Bassani, De Sica

Giardino dei Finzi-Contini
viviendo como si afuera no pasara nada

Olvidamos miles de palabras de cada libro que leemos. Pero nuestra memoria, sin importar cuanto tiempo pase, registrará con precision de neurocirujano ciertas palabras, frases, párrafos, escenas completas y no las olvidará. Una de esas escenas memorables de El Jardín de los FInzi-Contini, quizás la más bella del ciclo de cinco novelas de Ferrara del escritor Giorgio Bassani, es la conversación que tiene lugar entre la bella Micol Finzi-Contini, papel que en la película de Vitorio de Sica es interpretado por Dominique Sandá, y el persistente Giorgio (el actor Lino Capolicchio). Micol y Giorgio se conocen cuando ella tiene trece años, en 1929. Giorgio recordará siempre aquella primera vez en que ella le dirige la palabra, desde allá arriba, sentada a horcajadas sobre el muro que marca los límites del jardín. A 25 metros de distancia él podia distinguir sus encantadores ojos azules, “claros, grandes, tal vez demasiado grandes entonces en su delgada carita de niña”. Giorgio no conocerá el jardín y sus más secretos rincones en esa occasion. Esto solo ocurrirá diez años despues, durante el otoño de 1938.

Micol no puede evitar seducir a Giorgio, quien la ama desde aquel primer encuentro cuando eran niños. Quizás incluso desde antes, cuando ella muy niña buscaba sus ojos en la sinagoga. O quizás se trataba solamente de la diferencia de clases, de su admiración de esa Micol Finzi-Cotini, que junto con su hermano Alberto y el resto de la familia vivían una vida de gueto, dentro de la magna domus, como la llama Bassani, a la casona famlliar que se erige en el medio del jardín, cerrando los ojos a una realidad que cada día era más cruel. Como si la riqueza y nobleza de los Finzi-Contini pudiera detener el avance del horror que representaba el nazismo.

El amor, la amistad, la pasión
La escena en cuestión ocurre durante la primavera de 1939, justo a la llegada de Micol de Venecia. Cuando Micol lo invita a que la visite en su dormitorio, él no puede contener su entusiasmo y apenas ella lo roza, Giorgio se abalanza sobre ella, la besa apasionadamente buscando sus labios. Micol se deja pero no responde, se queda inmóvil y rígida, hasta que le pide que se retire. Es más o menos entonces que ellla le dice que entre ellos no puede ocurrir nada porque el amor, para nacer, necesita de la diferencia,y la polaridad, fuente de los antagonismos, y éstos de las pasiones que desgarran, el alma primero y luego el cuerpo. Pero tal cosa no puede ocurrir entre ellos porque ellos dos son iguales. Giorgio lo comprende rápido: “Lo intuía perfectamente: para mi, no menos que para ella, más que el presente, contaba el pasado; más que la posesión, su recuerdo. Ante la memoria, cualquier posesión tiene que parecer por fuerza trivial, insuficiente…Cómo me comprendía!, mi ansia porque el presente pasara a ser “en seguida” pasado para poder amarlo y contemplarlo a placer era también suya, idéntica. Era nuestro vicio, ése; el de avanzar siempre con la cabeza vuelta hacia atrás”.

Giorgio lo comprende pero igual le duele. Aun cuando la recordará, no la perdonará. Para Giorgio, comprender no es perdonar. Ni siquiera a sabiendas de que ella lo retira del amor para evitarle sufrimiento; puesto que ella le ha confesado a Giorgio: “el amor es una cosa para gente decidida a hacerse sufrir, un deporte cruel y feroz que se debe practicar sin sentimiento de culpa y sin molestarse en mitigarlo. Debe entrarse en el amor sin bondad de ánimo ni honestidad de propósito.” Micol piensa que la amistad de ellos debe preservarse de esta ferocidad, quizás porque es una amistad que está demasiado ligada a sus vivencias en el jardín y por tanto, convertir esa amistad en amor podría poner en riesgo no sólo la amistad sino también la memoria de lo que han vivido juntos. Quizás Giorgio pudo haber presionado o insistido con más fuerza y confrontado su disyuntiva: elegir entre conservar su amistad, y con ella la memoria nostálgica del pasado, o lanzarse a la pasión desenfrenada del amor y asumir los riesgos que ello podía implicar. Pero no lo hace. Por omisión, decide la amistad y deja su amor por Micol para sus sueños. Por su parte, Micol vivirá su idea del amor-pasión con Bruno Malnate, joven comunista que se muestra mucho más decidido que el soñador Giorgio. En esta forma de ser que exalta el valor del pasado frente al del concreto y huidizo presente, se condensa el tono melancólico que impregna esta novela, y el de la película que hizo De Sica, uno de cuyos logros fue la acentuación fotográfica y cromática de esa melancolía sepia que tiñe el muro, las paredes de la magna domus y algunos otros edificios de Ferrara.

