Elías Canetti, Auto de fé (1), En busca de la levedad

Leí hace más de veinte años La lengua absuelta, el primer volumen del diario de Elías Canetti, y unas decenas de páginas del segundo volumen La antorcha al oído. No terminé ese volumen en esa ocasión. Algo me distrajo. Pero recuerdo que envidié su educación y las oportunidades que tuvo este escritor búlgaro que recibió el Premio Nóbel en 1981 para ser un testigo de excepción de un instante histórico oscuro, estremecedor, enigmático y que nos marcó tan profundamente como lo hizo el tiempo en que apareció y alcanzo la cumbre el nacionalsocialismo.

No obstante las decenas de intentos de explicación, me sigue resultando sospechoso cómo una nación que había liderado el desarrollo de la civilización europea, que había alcanzado esa cima de refinamiento intelectual como era la Europa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, hubiera sido capaz de engendrar la larga, brutal y abominable serie de atrocidades que cierran con la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.

Un autor del No

Hace unos días he retomado a Canetti. He leído más de la mitad de Auto de Fé, su única novela publicada aunque es muy probable que haya escrito otras. Y digo esto porque Canetti podría haber sido incluido por Enrique Vila-Matas en la lista de los escritores que optan por el silencio y que, como Bartleby, el personaje de Herman Melville—al que Vila-Matas hace un homenaje en Bartleby & Co.preferiría no hacerlo. O no publicarlo.

Lo que me hace pensar a Canetti como uno de esos autores que-como Kafka, Rimbaud, Salinger- preferirían no escribir, o al menos que los demás no lean lo que escribe. Aunque en el presente se conocen de Canetti varias de sus obras, entre las que se destacan la novela que estoy leyendo; y Masa y Poder, un ensayo sobre la naturaleza del poder en un mundo en el que se ha hecho más compacta y gregaria la vida del hombre, todavía hay cientos de manuscritos de este autor que no han sido publicados. Una torrre de manuscritos que puestos uno encima del otro suman ocho metros de altura, que están celosamente guardados a quince metros de profundidad en un bunker al que no tiene acceso el público, debajo de la Biblioteca Central de Zurich. Por voluntad del autor, esos manuscritos no podrán ver la luz antes de 2024.

Auto de fé

En Auto de fé, Peter Kien, un hombre de mediana edad, alto, huesudo y extremadamente magro, es una eminencia mundial sobre la cultura china que vive rodeado de libros organziados impecablmente en su biblioteca de 25.000 volúmenes. Cuando no viaja a dictar alguna conferencia, se entierra en su silenciosa y casi aséptica biblioteca a escribir eruditos y ampliamente referenciados artículos que lo distraen de la realidad cotidiana, y en particular de lo que hacen, piensan o dicen los hombres y mujeres que lo rodean.

Un día Teresa, la mujer que durante ocho años había sido responsable de limpiar sistemáticamente su biblioteca y cuidar sus libros, capta su atención y de un modo súbito y casi automático toma la decisión de casarse con ella. Pero Kien no tiene idea de qué es lo que se debe hacer un erudito con una esposa. No ha tenido contacto con mujeres porque quizás no le han interesado.

Solo con la cultura, la cultura como jaula y como velo

Kien nunca se percata de lo que hace o dice la gente que pasa a su lado por la calle. No los mira y apenas los escucha. Anda ensimismado pensando en sus ideas, pero sobretodo en sus libros a los que les rinde un culto tan grande como el que le rendiría un fanático a su dios o dioses. Sólo los libros lo atan al mundo. Sólo ellos. La sola idea de que algo los pudiera maltratar le produce inmenso dolor. A semejanza de esas viudas que aman los gatos más que a los hombres, Kien sólo ama los libros.

Muy tarde se dará cuenta Kien del error que ha cometido al casarse con Teresa. Como Kien nunca consuma su matrimonio, cuando Teresa ve defraudados sus deseos de amor y sus expectativas no cumplidas, comienza a tejer su venganza. Amoblará la casa para soñar que es ahora una gran señora y decide ser la heredera de su marido. Piensa seguro que más adelante, cuando sea rica y viuda, logre atrapar a algún señor apuesto que se comporte del modo que se debió haber comportado con ella su marido, el señor Kien. Quizás éste hombre ideal sea capaz de apreciar debajo de su falda azul, rígida de tanto almidón que usa para plancharla, la magnificencia de sus redondas y anchas caderas y el cálido placer que guardan para los valientes. En sus ensueños, Teresa comienza a delirar.

Mientras tanto Kien, que nunca ha sabido leer correctamente lo que le dicen los demás (empezando que la mayoría de las veces nis quiera los oye), y menos las palabras de una mujer como Teresa, pasa a una fase de interpretación aún más errónea de las pocas palabras que se cruza con su esposa. Y así, uno siente que ambos, el hombre culto y la mujer tonta e inculta avanzan gradualmente a la demencia.

