Los cambiantes rostros de la belleza

El presente es un ensayo que abría el dossier Sobre la belleza, que se publicó en la edición 11 de la revista gp, a propósito de los dos libros publicados por Umberto Eco, sobre los temas de belleza y fealdad.

La publicación en el año 2004 de Historia de la belleza, de Umberto Eco, marca un movimiento de retorno de este escritor a su pasión original por la belleza y la teoría estética que, seguramente heredó del profesor y luego tutor de su tesis doctoral, Luigi Pareyson. En ella, Eco presentó su trabajo sobre las ideas estéticas del filósofo y teólogo de la Edad Media, Santo Tomás de Aquino, y sobre las cuales, años más tarde, publicó una versión en su obra El problema estético de Santo Tomás (1956). Durante la década de los sesenta, Eco publicó otras obras sobre estética medieval, y aún cuando sus intereses académicos fueron derivando gradualmente hacia la semiótica, razón por la cual eventualmente aceptó la cátedra de Semiótica en la Universidad de Bolonia, ni los temas medievales ni la estética desaparecieron de su obra ensayística ni de su ficción.

Umberto Eco

Umberto Eco


La belleza en Santo Tomás
Eco también ha mostrado un interés recurrente por las ideas estéticas de James Joyce, escritor irlandés que también fue seducido por la estética de Santo Tomás. Seguramente su educación jesuita habrá inspirado a Joyce, nacido en Dublín, el interés en Santo Tomás. Una discusión sobre los matices de la teoría estética de Santo Tomás está presente en algunas de las mejores páginas de Retrato del artista adolescente. Incluso se puede pensar que las ideas sobre la epifanía (revelación), palabra que acuñara Joyce para describir una experiencia instantánea de aprehensión del alma de las cosas—y que Eco en la Historia de la belleza define como un concepto para pensar un éxtasis sin Dios—tuvieron como punto de partida esa comprensión de la belleza que planteara Santo Tomás. De acuerdo con este filósofo, lo bello posee tres características esenciales: integritas, consonantia y claritas. La primera se refiere al acto de seleccionar, dentro del campo visual, el objeto bello. “Lo aprehendes como una cosa. Lo ves como un todo. Aprehendes su completitud, eso es integritas”—dice un personaje de Retrato. El segundo término, consonantia se refiere a esa percepción que se tiene de lo bello como algo complejo, múltiple, divisible, separable en partes que guardan entre sí una relación armoniosa. El tercer término es sin duda el más complicado e importante. San Agustín lo utilizó para designar el brillo de un color y el placer que causa. El filósofo francés Etienne Gilson escribió que claritas “es la base perceptiva de nuestra propia percepción de la belleza”. Para Santo Tomás entonces, la belleza se haría notar, resaltaría, saltaría inevitablemente a los ojos del observador (y por eso la presunción de que pueda ser un ancestro de la epifanía) entre el resto de los objetos, por una marca que a los estudiosos del medioevo se les ocurrió era comparable a un
resplandor (quizás no sólo visible) que ellos sólo podían atribuir a lo divino y no a un objeto profano, secular, puramente terrenal. Pudiera entonces pensarse que la visión epifánica envuelve con un resplandor particular (claritas) al objeto que la produce. Siglos más tarde, en tiempos del irlandés James Joyce, el resplandor producido por la epifanía perdió el fulgor trascendental que pudo haber tenido en tiempos de Santo Tomás.

Claritas
Esta suprema cualidad es sentida por el artista cuando la imagen estética es concebida por primera vez en su imaginación. La mente, en ese instante misterioso en que [el poeta inglés Percy Bysshe] Shelley la comparó hermosamente con una brasa en extinción (fading coal). El instante en el que esa suprema cualidad de la belleza, el claro resplandor de la imagen estética, es aprehendido luminosamente por la mente, que ha quedado detenida por su totalidad y fascinada por su armonía, es la stasis silente del placer estético, un estado espiritual muy semejante a esa condición cardíaca que el fisiólogo italiano Luigi Galvani, usando una frase casi tan bella como la de Shelley, llamó encantamiento del corazón.
A Portrait of the Artist as a Young Man, James Joyce

