El Sindicato de Policía Yiddish (2008); entre policías y redentores

Según las enseñanzas jasídicas del Rabí Nachman de Breslov—tataranieto del Baal Shem Tov—cada generación nace un hombre justo, el Tzaddik Ha-Dor, con el potencial de convertirse en el Mesías. El que esto ocurra depende, no sólo de que el mundo reconozca y acepte al Tzaddik, sino de que éste acepte la forma y las circunstancias que matizan el mundo en el que nace.

En la habitación 208 del hotel Zamenhof de la ciudad de Sitka, en Alaska, un hombre yace muerto y un orificio de bala en el cráneo permite inferir la forma en que ha sido asesinado. Poco tiempo después de que esto ocurra, el encargado de noche despierta abruptamente, para que vaya a investigar ese suceso, al persistente policía Meyer Landsmann, a quien el destino lleva a vivir, como si fuera su hogar—aunque uno intuye que en realidad no lo es—, en la habitación 505 del mismo hotel y a trabajar en la oscura e inmensa Central de Policía de Sitka.

Con esa escena comienza la investigación de los móviles y autores de un crimen que parece tener el poder de cambiar radicalmente el estado de cosas de esa pacífica comunidad de judíos que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial reside en Sitka, ciudad situada en la Isla de Baranof, en el archipiélago Alexander del Océano Pacífico, y que constituye en la realidad (no en la novela) la cuarta isla más poblada de Alaska. Porque los hechos de la novela, es necesario decirlo ahora, suceden en un universo hipotético en el que nunca se creó el Estado de Israel al terminar la Segunda Guerra Mundial.,

Muy temprano en el libro, el lector se entera de que el finado era un carismático genio del ajedrez con un cociente intelectual de 170, superior al de Einstein que entre otras cosas le había permitido leer a los ocho o nueve años “hebreo, arameo, judeoespañol, latín y griego”, “con una mente que podía albergar o tener en cuenta aserciones contradictorias sin perder el equilibrio”. A este ser tan especial—quizás el Tzaddik—la vida había convertido en un yonqui adicto a la heroína, que sin embargo no perdió el don de hacer milagros y hechos maravillosos.

A lo largo de la novela, la narración se desliza gravitacionalmente, en ocasiones en caída libre, desde la primera página hasta la última. Lo hace primero a un ritmo lento, y luego Chabon le imprime al texto una aceleración exponencial y demencial cuyo torque nace del poder asociativo y suscitativo de una multiplicidad aberrante de símiles y metáforas con las que enriquece la descripción de cada locación, personaje, acción que ocurre en esta novela negra. En los márgenes turbulentos de ese caudal de imágenes que es la novela, el lector apenas puede detenerse a emprender esa reflexión, a la que invita el autor, sobre la naturaleza del enigmático genio asesinado y el efecto paradójico que ejercen sobre el resto de los hombres quienes están ungidos por al aura de lo divino: producen esa sensación paradójica de veneración y temor que igual puede incitar al suicidio en masa, a la crucifixión, o al crimen.

Esto último nos recuerda que una referencia tácita de esta novela es el Gran Inquisidor, cuento contado por Ivan Karamazov a su hermano Aliosha en el Libro V de Los Hermanos Karamazov de Fiodr Dostoievski. En éste se narra la llegada de Jesucristo a una Sevilla de tiempos de la Inquisición, donde la adoración y furor de la gente despierta las sospechas de esta temible institución, cuyos líderes lo condenan a morir quemado en la hoguera al día siguiente de ser arrestado. Durante la noche, el Gran Inquisidor visita a Jesús en la celda para decirle que no era necesario su regreso porque la humanidad podía prescindir de Él. Al evocar esta historia uno piensa de qué modo profundo perturban a los hombres y al Poder instituido la pureza de espíritu, la virtud y la santidad, de un Mesías que visita el mundo por segunda vez, como creen los cristianos, o de Uno que viene por primera vez como creen los judíos.

