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Rapsodia gourmet (2000), La última empresa de Pierre Arthens

He recuperado sensaciones olvidadas enterradas debajo de la magnificencia de mis mejores banquetes; me he reconciliado con las más tempranas etapas de mi vocación; he exhumado los efluvios de mi alma de la infancia. Pero todavía no lo logro. El tiempo apremia y trae consigo los contornos inciertos pero terroríficos de un último fracaso. No quiero abandonar. Estoy haciendo un esfuerzo no moderado para recordar. ¿Pero si al final, aquello que me atormenta no es ni siquiera algo sabroso? Como la abominable magdalena de Proust, ese peculiar pastel que redujo una tarde siniestra y aburrida, en una cuchara de migajas de bizcocho (suprema ofensa) embebidas en una infusión de hierbas, mi memoria pudiera estar meramente asociada con un plato mediocre, y quizás sea sólo la emoción ligada a ese plato lo que permanece como un recuerdo precioso, lo que pudiera revelarme un sentido de la vida que no había comprendido previamente (p. 52).

Pierre Arthens se muere y no logra recordar. Pero no escatima en sus esfuerzos para lograrlo. Se trata sin duda de una empresa de raigambre proustiana lo que mueve a Pierre y al hacerlo crea el material para esta novela, Une gourmandise (Una golosina, 2000), escrita por la francesa Muriel Barbery. Novela que troca para nosotros, cada nuevo fracaso de la empresa final que se ha propuesto Pierre, en un deleite para la imaginación de la experiencia gastronómica y, por supuesto, para su escritura.

Conocí a esta escritora francesa nacida en Casablanca cuando cayó en mis manos hace algunos meses su segunda novela, L’Élégance du hérisson (La elegancia del erizo, 2006), obra que la ha hecho célebre fuera de Francia y cuya lectura me produjo, al mismo tiempo estímulo, intelectual y sereno masaje emocional. Su estilo es sutil, sofisticado, elegante e inteligente. Barbery parecía evitar en esa novela referencias a (descripciones de) escenas de violencia, agresión o sexo. Desplaza esa intensidad en cambio, esta novelista, hacia escenas en las que plantea y busca respuestas a los grandes y profundos problemas existenciales que nos agobian con gran fuerza e intensidad, tales como: la soledad, la incomunicación que pudiera estar en las raíces de ésta, la amistad o el amor. Esto configura a Barbery como una escritora capaz de entregarnos una escritura femenina prolífica en ideas originales e inteligentes que no disminuyen la intensidad de las emociones que nos quiere comunicar su texto ni minan su verosimilitud.

En suma, La elegancia del erizo me reveló un escritor meticulosamente detallista capaz de pintar con trazos elegantes: las rarezas, caprichos, contradicciones y sorpresas que construyen nuestra personalidad, al tiempo que muestra de qué manera, recurriendo al concepto japonés de wabi (una forma desdibujada de lo bello, una clase de refinamiento disfrazada de rusticidad), es posible proteger de las amenazas del mundo externo, el cúmulo de vulnerables emociones y sentimientos que conviven en nuestro corazón con una coraza de palabras, argumentos y filosofía.

Una golosina, en cambio, es una novela que nos ofrece algo muy distinto. Se desarrolla en un terreno menos abstracto. No revela intención alguna de elevarse por encima del amasijo de datos crudos que nos entregan los sentidos, específicamente el olfato y el gusto, cuando los invitamos a que experimenten la riqueza de estímulos que pueden producir en nosotros los platos o ingredientes de una cocina tan completa y sofisticada como la francesa. Es posible que al lector educado el texto se le presente como una reiteración caleidoscópica de la escena de la magdalena descrita en Du côté de chez Swann, que aparece primer volumen de la monumental novela A la recherche du temps perdu, de Marcel Proust. En ella, el narrador describe cómo, al comer una magdalena embebida en una infusión de tilo, se le aparece en su memoria súbitamente, con asombrosa intensidad, detalles y definición, una escena típica de su infancia, cuando solía comer con regularidad estos dulces, exactamente de ese modo, en casa de unos familiares. Proust aprovecha esa experiencia para reflexionar, a través del narrador de A la recherche, sobre la posibilidad de que seamos capaces de recuperar lo vivido (el tiempo perdido), sin una pizca del desgaste que típicamente sufren nuestras experiencias con el paso del tiempo por culpa del olvido, gracias a la capacidad que tienen los sentidos del gusto y el olfato para revivir con una extraordinaria frescura experiencias de nuestro pasado más remoto a las que estuvieron asociados ciertos olores o sabores.