Epifanía
Por epifanía él entendía una repentina manifestación espiritual, sea en la vulgaridad de un discurso o de un gesto, o en una fase memorable de la misma mente. El creía que era una tarea del hombre de letras el registro metioculoso de estas epifanías, considerando que ellas constituyen los momentos más delicados y evanescentes.
Stephen Hero, James Joyce

La belleza en El Fedón y Muerte en Venecia
Lo anterior nos recuerda aquello que afirmaba Platón varios siglos antes en El Fedón, acerca de que la belleza era el único atributo de la divinidad que les había sido dado percibir a los seres humanos. Quizás aspirando llegar a Dios, filósofos y escritores han tratado de definir la belleza desde el ensayo o la ficción. Una de las obras de ficción en que se construye una narrativa más consistente con el espíritu de El Fedón es Muerte en Venecia de Thomas Mann.

Portada del libro de Thomas Mann, La Muerte en Venecia

Portada del libro de Thomas Mann, La Muerte en Venecia

En una de las dramáticas escenas finales de la novella, el narrador, Gustavo von Aschenbach, sumido en un delirio pegajoso y sudorífero, aún con la incertidumbre sobre si el mal que lo afectaba se trataba del letal cólera indio o de un malestar pasajero asociado con el estacional scirocco que suele visitar Venecia durante el verano, recuerda—sin poder librar su mente de la imagen persistente del elusivo Tadzio, quien encarnaba para él un ideal de belleza— aquel pasaje del Fedón: “Pues sólo la belleza, Fedón mío, sólo ella es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu. Pero, ¿crees tú amado mío, que podrá alcanzar sabiduría y verdadera dignidad humana aquel para quien el camino que lleva al espíritu pasa por los sentidos? ¿O crees más bien (abandono la decisión a tu criterio) que éste es un camino peligroso, un camino de pecado o perdición, que necesariamente lleva al extravío? Porque has de saber que nosotros los poetas no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía”. Y desde ese punto, Sócrates (personaje de ese diálogo platónico) continúa su razonamiento diciendo que, precisamente esa sensibilidad especial de la que está dotado el poeta, que le permite percibir la belleza (algunas de cuyas expresiones particulares pueden producir experiencias semejantes a las que tienen los místicos o los santos al contemplar la divinidad) puede, en los casos en que la belleza engendra el deseo y las pasiones, conducir a ese mismo poeta a las profundidades del abismo. En otras palabras, Sócrates nos advierte sobre los peligros del abismo que acechan al poeta, y a todo hombre sensible que tenga ojos para apreciar la belleza fácil, profunda y completamente.

Fotograma de la película La Muerte en Venecia de Visconti

Fotograma de la película La Muerte en Venecia de Visconti

En el texto de Mann, esta sensibilidad a flor de piel del poeta (y por extensión de todo verdadero artista) a la belleza, contamina con pasiones susceptibles de desenfreno la pureza del placer estético y se convierte en causa de su perdición. De modo que lo bello será un camino a las esferas de los dioses siempre y cuando no engendre pasiones que despierten el deseo de poseer aquello que se contempla. Es por eso que Santo Tomás insistía tanto en que el goce estético se debe concebir como un acto reposado regido por la stasis (quietud), lo que implicaba una ausencia total de kinesis (movimiento), sea que ésta fuere positiva, como en el deseo, que persigue la aproximación del sujeto al objeto bello deseado hasta su fusión total con éste, o negativa, como en el odio, que perseguiría un alejamiento o aniquilación del objeto bello. La contemplación de la belleza nos acerca a lo celestial sólo si nos mantenemos quietos, y la miramos sin pasiones.

definir la belleza
La belleza tiene tantos significados como estados de ánimo el ser humano. La belleza es el símbolo de los símbolos. La belleza revela todo porque no expresa nada. Cuando se muestra a sí misma, nos muestra el mundo en la plenitud de su encendida policromía.
The Critic as Artist, Oscar Wilde

