Estambul y el Imperio perdido,

(foto: cortesía de Maria Juliana Muci)

“-No voy a ser pintor-dije-. Seré escritor.”
Orhan Pamuk, Estambul

A veces nos queda de una ciudad sólo una colección de imágenes. Sin darnos cuenta destilamos de nuestra experiencia o lectura sobre una ciudad imágenes que nos parecen esenciales y que nos llevamos cuando la abandonamos para no regresar, que aparecen cuando soñamos con ella, o que incorporamos como podemos cuando escribimos sobre ella. Nos quedan de la lectura del Estambul de Orhan Pamuk, registradas con fuerza en nuestra memoria, algunas imágenes fuertes y teñidas de melancolía (ese conjunto de maderas que se humedecen y exponen al tiempo, ese barro más oscuro de las orillas del Bósforo, ese humo gris oscuro que emana de las chimeneas de las casas de la ciudad, o aquel otro humo negro o gris oscuro de los barcos que navegaban el Bósforo que subía en ángulo de 45 grados y luego se mantenía paralelo al mar) y muchas impresiones y emociones fuertes y sutiles también, como nuestra curiosidad sobre esa preferencia del autor por los espacios en blanco y negro, que lo hacía mirar la ciudad cuando era niño, y recordarla luego de adulto, “como un lugar en dos colores, oscuro y plomizo”; o la extrañeza ante la apreciación de que Estambul es una ciudad cuyo “sentimiento más poderoso y permanente (…) durante todo el siglo pasado, haya sido precisamente la amargura”, que en árabe se escribe hüzün. Todas éstas imágenes y emociones configuran a Estambul como una ciudad en matices de grises. Y es curioso cómo el autor pasa por alto—sorprendentemente—, esa formidable diversidad de ruidos, colores, aromas, sabores, y gente que a diario comercia en el Gran Bazar de Estambul, en cuyas más de 1000 tienditas, distribuidas a lo largo de 58 calles, los comerciantes ofrecen joyas de oro o dijes de bronce, piezas de cerámica, lámparas multicolores, alfombras, una inmensa variedad de especies, entre otros cientos de objetos e ingredientes, que todos vistos de pasada conforman una multisápida y multiaromática paleta polícroma que desmonta esa visión de la ciudad en dos colores. ¿Será que algunos espíritus sensibles, no perciben la totalidad cromática del espectro por alguna causa fisiológica o por decisión psicológica? O se resisten mas bien a hacerlo para aprender, por disciplina, a mirar el mundo como si lo vieran desde los lugares más sórdidos, pobres y tristes. Como un acto de empatía. Para solidarizarse con quienes habitan esos lugares?

Estambul, que con más de 11 millones de habitantes es la ciudad más poblada de Europa, llamada antes Constantinopla y aún antes Bizancio (desde su fundación el año 667 a.C), es la ciudad de la infancia de Orhan Pamuk. A semejanza de otras ciudades que han sido discurso y a la vez marco desde el que se narran historias y se hace literatura—la Alejandría de Durrell, el San Petersburgo de Dostoievski, el Dublin de Joyce, o el condado de Yoknapatawpha de Faulkner—Estambul, mirada a través de los ojos de Pamuk, es un texto y un contexto persistente a toda su obra literaria. Pamuk la narra como una ciudad que vive en una noche perenne, en un gris plomo que se entremezcla con calles de adoquines y faroles de luz insignificante. Casi como teñida por un hedor a gris que se esconde de los turistas occidentales; como rodeada por una pobreza tan negra como lo más oscuro de los callejones; como corroída por el transcurrir del tiempo en los barrios, con casas tan antiguas como su pasado otomano, que fueron construidas con maderas ennegrecidas. Y todo teñido por ese hüzün que pareciera colarse por entre los estrechos edificios y hasta por las hendiduras de las antiguas murallas romanas y que alcanza e impregna la gente, las calles y hasta el Bósforo, esa lengua de agua de 30 kilómetros de longitud, que separa la parte europea (la antigua provincia otomana de Rumelia) de la parte asiática de Turquía (la Anatolia) y que está atravesada por dos puentes (y un túnel a punto de ser concluido). El Bósforo, que ayuda además a configurar a la ciudad como un ámbito híbrido, es fuente y foco de ese color grisáceo que invade la ciudad; es también línea de agua que proyecta esa imagen de constante movimiento y vida. Pamuk escribe que el Bósforo es un ámbito con alma propia y voluble cuyos cambiantes significados aprenden los estambulíes a leer bajo la luna llena. Sería también un canal que recibe al sol al alba desde las montañas de Asia y lo despide al atardecer mirando hacia el Occidente europeo; o una estrecha y fluida hendidura por donde se cuelan las imágenes y balancea los colores con esa precisa mezcla entre verdes y morados, amarillos y naranjas, que parecieran hundirse hacia un gris que no logramos divisar.

