La carretera, Sobrevivir el apocalipsis

A heap of broken images, where the sun beats,
And the dead tree gives no shelter, the cricket no relief,
And the dry stone no sound of water. Only

The waste land, T.S. Eliot

Te tienes que armar de coraje y fortalecer anímicamente para leer esta novela sobre un oscuro y terrible futuro postapocalíptico. Sobretodo si eres de los que, algunas madrugadas antes de despuntar el alba, te despiertas agitado luego de haber tenido una pesadilla apocalíptica que atribuyes al hecho de vivir en un país donde sientes que, cada día que pasa, te acercas más al borde del abismo, del infierno, o de tu pequeño y particular apocalipsis. Porque no todos los apocalipsis son globales y finales. Hay también, y éstos son los más, fines de mundo locales y finitos en duración pero que a nosotros cuando los sufrimos nos producen infinito sufrimiento. Éste es el caso de algunos pueblos de nuestro tiempo, como Ruanda o Bosnia-Herzegovina, cuando padecieron los atroces actos genocidas; Haití con el terremoto de enero pasado; o cualquiera de las incontables guerras y catástrofes en el pasado.

La carretera es la décima novela escrita por Cormac McCarthy, escritor norteamericano nacido en Providence Rhode Island, en 1933, que ha sido comparado con William Faulkner por elegir como locación de sus novelas esos parajes agrestes y desolados que evocan algunas zonas del Sur de Estados Unidos, como por ejemplo el lugar donde vive actualmente, Tesuque, New Mexico (uno de los lugares con la más baja densidad poblacional en Estados Unidos). Me recuerdan en algo estos paisajes la vastedad y desolación de algunas áreas de Nuevo México, lugar donde se desarrolla la novela anterior de McCarthy, No country for old men, que los hermanos Joel y Ethan Coen llevaron exitosamente al cine y pudieron representar de un modo tan acertado en la película homónima.

Un hombre y su hijo caminan hacia el sur en una tierra baldía, que está cubierta toda de una capa de ceniza grisácea. El aire también brumoso y grisáceo, en el que flota una calina densa y parda, le quita lustre a todo lo que se mira en la distancia. Desde el Sol y las montañas hasta el mar, que ha dejado de ser azul y ahora tiene un color indefinido entre pardo o negro. Sobre una interminable carretera que los debe conducir a la costa y al sur, huyendo de un clima de lluvias y vientos gélidos, empujan entre los dos, a duras penas y con gran fatiga, un carrito de supermercado—¿cómo podrían haber sabido sus fabricantes cuál sería la función que les darían los supervivientes de un mundo de vestigios y reminiscencias de la civilización industrial?, quizás los habrían hecho más duraderos, o de ruedas más grandes, o con mayor capacidad, etc—. Caminan muy pegados el uno al otro, alertas ante la posibilidad de encontrarse con supervivientes, la mayoría de ellos peligrosos y andrajosos caníbales, hombres malos, que pudieran robarlos y amenazar sus vidas, o lo poco que queda de ellas. Porque los buenos, los que no comen gente, son escasos y difíciles de reconocer.

Es como si los colores se hubieran fugado de la tierra, e incluso los sueños de los supervivientes estuvieran teñidos en tonos de sepia, o peor aún, de grises y marrones grisáceos aún menos cálidos. Mundo oligocromático que podría ser el paraíso de los meláncolicos e infierno de los impresionistas. Peor que esa tierra yerma que hace que los caballeros de la corte del Rey Arturo partan con premura y valor a buscar el Santo Grial, el cáliz que Jesucristo usara durante la última cena y que durante la Edad Media fue uno de los símbolos de la virgen y de los femenino. Recuerdo una escena de Excalibur (1981), la película de John Boorman sobre la saga artúrica, en la que acompañados de música de la primera parte del Carmina Burana de Carl Orff, cabalgan sobre una tierra yerma hacia dónde se supone está perdido el Grial.

Viggo Mortensen y Kodi Smit McPhee en los papeles del hombre y su hijo en la película The Road, dirigida por John Hillcoat

