Le saut dans le vide (El salto en el vacío), In memoriam Yves Klein

Salto en el vacío, de Yves Klein (foto de Harry Shunk)

Salto en el vacío, de Yves Klein (foto de Harry Shunk)

I, el vacío, los artistas y la luz

La vida de cada hombre precisa de un instante de vacío absoluto. De un vacío como aquel al que aspira alcanzar el artista cuando se arroja sin dudarlo y con determinación sobre el pavimento con la certeza de su levedad. Del mismo modo que cuando Joshu, el monje zen, se coloca las sandalias sobre la cabeza, le da la espalda a su maestro Nansen y se retira, y éste le dice en voz alta que si hubiera estado presente poco tiempo antes el gato que acababa de matar estaría vivo, esa experiencia de vacío absoluto es tan imprescindible como las sandalias sobre la cabeza de Joshu. La posibilidad de cierto conocimiento está ineludiblemente atado a él. El vacío estremece los cimientos de la vida y ese estremecimiento puede conducir a la sabiduría; o recordársela a quienes la han olvidado. O recordarnos el valor de la vida misma.

El hombre de fe, sabe siempre que, llegado el momento, puede abrazar ambos, la vida y el vacío. Pero cuando se carece de fe, el vacío o la vida se le escurren al hombre entre los dedos de sus manos, no los alcanza. Siempre correrá detrás de ellos.

Lo que se afirma del hombre es también cierto para la sociedad. Cada vez que ésta se queda rezagada, detrás de la vida o del vacío, debe decidirse por alcanzar la una o el otro; o ambos.

Quizás en tiempos de convivencia pacífica no es recomendable (para la sociedad) perseguir el vacío. Puede crear zozobra; pudiera éste actuar como disrupción de la convivencia pacífica. La tensión del movimiento de caída hacia el vacío, puede interrumpir la alegría, cortarla de tajo; una suerte de náusea colectiva podría afectar la sociedad en tales ocasiones, la que se siente si uno está en un avión que cae.

Pero en tiempos de oscuridad, los poetas, los artistas y los hombres sensibles, tienen el deber ineludible de empujar la sociedad entera para que se arroje ésta al vacío. Lo que no es recomendable en tiempos de prosperidad, de paz, de luz, es siempre recomendable en tiempos de oscuridad.

Por eso, de utopías como La República, Platón consideró que era preciso expulsar a los poetas. Porque éstos no son capaces de distinguir cuándo la sociedad está en mengua y cuándo iluminada. Para los poetas, toda luz es poca luz y, en ocasiones, sólo es suficiente para la vista del poeta, la enceguecedora luz del sol al mediodía (quizás por esa razón Diógenes el Cínico-filósofo pero poeta también si juzgamos por el modo como vivía- le responde a Alejandro Magno, en una ocasión en que éste le preguntó sobre qué era lo que más deseaba, que se apartara de donde estaba parado porque le tapaba la luz del Sol). En eso, los poetas (y algunos filósofos) se parecen un poco a Armando Reverón, el pintor de la luz enceguecedora.