“Antes que nada, qué es belleza? Para Schelling es el infinito expresándose a sí mismo mediante lo finito; para Reid, una cualidad oculta; para Jouffroy, un hecho que no se puede descomponer; para De Maistre, aquello que es placentero a la virtud; para André, aquello que está alineado con la razón. Hay muchos tipos de belleza: una belleza en las ciencias—la geometría es bella; una belleza en la moral— no se puede negar que la muerte de Sócrates fue bella; una belleza en el Reino Animal—la belleza del perro consiste en su sentido del olfato. Un cerdo no puede ser bello si se tiene en consideración sus sucios hábitos; tampoco lo puede ser una serpiente porque despierta en nosotros ideas de vileza. Las flores, las mariposas, los pájaros pueden ser bellos. Finalmente, la primera condición de belleza es unidad en la diversidad: éste es el principio. “
Bouvard et Pecuchet, de Gustave Flaubert

Lo sublime como hiperinflación de lo bello
Cuando el objeto de contemplación estética pasa, de ser una estatua, una pintura, una flor o una mujer a algo más grande, y comienza a crecer hasta rodear por todos lados al espectador; cuando se diluyen las fronteras de aquello que se contempla o, lo que es lo mismo, cuando éste se extiende sin límites en todas las direcciones, e incluso el observador adquiere conciencia de que la inmensidad ilimitada de lo que se contempla puede ser peligrosa para el observador uno se aleja de la experiencia de lo bello. En estos casos, es difícil preservar la quietud que requiere la contemplación pura de lo bello. Esta hiperinflación de lo bello ha sido designada como lo sublime. Si en la epifanía de Joyce, o en el acto de recuperación de la memoria—que es también una suerte de predecesor de la epifanía—que se narra en el célebre fragmento de las magdalenas y el té de tilo (A la Recherche du Temps Perdu) de Marcel Proust, distinguimos un particular resplandor (claritas) en esa secuencia mínima de actos ritualizados y meticulosamente registrados por muestra memoria en nuestro pasado, o en un instante de tiempo, y el observador (artista, poeta, o alguien dotado con una sensibilidad especial), es capaz de identificar esto y—como si tuviera un zoom en su mente— separarlo del resto, registrarlo e incorporarlo a su experiencia, todo eso implicó un acto de separación, imposición de límites, de constricción. Eso es precisamente lo que está ausente de lo sublime; cuando éste se siente, se borran los límites, se rompen las constricciones (un poco como si se rompieran las cadenas y Ulises quedara sujeto a la seducción nefasta de las sirenas), implosionan los frenos y todos los caballos de las emociones comienzan a cabalgar desbocados hacia el llano o el abismo, que da lo mismo. Si lo subllime es la libertad, la belleza es el foco en la contemplación, y la constricción de la stasis en las pasiones. Recuerdo a propósito de esto, esa oda a la contención que es The remains of the day de Kazuo Ishiguro. Sin duda una película que pareciera combatir lo sublime en cada cuadro.

A lo sublime entonces, no hay manera de confinarlo, uno no lo puede distinguir porque es el entorno mismo. Para Longino, misterioso autor del primer tratado Sobre lo sublime escrito alrededor del siglo 1 de nuestra era, lo sublime está asociado a sentimientos de grandeza, elevación, o pensamiento o lenguaje encumbrado. Muchos siglos después, para el filósofo Emmanuel Kant, en la Crítica del juicio, lo sublime “demuestra una facultad de la mente que sobrepasa cada estándar de los sentidos”. Para Kant, la incapacidad de aprehender la enormidad de un evento sublime demuestra la inadecuación de la propia sensibilidad e imaginación. Ya más recientemente, para el francés Jean-François Lyotard (Leçons sur l’Analytique du Sublime: Kant, Critique de la Faculté de Juger, 1991), lo sublime ocurre cuando el observador es liberado de las restricciones de la condición humana, expresa el límite de nuestros poderes conceptuales y presenta de este modo un doble desafío, a la imaginación y a la razón. Para lectores venezolanos, el texto Mi delirio sobre el Chimborazo, es un ejemplo perfecto de una experiencia intensa de lo sublime descrita por un ser humano dotado con una sensibilidad especial.

