Bassani, De Sica

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Olvidamos miles de palabras de cada libro que leemos. Pero nuestra memoria, sin importar cuanto tiempo pase, registrará con precisión de neurocirujano ciertas palabras, frases, párrafos, escenas completas y no las olvidará. Una de esas escenas memorables de El Jardín de los Finzi-Contini, que forma parte de la magna Novela de Ferrara, quizás la más bella del ciclo escrito por Giorgio Bassani, es el primer encuentro que tiene lugar entre la bella Micol Finzi-Contini y el meláncolico, insistente y persistente Giorgio (aunque en la novela nunca se dice el nombre del narrador, como es autobiográfica presumimos que éste es Giorgio, que así es como lo designan en la película de Visconti )—papeles que en la película que dirige Vitorio de Sica son interpretados, respectivamente, por la lánguida y hermosa Dominique Sandá y por Lino Capolicchio). Micol y Giorgio se conocen en 1929, cuando ella tiene trece años. Giorgio recordará siempre aquella primera vez en que ella le dirige la palabra, desde allá arriba, sentada a horcajadas sobre el muro que marca los límites del inmenso jardín. Aquel día Giorgio estaba abatido por haber sido suspendido (por primera vez) en un examen. Aun cuando él mismo estaba consciente de que su fuerte eran las humanidades porque deseaba estudiar Letras (¿Qué importancia podían tener las matemáticas para quien iba a matricularse en Letras en la universidad?, p. 355, se pregunta Giorgio), advertir que había reprobado el examen con una nota de cuatro, lo avergonzaba terriblemente. Y retrasando el momento de llegada a su casa, se baja de la bicicleta, se acuesta sobre el pasto, y se queda un rato divagando con los ojos cerrados. En ese preciso momento escuchó el llamado de una chica. Y al abrir los ojos, de lo primero que se da cuenta es de que puede divisar la mansión de los Finzi-Contini: El Barcheto del Duca, enorme, inmenso de verdad, con las torrecillas y los pináculos de la magna domus en el centro, delimitado en todo su perímetro por un muro interrumpido a un cuarto de kilómetro más allá (p. 358). Micol tuvo que llamarlo por segunda vez, y fue entonces cuando se dio cuenta de que ahí estaba, con sus cabellos rubios, de ese rubio particular estriado con mechas nórdicas, de fille aux cheveux de lin, que sólo podían ser de ella (p. 359). El rostro de Mícol Finzi-Contini era inconfundible. Estaba asomada al muro como a un alféizar, con los hombros afuera y apoyada en los brazos cruzados. Debía estar a unos 25 metros de distancia (lo bastante cerca por tanto para que pudiese verle los ojos que eran claros, grandes, tal vez demasiado grandes en su delgada carita de niña). Fue esa la primera vez que Giorgio escucho la voz de Micol. La primera vez que intercambiaban frases. Fue entonces cuando advierte en su hablar esa particular deformación del italiano, inimitable, privada, que practicaban los miembros de esa aristocrática familia. Y hasta le habían puesto un nombre, el finzi-contínico. Micol, con muy pocas palabras convence a Giorgio en esa ocasión de que la causa de sus penas es vana y que le debe dar muy poca importancia. Y en eso estaban cuando, acudiendo a una llamada de su perro Jor, Micol se baja de la escalera de mano. Y al poco vuelve a subir e invita a Giorgio a que escale el muro y pase al otro lado. Pero el vértigo y cierto temor de Giorgio a lo que pudiera pasar entre ellos se lo impide. Al final Micol bajará hacia el exterior, y le mostrará el sendero a un oscuro recinto en el que podría esconder su bicicleta (para que no se la roben). Pero Giorgio todavía no se decide; en cambio, callado, fantasea con darle un beso en los labios y quedarse escondido a vivir en esa galería con ella, besándola por el resto de su vida. Y en eso, a Micol la llaman y se marcha súbitamente. Ese día, Giorgio se enamoró de Micol. O quizá lo hizo antes, cuando sus miradas se cruzaron alguna vez que coincidieron en la sinagoga. Aunque cabía la posibilidad de que no fuera amor, sino solo admiración por Micol Finzi-Cotini, quien junto con su hermano Alberto, el profesor Ermanno y la distinguida Olga Herrera (descendiente de los Herrera de Venecia), vivían una vida privilegiada, dentro de la casona familiar que se erigía en el medio del jardín, cerrando los ojos a una realidad cada día más cruel. Como si la riqueza y nobleza de los Finzi-Contini pudieran detener el avance del horror que representaba el nazismo.

