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Las partículas elementales, Cómo engendrar una especie superior

Escritor de una prosa que de tan cáustica se hace lacerante, una prosa en la que ha podado el lenguaje de sentimentalismos, innecesarios para describir las emociones y pasiones del hombre contemporáneo, principalmente dominadas por los impulsos sexuales, y a las que muestra como fuente principal de su infelicidad, Michel Houellebecq (1958), nacido en Saint Pierre, Francia, tuvo un impacto tan profundo en la literatura francesa, y un alcance tan amplio en su recepción, que cuando publicó Las partículas elementales en 1998, llegó ser considerado como el fenómeno literario de la Francia del final de siglo XX.

Cuando se trata de clasificarla en un género específico, esta novela, que sucedió con éxito a La ampliación del campo de batalla (1994), cabalga entre el drama (narra las relaciones interpersonales atormentadas y empobrecidas de dos hermanos (solo por parte de madre), Bruno y Michel); y la anticipación, que se aprecia más claramente cuando en el Epílogo de la novela, el novelista imagina técnicas topológico-genéticas que nos permitirían ser inmortales para dejar de ser humanos y convertirnos en post-humanos (trans-humanos, ultra-humanos), miembros en fin de una especie con una inteligencia superior a los humanos.

Cuando leemos esta novela más de una década después de haber sido publicada, sentimos que ha cobrado mayor vigencia a la luz de las ideas de los filósofos del posthumanismo y la singularidad tecnológica (Kurzweil y colaboradores), quienes argumentan con suma seriedad de académicos que trabajan en las más prestigiosas universidades del Primer Mundo cómo estamos destinados inexorablemente a convertirnos en una especie nueva que nos trascienda, para hablar en términos de Nietzsche, hasta ser post-humanos, inmortales, supremamente felice.

Como dije, la novela narra la historia de dos hermanos, Michel, el científico y Bruno, el humanista. En realidad Bruno es un profesor de literatura que, por culpa de una crianza y ambiente familiar muy poco propicio para su desarrollo emocional, como adulto no logra construir una relación estable con una mujer a la que ame y se pasa la vida satisfaciendo del peor modo un deseo sexual que en ocasiones parece indomable, inagotable e irreformable. No es sorprendente entonces que Bruno sea un eyaculador precoz incapaz de contenerse, de modo que su deseo muere (tristemente satisfecho) apenas nace. Y sin embargo, detrás de esa ansia de sexo compulsivo en el que parece que no fuese necesaria mediación alguna de los sentimientos, intuimso que se oculta un hombre vulnerable que es un fracasado en el amor no porque no ha logrado amar sino porque no ha logrado que una mujer lo ame. Y quizás no lo han amado porque él no ha logrado satisfacerlas—podría pensar él. Idea que despierta en el lector una profunda compasión.

Michel en cambio, es el hombre de ciencia al que su trabajo en el laboratorio ha convertido en un ser cuasi-asexuado, en un asceta que no aspira a un encuentro con lo numinoso sino sólo a un descubrimiento de la verdad. Sólo Anabelle ha estado cerca de su corazón. Sólo ella pudo, un día de su adolescencia, cuando fueron juntos a una fiesta, haberse unido en cuerpo y alma con Michel. Pero se precipitó, o quizás cometió un error imperdonable. En todo caso, no analizó las cosas como debió hacerlo. Y esa noche estuvo con David, quien cuando “conoció a Anabelle ya se había acostado con más de quinientas mujeres”, y no con Michel. David era el personaje equivocado y Michel huyó de Anabelle. No se verían luego de ese incidente durante 25 años. Cuando se reencuentran ya hacia el final del libro, se hace muy difícil para ambos retomar su historia, y al hacerlo reconstruir o consumar su amor. No es posible vivir el amor que no se vivió cuando debió vivirse. Ni antes ni después de Anabelle, tuvo Michel necesidad de otra mujer. Le fueron suficiente para satisfacer su controlado deseo dosis rigurosamente autoprescritas de autoerotismo.
A través de narraciones sobre períodos seleccionados de la vida de Bruno y Michel (una versión macro, según nos explica Michel, de lo que la física cuántica llama historias de Griffith), el lector asiste a una crítica, desde dos puntos de vista diferentes pero ambos lúcidos, de la cultura europea contemporánea. Houellebecq caracteriza la cultura del europeo actual en términos de: su individualismo, su egoísmo narcicista, su materialismo, su escepticismo y, por encima de todo, un cultivo sistemático del deseo (que no dura porque lo satisface demasiado pronto) que engendra el odio. Comparada con la sociedad de los utopistas de todos los tiempos, en donde se busca extinguir el deseo y el sufrimiento que provoca “preconizando su inmediata satisfacción. En el extremo opuesto, la sociedad erótico publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione (…) el deseo tiene que crecer, extenderse y devorar la vida de los hombres.” (p. 162). Por otro lado, a partir del momento en que las fuerzas y la energía sexual comienzan a menguar en cada individuo, un pavoroso temor a la muerte comienza a crecer hasta ocupar por completo la mente y universo de acción de cada individuo. Dirá Michel en algún lugar hacia la mitad de la novela: “En realidad, ya que la evidencia de la muerte material acaba con cualquier esperanza de fusión, es imposible que la vanidad y la crueldad dejen de extenderse. La única compensación-concluyó de forma extraña-es que lo mismo ocurre con el amor.”(162) Hay ironía y decepción en esto último porque Michel recuerda a lo largo de toda su vida la desilusión que le provocó Anabelle, la mujer a quien él amaba pero con quien no quería perpetrar acto sexual alguno. O al menos no sentía que tuviese el valor.