En Una golosina, el personaje central, Pierre Arthens, es presentado como un supremo, déspota, autoritario y excelentísimo crítico gastronómico cuyo médico de cabecera le ha confirmado el diagnóstico de que, por culpa de una afección cardíaca incurable, le quedan apenas 48 horas de vida. Gira a su alrededor, físicamente o evocados por su prodigiosa memoria, de la que emergen como fantasmas o apariciones fugaces en algunos capítulos, familiares, amigos, o compañeros de oficio cuyas voces, discursos, se yuxtaponen para construir para nosotros,los lectores, una imagen no tan coherente pero verosímil de esa personalidad compleja, contradictoria y brillante que es (se dirá era, en poco tiempo) Pierre Arthens.

Mientras tanto, mientras esas voces hablan, durante esas horas finales, monsieur Arthens asume una tarea que quienes lo acompañan alrededor de su lecho de muerte no terminan de comprender: Se ha propuesto identificar cierto alimento, plato o ingrediente que él recuerda le producía un placer muy especial cada vez que lo comía. Pierre piensa que al hacerlo podrá recuperar una mezcla única de sensaciones, emociones y experiencias que su ingestión producía en él, quizá incluso identificar qué era lo que producía en él esas sensaciones y estímulos.

Pierre cree que si tiene éxito en esta tarea final, poría lograr la redención. Quizás Pierre sólo aspira a cierta redención. Una que lo ayude a expiar una parte de sus muchos pecados, en los que su arrogancia, su soberbia, su desprecio por aquellos que carecían de talento y lo ostentaban vacuamente, o por aquellos otros, los que ni siquiera eran sensibles a esa belleza no visual de la que disfrutan los verdaderos gourmands, no formaban una parte poco significativa. Soberbia y arrogancia fueron dos conductas que nunca estuvieron ausentes de la vida de Pierre; y lo alejaron de familiares que no poseían el talento, pero tampoco la sensibilidad que hubiera esperado de ellos. O de los otros miembros de su gremio, sin duda inferiores o no tan destacados. Ellos no se merecían su admiración; ni siquiera algo de simpatía ante sus esfuerzos, y mucho menos, despertaban empatía alguna sus textos. Era sin duda la capacidad superior de Pierre para nombrar el hecho culinario, para describir con extremo detalle el universo cambiante de estímulos, sensaciones y recuerdos que producía y despertaba en él cada experiencia gastronómica, lo que lo elevaba hasta ese puesto codiciado de primum inter pares en el universo de críticos gastronómicos.

Pero esa experiencia redentora mediada por el olfato y el gusto, semejante a aquella con la que el narrador de A la recherche se topa de manera accidental, se le escurre a Pierre en estas últimas horas. la experiencia, la reunión de sabores que persigue, se le ha diluido entre los laberínticos y meándricos archivos de su memoria. Y él sabe que al escudriñarla para dar con él, se encontrará con cientos de otras cosas, muchas de ellas muy amargas que habrá querido olvidar. Pero la empresa puede valer la pena.

Y es ese arrojo, ese valor de Pierre para internarse en sus más antiguos recuerdos a sabiendas de los malos recuerdos que puede destapar, lo que hace formidable a este libro. No sólo porque al terminarlo de leer sabemos que valió la pena sino también por el recorrido. Por cada paso que da hacia la luz. Que Pierre sabe que es también un paso hacia la oscuridad definitiva (si en verdad la muerte es una oscuridad y no una luz).

A modo de conclusion, presento un ejemplo de ese hablar sobre la comida en el que Pierre ha superado en su vida a todos sus rivales. Aquí por ejemplo habla del sashimi:

Era rutilante. Lo que pasaba a través de la barrera de mis dientes no era materia sólida ni acuosa. Era meramente una substancia intermedia que había retenido de la primera una textura y consistencia que le impedían evaporarse en la nada, al tiempo que se había prestado de la segunda unas milagrosas fluidez y suavidad. El verdadero sashimi es menos algo que se come que algo a lo que se le da permiso derretirse en la lengua. Algo que debe ser masticado lenta y suavemente; como para no producir un cambio en su naturaleza sino como para que uno pueda saborear su satinada textura etérea. Sí. Es como una tela, el sashimi es terciopelo en polvo que está muy próximo a la seda, y comparte su esencia con el uno y la otra. Y gracias a la extraordinaria alquimia de su tenue esencia le es posible preservar una densidad lechosa ajena incluso a la de las nubes (p.73).

