Elías Canetti, Auto de fe (2), Literatura de anticipación

Ya escribí en una entrada anterior sobre Auto de Fé, la que hasta ahora es la única novela conocida de Elías Canetti. La terminé de leer durante la Semana Santa pasada y me ha dejado una honda impresión. Me sorprenden su contemporaneidad y capacidad de reflejar la ciudad postmoderna—fragmentada, laberíntica, de límites difusos. Ciudad en la que sus habitantes, como en una paradójica Babel, hablan la misma lengua, se comunican ininterrumpidamente pero (sin percatarse de ello) se comprenden cada vez menos los unos a los otros. Y se encuentran, por tanto, cada vez más solos. Encuentro a esta novela como una imagen profética, aunque literaria y muy precisa, del desmoronamiento del proyecto de la modernidad y su transfiguración en lo que algunos han llamado postmodernidad. Aunque quizás no somos postmodernos. Los fragmentos del sujeto y del discurso que aún recogemos a diario no son como creíamos las ruinas del edificio moderno acabado que se vino abajo por el peso de la historia sino los cientos de pedazos en los que explotó un proyecto inconcluso que no advertimos que estábamos forzando más allá de sus límites. Esa máquina total y desencantada (según la visión de Max Weber) que iba a ser la modernidad, pulcra, aséptica, eficiente, racional, explotó antes de tiempo. O más bien, fue explotando por etapas a lo largo del sangriento siglo XX.

En un “Apéndice” a la novela, Canetti cuenta que Auto de Fé nace de una imagen; la que muestra a su protagonista ardiendo junto a su amada e inmensa biblioteca. Al comienzo, Canetti sólo sabía que la novela debía terminar con esa imagen, aun cuando ignoraba cuáles serían los hechos que conducirían a su protagonista, quien al comienzo se llamaba Büchermensch (hombre-libro), luego Brand (incendio). Luego, en una fase posterior, Canetti lo llamó Kant y sólo al final lo bautizó como Peter Kien (cuyo apellido significa leña resinosa o tea). Con esa imagen en mente, durante el otoño de 1929, una vez que Canetti regresa a la tranquila Viena, luego de una agitada estadía en Berlín, concibe la idea de escribir una Comedie Humaine de la locura que estaba inspirada en la impresión que dejó en él Berlín, ciudad en la que sintió que “Todo era posible, todo sucedía. (…) Nunca había tenido la impresión de hallarme tan próximo al mundo entero en cada una de sus zonas.”(p. 602). Es posible que esa percepción de Berlín que tuvo Canetti le hiciera pensar que esa ciudad podía funcionar como un modelo de la realidad de su tiempo. Si eso era así, entonces—Canetti pensó—“el mundo no podía ser recreado como en las novelas de antes, es decir, desde la perspectiva única del escritor; el mundo se hallaba desintegrado, y sólo si uno se atrevía a mostrarlo en su disolución era posible ofrecer de él alguna imagen verosímil” (p. 604). Canetti se propuso representar esa desintegración por medio de una serie de ocho novelas relacionadas, cada una de ellas estaría articulada alrededor de un personaje hiperbólico situado al borde de la demencia. Estos personajes estarían yuxtapuestos entre sí, viviendo cada uno en su mundo particular.

Por diversas razones La Comedie fue abortada. Sin embargo esa idea enriqueció la novela que en un comienzo se llamó Kant se prende fuego, y que terminó siendo bautizada como Auto de Fé. El hombre-libro, que era uno más de los personajes de La Comedie, adquiriró una importancia principal hasta que, cuando se vinculó con la imagen del hombre ardiendo junto con su biblioteca, el boceto de Auto de fe estaba completo.

