Apuntes para imaginar el futuro, 2

Generaciones futuras: de la imaginación a la acción

En una entrada anterior hablaba sobre la imaginación del futuro. Hay un lado poético en dedicarle tiempo a ese acto de imaginación y esa actividad poética nos nutre. Pero lo que me interesa ahora es la imaginación del futuro como un paso preliminar de la acción presente para que en ese futuro que imaginamos (e incluso en ese futuro que no logramos imaginar), quienes vivan tengan al menos las mismas oportunidades que hemos tenido nosotros para perseguir la felicidad. Al menos aquella que depende de su acceso a bienes naturales.

Creo que una de las razones para defender (pero no la única) la integridad de los bienes naturales en el presente es la belleza. Desearía que las generaciones futuras tengan la misma posibilidad que tenemos nosotros, y que la han tenido quienes han vivido antes que nosotros, de contemplar una puesta de Sol desde una playa de arenas blancas contemplando el espectacular viraje cromático del agua y el cielo. Mirando cómo, a medida que el Sol se oculta, el agua del mar pasa por todos esos colores: mudando desde un azul turquesa a un azul petróleo con tonos verdosos que derivan pronto en un añil que se metamorfosea en un gris negruzco, en cuya superficie aparecen (como si fueran manchas) celajes rosados, naranjas, fucsias (que son reflejos del cielo), que viran al morado oscuro, al gris oscuro, al azul marino muy oscuro, hasta terminar en el negro.

Si un trovador se enamoró de la perpulchra (más que bella) Leonor de Aquitania—duquesa de Aquitania, condesa de Poitiers, y luego Reina de los Francos cuando se caso con Luis VII—sin conocerla, sólo por haber escuchado sobre ella, en lo que constituye uno de los actos de amor mas puramente platónicos que conozco, pienso que pudiéramos enamorarnos, como lo hiciera aquel trovador, o mejor aún, realizar un acto de amor, tan gratuito e incondicional (como debe ser todo acto de amor) como el de nuestro trovador, hacia una mujer, un hombre, una joven o un joven, o un recien nacido, de una generación futura. Y con la idea de este acto de amor, o mejor aún con este amor en el corazón, establecer una conexión directa con el futuro que nos mueva a actuar en el presente del modo que si ése al que amamos incondicionalmente llega a nacer, pueda vivir con la posibilidad de disfrutar como nosotros de esa puesta de Sol. Y de muchas otras experiencia de disfrute estético. Que es lo menos que podemos legarle a ese amado del futuro. En lo que sigue se revisa el concepto de desarrollo sostenible y se lo define, no obstante su carácter general y poco operativizable, como un concepto que ha ayudado enormemente a poner en la agenda el tema de las generaciones futuras. La necesidad de actuar en el presente, no sólo con la mente en lo global (act local think global)sino también con el corazón en el futuro (love future).

1. Desarrollo sostenible

El concepto de desarrollo sostenible fue capaz de articular eficazmente una diversidad de preocupaciones y problemas ambientales. Éste constituía la columna vertebral de Our Common Future (1987), título con el que se conoció el Informe Final de la Comisión de Naciones Unidas sobre Ambiente y Desarrollo, que fue sin duda el documento que tuvo la mayor influencia durante la década siguiente sobre: académicos y expertos en ambiente, funcionarios gubernamentales responsables de las políticas ambientales, gente de los medios y ciudadanos comunes. La Comisión había estado presidida por la Primera Ministra de Suecia, Gro Harlem Brundtland, una de las principales promotoras de este concepto, que en el documento citado fue definido en los siguientes términos: “Desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias.”