Giorgio no conoció aquella tarde de 1929 las 10 hectáreas del jardín que rodeaba la enorme casa. Esto solo ocurrirá durante el otoño de 1938, el día que Alberto lo llama por teléfono y luego de conversar un rato sobre las nuevas leyes raciales antisemitas, lo invita a que vaya a jugar con él y su hermana un partido de tenis. La llamada era extraña porque Micol y Alberto estudiaban fuera de Ferrara desde hacía cinco años. Pero al final aceptó la invitación cuando lo llamó Micol, quien había regresado para pasar una vacación del curso de doctorado en Lengua Inglesa que cursaba en Ca´ Foscari, en Venecia, donde preparaba una tesis sobre Emily Dickinson. Después de ese primer día, y durante las siguientes dos semanas, Giorgio acudiría, junto con los otros jóvenes del grupo (Bruno Lattes, Adriana Trentini, Carletto Sani, Tonino Collevatti, Ernesto el hermano de Giorgio, Giampiero Malnate, y algunos otros), a eso de las cuatro de la tarde, a jugar en la cancha de tenis de los Finzi-Contini con Micol y Alberto. Fueron esos últimos días del verano de 1938 cuando Giorgio y Micol tuvieron la oportunidad de hacer largos paseos por todos los rincones del espléndido jardín, y conversar sobre la infinidad de árboles y arbustos autóctonos y exóticos traídos de los lugares más remotos, los recuerdos de infancia de cada uno, los libros que habían leído. Incluso un día, Micol le confesó que a ella de niña le encantaba él. Y anduvieron en este período de paseos bucólicos y conversaciones infinitas hasta que un día, la llegada de las lluvias, lo terminó abruptamente. Esa tarde en que cayó la primera lluvia, esa última tarde de ese período, Micol y el narrador se habían sentado dentro de la antigua carroza familiar, aparcada dentro de una vasta estancia de ladrillo rojo. Estaban sentados juntos en el asiento de esa carroza cuyos vidrios se habían comenzado a empañar. A Giorgio le hubiera gustado declararle su amor a Micol, besarla, propiciar con gestos o palabras una escena que pudiese haber concluido en un beso y una declaración de amor. Pero no tuvo el valor y de eso se arrepentiría muchas veces durante los meses siguientes. Micol, quien intuyó lo que Giorgio se proponía, habló como para cortar el clima del romance: También las cosas mueren, muchacho, conque, si también ellas han de morir, qué se le va a hacer, lo mejor es dejarlas. Tiene mucho más estilo, sobre todo, ¿no te parece? (p. 424). Después de esta conversación en la carroza, la relación de Giorgio y Micol mutó. Con una frecuencia casi diaria se llamarían por teléfono y conversarían sobre toda clase de temas. Giorgio se convence de que esas conversaciones denotaban mayor intimidad y por tanto proximidad. Fue feliz por ejemplo la vez en que Micol le describió su habitación, le habló de tres estantes en los que había dispuesto su colección de pequeños objetos de opalina (lattimi, de los que había reunido unos doscientos), y de los libros que había dispuesto en otros dos estantes; o de cómo enfocaría su tesis doctoral sobre Emily Dickinson. Todo esto haciendo ocasional referencia al grupo de amigos con los que jugaban tenis en la cancha de los Finzi-Contini. Esta