Peter Kien, hombre-libro, eminente sinólogo, misógino a ultranza y propietario de la biblioteca privada más grande y valiosa de la ciudad, es el eje central de los hechos novelescos en Auto de fe. La narración pasa de un tempo lento y parsimonioso que nos hace sentir la tranquilidad que se respiraba dentro de la hermosa biblioteca de iluminacion cenital, tan necesaria para los estudios realizados por el erudito Kien, a un tempo vertiginoso que es disparado por las maquinaciones oscuras, atropelladas, delirantes de Teresa. Esta mujer, que era al comienzo una silenciosa ama de llaves, luego de convertirse en esposa de Kien y señora de la casa y biblioteca, deja gradualmente emerger su faceta más dominante y codiciosa. El hostigamiento continuo que ejerce contra Kien termina por expulsarlo con violencia de su casa. Una vez en la calle, Kien comienza a vivir una vida de hoteles y a toparse con personajes tanto o más extraños y locos que su esposa. En esta segunda fase de la novela, el autor sumerge al lector en los meandros discursivos que registran el flujo libre de la conciencia de una Teresa cada vez más delirante, de un Kien cada vez más ausente y enajenado de su realidad, y de los múltiples personajes con que se encuentra, quienes discurren y conversan sin comprenderse. Aun cuando parecen ignorar esta incomunicación o quizás, ser indiferentes a ella. A ninguno de los personajes de la novela le importa realmente lo que piensa o quiere el otro. Viven sus locuras con intensidad y obsesión y en eso se asemejan a los personajes con que se topó Canetti en Berlín.

Pero no es casualidad que el hombre-libro sea el protagonista de esta novela. Éste personaje es una suerte de alter ego de Canetti, quien era también amante de los libros y como Kien, un conocedor en profundidad de la cultura china. Quizás Canetti elabora el retrato cruel del hombre en el que, en sus peores pesadillas, temía convertirse como un mecanismo de protección contra ese riesgo. Porque, aparte de describir ese fenómeno de fragmentación que produce en los hombres la ciudad contemporánea (visto desde la perspectiva de la década del 30 del siglo veinte), la novela nos ofrece una visión literaria del riesgo de que el hombre que ama el conocimiento, y la cultura como una de sus expresiones, se olvide de que tanto el uno como el otro pierden sentido si el convierten en un obstáculo para la empatía, la compasión y el amor al prójimo. Cuando se alcanza ese punto, la cultura se hace estéril y la razón infértil. A Kien, su impresionante acervo cultural le producía sólo el placer onanista de recordarle y confirmarle la capacidad de su memoria de poder registrar con la precisión de una cuchilla de diamante, lo que había leído en cada línea de cada página de los miles de libros que almacenaba su biblioteca. Kien encarna una razón que no precisa del Otro para existir porque puede prescindir de eso que conocemos como amor; le bastan sus libros y el conocimiento que contienen. Alegóricamente, Kien encarna una razón que, a lo máximo que pudiera aspirar, sería a esa unión íntima, orgiástica aunque asexuada, con los libros. Orgía intelectual que al carecer de deseo y de libido pierde su sentido y deviene en un absurdo. Orgía que se expresa al final en ese acto perfecto en el que Kien se incinera (y al hacerlo se fusiona) con sus miles de libros en un gran holocausto final.

Dije que la novela, cuya primera edición fue publicada en 1935, me impresionó por su anticipación del carácter fragmentado que caracteriza a la ciudad postmoderna y que marca el fracaso de la modernidad. Pero tambien me impresionó Auto de fe porque constituye una visión premonitoria de los derroteros que puede tomar la razon cuando se aleja del hombre, se complace en la lógica narcicista y olvida los sentidos, el cuerpo, las sensaciones y las emociones. El holocausto que perpetra Kien prefigura terriblemente el Holocausto nazi. Pero en la medida en que ese final fue la consecuencia de una hipertrofia de la razón, que llegó a ignorar el resto de aquello que nos constituye como humanos, así como al Otro, cabe concebir otras trayectorias de perversión de la razón que confluyan en ese mismo final. El Holocausto que perpetra Kien quemando los miles de libros sobre la civilizacion china puede también haber prefigurado las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Podría prefigurar asimismo esos momentos en que la ciencia se aleja de las necesidades y sensibilidades humanas. Aun cuando los riesgos que se temía podían ser engendrados por la puesta en marcha del Large Hadron Collider construido en Ginebra, se han reducido sustancialmente ahora que se han producido colisiones a potencias de operación máximas (de 7 Tera ev), sin duda alguna la comunidad científica no consultó con los ciudadanos comunes (contribuyentes), los pros y contras de iniciar un proyecto que no reducia a cero la probabilidad de que su operación tuviera consecuencias devastadoras e irrversibles para toda la humanidad.

