante de morir, que revela mucho más sobre el autor que sobre la naturaleza o secreto de este libro de la Biblia). Esto nos ayuda a entender que la mujer del cuento “Sun·, lo que necesita es precisamente esa reconexión con el cosmos que ella piensa que puede lograr, únicamente, mediante su recepción, a brazos abiertos y cuerpo desnudo, de la luz solar. En este amor a la fuerza y vitalidad del cuerpo y la importancia de los sentidos, se asemejan Hemingway y Lawrence.

Volviendo a la novela de Hemingway, uno de sus elementos más contemporáneos es la preocupación narcisista de los personajes, especialmente de Catherine, por su cuerpo, por su cabello, que lo corta a lo garçon en la peluquería de su amigo Jean. Otro elemento contemporáneo es la preocupacion por identificar las marcas, especialmente las de los vinos, champagnes y destilados que beben. Entre esas marcas, la que se convierte en una de las palabras más veces repetida en la novela es Perrier. Ésta acompaña la mayoría de los tragos que David prepara para él y sus dos mujeres, Catherine y Marita, la otra mujer.

Vendedora ambulante, Playa El Agua, Isla de Margarita, 2010

Comencé y terminé de leer en Margarita esta novela. La leí en ocasiones tomando un whisky con agua y hielo en el mismo momento en que David se tomaba un Armagnac con Perrier y hielo. O yo me tomaba una piña colada cuando quizás Hemingway, acompañado de un daiquirí o de un mojito en el restaurante El Floridita, en Cuba (donde este escritor decubrió el sabor del aguacate, la piña y del mango, quizás de uno más maduro que semiverde que compraba, me comía y fotografiaba en la misma playa Parguito) escribía o revisaba el capítulo en el que David se tomaba un Lanson (porque Hemingway, revisó una y otra vez esta novela hasta su muerte). O yo tomaba un espumante argentino o chileno, pisando la arena caliente bajo el toldo de un amigo en Playa Parguito, Playa el Agua, o Playa Caribe, cuando leía una página que Hemingway podía haber escrito en compañía de un whisky con Perrier mirando a lo lejos el mar agitado por un viento que llegaba desde muy lejos, alimentado por el monzón. Porque ¿cómo ven los escritores la realidad cuando escriben sobre lo que recuerdan o sobre lo que anticipan? Contemplan verdaderamente la realidad o se les yuxtapone con la de sus personajes. ¿Se confunden en la mente del escritor la ficción en proceso con la realidad? Creo que la lectura de esta novela fue más rica en relaciones al permitirme apreciar el color del cielo o el del mar. Estar en Margarita mientras leía a Hemingway me ayudó a imaginar los matices azules del cielo y del mar de la Costa Azul tratando de contrastarlos con los que en ese momento veía en Margarita en esos días en que en Venezuela aún no había terminado la larga sequía. Y luego, al caer el sol, dejaba aparte esta novela, y esperaba a que saliera la luna. Y uno de esos días, de repente miré sobre el morro en un extremo de la playa ya medio oscura y pude advertir cómo el perfil de unas siete personas quedaba encerrado dentro de un círculo blanco que uno en esos momentos no puede creer que era la luna. Y cuando me muevo para fotografiarlo, ya la luna había subido y cambiado de posición. Ya el grupo de gente había quedado a la derecha y la luna más bien encima de una concavidad que parecía un bostezo de la colina, o uno de esos gestos de admiración que abre la boca y deja al observador como un tonto. Aunque mirando una vez más la foto que he subido para ilustrar esto, me convence más la idea de que me recuerda a una montaña que se quiere tragar la luna, como ignorando cuál es su tamaño. U olvidándolo adrede.

Luna llena en Playa Parguito, Isla de Margarita, 2010

Y yo también me olvidé de Catherine en ese momento. Aunque pensé que David podía haber visto lunas llenas de ese tamaño cuando de niño cazaba con su padre en África. Y deseé que en el cuento ése que David escribe a lo largo de decenas de páginas de la novela (porque no olvidemos que David es un escritor reconocido), el niño que fue David haya podido ver una luna como la que yo estaba viendo en compañía de todos los que estaban conmigo en la playa, los que me acompañaban y los que no conocía pero intuía que estaban como yo, con los ojos bien abiertos, olvidando por un instante tanta locura urbana, tanta necedad, tanta viveza criolla, tanta violencia, y demás cosas, y como poniendo la mente en blanco, como si ese blanco pudiera parecerse al blanco platinado de la luna cuando salía por encima de la colina. Y quise también que mirar esa luna llena hubiera consolado al David niño de la culpa y trizteza que lo embargaban por haberle advertido a su padre y sus ayudantes sobre las huellas del elefante que perseguían para matarlo.

Notas:
1. La copia de The Garden of Eden (1995) de Ernest Hemingway fue publicada por Charles Scribner, New York (pp 248).
2. “Sun”, forma parte de los cuentos recogidos en The Woman Who Rode Away, de D.H. Lawrence (1977), publicado por Penguin Books, Great Beritain.
3. El ejemplar de Roland Barthes (1984), El placer del texto y la lección inaugural. Publicado por Siglo XXI Editores : México.

Un comentario en “Hemingway, Lawrence y el sol en Margarita

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