La cinta blanca (Das weisse Band, 2009), Una exploración de los orígenes del mal

La baronesa y el maestro conversan durante la fiesta del pueblo

Si entendemos la maldad como la intención que uno puede identificar detrás de actos que infligen dolor físico o moral a seres humanos, animales e incluso plantas, La cinta blanca (2009), dirigida por el austríaco Michael Haneke, nos muestra una amplia gama de expresiones de la maldad y cómo ésta puede ser engendrada en un poblado pequeño y ficticio como Eichwald, que representa un imaginario pueblo protestante de la Alemania de principios del siglo veinte. El espectador es testigo de cómo en este pueblo, el mal ha surgido lentamente, como si fuera una consecuencia inevitable de la rigidez de la moral y las instituciones sociales, culturales y religiosas. Un mal que quizás los pobladores no anticiparon. Cuando ni soñaban con el horror que vendría más tarde.

Las cosas comienzan a andar mal cuando, en lugar de facilitar la convivencia y ayudar a impedir o resolver los problemas, las creencias, los valores y las instituciones se convierten en la fuente principal de roces entre los miembros de la familia, la iglesia, la comunidad; en la causa del dolor, en elemento de reforzamiento de un orden feudal que perpetua las inequidades y la injusticia; en motivo de la ofensa y el desprecio, de la frialdad y la indiferencia, en justificación del crimen y el asesinato. En suma, cuando la rigidez hace la vida insufrible y deja huellas indelebles en quienes no acatan al pie de la letra los preceptos morales y religiosos es muy posible que la sociedad en que ocurre esto haya empezado a sufrir un deterioro cuyo destino final no siempre es fácil de anticipar y menos aun de revertir. Si como Haneke se empeña en afirmar, la película no está dirigida a explicar el nazismo o el genocidio que vendrían años más tarde, puede ayudar a comprender cómo una cultura sofisticada que era ejemplo del más alto nivel de refinación y desarrollo intelectual al que pudo llegar Occidente engendró el Holocausto, el facismo y el nazismo.

En La cinta blanca, un maestro de escuela narra con una voz débil y temblorosa, luego de muchos años de haberlos vivido y cuando la memoria ya le ha desdibujado algunos detalles, una serie de hechos extraños y siniestros que sumieron en la angustia y horror a los habitantes de Eichwald. Tales hechos ocurren entre el verano de 1913 y el verano de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo. La narración comienza con el accidente del doctor, cuyo caballo cae por culpa de un hilo que alguien había atravesado con malas intenciones. Luego, un niño, hijo del barón, es secuestrado y aparece horas más tarde con señas de evidente maltrato; una señora muere en otro accidente; un niño con retraso mental, hijo de la partera, es atacado salvajemente por desconocidos y un pájarito aparece empalado sobre el escritorio del pastor. Mientras tanto, el barón y la baronesa reclaman obediencia y esperan respeto de los humildes labriegos; el doctor y la partera no son todo lo que parecen; y el pastor les recuerda a sus hijos la conducta intachable que deben tener y hace alusión a cuando su madre les ataba una cinta blanca para recordarles que debían mantenerse puros e inocentes. Esta cinta evoca aquella letra A, de adulterio, que le ordenaron coserse sobre el pecho a Hester Prynne— personaje de The scarlet letter, la novela del norteamericano Nathaniel Hawthorne—como símbolo y recuerdo de su pecado contra la pureza de una comunidad de puritanos de Nueva Inglaterra en el siglo XVII.

La rigidez se encuentra en el centro del drama; ésta es origen de la crueldad, el dolor, el resentimiento; de más crueldad y más dolor; de venganza y de crimen. Y lo peor es que, como la naturaleza humana se rebela a toda sujeción extrema y prolongada, en ambientes de rigidez moral y religiosa, lo que no se acepta abiertamente, ocurre de manera oculta, perversa, subrepticia y oscuramente. Hasta que un dia explota la verdad, se conocen los hechos, y el espectador intuye quiénes los perpetraron, adivina las causas pero se queda con la amarga certeza de que la malla social debe estar tan descompuesta que se puede esperar lo peor de toda ella en el futuro. Por eso el maestro abandona el pueblo para no regresar. Conforta a lo largo de la película que uno siente que la historia es narrada desde la inocencia. Su tierno amor por Eva, es un sentimiento refrescante en medio de ese magma de pasiones oscuras y ocultas que circula por debajo de la aparente serenida dy estable statu quo en el que viven los habitantes de Eichwald.

No puedo concluir sin hacer mención al ritmo y tonos de la película, rodada a color pero convertida digitalmente a blanco y negro. Me recuerda algunas de las mejores cintas de Bergman. El espectador se topará con abundantes escenas largas y fijas, en las que Haneke, como si fuera un amigo que nos invita a mirar cuadros en un museo, quisiera que se queden grabados en lo profundo de nuestra memoria ciertos detalles significativos de su historia. Lo que sin embargo no le confiere lentitud sino más bien profundidad a una ágil narración de encuadres poéticos y serenos que le exige mucho trabajo de imaginación al espectador. Quizás el mayor logro de esta película sea su capacidad para mostrarnos el origen del horror con una fantástica, serena, majestuosa y poética fotografía y ritmo narrativos.

Un comentario en “La cinta blanca (Das weisse Band, 2009), Una exploración de los orígenes del mal

  1. Escuché en días pasados a la periodista Valentina Quintero contando lo que le había pasado en Caruao, pequeño pueblo de la costa central venezolana en el que sus ya ancianos padres tenían una propiedad de tres hectáreas en la que habían vivido durante 15 años. Su historia es un cuento de terror. En días pasados invadieron su propiedad y cuando quisieron sacar a los tomistas con apoyo de las atoridades les dijeron que eran oligarcas , terratenientes y opresores. Bueno para hacer el cuento corto, la propiedad fue arrasada por los invasores. quienes talaron y quemaron árboles frutales y plantas de hojas aromáticas que los abuelos comercializaban como infusiones. Al final, luego de amenazas continuas, los abuelos salieron de la casa con la complicidad de la mayoría de la gente del pueblo. No es éste el caso de un grupo de malandros. Es más preocupante que eso porque parece ser todo un pueblo que une su voz sin disidencia en un único discurso. ¿A cuántos pasos está este pueblo antes tranquilo y pacífico de lo que sucede en el ficticio Eichwald? ¿Qué significado premonitorio tienen sucesos de este tipo? No deja de preocuparme todo eso. (Se puede leer una relación hecha por la hija de Valentina Quintero de todo esto en: http://lapequecomeflor.blogspot.com/2010/03/adios-caru.html)

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