Lo sorprendente es que haya llegado hasta acá sin referirme al concepto de masa. Sabemos que Canetti, durante la redacción de Auto de fe, ya había comenzado a revisar literatura que usaría en su obra monumental Masa y Poder. Una de las primeras exposiciones sobre el concepto de masa la formula Canetti en la voz de Georg Kien, el psiquiatra director de un hospital de enfermos mentales, que es hermano de Peter. Georg nos recuerda que “la cultura es un cinturón de defensas del individuo contra la masa que lleva dentro” (p. 525). Lo que sugiere que la paranoia de Peter quizás perseguía la cultura para impedir que emergiera a la superficie de su personalidad la masa, y que al ocurri esto padeciera el riesgo de diluir su sólido y denso carácter. Veamos este fragmento más largo:

“La humanidad existía como masa ya mucho antes de haber sido inventada y diluida conceptualmente. Como un animal monstruoso, salvaje, ardiente y exuberante, la masa hierve y se agita en lo más hondo de nuestro ser, a mayor profundidad que las mismas Madres. Es pese a su edad, el más joven de los animales, la criatura esencial de la Tierra, su meta y su futuro. Nada sabemos de ella y vivimos supuestamente como individuos. No obstante, la masa se abate a veces sobre nosotros como una tempestad mugiente. Como un único y fragoroso océano en el que cada gota permanece viva y desea lo mismo. Mas suele disgregarse pronto, devolviéndonos a nuestro estado habitual de pobres diablos solitarios. Y entonces nos resulta inconcebible recordar que alguna vez llegamos a ser tantos, tan grandes y tan Uno. (p. 525). (itálicas mías).

Leo este párrafo y no puedo dejar de pensar de qué modo la internet, invento que sólo comenzamos a conocer y utilizar desde hace poco más de dos décadas (Tim Berners-Lee la inventa en 1989 cuando trabajaba para CERN), y que cuyas conexiones crecen a diario a una tasa inconcebible, esa red de redes que es la internet, puede ser una de las mejores versiones que haya imaginado el hombre para evitar los riesgos de disgregación futura de la masa y permitirnos integrarnos, de un modo más definitivo y estable, todos juntos sobre la Tierra para conformar ese único animal que nos unirá. Canetti no soñó la internet. Pero sin duda que este texto sobre la Masa es terriblemente premonitorio de lo que puede llegar a significar este invento para la humanidad. De estar Canetti vivo, no cabe duda de que temería que esta Red termine con nuestro estar en el mundo como individuos y que nos convirtamos en el monstruoso animal global que él pensaba y temía era meta y futuro de la Tierra.

Es la masa aquello que más teme la Razón. Es la masa la que se desliza por las pesadillas de todos los Kien que deambulan por el mundo con semblante taciturno. La masa es el elemento que se opone a la fragmentación. Esto último, que observó de forman seminal Canetti en el Berlín de 1929, parecía producirle angustia. Pero Canetti sabía que la verdadera libertad y futuro del hombre no estaban ni en la masa ni en la fragmentación. Sino en una integracion armónica entre la razon, las emociones y el espíritu. Y que en seres humanos hechos de este modo, sólo el amor podía unir o reunir, en relaciones complejas, inciertas, y a menudo fugaces; ocasionalmente duraderas, al hombre con sus semejantes o con el resto de lo que lo rodea.

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