El Gran Colisionador de Hadrones: mirada retrospectiva

El 21 de octubre de 2008, era la fecha planeada para inaugurar oficialmente y arrancar para hacer circular y acelerar, por las entrañas del acelerador de partículas llamado el Gran Colisionador de Hadrones, haces de protones por las entrañas de la máquina más grande y compleja que haya construido el hombre. En esa fecha, sólo se iba a probar si la máquina era capaz de hacer circular a velocidades de prueba, muy por debajo de las velocidades y energías máximas posibles a las que el LHC es capaz de acelerar el haz de partículas según su diseño, dos haces de protones y producir las primeras colisiones. A la fecha, se espera que el LHC arranque una fase de experimentos a partir de septiembre del 2009. La gente en estos primeros meses del año 2009, tan preocupada como anda por especular sobre cómo le va a afectar la crisis económica global, parece haberse olvidado pronto de los riesgos a los que se hace referencia en el presente texto. La mayoría de ellos ilusorios, construidos por ellos. Quizás algunos, muy poco probables, reales. Y sin embargo, cabe predecir que aparecerán una vez más, temores y riesgos. Una versión del presente trabajo fue publicada en la edición décimo tercera de la revista GP.

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Babel hipertecnológica para cazar la partícula de Dios

Y dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad
y una torre, cuya cúspide llegue al cielo;”

Génesis 11: 1-9

La historia de los aceleradores de partículas comienza en junio de 1919, cuando durante su último año en Manchester, el físico neozelandés Ernest Rutherford realiza un experimento en el que bombardea un núcleo de nitrógeno con partículas alfa. Cuando Rutherford bombardea con estas partículas una finísima lámina de oro, una pequeña proporción de las partículas rebota. Las partículas alfa (que tienen carga negativa) son emitidas por elementos radioactivos como el uranio o el radio durante el decaimiento alfa y tienen una energía de entre 3 y 7 millones de electrón voltios (Mev). Mediante el bombardeo con estas partículas, Rutherford produjo, por primera vez en la historia, un proceso de fisión atómica, al desintegrar el átomo de nitrógeno produciendo un átomo de hidrógeno y otro de oxígeno. Los resultados del experimento eran sorprendentes. “Era como si uno le disparara un proyectil de 15 pulgadas a una delgada hoja de papel tisú y el proyectil rebotara hacia uno”—escribió Rutherford. Sus experimentos condujeron al descubrimiento de que la mayor parte de la masa de un átomo está concentrada en un área reducida, el núcleo.

Luego de ese experimento, y durante más de 10 años hasta 1932, los científicos realizaron incontables experimentos con partículas alfa. Sin embargo, el decaimiento alfa tiene el problema de que no permite producir un haz de partículas con una misma cantidad de energía. Esto hizo pensar en el desarrollo de fuentes artificiales de partículas alfa. Hubo que esperar hasta 1932 cuando, J.D. Cockcroft, y E.T.S. Walton, científicos de la Universidad de Cambridge, en Gran Bretaña realizaron el primer experimento exitoso con iones acelerados artificialmente. Utilizando un multiplicador de voltaje, Cockford y Walton aceleraron protones hasta que alcanzaran una energía de 710 mil electrón voltios (Kev) y los hicieron incidir sobre núcleos de litio, con ello habían logrado hacer una reacción de fisión nuclear que produjo dos partículas alfa. Con este experimento, nacía la era de los aceleradores de partículas que durante los 70 años siguientes produjo una familia muy diversa de versiones de estas máquinas, en las que el incremento en la energía con que son acelerados los haces de iones ha sido el marcador de la evolucion tecnológica. Cada nuevo acelerador ha incorporado una innovación para acelerar las partículas a velocidades cada vez mayores, y éstas se han ido acercando lentamente a la velocidad de la luz (300 mil kilómetros por segundo). Lo que se ha perseguido con esta carrera de acelerar con velocidad y fuerza crecientes los haces de partículas es lograr colisiones capaces de romper las partículas en sus partes más elementales: los quarks, los neutrinos, los gluones, etc. y analizar lo que resultó de eso.

