Apuntes para imaginar el futuro

Introducción

Visión artística de una ciudad del futuro

Visión artística de una ciudad del futuro

Con excepción de los magos, astrólogos, brujos y pitonisas, que trabajan lejos de los métodos científicos, con dones o poderes reservados a unos pocos; y de algunos macroeconomistas, que predicen la conducta futura de los mercados, o los que estudian el clima (uno de los fenómenos naturales más complejos de predecir), el hombre actual se siente inseguro cuando se le pide que imagine el futuro, el propio o el de la Humanidad. El mundo se ha vuelto tan complejo, tantas redes y relaciones causales se han tejido, unas sobre otras, sobre la superficie del globo, que la idea del futuro (no la del inmediato, sino la del que comienza a partir de un horizonte temporal de diez o más años), el ejercicio de imaginarlo hasta llegar a formarse una visión borrosa pero coherente, le crea no poca angustia e inseguridad.

En unos casos el hombre puede estar tentado a producir la visión optimista de un futuro luminoso en el que la ciencia y la tecnología le ha abierto caminos de paz, salud, justicia, y felicidad para todos a costos mínimos. Pero apenas se acuerda de los problemas suscitados por: el calentamiento global; la pobreza y la desnutrición, el analfabetismo y la morbilidad a los que está asociada; las amenazas autocráticas a las democracias; las exitosas estrategias populistas a las que recurren los fundamentalismos seculares o religiosos que, luego de parpadear unos segundos, su visión luminosa del futuro comienza a oscurecerse al sentir que no sabe cómo todos esos problemas actuales, algunos de los cuales parecen tener una tendencia a empeorar, pueden ser resueltos en el futuro. Es entonces cuando empieza a germinar en la imaginación del hombre la visión de un futuro apocalíptico, oscuro, terrible; el temor a que la humanidad desaparezca de la faz de la Tierra. Este apocalipsis puede ser también la consecuencia de: eventos catastróficos de clima extremo; de la proliferación de dictadores que, en el marco de precarios acuerdos con el terrorismo y las mafias internacionales, amenacen con pulsar botones que lancen misiles atómicos o dispersen agentes químicos o biológicos de destrucción masiva capaces de desatar una nueva guerra mundial; accidentes de origen humano, peores que el del Exxon Valdez en Alaska, o los de Three Mile Island o Chernobyl, que ocasionen daños ambientales que amenacen la vida animal, vegetal y los seres humanos de vastas regiones. (o incluso sólo uno de ellos) originen una catástrofe que nos borre de la faz de la Tierra.

Postapocalipsis

Pudiera también suceder que tal evento catastrófico no nos borre del todo de la faz de la Tierra, lo que podría ser peor. Que borre solamente las obras que hemos acumulado como civilización a lo largo de la historia y las huellas de la cultura. No solo la de Occidente, sino también la de todas las culturas que registran nuestras obras. Y quedemos solos, como en The road, la novela de Cormac McCarthy, unos pocos sobrevivientes. La gran tragedia sería que a algunos de nosotros, nos queden en ese período postapocaliptico, el tiempo y la inteligencia para darnos cuenta del horror que ha producido nuestra inconsciencia como especie; nuestra irresponsabilidad. Y que luego de ese acto tremendo y trágico de darnos cuenta; luego de ese inconmensurable y profundo acto de contrición, lloremos todas las lágrimas que nos quedan en ese mundo en el que seguro el agua será escasa hasta quedarnos secos de tristeza y de líquido.

Por supuesto que lo anterior no descarta ni impide un evento que luce más inexorable, por ser algo que no depende de la acción humana. Me refiero al hecho de que catástrofes naturales impredecibles, como la explosión de un supervolcán (como el que se cree yace durmiente debajo del Parque Nacional de Yellowstone), el impacto de un meteorito (que se estima ocurre cada millón de años) o una explosión de rayos gamma que provenga desde fuera de la Vía Láctea (que ocurre una vez cada mil millones de años, y puede emitir en milisegundos una energía superior a la del Sol a lo largo de toda su vida), haga desaparecer la Capa de Ozono y con ella la mayor parte de la vida sobre la Tierra. Por nombrar sólo unos cuantos factores que pudieran oscurecer el futuro del hombre. Y sin embargo, nada de esto que hemos pensado nos impide ni resta energía para imaginar el futuro. O revisar algunas visiones contemporáneas. En lo que sigue se exploran visiones del futuro que no están en esos dos extremos de Apocalipsis o felicidad plácida para todos. Estas visiones se pueden destilar del imaginario de la calle, ése que se estructura por la suma de avisos publicitarios, vallas, noticias curiosas, reportes científicos, declaraciones de funcionarios de organizaciones del gobierno, y la imaginación popular.

