Para recordar a J.D. Salinger

La novela más conocida de Jerome David Salinger fue The Catcher in the rye (El guardián en el centeno), que se publicó por primera vez en 1951 y de la cual se han vendido hasta la fecha cerca de 65 millones de ejemplares. Sin embargo, este escritor que me recordaba al Harry Haller del Lobo estepario de Hesse por su curiosa misantropía, y al mismo Kafka, por su contradictoria y no del todo definida relación con lo que escribía—mostrando un pánico cada vez mayor a la publicación (tanto que dejó de hacerlo en 1965)—inventó una familia de hermanos geniales, los Glass, cuyas inadecuaciones a su realidad, según las narró en cuentos y novellas, los hizo poderosamente cautivadores. Quisiera como sencillo y brevísimo homenaje a su fallecimiento ocurrido el día de hoy, recordar estos párrafos iniciales de Raise high the roof beam carpenters and Seymour an Introduction (Levantad carpinteros la viga maestra y Seymour una introducción) que traduje de la edición de Penguin.

…“Pensé que quizás le debería leer algo a ella”, dijo Seymour, y buscó un libro. “Por el amor de Dios, si ella sólo tiene diez meses de edad, le dije. “Lo sé”, dijo Seymour. “Pero tienen oídos. Pueden escuchar.”
La historia que Seymour le leyó a Franny aquella noche, con una linterna, era una de sus favoritas, un cuento taoista. Hasta el día de hoy, Franny jura que ella recuerda a Seymour leyéndole esa historia:

El Duque Mu de Chin le dijo a Po Lo: ‘Tú ya estás mayor. ¿Habrá algún miembro de tu familia a quien pueda yo emplear para que me busque caballos?” Po Lo replicó: “Un buen caballo puede ser elegido por su contextura general y su apariencia. Pero el caballo superlativo, aquel que no levanta polvo ni deja huellas, es algo evanescente y huidizo, elusivo como el aire leve. El talento de mis hijoss reside en un plano inferior: ellos pueden identificar un buen caballo cuando ven uno, pero no pueden identifica run caballo superlativo. Tengo un amigo, sin embargo, un tal Chin-fang Kao, vendedor ambulante de combustible y vegetales, que en todo lo que tiene que ver con caballos no es en nada inferior a mí. Te ruego que lo vayas a ver”
El Duque Mu hizo lo sugerido por Po Lo, e inmediatamente le encargó que le buscara un caballo. Tres meses más tarde, éste regresó con las noticias de que había hallado uno. “Está ahora en Shach’iu,’ agregó. “¿De qué tipo de caballo se trata?, preguntó el Duque. “Oh, es una yegua color castaño oscuro”, fue su respuesta. Sin embargo, cuando alguien fue enviado a buscarla, el animal resultó ser un macho color negro azabache. Muy disgustado, el Duke mandó a buscar a Po Lo. “Ese amigo tuyo”, le dijo, “a quien mandé a buscar un caballo, buena la ha hecho! Cómo es posible que no sea capaz de distinguir ni el color ni el sexo de una bestia! Qué puede saber de caballos alguien como él?” Po Lo lo miró con satisfacción. “¿Realmente ha llegado tan lejos?, exclamó. “Ah, entonces él solo vale lo que valemos juntos mil como yo. No hay comparación alguna entre nosotros. Lo que Kao mira es el mecanismo espiritual. Al asegurarse de lo esencial, olvida los detalles comunes; su atención a las cualidades internas lo hace distraerse de lo externo. El vé lo que quiere ver y no vé lo que no quiere ver. Vé las cosas tal como deben ser, e ignora aquellas que no necesitan ser vistas. Tan bueno juzgando caballos es Kao, que él posee la capacidad de juzgar cosas mejores que caballos.” Cuando el caballo llegó, resultó en efecto ser un caballo superlativo.

El cuento que Salinger incluye en su totalidad en el comienzo de su libro, pertenece a una colección de textos sagrados escritos por Lieh-Tzü, un sabio taoísta que vivió en el 350 a.C. Sus textos integran cuentos y fábulas para enseñar la filosofía taoísta y su idea de cooperación con la naturaleza. Es posible que este cuento sea una suerte de rastro dejado por el autor a sus lectores para comunicarles, a los que supieran leerlo, cuáles eran sus intereses espirituales. Como si en esa ocasión, al escribir ese cuento, se hubiese sentido incapaz de resistir la tentación de hacer las veces de maestro. De señalar un camino. Por otra parte, se sabe que a lo largo de su vida, Salinger abrazó múltiples caminos. Fue iniciado como monje zen, lo fue también como seguidor de la doctrina del Kriya yoga, e incluso llegó a entrevistarse con Ron Hubbard, fundador de la cienciología, mucho antes de que éste la fundara. Buscaba quizás Salinger esa capacidad de encontrar caballos superlativos, o cualquier otra cosa superlativa (uno hasta podría pensar en que deseaba escribir textos de ficción superlativos) con la oculta esperanza de poder, eventualmente, identificar cosas mejores que un caballo, crear cosas mejores que un texto superlativo. O quizás esos textos realmente los concibió y escribió, pero no los publicó, porque no eran textos para ser publicados. Sino solo para ser susurrados. Dichos en voz muy baja mirando desde su ventana los árboles de su casa en Cornish, New Hampshire, ese pueblito boscoso con una población de 2.000 habitantes. Como para que le llegarans a todos. Al menos a todos sus lectores. Esperemos que haya encontrado ahora eso que tanto buscó

3 comentarios en “Para recordar a J.D. Salinger

  1. Acabo de descubrir a Salinger o, mejor dicho, finalmente logré conseguir El Guardián en el Centeno y desde ya lo anoto entre mis libros favoritos. Me parece que es magistral el lenguaje sencillo con el que logra transmitir sus ideas y describir el estado de ánimo de Holden Caulfield, el adolescente inadaptado, protagonista de la novela. Pienso que una de los retos más difíciles para cualquier escritor es la simpleza y la claridad, pues siempre existe la tentación de querer embellecer con exageración los textos, sacrificando el ritmo y distrayendo la conexión con el lector. Salinger es un maestro del leguaje directo y conciso y, ni hablar de sus diálogos maravillosos a través de los cuales narra, describe y mueve la fibra de quien lea esta maravillosa novela corta. No en balde influenció a escritores de la talla de Philip Roth, quien por cierto, es el escritor de mi novela favorita, “el lamento de Portnoy”…. Saludos

  2. Algunas frases para compartir este homenaje, desde los tejados:
    -“Somos sentimentales cuando concedemos a una cosa más ternura de la que Dios le otorga” (p.61).
    -“Ah, Dios, si se me puede aplicar un nombre clínico, soy una especie de paranóico al revés, . Sospecho que la gente conspira para hacerme feliz” (p.69).
    -“Estuve leyendo todo el día una selección del Vedanta. Los cónyuges están para servirse el uno al otro. Para elevar, ayudar , enseñar, fortalecerse el uno al otro, pero sobre todo para servir. Criar a los hijos con honor, con amor y con desapego. Un niño es en la casa un Huésped que ha de ser amado y respetado, nunca poseído, porque pertenece a Dios. Qué maravilloso, qué sano, qué bellamente difícil y por lo tanto verdadero. La alegría de la responsabilidad por primera vez en mi vida. Oppenheim ya está en la cama. Yo también debería, pero no puedo. Alguien debe quedarse levantado con el hombre feliz” (p.82).

  3. Pingback: En la búsqueda de lo importante necesitas algo más que dos ojos y sentido común | Café, papel & tinta: Interpretación de historias

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