Epifanía de la caída
El vértigo, ese estremecimiento producido por la contemplación de lo que miras cuando llegas al borde del vacío. Ese temblor que te llega hasta la médula de tus huesos (Me decía una amiga mía que sólo el vértigo le daba esa sensación súbita y muy fugaz de que la sangre salía de sus venas y arterias, de que circulaba por ellas sólo aire. Pero qué aire, uno que se le colaba por todos los intersticios de su cuerpo. Y luego, cuando terminaba esa fugaz y sutil sensación, esa sangre le llenaba una vez más todos sus capilares, vasos, venas, arterias. Le llegaba como en un torrente, con tal fuerza que le dolían las sienes).
Puede ser inspirador y una de las pocas cosas que te hacen sentir que estás vivo. Incluso si luego no puedes, como ocurre en algunos casos, contar a otro eso que sentiste porque fue lo último que viviste. Recuerdo lo que dice el personaje en ese pasaje de El Maestro de Petersburgo de J.M Coetzee. Esa novela de ideas, perteneciente a una clase de literatura tan escasa en la actualidad, donde este otro maestro surafricano le rinde homenaje al gran Fiodor Mijailovich Dostoievski. El Maestro ha ido de visita a Petersburgo y trata de comprender cómo se murió Pavel Alexandrovich, su hijastro al que ama como a un hijo. Un día Nechaev, revolucionario y anarquista, lo lleva hasta lo más alto de una torre, desde la cual se supone que fue arrojado hacia abajo Pavel, su hijastro. “Se aferra a la balaustrada y mira ahí abajo, la oscuridad que cae en picado. Entre aquí y ahí, una eternidad, un tiempo tan inmenso que la mente no lo aprehende.(…) Vivimos más intensamente mientras nos precipitamos al vacío; es una verdad que le atenaza el corazón” (p. 137). En ese momento se da cuenta de la ya incomunicable, total y abrazadora, epifanía, susurrante pero inefable como el soplo de un viento suave impregnado de la aceleradora fuerza de gravedad. Esa reflexión lo deja tranquilo. Su amor de padre y su intuición de escritor se lo ratifican. No era preciso que Pavel se lo confirmara. Días más tarde, casi al final de la novela, Dostoievski ha escuchado de diversas personas que conocieron a Pavel cómo fueron sus últimos días. El Maestro se ha embebido como si fuera una esponja de todo lo que pensaba, hacía y era Pavel, no como para conocerlo mejor, tampoco como si tuviera simple sed de él; sino como si quisiera ser él.

Como una experiencia ascética (que nos deja pensando si para ciertos escritores y poetas toda experiencia intensa no es también una experiencia ascética), este gradual acercamiento a Pavel a través de puentes que ha tendido hacia sus amigos y conocidos lo conduce (ya no a lo alto de la torre sino) hasta un punto de lucidez e iluminación más allá del cual, todo avance sólo puede ser una caída hacia las sombras, es decir, una caída en el abismo. “No se trata de salir impune de la caída, sino de lograr lo que no logró su hijo: luchar contra las tinieblas sibilantes, absorberlas, hacer de ellas su medio; hacer de la caída un vuelo, aunque sea un vuelo tan lento, tan anciano, tan torpe como el de una tortuga (p. 256).

Sólo de ese vuelo lento y torpe hacia y sobre el vacío es posible engendrar el material de una gran novela, de un estremecedor poema, de tan solo un inefable verso por el que estemos dispuestos a morir. A cambio del placer de realizar esos lentos y torpes vuelos (esporádicos, diría yo), surcando el vacío en lugar de caer como plomo hacia el fondo, el escritor entrega un pedazo de su alma.

II, referencias

Esta foto es poderosa por su capacidad de evocar imágenes del pasado de uno, puesto que todos hemos soñado con volar, o al menos con tener la determinación de arrojarnos simbólicamente en el corazón de cualquier empresa con la convicción que se arroja el artista en la foto. Recuerdo una escena hacia el final de la novela Demián, o la historia de la juventud de Emil Sinclair (1990), de Hermann Hesse. En la historia, Frau Eva, madre de Demián, quien adivina que Emilio Sinclair está enamorado de ella pero no se atreve decírselo, le cuenta la historia de un niño enamorado de una estrella que, aunque sueña intensa y persistentemente con ella, en el fondo de su corazón teme que ésta no le corresponda. Y sin embargo, una noche que estaba junto al mar contemplando la estrella al borde de un acantilado, no puede aguantar más su pasión y su deseo por ella y se arroja al vacío. “Pero en el instante de tirarse pensó que era imposible y cayó a la playa destrozado. No había sabido amar.” El autor acota que si el niño hubiese sabido amar, no hubiera caído; hubiese por el contrario ascendido “hacia arriba a reunirse con su estrella”. Una versión con un final tan poco feliz de este cuento es la del video de la canción Glósóli (se puede ver aquí: http://vimeo.com/3977937), del grupo islandés Sigur Rós, donde el niño que duda, el pequeño tamborilero, que va de último en el grupo, corre con la misma suerte del niño del cuento de Frau Eva; a diferencia de los otros, que indiferentes al destino del último niño, vuelan ligeros y felices sobre los riscos y el mar de Islandia.