Futuro y conspiraciones

Cierto futuro de calle se deja influenciar por infundadas teorías de conspiración que presumen que los inventos del futuro existen en el presente pero que el gobierno y sus adláteres lo ocultan. Series de televisión como The X Files (1993-2002), recogen estas ideas en historias que captaron la atención de millones de espectadores a lo largo de los años. Para quienes creen en las conspiraciones, la Humanidad no está sana porque las multinacionales y sus oscuros intereses no lo permiten (ellos suponen que ya se han descubierto curas para el cáncer, así como para la mayoría de los males que padecemos); no hemos visto a los extraterrestres y su tecnología avanzada porque la ocultan otros intereses a cientos de metros debajo del suelo, en medio del desierto de Nevada, en lo que se conoce como Area 51. Otros piensan que ya han sido inventados motores antigravedad que pueden propulsar a vehículos a un costo mucho menor que los motores convencionales, pero que los intereses económicos internacionales no permiten que éste u otros inventos que podrían ayudar a la humanidad sean diseminados. En suma, si no hubiera oscuros intereses, el nivel tecnológico de la Humanidad sería mayor y la consecuencia más importante de ello sería que el futuro habría llegado ya. Pero los conspiradores lo han impedido para ser los únicos beneficiarios de las invenciones maravillosas que lo acompañan.

El futuro que no llegó

Visión retro de un aerovehículo futurista

Visión retro de un aerovehículo futurista

El futuro perfecto, soñado por las masas positivistas y modernas; aquel que supuestamente iba a estar apalancado por los grandes descubrimientos científicos del siglo veinte, desde la corriente alterna y la radio, hasta los rayos X, la energía atómica, y el transistor, no llegó. Algunos pensaron que los dirigibles serían los vehículos voladores del futuro y construyeron la Torre Eiffel y el Empire State con el propósito de que sirvieran en algún momento como aeropuertos para estos vehiculos. Otros celebraron la energía atómica, o los carros voladores o anfibios, que pasan del aire a la tierra y de ésta al agua en un extremo de versatilidad, semejantes a los vehículos que conducían los Supersónicos (The Jetsons), la famosa serie de Hanna Barbera. Pero ese futuro perfecto no llegó y las ideas populares que lo anticipaban se quedaron como inspiración de ilustraciones ejemplares de Mecánica Popular. Esas ilustraciones divertían y animaban a millones de norteamericanos (a algunos europeos, y menos latinoamericanos) a trabajar enérgicamente para ser también ellos partícipes, aunque fuese desde la cola, de ese fantástico futuro.

Blade Runner: Futuro a retazos

Imagen de Los Angeles en fotograma de Blade Runner

Imagen de Los Angeles en fotograma de Blade Runner

Esta película dirigida por Ridley Scott, basada en un libro escrito por el autor norteamericano Philip K Dick, Sueñan los androides con ovejas eléctricas (1968), se convirtió en paradigma de los tiempos postmodernos. Proponía la película una visión nueva del futuro. La energía atómica, la microelectrónica, la cibernética, la ingeniería genética, la robótica, no modificaban homogéneamente la sociedad; el progreso no llegaba como un modelo de sociedad que reemplazaba completamente la sociedad premoderna o pretecnológica; no habían desaparecido (todo lo contrario) las fábricas que contaminaban con humo la atmósfera. Más bien sugería esta película que el progreso tecnológico no tiene porqué traer mejoras para todos en todos los aspectos de la vida. Quizás porque la superpoblación y la consecuente escasez impedía que hubiera recursos para todos. El resultado es que la pobreza es mayor en el futuro que en el presente y los contrastes son también mayores. El futuro entonces podría configurarse como una fusión entre las promesas de un desarrollo supertecnológico (cercano a la singularidad) que no alcanza aún para alimentar y darle riqueza mínima a la superpoblación, y la miseria y barbarie del pasado aún existen y conservan el mismo rostro inhumano.