Pamuk se entretiene en contrastar su mirada de la ciudad con las miradas de muchos escritores y pintores europeos que admiraba. Todos ellos confirmaban de cierto modo al llegar a la ciudad las ideas que tenían de Oriente los occidentales (gran parte del ensayo Orientalism de Edgard Said ha sido escrito con ejemplos sobre este tipo de percepciones). Muchos de esos viajeros europeos influyeron en la configuración de la mirada con que Pamuk se aproximó a su ciudad. Es así como Gerard de Nerval, que tenía 35 años cuando llegó a Estambul, buscaba en esta ciudad cosas que lo hicieran alejarse de la melancolía que había causado en él la muerte de la actriz Jenny Colon, su amor no correspondido, y fue con esa mezcla de sentimientos que visitó el teatro de sombras y el paisaje de la ciudad iluminado por farollilos, y acudió a los cafés a escuchar a los narradores de cuentos; Nerval también visitó destinos más turísticos como: el convento de los derviches rufai para ver una ceremonia, el palacio para ver salir al Sultán, y habló sobre la ropa y los usos y costumbres de los turcos. La mirada qui hizo Nerval de esta ciudad, escritor intenso y apasionado, trató deliberadamente de no ser melancólica. Su amigo Theophile Gautier, como queriendo repetir el itinerario de Nerval, contempló las mismas ceremonias de los derviches, paseó por los cementerios con niños jugando con las lápidas, vio una representación del teatro de sombras, y trató de ver al Sultán. Sin embargo, a diferencia de Nerval, y más cerca de Pamuk, su inclinación visual lo hizo construirse una idea meláncolica de la ciudad. Fue con esta idea en mente que realizó largas caminatas hacia Unkapani y los confines antiguos de la ciudad, donde admiró la belleza de casas de madera ruinosas con la pintura desconchada y con las tablas ennegrecidas, con fuentes secas que se caían a pedazos y con mausoleos descuidados cuyos techos se desplomaban, y un montón de otros sitios que Pamuk todavía tendría la fortuna de visitar durante su niñez pero que el cemento y la modernidad los haría desaparecer. Incluso Pamuk comparte la apreciación de autores como el poeta Joseph Brodsky, que miran su ciudad y dicen no sin ironía “Qué envejecido esta todo aquí!”; y le agrada que el escritor noruego Knut Hamsum percibiera que el puente del Gálata de mi niñez, construido sobre pontones, se meciera suavemente con el peso del tráfico, o que Hans Christian Andersen escribiera que los cipreses de los cementerios (de Estambul) eran “oscuros”. Otra visión literaria que Pamuk contrasta con la propia es la que se destila del viaje que Gustave Flaubert, con 29 años, realizara a Estambul en 1850. Matiza en exceso el viaje de Flaubert el haber contraído la sífilis en Beirut. Ella hace que alcance un papel memorable la descripción de su visita a un burdel estambulí en el que la madame le ofrece a su hija de 16 a 17 años, cuya belleza admira pero con la que no hace nada a causa de que no osa desvestirse para que ella verifique si estaba o no enfermo su cliente. Pamuk observa a propósito cómo Flaubert y otros viajeros europeos coleccionaban rarezas pero se negaban sistemáticamente a mostrar las suyas. No obstante este sesgo, Pamuk admira las conmovedoras líneas que escribió Flaubert sobre los cementerios de la ciudad, de los que todo el mundo ha escrito excepto los estambulíes.

Finalmente, está esa mirada de Estambul precisa, de alta resolución y descripción milimétrica que realizara el artista y arquitecto Antoine Ignace Melling en la serie de grabados recogidos en Voyage pittoresque de Constantinople et des Rives du Bosphore (Un viaje pintoresco de Estambul y las riberas del Bósforo). Estos muestran Estambul como el centro de una ciudad pérdida entre dos mundos (Oriente y Occidente). Es el realismo de estos grabados y la forma como Melling retrata una ciudad de inmensos detalles arquitectónicos, lo que los hace tan cercano al Estambul en el que Pamuk intenta hundirse. Es la búsqueda del pasado, de una tradición, que se ve entre antiguos palacetes desprestigiados por el tiempo y murallas que son símbolo de una gloria ya perdida. Es el saber que alguna vez se fue imperio y que en los harenes de los sultanes las mujeres eran vistas por Melling de una manera elegante, tomando una distancia prudencial de los deseos sexuales de Occidente.

En Estambul, las ruinas de un triunfo lejano se aprecian en la arquitectura desgastada por el tiempo y por la inmensa pobreza, y en los tonos grisáceos que envuelven como una nube lo poco que queda de grandeza. Pamuk ha insistido una y otra vez que en esta ciudad los detalles son importantes y los colores le dan vida a un paso ya enterrado por finas capas de polvo. En esa ciudad que Orhan Pamuk busca recordar, el Bósforo pasa a ser un puente entre lo que hubo y lo poco que queda de ese pasado glorioso e histórico, y Estambul pasa a ser un cúmulo de recuerdos impresos en grabados y el estoicismo de unas casas de madera expuestas al aire libre del Oriente. Será esta ciudad de calles melancólicas y maderas desgastadas, y humo saliendo de hogares pobres o de vapores que transitan el Bósforo, esa ciudad de extraordinarios y amplios paisajes admirados repetidas veces por viajeros extranjeros y sensibles hombres y mujeres locales, la que este terco escritor—que a semejanza de Le Corbusier, pensó un día ser pintor—eligió como marco de sus historias. Al tomar esa decisión, Pamuk les prestó una nueva vida a las calles de Beyoglu, “medio oscuras, medio atractivas, sucias y malignas”; ellas, a su vez, como para corresponderle en su amor, le entegaron su química y su escondida belleza.

(Una versión de este texto se publicó en la undécima edición de la revista GP, aquella fue escrita en colaboración con Alana Fernández)

2 comentarios en “Estambul y el Imperio perdido,

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