Stiegg Larsson, una lectura

Navegando por el torrrente moral de la Trilogía Millenium

Terminé de leer el famoso primer volumen de la Trilogía Millenium, titulado en español, Los hombres que no amaban a las mujeres, escrita por el fallecido autor sueco Stiegg Larsson (1954-2004) quien, luego de la publicación de los tres volúmenes de la serie y la venta de más de 10 millones de ejemplares ha adquirido una impresionante celebridad póstuma. La novela, con más de 650 páginas, en una trama muy bien armada, integra dos novelas: una policial y otra que emula el estilo de la crónica periodística. Veamos la trama.

Treinta y seis años antes de que ocurran los hechos de la novela, ha desaparecido Harriet Vanger, quien era casi una hija de Henrik Vanger, suerte de patriarca-jefe de una poderosa familia sueca que hasta hace poco tiempo dirigió el conglomerado de empresas industriales del Grupo Vanger, muy venido a menos aunque aún poderoso en el presente, cuando sucede la novela. Una compleja cadena de coincidencias lleva al anciano Henrik a pensar que el candidato idóneo para investigar lo que luce como un obvio cold case, cómo desapareció Harriet, es Mikael Blomqvist, periodista, fundador y editor—ahora en serios problemas por culpa de uno de sus reportajes sobre otro poderoso empresario—de la revista Millenium. Lo acompañará en esta investigación un personaje peculiar, Lisbeth Salander. Una chica con una extraordinaria capacidad para investigar cualquier caso, especialmente cuando puede recurrir a sus notables habilidades informáticas. Pero Lisbeth es peculiar. Unos dirían que ella carece en lo absoluto de inteligencia emocional y que sus tatuajes y numerosos piercings delatan su inadecuación social; otros que la vida le ha enseñado a Lisbeth a comportarse del modo más eficaz para evitar la violencia y la crueldad que han ejercido (o tratado de ejercer con serias consecuencias) muchos de los que han estado cerca de ella. A lo largo de la investigación, Lisbeth—que en la edición sajona es llamada The Girl With the Dragon Tattoo—y Mikael construyen una pareja muy peculiar en la que el lector avezado puede apreciar cómo sale a flote y florecen gradualmente la dulzura y el amor de lo que parecía en un principio un frasco de ácida amargura. La meticulosa narración de la investigación policial (que al comienzo parece una tarea condenada al fracaso, puesto que implica encontrar algo o alguien que nadie ha encontrado en 36 años de investigación y reflexión) sigue muy de cerca los códigos, reglas y estilo de la novela policial. Con un lujo de detalles que puede abrumar al lector más atento, el autor conduce al lector por el laberinto de personajes de la familia, sus perfiles, sus relaciones con la desaparecida, y sus posibles motivos. Sin embargo, sin duda lo más impresionante de la novela-que reside en el centro de la investigación-es la reconstrucción minuto a minuto, centímetro a centímetro, mirada desde cada ángulo posible, que acomete Mikael, de la complejísima escena de desastre, ocasionada por un accidente que tuvo lugar simultáneamente con la desaparición de Harriet Vanger.El momento cumbre de esa investigación, el instante de la epifanía cuando algo nuevo comienza a aparecer, nace de un análisis realizado con una lógica impecable, de una serie de fotos hechas ese día. Ese análisis recuerda en algo la película Blow-Up, de Antonioni, en la que Thomas el fotógrafo descubre un crimen mediante la sucesiva ampliación de una foto; o también la escena de Blade Runner en la que Rick Deckard amplía una foto hasta descubrir un rastro: una escama de piel sintética de serpiente. En todas, es una capacidad especial para mirar imágenes lo que conduce a un descubrimiento. Luego de esa epifanía, todo se encadenará lógicamente hasta un final inesperado.

Hacia el final de la novela, cuando la historia policial llega a un desenlace, el lector se encuentra con que aún le falta “escuchar” la otra historia, relacionada con un caso de corrupción de un empresario que ha ganado un juicio contra el protagonista. Siento que esa segunda historia le roba energía y aliento al final de la historia policial. La novela exige entonces que el lector emprenda una segunda aventura, esta vez dentro de una narración contada con otros códigos, reglas, estructura, que recuerdan más bien al formato periodístico; como cuando se lee a un buen periodista de investigación narrar un caso real. Pero sabemos que todo es ficción, lo es la historia policial y lo es el caso periodístico. Y sin embargo, ese estilo de ficción documental es distinto en su propósito de In Cold Blood de Capote, donde la ficción le cede el paso al documento para reconstruir la realidad objetiva. En este caso, el caso periodístico es ficción y el estilo documental solo sirve comi un recurso para construir la verosimilitud. Es razonable que esto ocurra, por otor lado dado que el autor era un periodista y fotógrafo de izquierda que investigaba la actividad de grupos de extrema derecha, racistas y totalitarios y que llegó a convertirse en editor de la revista sueca antiracista Expo.