Explorando la estructura de lo real

Los protones, los neutrones, la antimateria, los gluones, los neutrinos, los quarks, las partículas W y Z, el top quark han sido todas descubiertas en el pasado reciente con aceleradores de partículas. Como vemos, algunos nombres son extraños y uno diría que describen, mas que partículas, conceptos teóricos que articulados unos con los otros funcionan como los ladrillos de la tramoya que sostiene desde lo infinitamente diminuto, la estructura de lo real. En ese ámbito más fundamental, la nueva física postula que los componentes básicos son cuerdas de energía, que ocupan un espacio de, por lo menos, diez dimensiones y que, en realidad nuestro Universo es un multiverso.

Teoría de Cuerdas
Sostiene que todos los bloques de materia son expresiones de un único elemento básico unidimensional llamado cuerda. De acuerdo con esta teoría, un electrón no es un “punto” sin estructura interna y de dimensión cero, sino una cuerda diminuta que vibra en un espacio-tiempo de más de cuatro dimensiones. Si se observa un electrón a nivel microscópico, se percibe que éste no es un punto, sino una cuerda que puede oscilar de diferentes maneras. Si lo hace de cierta manera, macroscópicamente veríamos un electrón; pero si oscila de otra manera, veríamos un fotón, un quark, o cualquier otra de las partículas del modelo estándar.

Muchas de las hipótesis sobre la estructura del Universo están a punto de cambiar. Uno de los hechos que puede introducir un cambio radical en el conocimiento que tenemos sobre estos temas es la puesta en marcha del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés). Hasta hace poco, el acelerador de partículas con mayor potencia construido hasta la fecha, y que continúa en funcionamiento era el Tevatron, un acelerador circular de protones y anti-protones que acelera haces de estas partículas hasta que colisionan con una energía de 1 billón de electrón volition (1 Tera ev) en el interior de un anillo cilíndrico de electroimanes de 3,9 kilómetros de longitud. El tevatron está operado por Fermilab, localizado en Chicago, Illinois. Otro acelerador construido recientemente que ha sido de inmenso valor para la física de alta energía es el Relativistic Heavy Ion Collider (RHIC), localizado en el Brookhaven National Laboratory, de Upton, New York. El RHIC comenzó a funcionar en el año 2.000. Produce la colisión de haces de protones polarizados, provenientes de atomos de oro, que son acelerados hasta velocidades relativistas (99,9995 por ciento de la velocidad de la luz). Los dos haces de protones son acelerados hasta alcanzar energias de 200 mil millones de electrón voltios (Gev). Se utiliza el oro porque, como es uno de los elementos comunes más pesados, su núcleo es sumamente denso en protones y neutrones y esto asegura que las colisiones produzcan información interesante en los distintos experimentos que se realizan en esta máquina. Analizando esta información, los científicos han podido estudiar formas primordiales de materia.

Multiverso
La primera noción de infinitos universos aparece en los Puranas, textos sagrados hindúes, donde se expresa la idea de que cada universo tiene sus dioses, habitantes, planetas e infinitos ciclos de nacimientos, muertes, y renacimientos. En la edad moderna, el psicólogo William James retomó esta idea en 1895: “la naturaleza visible es toda plasticidad e indiferencia, un multiverso y no un universo”. En la cosmología contemporánea, el multiverso surge de la teoría-M (“M” por membrana o madre), que fue desarrollada para integrar cinco versiones de la Teoría de Cuerdas. Esta describe un universo de 11 dimensiones en la que nuestro universo y otros universos son creados por colisiones entre las membranas de un espacio 11-dimensional.

