Crónicas de la sequía (4), Turbidez, transparencia

Valles de Caracas hacia el suroeste. Calima recubriendo la ciudad. Marzo de 2010.

Persiste esta sequía y su expresión más reciente es la calima (aunque me gustaría más llamarla calina porque rima con neblina y sería una palabra más intuitiva), que cubre casi todos los estados del país. Una niebla seca que colorea de un amarillo oro la luz de la media tarde, o la de la media mañana, y de un rojo intenso, casi con tonos de magenta, el sol del amanecer o el del atardecer. Pero es un sol amarillo tibio o rojo casi frío que apenas nos calienta. Se trata de un fenómeno de amplificación de la refracción de la luz del sol que “rebota” en millones de microcorpúsculos (con un diámetro de entre poco menos de diez micras y unas cuantas decenas de micras) antes de llegar a nuestros ojos. Y sin embargo esta inundación de luz cálida es como un regalo de la naturaleza frente a esa condena a la que nos someten las prácticas de incremento de eficiencia o ahorro de energía eléctrica, que han reemplazado la cálida luz de los bombillos de filamento incandescente por la fría, o apenas tibia luz, de los bombillos fluorescentes que, para hacerlo peor, aún no se sabe cómo se va a manejar el mercurio que contienen en su interior. Son trazas pero al sumar millones de estos bombillos se convierten en una fuente importante del peligroso mercurio. Digo que esta calidez cromática de la luz solar es uno de esos inesperados beneficios que, por carambola, nos trae esta persistente sequía.

Otra vista del suroeste de Caracas, con sus cumbres recubiertas por ese velo blanquecino que es la calima. marco de 2010.

Pero la calina, aparte de producir ese fenómeno cromático que disfruto y se que al menos por lo raro hace que muchos lo disfruten, tiene ese efecto directo de hacer desaparecer todo lo que está lejos de nosotros. Como se ve en las dos fotos tomadas este lunes poco antes de las cinco y media de la tarde desde la subida hacia El Volcán, en la Boyera, desde mucho slugares de Caracas se ha dejado de ver El Avila. De hecho, ayer me decía un amigo que esta niebla seca, que borra de un modo tan sorprendente todas las montañas de este valle al cubrirla de esa capa lechosa que es la calima, que tenía la sensación de que Caracas estuviera en una llanura porque desde algunos puntos de la ciudad, lo que puedes ver hacia adelante o hacia atrás es igual, un sinfin blaquecino que se difumina hasta el cenit, donde se torna azul celeste.

Crea esta calina la sensación de que formamos parte, como si fuéramos figuras pintadas en un cuadro, de uno de esos típicos paisajes de William Turner, esas vistas del Támesis, o de Londres con el Támesis, neblinosas, con un sol amarillento, con contornos que se difuminan hacia los lados. La diferencia es que uno siente mirando la pintura de Turner que su niebla es rica en vapor de agua; una niebla húmeda, que pudiera mojarnos o humedecernos. Pero esta calima es seca y a muchos nos hace sentir, más bien, como si estuviéramos en el corazón de una tenue pero continua tormenta de arena que tiene lugar en medio del desierto, en una vasta llanura a la que hemos sido transportados temporalmente o, quizás permanentemente.

Aparte del fenómeno cromático, que lo disfruto como algo bello, hay algo más. Y es que, en una como ironía de la Naturaleza, en este país en el que todos los días alguien se queja de que falta transparencia (todo como que quisiera ocultarse a nuestros ojos) estamos ahora viviendo casi perdidos en el corazón de una densa nube opalescente, lechosa, calinosa, que parece tener el poder de ocultar de la mirada inquisidora de millones de desorientados ciudadanos (que se sienten con derecho a pedir cuenta), todas las satrapías, todos los juegos sucios, todas las traiciones, todos los actos que se colocaron mas allá de la ley o de la ética. Calima para calmar a los transgresores, para encubrir a los cómplices, para ocultar a la luz del día los manejos sucios o, lo que ha sido más comúnmente la práctica, la incompetencia, la negligencia, las omisiones en los ámbitos público y privado.

Turbidez que, a semejanza del velo que apuntala la ilusión y que levanta el mago súbitamente, pudiera desaparecer de la noche a la mañana, o diluirse en la atmósfera. Turbidez que evoca sutilmente la historia del niño cuyo grito en ese cuento de Andersen desconstruye la ilusión. Calima como base o sustento de una alegoría. O como recuerdo permanente de un estado de cosas. Que todos intuyen debe cambiar.

Recuerdo aqui aquel cuento del escritor Nathaniel Hawthorne, reunido en Twice told stories (Historias dos veces contadas), quizás se llamaba “El velo negro del pastor”. En este cuento, un pastor decide un día ponerse sobre la cara un velo negro, pero no explica a nadie por qué. Esto despierta múltiples sospechas de todo tipo que arruina su reputación. Solo explica antes de morir. Dice que se lo hubiera quitado solo si eso que deja de decirse el hermano a la hermana, el amigo a la amiga, el padre o madre a los hijos, y viceversa, y así con todos, sólo si todo eso que no se cuenta se contase. Como esa situación que él adversa persiste, pide que lo entierren con ese velo negro. Ahi termina el cuento. Lo traje a colación para decir que era un cuento sobre la utopía de una sociedad completamente transparente. Pero estamos lejos de esa transparencia. Lo estamos en lo físico y en tantas otras cosas más.

En lugad de transparencia turbidez que difumina todo lo que nos rodea. Al borrar hasta la duda los contornos y los límites, mina la agudeza del pensamiento. ¿Cómo se puede pensar agudamente, con la precisión de un bisturí, los problemas de nuestra vida o los de nuestra comunidad, cómo pensar el país con la agudeza de una hoja laser, cuando todo lo que vemos está cubierto de ese velo blanquecino? Peter Kien, el protagonista de Auto de fé, de Elías Canetti es tan agudo y su memoria tan perfecta que en sus sueños todo tiene contornos precisamente definidos. Sueños hiperlúcidos que superan en precisión los que tiene César, el personaje de Abre tus ojos, de Alejandro Amenábar. Quizás el único punto a favor de esta turbidez es que nos protege de la rigidez, de los juicios categóricos y finales, de las categorías esencialistas. Vivir en medio de lo brumoso nos hace creer en la realidad de las visiones borrosas y difuminadas que vemos en nuestros sueños, o de las sombras cambiantes que divisamos en la penumbra.

Y sin embargo, tenemos la convicción, la fe en que esta sequía no será eterna. Volverán cielos límpidos. El aire dejará de ser tan pesado y se hará leve como el rocío queregresará junto con la lluvia. Otros dirán, volverán gestiones y políticas limpias como esos cielos Y otras cosas más.

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