Apuntes sobre la belleza, 2

Retrato de Sharbat Gula, hecho por el fotógrafo Steve MacCurry, tal como apareció cuando fue portada de la edición de la revista de la National Geographic en junio de 1985.

Retrato de Sharbat Gula, hecho por el fotógrafo Steve MacCurry, tal como apareció cuando fue portada de la edición de la revista de la National Geographic en junio de 1985.


La belleza en el campo de refugiados

There’s a crack in everything,
That’s how the light gets in.

Leonard Cohen, Anthem

Leonard Cohen

Leonard Cohen

No es un evento cotidiano en modo alguno toparnos con la belleza en su forma más pura. Quizás por una timidez innata, ella se esconde de nuestra vista como si nos retara a encontrarla. Es esto lo que define esos encuentros como eventos extraordinarios que dejan en nosotros una huella profunda. Lo irónico es que no todos la reconocen cuando se la encuentran. Algunos, como Rimbaud en la Temporada en el Infierno, la sientan en sus rodillas y la insultan. Este no es el caso de Gustav von Aschenbach, trágico personaje de la Muerte en Venecia de Thomas Mann, quien sufre tal impacto al encontrarse de frente con la belleza que extravía su vida y con ello pierde su dignidad y su arte. Uno que no sobrevivió a ese encuentro. En otras ocasiones, como cuenta Cavafy, luego de contemplarla, el poeta no se siente capaz de decidir si lo mirado fue realidad o sólo una ilusión. “Aquí debo detenerme. Y he de asegurarme que todo lo contemplo (lo vi en verdad un instante cuando me detuve): esto, y no también mis alucinaciones, mis recuerdos…”. Quizás porque hay casos en que un encuentro fugaz con la belleza deja sólo una huella leve, como la que dejaría una gaviota al pisar una arena gruesa recien mojada por el mar, que se borra rápido. Pero algunos encuentros son memorables. Sobretodo esos que fueron registrados y compartidos con nosotros; con muchos.

Pienso por ejemplo en el retrato que se conoce con el nombre de la niña afgana, que en la edición de junio de 1985, fue portada de la National Geographic Magazine. Esta imagen, que ganó el raro mérito de ser la la foto más reconocida en la historia de esa revista, ilustra para mi lo que es una belleza agustiniana perfecta, que satisface de un modo muy particular las características de: integritas, consonantia y claritas que Santo Tomás le atribuye a la belleza. Steve Mc Curry, el fotografro que hizo la foto, cuenta la profunda impresión que le causo encontrarse con esa niña en el medio de un campo de refugiados en Pakistán.

Una mañana de 1984, el fotógrafo Steve McCurry estaba haciendo fotos en un campo de refugiados en Pakistán donde habían sido alojados los desplazados de la guerra entre la Unión Soviética y Afganistán. En medio de ese mar de tiendas de campaña que era el campo de refugiados—donde Steve Mac Curry sólo esperaba hacer un centenar o más de esas fotos de guerra, dramáticas y reveladoras, para documentar la tragedia de los refugiados afganos en Pakistán—se topó de repente, apenas entró en la tienda que hacía veces de escuela para los niños refugiados, con el rostro de una tímida niña de ojos azul verdosos. En el artículo sobre los entretelones de esa legendaria foto, que se publicó en la National Geographic, Steve cuenta que, al darse cuenta de su timidez, aunque ella fue la primera niña que le llamó la atención fue la última a la que se acercó. Steve le dijo que quería hacerle una foto. “No pensé que la foto de la niña fuese a ser distinta de otras fotos que tomé ese día”. Y sin embargo lo fue para Steve Mac Curry y para todos los que vimos alguna vez la portada de aquella edición de 1985 de la National Geographic Magazine. Era la foto del rostro de una niña de serena timidez, ligeramente aterrado e inquieto, que revelaba sutilmente que hervía debajo de su piel, en las entrañas de sus genes, una ferocidad ancestral. Y sin embargo, lo que era maravilloso luego de contemplarlo por un rato era encontrarnos, como observadores, con ese algo prístino, inmaculado, indeleble, que nada había podido borrar. Ese algo que la foto de MacCurry había logrado registrar con su lente había resistido la agresión del brutal presente, y ni la larga historia de guerras, asesinatos, y lucha por la supervivencia de esa niña afgana había hecho empalidecer su brillo. Ese algo era la belleza absoluta de ese rostro que al mirarlo—por primera o por milésima vez, porque lo bello no se desgasta: lo que una vez fue bello, lo será por toda la eternidad—uno siente que emite una luminosidad fosforescente que, a primera vista, se pudiera creer que sale de los eléctricos ojos caleidoscópicos de Sharbat Gula, el nombre de la niña. Sin embargo, después de contemplar ese rostro una segunda vez, con más detenimiento, me doy cuenta de que sus ojos sólo son los elementos más notables y protagónicos de la consonantia perfecta de ese rostro en el que hasta sus más ínfimos detalles, hasta las diminutas imperfecciones en el color de la piel, forman parte de ese todo armonico; opera una misteriosa sinergia entre todos y cada uno de los detalles del rostro que los hace contribuir con su luminosidad; construir su claritas. Como si no hubiera cancelación alguna de la belleza de unos elementos por la fealdad de otros. Nada en ese rostro opaca lo que apreciamos a primera vista como un rostro de absoluta belleza. Nada hay que se le pueda cambiar al rostro que pudiera haberlo hecho más bello.

