Apuntes sobre la belleza, 3

La belleza y la guerra

Sin duda alguna, lo más impresionante de la historia sobre Steve McCurry y Sharbat Gula es ese encuentro improbable e inesperado que se produce entre la mirada del fotógrafo y los ojos de la niña afgana. Como una epifanía, el fotógrafo se percata de la belleza de esa niña apenas entra en la tienda que hace las veces de escuela. El rostro de la niña ilumina la tristeza de esa tienda de campaña. Quizás es el contraste tan fuerte entre la belleza de la niña y la miseria y desolacion de todo lo que la rodea lo que convierte su rostro en una aparición. Steve parece intuir que la belleza de esa niña es forzosamente perecedera y esa intuición acrecentó en aquel momento su necesidad de hacer una foto del rostro con el que se había topado. Quizás llega Steve a pensar que la belleza de la niña compensa (o incluso recompensa) en parte, por sus pérdidas, a los que sufren las consecuencias de la guerra, o a los que huyen de ella, los desplazados. Para nosotros, en cambio, como espectadores de la foto, la conciencia de que esa guerra era contexto y fondo de esa foto, y la conciencia de la desolación y miseria que produce la guerra, nos ayuda a imaginar a la niña como un ángel; como un consuelo para los combatientes y no combatientes que se encontraron en el campo de batalla o en sus márgenes; como un recordatorio de que ni siquiera la guerra produce una desolación total. Que todos están como amparados por esa belleza.
Y sin embargo, la reflexión que hace el escritor italiano Alessandro Baricco sobre la guerra en el libro Homero, La Ilíada pareciera llegar a una conclusión exactamente contraria: que ha sido la belleza de la guerra lo que ha seducido y perpetuado esta actividad a lo largo de los siglos; que esta belleza está relacionada con la oportunidad que ofrece la guerra (que le ha ofrecido al hombre desde hace siglos) de mostrarle al hombre sus propios límites para luego encumbrarlo a la gloria. Para ayudar a que los lectores comparen la visión de Baricco sobre las relaciones entre la guerra y la belleza con nuestra comprensión más convencional de la guerra, reproduzco abajo una reseña que escribí hace tiempo sobre este libro.

La Ilíada y la búsqueda de la otra belleza

Foto de Alessandro baricco en la solapa de la edición de anagrama de Homero, Iliada. (Foto de Chico de Luigi)

Foto de Alessandro baricco en la solapa de la edición de anagrama de Homero, Iliada. (Foto de Chico de Luigi)

En la versión que escribe de la Ilíada de Homero, Alessandro Baricco emprende un proyecto literario que pudiéramos atriburlo a Jorge Luis Borges, puesto que guarda algunas reminiscencias con el cuento titulado “Pierre Menard, autor del Quijote”. Se trata de una versión de La Ilíada escrita para ser leída en voz alta ante una gran audiencia. Buscando criterios que le permitieran editar este texto, Baricco se encontró que La Ilíada era una obra de impresionante rapidez narrativa si dejaba de lado las largas disquisiciones sobre las intervenciones de los dioses. Un segundo criterio de edición del texto original fue la agrupación del discurso narrativo en monólogos declamados en primera persona por los diferentes personajes (hombres, mujeres) que aparecen en la obra. Para hacer esto, Baricco tuvo que sustituir al narrador homérico, que narra en tercera persona, por narraciones en primera persona. Baricco recurre a dos o tres criterios de edición adicionales para presentar un texto más afín con el estilo contemporáneo y adecuado a la intención de leerlo en público. El resultado es una pieza sorprendente. Esto se pudo apreciar cuando Baricco leyó el texto en dos funciones públicas que tuvieron lugar en Roma y en Turín, en el otoño de 2004, ante audiencias de más de 10 mil personas y transmisión simultánea por la radio italiana en Roma: “se verificaron numerosos casos de personas que permanecieron en el coche durante horas, quietas en su aparcamiento, porque eran incapaces de apagar la radio”.
El resultado fue sorprendente además porque en la versión de Baricco de La Ilíada el hilo narrativo se fortalece hasta el punto de que penetra en la atención de lector y logra una inercia discursiva que muchas tramas contemporáneas no logran ni con suspense ni (en el caso de tramas cinematográficas) con efectos especiales que usen tecnología de punta. Así como la audiencia puede haber sufrido un efecto Sherezade y mostrarse incapaz de interrumpir la narración durante horas, asimismo el lector, que puede conocer el final por muchas razones, incluso por haber visto la película, Troy (2004) de Wofgang Petersen o, sencillamente porque la historia forma parte del patrimonio de Occidente, igual puede ser susceptible al encanto de esta versión del poema homérico.

