Dossier espías: Los espías y el fin de la historia

El presente texto forma parte de una introducción al dossier Espías que se publicó en la séptima edición de la revista GP.

Portada de la séptima edicion de la revista GP

Portada de la séptima edicion de la revista GP

En 1992, el funcionario del Departamento de Estado y filósofo Francis Fukuyama publicó The end of history and the last man (1992). En esta obra se predecía que la evolución de la historia humana como una lucha entre ideologías había concluido con la caída del Muro de Berlín y que el mundo monopolar del liberalismo económico y político se cerniría sobre la humanidad como una utopía ecuménica y global. Al lado de este temporal optimismo global, la ficción sobre los espías entraba en un proceso de lenta pero inexorable caída. Harlot´s Ghost (1991), la monumental novela de Norman Mailer sobre la historia de la CIA, despertaría un interés sensiblemente menor al esperado en un momento en que la Unión Soviética desaparecía, la existencia de la CIA era puesta en cuestión (el Congreso de Estados Unidos debatía si la desmantelaba), y el New York Times eliminaba la columna de reseñas de libros de espionaje que había sido publicada durante larguísimo tiempo. Desafortunadamente este optimismo no duró largo tiempo.

Una secuela de terribles sucesos, entre los que se cuenta las interminables guerras en los Balcanes, los ataques del 11-S en New York y Washington D.C., el ataque del 11-M en Madrid, las guerras con Afghanistán e Irak de la alianza de naciones de Occidente contra el llamado eje del mal, junto a decenas de otros hechos de violencia, parecen ser evidencia de que lo predicho por Fukuyama no se ha cumplido: ni el liberalismo económico ni el político se diseminan pacíficamente por un mundo monopolar libre de antagonismos dialécticos. Quizás porque, aun cuando en el presente persisten los antagonismos, no habitamos en el mundo dialéctico y polarizado del cual la Guerra Fría era un modelo idealizado.
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El mundo actual se parece mucho más a una cebolla. Hemisferios, naciones, regiones, provincias estados, comparten (sólo en ciertos niveles) valores, modelos de gobierno, modas, patrones de consumo, pero súbitamente pueden ocurrir sucesos inesperados (desastres naturales, golpes de Estado, crisis económicas, etc,) que producen un deslave de valores que debilita el tejido social. Se rasga entonces la capa de esta cebolla global como si fuera el barniz de una puerta de madera vieja y salen a la luz valores y actitudes de un pasado remoto (histórica y filogenéticamente hablando), y masas de hombres y mujeres de una región, o de toda una nación o bloque de naciones dejan de pensar o actuar racionalmente. Estos hombres, que hasta cierto momento se habían comportado de un modo absolutamente normal—y un poco como ocurre en aquel ominoso experimento de la prisión concebido por Philip Zimbardo, de la Universidad de Stanford— comienzan a pensar y comportarse de maneras impredecibles. O piensan de un modo y se comportan de otro totalmente inconsistente. Y así, el mundo aún luce como si estuviese estructurado por uno o dos grandes bloques, pero en realidad es irregular, impredecible, interconectado y su estructura se asemeja cada día más a la de un archipiélago de islas e islotes caóticamente interconectados. Los asuntos se relacionan, como en las redes neuronales, con decenas de otros asuntos. Se rompe la solución de continuidad espacial y se forman alianzas y comunidades de valores, objetivos y actitudes, geográfica y geopolíticamente improbables (o incluso imposibles) entre regiones, naciones, bloques de naciones, grupos de consumidores. De esta manera los gobiernos de Caracas y Teherán identifican objetivos comunes y buscan a toda costa proyectos comunes. Este es el mundo postmoderno que habitamos. Y la cultura occidental (y con ella la democracia liberal, la libertad, etc.) que a comienzos de los noventa parecía haber contaminado a toda la humanidad se aleja como la línea del horizonte. Se hace tenue en algunos lugares. Casi transparente.

espiasfoto31Extinto mundo bipolar
Era distinto aquel mundo polarizado (e idealizado) de la Guerra Fría, cuando floreció una literatura que se nutría de la dialéctica y confrontación entre los dos bloques antagonistas: Occidente y el Pacto de Varsovia. Me refiero al género del espionaje. Los que leyeron a Graham Greene, Eric Ambler, Ian Fleming, John Le Carré, entre otros, recuerdan que el género se prestaba a crear un mundo de buenos y malos. Los buenos se parecían a nosotros; los malos tenían rasgos físicos raros o hablaban en una lengua que nos era extraña. Piensa uno en el Doctor No, la película de James Bond basada en la obra homónima de Fleming. El malo era un hombre de guantes negros y rasgos orientales. Lo mismo con aquel otro personaje Ernst Stavro Blofeld, número 1 de la organización criminal Spectre, de quien Fleming revela que nació en Gdynia, actualmente en Polonia, hijo de padre polaco y madre griega. Este personaje, que siempre acariciaba un gato y hablaba con acento, pertenecía a esta categoría de malos extranjeros, con rasgos físicos diferentes a nosotros. Una excepción a esa convención fue Three Days of the Condor (1975) de Sydney Pollack, en donde los malos se hicieron semejantes en color y lengua a los buenos. Esa clásica trama preconizaba el mundo postmoderno.