El Gran Colisionador de Hadrones (Large Hadron Collider)

Proyectado y construido bajo la supervisión del Cern, la Organización Europea para la Investigación Nuclear a un costo que supera los 8 mil millones de dólares, el LHC fue construido en la frontera franco-suiza cerca de la ciudad de Ginebra. Tiene un diámetro de 27 kilómetros y por razones prácticas fue construido en el subsuelo, a una profundidad que oscila entre 50 y 175 metros. Al funcionar producirá la colisión de dos haces de protones que viajarán en sentido contrario y serán acelerados y obligados a chocar de frente a una velocidad que alcanza 99,99 por ciento de la velocidad de la luz y con una energia de 14 Tera ev (14 billones de electrón voltios).

Cern
En julio de 1953, con apoyo de Unesco, once naciones europeas firmaron un acuerdo en el cantón de Ginebra, Suiza, para establecer la creación de una organización para la investigación nuclear. Así nació esta institución que ha producido laureados del Nóbel en física en seis ocasiones distintas, y que se destca además por ser cuna de la web, y sede del primer servidor y primer dominio: http://info.cern.ch/, puesto que la web fue inventada por Tim Berners-Lee, científico que trabajaba en Cern.

Los más de 8 mil físicos, astrofísicos y cosmólogos de 85 naciones asociados con el proyecto, y que investigan sobre la estructura última de la materia, la estructura fina del Universo, o la historia de los orígenes del Universo, están entusiasmados con la posibilidad de producir evidencia experimental que valide algunas de las teorías más sofisticadas en esas áreas. Con el LHC se quiere explorar la validez y limitaciones de lo que se conoce como el Modelo Estándar de la física de partículas.

El Modelo Estándar
Es una teoría cuántica de campos desarrollada entre 1970 y 1973 que integra tres de las cuatro interacciones fundamentales conocidas entre partículas elementales. Es consistente con la mecánica cuántica y la relatividad especial. Casi todos los experimentos sobre las tres fuerzas descritas por el modelo están de acuerdo con sus predicciones. Sin embargo, no es una teoría completa, debido a que no incluye la gravedad, la cuarta fuerza.

Peter Higgs de visita en CERN

Peter Higgs de visita en CERN

Además esperan encontrar el elusivo boson de Higgs. Esta hipotética partícula subatómica fue postulada por primera vez hace 40 años por Peter Higgs, físico escocés y profesor emérito de la Universidad de Edimburgo. Desde entonces, ha sido buscada infructuosamente en todos los aceleradores de partículas. Si se llega a descubrir en las colisiones del LHC, se podrían corroborar fantásticas hipótesis sobre el tejido último del espacio-tiempo. Según una de las hipótesis, la totalidad del espacio vacío en el Universo está permeada por un campo invisible que actúa como aglutinador cósmico y que se llama campo de Higgs, se supone que éste le conferiría la masa a todas las partículas que atraviesa, que de otro modo no la tendrían. Es decir, la masa no es una propiedad de ciertas partículas elementales sino una propiedad del fantasmal bosón de Higgs, llamado en broma la partícula de Dios por Leon Lederman, laureado Nóbel.

Boson de Higgs
Ha sido mencionado en múltiples obras de ficción. En la película que hace Steven Soderbergh de Solaris, novela de Stanislaw Lem, el guión hace una refencia a esta partícula, que no aparece en la novela: “Si creáramos un campo de Higgs negativo, y lo bombardeamos con un haz de Higgs antibosones, ellos se podrían desintegrar”, dice un personaje. En White Mars de Brian Aldiss, se organiza una expedicion para ir a Marte, donde se encuentran bosones de Higgs que guardan el secreto sobre el origen de la masa en el Universo. En Trance-Fusion, álbum póstumo de Frank Zappa, hay un track instrumental llamado ‘Finding Higgs’ Boson’.