etapa terminó el día que, sin despedirse, Micol partió a Venecia para retomar sus estudios doctorales. Los siguientes meses, hasta el verano de 1939 (cuando Micol regresa de Venecia) serán un tiempo para el recuerdo de los buenos momentos; el arrepentimiento por la falta de coraje para el amor; el acercamiento a Alberto, el hermano de Micol,  y su amigo Malnate; las conversaciones con el padre de Micol, el erudito profesor Ermanno, quien se convirtió en un mentor de sus incursiones en la literatura italiana; y las relaciones con el resto de la familia, quienes lo invitaban a que frecuentara a diario la mansión, para cenar o para consultar la biblioteca de 20 mil volúmenes. Un día de la primavera de 1939, muy poco después de haber regresado Micol de Venecia, feliz con su grado, invitó a Giorgio a que la visite en su dormitorio. Se habían visto solo una vez antes de esa ocasión. Cuando éste entró, a los pocos minutos de verla, sin poder contener su deseo, y como en respuesta a un brevísimo roce de su brazo, él se abalanzó sobre ella y la besó con pasión buscando sus labios. Aunque Micol no lo rechaza con firmeza, se queda inmóvil y rígida hasta que, suavemente, en un susurro, le pide que se retire. Entonces le pide disculpas por haber alimentado falsas ilusiones y le explica que ella no concebía que pudieran hacer el amor. [E]l amor (así al menos se lo figuraba ella) era algo para gente decidida a dominarse mutuamente, un deporte cruel, feroz, ¡mucho más cruel y feroz que el tenis!, que había de practicarse sin excluir los golpes y sin recurrir, para suavizarlo, a la bondad del alma ni a la honradez de propósitos (518). Y entonces le recita una estrofa del poema Delfina e Hipólita” de Baudelaire: Maudit soit à jamais le rêveur inutile/Qui voulut le premier, dans sa stupidité, /S’éprenant d’un problème insoluble et stérile,/ Aux choses de l’amour mêler l’honnêteté ! (p. 518). Esa honradez entre ambos, esa intimidad de almas, no servía para el amor. Y Micol insisitirá: Estúpidamente honrados los dos, iguales en todo y por todo como dos gotas de agua (y los iguales no se combaten, ¡créeme!), ¿habríamos podido nunca dominarnos el uno al otro, nosotros desear de verdad destrozarnos? No por Dios, en vista de cómo nos había hecho el Señor, no habría sido deseable ni posible (518-519). En suma, entre ellos, alegaba, no podía ocurrir nada porque el amor, para nacer, necesitaba de la diferencia y la polaridad, fuente de los antagonismos, que a su vez lo son de las pasiones que desgarran, el alma primero y estimulan (y hasta desgajan) el cuerpo. Pero tal cosa no podía ocurrir entre ellos dos porque eran iguales. Poco después, el narrador piensa: Lo intuía perfectamente: para mí, no menos que para ella, más que el presente, contaba el pasado; más que la posesión, su recuerdo. Ante la memoria, cualquier posesión tiene que parecer por fuerza trivial, insuficiente…Cómo me comprendía!, mi ansia porque el presente pasara a ser, “en seguida”, pasado para poder amarlo y contemplarlo a placer era también suya, idéntica. Era nuestro vicio, ése; el de avanzar siempre con la cabeza vuelta hacia atrás (p. 520).

