Las manos y el hombre

Las manos son, entre todas las partes del cuerpo, las que con más fecuencia usamos para establecer relaciones con el mundo: con las cosas, con la gente, con otros seres vivos. Usamos las manos para: recoger y agarrar cosas; modelarlas, tallarlas, o trabajarlas; fabricar con ellas herramientas o hacer cosas que ayudan a nuestra supervivencia. Usamos también las manos como instrumento principal de acercamiento, domesticación, seducción y, lo que las hace tan esenciales, de amor hacia otros seres humanos. O, por el contrario, las podemos usar para defendernos de agresiones y ataques de seres humanos que consideremos nuestros enemigos, o simplemente (lo que es peor) para agredir, atacar, infligirle daño, e incluso acabar con la vida de un ser humano, como sucede en el asesinato o en la guerra. Es este abanico tan amplio de acciones, de verbos para cuya conjugación necesitamos de las manos, lo que las define como piezas esenciales de nuestra humanidad o (en los casos negativos) de nuestro persistente salvajismo, de nuestra propensión a perpetrar las peores atrocidades. Para ese trabajo escribí un texto. Otros colaboradores escribieron otros textos (ver el web site de la revista gp), y publicamos fotos de vistas inusuales (y eróticas) de las manos tomadas por Roberto Loscher. Lo que se publica aquí es una versión editada de aquel texto (Se puede ver un pdf completo de este editorial en: http://www.guiaplatinum.com/index-9.html) La primera foto que publicamos aquí abajo es de Roberto Loscher y forma parte del portafolio La Piel.

Foto del portafolio "La Piel", de Roberto Loscher, publicada en la edición 9 de la revista GP

Luego de repasar todas las cosas que un ser humano puede hacer con las manos, uno se pregunta, es como inevitable que surja esa pregunta, si realmente al principio fue el Verbo (que era Logos), o si fueron más bien las manos, cada vez que machacaban con una piedra otra piedra àta hacer un hacha, por ejemplo, las que, con el paso de los siglos, fueron modelando (también), circunvolución a circunvolución, la corteza cerebral del futuro homo sapiens, hasta que apareció el primer hombre; milenios antes del alba de la prehistoria.

Los ojos, la divinidad; las manos, la humanidad

Es esa precedencia de la mano en la definición de lo que es propio del ser humano, aquello que le confiere, si no una naturaleza divina, sí una naturaleza distintiva (y en eso se asemeja la mano al rostro y, dentro de él, aún más, a los ojos), lo que mueve la presente reflexión. La mano humana —al margen de que un hipotético acto de fe atribuyese su origen a los sueños de un ser omnisciente que en el origen de los tiempos soñó el futuro completo del Universo y, dentro de su infinita multiplicidad, la mano humana, como una de las metáforas de su perfección miles de millones de años antes de que los protozoarios poblasen la faz de la tierra— es uno de esos productos de la cuyas proporciones, complejidad, versatilidad, plasticidad, mecánica y, minuciosamente diseñada y ejecutada belleza no dejan de sorprender al más distraído de nosotros. En el caso de los ojos, aparte de la capacidad para la visión estereoscópica (que comparte el Homo sapiens con otros mamíferos superiores), su divinidad no proviene de un diseño anatómico singular. Pudiera provenir, y eso lo confirman versos escritos por los mejores poetas de todos los tiempos, de la impresionante e hipnótica belleza que pueden tener algunas miradas. Y sin embargo, uno siente que los ojos son menos humanos que divinos por ser aquellos instrumentos de nuestro cuerpo que tienen la capacidad de señalarnos el camino que conduce a Dios. O quizás creemos que son un camino a la divinidad porque no nos damos cuenta de que ellos mismos (los ojos) son como una pieza olvidada por distraidos dioses durante el proceso de fabricación de nuestros perecederos cuerpos mortales. Con exactitud la Edad Media hablaba de que uno de los tres atributos de la belleza era claritas. “Suprema cualidad de la belleza, claro resplandor de la imagen estética”(diría James Joyce al hablar de cómo Santo Tomás concebia esta cualidad). Consideración que demarca los ojos de las manos, las imágenes que vemos, que pueden ser de una belleza divina, y las cosas que hacemos, que tratarán, muchas veces sin lograrlo, de reproducir esa belleza del mundo (según la idea aristotélica del arte). De este modo, los ojos serían los canales por los que percibimos los divino (lo hecho por el Creador) y las manos las herramientas que poseemos para crear, serían entonces aquello que poseemos para rubricar el mundo con nuestro carácter humano (inscribir con el vasto universo de cosas hechas por el hombre el mundo que vivimos). De modo que podemos aventurar una conclusion preliminar y decir que los ojos serían símbolo de aquello en nosotros que es divino de un modo análogo a como las manos serían representación, condensación en un órgano más bien, de todo aquello que en nosotros es esencialmente humano.

