Me llamo Rojo, la novela de un escritor que quería ser pintor

Retrato de Mehmet II El Conquistador, de Gentile Bellini

I
Esta novela, una de las más premiadas de Orhan Pamuk, escritor turco ganador del Premio Nóbel en Literatura 2006, es uno de esos libros que parecen escritos para ser leídos en voz alta por un pintor a su maestro ciego (como en efecto lo hace Negro a Maese Osman en la novela), o por un amante a la hermosa amada, cuya imaginación aspira éste a alimentar con la lectura, práctica ésta a la que recurre como sucedáneo de la remota y peligrosa alternativa de fugarse juntos. Ella, sin embargo, no obstante su intención de seguir atenta el hilo de la historia que su amante le lee, deambula con los ojos entrecerrados en ese océano de imágenes—de fragmentos más que escenas completas—construidas con palabras que dibujan con la precisión de un finísimo pincel—que podría haber sido hecho con los pelos de los camellos del Sultán—cientos, miles de escenas de la iconografía otomana, impresionante repertorio de imágenes que son descritas, clasificadas e inventariadas con sorprendente erudición y eficacia literaria en esta novela, que repasa a vuelo lento las joyas de los libros ilustrados del siglo XVI, ya un período de decadencia del Imperio Otomano, mientras dos amantes desencontrados buscan el reencuentro y la convivencia, y un oculto asesino conspira e intriga. Y es que por encima de su trama, por encima de la erudición sobre un momento histórico y un oficio que luego desaparece de la cultura turca, por encima de sus rasgos de estilo tan peculiares, prevalece en Me llamo Rojo esa poética melancólica que hace célebre a Pamuk y que uno aprecia tan bien en esa crónica con fragmentos de autobiografía que es Estambul, libro que hace uso del lenguaje como si fuese un pincel y la página un lienzo.

II
Los más bellos libros habían sido atesorados por Su Majestad el Sultán, Escudo del Mundo, Señor del Universo, durante años en la sala del Tesoro Imperial. Esos magníficos libros que pocos habían tenido el gozo de mirar (y menos aún de tocar), habían sido ilustrados por los más hábiles maestros y discípulos de los talleres del imperio, trabajando durante años hasta quedarse ciegos (o en casos, provocándose ellos mismos esta ceguera). Libros que no eran solamente colecciones de páginas con textos escritas con hermosa caligrafía. No. En aquellos libros, cada escena de las historias que contenían, de los mitos, de las leyendas, de las crónicas de las batallas y conquistas era ilustrada minuciosamente de acuerdo con estándares dictados por la tradición o el taller. Lo que dejaba muy poco espacio para la creatividad individual. Una cosa muy distinta al estilo y modo de pintar de los ilustradores otomanos eran los pintores de Occidente y, en especial, los venecianos, quienes habían llegado a dominar el arte del retrato. No pintaban historias, pintaban rostros y acompañaban esos rostros con paisajes, y los objetos más preciados del retratado. De tal modo que cada retrato era en sí mismo una historia; la historia de la vida de un hombre o una mujer. Y esta habilidad, al tiempo que era aborrecida por los ilustradores otomanos, en silencio y soterradamente, era mirada con una mezcla extraña de envidia y admiración. “Los maestros venecianos habían descubierto métodos y técnicas para poder diferenciar a un hombre cualquiera de los demás (…). A eso es a lo que llaman retrato (p. 45)”

Poco tiempo antes de que comience la novela, el Sultán ha encargado un nuevo libro. Es un proyecto secreto que sólo conocen muy pocas personas. Maese Donoso, uno de los mejores ilustradores que trabajan en el proyecto ha sido asesinado. Ahora Tío, quien está a cargo del proyecto teme por su vida, quizás porque sabe que el nuevo libro tiene una ilustración distinta, que algunos piensan es abominable o transgresora: un retrato del Sultán. Porque como dijimos, los retratos son casi inexistentes en la tradición de la ilustración otomana. Por eso es memorable que en la legendaria historia de los amores de Sirin y Husrev, Sirin se enamore de Husrev en el preciso momento en que contempla, no por accidente, la cara de éste en un retrato que Sapur había colgado de la rama de un árbol en el bosque. Como esta escena obligaba a pintar un retrato, a menudo los ilustradores otomanos, inexpertos en hacer retratos, solían pintar la idea de éste retrato en lugar del retrato.