Comienza a reinar el silencio porque ninguno de los dos sabe cómo leer lo que dice el otro. Como en una comedia de equivocaciones con un tinte trágico, no desprovisto de un humor fino y sutil, cada uno usa lo que dice el otro como excusa para construir los más delirantes razonamientos y llegar a las conclusiones más disparatadas. Ni cuando Teresa le dice la verdad sobre sus sentimientos, y al hacerlo le confiesa a Kien su odio y sus ganas de irse con otro, ni cuando se la oculta, logra que Kien la comprenda. Porque a Kien la cultura y la lectura, le han secado los sentidos, la carne y el corazón. De éste sólo ha quedado intacto su amor por los libros. En lugar de ser la cultura un camino a la luz, se ha convertido en velo de la ignorancia.

Kien versus Don Quijote

Nos recuerda el profesor Kien a un Don Quijote que se hubiese sumergido durante mucho tiempo más en la aventura de la lectura. Los libros sobre la cultura china que Kien estudia y cita en sus ensayos no difieren mucho de los libros de caballería que leía Don Quijote. La diferencia es que a este último lo salvan su fantasía y su amor. Al Quijote los libros que ha leído le impiden ver la realidad. Quizás sean ellos la causa de que confunda unos molinos de vientos con unos gigantes. Pero el hubiera matado gigantes, dragones y villanos por su amada Dulcinea.

El filósofo Meng Tzu (Mencio)

Para Kien, la cultura encarnada en sus libros, en ese vasto y perfecto edificio que es su biblioteca, se ha hecho autoreferencial. No necesita ser otra cosa. Se basta a sí misma y puede prescindir del resto del mundo. De hecho, ese único referente real de sus intereses, la cultura china, las ideas del filósofo Meng Tzu por ejemplo, pudieran ser confundidas con mera irrealidad por más de 95 por ciento de los que lo rodean.

Auto de fé no es una alegoría pero su narrativa poderosamente simbólica describe el drama de una Razón que a finales del Siglo XIX se había alejado de la piel, de la carne y del corazón del hombre. Elevada al nivel de diosa por el proyecto de la Ilustración, no fue capaz de aludir los riesgos de alejarse del corazón del hombre, y con ello del resto de sus sentidos, para quedarse sola, en una suerte de larga y aburrida conversación consigo misma.

La codicia de Teresa por el dinero de Kien, y su deseo de convertirse en heredera, la llevan a cometer una serie de actos de agresión contra su marido que resultan en la huida de éste ultimo de su casa (ella lo bota de la casa), donde deja abandonados sus libros pero recupera su libertad.

Insoportable gravedad de la cultura

No hay hombre más grave que Kien. Grave en ese sentido que hubiera usado Calvino cuando en su ensayo sobre la Levedad, habla de su antónimo, la gravedad. Grave en su aparente falta de sentido de humor. Y digo aparente porque el lector, a medida que lee la novela, se da cuenta de ese humor fino que desliza Canetti en el modo delirante pero divertido que tiene Kien de interpretar lo que hacen y dicen los que lo rodean. Con una seriedad pasmosa, Kien interpreta todo al revés.

Con lo que retorno a la idea de que Kien es grave por la cantidad de libros que lleva en su cabeza, una biblioteca itinerante que de tan pesada lo lleva a contratar a un asistente, Fisherle—un ajedrecista enano y jorobado que se quiere convertir en campeón mundial y sólo piensa en cómo estafar a Kien—, quien todas las noches ayuda a Kien cubrir con papel de envolver el suelo de la habitación del hotel donde pasarán la noche, para luego bajar de su cabeza los libros (Fisherle hace la representación como dando a entender que en efecto loslibros que baja cada noche de la cabeza de Kien son reales) que le pesan mucho a Kien, y con esmero los coloca sobre en torres regulares y bien alineadas sobre el piso de la habitación.

Primero, la cultura amarra a Kien a su casa, donde reside la biblioteca. Cuando en su fase de delirio se convence de que gracias a su extraordinaria memoria puede llevar de modo itinerante su biblioteca, el peso de todos los libros que recuerda haber leído, que es en verdad el peso de los libros que lleva en la memoria, hacen su cabeza grave. Oprimido por la cultura, apresado por la cultura, constreñido por la cultura, abusado y engañado por todos por prestarle más atención a los libros y la cultura que a lo que hacen los hombres (y las mujeres) a su alrededor, misógino por amor a los libros, asexuado, aséptico hasta el extremo, Kien es un inventario vivo de los riesgos que amenazan a los que confunden la cultura con la realidad. Por una de esas metonimias de las que está plagada la novela, Auto de fé es también un inventario de los riesgos que amenazan a quienes le dan preeminencia a la Razon sobre los sentidos. La contraportada del libro cuenta que al final Kien decidirá prenderle fuego a su biblioteca. Lo que me hace intuir que Kien llevará hasta el final su proyecto de hacerse cada vez más leve. Saliendo de su casa, despilfarrando su ya mermada fortuna, incinerando la totalidad de sus libros, Kien no hace sino progresar a lo largo de una ruta ascética que pareciera lo va a conducir a una especie de santidad.