  • ********************************************************************************************************************

Esa guerra había comenzado a finales de diciembre de 1979, cuando las tropas soviéticas entraron a Kabul, en Afganistán, tomaron los edificios del gobierno, ejecutaron al presidente Hafizullah Amin (alegando que era un agente de la CIA) y lo reemplazaron por Barack Karmal, a quien el gobierno de Amin había designado poco antes de su derrocamiento como embajador de Afganistán en Checoslovaquia. Los soviéticos no se esperaban que esa fácil conquista de un país pobre y mayormente rural, se convirtiese en una tarea tan difícil de cumplir. Que los guerreros afganos defensores del islam, o mujahidines, como se conocen, constituyeran tan rápidamente una resistencia armada tan persistente. Lo trágico es que tampoco la administración de Ronald Reagan, ni la del presidente Jimmy Carter, que lo precedió, anticiparon que precisamente Osama Bin Laden, uno de los mujahidines a los que ellos dieron entrenamiento con ayuda de la CIA, perpetraría años después los terribles actos de terrorismo del 11S.

  • ********************************************************************************************************************
Retrato de la Gioconda de Leonardo Da Vinci,

Retrato de la Gioconda de Leonardo Da Vinci,

En algo me recuerda la belleza de Sharbat Gula en esa portada de la revista NG a la belleza de la Mona Lisa, de Leonardo Da Vinci. Voy a tratar de explicarme y lo voy a hacer recordando el grupo de científicos que trató de analizar de composición de emociones de ese retrato.
Con la ayuda de complejos algoritmos de reconocimiento facial, capaces de cuantificar emociones en un rostro, Nicu Sebe, un profesor de la Universidad de Amsterdam y Tom Huang, del Beckman Institute for Advanced Science and Technology en la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, hallaron que la modelo que posó para ser pintada como la Mona Lisa (o que Leonardo pintó) tenía al momento de ser pintada una compleja mezcla de emociones en las que domina la felicidad (86,7 por ciento), pero que también tiene, en menores proporciones, sentimientos de disgusto (9.17 por ciento), temor (5.81 por ciento), y un pequeñísimo porcentaje de rabia (2.19 por ciento).

Al margen de que el sofisticado algoritmo de reconocimiento de emociones desarrollado por Sebe y Huang haya acertado en identificar la composición exacta de emociones que refleja ese rostro enigmático, considerado por espectadores de muy diversas culturas como una obra de arte, sin duda la popularidad transcultural de ese retrato que ha conmovido a italianos, franceses, ingleses, chinos, venezolanos, norteamericanos, japoneses y bengalíes, puede explicarse por la mezcla de emociones que subyacen a la expresión enigmática de la mujer retratada. Creo que el genio de Leonardo no se expresa en esa pintura solamente en la técnica impecable con que la realiza (su ejecución del sfumato por ejemplo). Tampoco en las innovaciones como artista que él introduce. Creo que lo que distingue en ese cuadro la factura del genio es la decisión que toma el artista de registrar con tal precisión la instantaneidad de la belleza en ese rostro. Plasmar sobre ese lienzo un rostro que puede haber durado un instante infinitesimalmente corto, que era único entre millones de múltiples y cambiantes expresiones que podía tener el rostro de su modelo, durante el cual los rasgos de La Gioconda configuraban una enigmática, paradójica e incluso imposible combinación de emociones que pocos podrían imaginar que eran todas ellas capaces de coexistir simultáneamente en un rostro o un espíritu (O si llegasen a coexistir todas ellas, a semejanza de algunas partículas elementales que sólo existen por billonésimas de segundo) la combinación de ese conjunto de emociones podría ser de tan extrema labilidad que pocos, a no ser genios como Leonardo, serían capaces de percibirla y luego reproducirla).

Retrato de William Butler Yeats

Retrato de William Butler Yeats

De modo que uno pudiera concluir que fue la capacidad de Leonardo de captar esta suerte de cohabitación, por infinitesimalmente instantánea que haya sido, en el espíritu y rostro de una mujer, lo que definió la grandeza de ese retrato. Análisis que me remite a la idea de que quizás la belleza no es sólo un instante en el tiempo, pudiera ser también un ángulo muy preciso de observación, como en aquel poema de Yeats (“Nymph of the downward smile and sidelong glance! / In what diviner moments of the day /Art thou most lovely?”). No sólo mira esta doncella al poeta desde un ángulo preciso con esa mirada de soslayo, sino que el poeta piensa y le pregunta si no habrá un instante del día cuando ella es más adorable y seguramente por causa de su belleza. Ángulo o instante para conjurar la belleza.