La novela muestra un empeño en ser vehículo de un mensaje, cuyo contenido no cuestiono. Lo que pasa es que al hacerlo, la novela toma una posición política y moral definida, con lo que convierte a los personajes en voces o escritores de ese mensaje o, por el contrario, en perpetradores de todo aquello que se denuncia. Todo esto, a la vez, configura a la novela como un espacio en el que se libra una batalla entre los buenos y los malos. Esto le hace perder riqueza dramática y sorpresa a los personajes quienes se hacen predecibles. Los personajes buenos defienden la moraleja del libro con hechos o palabras; y los malos son los victimarios que perpetran abierta o secretamente todo aquello que el libro denuncia como actos criminales o moralmente censurables. Por otro lado, si el grado de detalle hiperrealista con que el autor describe la escena del crimen es bueno para el estilo policial, uno echa de menos la ausencia de la tajante eficiencia descriptiva presente en los mejores cuentos de Dashiell Hammet; de ese dominio de las metáforas o esa capacidad para mostrar las contradicciones y complejidad moral que uno apreciaba en los personajes de las novelas de Raymond Chandler; o quizás la sorprendente erudición de Fray Guillermo de Baskerville en El Nombre de la Rosa (personaje calcado de Sherlock Holmes, cuya lógica retroductiva aplicada a la investigación criminal fue estudiada a fondo por Umberto Eco); o, en un plano muy distinto, el cinismo y sangre fría de Tom Ripley en El Amigo Americano, de Patricia Highsmith, en donde más de uno se preguntaría dónde está oculta la moraleja de esa historia, o dónde el sitio en el que el lector se puede colocar sin dudar de que está (cómodamente) parado en el lado correcto de la ética.

Es precisamente esa ilusión la que quiere transmitir esta novela, en donde lo policial al final se convierte en el instrumento de un discurso ético, que le es útil al lector para decidir dónde pararse, a quién juzgar, qué hacer. Creo que ésa es una tarea que debe asumir cada uno individualmente y uno como lector no debiera esperar eso de una historia, sea de buena literatura o sólo una historia para entretenernos. Sólo así podremos soñar con tener un juicio moral desarrollado. Por tanto, aun cuando como individuo esté absolutamente convencido de que debemos pararnos (no obstante las dudas que tengamos) de un modo radical a resistir y luchar contra el discurso de la crueldad y de la violencia, venga de donde venga (y más si proviene desde el Poder), en todos los casos; como lector, no quiero que me indiquen qué posición política o moral tomar. No debiera leerse ficción para que el autor nos diga dónde hay un puesto cómodo desde el cual podemos juzgar la violencia y violaciones morales que se cometen a nuestro alrededor.

Lo otro que se echa de menos en esta novela son las metáforas y la metonimia al servicio de frases poéticas, la ambigüedad y la inexactitud utilizadas como recursos para crear (o dejar) los espacios que invitan a la cooperación del lector, las contradicciones morales y dudas que pueden nacer en los personajes, la síntesis y la eficiencia. Todo ello ha sido disminuido por la invasión expansiva del estilo documental, que matiza la obra con una prosa exacta pero no eficiente, abrumadora en los detalles hasta el milímetro, no carente de cierto humor, pero desencantada, que sustituye al tropo por la información, el dato y los gigabytes, y que se saborea con más jarras de café que copas de vino, con mucho humo de cigarrillos, y con la concentración necesaria para recordar (como si se tratara de buscar a Wally en uno de esos dibujos típicos) y reproducir en la memoria ese fresco, retratado con lujo prodigioso de detalles y personajes, que es la escena en la que desaparece Harriet Vanger.

Nunca me ha molestado el fenómeno Harry Potter, ni las decenas de millones de libros vendidos. Me parece cuestionable en cambio que se piense que esta novela es un ejemplo de la mejor literatura, y que algunos la cataloguen como una de las mejores novelas de la década o del siglo (“La mejor novela que he leído en 30 años dijo uno en un blog sobre el autor”. Creo que cuando eso comienza a ocurrir, es porque los lectores encuentran otras cosas además de la fantasía y la imaginación en la ficción.

Mi impresión final es que esta novela es mejor como policial que como documental ficcionalizado. Que ganaba muchos puntos si hubiese sido más corta. Que los personajes son simpáticos y originales, aun cuando lucen más bien como sacados del comic que de la vida real. Ahora bien, si leemos la novela como un comic, como una película de Quentin Tarantino, está bien. Por último, aun cuando todo se complica si creemos que la vida funciona como en esta novela, a veces, en algunos países, durante ciertos momentos históricos, la vida hace todo lo posible por parecerse a una de estas historias, a un comic muy oscuro, o a una gesta épica retro, con personajes radicalmente malvados (archivillanos) que uno anhela, delirantemente, que sean enfrentados y derrotados, por personajes absolutamente puros, inmaculados, vestidos con túnicas blancas y nada más.

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