En la Antología de la literatura fantástica, publicada por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo fue incluido otro cuento sobre el vacío. Titulado, Sennin, éste fue escrito por el japonés Ryunosuke Akutagawa y tiene mejor final. El ingenuo aspirante a sennin—según la tradición china, un ermitaño con poderes mágicos como el de volar—ha trabajado 40 años al servicio de una pareja de amos perversos a quienes en algún momento confundió con sus maestros y de lo cual éstos se aprovecharon. Cuando luego de tanto tiempo a ellos ya no les queda ninguna excusa para rehusar la petición del buen e ingenuo hombre de revelarle el secreto para ser sennin, ellos le indican que sólo falta una última prueba. Debe escalar hasta lo más alto de un árbol y una vez arriba le piden que suelte, primero la mano izquierda, y luego la otra mano. Total que el hombre sube hasta la copa del árbol y hace lo que le dijeron. Pero el hombre, que debería caer al vacío (eso es lo que esperan los perversos amos), no cae. Por el contrario, Gonsuké el sennin se despide agradecido e ignorante de las pérfidas intenciones de sus amos, y lentamente asciende hasta convertirse en un diminutopunto que desaparece detrás de las nubes como si fuera un globo de helio. La belleza de esta historia no reside en el hecho de que la fé hace al creyente leve como el helio sino en que es la fe la que hace invulnerable al hombre a las malas intenciones de sus semejantes. El que tiene fe puede darse la licencia de ignorar la maldad humana porque su fé lo salva.

En la cinematografía hay múltiples versiones del salto al vacío. Lo vemos en aquel final de Thelma y Louise (1991) de Ridley Scott, en que el carro que conduce a Susan Sarandon y Geena Davis avanza de frente y a toda máquina hacia el abismo, y sale disparado hacia el vacío, describiendo una parábola que crea una magnifica ilusión de vuelo sobre la espectacular garganta que ha cavado el Rio Colorado, cuando fluye a través de Dead Horse Point State Park, al suroeste de Moab (ya que no se trata del Gran Cañón como Scott quiere que crea el espectador). Se asemeja a éste, aquel otro vacío: ese blanco y gélido final de Runaway Train (1985), de Andrei Konchalovsky, en el que el prófugo al que interpreta John Voight, parado sobre el techo de la locomotora que marcha a toda máquina, con la cara recibiendo de frente la brisa helada y la nieve, difuminado en el horizonte de ese bosque helado cuyos contornos se pierden entre la bruma, se dirige indetenible y temerario hacia el fatídico final del camino del ferrocarril; mientras en el fondo sólo se escuchan los acordes de la música de Trevor Jones. Recuerdo también ese salto al vacío que ejecuta Birdy (Mathew Modine) en la escena final de la película Birdy (1984), en la que Al (Nicholas Cage) cree que su amigo se va a arrojar desde la azotea del edificio hasta el pavimento y grita de horror cuando lo ve saltar adoptando una posición muy semejante a la de la foto de Shunk. Pero al darse cuenta de dónde ha caído, junto con la entrada en la escena de la música ligerisima de La Bamba, se comprende todo: Birdy finalmente ha despertado de su gravedad silenciosa, y se ha hecho leve al saltar. También está presente el vacío en la escena final de la película Abre los ojos, escrita por Alejandro Amenábar y Mateo Gil, en la que el personaje principal, César, decide despertar a la vida nuevamente luego de haber estado dormido en una suerte de animación suspendida bajo un tratamiento de criogenia. No es casual que para lograr este despertar y abrir una vez más los ojos a la vida, César deba arrojarse al vacío desde la azotea del altísimo edificio de la corporación de servicios de criogenia. Quizás tampoco es casual que la canción final del remake norteamericano de esta película, Vanilla Sky (2001), dirigida por Cameron Crowe, la que suena cuando Tom Cruise, que hace el papel de César, salta, sea “Njósnavélin” (La canción de la nada), de Sigur Rós. Y sin embargo, no sostengo que haya participación de una sincronicidad junguiana en la fabricación de esta serie de coincidencias.

