Arte contemporáneo

Un proyecto de legitimación de la belleza

Eugenio Espinoza, Situs inversus (2009), pintura sobre pared y materiales diversos; medidas variables

Pienso que hoy en día el arte contemporáneo tiene entre sus objetivos trascender la estética. Provocar en el espectador un reflexión que lo haga pensar la realidad (y sus categorías de espacio y tiempo, de luz y color, de sombra y oscuridad), y contrastarla con la realidad que crea el artista. Para que decida cuánto se parecen la una a la otra; cuán ilusorias son la una y la otra. En qué medida es posible cambiar la una y la otra. Pero el artista hace todo esto desde una posición de igualdad jerárquica con el espectador. Aspira a que se le reconozca un mérito de artesano, de homo faber. Nos recuerda en esto a Heidegger, que aspiraba a que se reconociera a la filosofía y al pensar como un oficio de mano y artesanía (me gusta la palabra craftsmanship).

El artista lleva a cabo este oficio con una actitud particular. Lo lúdico, lo irónico, lo extravagante y lo irreverente, lo cáustico y lo cómico están extensamente presentes en el arte contemporáneo porque todos ellos son recursos de la lengua para luchar contra el Poder, que es graveda dy rigidez, pero también que es: concéntrico, hegemónico, omnímodo, compacto, macizo, e incluso difuso e invisible pero que sin embargo lo sentimos como un peso en nuestro pecho o garganta y constriñe nuestras ideas y actos. Todos esos modos discursivos introducen de distintas maneras esa levedad a la que se refería Italo Calvino en su obra póstumaSeis propuestas sobre el próximo Milenio), la cual subvierte y debilita, y termina por hacer que se desmorone el Poder.

La obra de arte del artista contemporáneo aspira a estimular algo más que la vista. Quiere antes que nada, con esa insistencia en el concepto, masajear las neuronas, estimular para hacer proliferar, las conexiones sinápticas, propiciar las reacciones de aha!, cierto!, que hacen caer en cuenta de lo que verdaderamente está pasando alrededor nuestro. Pero no quiere quedarse ahí. En eso es diferente de la filosofía, que está dirigida al cerebro. Por eso afirmo que tiene una pretensión de estímulo multisensorial. Trataré de explicarme qué quiero decir con esto trayendo a colación la charla que tuve oportunidad de escuchar en Caracas del británico Heston Blumenthal (chef ejecutivo y propietario del legendario Fat Duck, restaurant galardonado con tres estrellas Michelin) uno de los tres mejores chefs del mundo, cuando vino hace unas semanas invitado por el Salón Internacional de Gastronomía. Blumenthal repitió una y otra vez durante esa charla que aspiraba a convertir la gastronomía en una experiencia multisensorial. Entonces pensé que él era un artista. No un artista de la cocina, sino más bien un ejemplo de lo que es ser un protagonista del desarrollo explosivo del arte contemporáneo. Porque eso de llevar arena de Los Roques, espolvorearla en el plato como si fuese un lecho, y adaptar un ipod con sus auriculares dentro de un botuto para que el comensal se los ponga y reproduzca en el aparato una grabación del sonido de las olas del mar, mientras toca la arena con las yemas de sus dedos, es arte puro. Esto lo hace Blumenthal porque según investigaciones realizadas por Charles Spence, un amigo suyo investigador de la Universidad de Oxford, este sonido estimula la recepción de lo salado y por tanto las ostras y otros mariscos saben más saladas y tienen un sabor más fuerte. Blumenthal se confesó kinestésico (puede anticipar o conocer el color de una nota musical). Pero aún comensales no kinestésicos pueden disfrutar de un modo distinto una cena de este tipo; y un espectador no kinestésico una obra de arte contemporáneo que lo estimule multisensorialmente.

Cabe también pensar que el proyecto del arte contemporáneo es, no tanto trascender la estética, como reconciliar la belleza con el mundo actual. El mundo se ha hecho tan complejo y se ha llenado de tantos problemas que la belleza, su existencia, posesión (alguien que es bello), e incluso su percepción han llegado a ser considerados como reprobables, censurables, e incluso banales por muchos de los que sienten que son y actúan de manera responsable para con este mundo. Es así que una mujer, hombre, paisaje o cosa que sean percibidos como bellos pueden ser calificados también, como simples, superficiales, poco interesantes o banales. La banalización se convierte así en uno de los múltiples recursos a los que recurren quienes quedan perplejos ante la inmensidad creciente de problemas interconectados entre sí, que han invadido el mundo y lo difícil que parece a veces resolverlos todos.

De un modo análogo a como en su ateísmo razonado, el escéptico Ivan Karamazov le rogaba a un hipotético Dios quedarse en este mundo (o que lo hiciese volver tanas veces como fuese necesario) hasta que se hubiese salvado el último pecador, muchas de las almas más sensibles, expuestas a tanta miseria y crueldad humana y natural, por pura solidaridad y responsabilidad humana, estarían dispuestos a cerrar sus ojos al disfrute de la belleza mientras haya cosas horribles que mirar (niños abandonados o maltratados, mujeres violentadas, asesinatos, genocidios). Como si la belleza (por captar nuestra atención) pudiese ser distractora de pensar y sentir compasión por la miseria humana.

Pero la belleza está ahí (cerremos o no los ojos) del mismo modo que está la fealdad física, moral, espiritual. Y el arte ayuda a atenuar ese contraste radical entre, por ejemplo, la belleza pura de los ojos de un intenso azul-verdoso-con celajes amarillos de Sharbat Gula (la niña afgana sobre la que hablé en un post anterior) y el hambre, desolación y muerte que rodeaban al campo de refugiados afganos donde se encontraba aquella niña fotografiaba por Steve McCurry. La belleza, a todo aquel que la percibe (y dado que habita un mundo difícil como el actual), es compasión pura del Universo que le regala su sistema sensorial y perceptivo al que la contempla. Pero no es reconciliación con el mundo. Su percepción puede crearnos conflictos y, quizás, hasta culpas.

La sensibilidad a la belleza no es exclusiva de los santos, los seres humanos moralmente superiores, o los sabios; la pueden tener y demostrar los peores criminales, seres a los que les es indiferente la miseria, o capaces de perpetrar los peores actos de crueldad para con sus semejantes. Aquel personaje de las novelas de Thomas Harris, Hannibal Lecter, un canibal asesino capaz de comerse el hígado de su víctima sin que se le altere el pulso, se conmueve ante la belleza naive de la agente del FBI Clarice Starling ( Jodie Foster) o ante obras de arte renacentistas. Puede entonces coexistir la belleza con la violencia, la injusticia, la depravación, el sufrimiento o la miseria que hay en el mundo actual. Se sabe que grandes jerarcas de la SS lloraban al escuchar una ópera de Wagner o alguna sonata de Beethoven.

El arte contemporáneo problematiza esto. No censura ni banaliza la belleza sino que señala su relación con el Mal, o con el Bien, con la libertad o con el Poder; y al hacerlo separa la belleza que es un objeto, de la calidad moral del sujeto que la recibe o persigue. Y de este modo, libera de culpa a la belleza. La redime o al menos eso es lo que se puede interpretar como su proyecto. Diríase que ha asumido la difícil tarea de reconciliar la belleza con el mundo, y lograr de este modo una legitimación de la belleza. Mostrarnos que lo bello, por ser o existir, no tiene que pedirnos disculpas.

(Inspiran o motivan el presente texto conversaciones recientes con varios artistas y una reflexión sobre sus trabajos y los de otros artistas venezolanos)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s