Una buhonera de una calle de Los Ángeles, de Hong Kong, Tokio o Helsinki podrá quizás analizar con un microscopio electrónico portátil una escama sintética (como vemos en la película Blade Runner) y decirnos quién es su fabricante. O quizás como podría ocurrir en una novela del norteamericano-canadiense William Gibson (lanzado a la fama como escritor de ciencia ficción cuando publicó Neuromancer en 1984), una buhonera postmoderna podría ser la traficante o comerciante legal (según vayan las cosas) de cierta variante sintética y no adictiva, pero enteogénica, de la dimetiltriptamina (DMT)—aquella con la que el etnobotánico norteamericano Terence Makenna, versión en New Age de los beatniks de los años cincuenta, viajó en incontables ocasiones y una vez, al despertar, declaró que durante su sueño ángeles o dioses o extraterrestres le habían revelado los secretos del I Ching y su relación con la estructura fractal del tiempo. Quizás esa buhonera hipotética estará ahí para venderle, a quienes desean escaparse en un viaje místico pero no pueden llegar al Himalaya, una pastillita de ésas que les garantice algunos minutos de contemplación del mundo que se alza más allá de las puertas de la percepción.

El futuro a la Matrix

Es un escenario posible. Los humanos podríamos ser invitados, voluntaria o forzosamente, a vivir dormidos dentro de un mundo virtual e irreal que configure un nuevo nivel de ilusión, tal como lo proponen los hermanos Wachowski en la trilogía Matrix, uno diferente de éste—el que creemos real y al que la filosofía hindú denomina Maya—, ese futuro pudiera ser democrático y llegar para todos. Porque pudiera ser que la red global que constituye ese tejido que es la matriz decida que esa visión de mundo atenuado, buferizado, acolchonado y apastelado, sin rincones que muestren los aspectos negativos del mundo—todo aquello que se le ocultaba al joven Buda (la enfermedad, la muerte, la pobreza y la vejez)—es lo que necesita el hombre para extirpar del mundo la violencia y sus consecuencias, y ser feliz para siempre. Quizás viviríamos entonces en un mundo tipo Truman Show, en el que todos sonríen y están felices (o lo creen con total convicción) y no sólo parecen estarlo.

El futuro contemporáneo

La visión de este futuro ha sido secuestrada por la velocidad y la interconexión entre todo y todos mediada por internet, la globalización y los recurrentes viajes de los nómadas globales. Llega tan rápido que no nos da tiempo de soñarlo y menos aún de esperarlo sentados en el porche de la casa como si fuera a llegar con Godot. O no llega del todo, como es el caso de muchos países africanos, bastantes barrios de ciudades mexicanas tomadas por los narcos o la guerrilla, o algunos barrios de ciudades europeas (y no sólo en los Balcanes) en las que el conflicto étnico impide que incluso el invasivo y ubicuo presente y sus virales gadgets tecnológicos traigan algo bueno para sus habitantes. Extensas áreas de ciudades modernas plagadas de pobreza, enfermedades, hambre y hacinamiento nos recuerdan los peores tiempos de la Edad Media. Es difícil para sus habitantes soñar con el futuro en esos espacios urbanos. Porque cuando grupos de niños de un suburbio de escasos recursos salen de la escuela y se reúnen para jugar un videojuego de última generación, y asesinan en una sentada a cientos de turcos, árabes, croatas o rusos luego de acecharlos por laberintos virtuales, sólo viven el presente como si no estuvieran dentro de su drama cotidiano o no tuvieran que sufrir sus miserias.

Le es también difícil a los miembros más privilegiados de la sociedad contemporánea soñar el futuro. Rodeados como están por gadgets basados en tecnología de la información⎯que es como la espina dorsal del futuro junto con la robótica, la nanotecnología, la biología molecular, la ingeniería genética⎯tienen menos tiempo y capacidad para verlo con distancia. La ilusión de comunión secular con la humanidad global mediada por la Web 2.0, nos contagia a todos. Es como en el adagio sobre los árboles que impiden ver el bosque: la densidad de plantas del bosque, la oscuridad a la que llega la sombra producida por las frondosas copas no nos deja tomar distancia. La densidad creciente de las redes. Un tiempo presente que envejece más rápido y se convierte más rápido en futuro no da tiempo para ver venir este tiempo futuro. Y es por eso que los visionarios, los que quieren ver lo que viene con perspectiva parten hasta el fin del mundo para divisarlo.