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Fotograma de la película de Vitorio De Sica, El Jardín de los Finzi-Contini

Giorgo comprenderá las razones del rechazo de Micol pero igual le dolerá durante mucho tiempo. Y aun cuando la recordará siempre, no la perdonará. Ni siquiera a sabiendas de que ella decía que lo retiraba del amor para evitarle el sufrimiento que causaba su ferocidad y que podía haber acabado con su amistad. Si considerado filosóficamente, el discurso en el que Micol expone su excusa para no corresponder al narrador en la pasión que siente por ella, era poéticamente bello, el tiempo mostró que era una mentira. Frente al descubrimiento que hace el narrador de que en la romántica Hütte , allí en lo profundo del jardín, Micol se encontraba por las noches con Malnatte (a quien facilitaba el cruce del muro con una escalera que le dejaba apoyada del lado interno para que bajase con facilidad), las declaraciones de Micol de que no había nadie más se mostraron en toda su falsedad. Ellos se lo escondieron hasta a Alberto, que tenía un cáncer terminal. Esa mentira constituyó un golpe de gracia a la empobrecida amistad. Micol quedará para los sueños, o como material para la literatura. Qué hermosa novela (p 584), es lo único que logra decirse a sí mismo el narrador al descubrir la mentira. El mundo real, o más rigurosamente, ese mundo de fantasía que eran el Jardín, Micol, su familia, y sus conversaciones se harán eternos en la literatura. El narrador pudo haber presionado o insistido con más fuerza y confrontado su disyuntiva. Pudo haber elegido hamletianamente entre conservar su amistad, y con ella la memoria nostálgica del pasado o, tomando las armas, lanzarse a la pasión desenfrenada del amor y asumir todos los riesgos que ello podía implicar (incluso el de que nunca se escribiera esa historia). Pero no lo hizo. Se decidió a preservar esa amistad que (seguramente lo intuía) se diluiría hasta su desaparición cuando descubriese la traición, dejando su amor por Micol para sus sueños. Por su parte, Micol vivirá su idea del amor-pasión con Giampi Malnate, joven comunista, ingeniero y católico, que se muestra mucho más decidido que el romántico narrador. En este discurso que exalta el valor del pasado frente al del concreto y huidizo presente, se condensa el tono melancólico que impregna esta novela, y el de la película sobre la novela que realizó Vitorio De Sica (1971), uno de cuyos logros fue la acentuación fotográfica y cromática de esa melancolía sepia que tiñe el muro, las paredes de la magna domus y algunos otros edificios de Ferrara. El persistente amor del narrador por Micol fue su manera de expresar el vínculo afectivo que lo unía a ese refugio que era el jardín. En todo caso, sólo los recuerdos del jardín se llevarán Micol y el resto de los Finzi-Contini cuando al final sean detenidos por las fuerzas fascistas, que los deportarán a los campos de concentración de la Alemania nazi. En la película de De Sica, el rostro de Micol, con sus ojos verdes llenos de lágrimas, contempla los campos nevados del jardín a través del parabrisas trasero del automóvil, y le da un cierre nostálgico a la película. De Sica repite este mismo recurso minutos más tarde, cuando la cámara hace un vuelo rasante por encima de los techos y torres, construidos en el ladrillo rojo de Ferrara, de la magna domus, contemplados por Micol y el padre de Giorgio a través de la ventana de una de las aulas de la escuela en la que ella estudiaba y que es usada por los militares como centro de detención. La ventana cubierta de polvo de esa aula muestra una Ferrara envuelta en la misma bruma que envuelve algunas imágenes de nuestra memoria, evocando de algún modo lo que se ha perdido. Al rechazar al enamorado narrador, Micol lo protegió (no a sabiendas) de la tragedia final. En cierto modo, su rechazo le salvó la vida. Para que de este modo éste quedara como testigo y único sobreviviente capaz de narrar lo que fueron la cultura, inteligencia y sosiego; la alegría de vivir de los miembros de ese grupo privilegiado que habían enmarcado e imbricado su vida en un conjunto de normas y rituales de cultura y civilización que, quizá les impidió anticipar la tragedia que tenía lugar más allá de los límites de Ferrara, y que, más temprano que tarde iba a alcanzar y atrapar a unos seis millones de judíos. El Jardín de los Finzi-Contini es una novela que tiene al jardín (espacio bucólico construido dentro de una ciudad que comienza a sentir la invasión de la dramática realidad) como locación principal. Gran parte de la belleza de la