The hurt locker (2), un triunfo merecido

“…a tale told by an idiot,
Full of sound and fury
Signifying nothing”

Macbeth, Acto V, Escena 5
William Shakespeare

Dirigida por Kathryn Bigelow, esta película ganó, entre otros, los dos premios más importantes que otorgó la Academia en 2010, el Oscar a la Mejor Película y el Oscar al Mejor Director. De cierto modo, estos premios dejaron desconcertados a algunas personas.

La película es, como nos lo recuerda la cita de Shakespeare usada como epígrafe, muy ruidosa. Está llena de sonido y de furia y, si no parece exactamente narrada por un idiota, nos parece por lo menos (porque eso es lo que siempre parece la guerra mirada desde cualquier ángulo), la brillante narración de una soberana estupidez. Porque, ¿qué otra cosa puede ser la guerra sino una de las más grandes estupideces inventadas por el hombre? Pero aún no hemos descubierto cómo evitar incurrir en esa “continuación de la política por otros medios”; haciendo alusión a aquella definición de la guerra que hiciera Von Clausewitz.

Me parece que uno de los aspectos innovadores en esta película es que invierte el sentido de la verosimilitud. En lugar de persuadir a los espectadores de la consistencia de un mundo de ficción o de fantasía construido por la narrativa, la ficción de esta película emula de un modo tan eficaz a la realidad cotidiana en el campo de batalla que los espectadores quedan confundidos y piensan que están en presencia de un documental, de un reality show o, en el caso más extremo, que han sido secretamente transportados como voyeurs invisibles a presenciar la dinámica diaria que ocurre en el campo de batalla. Creen los espectadores que se encuentran en medio de éste, con balas que zumban a su alrededor y con bombas que explotan y lanzan por los aires fragmentos de metralla. Verosimilitud para crear y sostener la realidad y no para crear la ficción. Metaficción de hacerte creer que estás parado en medio de la realidad. Uso de la capacidad del cine para crear ilusión, no para alejar al hombre de la realidad y sumergirlo como si fuera éste un alucinógeno, en un mundo de hadas, gnomos y elfos sino para llevarlo al corazón de ese mundo cruel, violento y muy cercano a la muerte que es la guerra. Ilusión para catalizar y amplificar la empatía que siente el espectador con el soldado. Para ayudarlo a que se conecte con el miedo, coraje, dudas, angustias, sueños y esperanzas de soldados que se encuentran a miles de kilómetros de su patria, defendiendo valores y principios que en el fondo ignoran cuáles son.

The hurt lockeres una película en donde los actores no parecen tales, ni lo parecen tampoco el escenario o el vestuario. Por el contrario, los actores lucen, hablan y se comportan como soldados de verdad, que visten uniformes de combate, en un escenario que no parece otra cosa que el verdadero campo de batalla. Es decir, uno de los cientos de rincones de una ciudad como Bagdad en cuyas calles se libran a diario batallas. A esto llamo neorrealismo postmoderno.

Que si el guión es flojo me dijo un amigo mio, “porque no cuenta una buena historia”. Quizás porque no tiene un claro comienzo y tampoco un claro final (Un poco como La Ilíada, que no comienza en el comienzo ni termina en el final de la Guerra de Troya). Quizás la pregunta que hay que hacerle a quienes esperan mejores historias de una historia sobre la guerra es preguntarles qué tipo de experiencias e historias han vivido ellos que engendren tal cantidad de pasiones, sentimiento, emociones en tan breves espacios de tiempo como lo hace la guerra. Una simple secuencia de imágenes de una guerra es la mejor historia sobre esa guerra. The hurt locker es eso y más que eso. Por eso es buena.

Todo lo anterior configura una pieza de cinematografía muy original. Otros factores que la determinan son: la intención de Hollywood de hacerle un homenaje a los miles de soldados norteamericanos caídos en el campo de batalla, en una guerra que comenzó con una mentira (nunca se encontró evidencia de que Saddam Hussein tuviera armas de destrucción masiva) pero que luego se ha continuado por razones que mezclan la ética, la política y, de un modo muy oscuro, los negocios y la economía; El hecho romántico de que Bigelow es una directora que hizo una película independiente; El que la Academia parece haber decidido asumir un rol de formación de conciencia en las masas, quizás en lo que constituye un reconocimiento tácito de su capacidad masiva de penetración, apenas igualada por otros medios; y la idea de que la película constituye un poderoso alegato a favor de la paz.