Tecnología y optimismo

La tecnología, y con ella la ciencia, la invención, el cambio técnico, son una razón para mirar el futuro con optimismo. En el corto y mediano plazos, la forma que adquiera el futuro, dependerá de aspectos no directamente relacionados con ella como por ejemplo que logremos: una educación capaz de integrar valores de solidaridad, cooperación, responsabilidad con el ambiente y las generaciones futuras en los estudiantes; formas de gobierno nacional y global que produzcan justicia, equidad, libertad y justa distribución de recursos entre ciudadanos y entre naciones; formas de organización de la vida privada que le otorguen idénticos derechos a las parejas o familias; formas de organización y remuneración del trabajo y de la producción económica enriquecedoras, justas y que propicien el desarrollo intelectual, físico y moral; actividades, ocupaciones y entretenimientos para jóvenes, adultos o personas de mayor edad, retirados, que sean físicamente estimulantes, espiritualmente enriquecedoras y culturalmente enriquecedoras.

Cuando se trata del futuro muy lejano, la ciencia y la tecnología se convierten en el factor que más fuertemente determina la capacidad del hombre de sobrevivir en la Tierra durante siglos o milenios. Serán el nivel científico y tecnológico del hombre lo que le permitirá desarrollar tecnologías no contaminantes, reponer mediante clonación especies animales y vegetales extinguidas y reinsertarlas sin riesgos en sus antiguos ecosistemas, curar las enfermedades que ahora afectan a las poblaciones que tienen una mayor esperanza de vida. Quizás esta ciencia le permita hechos más extraordinarios al hombre: viajar al espacio exterior a la Vía Láctea y colonizar planetas lejanos; o viajar en el tiempo. Esa tecnología pudiera también hacer que el hombre viva para siempre. Futuristas como Raymond Kurzweil piensan que esto se logrará en menos de 100 años; para ello los hombres podrían desarrollar sofisticadas técnicas de reposición de órganos enfermos, dañados por un accidente o viejos, gracias al crecimiento de tejidos y órganos nuevos basados en células madre, o mediante el reemplazo de estos órganos por dispositivos artificiales o robóticos capaces de realizar las mismas funciones. Será también el nivel de ciencia y tecnología que alcance el hombre lo que, en un futuro más lejano, le permitirá: controlar el clima y los terremotos, desviar meteoritos cuyas trayectorias puedan hacer colisión con la Tierra, o crear un escudo protector sobre la Tierra que la proteja de las rarísimas pero letales explosiones de rayos gamma.

Tecnología e imaginación del futuro

Podemos imaginar el futuro, narrativamente, a partir de una escena. Imaginar robots inteligentes que nos sirven cocteles cosmopolitan en bandejas con ruedas que se desplazan hasta el borde de la piscina—donde leemos una novela de Tolstoi en papel electrónico—movidas por motores servocontrolados que se disparan de acuerdo con la subida o bajada del alcohol, o el azúcar y otros parámetros químicos y físicos de nuestro cuerpo, monitoreados en tiempo real por sensores insertados debajo de nuestra piel que están en contacto con nuestros vasos sanguíneos, o junto a órganos vitales, y envían la información telemétricamente a un computador que luego reenvía órdenes a nuestra ropa (que se hará más caliente o fría, más clara u oscura); a la casa, que apaga o prende luces, baja o levanta persianas, revisa y ajusta la lista de alimentos de la despensa, hace solicitudes de nuevas camisas o trajes al sastre, o agenda la cita del cardiólogo, el psicoanalista o el obstetra; o decide que, efectivamente, necesitamos otro cosmopolitan. Un mundo de artefactos inteligentes, propios algunos y públicos otros como los semáforos o las autopistas, que están a nuestro alrededor para servirnos. Un mundo en el que la tecnología nos hace la vida más llevadera y confortable.

