Terminator, Salvation

Un sabor metálico postapocalíptico

Fotograma de Terminator Salvation

Fotograma de Terminator Salvation

Un ambiente metálico satura al espectador de Terminator Salvation (2009), la cuarta y más reciente película de la serie, dirigida esta vez por McG (tambien director de Charlie´s Angels). Desde el comienzo, desde que en la apertura de la película suenan ensordecedores los acordes metálicos de la banda sonora que hiciera el compositor Dany Elfman—que sin duda estuvieron inspirados en la banda que hiciera Brad Fiedel para la primera película de la serie—el espectador comienza a conocer el sabor del metal, material que se erige poco a poco como símbolo de todo aquello que no es humano pero que cuando está dotado con una inteligencia que emula y en muchos aspectos ha superado a la humana, aún es incapaz de confundirse con ese algo blando, cálido y vulnerable que es lo humano. Y sin embargo, para complicar y enriquecer la oposición entre esas dos inteligencias, la humana y la artificial, la película introduce un cyborg (Marcus Wrigh interpretado por Sam Worthington), un ser híbrido mitad humano mitad robot, que en múltiples ocasiones se pregunta en la película sobre cuál es su verdadera identidad.

Esta nueva película postapocalíptica de la franquicia Terminator, ambientada en el año 2018, se aparta del tema del viaje en el tiempo y plantea con más fuerza que en las ediciones anteriores el tema de lo que sería para los humanos vivir un mundo habitado y controlado por robots. En la película, John Connor (Christian Bale), líder de la resistencia y futuro salvador de la humanidad (ahora con un perfil más mesiánico que nos recuerda más al de Neo en Matrix), se encuentra por casualidad con Marcus Wright (Sam Worthington), un cyborg que ha sobrevivido un ataque nuclear en Los Angeles, y que persitirá, una y otra vez en ganarse la confianza de Connor. Al principio fracasa en esta empresa pero luego de ser capturado, interrogado golpeado, liberado y haberse escapado, llega por fin a cerrar un acuerdo con Connor para salir a buscar y rescatar a Kyle Reese, futuro padre de Connor. Esta aventura los llevará al mero centro de una base de Skynet en San Francisco.

La película logra una gran verosimilitud en la construcción del ambiente y sabor metálicos de un mundo habitado por robots (aun cuando uno extrañe la verosimilitud de aquella voz metálica y talante robótico del primer y segundo Terminator, interpretados por Arnold Schwarzeneger) en el que han quedado tan fuera de escena los paisajes naturales (asunto del que uno también podría responsabilizar a una pasada conflagración nuclear) y en el que sólo quedan ruinas de antiguas metrópolis y estructuras con un estilo arquitectónico que recuerdan en algo los edificios de Los Angeles en Blade Runner. Creo además que la película plantea de un modo interesante la oposición entre humanos y robots (cálidos, blandos, vulnerables y sentimentales los unos, fríos, duros, amenazantes y racionales los otros) y sugiere cómo esta fácil taxonomía dicotómica se puede complicar, y nuestros juicios acerca de qué hacer y sentir al respecto a ellos llenarse de dudas, en presencia de un androide (cyborg) como Marcus, que es un humano al que se le han reemplazado algunas piezas y parte de su cerebro por las de un robot. Es mejor que la tercera edición de la serie. Le gustará a los que les guste el género.

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