III, la ciencia: la nada, el vacío, el eter

El jueves 10 de junio de 2009, en el World Science Festival (http://www.worldsciencefestival.com), evento anual de celebración y diseminación de las ideas más esotéricas de la ciencia, que tiene lugar en la ciudad de Nueva York, cuatro físicos discutieron sobre la pregunta fundamental: ¿Por qué existe algo en lugar de la nada?. Uno de los puntos interesantes de la discusión fue la distinción que realizaron los científicos entre la Nada y el Vacío (Nothing, Vacuum). “La nada es inestable”, dijo Frank Wilczek, físico del MIT ganador del Premio Nóbel, “si se le da la oportunidad, la naturaleza va a hacer que la nada hierva con actividad”. Y es que ese horror a la Nada fue heredado por el pensamiento Occidental de los griegos. Como para suavizar este terror, a lo largo de la historia la Nada fue reemplazada por el Vacío. Según el físico James Clerk Maxwell, éste último es “lo que quedó de la Nada cuando se sacó todo lo demás”. Recordemos por otra parte que en los famosos experimentos de Michelson y Morley, que produjeron evidencia que luego le fue útil a Albert Einstein para el desarrollo de la Teoría de la Relatividad General, todavía se pensaba que la luz debía desplazarse en el espacio interestelar sobre una sustancia tenue, es cierto, pero que tenía alguna densidad, que los físicos llamaron eter luminífero. Este sería el medio sobre el cual se propagaba la luz.

Las más recientes teorías de la física cuántica prueban esa poblamiento de lo que llamamos vacío por parte de algo. De acuerdo con el Principio de Incertidumbre, el espacio vacío, está lleno de partículas que pasan constantemente de estados de existencia a estados de no-existencia. Mediciones de una pequeña succión cuántica llamada el efecto Casimir han validado esta idea. De modo que el tal vacío (Void) al que aspiran los poetas y otros apasionados buscadores del absoluto está lejos del vacío físico (Vacuum) y este último lejos de eso más vacío aún que es la Nada (Nothing). ¿Podrán las ideas cuánticas servirle de puente a los poetas para que reconfiguren sus proyectos de abrazar el vacío conceptual y los reemplacen algún día por Saltos en el Vacío físico o, más radical aún por Saltos hacia la Nada?

IV, los lemmings y la intuición del vacío

Lemmings cayendo al río.

Lemmings cayendo al río.

Los lemmings (subfamilia Arvicolinae) son unos pequeños roedores, con un peso promedio de 60 gramos y un tamaño entre 7 y 10 centímetros, que corretean por la tundra del Ártico, que es su hábitat. Se distinguen de otros animales de esas zonas subpolares en que no hibernan. Durante esta estación, permanecen activos y se dispersan en todas las direcciones buscando la comida y el abrigo que su hábitat no les provee. A pesar de su diminuto tamaño, son célebres por varias cosas.

Los que habitan el norte de Noruega son sorprendentes por la velocidad con que se reproducen y por el modo caótico de crecimiento de sus poblaciones, que no se ajusta ni a modelos de crecimiento lineal ni al patrón oscilatorio típico de las relaciones entre las poblaciones del predador y de la presa. Al día de hoy no hay explicación de este comportamiento poblacional. Lo otro que resulta aún más extraño es lo que ha sido descrito erróneamente como suicidio en masa. En cierto momento del crecimiento poblacional, cuando los lemmings comienzan a agotar los recursos de su hábitat, y la densidad crece aceleradamente, éstos inician un proceso de dipersión en grupos que los hace correr en distintas direcciones. Eventualmente se topan con un risco a cuyos pies está el mar o la orilla de un río; en ese momento los lemmings se detienen. Pero como detrás de ellos van llegando más y más animalitos, en cierto momento los de la primera fila no resisten el empuje que ejercen los de atrás y se arrojan (o son arrojados) al mar.