Otra obra que evoca esta novela es el poema The Waste land de T.S. Eliot ( La Tierra Baldía), que comienza con el verso abril es el mes más cruel. Esa tierra yerma en la que el árbol muerto ya no da sombra y el canto del grillo no consuela más, es más benigna que el erial infinito que en la novela de McCarthy parece que cubriera toda la Tierra. Porque además en esta tierra postapocalíptica, son tanto o más crueles enero, junio, noviembre o cualquier otro mes porque los calendarios han quedado atrás. Después de una no explicada hecatombre, ha dejado de tener sentido la práctica de contar el paso de los días, o saber cuántos años han pasado desde aquel suceso, o cuántos años tiene el niño o cualquier otro de los sobrevivientes. Porque ese acto de contar el tiempo pierde sentido cuando los que no han muerto han sido despojados de sus nombres propios. O quizás sus nombres han dejado de importar. Ni una sola vez en toda la novela es designado alguien por su nombre propio; como ocurrió en el Holocausto, cuando los nazis despojaban de todo, incluso hasta de sus nombres a los judíos que encerraban en campos de concentración. Como el viejo con el que se topan el hombre y el niño y no quiere decirles su nombre. Porque no me fío de lo que pueda hacer con eso. No quiero que nadie hable de mí. Que diga dónde estuve o lo que dije cuando estaba allí. Sí, podría hablar de mi quizás, peor nadie podría decir que era yo. (…) Yo creo que en tiempos como éstos, cuanto menos se diga mejor. (p. 128). Una tierra yerma en la que sobra la conversación; donde la música ha desaparecido, donde los libros se pudren en antiguas y mohinosas estanterías llenos de agua y cenica sin nadie que los lea. Una tierra donde el silencio es él único que prevalece.

Quizás la novela hace una referencia tácita, por la obvia semejanza entre sus títulos, a esa otra novela de carretera, la seminal, —On the road de Jack Kerouac—en la que se narra un viaje hacia la costa occidental. Comparando ésa con The road, el hombre pareciera recordarnos a Sal Paradise y el niño a un Dean Moriarty aún muy joven, que hacia el final refuerza en el lector la promesa de convertirse en un futuro lejano aún en un redentor de lo que ahora son despojos de la Humanidad. Porque el niño, en su inocencia prístina, es el único ser en este mundo gris en el que todo es viejo, añejo, podrido, desvencijado, destartalado, que lleva el fuego de verdad en su interior; ese fuego que su padre ha visto siempre dentro de su hijo.

El otro texto que me recuerda esta novela es Robinson Crusoe de Daniel Defoe. En ambas novelas es esencial para la narración el acto de explorar lugares abandonados, casas, almacenes, graneros, barcos, y seleccionar para llevarse de ellos todo lo que pudiera servir para sobrevivir. Para darle un uso práctico. Las latas, las velas, la gasolina, el botiquín de primeros auxilios y un largúsimo etcétera, me recuerdan a aquel inventario de objetos y provisiones que Robinson logra recuperar del naufragio. La diferencia es que Robinson usa lo que recoge para construir una réplica primitiva, una suerte de maqueta, de su mundo. El proyecto de Robinson es una supervivencia asociada a una tarea de reconstruir la civilización. En cambio, en el mundo postapocalíptico, la sola idea de planes de largo plazo es un sinsentido. Cuando en una ocasión el niño hace referencia a ellos con inocencia, el lector y el hombre piensan en silencio que es mejor no convencerlo del poco sentido que tienen planes de este tipo en un mundo como ése. Porque la mayor parte del tiempo, en The road lo único que tiene sentido es ganarle días a la muerte, sobrevivir sin saber exactamente para qué.

Y sin embargo, lo mejor que te deja la lectura de esta novela escrita en tonos grises o sepias, triste y sórdida, localizada en parajes yermos y desolados, no es sólo la imaginación de la supervivencia en condiciones extremas. No es solamente la descripción de las posibilidades de la voluntad en un mundo en que se ha extinguido el deseo, sino la reconciliación con tu realidad. La conciencia de todo lo que cada uno de nosotros debería estar dispuesto a invertir, todos los costos que deberíamos estar dispuestos a asumir, sin dudarlo un instante, para conservar el mundo que hemos heredado; para defender o impedir que se extinga, la infinita y caprichosa policromía y polisemia de todo lo que vive, nace, crece, se reproduce, se transforma, y al hacerlo inspira la creación artística, literaria, filosófica, espiritual y sustenta la alegría del ser humano. Para que las generaciones futuras puedan tener esos planes de largo plazo como nosotros los tuvimos, perdón, los tenemos.

Cormac McCarthy
La carretera(2008)
Literatura Mondadori
224 pp

Nota final
En entradas anteriores, he escrito unos apuntes para imaginar el futuro, donde esbozo escenarios que dibujan futuros alternos y posibles. Sin duda esta novela constituye un poderoso alegato contra la irresponsabilidad de un belicismo extremo que pudiera llevarnos a una hecatombe nuclear global o, contra la no menor irresponsabilidad ambiental que pudiera conducirnos a una tragedia también global e irreversible.

Por otra parte, confieso que aún no he visto la película basada en este libro, dirigida por el australiano John Hillcoat, el mismo que dirigió la película con formato de western The Proposition (2005), basada en un guión de Nick Cave. No obstante la tristeza que produce en el lector sensible la imaginación de esta desolación, literaria o fílmica, su lectura o disfrute en el cine pueden ser un buen antídoto contra la apatía ante la irresponsabilidad o necedad de los que no imaginan las consecuencias de lo que hacen.

Un comentario en “La carretera, Sobrevivir el apocalipsis

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