Espías y terroristas
Los ataques de Al Qaeda aquel fatídico 9/11 en Estados Unidos tuvieron múltiples consecuencias y quizás aún no terminamos de comprender la magnitud y alcance de la mayoría de ellas. Sin embargo una de las más importantes fue reconocer y definir como enemigo nuestro y de la civilización al terrorista, quien se acababa de ganar un merecido puesto como protagonista de una nueva batalla global para expulsar el mal de este mundo. La parte difícil de esta tarea es predecir quién o quiénes podrán ser catalogados dentro de esta categoría. Aun cuando luego del 9/11, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush declaró su intención de reclutar y convertir en espía a 1 de cada 24 ciudadanos estadounidenses; monitorear correos electrónicos y conversaciones telefónicas; o fortalecer la NSA (National Security Agency) y otras instituciones semejantes, para luchar contra actos terroristas y prevenir sus ataques, no tenemos certeza de que tales decisiones sean eficaces si no se reconoce que el terrorista es ubicuo y elusivo y no forma parte de un bloque. Lo peligroso del terrorista es que ha aprendido a ser y comportarse como nosotros, como los buenos. Un poco como lo hiciera aquel asesino de Trotsky, Ramón Mercader (al igual que su madre, trabajaba como agente para el NKVD soviético) quien se mimetizó a ese punto extremo con su objetivo que se hizo amigo de una secretaria de Trotsky hasta encontrar la oportunidad de aesinarlo con un picahielo. No es cierto entonces que el terrorista actual se parezca más a un oriental y ni siquiera que luzca como un musulmán, como lo retratan algunas malas historias de espías. De modo que no hay bloques ni un mundo dividido entre malos y buenos.

No obstante que algunos hayan leído esos ataques terroristas como una confirmación de la hipótesis del académico Samuel Huntington de que el mundo se dirigía a una guerra entre civilizaciones: Occidente contra el Islam, como había ocurrido en el pasado con las Cruzadas. O que otros hayan creído que el llamado Eje del Mal ampliaba las áreas y fronteras de esos dos nuevos bloques que no confinaban al enemigo al interior del Islam pero que los bloques como frentes de antagonismo se mantenían. O que otros más hayan interpretado los sucesos asociados al affair Litvinenko como un episodio de revival de la Guerra Fría y un resurgimiento de los dos clásicos bloques; o quizás como una evidencia de que lo que se creía suprimido (los dos bloques antagonistas y la tensión entre ellos) aún sobrevive como oscuro sustento, al margen de la ley y la legalidad, de las carreras políticas de actores que declaran abrazar la libertad, el capitalismo y la democracia. Lo cierto es que todas estas lecturas forman parte de una misma ilusión. Pueden ser parcialmente ciertas, pero sólo si se reconocen que los terroristas y enemigos están junto con nosotros inmersos en un mundo multipolar en el que no hay posibilidad de reducir el conflicto a ningún par de dos simples bloques antagónicos.

Espías postmodernos
Lo que no deja al espía sin trabajo. Todo lo contrario. En el mundo postmoderno no se puede prescindir de ellos esencialmente porque éste es un mundo de personas, ideologías, organizaciones e instituciones que no son lo que parecen. Es un mundo lleno de imposturas, algunas frívolas o inocuas; otras con serias consecuencias. Es también un mundo en el que se abrazan temporalmente ideologías del mismo modo que si fuesen instrumentos de ventaja personalista de los que se puede prescindir. Como ropa o como moda. No se trata de que el Emperador esté desnudo sino de que cambia sus vestidos al ritmo dictado por la moda. Lo que crea la tarea de conocer cuál es la ropa que usa de noche en su alcoba, donde nadie lo ve. Quizás la única con la que se siente plenamente identificado. Y creemos que la única forma de saber qué hay detrás de lo que parece ser; es recoger inteligencia precisa de la forma más secreta posible. Es éste el silogismo (puesto de forma muy simple) que subyace al reciente revival del espionaje y los espías. No para poner a los tipos buenos estereotipados a pelear contra tipos malos estereotipados. Sino para que trabajen con agudeza y sin cansancio, sin perder el estilo y el glamour, y persistan en su preferencia por un martini hecho con vodka superpremium, por mujeres hermosas vestidas de impecable Prada, por los juegos de baccarat en hoteles diseñados por Zaha Hadid y decorados por Jean Nouvel, para que acaben con el enemigo con disparos certeros de una Walther con silenciador fabricada con algún polímero de última generación que no sea detectado por los rayos X. Sin embargo, sería aburrido que ese mundo de fasto y precisión no se contrastara con la súbita caída del espía en la sordidez abyecta de una mazmorra norcoreana o afghana; o que al placer que produce el perfume que usa una bellísima e irresponsable aristócrata heredera de un imperio informático (que alguien quiere secuestrar) y el espía /agente secreto rescatar, no suceda un beso apasionado en medio del lodo lleno de alimañas y vahos malolientes de los pantanos de Louisiana, que pudieran ser la única posible ruta de escape para ambos. Esa versión del aventurero que reside en cada espía, es lo que los amantes del género aprecian. Sumado a la conciencia de que al final, todo espía es un solitario; es como el corazón humano, un lonely hunter para ponerlo en palabras de Carson Mac Cullers. Aunque sea por tener que guardar un secreto (o esconder una personalidad) incluso a su mejor amigo o a su amada compañera.

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