Es posible que, por pura casualidad, cuando en 1530 el geógrafo Zeigler de Estrasburgo, paseaba por la orilla de la playa, estuviese ocurriendo una caída involuntaria de lemmings a la orilla de ese mar en particular y que, como si fuera un coco, alguno le haya caído encima de su cabeza; sólo así se explicaría la afirmación (corroborada años más tarde por el historiador Ole Worm, 1588-1655) de que los lemmings caían del cielo en días de tiempo borrascoso.

En todo caso, en ocasiones se han podido ver decenas de miles de lemmings arrojándose al mar desde lo alto del risco. Los biólogos y etólogos insisten en afirmar que éstos no cometen suicidio colectivo; que no buscan recuperar la libertad y los espacios, abiertos al cielo estrellado de la noche, aunque sea por breves segundos, esa vastedad a la que los acostumbró la tundra del Ártico. Sin embargo, pienso lo opuesto. Creo que el vivir durante algunos meses o años en esos vastos espacios libres de árboles (tundra quiere decir tierra sin árboles), que se extienden hacia los cuatro puntos cardinales por centenares de kilómetros, mina el carácter gregario de los lemmings y los convierte en amantes de la soledad e intolerantes del contacto, del toqueteo, de la gregariedad, que tiene lugar en condiciones de extrema densidad poblacional. Parecen ser el vacío y la soledad lo que buscan los lemmings al moverse hacia el mar o los rios.

Se ha observado también que en ocasiones corren hacia la superficie helada de lagos o rios. Una vez sobre el hielo, corren rápidamente y tienden a moverse en línea recta. Se los ha visto sobre mares helados a 55 kilómetros de la costa y no se comprende bien qué buscan llegando tan lejos. ¿Serán esos actos de escape sólo una consecuencia de ese agite general que produce la primavera en toda la naturaleza? O será más bien que esa ansia de vacío es una constante de la naturaleza (la humana y la menos humana) a la que se acostumbran fácilmente hombres y animales? Por breve que sea, esa levedad del vacío (del aire más bien, cuando se trata de la Tierra), parece que es valorada como la vida misma por estos animales. Y en ocasiones también por el hombre. Y nada de esto tiene algo que ver directamente con comida o vivienda. La búsqueda del vacío es siempre un acto poético, nunca pragmático.

V, arrojarse, al agua, al fuego

A menudo uno se arroja al agua. Pero hacer esto es distinto de arrojarse al vacío. No se requiere tener fe, o poseer o armarse de un gran valor. Si se sabe nadar no pasa nada. A no ser que uno se arroje a las aguas del rio Caroní a pleno caudal. Y ni siquiera esto es igual. No es igual la experiencia de ser revolcado por un torrentoso caudal a la experiencia de caer en la nada, el vacío o, de caer simplemente porque nuestra gravedad nos impide experimentar realmente la levedad necesaria para que esa experiencia del vacío sea completa. La caída de Thelma y Louise es completa porque ellas no temen al vacío. Están concientes de su propia levedad. O más bien, son plena y duraderamente inconcientes de su gravedad, lo que anula toda gravedad.

El único caso que me viene a la mente que me parece guardar semejanzas entre arrojarse al agua y al vacío es el cruce del Mar Rojo por parte de los judíos que huyen del ejército de Faraón, según esta historia es narrada en Éxodo, 14. Los judíos, al ver que el ejército de Faraón se acercaba le reclaman a Moisés que los haya liberado para tener que morir sin remedio atrapados en el desierto. Seguro que también temen morir ahogados en el mar. Pero Moisés les pide seguir hacia adelante. Entrar en el mar. Un amigo mío que estudia la cábala dice que aun cuando Moisés levantó la mano para separar las aguas, esto no ocurrió hasta que los judíos habían ingresado en el mar y tenían el agua por el cuello. Esa determinación era igual a la necesaria para arrojarse al vacío. En eso se parecen una y otra.