El escritor Arthur C. Clarke

El escritor Arthur C. Clarke

Podemos también imaginar disruptiva y caóticamente, de qué modo puede el futuro cambiar dramática y radicalmente; dejar de ser una prolongación, o amplificación de nuestras comodidades más novedosas, nuestras limitaciones, nuestros lujos grandes y pequeños, para convertirse en lo que nunca habíamos imaginado. Lo que trato de decir quizás lo comunica mejor el escritor británico de ciencia ficción Arthur C. Clarke (2001: A Space Odyssey) con sus Tres Leyes de la Predicción, acaso inspiradas en innovaciones tecnológicas tan improbables como los videófonos, las laptops, el correo electrónico, o la clonación que aparecieron descritas y anticipadas en sus novelas de ciencia ficción: 1. Cuando un científico distinguido pero anciano declara que algo es posible, es casi seguro que esté en lo cierto. Cuando declara que algo es imposible, es muy probable que esté equivocado. 2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco dentro de la frontera de lo imposible, y 3. Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Una de las bondades de la más avanzada tecnología es su invisibilidad, su transparencia, lo silencioso que es, la posibilidad de estar allí para ayudarnos en nuestra vida diaria sin que la advirtamos. Deja de ser oscura y lucir complicada como los teléfonos de baquelita negra que se marcaban haciendo girar un pesado disco de números o los amplificadores de tubos amados por los audiófilos o aquellas barrocas máquina de linotipistas (como aquellas que fabricaba la Mergenthaler Linotype Company, o The Intertype Company) que parecían respirar y transpirar (recuerdo de niño cuando iba a la imprenta con mi padre y nunca dejó de impresionarme esta máquina) como elefantes mecánicos.

La máquina del linotipista (Intertype)

La máquina del linotipista (Intertype)

(Aquí quiero hacer una reflexión: Pienso que hay un aspecto romántico y hermoso en esos sudores tóxicos que emanan de las aleaciones de plomo y antimonio con que estaban hecho los tipos antiguos que usaba el linotipista. Esta idea de tecnología invisible me hace pensar tambien en la miniaturización (recurso para lograr la invisibilidad) como gran lineamiento del desarrollo tecnológico contemporáneo. Eso nos recuerda una y otra vez que lo que perdemos año a año es la holgura espacial, que cada segundo es más costoso el espacio, que será el lujo esencial, como ya lo es en Japón, donde los apartamentos amplios son un privilegio de pocos.)

En cambio, es esa tecnología leve y sutil, como la que vemos en el iPhone, que se puede controlar con toques de la pantalla con las yemas de los dedos, o con movimientos que agitan el aparato la que es modelo de esta tecnología mágica del futuro. En el futuro, es posible que seamos testigos de la aparición de tecnologías más orgánicas, bien sea por su escala microscópica, análogas a la fábrica responsable de la síntesis de proteínas en la mitocondria, o por su tamaño mínimo, como los nanomotores fabricados con nanotubos y delgadísimas láminas de oro, por el profesor Alex Zetti de la Universidad de California en Berkeley. Este tipo de tecnología que se mimetiza o que es invisible al ojo humano por su pequeñez es la que se hace indistinguible de la magia por su semejanza con el entorno natural. Ese mundo de tecnología mágica e invisible, perfectamente adecuado a los ecosistemas naturales, donde lo artificial, que convive armoniosamente con lo natural, no está hecho de máquinas y piezas metálicas sino de macromoléculas, tejidos y dispositivos nanotecnológicos basados en sistemas de computación cuántica (en junio de 2009, la revista Nature publicó que investigadores de la Universidad de Yale crearon un primer procesador cuántico de estado sólido, aún rudimentario, capaz de correr algoritmos elementales) que se espera confieran sustanciales ventajas en eficiencia sobre los computadores convencionales implica una visión dramáticamente diferente de lo que vivimos en el presente.

Supertecnología

Esfera de Dyson concebida por Escher

Esfera de Dyson concebida por Escher

Una visión radical del control sobre el entorno al que puede aspirar la especie humana, o cualquier otra especie inteligente en el Universo, gracias al dominio de una tecnología cada vez más avanzada y poderosa, fue propuesta por el astrofísico ruso Nikolai Kardashev nacido en Moscú en 1932. En 1963, Kardashev propuso un método para medir el grado de evolución tecnológica de una civilización (Escala de Kardashev) cuyas categorías, Tipo 1, Tipo 2 y Tipo 3, se basan en la cantidad de energía utilizable que una civilización tiene a su disposición y que se incrementa de modo exponencial a lo largo de la escala. Una civilización Tipo 1, sería capaz de aprovechar la totalidad de la energía disponible en un planeta. Ello le permitiría controlar: el clima, los terremotos, los volcanes, el campo magnético de la Tierra y la cantidad de rayos cósmicos que llegan a su superficie, entre otras cosas. La especie humana aún está lejos de alcanzar este nivel. Carl Sagan calculó mediante una fórmula que desarrolló que le permitía interpolar valores, que nos encontrábamos en aproximadamente 0,7 por debajo del 1, que es el primer nivel de la escala. Una civilización Tipo 2, lograría el control de la energía de un grupo de estrellas. Esto implica el control de un nivel de energía cuyo orden de magnitud es aproximadamente 10 mil millones de veces mayor que el que controla la civilización Tipo 1. Finalmente, una civilización Tipo 3, controlaría la energía de la totalidad de una galaxia. Aun cuando a la humanidad le cuesta en la actualidad soñar las tecnologías que podrían llevarla a estos niveles superiores de control de su medio ambiente, algunos futuristas y científicos, han imaginado dispositivos que entran en el campo de la hipertecnología.