Algunos de los científicos que están detrás del LHC piensan que si descubren un bosón de Higgs podrían lograr un avance importante en la búsqueda de lo que fue el sueño de Albert Einstein, concebir una primera versión de la Teoría del Campo Unificado (llamada actualmente Teoria del Todo). Hasta la fecha, esta empresa, cuestionada por algunos científicos, sólo ha dado resultados parciales, puesto que sólo se han integrado en una teoría tres de las cuatro fuerzas fundamentales del Universo: el electromagnetismo, las interacciones débiles y las interacciones fuertes, pero la gravedad ha quedado fuera de toda explicación. El bosón de Higgs podría también ayudar a explicar por qué la gravedad es tan débil comparada con las otras tres fuerzas. Se espera que en las colisiones se produzcan otras clases más extrañas de partículas: los temidos micro agujeros negros, los peligrosos strangelets, los monopolos magnéticos, y las partículas supersimétricas.

Temores sobre la seguridad del LHC

Por alguna razón, la sofisticación y complejidad de la física de las partículas elementales ha sido con frecuencia un recurso de los escritores de ficción para hablar sobre el Fin del Mundo. En la versión cinematográfica de Angeles y Demonios, el libro que precedía el Código Da Vinci de Dan Brown, los villanos usan un acelerador del Cern para producir suficiente antimateria para hacer una bomba que haga explotar el Vaticano. Algunas escenas de esta parte del guión fueron rodadas en el Cern en Ginebra. En Blasphemy, un best seller al mejor estilo Michael Crichton el autor, Douglas Preston, crea una trama en la que un grupo de físicos de alta energía construyen en el subsuelo de Nuevo México Isabella, un acelerador de partículas gigante con el que buscan investigar el origen del Universo. Contra este proyecto y los científicos que lo promueven decide actuar un grupo de evangelistas fundamentalistas. La novela narra las aventuras de esta colisión entre grupos de ideas opuestas. Y sin embargo, en ocasiones la realidad quiere parecerse a la ficción. O, para decirlo en términos de un físico cuántico, algunos de los mundos paralelos en los que pudiéramos deslizarnos (si el funcionamiento del LHC fuese capaz de abrir, como algunos temen, un portal a una realidad distinta), pudieran abrir una puerta al fin de nuestro mundo.

Sin embargo, la física de alta energía es un campo de la ciencia que tiene una facilidad especial para despertar temores de la más diversa índole. Quizás porque algunos temen que los elevadísimos niveles de energía que se utilizan en los aceleradores de partículas para separar o disolver el núcleo atómico pueden interrumpir la continuidad del espacio-tiempo. Así, cuando en 1983 comenzó sus operaciones el Tevatron en Fermilab, Paul Dixon, un psicólogo que dicta clases en la Universidad de Hawai, y que tiene un limitado dominio de las matemáticas que requiere la física de alta energía, declaró a la prensa que ese acelerador podía “abrir un hueco en el universo”, empujando la Tierra a una transición hacia un supervacío (un espacio de Siter) en el que las leyes de la física fueran distintas. Este tipo de temores se reavivaron cuando en el 2000 comenzó operaciones el RHIC. Desde unos años a esta fecha, este tipo de temores de que sucedan accidentes catastróficos han vuelto a aparecer.

En relación con el inminente inicio del LHC, algunos científicos ven como preocupantes que las colisiones produzcan: micro agujeros negros (m-AN) y strangelets. Atenúa la validez de esos temores una teoría del físico Stephen Hawking, de la que se deriva que los m-AN deberían sufrir una espcie de evaporación gracias a un proceso teórico llamado radiación de Hawking que describe la emisión de partículas de materia por los agujeros negros. Cuanto menor sea un m-AN mayor sería su tasa de evaporación. En el momento de su desaparición, el agujero negro explotaría y a esta explosión estaría asociada una súbita e inexplicable emisión de pàrtículas en un punto de espacio.