Con el tiempo, aparecieron definiciones de desarrollo sostenible que hacían referencia a cómo lograr un desarrollo que satisfaga a los ciudadanos de las naciones desarrolladas y a los de las naciones menos desarrolladas, a los del Norte y a los del Sur. El desarrollo sostenible inspiró otra forma de equidad, al catalizar debates sobre cómo sería posible lograr un desarrollo que persiguiera objetivos económicos sin olvidar los objetivos ambientales, los sociales, los culturales. El desarrollo sostenible también configuró una matriz conceptual y de opinión fértil para incubar ideas y propiciar debates sobre cómo incorporar, cuando se habla de desarrollo, los derechos morales de actores no humanos como los animales. Por ejemplo, es posible que muchas de las obras del australiano Peter Singer sobre derechos morales de los animales y demás temas de bioética, no habrían tenido la exitosa cogida que realmente tuvieron de no haber sido engendradas dentro de ese crisol que exhortaba a la exploración general de la idea de equidad, justicia y equilibrio en decisiones de política en los niveles local, nacional, regional o global.

Creo que una de las virtudes más importantes de aquel concepto, no obstanter el hecho de que estaba contaminado por múltiples y acaso contradictorias interpretaciones y definiciones, es que mostraba una preocupación real por integrar, y luego conciliar en un concepto, diversos puntos de vista (lo económico, lo ambiental, lo social), así como los intereses de diversas clases de personajes (actores), humanos (ricos y pobres, de todos los grupos étnicos), y no humanos (animales, vegetales), vivos y aun no nacidos (generaciones futuras). Se esperaba que este concepto pudiera dar origen a un conjunto de acciones, que a su vez deberían haberse traducido en un conjunto de políticas con focos cada vez más amplios que fueran desde lo local o nacional hasta lo regional o lo global. Mirado retrospectivamente, el desarrollo sostenible tuvo enorme valor heurístico, en tanto que engendró una diversidad de proyectos de investigación, y nuevo conocimiento, teórico y práctico. Dentro de la diversidad de puntos de vista que integra, se destaca la preocupación que recoge por las generaciones futuras. Esto constituía un elemento novedoso en la reflexion ambiental. Creaba una suerte de arena política para la negociación; o el marco de una asamblea para la conversación y la deliberación, sobre el ambiente y el desarrollo.

2. Vida sostenible y capacidad de carga

El modo de vida de un grupo étnico que ha habitado una selva tropical durante siglos sin que su población crezca o merme, no es un modelo de desarrollo sostenible aun cuando sí lo es de vida sostenible porque el impacto ambiental que produce una comunidad distribuida sobre, por ejemplo, la selva del Amazonas, que tiene una superficie de unos cuatro millones de kilometros cuadrados, es prácticamente despreciable. La capacidad de ese ecosistema de reponer los recursos renovables que consumen esos individuos, o de asimilar y transformar los desechos que producen y vierten en el ecosistema (tierras, rios, aire), supera holgadamente el impacto ambiental que producen. Esta observación nos remite al concepto de capacidad de carga de un ecosistema, que se refiere al tamaño máximo de la población que puede ser soportada indefinidamente por un ecosistema dados los recursos y servicios que éste le provee a la población. Este concepto define un límite cuantitativo o cualitativo para una población. Cuando una comunidad está lejos de su capacidad de carga, no se sienten las constricciones que impone el ecosistema; hay holgura y muchos grados de libertad; todos pueden vivir del modo que elijan. Los problemas aparecen cuando la comunidad crece (o lo que consume y emite cada individuo crecen) y la población se acerca a la capacidad de carga. Cuanto más cerca está una población de su capacidad de carga mayores son las restricciones que deben imponerse.

3. Entra el futuro

El desarrollo sostenible respondía en su formulación original a la idea de conciliar los puntos de vista e intereses de seres humanos del presente con los de seres humanos aún no nacidos. Aun cuando no ofrecía una respuesta concreta al problema de cómo lograr que las generaciones futuras tuvieran acceso a las mismas oportunidades que la generación actual, el uso frecuente de ese concepto introdujo en la agenda de los problemas ambientales el concepto de la justicia entre generaciones. Éste es un problema que define una relación entre dos partes: quienes viven en el presente y quienes vivirán en el futuro, cuya existencia es contingente, es decir, pueden o no nacer.