Otra belleza

Foto del texto Otra belleza, apostilla sobre la guerra, p. 185 de la edición de Anagrama de Homero, Ilíada.

Foto del texto Otra belleza, apostilla sobre la guerra, p. 185 de la edición de Anagrama de Homero, Ilíada.

Lo segundo más sorprendente de este libro es el ensayo del autor insertado al final de la obra, “Otra belleza, Apostilla sobre la guerra”. Baricco nos muestra cómo, oculto en los entretelones del poema homérico, yace un discurso conformado por voces femeninas (la de Helena, la de Andrómaca, la esposa de Héctor, o la de su madre) que argumentan en contra de la guerra señalando cómo la crianza de los hijos, las reuniones en familia, el trabajo de la tierra y la conversación con los amigos, son superiores a la guerra. Oculta en las voces de las mujeres, inmerso en las entrañas de ese monumento a la guerra—argumenta Baricco— los griegos nos legaron su obstinado amor a la paz. Luego de que esto le es revelado, Baricco descubre ese lado femenino de La Ilíada, “difuminado, imperceptible, pero increíblemente tenaz, por todas partes”. Lo encuentra en las largas disquisiciones que preludian el inicio de la acción, aquéllas en las que los héroes, con sus palabras, posponen el inicio de la batalla. Lo encuentra también, exaltado hasta el clímax, en el mismo Aquiles, la encarnación más feroz y fanática de la guerra, quien pospone su participación en la guerra hasta la muerte de su amado amigo Patroclo. Es memorable el discurso que Aquiles pronuncia ante la embajada enviada por Agamenón para convencerlo de entrar en la batalla. Este concluye señalando que nada de lo que puede darnos la guerra se compara con la vida humana que: “ni está sujeta a pillaje para que vuelva ni se puede recuperar cuando traspasa el cerco de los dientes”.
Y sin embargo, Baricco muestra que La Ilíada la apreciamos, no por su lado femenino o por su susurrante discurso de paz, sino porque canta la espléndida belleza de la guerra con una fuerza y una pasión memorables. Es tan hermoso el canto a la belleza de la guerra en La Ilíada, que “todo, desde los hombres hasta la tierra, alcanza durante la experiencia de la guerra el momento de su más alta realización, estética y moral”. Si esta belleza de la guerra ha sido reconocida por la humanidad durante siglos, entonces—sugiere Baricco—la tarea que el hombre moderno tiene por delante es la de contruir un discurso pacifista que, en lugar de demonizar la guerra y negar al hacerlo una verdad que durante siglos el hombre ha intuido como si fuese un axioma que no requiere demostración, oponga a la belleza de la guerra otra belleza, que nos permita prescindir de aquélla que la guerra nos ofrece con seguridad. Esa belleza la encontrará el hombre sólo si asume el reto de vivir su vida cotidiana, que él percibe como aburrida y monótona, con la fuerza, la pasión y la compasión que los hombres expresan en el campo de batalla. Sólo si recordamos que esta otra belleza estará ahí para hacernos sentir que estamos vivos, podremos aspirar a una paz duradera.

Comienzo del último párrafo de la p. 185 de la edición de Anagrama de Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco

Comienzo del último párrafo de la p. 185 de la edición de Anagrama de Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco

Baricco escribe su versión de La Ilíada agregando un texto del Libro VIII de la Odisea, en la que el viejo Demódoco narra frente a Ulises la caída de Troya y la historia del Caballo, que no aparece en el texto original. Sin embargo, no parece descabelllado pensar que Baricco nos quiere convencer de que el caballo sí estaba presente a nivel conceptual en este texto. Lo estaba como una huella o quizás, más bien, como una anticipación. Baricco sugiere entre líneas que Homero, jugando con una imagen recurrente, introdujo en las entrañas de su poema, un caballo preñado de ese discurso femenino que reclama la paz. Discurso de paz que desde siglos remotos se ha escurrido (a diferencia de su reflejo narrativo) no siempre con éxito, desde las entrelíneas hasta la cabeza de lectores embriagados por la descripción que hace La Ilíada de la belleza de la guerra y la gloria con la que ésta impregna todo lo que toca.

Un comentario en “Apuntes sobre la belleza, 3

  1. Pingback: Sobre el mirar, Blade Runner, Strindberg, Gauguin, « caracas 10N, 67W

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s