El satelite GLAST, lanzado en junio de 2008, debe hacer un scaneo del Universo buscando explosiones súbitas de rayos gamma que puedan interpretarse como una evidencia concreta de que la radiación de Hawking es un proceso natural en el Universo. De este modo, la Teoría Estándar, con la que la hipótesis de la radiación de Hawking es consistente, predice que los m-AN que se pudieran producir en el LHC se evaporarán casi inmediatamente. Sin embargo, ciertas hipótesis recientes que extienden el Modelo Estándar, plantean que pudieran crearse agujeros negros estables en el LHC a una tasa de uno por segundo. Si lo anterior sucede pueden ocurrir una de dos cosas: 1. Los micro agujeros negros se escapan del campo gravitacional de la Tierra, o 2. Se quedan atrapados dentro de éste. Por ejemplo, las colisiones producidas por la altísima energía con que los rayos cósmicos inciden sobre la Tierra es posible que produzcan, ocasionalmente, agujeros negros diminutos, pero como estos rayos viajan a velocidades cercanas a las de la luz, atraviesan la Tierra en un ¼ de segundo y apenas chocan con un par de quarks. Muy distinto es el caso de que se produzcan micro agujeros negros en el interior del LHC. Como después de la colisión, éstos se quedan quietos, es muy posible que pudieran quedar atrapados por el campo gravitacional de la Tierra. Y al cabo de pocos minutos u horas comiencen a devorar la Tierra.

Hay otro riesgo que podría derivarse de la operación del LHC. Se trata de la producción de strangelets, término que designa un agregado microscópico de materia extraña que contiene un número casi idéntico de partículas llamadas quarks arriba, quarks abajo y quarks extraños. Esta hipótesis fue sugerida en 1999 por Frank Wilczek, un fisico que ganó el Premio Nóbel quien escribió un carta en la revista Scientific American alegando que los temores de que el RHIC, que iba a iniciar operaciones por esos tiempos, pudiera producir un mini agujero negro estable que se devorara la tierra se podía descartar. En cambio dijo, un acelerador como el RHIC podía producir strangelets, una forma de materia que se encuentra en el centro de las estrellas de neutrones. En ese caso, Wilczek observó, “uno debería preocuparse sobre la posibilidad de que ocurra una transición tipo ice-9—nombre que hace referencia directa a una sustancia imaginaria que en The Cat and the Cradle, novela de ciencia ficción escrita por Kurt Vonnegut Jr., congela la totalidad del planeta y lo convierte en una pelota de hielo—en la que toda la materia que rodea al strangelet se convierta en materia extraña y el mundo completo se desvanezca. Wilcek agregó que quizás su hipótesis no era plausible. Pero el daño estaba hecho, era un premio Nóbel y su argumentación parecía creíble. El Times de Londres tituló al conocer esta carta: Big Bang Machine could destroy the Earth.

La demanda contra el LHC en Hawai

Hawai se encuentra en los antípodas de Suiza. Para recordarle a la humanidad que la puesta en funcionamiento del LHC entraña riesgos que amenazan a toda la humanidad; que lo mismo pudiera ser afectado un ciudadano de Hawai que un ciudadano suizo, un par de científicos con una visión extremadamente pesimista del LHC, el estadounidense Walter Wagner y el español Luis Sancho introdujeron el pasado 21 de marzo de 2008 una demanda en un tribunal de Hawai contra el CERN y las agencias del gobierno de Estados Unidos que cooperan con la construcción y operación del LHC: el U.S. Departament of Energy, la National Science Foundation, Fermilab entre otras. En el escrito introducido en esta corte, los demandantes solicitan que la puesta en funcionamiento del LHC sea pospuesta hasta que se obtenga evidencia (por ejemplo mediante data enviada por el satelite Glast) de que la radiación de Hawking, el argumento más fuerte que nos protege de los micro agujeros negros que pueden formarse durante la operación del LHC), es una hipótesis válida y efectivamente va a hacerlos desaparecer.