4. Causas de contingencia de las generaciones futuras

Las generaciones futuras podrían no nacer por culpa de decisiones que tomen los que viven en el presente. Por ejemplo, la humanidad podría desencadanar una guerra mundial global y la especie humana extinguirse mediante un fenómeno de invierno nuclear. Esta sería la peor manera de afectar a las generaciones futuras: no permtiendo que existan. Pero hay modos más difusos y menos drásticos de hacerlo. Les podemos dejar un mundo mucho peor que aquel que encontramos al nacer, lleno de problemas sociales donde sea mucho más costoso y difícil extraer recursos naturales para explotarlos. O si concebimos el calentamiento global como un problema que produce, principalmente, un incremento en la frecuencia de eventos de clima extremo, si no hacemos nada en el presente para reducir o eliminar este problema, les estaremos legando a las generaciones futuras un mundo con más riesgos (mayores costos para asegurarlos), en el que vivir será una experiencia más angustiante de lo que lo ha sido en el presente. Pero sabemos que el calentamiento global tiene otras consecuencias, muchas; otra de ellas es que al derretirse los casquetes de hielo en los polos se elevará el nivel del mar. De modo que si no hacemos nada para resolver el problema (o si lo que hacemos es insuficiente o ineficaz) les estaríamos creando a las generaciones futuras una tarea costosa de mudar ciudades y otros asentamiento urbanos a tierras más altas. Finalmente, aún si hacemos todo lo necesario para resolver el problema del calentamiento global, una amenaza natural terrestre tal como un supervolcán, o sideral, como un meteorito que colisione con la Tierra, pudiera acabar con la especie humana. En ese caso fatídico, los sacrificios realizados por la generación presente en nada habrán beneficiado a las generaciones futuras.

De modo que la relación entre las dos partes es más bien floja, dado que una de ellas es casi inexistente. A no ser que en el presente alguien se atribuya el rol de actuar como representante de los intereses de las generaciones futuras y éste negocie con nosotros para que nos limitemos, para que impongamos restricciones a nuestra decisiones en los casos en que puedan afectar las oportunidades de las generaciones futuras para perseguir su bienestar, y disfrutar de los mismos bienes naturales que ha disfrutado la generación actual. Un modo de ver estas restricciones es concebirlas como un sacrificio que se le pide que realice a la generación presente a favor de un grupo de seres humanos sobre cuya existencia futura no se tiene certeza. Lo que es equivalente a pedirles que realicen un acto de fe. Yo prefiero verlo como un acto de amor.

Algunos han llamado a ese sacrificio tasa justa de ahorro de una generación, término que se refiere a los ahorros que debe hacer la generación presente para que las generaciones futuras disfruten de las mismas oportunidades y beneficios que la actual. Los ambientalistas más extremos pedirían que la tasa justa de ahorro se calcule metiendo en la ecuación las oportunidades de disfrute de especies distintas de la humana. Es decir, representando también los intereses de quienes no pueden decir cuáles son sus intereses (e.g. los animales).

5. Justicia entre generaciones y altruísmo

Varios de los argumentos usados para debatir el problema de la justicia intergeneracional están basados en la Teoría de la Justicia desarrollada por el filósofo norteamericano John Rawls quien, desde una perspectiva que combinaba la Teoría de Contratos con un construccionismo de inspiración kantiana, definió las condiciones teóricas bajo las cuales una asamblea hipotética de representantes de los diversos grupos sociales asumen la tarea de definir un conjunto de principios de justicia. Con el fin de garantizar la imparcialidad de los principios éticos acordados por esa asamblea, Rawls presume que los decisores están cubiertos por un velo de ignorancia (Me encanta esa metáfora poética en un hombre tan serio como era Rawls. Me imagino una asamblea cuyos miembros llevan velos encima. Todos ellos han nacido y sido criados como Segismundo, el héroe de La Vida es Sueño de Calderón de La Barca. En una torre que los ha aislado e impedido conocer su circunstancia. El día de la asamblea son llevados hasta el lugar en que ésta tendrá lugar con paños opacos sobre sus ojos. Es una imagen poderosa, podría haber sido un gran poeta. Puede también verse como una multiplicación y reunión en asamblea de personajes heterogéneos que deciden hacer una representación de la Justicia).