Mi delirio sobre el Chimborazo
“Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo”.
Mi delirio sobre el Chimborazo, Simón Bolívar

Lo bello, lo interesante, lo feo
Uno pudiera estar tentado a preguntarse sobre la vigencia de una reflexión como la anterior en los tiempos actuales, signados por su relación paradójica con la belleza. Por un lado, el imperio de lo visual que rige nuestros tiempos (aquello de que habitamos la sociedad del espectáculo, como lo planteara el francés Guy Debord) parecieran crear las condiciones para que todo aquello con lo que entramos en contacto nos parezca bello o feo: el mundo nos entra por la vista. Y un creciente número de procedimientos y productos médicos y cosméticos, además de las imaginativas rutinas y técnicas de ejercicio físico parecen conspirar para que seamos cada día más bellos y para que, por extensión, siga los mismos pasos, aquello que nos rodea: la casa, el jardín, el carro, etc. Por el otro, la cultura de lo políticamente correcto, sumada a nuestra mayor conciencia de los derechos civiles han propiciado una censura implícita a la clasificación de algo como feo. Como escribió la ya fallecida escritora norteamericana Susan Sontag en Un argumento sobre la belleza, ensayo con el que abre su póstumo libro de ensayos Al mismo tiempo (2007): desde hace algunos años la belleza comenzó a ser mirada con malos ojos. Uno de los argumentos principales para desprestigiarla provendría de la consideración de que ella produce un grupo de excluidos en un mundo en que se habla de la imperiosa necesidad de inclusión. A la final, esta línea de pensamiento produjo ataques al concepto de belleza que ayudó a que la gente comenzara a sustituir las conversaciones sobre la belleza y la fealdad por conversaciones sobre lo interesante, categoría cuyo antónimo (lo aburrido) produce una exclusión más moderada.

Pero esta reflexión sobre lo interesante no es reciente. Según comenta Eco en Historia de la fealdad, el texto fundamental sobre este concepto es Sobre el estudio de la poesía griega de Friederich Schlegel; ahí se explica que el gusto persigue lo interesante cuando su exposición repetida a viejos estímulos deja de producir en éste impresiones profundas. Lo interesante surge entonces como consecuencia de una crisis transitoria del gusto. Schlegel pensaba que espectadores sobreestimulados pedirían cada vez más: estremecimiento, estímulos, efectos, en un proceso que deriva en la búsqueda de lo picante (lo que excita de forma convulsa una sensibilidad entumecida) y lo impresionante (un estímulo y un aguijón para la imaginación). Sin embargo, el proceso de evolución del gusto en una sociedad sobreestimulada termina por crear la necesidad de lo feo, elemento cuya exclusión haría imposible acometer “la representación de la inmensa riqueza de lo real en su máximo desorden”. Schlegel pensaba que un arte que aspire a representar lo real (y no sólo lo bello) requeriría “de una mayor fuerza creadora y sabiduría artística”, puesto que lo real reúne en su seno el caos y el orden, la armonía de lo bello y la desarmonía de lo feo. Nuestra época habría redescubierto lo interesante, ya no como consecuencia de una reflexión sobre la saturación del gusto, sino a raíz de la búsqueda de un concepto estético que atenúe la exclusión.

Sin embargo, Sontag muestra cómo esta reclasificación de la dicotomía belleza / fealdad puede conducirnos a juicios morales cuestionables. Los entendidos en lo interesante “valoran el conflicto, no la armonía. (…) Una política guiada por principios liberales carece de drama, sal, conflicto, en tanto que las políticas vigorosas y autocráticas—y la guerra—son interesantes”. Sontag parece sugerir que en la actualidad, la apreciación de lo interesante está matizada por un fuerte componente racional (como si lo interesante fuese una versión absolutamente racional de lo bello). Algo resulta interesante, no para el buen o mal gusto sino para la razón. Hay un elemento de complejidad (entendida como relaciones o simetrías manifiestas y ocultas; o como referencias a otros discursos, otros textos, otros objetos) en lo interesante, que está ausente de lo bello. Así, uno piensa: “esto es interesante porque me recuerda a…”; cuantas más cosas recuerde, cuantas más citas implícitas haga, mayor será su potencial de interés.