Una evidencia semejante podría obtenerse para descartar el riesgo de que el LHC forme materia extraña que sea una amenaza para la humanidad mediante transiciones tipo ice-9. El CERN ha evaluado la probabilidad de que ocurran cualquiera de los dos eventos que más temen los científicos pesimistas y dice que es menor a 1 en 50 millones, probabilidad igual a la de que la humanidad sea destruida por un meteorito que choque contra la Tierra. En una entrevista que le realizara ADNmundo.es Wagner responde a una pregunta sobre estos riesgos: “en esencia los tres experimentos reales que el CERN llevara a cabo, replicar el big bang, crear materia extraña y agujeros negros son experimentos que en el universo destruyen estrellas y galaxias. Sólo una especie tan arrogante como la nuestra puede ahora decir que recrear las condiciones de energía del big bang en la Tierra no ofrece ningún riesgo.” En esa entrevista, hay una segunda opiniòn de Wagner que valdría la pena citar. “¿Por qué lo hacen los físicos cuánticos? Antes hacían bombas atómicas. Este trabajo meramente sigue su línea con una maquina más grande y una bomba más fuerte. Se trata de gente además que cree que el mundo es matemático, no biológico como pensamos los científicos de sistemas y la mayor parte de la gente. La vida pues es secundaria al número. Pero la ultima razón es industrial. El Cern, cuya única razón de existir son los 13.000 millones de dólares gastados en la máquina, no puede contar la verdad y prefiere tomar el riesgo.”

Reflexión sobre los riesgos

Como en todas las historias, hay por lo menos dos maneras de mirar la polémica que ha generado la inminente puesta en marcha del LHC. Una deja a los cientificos bien parados. Parte del supuesto de que los hombres de ciencia son prudentes al hablar y por tanto no están dispuestos a afirmar categóricamente que la probabilidad de que ocurra cualquier cosa, incluyendo los eventos catastróficos descritos por los pesimistas, sea cero. Jamás asumen una postura categórica de negación absoluta de un hecho cuyas posibilidades de ocurrencia sólo conocen teóricamente; lo sentirían como una contradiccion con el espiritu cientifico. Lo malo para ellos es que este principio introduce una asimetría que los pone en desventaja frente a quienes pueden hacer afirmaciones categóricas de cualquier clase sin prurito alguno. Si se suma a este principio (¿ético?) de los científicos la naturaleza incierta de la realidad cuántica, se comprende que sea aún más difícil para los promotores del LHC negar los alegatos de que éste puede ser una amenaza para la Tierra y la humanidad.

Una segunda manera de mirar la situación es pensar que efectivamente los científicos, sobretodo los más inteligentes, pueden ser muy arrogantes. Ellos podrían ser propensos a creer que son poseedores de la Verdad. Y sentir que lo que investigan está por encima y trasciende las a menudo mínimas, cotidianas y pasajeras preocupaciones de millones de seres humanos en todo el mundo. Del mismo modo que el riesgo de la operación del LHC puede afectar a toda la humanidad (hacerla desaparecer), tener la posibilidad de recrear los instantes del comienzo del espacio y el tiempo, y fabricar tipos de materia que se produjeron en esos momentos (como la materia extraña) es fascinante y el conocimiento que se desprenda de todo eso acrecienta el capital cognitivo de la Humanidad. Sobretodo si se considera que la información que se produzca sobre los 600 millones de colisiones por segundo que se registren en los cuatro detectores instalados en el LHC será compartida por una red global que se conoce como La Grilla, que conecta decenas de miles de computadores y a la que tendrán acceso miles de científicos en decenas de naciones.

El problema es que ni la ciencia ni los políticos, y menos aún el hombre común, saben cómo debatir una situación como la que plantea el arranque del LHC. ¿Cómo ponderar el valor de los nuevos descubrimientos que producirá el LHC frente al riesgo mínimo de que miles de millones de seres humanos desaparezcan del planeta? ¿Cómo se debaten este tipo de problemas en una sociedad democrática? ¿Cómo estimar con exactitud los riesgos cuando hacerlo depende de complejísimas teorías e hipótesis acerca de las cuales no se ponen de acuerdo las mentes más brillantes del planeta? Sir Martin Rees, un cosmólogo de la Universidad de Cambridge, Astrónomo Real y autor de Our Final Hour: A Scientist’s Warning: How Terror, Error, and Environmental Disaster Threaten Humankind’s Future In This Century – On Earth and Beyond (2003), dijo en una entrevista para The New York Times en la que comentó este debate que “el problema es que la sociedad no ha acordado acerca de un estándar sobre lo que es seguro en estos ámbitos surreales en los que las probabilidades de un desastre pueden ser muy bajas pero las consecuencias en el caso de que ocurra sean fatales para todos”.