Ese velo les impide tener información sobre cuáles son: su grupo étnico; sus condiciones físicas, sociales o ideológicas; sus creencias religiosas o dotaciones de bienes materiales. Con el fin de utilizar este enfoque para analizar como se construiría un vínculo ético entre generaciones, Rawls siguió dos trayectorias analíticas.

La primera se basaba en postular una motivación ad hoc (en una asamblea de representantes de miembros contemporáneos) que llevaría a los miembros de tal asamblea a preocuparse por el bienestar de al menos dos generaciones de descendientes futuros. Una crítica a este argumento es que la aparición de esa motivación es un hecho contingente, que puede o no ocurrir (podría suceder que no aparezca del todo). Su aparición depende de que en los miembros de esa asamblea haya una dosis mínima de altruismo intergeneracional. El filósofo Brian Barry argumentó que, incluso si tal motivación altruista era aceptada, se debería reconocer el hecho de que ésta no conduce a la creación de un compromiso necesario (y por tanto vinculante) entre generaciones sino, más bien, a un tema de justicia con respecto a las generaciones futuras. Lo que convierte a las obligaciones de la generación actual para con las futuras en un acto que depende puramente de la buena voluntad de los contemporáneos hacia sus descendientes (Barry, 1989: 192). Es decir, no se puede enfocar el problema como un acuerdo contractual (ineficaz tratar por el lado legal) porque una de las dos partes no existe y nada garantiza que lo haga en el futuro; sólo se puede hablar de la posibilidad de despertar en la generación actual cierto tipo de altruismo.

6. De nuevo la tasa justa de ahorro

Volvamos ahora a este concepto. En A Theory of Justice (p. 285), Rawls propone que cada generación separe una cantidad adecuada de capital real, que él denomina tasa justa de ahorro e incluye en este concepto: fábricas, máquinas y afines, conocimiento y cultura, técnicas y habilidades, aprendizaje y educación. Esta lista limitada representaría lo que Rawls considera que cada generación le debe a sus descendientes. Vista así, la justicia intergeneracional sería un asunto unidireccional dado que “los intercambios entre las generaciones tienen lugar solamente en una dirección” (p. 291). Para Rawls, el motivo por el que la generación actual debe ahorrar para las generaciones futuras no sería por razones del agotamiento del capital natural y los bienes ambientales asociados a éste, sino para establecer y preservar “instituciones justas y el valor justo de la libertad” (p. 288). Las preocupaciones de Rawls no son ambientales, pero su marco de análisis podría usarse para conceptualizar un entendimiento moral entre generaciones.

Se ha afirmado que este concepto viola el Principio de Diferencia, que establece que: las desigualdades sociales y económicas deben ser ordenadas de modo que los acuerdos produzcan el mayor beneficio para quienes tienen la posición menos ventajosa. Una tasa justa de ahorro podría hacer más pobre a gente que vive en el presente (que debe abstenerse de explotar ciertos recursos (e.g. nativos en el Amazonas) si éstos implican un consumo por encima de la tasa de ahorro fijada con el fin de hacer a otros, que aún no han nacido, más ricos, lo que “es algo que Rawls prohibe cuando trata temas de justicia entre contemporáneos (Barry, 1989: 198) o intra generacional. Sin embargo, hay contra argumentos que defienden el enfoque de Rawls.

7. Tecnología, estética y justicia futura

Uno de los factores que afectaría una posible fórmula para calcular la tasa justa de ahorro es la impredecibilidad de la evolución de la tecnología en el futuro. (El recurso de la tasa de descuento deja de funcionar en el muy largo plazo, cuando todos los factores cambian). Como esto lo desconocemos, no podemos calcular el futuro incremento en los costos de explotación de recursos naturales. Sabemos en cambio que la extinción de una especie o la desaparición de un ecosistema natural es hasta ahora, en gran medida, un proceso irreversible que le impedirá a las generaciones futuras disfrutar de ciertas vistas de la naturaleza cuya belleza solo la podremos disfrutar mientras existan determinadas especies animales o vegetales o ambientes naturales. Este disfrute esético es más intangible y difícil de valorar económicamente. Y sin embargo, pudiera fundar un argumento más fuerte a favor de la conservación del ambiente que el argumento económico.