Del portafolio "La Piel", foto de Roberto Loscher (revista GP 9)

Manos y palabras
En el comienzo del Evangelio de San Juan, se afirma: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. ” (Juan. 1:1-3). El término Verbo se traduce del texto griego en el que estaba escrito logos, que es también palabra, razón, pensamiento. Consideración circular que nos confirma nuestra idea de que lo propio del hombre es la razón, el pensamiento, la palabra, en suma, una vez más: logos, que es también el orden del Universo (Heráclito) o una imagen de Dios. Son precisamente la spalabras, que en el lenguaje escrito las producimos con ayuda de las manos, lo que debilita la conclusión anterior. Las palabras, que solemos escrbirlas con las manos, pueden ser un puente a lo divino. Por otra parte, evolutivamente hablando, hay una curiosa precedencia de la mano sobre el cerebro, la vista o cualesquiera otros atributos de los que normalmente consideramos como definitorios de lo humano.

Manos, cerebro
Así, estudios de paleoantropología y arqueología recientes, aunque basados en hipótesis distintas, sugieren que la mano humana tal como la conocemos tuvo un rol protagónico, si no el más importante, junto con la visión binocular, en la aparición del hombre. Así, la profesora Mary Marzke alega que la fabricación y uso prehistórico de herramientas fueron factores importantes en la evolución de la mano humana y la aparición de la postura bípeda (que implicó una primera especialización de las extremidades: las de atrás para caminar, las anteriores para fabricar y utilizar herramientas). Un poco más polémica por las implicaciones sobre nuestros ancestrales y arraigados instintos y conductas agresivas o antagonistas, es la hipótesis que sostiene que la mano humana es anterior a la fabricación y uso de herramientas, por tanto, no nos habríamos hecho humanos por trabajar o fabricar sino por nuestra astucia y argucia en el combate contra pares o en la caza. El profesor Richard Young, Profesor Emérito de la Universidad de California, sugiere que antes que herramientas para trabajar, los primeros homínidos fabricaron armas y las utilizaron hábilmente para cazar, defenderse de predadores o combatir enemigos. De acuerdo con esta segunda hipótesis, el linaje de los homínidos habría comenzado cuando un grupo de monos semejantes a los chimpancés, comenzaron a arrojar rocas y golpear con garrotes a sus adversarios. Este comportamiento habría producido ventajas reproductivas a lo largo de millones de años, dirigiendo la selección natural para que estas dos clases de tareas fueran realizadas cada vez más eficientemente. Esta hipótesis conduce a la predicción de que la mano humana se debe haber adaptado en una fase muy temprana para realizar cada vez más eficientemente las acciones de arrojar (proyectiles, etc.), y golpear (con garrotes o mazos). Evidencia paleoantropológica sugiere que dos modos de agarre específicos evolucionaron en asociación con estos modelos de conducta antagónista: el agarre de precisión (que adaptó la mano para arrojar objetos) y el agarre de fuerza (que adaptó la mano para golpear). Young sostiene que la mano de Australopithecus afarensis, que habitó la tierra hace 3,2 millones de años, muestra varios rasgos de la mano humana, pero precede en mucho a la aparición de las primeras herramientas de piedra, cuya fabricación se remonta a sólo 2,6 millones de años. Por tanto, concluye Young, la evidencia sugiere que la adaptación de la mano homínido primitiva para arrojar objetos y golpear con garrotes puede haber preadaptado la mano al uso de herramientas. En todo este proceso jugó por supuesto, un rol principal, la interacción diléctica entre la mano —específicamente entre el desarrollo evolutivo de nuevas posibilidades de movimiento de la mano por un lado y los estímulos que estas nuevas capacidades mecánicas de la mano creaban en la corteza cerebral.