Fin del Mundo, por culpa del hombre

La reflexión sobre la posibilidad de que el hombre tome una decisión que cree una catástrofe que afecte a toda la humanidad y, eventualmente, a la totalidad de la vida sobre la Tierra es algo que se ha debatido en otras ocasiones de la historia reciente. Así, en 1957, durante el discurso de aceptación del Premio Nóbel, el escritor franco-argelino Albert Camus decía: “Cada generación se siente fuertemente llamada a reformar el mundo. La mía sabe que no lo va a reformar, pero su tarea es aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se destruya.” Camus compartía con su generación el temor a que el liderazgo político de cualquiera de las dos grandes potencias, la Unión Soviética o Estados Unidos, enfrentadas por el veneno de la ideología, careciera de la cautela, prudencia y sensatez necesarias, y tomara una decisión equivocada que iniciara una guerra nuclear que acabara con la vida sobre el planeta. Aquella crisis de los misiles cubanos llevó a la humanidad a imaginar lo impensable: que había llegado su hora final. El 22 de octubre de 1962, el presidente John Fitzgerald Kennedy se dirigió a la nación para anunciar que, como habían descubierto la instalación de bases para lanzar misiles en un futuro próximo, iban a establecer un cerco alrededor de Cuba desplegando barcos y aviones de guerra estadounidenses para hacer efectiva su decisión. Dos días más tarde, el 24 de octubre, Nikita Jrushchov respondió que ellos, los soviéticos, no iban a instruir a sus barcos (que llevaban los misiles nucleares a Cuba) que se desviaran. Pero a última hora los barcos soviéticos sí alterararon sus rutas o regresaron a sus puertos de partida. Había prevalecido la sensatez y todo terminó con un acuerdo secreto. Sin embargo, el temor de que algo semejante volviera a ocurrir no desapareció hasta que con la Caída del Muro de Berlín, en 1989, acabó esa pesadilla. O por lo menos, muchos en el mundo pensaron que era pesadilla debía terminarse. Aunque durante las semanas finales del gobierno de Geroge W. Bush, se pensó que la Guerra Fría se estaba reactivando, y que Rusia había iniciado algunas movidas para conformar un incipiente bloque anti-occidental con el apoyo de países como Venezuela, la victoria de Barack Obama como presidente de Estados Unidos, hizo descartar por los momentos, una vez más, ese viejo temor.

Sin embargo, en relación con la esencia de ese temor, la de que una única decisión humana conduzca a una hecatombre global, vale la pena recordar que es necesario que una única decisión equivocada, tomada por un grupo pequeño de personas, digamos los presidentes de las grandes potencias políticas, sea la responsable de producir tal hecatombe.

Catastrofe producida por millones de decisores
Pudiera no ser necesario que haya grandes decisiones para que se produzca la catástrofe. Esta pudiera ser conjurada también por millones de pequeñas decisiones tomadas por personas de todo el mundo que las ejecuten de a poco, en un proceso que a la larga sea tan fatal como apretar el botón del primer misil nuclear para atacar a una potencia de Occidente o de Oriente. Un ejemplo de esto es el problema del Cambio Climático Global. No se trata sólo del liderazgo político y la sensatez de sus decisiones. Para evitar que empeore la problemática del clima global, líderes, instituciones y ciudadanos de todas las naciones se tienen que dar cuenta de cuál es el problema, y formular e implementar soluciones. Es posible que algunas de ellas impliquen un cambio radical en el modo en que piensan y viven sus vidas los ciudadanos de muchas naciones. Sin embargo, afortunadamente, cada día más personas se convencen de que cuanto más temprano se comience a cambiar para afectar menos el ambiente, será mejor. Y esta percepción parece ser más fácilmente adoptada por jóvenes que por gente mayor.