En un artículo publicado por El País (el 15 de octubre de 2006), Pamuk narra que el único verdadero y memorable retrato de un Sultán en la historia de los otomanos lo hace Gentile Bellini para Mehmet II, el Conquistador, durante los 18 meses que pasó Bellini en Estambul. Pamuk escribe en el artículo citado: Ningún otro sultán de la edad de oro del Imperio Otomano, ni siquiera Solimán el Magnífico, tiene un retrato como éste. Con su realismo, su sencillez de composición y el arco perfectamente matizado que le da un aire de sultán victorioso, no es sólo el retrato de Mehmet II, sino el símbolo del sultán otomano, igual que el famoso cartel de Che Guevara es la imagen del revolucionario. Al mismo tiempo, los minuciosos detalles -el labio superior que sobresale, los párpados caídos, las finas cejas femeninas y, sobre todo, la nariz delgada, larga y aguileña- hacen que sea el retrato de un individuo que no es muy distinto a los ciudadanos que se ven hoy en día en las calles abarrotadas de Estambul. El rasgo más famoso que le caracteriza es esa nariz otomana, la marca de fábrica de su dinastía, en una cultura en la que no había aristocracia de sangre. Si partimos del supuesto de que este retrato inspira la novela, pudiéramos pensar que esa posibilidad de que el Sultán fuese recordado por la posteridad, que le confería el retrato, era lo que el asesino quería suprimir. Quizás porque sólo Dios o los seres divinos tendrían el derecho a ese tipo de inmortalidad.

La descripción minuciosa de esa fascinación, admiración al mismo tiempo que temor y aborrecimiento del retrato (cuya técnica dominaban los venecianos), por parte de los ilustradores otomanos está maravillosamente descrita en esta obra. Pamuk mezcla, junto con un debate filósofico sobre la naturaleza del arte y la pintura, ideas y teorías sobre el retrato, sus relaciones con la ilustración y las historias, y las posibilidades y limitaciones de la pintura y el retrato para representar el mundo, un nudo de intrigas, relaciones de amor y sexo, crímenes y pasiones. Enmarcado todo, la historia, las imágenes y las ideas dentro de un conflicto entre el Bien y el Mal, entre Occidente y Oriente. Pero sobretodo, Me llamo rojo es una novela polifónica—de acuerdo con los términos con los que la habría descrito el crítico ruso Mijail Bajtin(*)—y conversacional en la que, por encima de los personajes, hay voces. Todos y todo, tienen una voz y con ella cuentan una historia: los vivos y los muertos, los caballos y la sangre; el árbol y el dinero; la mujer libre, la sierva, y la esclava; el asesino y el asesinado; todos y cada uno de los que están vinculados con la historia del libro secreto. Otra manera de verlo es concebir la novela de Pamuk, como un tapiz hecho con las historias contadas por todas las voces. Como si el narrador, como una especie de dios de la novela, fuese capaz de impregnarse a conveniencia del espíritu del hombre y de la mujer, de la sangre y del dinero, del caballo y del asesino, para narrar una parte de la misma historia, desde un punto de vista distinto. Como si se tratara de una carrera de relevos en la que cada narrador sabe cuándo terminar su parte de la historia y cede el testigo (la voz) al siguiente, quien conoce con exactitud cuándo comenzar a contar la parte que le corresponde.