La novela narra con dos énfasis y grado de detalle distintos las vidas de Bruno y Michel. Los lectores tenemos la posibilidad de mirar con mayor detalle la vida desorientada en lo erótico y en lo sexual de Bruno. Éste, al sentirse incapaz de relacionarse exitosamente con las mujeres que lo atraen, a causa, entre otras cosas, de una mezcla de timidez e inseguridad, sueña con vivir una vida de sexo libre y desatado, semejante al que algunas comunas de hippies vivieron durante los sesenta. En los capítulos sobre su experiencia en El Espacio de lo Posible, una especie de campamento new age en el que se practicaba el amor libre y la gente podía andar desnuda sin que nadie se lo prohibiera, nos encontramos con una descripción descarnada y desentimentalizada del sexo. En capítulos anteriores y posteriores hay abundantes escenas de sexo explícito protagonizadas por Bruno en las que, invariablemente, éste no se entrega, no se involucra, no se compromete. Realiza el acto sexual con distancia, frialdad, casi indiferencia y ninguna empatía. Quizás porque el de Bruno es un deseo sin pasión (sólo compulsión), quizás a causa de la falta de tiempo (es eyaculador precoz), quizás porque tiene mala memoria y apenas concluye el acto olvida la experiencia (ésta deja de tener importancia); su memoria no regresa al recuerdo del acto sexual que aplacó su deseo (no es un melancólico), porque su atención está puesta en aquel otro acto sexual (más que en el sujeto) que satisfacerá su deseo futuro. El día, la semana, el mes siguientes. Es obvio que el final de una vida como ésta no puede ser feliz. Su vida y la de sus familiares está rodeada desde el comienzo hasta el final de enfermedades terribles, trágicas, fatales.

Pero Michel tiene la capacidad de redimir a Bruno y al resto de los personajes de la novela. Es el Cristo de este universo literario. Su partida hacia Irlanda hacia el final de la novela marca el comienzo de sus trabajos más profundos (los que realiza entre el 2000 y el 2009, entre los que destacan las Clifden Notes), los que tendrán el mayor impacto en contribuir a que la humanidad se libere del peso de la muerte y progrese lenta aunque inexorablemente hacia la vida eterna. Hubczejak, su discípulo y biógrafo, pensaba que, para Djerzinski, “la humanidad debía dar nacimiento a una nueva especie, asexuada e inmortal, que habría superado la individualidad, la separación y el devenir” (p. 312), porque el tiempo, dentro del cual sucede el devenir, es consecuencia de nuestra finitud. Pasarán más de dos décadas luego de la muerte de Djerzinski, para que sus intérpretes, liderados por Hubczejak, logren crear el primer representante de una nueva especie inteligente, “creada por el hombre “a su imagen y semejanza”, tuvo lugar el 27 de marzo de 2029 (p. 319). El hecho se transmitió por canales de televisión a todo el mundo. Ese mismo día, Hubczejak declaró que: “la humanidad debía sentirse orgullosa de ser “la primera especie del universo conocido que había organizado las condiciones de su propio relevo” (p. 319). Las líneas finales de la novela, sorprenden por la apología que hace el texto del primitivo aunque valiente Homo sapiens en el momento en que se encontraba al borde mismo de ser borrado por la arenas del tiempo.