Lo bello puede ser simple; lo interesante se erige como un desafío a la razón. Lo bello quiere ser contemplado, lo interesante analizado, desconstruido, sus secretos revelados, y sus códigos descifrados. Lo raro, lo original, si es bello pero simple, tendría el handicap de sorprender en un primer momento pero terminar por aburrir. Quizás porque el observador contemporáneo pretende descifrar aquello que contempla, con un propósito directo o mediato de ejercer control. Contemplación para la acción, que es una deformación materialista de aquella contemplación para el goce estético y que puede interpretarse más bien como una versión aséptica de la contemplación para la posesión. Para evitar caer en aquel abismo cuyos peligros señalaba Platón en El Fedón, analizamos, desconstruimos, desciframos todo aquello que llama nuestra atención (léase aquello a lo que atribuimos la claritas) con el fin, eventual, de someterlo, subyugarlo y finalmente poseerlo. Posesión limpia, racional, sosegada, sin los riesgos para el alma de extraviarnos en las energías incontroladas de la pasión. Quizás esto es lo que hace más abominable esa intelectualización exacerbada de la percepción y comprensión de la belleza: la asepsia, la inocuidad. ¿o será que, simplemente, cualquier grado de intelectualización de la belleza, cualquier percepción y apreciación de ella que no comience con un resplandor casi numénico cuya percepción pueda prescindir de la razón y depender sólo del alma (o de ese sentido especial al que se refiere Wilde), pero ser como tal evanescente, que nos recuerde a una aparición, que cree la impresión en el observador de que se observa un fasntasma, un ángel, o uno de los fugaces rostros de Dios; y que al contemplarlo se crea firmemente que esa visión puede ser nefasta, fatal, letal, será sólo un pálido sucedáneo de lo bello?

El gusto
Sontag desconstruye de forma concisa y aguda otras críticas a la belleza, como por ejemplo, el alegato de que ésta tiene una connotación femenina, en sinónimos como “precioso” o “bonito”; lo que la ha hecho ser víctima de detractores misóginos. Por otra parte, Sontag alega que la moda relativista alcanzó a la belleza cuando minó el rigor de lo que era considerado buen gusto: hay cada vez mayor resistencia a la idea de “buen gusto”, es decir, a la dicotomía buen gusto / mal gusto, salvo en ocasiones que permiten celebrar la derrota del esnobismo y el triunfo de lo que se menospreciaba como mal gusto. Si se abandona la creencia que hacía pensar (como argumenta Oscar Wilde en The Critic as Artist) que sólo a gente muy especial puede uno atribuirle buen gusto, y que no cualquiera puede formular un juicio sobre lo bello, se crea el riesgo de que quien lo haga, aún si carece de gusto pero tiene poder (o acceso a los medios de comunicación), será exitoso en hacer que ese juicio estético se disemine y llegue a las masas.

buen gusto
Existe en nosotros un sentido de la belleza, separado de los otros sentidos y por encima de ellos, separado de la razón y de más noble raigambre, separado del alma y de igual valor—un sentido que conduce a unos a crear, y a otros, los espíritus más finos según pienso yo, meramente a contemplar. Pero para estar purificado y ser perfecto, este sentido requiere cierta forma de ambiente exquisito. (…) Recuerda ese adorable pasaje de Platón en el que describe cómo el joven griego debe ser educado, y con qué insistencia él se sensibiliza a la importancia del entorno que lo rodea (…) de modo que la belleza de las cosas materiales pueda preparar su alma para la recepción de la belleza espiritual. (…) De este modo, gradualmente, se engendrará en éste un temperamento que lo va a conducir a (…) rechazar lo vulgar y disonante, para elegir, mediante un fino gusto instintivo, todo lo que posee gracia, estilo y es amable. Finalmente, a su debido tiempo, este gusto se hace crítico y auto consciente, pero al principio, existirá puramente como un instinto cultivado.
The Critic as Artist, Oscar Wilde