Corolario: Venezuela, otra película de guerra

En este país no estamos en guerra, de hecho tenemos más de 100 años de paz según nos lo ha recordado en libros y ensayos el historiador Manuel Caballero. Pero según las estadísticas presentadas por el sociólogo Roberto Briceño León, en los últimos 10 años se han acumulado más de 123 mil asesinatos. Aún peor es que desde 2007, 91 por ciento de los asesinatos han quedado impunes. Lo que significa que los ciudadanosvivimos como si estuviéramos en guerra. Aprendemos, con mucha resistencia de nuestra parte, que la violencia nos asecha a la vuelta de la esquina. Pero hay una diferencia con la guerra. En el caso de la ciudad violenta, no sabemos quién es nuestro amigo y quién nuestro enemigo. No hay uniformes, colores, creencias o nacionalidades distintas. Soy uno de los que se resisten a creer que en esta ciudad haya un Otro distinto a quien podría definir genéricamente como enemigo.

Quizás pensamos que esta situacion de violencia generalizada pero difusa es peor que una guerra porque no sabemos si quien nos amenaza de muerte es enemigo o si nuestra posible muerte pudiese ser el producto fatídico del azar de una bala perdida, del error de un sicario o del temor de quien queriendo robarnos jala el gatillo porque se siente amenazado. Ignoro qué nos hace enemigos de un grupo particular de gente en una ciudad violenta.

Pero prefiero esta incertidumbre sobre quiénes son los amigos y quiénes los enemigos antes de dividir la sociedad en que vivo en dos bandos; algo que se parezca a una ciudad de buenos y malos. Antes de estigmatizar a un ciudadano que difiera de mi en algo que posee, en algo que es, o en algo que piensa, y que por tener, poseer o pensar ese algo yo tenga que decidir que és mi enemigo. Quizás concluir que de él debo cuidarme porque si no lo hago me va a matar o quitar lo que tengo. Prefiero la idea de que debemos andar muy alerta en esta ciudad. Y dejar que Dios haga el resto. Quizás no se trata de quiénes son los enemigos. Quizás es sólo que la locura y caos de la ciudad pueden volver locos a la gente. Lo que me hace pensar en que debemos elegir gobernantes que hagan esta ciudad más humana. Y por supuesto menos impune. Reducir la impunidad. Comenzar por eso. Me niego a pensar la ciudad como campo de batalla. Pero me niego a cerrar los ojos ante este horror y pensar que vivimos en plena normalidad.

Pero como debemos continuar con nuestra vida, asumo que nuestra realidad es híbrida: fusiona el campo de batalla con la ciudad, el ciudadano con el enemigo, las armas y los insultos con las caricias, los versos y el buen vino; la belleza del arte y la de la mujer con las estadísticas del crimen. En esta realidad híbrida vivimos, a ratos muy despiertos, a ratos como adormilados en la vida de sentidos que nos ayuda a olvidar o ignorar quienes son nuestros amigos y quiénes nuestros enemigos. Insistimos en borrar las diferencias para desmontar la idea de que estos que vivimos es una guerra.

¿Podría haber filmado la Bigelow u otro director una película en Caracas?. ¿Sobre nuestra pequeña guerra urbana como si fuera un documental o un reality show? ¿Si lo hiciera en un futuro, apelaría a recursos semejantes a los que usó en esta?. Por ejemplo, audicionar para algunos papeles entre los ex condenados a prisión. Hacer que los actores principales caminen por las calles de Caracas sin aire acondicionado ni escoltas. Escribir como Marc Boal, el guión para esa película acompañando a una patrulla de policía que decomisa droga durante seis semanas. Quizás ella llegaria al punto de decidir contar, como en el caso de The hurt locker, cualquier historia, concluyendo que todas son igual de espeluznantes y terribles. Esa película pudieran verla como algo inocuo o anodino quienes no vivan en Caracas porque daría la impresión de ser una no-historia. Léase: una cadena de sucesos hilados sin orden ni concierto. Pero estoy seguro de que los que vivimos aqui, veríamos fácilmente miles de historias en cada segundo de cinta rodada. Porque la densidad e intensidad de nuestra brutal violencia urbana (salvo una brecha de algunos cientos de decibelios), no tiene nada que envidiarle a la de una guerra como la de Irak.

Pero quiero también películas en las que esa densidad baje. Mucho menor. Tan tenue que flote como lo hacen los globos de helio que llevan esa cabaña por los aires en la película Up (2009) o como la materia de la que deben estar hechas las montañas flotantes de Pandora en Avatar. Y que así lleguemos fácilmente hasta la cima de esos tepuyes fractales que tanto nos envidian Pixar Animation y Cameron y que de modo tan original cada uno han usado como inspiración.

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