Catástrofes de tercer tipo
Finalmente cabe pensar en una tercera clase de catástrofe que implica pocos decisores. En esta ocasión, no se trata de líderes políticos que toman decisiones fatales emotiva o apasionadamente (al modo en que podría tomarlas hoy en día el fundamentalista líder de una nación musulmana), sino de hiperracionales hombres de ciencia tocados por un hambre de conocimiento absoluto quienes, no obstante su hiperracionalidad, no poseen una comprensión completa y exacta de la complicada red de relaciones causales en el Universo. Conocen este Universo de acuerdo con algo que ellos llaman el Modelo Estándar, pero sobre cuyas finas variacione sno se terminan de poner de acuerdo. Aspectos clave se les escapan. No tiene aún una única respuesta a cientos d epreguntas clave. Y es por ahí por donde se puede escapar un error. Un accidente. O al menos eso es lo que teme el hombre de la calle.

¿O es que no puede el mítico y elusivo bosón de Higgs, llamado la partícula de Dios (a pesar de que Peter Higgs es ateo y se opone a que la llamen así), representar condensadamente el conocimiento absoluto? Incluso si sólo constituye la pieza ancillar sobre la que el hombre de ciencia pueda construir y explicar la estructura última de la realidad, el boson de Higgs sería un buen candidato para calificar como símbolo del conocimiento absoluto, metáfora de la manzana de aquel árbol prohibido del Paraíso, el del Conocimiento del Bien y del Mal; metáfora también de aquel fuego sagrado que robara el Titán Prometeo a Zeus para dárselo a los hombres. Es razonable entonces que cada vez que un hecho científico le recuerde al hombre aquellos mitos antiguos sobre cómo los dioses se vengan de la sed de conocimiento extremo del hombre—expulsan del Paraíso a Adán y Eva; castigan severamente a Prometeo y le envían a la Humanidad los males junto con Pandora—le asalten al hombre, una vez más, los mismos temores. La moraleja es la misma en todos los casos (leída, insisto por el hombre de la calle): cuando el hombre persigue un conocimiento para el que no está preparado, los dioses lo castigan.

Sólo contados hombres de ciencia pueden mirar con frialdad y conocimiento (además de poderosa imaginación e intuición) todas las consecuencias de la persecución de esa nueva parcela de conocimiento que el hombre espera abrir con esta formidable máquina. Queremos el conocimiento y estamos dispuestos a pagar un precio por ello (el LHC ha costado 13 mil millones de dólares), pero amamos este planeta y no queremos que los que más saben, por un acto de arrogancia, le abran las puertas a un riesgo de proporciones gigantescas. Y sin embargo, intuimos que los temores de que acaezca una catástrofe no van a verse fundados. La humanidad no puede desaparecer así no más. Eso no va a ocurrir. En todo caso, no por culpa de una máquina como el LHC.

Quizás porque una catástrofe semejante Dios no la va a permitir. Aun si toda la historia de la fisica moderna pareciera decirnos: hemos llegado hasta este remoto confin del espacio-tiempo y no Lo hemos encontrado, podemos prescindir de Él. Es posible que precisamente ahí, en el alba del espacio-tiempo, apenas instantes después del Big Bang, el hombre se encuentre cara a cara con su Creador. Pudiera ser que encuentre a Dios y no a la sutil partícula elemental a la que ha bautizado con su nombre. ¿No serán muchos de los brillantes físicos de la alta energía, declarados y deseperados ateos que, paradójicamente, persiguen a un Creador en sus noches de insomnio?

Pero, mientras ese encuentro con el Creador no ocurra, toda obra de proporciones gargantuescas que el hombre construya para producir un conocimiento total, es una nueva metáfora de la Torre de Babel y no deja de desepertar los mismos temores de antaño.

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