La esfera de Dyson

Detalle de una esfera de Dyson en Star Wars

Detalle de una esfera de Dyson en Star Wars

Es un instrumento tecnológico fantástico. Fue concebido por Freeman Dyson, físico teórico y matemático británico-americano nacido en 1923 en Berkshire, Reino Unido. Se trata de una gigantesca estructura artificial que tendría el propósito de interceptar vastas cantidades de energía solar. Dyson calculó que la humanidad llegará a una crisis energética global (malthusiana) dentro de dos o tres mil años. Para superar esa crisis deberá incrementar el porcentaje de energía solar que aprovecha (actualmente capta y transforma menos de una mil millonésima parte de la energía del Sol). Este dispositivo podría ser imaginado como una suerte de concha esférica de dos a tres metros de espesor, centrada en el Sol y rotando a su alrededor, a una distancia que lo recubra totalmente. La esfera poseería un mecanismo capaz de transformar en calor una proporción de la energía solar que atrape para calentar la Tierra. Dyson propuso que para construir tal esfera se podría explorar la posibilidad de desagregar el planeta Júpiter, y utilizar los metales y minerales que éste contiene.

El árbol de Dyson

un arbol de dyson

Dyson ha concebido un árbol desarrollado con ayuda de ingeniería genética avanzada que sea capaz de crecer sobre un cometa. Con manipulación tecnológica sería posible crear espacios huecos en los cometas que se llenaran con una atmósfera que permita respirar. Estos espacios se recubrirían con un material sintético que garantice el aislamiento térmico de la celda con humanos dentro del cometa. La capa aislante debería tener ventanas que dejen pasar la luz de un Sol lejano para que sea posible la fotosíntesis y devuelvan oxígeno al ecosistema. Sería como vivir dentro de un enorme invernadero cuyo interior se lograría iluminar mediante la adaptación de un sistema de lentes externas que dirigirían la luz del Sol hacia adentro.

Lo que no es tecnología

Aún si la Humanidad logra un nivel tecnológico fantástico que evita que desaparezca por una amenaza sideral, las pasiones, y las conductas irracionales que éstas suelen producir (que son fuente a la vez de lo más luminoso y lo más oscuro en el hombre) no se deberían extirpar y por tanto deberán encontrarse modos de manejar social e individualmente los problemas que crean. Si en cambio se extirpa la pasión creyendo que de este modo se expulsa de la sociedad la semilla de la tragedia (la hybris griega) la sociedad plácida y feliz que se fabricara carecería seguramente de ese aspecto que hace a la vida rutilante, vibrante, dinámica, emocionante. La pasión es necesaria incluso para perseguir el conocimiento. El hombre deberá convivir con la responsabilidad y el riesgo de decidir acertada o incorrectamente, y asumir las consecuencias de ello cada minuto de su futuro.

No se puede concebir una sociedad que no le ofrezca al ser humano espacios para la aventura y el riesgo, oportunidades para soñar, imaginar, crear y explorar mundos desconocidos interiores o exteriores, en los confines de nuestra galaxia o de sus sueños más salvajes. Una sociedad sin sentido de la aventura y el riesgo pudiera hacer proliferar masas de seres depresivos o de suicidas, como en algunas de las ex naciones soviéticas, Japón o Corea del Sur, donde las tasas de suicidio son tan altas o mayores que las de las naciones escandinavas, antes famosas por liderar la lista con este problema.

Sólo sobre un matrimonio feliz entre la tecnología y la imaginación de una sociedad justa, libre, y pacífica con espacios para la aventura y el riesgo, y oportunidades para que se expresen y liberen las pasiones, se puede fundar un sueño de vida mil milenaria sobre la Tierra, que produzca felicidad a seres humanos, quizás diseminados, como lo imagina George Lucas, director y guionista de la serie Star Wars, en los miles de planetas de un Imperio Galáctico.

2 comentarios en “Apuntes para imaginar el futuro

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