El escritor como maratonista

(o del correr como una búsqueda del vacío)

As long as my body allows, I´ll keep on running

El verano de 1999, cuando vivía en Londres, me topé por casualidad en una librería cercana a Trafalgar Square con la novela de un autor japonés que me dejó sorprendido por el curso inesperado e improbable que ésta tomaba luego de cada página que leía. Se trataba de The wind-up bird chronicle (cuyo título en español, en edición de Tusquets es: La crónica del pájaro que le da cuerda al mundo) de Haruki Murakami. Luego de tantos años aún me parece que ésta es la mejor novela que ha escrito por su manera de comunicar de un modo tan preciso y natural lo qué son: el dolor y la crueldad, el amor, el deseo y el placer que produce poseer lo que se desea; la pérdida y el encuentro; la perplejidad, la sorpresa y la imaginación.

Este nuevo libro—cuyo título está inspirado en el de un libro de Raymond Carver, What we talk about when we talk about love—cuenta cosas interesantes, que ayudan a entender dónde o cómo se gestan novelas como esa, que parecen tener partes o capítulos que hubieran sido escritos y luego enviados a nuestro mundo desde otra dimensión o planeta.

Por ejemplo, me entero de que Murakami tiene una personalidad disciplinada, perseverante y exigente. Aun cuando él declara que no le gusta competir con otros, es exigente consigo mismo y se esfuerza continuamente en mejorar sus propias marcas a lo largo del tiempo. Me entero también de que Murakami es obsesivo. Puede decir con exactitud cuándo comenzo a correr (el otoño de 1982), es capaz de contar las 200 personas que lo adelantaron en un maratón en el que se quedó rezagado, o sabe que cuando retomó lo que llama un correr serio—a partir de mayo de 2005, cuando entrenaba en Boston para correr el maratón de New York—hacía unas 36 millas por semana y 156 millas por mes. También cuenta Murakami, aunque eso era posible intuirlo, que es un solitario que cultiva su soledad. Lo que lo hace pensar que debe caerle antipático a mucha gente. Pero ese amor a la soledad es inevitable: el correr y la escritura son actividades solitarias y se nutren de ella. Son también ambas, piensa él, actividades en las que el éxito depende de requisitos semejantes. Para escribir novelas se necesitaría tener: talento, foco y resistencia. Para correr maratones, aunque no es precisamente talento lo que se necesita, un equivalente de éste es la aptitud física innata; además de concentración y resistencia. Puede explicar la semejanza entre el correr y el escribir novelas, su idea de que la segunda es una actividad manual tan exigente en lo físico como el correr.

Pero además, y esto era menos fácil intuirlo, descubro leyendo este libro que Murakami es una suerte de monje zen que se vale del correr a diario como el monje de la meditación, para poner su mente en blanco. Lo que es una de las mejores formas para prepararla para la escritura (I just run. I run in a void. Or maybe I should put it the other way: I run in order to acquire a void, p. 17). Este vacío parece no tener un fin en sí mismo sino ser más bien un descanso en esa sucesión diaria de actividades tan bien programadas (escribir, revisar borradores, preparar o dictar conferencias, responder cartas, realizar traducciones, etc., que realiza con su férrea disciplina, que se suceden una a otra sin pausa y ocupan de un modo compacto su tiempo creativo y productivo. Eso que describe como un runner´s blues, luego de pasar la milla cuarenta y siete (el kilómetro setenta y cinco) de un ultramaratón de cien kilómetros le recuerda a uno lo que podría ser un satori, una experiencia de iluminación (más que una epifanía joyceana) que le imprime una huella indeleble en alguna parte de su cuerpo o alma y que dura por meses: “Con lo que terminé fue con un sentido de letargo, antes de darme cuenta, sentí que mi cuerpo estaba cubierto por una delgada película, algo que desde entonces he definido como runner´s blues. (Aunque la sensación real de eso se parece más a un blanco lechoso)” (p. 116). Después de eso, el correr nunca le daría los niveles de adrenalina que hasta entonces le había producido, y por eso comienza a hacer triatlones. Malo o bueno, en aquella ocasión sintió que su mente había entrado en otro lugar, un estado de vaciedad que se podría concebir como filosófico o religioso (a blank state you might even call philosophical or religious, p. 117). De algún modo, aparece de nuevo en este esfuerzo introspectivo el monje zen que habita en Murakami, el místico que ama la soledad y equilibra lo que escribe con kilómetros de silencio.