La historia, el jardín
La obra narra la historia de la lenta pero inexorable caída de una aristocrática familia judía de Ferrara entre los años 1938 y 1943, y coincide aproximadamente con el período que corre entre el auge de Mussolini y la Segunda Guerra Mundial. Gran parte de la obra transcurre dentro de los muros que rodean el jardín en cuyo centro se erige la señorial mansión de los Finzi-Contini, espacio bucólico construido a su vez dentro de una ciudad que comienza a sentir la invasión de la dramática realidad; una alusión directa a esa separación entre lo que acontece adentro y lo que acontece afuera. En la Italia de esa época, el Gobierno fascista de Mussolini sancionaba leyes que limitaban cada vez más los privilegios y derechos de los judíos. Estos quedaban excluidos de las ligas deportivas, las bibliotecas públicas, los lugares de esparcimiento público; también se sancionaban leyes que les prohibían tener personal de servicio no judío o incluso asistir a la escuela. Como una manera de evadir esto, o al menos de compensar los efectos de estas leyes, los Finzi-Contini invitaban a jóvenes judíos y no judíos a que los visitaran en el jardín. Así comienza la película, con una primera escena en la que un grupo de muchachos y muchachas de Ferrara, vestidos de blanco, se dirigen en sus bicicletas al jardín. Apenas llegan, algunos se organizan para jugar un torneo de tenis mientras que otros, sentados al sol o a la sombra en cómodas tumbonas, conversan con un trago en la mano; y todo ocurre como si afuera no pasara nada. La escena dice mucho de ese efecto de refugio que producía el jardín. Los Finzi-Contini y sus amigos sienten que podrán vivir dentro de ese espacio paradisíaco por mucho tiempo más sin sufrir los efectos terribles de lo que está ocurriendo afuera. A estos muros construidos se sumaban otros impuestos, pues la tragedia que vivía el pueblo judío fuera de Italia no era conocida por los judíos italianos. No sólo por la censura de la prensa sino también porque, en tiempos de turbulencia, suele ser difícil distinguir lo que es verdad de lo que no lo es. El ser humano se resiste a aceptar verdades que cuestionen profundamente su modo de vivir. Pero además, en ocasiones, parafraseando lo que dijo Aristóteles en su momento, es más fácil creer un imposible verosímil que un posible inverosímil. Y las atrocidades que en esa época ya habían comenzado a perpetrar los nazis eran inimaginables para cualquiera. Lo que ocurría en los campos de concentración era un hecho absolutamente inverosímil.

El jardín, el amor
Quizás el persistente amor de Giorgio por Micol fue su manera de expresar el vínculo afectivo que lo unía a ese refugio común que era el jardín. En todo caso, el jardín será el refugio que (en su memoria) se llevarán Micol y el resto de los Finzi-Contini cuando, al final de la película, sean detenidos por las fuerzas fascistas, para deportarlos a los campos de concentración en Alemania. El rostro de Micol, que con esos ojos verdes llenos de lágrimas mira los campos nevados del jardín a través del parabrisas trasero del automóvil —cuya opacidad crea un efecto de bruma que parece reproducir las imágenes borrosas de la memoria—, le da un cierre nostálgico a la película. De Sica repite este recurso minutos más tarde, cuando hace un vuelo rasante por encima de los techos de ladrillo rojo de Ferrara, contemplados por Micol y el padre de Giorgio a través de la ventana de una de las aulas de la escuela en la que ella estudiaba y que es usada por los militares como centro de detención. La ventana cubierta de polvo de esa aula muestra una Ferrara envuelta en la misma bruma que envuelve algunas imágenes de nuestra memoria, augurando de algún modo lo que se ha perdido.

El desamor, la salvación
Al rechazar a Giorgio, Micol lo ha protegido de la tragedia final. En cierto modo, le salva la vida. Giorgio queda como testigo y único sobreviviente para narrar lo que fue el sosiego y la alegría de ese grupo privilegiado que no pudo o no quiso ver la tragedia que tenía lugar en la afueras de su propiedad y que, más temprano que tarde, los iba a atrapar a todos: la guerra y la persecución a muerte del pueblo judío. Alternativamente, se puede leer la obra como la narración de la tragedia que siempre acompaña las posturas fatalistas: lo que tanto se esperaba, y no se quería creer, finalmente aconteció.

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