En otra historia, Empédocles de Acragas, el filósofo presocrático que concibió el amor como una esfera primigenia que unía a los cuatro elementos antes de su diferenciación, se arroja a un Etna activo, lleno de fuego y lava, para demostrarle a sus discípulos que es inmortal y que el fuego consumiría su cuerpo sólo para trocarlo en un cuerpo más noble y tenue y sutil por medio de algún mágico proceso alquímico: “Yo fui en otro tiempo muchacho y muchacha, arbusto, ave, y mudo pez marino” (Fr. 117 Diogenes Laercio, VIII 77)

Pero este acto tampoco es semejante al del artista que se arroja al vacío. El filósofo busca la transformación de su cuerpo y la transmigración de su alma; imita al ave Fénix. El fuego es un elemento transformador que, en presencia de la piedra filosofal, puede obrar alquímicamente la mejor de las metamorfosis transformando lo innoble en noble, el plomo en oro, la estupidez en sabiduría.

Pero el artista no persigue la transformación cuando se arroja al vacío. Sólo persigue la levedad; aspira a esa sensación indescriptible (a menudo breve) de sentir en la cabeza, el corazón, las entrañas y el alma que no tiene dónde pisar, que nada lo toca, que no choca contra nada, que está rodeado de vacío.

El agua es purificadora; el fuego transformador; el vacío experiencial.

VI, la tierra

El cuarto elemento, la tierra, no es vacío sino lo contrario, una llenura densa y compacta. Me viene a la mente, como opuesto emocional, simbólico y conceptual exacto de ese salto dentro del vacío, un caer vivo en lo profundo de la tierra. Otra imagen que se le parece es la del entierro, que es una representación de la gravedad como un opuesto de la levedad. Me recuerdan ambas ese acto despesperado (que uno realiza únicamente por amor) del descenso a los Infiernos: reino del fuego o de la oscuridad, según se lo vea. Pienso en Orfeo bajando al Infierno para rescatar a Eurídice; en Dante bajando el Infierno buscando a Beatriz. Infierno, que concebido como destino final de los pecadores, niega las fuerzas transformadoras del fuego.

Sólo esa levedad que les ha conferido, a Orfeo la magia de su lira y la música que toca con ella, y a Dante los versos celestiales que produce, la Divina Comedia misma, les garantiza a cada uno de ellos (los únicos que han regresado del Infierno), el regreso. (Prestar atención a la asociación entre gravedad y oscuridad por un lado y levedad y luz por el otro).

Leo el otro día cómo un hombre que paseaba por el Mar Muerto había sido literalmente engullido por un hueco que se había abierto súbitamente en esta tierra yerma (afortunadamente luego fue rescatado y sobrevivió).

Pienso en la angustiante novela del escritor japonés Kobo Abe (1924-1993), La mujer de la arena, cuya adaptación fílmica ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1964. La novela es una narración de la angustia que afecta a la pareja formada por la viuda y el entomólogo, condenado por el azar a ayudar a la mujer en su trabajo de Sísifo-contener la arena de la duna para que ésta no sepulte al pueblo- y convivir con ella en esa casa. La pareja hace el amor con una pasión desenfrenada pero aspirada de inmediato como tinta fresca sobre el papel secante por esa arena de granos finísimos que se infiltra por todas las rendijas de la casa. La tierra (y la arena que es una de sus formas) es entonces encierro y gravedad del mismo modo que el aire (como metáfora del vacío) es libertad y levedad.

La escena en la que Toru Okada, personaje principal de la Crónica del pájaro que le da la cuerda al mundo, de Haruki Murakami, decide irse a pensar en un pozo sin agua (aunque húmedo) y se queda ahí solo, en el fondo del pozo, con un bate como arma. El pozo como símbolo de la tierra pero también como memoria del agua que manaba de él. Quizás por eso es el pozo el único lugar dentro de la tierra (más bien debajo de su superficie), en que el hombre puede meditar tranquilo, en medio de esa soledad y ese silencio que siente como latidos de su corazón. Hay algo en el pozo que lo hace ligero. Todo en las tumbas las hace graves, serias y aterradoras.

Sobre La mujer de la arena: La ansiedad de ser casi enterrado en vida. La pasión encendida por ese encierro, que es de algún modo un entierro en vida prolongado. La pasión como escape. Como rendija hacia la libertad. La pasión que requiere de un balance apropiado de tierra y aire, agua y fuego para existir, durar y transformarse, en vida, poema, árbol, literatura.

