Crónicas de la sequía (2), otoño primaveral

Sigue sin llover en Caracas y entiendo que en el resto del país. Esta sequía es lo que me hace iniciar con este oxímoron. Quizás también ella nos ha hecho más concientes de esas ventanas de la naturaleza a las que tenemos acceso los que vivimos en ciudades: los árboles urbanos. Mi cuñada, una señora típicamente apurada que normalmente corre de un lado a otro de la ciudad haciendo diligencias, ahora se detiene en medio de la autopista, orilla su carro y toma fotos para comentarle a sus amigas que El Avila estaba ayer o anteayer casi invisible por el efecto de una calima extraña, más densa de lo que estamos acostumbrados a ver, que tampoco se parece a la bruma marina. O me cuenta que en cierta esquina de la ciudad pudo ver una escena de árboles ocres, amarillos, naranjas y terracotas que le recordó los días en que vivía en Virginia.

Bucare en La Lagunita, Caracas (febrero de 2010)

Un amigo me llama ayer y me dice que en tal rincón de la ciudad ha visto un araguaney majestuoso. Y horas más tarde también ayer otro amigo me llama y me comenta la impresión que le produjo toparse con un espléndido bucare (Eritrina poeppigiana). No suelen ser tan sensibles a la naturaleza en Caracas sus habitantes. O al menos si lo son no manifiestan su sensibilidad con esa frecuencia. Pero creo que la sequía ésta acentúa las notas de color de los árboles, amplifica la impresión que nos producen cuando los contemplamos llenos de flores, en esta floración precoz. Policromáticos cantos de cisne de nuestros árboles. Muchos toman fotos como para guardarlas en un album para el futuro. Esa potenciación de la belleza que produce la rareza. Ese como instinto de guardar un registro de lo aquello por cuya supervivencia se teme. Todo por culpa de la incertidumbre sobre cuándo volverán a florecer. Sabemos que lo harán pronto. Que no será la última vez. Pero mientras tanto, por si caso me olvido de cómo eran estos árboles, los registro.

Y recuerdo aquí esa reflexión que hace Paul Bowles hacia el final de El cielo protector (The sheltering sky). Se pregunta Bowles si uno ha reflexionado sobre cuántas veces más veremos la luna, cierta montaña, cierto juego de luces y sombras, en la ciudad que visitamos. ¿Cuántas veces más veremos la luna llena sobre Marrakesh? ¿Cuál será la última vez que veamos este árbol o aquel otro con esa espléndida majestad cromática? Para nuestros adentros esperamos que no sea ésta la última vez. Que podamos verlos por muchos años más. Que los puedan ver nuestros hijos. Virginia Woolf dice en algún lugar al comienzo de Orlando que este personaje era alguien que nunca se hacía ese tipo de preguntas. (How many more suns shall I see set…“). A cuenta de qué se las iba a formular alguien que iba a vivir doscientos, trescientos o más años.

Colores que tiñen rincones de la ciudad que quedan por unos días como tocados por la gracia. Porque el resto, todo lo demás, se decolora a diario. Una sequía que no regala toda la paleta de los amarillos y los ocres, los colores de la maleza reseca y pajiza de una naturaleza muerta de sed, ahora aparecen por todas partes ante nuestros ojos. Nos asaltan desde las colinas y montañas que rodean este valle, desde nuestros jardines y terrenos baldíos, desde las aceras, parques y plazas. Se caen las hojas y cientos de árboles se quedan cada día como en un otoño avanzado. Otoño primaveral. Tiempo loco para un país que anda loco.

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