Y sin embargo, lo que me queda de la novela no es esa esencia animista y proteica del narrador, ni la articulación de los debates filosóficos sobre el Arte, la Realidad y las expectativas de Dios acerca de todo esto; ni siquiera se quedan conmigo las esperanzas y el deseo de Sekure y Negro, los desencontrados amantes que luchan por reunirse en medio de múltiples calamidades. Me quedan impresas con más gravedad, fuerza y hondura en mi memoria, las escenas, y fragmentos de escenas que describe o refiere con exactitud y economía de palabras el autor a lo largo de decenas de páginas y que tiene un clímax en los capítulos que narran el encierro de tres días de Negro y el Maestro Osman quienes pasan revisando libros con miles de ilustraciones que se guardan en la Sala del Tesoro Imperial y cuya contemplación está reservada al Sultán y mujeres de su harén. Llegado un momento, el Maestro Osman le pide a Negro, que le cuente lo que ve (las ilustraciones en los libros que revisan buscando una pista sobre el asesino) y Negro comienza a narrar:

Vimos hermosas muchachas chinas pintadas de la misma manera en que lo estaba nuestra novia triste, que se encontraban reunidas en un jardín tocando un extraño laúd. Vimos pagodas, melancólicas caravanas que iniciaban largos viajes, árboles de la estepa y paisajes de la estepa misma, tan hermosos como viejos recuerdos. Vimos árboles que se retorcían a la manera china con sus flores primaverales abiertas con todo su vigor y alegres y alborotadores ruiseñores en sus ramas. Vimos príncipes hablando de poesía, vino y amor sentados en tiendas a la manera del Jurasán, jardines maravillosos, apuestos señores que salían de caza montados muy erguidos en exquisitos caballos llevando en el brazo halcones espléndidos.(…) Luego vimos los verdaderos demonios del ilustrador: aquellas extrañas criaturas se parecían a los duendes y gigantes que tantas veces habían dibujado los antiguos maestros de Herat y los ilustradores del Libro de los reyes, …(pp 451-452)”. Y prosigue así hasta detenerse en algo que le interesa.

Pasarán los años y la recopilación de imágenes (fragmentos de escenas o escenas completas) que hilan la trama de esta novela quedará como un ejemplo de lo que puede hacer la memoria prodigiosa de un novelista como Pamuk al narrar una historia que está dirigida a la comprensión tanto como a la contemplación, aunque sea con los ojos de la mente, es decir, para la imaginación.

De cierto modo, El nombre de la rosa de Umberto Eco es una lejana referencia de Me Llamo Rojo, sólo que en aquel caso son las citas de autores medievales y no las interminables ristras de imágenes las que enhebran la novela.

Pamuk concluye Estambul con la confesión de que no iba a ser pintor, como lo había creído más joven, sino escritor. Y sin embargo, en esa novela de voces múltiples que es Me llamo Rojo, Pamuk reconcilia su vocación primigenia con la de hombre más maduro y logra esa proeza, que sólo pudo haber logrado alguien que tenga una sensibilidad muy particular para las imágenes, de fusionar su amor por la pintura con su pasión por la literatura escribiendo una novela que integra en un gran fresco cientos de imágenes.

Orhan Pamuk
Me llamo Rojo (2006)
México: Alfaguara
568 pp

(*) Para Bajtin, las novelas de Dostoievski eran el paradigma ideal de novela polifónica. Porque Bajtin pensaba que este escritor no asumía una posición de narrador que posee la verdad sino que estaba en su esencia cuestionarla Con este fin, era capaz de hacer conversar con argumentos morales o filosóficos igual de contundentes a personajes que sostenían un punto de vista y su contrario. Sería esta legitimidad ante el lector de múltiples verdades que le deja a éste la libertad de elegir la que más le convence lo que distingue a este tipo de novelas. Sobre este punto ver la obra de Bajtin: Los problemas de la obra de Dostoievski (1929).

4 comentarios en “Me llamo Rojo, la novela de un escritor que quería ser pintor

  1. Pingback: El museo de la inocencia, 1 « caracas 10N, 67W

  2. A quienes leyeron a Pamuk y son aficionados a la lectura de otros rincones del mundo les recomiendo los libros de Jason Goodwin y Barbara Nadel.

  3. Pingback: Araguaney de La Trinidad, Esplendor amarillo bajo amenaza y otros riesgos | caracas 10N, 67W

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