Lecturas de la novela

Lo anterior resume lo que he leído hasta la fecha. Me faltan como unas 240 páginas de las 600 páginas. A su manera, Auto de fé es una versión germana de mediados del siglo XX de una novela de la picaresca española, la que llegó a una cima en el Siglo de Oro (XVII). Las tres lecturas posibles de la novela son: 1. Los riesgos que amenazan al hombre que le confiere una preeminencia a la razñon sobre sus pasione sy sentimientos; 2. La persecución de la levedad extrema como única salida hacia la libertad para todos aquellos que se han visto (por decisión propia) acorazados por la razón; y 3. Leer la novela como un conflicto entre civilización y barbarie. Los riesgos de que la barbarie (lo bárbaro en Teresa pero también lo bárbaro en Kien) venza a la civilización cada vez que ésta se aleja de los sentidos, la sensibilidad y todo aquello que niega a la razon pero que es indesprendible elemento de lo humano. Como queriendo advertirnos el autor que, cada vez que los objetivos de desencantar y racionalizar el mundo (tan bien formulados por Max Weber) chocan contra la realidad, y muestran su fracaso, la razón esconde su cabeza en lo profundo de sus excrementos y niega el mundo, lo abandona. Es entonces cuando le deja el camino libre a lo más oscuro del ser humano. Es en ese instante en que se autoriza al mal para que tome el timón de la realidad.

Vigencia de esta novela

Canetti el escritor era un amante de la cultura china y poseía una biblioteca de 15.000 volúmenes. A diferencia de Kien, Canetti no era un misógino y no despreciaba la importancia de los sentidos, todo lo contrario. A lo largo de su vida mantuvo relaciones intensas y profundas con las mujeres que amó. Pero uno presume que desde su perspectiva única pudo entender cuáles eran los riesgos a los que estaba expuesto un hombre como él, al que le apasionaban los libros y la cultura. Sobretodo el riesgo de alejarse del mundo, creando él mismo mundos distintos de los reales. Esto puede ser en sí un acto inocuo. A pocos les afectan las fantasías de un intelectual delirante. Lo que importa es que cuando los intelectuales les dejan a los menos civilizados (a los menos educados, instruidos y formados) el camino despejado para obrar directamente sobre la realidad y erigir mundos brutales, alejados de la razón y contrarios a la civilización, todos corremos el riesgo de perder la civilización y deslizarnos hacia la locura. Una forma de evitar esto es la conflagración. Incinerarnos todos para recomenzar de nuevo. Pero esa es una salida costosa. Y sobre ella hablaré más tarde.

Por otro lado, el proyecto de Canetti de investigar los orígenes del nacionalsocialismo, el ensayo en el que trabajó durante tres décadas, Masa y Poder, complementa sus respuestas a esta preocupación.

En estos tiempos en el que el poder ha descubierto tantas formas de tenderle trampas a la razón, de confundirse con ésta para oprimir a los débiles y engatusar a los fuertes, convertirlos en aliados, y mostrarse a todos como un cordero inocente, es importante que el intelectual (aquel que está mas cerca de la cultura, de los libros, de las ideas) abdandone las bibliotecas, se ensucie con el barro maloliente de la realidad. Para desconstruir las falacias que como si fuera una hidra moderna reconstruye cada dia el poder con ayuda de las últimas tecnologías. Por eso debemos leer a Canetti. Al menos por eso lo quiero leer. Y éste no será el último post sobre su obra en este blog.

2 comentarios en “Elías Canetti, Auto de fé (1), En busca de la levedad

  1. Gracias, me ha vuelto a la realidad, todo lo escrito es factible, pero encierra y detiene. Porque las teorías es mejor vivirlas y no interpretar lo que los escritores dicen. Un comentario Budista siempre me ha gustado y lo comparto aquí. “Cien monjes, cien religiones” o sea cien interpretaciones.
    marta estela alias MEHG.

    g

    • Estimada Marta Estela,

      Es ciertolo que dices, que el escribir encierra y que el silencio libera. Pero a veces la libertad puede ser una terrible fuente de angustia. Como dice Canetti en un ensayo sobre Kafka también reseñado en este blog, Kafa tenía tantas ideas, era tal la diversidad de caminos que su desproporcionadamente formidable imaginación le ofrecía a cada instante, que prefería escribir porque de este modo, encontraba él, cerraba opciones, reducía la variedad, y vivía con menos angustia. En Kafka era precisamente ese acto de cerrar opciones una de las estrategias con las que contaba para sentir que avanzaba, que por decirlo de este modo, ponñia un pie adelante del otro. Pero te creo, el silencio puede ser lo mejor. Y recuerdo también aquel dicho zen, “Aquel que habla no sabe, aquel que sabe no habla.” Y al recordarlo cobro conciencia de mi distancia de la sabiduría. De mi pequeñez. Y eso está bien.

      Gracias por tu comentario

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