Pero nada de todo esto fue necesario en el caso de Steve McCurry. Sharbat Gula en esa foto posee esa belleza absoluta que no precisa de instantes o ángulos. Desde donde quiera que se la mire, ahí estaba ella. Iluminando la miseria, la pobreza, la tragedia, de ese campo de refugiados en Pakistán. Quizás Gustav von Aschenbach tuvo un encuentro parecido al de Steve. Pero éste personaje literario no lo sobrevivió. Steve y su foto, sí. Me parece que solamente una belleza como la de esta niña puede producir una fractura en la malla de la realidad; como si esa imagen, de tan bella que es se comportara como una de esas singularidades que describe el físico Stephen Hawking, capaz de rasgar el espacio-tiempo y permitir—como lo dice Leonard Cohen en su canción Anthem— que entre la luz.

3 comentarios en “Apuntes sobre la belleza, 2

  1. Pingback: Araguaney en La Trinidad « caracas 10N, 67W

  2. Eso lo escribió Cohen? A qué canon de belleza se refiere? De acuerdo a mi canon la monalisa es horrible. Tiene cara de empleada doméstica, y su expresión angelical dibuja un puritanismo infantiloide que me parece detestable. Esa monalisa es horrible y da vinci jamás sintió que estaba retratando la belleza. Y al que crea que se necesita un algoritmo demasiado complejo para percibir las emociones de un rostro humano, mierda, el que cree que necesita algo así para ver las emociones de un rostro… ese tío sí que está mal.

    El genio de da vinci no tiene nada que ver con técnica. Cualquiera puede tener oficio, incluso mucho oficio, pero son muy pocos los que verdaderamente tienen una buena historia que narrar y ahí está la genialidad de da vinci, en su capacidad narrativa, no en su técnica ni en su oficio, sino, en el “significado” que imprimió en sus obras pero, lamentablemente, para comprender ese significado, no existe algo más poderoso que la conciencia humana y el que necesite un ordenador está jodido.

    Vaya gente loca! Dejen tranquilo a Da Vinci si no lo comprenden! Y si usted cree que realmente ha visto alguna vez la monalisa, pregúntele a Walter Benjamin, no vaya a ser que solo haya visto una mala copia de la monalisa…. que no es lo mismo que ver la monalisa.

    en fin, qué aburridos son los seres humanos, infinitamente aburridos…

    • Estimado Yeats,

      Leonard Cohen escribió eso de que hay fisuras en todo, y que por esas fisuras se cuela la luz. Incluso hay fisuras en el algoritmo que te parece tan detestable y que pareciera que puede ilustrar de un modo tan pobre el genio del otro Leonardo, Da Vinci. Del mismo que creo que en toda persona hay cosas de las que puedo aprender, creo que en efecto de toda invencion del hombre uno puede sacar cosas buenas. No le rindo tributo maximo a la conciencia humana. Quizás toda nuestra conciencia, genial y no sobrepasada aun por las máquinas, sea el resultado (como lo llega a soñar una vez Carl Jung) de un inconciente omnisciente que, situado más allá del espacio y del tiempo como dice él, sueña al hombre y su conciencia. Creo que de todos modos, conocemos poco sobre nuestra conciencia, que es la parte iluminada de nuestro ser, y mucho menos sobre nuestrao oscuro y a veces insondable inconciente. Volviendo al algoritmo que analiza la mezcla de emociones en un rostro, creo que es un instrumento válido que me luce simpático y no lo desprecio porque, segun Benjamin, tal análisis cree el riesgo de destruir el aura de esa obra. Curioso Benjamin que luego de enamorarse de esa manera de la comunista Asja Lacis, cuando estaba en Capri en 1924, y convencido seguramente del valor del materialismo para explicar la historia y la vida, llegue a un concepto pseudo-místico como el del aura sobre el que Bertolt Brecht escribe: “La expectativa de que todo lo que miras te mira crea el aura (…) todo muy místico a pesar de su actitud antimística! Así es como se adapta el concepto materialista de la historia!” Para mi, antes o encima del concepto de aura, el de empatía personal entrre el otro y tú. Tu capacidad para comprender de un modo empático lo que pasa por el conciente y el inconciente del otro. De ciertos otros o de esos otros en momentos precisos. Creo que ahí hay algo. La empatía entre Da Vinci y la Monalisa está presente para mi en esa obra que pude ver en un par de ocasiones detrás de decenas de cámaras y manos de docenas de turistas en el Louvre. No en una copia. Es decir, quizá ahi desde atrás no habia muchas posibilidades de que ella (La Monalisa) me devolviera mi mirada. Pero algo de ella ciertamente recibí. Quizá no menos de lo que recibí de esa niña, esa ninfa del poema de Yeats que mira de soslayo, medio melancólica, como evitando que se construya un aura entre nosotros, resistiendo ese intercambio, pero al hacerlo, precisamente esa resistencia en la que persiste es lo que crea su encanto. Quiza de eso se trata todo, de resistencias que construimos, de muros que eirigimos porque creemos que nos protegerán de las amenazas del mundo exterior, o de nuestros demonios interiores, y de las fisuras que revelan que esos muros no son suficientes. que a pesar de todo permiten el intercambio. La empatía. El aura quizá. la luz ciertamente. Viva Cohen!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s