VII, el artista

El 19 de octubre de 1960, el artista francés Yves Klein, durante la realización de uno de sus performances, se arroja al vacío desde lo alto de un muro en la Rue Gentil Bernard, en Fontenay-aux-Roses, Francia. Klein había ensayado previamente ese salto el 12 de enero de 1960 en la Galería de Colette Allendy, en el 67 rue de l´ Assomption, en París. Sin embargo, aquel día de octubre, Klein debe haber repetido varias veces su salto al vacio porque su amigo, el fotógrafo Harry Shunk y John Kender, tomaron múltiples fotos de ese performance. De todas esas fotos, Klein eligió una que tituló Saut dans le vide. Meses más tarde, el 27 de noviembre de 1960, se publicó esa foto en un ejemplar falso del Journal de Dimanche, que estaba dedicado al trabajo de exploración del vacío que realiza Klein. En la primera página de ese periódico falso, el salto aparece como un hecho. El título de la imagen rezaba: “Un hombre en el espacio. El pintor del espacio se arroja él mismo en el vacío.” Tal como Klein explicó en la leyenda de la foto: Para pintar el espacio, yo debo ir allí, a ese mismo espacio…sin ilusiones ni trucos, ni con un avión o paracaídas o cohete: el pintor del espacio debe ir allí por sus propios medios, con una fuerza individual, en una palabra, debe ser capaz de levitar”. Por supuesto que lo anterior no significa que la foto sea auténtica; era obviamente un fotomontaje. El pintor se lanzaba sobre una lona bien tensa pero, antes de ponerla, se había hecho una foto del suelo de la calle sin la lona. Yves Klein murió de un ataque al corazón el 6 de junio de 1962, menos de dos años después de ese salto al vacío.

Corolario: La mujer, alternativa y metáfora del vacío

Una de las metáforas más enigmáticas de ese acto siempre vivificante de sumergirse en el vacío es el arrojarse, indubitativamente y por amor, al interior de una mujer. Ella es, paradójicamente, cuerpo cóncavo, oscura oquedad, espacio vacío, enredado laberinto dentro del cual el hombre corre siempre el riesgo de perder su lucidez, extraviar su cordura y olvidar su memoria; al mismo tiempo que ese codiciado cuerpo y centro cálidos del deseo, principio y fin de las palabras y las cosas; y de todo aquello que codiciamos y a lo que podemos aferrarnos; todo aquello por lo que luchamos (Helena de Troya), o defendemos. Es la mujer a la vez crisol de la poesía y silencio de los versos.

La mujer no deja nunca de ser, para todos aquellos que tienen el valor de arrojarse dentro de ellas. del mismo modo que lo hizo Klein sobre la acera, un pozo profundo del que se puede tener garantía que no se saldrá idéntico a cuando se cayó dentro de él porque ella es catalizador o reactivo en una reacción de química intercorporal cuyos productos se desconocen.

Es la mujer espacio vacío que reune sintética, dialéctica y cíclicamente los cuatro elementos: aire, tierra, fuego, agua. Su levedad de tenue aire tibio, al enfriarse, desciende poco a poco a la tierra y se hace espeso, pesado y grávido; y de tanta gravidez y gravedad penetra en lo hondo de la tierra y se hace una con ella; y fecundada se reconoce en el espíritu de Demeter; y al cabo de su gestación pare su prole. Lo que no impìde que continúe cayendo hacia lo profundo, a esos territorios del subsuelo donde reina el lisiado y desgarbado Hefesto. Es ahí abajo donde la mujer adopta su esencia ígnea que le confiere esa pasión irascible que destrenza y deshace las cuerdas de la cordura como no lo hicieron con su canto las sirenas que Ulises escuchó desde su atalaya de cuerdas que lo amarraban al mástil. Pero esta pasión perecedera al incinerarse se enfría y emerge hacia las aguas superficiales, donde es trocada, según dicten el azar o el destino, en los movimientos sinuosos de un plácido torrente, o en los caprichosos de un caudaloso río. Sólo por un tiempo, porque eventualmente, el Sol hace que ascienda hasta el cielo como vapor cualquiera de estas aguas. Y al centro de ese ciclo, que es una rueda (o una rueca a cuyo alrededor hilan, enrollan y cortan las Parcas los hilos de la vida), ha sido arrojado el poeta que es todo hombre enamorado. Hasta que decide salir una vez más al mundo.