Belleza y moral

Frente a esa multiplicidad de críticas a la belleza, Sontag reivindica la posición irreemplazable de ésta y defiende su naturaleza contaminada, como lo ha estado tan a menudo históricamente, de esa carga ética a la que por cierto no es neutra; lo bello debe ser bueno aún cuando, como escribió Wilde, la belleza es superior a la moral. Y así nos recuerda Sontag: Pero la belleza, aún la belleza en su modo amoral, nunca está desnuda. Y la atribución de belleza siempre está mezclada con valores morales. Quizás ese argumento es lo que le hizo a esta autora sostener firmemente que “la sabiduría alcanzada gracias a un profundo compromiso de por vida con lo estético no puede ser (…) duplicada por ningún otro género de seriedad”. Por otra parte, uno piensa que si los que aprecian la belleza carecen de un sentido integral de lo humano (concepto ambiguo pero que se comprende) podrían decidir que los deformes, los feos y todos aquellos seres humanos que no se conformen a cierto ideal de belleza merecen ser arrojados, como lo hacían los espartanos, desde lo alto de un risco al nacer. Uno piensa también en que la falta de una moral humanista en aquel que aprecia lo bello hace posible que alguien que alcanza un éxtasis con una ópera de Wagner pueda enviar, sin que se le altere el pulso, a miles de seres humanos a un campo de concentración.

la belleza es superior a la moral
La estética es superior a la ética. Pertenece a una esfera más espiritual. Discernir la belleza de una cosa es el punto más sublime que podemos alcanzar. Incluso un sentido del color es más importante, para el desarrollo del individuo, que un sentido de lo que está bien y lo que está mal. De hecho, en la esfera de la civilización consciente, la estética es a la ética, lo que en la esfera del mundo externo, es el sexo a la selección natural. La ética, a semejanza de la selección natural, hace posible la existencia. La estética, a semejanza de la selección sexual, hace la vida amable y maravillosa, la llena con nuevas formas, y le otorga progreso, variedad y cambio.
The Crític as Artist, Oscar Wilde

Trascender la belleza
El poeta o el artista pueden quedarse en la contemplación pura y quieta de lo bello. Pero también pueden usar la belleza como un camino (o un puente) para ir más allá de ella. Pueden usarla como se usa una escalera por la que subimos para llegar a un nivel superior pero cuando se llega se puede descartar (arrojar la escalera). La belleza puede por ejemplo concebirse como un camino directo a la imaginación. En aquel ensayo de Italo Calvino sobre la visibilidad, que se publicó junto con otros cuatro ensayos reunidos en Seis propuestas para el próximo milenio, se realiza un brillante análisis de cómo surgen las imágenes en la imaginación. Este ensayo comienza citando una frase de la Divina Comedia en la que Dante dice: “Llovió después en la alta fantasía”. Calvino piensa que con ese verso Dante quería señalar que “las imágenes llueven del cielo, es decir, que Dios las manda”. Calvino también cita a Santo Tomás quien pensaba “que hay en el cielo una especie de manantial luminoso que transmite imágenes ideales”, no sólo a los poetas sino también a los místicos y los santos. Uno intuye que si el poeta, el místico o el santo, se empeñan un poco más, podrían llegar a la fuente de ese manantial en un recorrido que habrá tenido como punto de partida la belleza sensorial. El poeta usa las imágenes para construir sus metáforas, metonimias, y demás tropos y ordenarlas dentro de sus versos; el místico para acercarse a Dios; y un novelista con vena mística como Orhan Pamuk, quizás sea capaz de usar las imágenes de su imaginación simultáneamente con los dos propósitos señalados a la vez.

2 comentarios en “Los cambiantes rostros de la belleza

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