Esa lectura de Murakami como místico es consistente con la historia de cómo empezó a escribir novelas. En esa época, entre los veinte y los treinta años, Murakami tenía un bar. Y de repente, un día, a los 29 años, exactamente a la una y media del primero de abril de 1978, cuando en un estadio de beisbol en Japón bebía una cerveza fría y miraba el juego decidió ser escritor. Como en aquel pasaje célebre del narrador de Proust en A la recherche du temp perdu, donde narra su experiencia con las magdalenas mojadas en el té de tilo, Murakami, luego de casi treinta años, ha fijado con un detalle milimétrico las circunstancias en que inicia su carrera de escritor. Cuenta que el cielo ese día estaba de un azul sin nubes y soplaba una cálida brisa; y él estaba en la grama tomándose una cerveza fría, y súbitamente, recuerda el momento exacto, le asaltó un pensamiento: “¿Sabés qué? podría tratar de escribir una novela”. (así, hablándose a sí mismo). Esta llegada de su vocación como un soplo enviado del cielo es algo mágico y místico también. Como que evoca algo del trabajo que los místicos hacen sobre su cuerpo (ayunos, ejercicios, etc), la idea de que aquellos escritores que no han sido bendecidos por un talento superior, para conseguir el material de ficción de una nueva novela deben perforar un hueco (¿en ellos mismos?) que permita que la historia mane fluidamente, como si fuera agua de un manantial (Every time I begin a new novel, I have to dredge out a new deep hole, p. 43).

Por último, aún si sólo fuera por ello, el libro vale la pena leerlo por las descripciones, narradas con gran belleza, de algunas de las experiencias memorables de su vida como maratonista. Tal es el caso de aquella carrera que realizara entre Atenas y Maratón bajo el inclemente sol del verano griego. O el poético comienzo del maratón que corrió en Nueva York en 2005, cuando recuerda la balada “Otoño en New York”, por Vernom Duke (It´s autumn in New York / It´s good to live it again), y la prosaica conclusión que cuenta su entrada poco triunfal en Central Park con un tiempo de unas cuatro horas por culpa de unos calambres que no lo hicieron feliz. Y sin embargo, corra en cuatro horas o en menos tiempo, él sabe (y desea) que mientras su cuerpo se lo permita, seguirá corriendo. Quizás desde ese vacío que adquiere al correr Murakami logra entrar, como si se tratase de un portal, a esa dimensión o ámbito extraño y diferente desde el cual parecen haber sido escritas sus mejores novelas.

Haruki Murakami (2009)
What I talk about when I talk about running
A memoir

Vintage: New York
182 pp

3 comentarios en “El escritor como maratonista

  1. Gracias por recomendarme la lectura de tu artículo y muy acertadas tus precisiones sobre el oficio de escribir y la actividad del maratoniano. Yo no corro, quizá porque no sé hacerlo, pero en cambio soy un fanático de la bicicleta y sobre las dos ruedas me siento capaz de llegar a cualquier sitio. Mi relación adictiva con la bicicleta es muy similar a la que se produce con la literatura. Ambas son obsesivas. Y solitarias. Cuando voy en bicicleta quiero estar solo, conmigo mismo, y durante el trayecto, que termina cuando alcanzo la meta prevista, cueste lo que cueste, disfruto de mi propia compañía,soy consciente de ella.
    Un abrazo. Te seguiré visitando.
    José Luis

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