Otra reflexión que suscita la novela, paralela a la que aborda la santidad, explora la relación compleja y siempre perversa entre el carisma y los hombres: “…sabía que el carisma era una cualidad real aunque indefinible, un fuego químico que ciertos hombres medio afortunados emitían. E igual que cualquier otro fuego o talento, era amoral, no estaba conectado al bien ni a la maldad, ni al poder ni a la utilidad ni a la fuerza”. Sin ser una consecuencia necesaria de la santidad o del obrar del hombre justo, el uno y el otro crean el carisma. Lo recíproco no es cierto, puesto que el carisma, como la belleza, no es evidencia de santidad, ni de justicia y, más bien, puede llegar a fascinar de tal modo como para que, quien lo posee, decida usarlo para ejercer poder y, lo que es mucho peor, para acumularlo y concentrarlo hasta despojar del más mínimo vestigio de libre albedrío a quienes seduce, cosa que automáticamente despoja al carisma de todo númen y lo convierte en instrumento para el mal. Quizás fascina el carisma, no sólo por ser posibilidad de redención, sino porque el hombre suele verlo como atajo a su salvación; como camino más corto, más fácil, menos costoso; como una fuente formidable de economía para alejarse del infierno, sea que se encuentre éste en la tierra o en el otro mundo.

Al margen de su carga filosófica o espiritual, la novela construye con admirable habilidad el hilo del suspense y lo enmarca con la agudeza de otro genio dentro de una riqueza descriptiva exacerbada por el uso del yiddish (recomendable mirar el glosario de yiddish al final del libro) y las imágenes de ese escenario contrafáctico que se derivan de imaginar un mundo en el que los judios residieran en los helados pero urbanos espacios de Alaska. Cito como ejemplo parte de un párrafo, en el que el protagonista se desliza hacia el monólogo interior: “Y de acuerdo, tal vez un resto en su habitación de hotel del olor de Bina, del cuello amargo de su camisa, de su jabón de verbena, del olor a mejorana de su axila, baja en el ascensor como si acaba de salir de debajo de la sombra vertiginosa de un piano en caída libre, con una especie de repiqueteo jazzístico en los oídos. El nudo de su corbata de seda acanalada dorada y verde le presiona la laringe con su pulgar como si fuera un remordimiento oprimiendo una conciencia culpable, un recordatorio de que está vivo”. En donde quiero destacar estas referencias a telas, colores, valores y culpa como descriptores recurrentes de los tiempos y circunstancia de este universo improbable construido con una precisión de filigrana de paladio por Chabon.

Al terminar de leer la novela, y cuando es posible detenerse una vez más a reflexionar sobre las preguntas que suscita la trama, uno se pregunta: ¿si tuviese yo la fortuna de toparme con un tzaddik (con el Mesías, con el mismo Jesucristo o con quien tenga su santidad) sería yo capaz de reconocerlo, o contribuiría más bien a acelerar su muerte con mi conducta? Por otra parte, me pregunto, ¿puede un Mesías evitar ungirse de carisma y, no obstante, redimir a quienes tengan fe? ¿No era precisamente ésa la razón por la que Jesús se abstiene aquella vez que ayuna durante 40 días en el desierto, de demostrarle al diablo sus poderes sobrenaturales como hijo de Dios? Jesús no deseaba otra cosa que demostrar con su ejemplo la perversidad e inutilidad del carisma. Esto lo intuía Dostoievski, cuando en el texto arriba citado muestra lo reñido que está el carisma con la fe y la inutilidad de éste como instrumento para perseguir y alcanzar nuestra salvación.

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Retrato de Michael Chabon (foto de Stephanie Rausser, The Observer)

Michael Chabon, novelista estadounidense nacido en Washington D.C., obtuvo en el 2001 el Premio Pulitzer con Las Maravillosas aventuras de Kavalier y Clay. El sindicato de policía Yiddish es su novela más reciente y ha ganado con ella los premios Hugo, Nébula y Sidewise. En febrero del 2008, se supo que una adaptación cinematográfica de este libro estaba en fase de pre.producción para ser escrita y dirigida por los hermanos Coen: imposible imaginarse otro director (par) más afortunado para traducir al cine este libro. El Sindicato ha sido traducido y publicado en español por la Editorial Random House Mondadori.

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