Y aquí parece pertinente hacer un paréntesis para comentar sobre esa relación entre la mano y el cerebro cuyas órdenes, presumimos ambas manos cumplen. La superioridad que, salvo raras excepciones (e.g. los poetas místicos españoles, los románticos, los poetas metafísicos ingleses o, en el siglo pasado, el movimiento surrealista) ha tenido en Occidente el pensar sobre el hacer (y como una consecuencia de esto, el conciente sobre el inconciente) ha dejado a la mano en un segundo lugar. Solemos pensar que el hacer es un acto subordinado al pensar. Esto es en parte culpa de René Descartes, quien con su célebre cogito ergo sum apuntaló en Occidente la subordinación del hacer al pensar. Primero se pensaría y luego se haría. Es decir que concebimos a la mano como una ideal ejecutora de las órdenes que le envía el cerebro. Esta relación entre las órdenes del cerebro y la acción de la mano está mediada por lo que los fisiólogos llaman respuesta motora y de ella son responsables las neuronas motoras, que conducen los impulsos desde el cerebro y la médula espinal (en el caso de impulsos reflejos) hasta los músculos. De lo anterior se derivaría la idea de que la creación artesanal, artística, e incluso cierta ejecución fabril tendría, una primera fase en la que una mano perfectamente adiestrada en la ejecución de un conjunto de tareas específicas propias de determinado oficio sería capaz de traducir a una velocidad adecuada las imágenes y confiablemente, todo lo que sale de la mente, sean éstas: historias, poemas, imágenes de un cuadro, diseños de un edificio, diseños de un nuevo vestido, la secuencia de tiempos y notas de una pieza musical. Pero esta idea de una mano ejecutora subordinada en todo al cerebro no es universal. Por ejemplo, en aquel fascinante libro escrito por el profesor Eugen Herrigel, El Zen en el Arte Caballeresco del Tiro al Arco, uno lee: El arquero cesa de ser conciente de sí mismo como alguien que está comprometido en acertar en el centro de la diana que lo confronta. Este estado de inconciencia se logra sólo cuando, completamente vacío de su ser, el arquero y la perfección de su destreza técnica se hacen uno solo, hay en ello algo de un orden distinto que no se puede lograr por ningún estudio progresivo del arte…. De algún modo Herrigel postula en ese libro que en el estado de inconciencia controlada que el arquero japonés largamente entrenado alcanza, la mano deja de ser un instrumento del cerebro. Los dedos de la mano que tensan la cuerda del arco, la mano que lo sostiene, el brazo y todos los músculos que intervienen en ese acto, se integran a la perfección, y la flecha que sale disparada del arco acierta en el centro de la diana, en la oscuridad. Este ejemplo tomado de una experiencia que no pertenece a nuestra cultura y cuya veracidad ha sido cuestionada por algunos japoneses, ilustra sin embargo lo que ocurre en algunos ejecutantes que han alcanzado un grado de virtuosismo extremo. Uno siente en esos casos, que las manos que participan en la ejecución del arte u oficio han dejado de ser instrumentos y se han convertido en interlocutores o incluso pares de un coro a muchas voces, en el que el cerebro es sólo una voz más.

Es ese punto en que se libera de su subordinación a las órdenes del cerebro, y alcanza un nivel de par con éste, pareciera recupera esa naturaleza divina que no debió perder. Ese carácter divino de la mano queda muy claramente sugerido en el fresco de Miguel Angel en el techo de la Capilla Sixtina, donde se muestra cómo de la mano derecha de Dios sale el elan vital que crea al primer hombre, Adán. Una versión pop de esta imagen que ha pasado a formar parte esencial de la iconógrafía de Occidente fue usada en el cartel que promocionaba la película E.T. de Spielberg, en la que las dos especies, la terrícola y la alienígena, acercaban sus dedos de modo muy semejante a la forma en que lo hacen Adán y Yahvé.

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