Parece por otro lado indetenible el proceso que reduce gradualmente las áreas vírgenes e inexploradas en la Tierra. Creo que vivir en un mundo sin tierras vírgenes, en donde hasta el último rincón haya sido explorado y sus minerales, y especies animales, vegetales y humanas inventariadas, le quitará al hombre una oportunidad para la aventura. Esto pudiera hacer la vida menos apasionante de ser vivida. O empujar al hombre a buscar la aventura en actividades extremas y nuevos y más peligrosos deportes de riesgo con las consecuencias que podemos imaginar. Uno puede argumentar sin embargo que cuando la totalidad de las tierras vírgenes en la superficie de la Tierra sean agotadas el hombre explorará las áreas vírgenes submarinas y cuando tambien aquí hasta el último milímetro haya sido explorado, explorará ese espacio que parece siempre inexpugnable y virgen que es el corazón humano, el propio y el de su prójimo. Pero además, para ese entonces, antes aún de llegar al corazón humano, al hombre le quedará aún por explorar los confines del interminable Universo visible. La sola imaginación de esa aventura da vértigo y estremece. Quizás en el poder de esa imagen reside la belleza de las palabras finales de Roy el replicante en Blade Runner: “I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I’ve watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in the rain. Time to die.”

Lo que Roy Batty ha contemplado a lo largo de su extraordinaria y breve vida produce un disfrute estético supremo y sublime que no depende de que haya en el mundo bienes naturales intactos. Esto, podría alegarse que desmonta una vez más el conservacionismo: Un nivel tecnológico futuro podría hacer accesible al hombre el disfrute estético de paisajes semejantes. Y sin embargo, eso no es cierto porque lo que contempla Roy Batty es tan bello a causa de que es muy probable que, ni en el futuro más lejano, quienes vivan en la Tierra podrán contemplar tales paisajes en escal amasiva. Esas visiones nunca serán democráticas sino exclusivas. Casi prerrogativas de la realeza o producto de la imaginación ilimitada de los poetas. Y lo que queremos es que hasta el último hombre pueda tener acceso a visiones de belleza natural sublime. Además de, por supuesto, a pan y agua pura. Y esas dos clases de bienes justifican el acto de amor de millones de representantes de una generación hacia aquellos que no han nacido. Aun si no justifican (o no es viable lograr que ocurra) el sacrificio de toda una generación.

No obstante el razonamiento anterior, luego de ver la película futurista Surrogates (2009), dirigida por Jonathan Mostow, el mismo director de la también futurista película Terminator 3, The rise of the machines (2003)), uno piensa que en el futuro, los humanos podrían logran, mediante un fantástico desarrollo tecnológico, un acceso masivo a la posibilidad de actuar, vivir e interactuar con otros seres humanos, mediante alter egos robóticos (mientras ellos permanecen sanos y salvos en la calidez de superseguros hogares). Si lo anterior ocurriera, pudiera suceder también que, para ciertas experiencias muy exclusivas, la relación entre el sujeto humano que experimenta de modo virtual y el robot que experimenta mediante un contacto directo con lo real, no sea de uno a uno, sino de uno a millones. Es decir, que miles o millones de seres humanos podamos comprar el acceso (en diferido o en vivo) a vivir y sufrir, con una intesidad semejante a que si la viviéramos en carne propia (como en la película), experiencias vividas por robots, cyborgs o , en general, por máquinas que nos hacen sentir que somos nosotros quienes lo vivimos, lo que la máquina hace, vive o experimenta a una distancia de millones de años luz de la Tierra. Esto haría democrática una experiencia única y sublime como la vivida por Roy Batty.

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