Pero en la novela Pierre habla la comida de un modo tal que, no se trata ya de que se nos haga agua a la boca. Porque su discurso ⎯el de Pierre que es el de Barbery, que es también el nuestro porque cada descripción de un plato, o de toda una experiencia gastronómica, que emprende Pierre dispara dentro de nosotros recuerdos de platos que hayamos degustado o de experiencias semejantes que hayamos tenido⎯lleva la lectura a un disfrute multisensorial y conceptual que coloca la magdalena de Proust o la kesra marrroquí, el pescado o los espárragos, en el centro de un caleidoscopio, o un salón de espejos en el que la comida, los ingredientes de un plato, sus aromas, sabores, colores, texturas, se reflejan refractan y refuerzan, diluyen, desintegran y reconstituyen, ligados al entorno, a los otros comensales, y a las emociones y pasiones del crítico. Emergiendo de este proceso vertiginoso transformados en un poema, o en algo más leve y sutil con larga permanencia en boca y en la memoria.

Nota: Llegó antes a mis manos la edición en inglés (Gourmet Rhapsody, 2009; Europa Editions, New York) que la original francesa o la edición española. Las citas que hago en esta reseña las traduje de esa edición. Es posible que se haya perdido algo del brillo con el que escribe Barbery. Pero hice lo posible para entregarle a mis lectores mi mejor versión del espíritu de sus palabras.

La elegancia del erizo, El amor y el velo de la ignorancia

La señora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes, escribe un día, como parte de su tarea de registrar sus ideas profundas, la pequeña Paloma.

Y yo me pregunto: ¿Cuánta gente hay a nuestro alrededor a la que no amamos (más bien en el sentido fraternal de ágape, y no en el sentido pasional de eros) porque esas personas no han dejado que se caiga de sus rostros el velo con el que lo han cubierto, un velo que no solo oculta sus rostros sino también su verdadera esencia, aquella que de conocerla quizá nos haría amarlos?. Pero no hay en este libro una crítica a la impostura sino todo lo contrario, una apología. Constituye un alegato a favor de cierta clase de impostura. Renée y Paloma son dos personajes de esta novela hermanados, sin estar conscientes de ello al comienzo, en esa decisión de parecer lo que no son. Pero no como lo hacen muchos, para parecer algo más de un ser que es menos. Sino por otra razón, para parecer menos de lo que son: menos inteligentes, menos cultos, menos sensibles de lo que saben que son.

Esa impostura lleva a Paloma, una niña de 12 años que posee una inteligencia muy superior a la ordinaria (que para colmo se ha tomado la molestia de cultivar leyendo todo tipo de literatura seria, incuyendo clásicos de filosofía y literatura, a parecer medio tonta, a copiar minuciosamente las idioteces que repite la primera de la clase para que ni sus padres ni su maestra o condiscípulos se den cuenta del talento que tiene. Para que todos crean que Paloma es una corriente niña de doce años. Justo la niña que se esperaría que tenga una pareja de talentosos y ricos padres, él diputado de izquierdas, y ella, una doctora en letras y amante de la literatura que distribuye el tiempo de su vida entre regar amorosamente sus plantas y asistir puntualmente a las citas con su psicoanalista desde hace diez años (uff!).

Sucede que Paloma vive junto con sus padres en un piso de 400 metros cuadrados en el número 7 de la calle Grenelle, un edificio burgués de Paris donde Renée es una viuda poco agraciada físicamente, de 54 años de edad que ha trabajado durante 27 años como portera de ese inmueble. Pero si Paloma se disfraza bien, el disfraz de Renée es muy superior. Pocos pueden sospechar que esta portera de pocas palabras pudiera haberle argumentado al hijo del señor Pallieres, otro residente de ese edificio, que en Marx no es El Capital lo que hay que leer sino La ideología alemana, “base antropológica a partir de la cual se construirán todas las exhortaciones a un mundo nuevo, y sobre la que reposa una certeza esencial: los hombres a quienes pierde el deseo, harÍan bien en limitarse a sus necesidades. En un mundo en el que se amordace la hibris del deseo podrá nacer una organización social nueva, despojada de luchas, opresiones y jerarquías deletéreas” (p. 12). Es ésta la clase de ideas que circula (más bien debería decir fluye) por la cabeza de esa humilde y parca portera.