Por todo eso, el hombre prefiere arrojarse al abismo, al fuego del volcán, al corazón de las tinieblas, o al centro del Maesltröm antes que nadar ciego a ese destino que fue su origen. Porque clarividente anticipa o intuye todo eso, y conoce los riesgos de que ello desencadene la tragedia, es que el poeta o el artista se arrojan dentro del vacío para repetir una y mil veces la experiencia inocua de la levedad. Hasta el día en que se olvida de ser sabio.

Notas

1. La historia sobre Joshu, el gato, las sandalias y el maestro zen Nansen, está referida en Introducción al Budismo Zen (1985), de D.T Suzuki. Un dia que el monje zen joshu se encontraba fuera, se maestro Nansen les había quitado el gato a dos discípulos que tenían una disputa sobre a quién pertenecía el animal y pidió que le dieran una razón para no matar al gato. Ninguno supo qué decir. Nansen mató al gato. Joshu regresa más tarde y cuando escucha lo sucedido, se pone las sandalias sobre su cabeza y sale de la habitación.
2. La tercera sección del texto, sobre la discusión de los fisicos que participaron en el World Science Festival, está muy bien reseñada en el siguiente link del New York Times online: http://tierneylab.blogs.nytimes.com/2009/06/12/the-physics-of-nothing/.

7 comentarios en “Le saut dans le vide (El salto en el vacío), In memoriam Yves Klein

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  2. En una entrada más reciente que hice en este blog, hice una nota sobre un libro de Haruki Murakami-What I talk about when I talk about running-en que habla este autor sobre su afición a correr maratones. En ese libro, que es una memoria además de una crónica sobre la experiencia de correr maratones, ultramaratones y triatlones, Murakami cuenta que él corre para adquirir un vacío. (I run in order to acquire a void). Me resulta interesante esa relación: el artista se lanza al vacío, para sentir la levedad; el escritor corre para experimentar el vacío con el propósito probable de sentir levedad en su cabeza y propiciar así que ésta se llene de ideas fantásticas que pueda él meter en sus novelas. En otras palabras, el vacio del escritor es como un imán que convoca las palabras o las historias. Me gustan esos ejercicios de búsqueda del vacío. Quizás debemos aprender de ellos. Pienso a veces que tenemos demasiadas cosas en nuestras cabezas, casas, vidas. Debemos empezar, a modo de ejercicio diario, a correr largo, o lanzarnos al vacío de Klein, para sentir esa levedad que pudiera ser catalizadora de una sorprendente creatividad. Lo otro es que si como sugiere Attali, todos seremos nómadas reales y virtuales en el futuro, entonces mucho tendremos que hacernos más leves para desplazarnos con la agilidad que los tiempos esperan de nosotros. Y ello significa, llevar menos cosas con nosotros, ques es un modo casi zen de orientar nuestra vida al vacío.

    LD

  3. c/ r a la mencion de la pelicula de Runaway Train,
    no es la musica de fondo la de Trevor Jones, sino
    Gloria – 2 – Et in terra pax, de Antonio Vivaldi
    y la letra del final esta acorde al destino del convicto:
    Et in terra pax hominibus bonae voluntatis. Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

    • Estimado Omar,

      Tienes razón escrito de ese modo es incorrecto. Debería haber dicho: la pieza Gloria, compuesta por Antonio Vivaldi, y arreglada por Trevor Jones. Aun cuando esto es también impreciso porque hubo una versión de ese track arreglado por Alfredo Casella y otra versión arreglada por Jones. Ambas con una duración de 6.53 minutos. Por otra parte, de las tres versiones que Vivaldi compone de Gloria, RV 588, RV 589 y RV 590, se extravió la última y la más popular es RV 589, que es la incluida como parte del soundtrack de la película. Te agradezco la precisión sobre la letra y su traducción. Enriquece el texto. Saludos. LD

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