novela la construye el lector imaginando y reimaginando esa magna domus rodeada por 10 hectáreas de un jardín legendario que junto con todo lo que tiene en su interior (sus muebles, sus víveres y bebidas, la bibilioteca de 20 mil volúmenes, su elevador) les hizo creer a sus habitantes que podrían vivir ahí dentro, al margen del horror que anticipaban las leyes raciales antisemitas; al margen del holocausto nazi y sus campos de concentración, cuya existencia todavía se ignoraba en Ferrara. El jardín (sumado a los recuerdos de la vida en el gueto: soñaban, estaba claro con ver encerrados en el gueto a todos y acaso estuvieran dispuestos—con vistas a ese hermoso ideal—, a parcelar el Barchetto del Duca, para convertirlo en una especie de kibbuz, p. 381) reforzaban la creencia que tenían los Finzi-Contini, de que mientras pudieran vivir ahí dentro, su civilizada y serena alegría de vivir estaría protegida de todo aquello que las pudiera destruir. Como si todo lo mejor que ha producido la civilización en Occidente para que el hombre se relacione pacíficamente con sus semejantes: La música, la literatura, las bellas artes, la cocina (que se expresaban en cada cena, en cada desayuno, almuerzo, merienda, en cada bocadillo, con la cortesía, rituales, buenas maneras y sofisticación que se esperaba de una familia aristocrática), deportes (como el tenis), juegos (de cartas, billar), pudieran en última instancia, actuar como una coraza contra la violencia genocida del nazismo. O contra cualquier otra clase de violencia. El final de la novela es coherente con su comienzo con una conversación sobre la empatía que pueden despertar los antepasados etruscos enterrados en un cementerio al que el narrador y unos amigos han ido a visitar. Y en la que de inmediato, el hilo narrativo salta a una reflexión sobre la ironía asociada al hecho de que, teniendo la familia Finzi-Contini uno de los mausoleos más conspicuos e impresionantes del cementerio de Ferrara—cuya arquitectura es: un pastel increíble en el que confluían los ecos arquitectónicos del mausoleo de Teodorico de Rávena, de los templos egipcios de Luxor, del barroco romano e incluso (…) de la Grecia arcaica de Cnossos (p.330)—, con excepción de Alberto, hermano de Micol que murió de cáncer en 1942, ninguno de los miembros de esta familia que el narrador había conocido y amado, había sido enterrado ahí. Acotando que se ignoraba si, en efecto habían sido enterrados dado que, los demás habitantes de la magna domus, fueron deportados, en el otoño de 1943, a campos de concentración en la Alemania nazi. Ese clima de melancolía (salpicado de un toque de necrofilia) que impregna la novela se nutre de múltiples fuentes como por ejemplo: El despecho del narrador por su amor no correspondido a Micol; el destino incierto de la familia Finzi-Contini cuando es deportada a campos de concentración en Alemania; la tristeza que produce en su familia y amigos la temprana muerte de Alberto Finzi-Contini; la sinvestigacciones del profesor Ermanno de las inscripciones del cementerio israelita del Lido, considerado en el siglo XIX uno de los lugares más románticos de Italia (p. 406),, lugar donde por casualidad conocerá a la que sería luego su esposa, la señora Olga Herrera; la meditación sobre la muerte, la memoria y el culto a los muertos inspirada por las visitas que hacen los personajes a los cementerios; la sensación de muerte de la civilización y de la cultura que debe haber asaltado a los ciudadanos de Ferrara cuando fueron testigos de la salida forzada de los miembros de la familia Finzi-Contini de su propiedad paradisíaca; y lo incierto, vago, brumoso y de contornos indefinidos, que era el futuro para los personajes que protagonizaron los hechos sucedidos en la novela esos dos años de 1938 y 1939, un período en el que todos comenzaban a visualizar, aunque tenuemente, el horror que representaba el nazismo. Y en medio de toda esta melancolía, la insensatez de esperar que ese reducto de civilización pudiera contener el avance masivo del horror. Curiosamente, Micol, la mujer de inteligencia ligera, ágil e irreverente (una evidencia de lo cual fue haberse hecho amante furtiva de un católico comunista como Giampi Malnate), como presagiando el destino cruel que le deparaba el futuro a ella y su familia, repitió decenas de veces, en conversaciones con Giorgio y Malnate, que el futuro en sí, lo aborrecía, ya que prefería con mucho «le vierge, le vivace et le bel aujourd´hui» y el pasado, aún más, el querido, el dulce, el pío pasado” (p. 587).

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