Afortunadamente para los lectores de esta novela, y para la felicidad de la afable portera de elusivo talento, un día hace su aparición en esta ostentosa residencia, el misterioso señor Kakuro Ozu. Caracteriza a este nuevo propietario una sensibilidad extrema para reconocer la inocente impostura debajo de la máscara, un talento único para reconocer lo esencial debajo de lo falso; y lo que era más importante, una capacidad improbable para imaginar delicadamente las razones que pudieran haber llevado a Renée y a Paloma, cada cual por separado, pero en un suceso de insólita sincronicidad, a vivir ocultando sus verdaderas identidades. De modo que la llegada de este señor japonés al lujoso edificio es el evento que detona el encuentro fortuito pero luminoso y numinoso de esas dos almas gemelas: Paloma y Renée. Después de ese encuentro, nada será igual en las vidas de esos tres dispares pero empáticos personajes que habitan un mundo en el que la mayor parte del tiempo están rodeados de gente que ve en los demás, no lo que los otros verdaderamente son y quizás ocultan sino lo que son ellos mismos. Como escribe Paloma en su registro de ideas profundas: “Nunca vemos más allá de nuestras certezas y, lo que es mas grave todavía, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes.” (p. 159).

Esta novela, la segunda luego de que apareciera en el año 2000 Rapsodia gourmet, es una nueva entrega literaria de Muriel Barbery (nacida en Casablanca, en 1969). La elegancia del erizo, todo un éxito editorial, ha tenido en Francia más de 30 ediciones y más de un millón de ejemplares vendidos. Encuentro semejanzas estilísticas entre las novelas de Barbery y las de Amelie Nothomb, otra niña prodigio de la literatura francesa actual según lo que ella narra en su novela autobiográfica Biografía del hambre. Niñas (o al menos mujeres no tan mayores) cuyo éxito hace pensar que tienen algo que decirle(contarle) a millones de jóvenes y otros no tan jóvenes que buscan una literatura diferente, unas historias diferentes.

A pesar de que me gusta cómo escribe Nothomb, en ocasiones la he sentido prepotente. Esto no me sucede con Barbery. En esta novela no aprecio menos despliegue de cultura que el que hace Nothomb, pero su posición es más humilde y sencilla. Con absoluta naturalidad, Barbery, que es profesora de filosofía, se nos revela como una maestra en el arte de arrojar, por así decirlo, la cultura en el texto (las más complejas ideas de filósofos como Husserl, Marx, Occam, el inventor de la célebre la navaja) y modelarla como si se tratara de plastilina. Lo que revela que no le tiene un respeto solemne a la cultura (la Alta cultura) sino que intuye, y lo grita a voz en cuello, que la cultura (la alta y la baja) son precisamente para eso, para popularizarlas, para bajarlas de sus pedestales, para integrarlas lúdicamente en la literatura y si es posible en la vida. Para hacerle un shiatsu ocasional, quizás con la esperanza de que su columna vertebral, aquella que se espera la configuren los grandes clásicos del canon de libros e ideas de Occidente, no se rigidice demasiado. Como para que ese canon se ablande y le haga espacio a otros libros, otras ideas, igual de brillantes e imaginativas de poetas, filósofos, escritores, productores de cultura venidos del margen de las ciudades o naciones de Occidente.

De modo que con la levedad del rocío cuando tiembla sobre el musgo del alba, o con la casualidad de la camelia que cae sobre el césped, Barbery nos muestra en esta novela cómo el amor puede encontrar caminos insospechados para revelar la semejanza en las almas gemelas. Cosa que ocurre como una epifanía: de manera repentina y estremecedora. Y luego de que esto sucede, nada en la vida del que experimenta tal cosa será igual que antes.

La elegancia del erizo es un libro fresco, sin pretensiones de ser gran literatura, pero escrito con un ritmo narrativo perfecto y original, cuya trama ayuda a ver el mundo con alegría; a no extraviar la alegría.

Y para terrminar, esta cita final a propósito de la definición de wabi: “En japonés, el término wabi significa “una forma desdibujada de lo bello, una clase de refinamiento disfrazado de rusticidad” (p. 181). En este término podría residir una clave para entender la idea del libro.

La elegancia del erizo (2009)
Muriel Barbery
Barcelona, Editorial Seix Barral
368 pp