No quiero concluir sin dejar de mencionar el paralelismo implícito entre el camino que conduce a Nietzsche desde el hombre al superhombre, dentro de un tiempo en el que se ha matado a Dios, y el que conduce al hombre y esa especie inmortal que lo supera, dentro de un tiempo como el nuestro que, el autor piensa, ha matado al amor.

La posibilidad de una isla, Un diálogo entre clones

Y el amor, en el que todo es fácil
Donde todo se da al instante
Existe en mitad del tiempo
La posibilidad de una isla.

Relato de vida de Daniel1, poema final

Comencé a leer este libro como una referencia ficcional a las ideas sobre posthumanismo que han desarrollado algunos de los ideólogos, futuristas y filósofos de la singularidad tecnológica. Como pueden haber leído en un post reciente sobre el tema, me parece que merece la pena dedicarle algo de atención. Aún si algunas de las ideas que propone parecen muy fantasiosas. El libro que reseño en este post llega a las ideas sobre el posthumanismo desde una suerte de cansancio y agotamiento del proyecto de vida que nos ofrece Occidente y, en particular, del que nos ofrece la Europa del final del Segundo Milenio.

En La posibilidad de una isla, el novelista francés Michel Houellebecq continúa el cuestionamiento que hace a la cultura europea contemporánea que, en Las partículas elementales, una novela anterior, había desembocado en una propuesta, muy al estilo de la ciencia ficción, de cómo se podía lograr la vida eterna mediante manipulaciones de ingeniería genética.

Houellebecq ha sido clasificado como escritor irreverente de lenguaje ácido y temática recurrente. Y esos epitetos pueden haber sido usados para restarle méritos a su obra o para explicar los enojos e intolerancia de la izquierda o la derecha, los musulmanes o los católicos, con sus obras. Y sin embargo, se tolera bien su ácidez, el desapasionamiento ocasional de sus personajes (que en eso se asemejan a algunos personajes de Kafka o a Mersault, el personaje de Camus en El extranjero) porque, a cambio de leer pasajes que pueden herir la sensibilidad de algunos, disfruta el lector de la libertad con la que escribe. Su irreverencia es menos un producto de la rebeldía o antagonismo contra un sistema o cuerpo de valores, y más un ejemplo del ejercicio puro de la libertad literaria. No escribe pensando en gurdarle respeto a un grupo étnico, religioso, a una facción política. Es un escritor que se hace esclavo de la historia y de las dinámicas lexicales que define para sus personajes. En el momento en que un personaje ha sido caracterizado, con una máxima economía adjetival, se dejará arrastar por la lógica de ese personaje hasta el final de la historia o hasta que este personaje fallezca (cosa que ocurre a menudo en las novelas de Houellebecq).

Tanto en Las partículas elementales como en La posibilidad de una isla, publicada años después, el autor nos entrega una ficción que revela su profunda admiración por la ciencia, semejante a la que he apreciado en autores como el mexicano Jorge Volpi (En busca de Klingsor). Pero además, es consistente con esto el hecho de que Houellebecq explora en estas dos novelas la posibilidad de que sea el hombre de ciencia (Michel Djerzinski, el Sabio) actuando como un Cristo para la Edad de la Razón, el único capaz de encontrar la redención, para él mismo y para el resto de la humanidad; que sea éste quien libere al hombre contemporáneo de vivir en un mundo de tedio, de globalización homologante y homogeneizante en el que el deseo no tiene ni el tiempo ni la posibilidad de nacer, crecer, desarrollarse, para ser luego satisfecho plenamente, en un acto erótico-sexual explosivo y catártico capaz de engendrar ternura, solidaridad, compasión y empatía con la pareja y, por extensión, con el resto de la humanidad.

Es posible que el título de esta novela, La posibilidad de una isla, le rinda homenaje a la novela La isla, que Aldous Huxley publicara en 1962 y que es analizada por Michel Djerzinski, uno de los personajes de Las partículas elementales, hacia la mitad de ese libro. Michel (el personaje) alega que La isla es una especie de Un mundo feliz 2.0, pero que como Huxley ya estaba mayor no se percató del todo de las semejanzas de La isla con esta novela anterior que él no había dudado en clasificar como una distopía.

Pero si la acción de La isla estaba situada en una isla paradisíaca que recordaba a Sri Lanka, el centro de los acontecimientos que definirán el futuro del mundo en La posibilidad de una isla, tiene lugar en una comunidad científico-religiosa de elohimitas, religión que pudiera tener algún parecido con la cientiología, situada en Lanzarote, isla de origen volcánico que pertenece al archipiélago de las Canarias.

La posibilidad de una isla narra el relato de vida de Danie1, el primero de una serie de clones cuya identidad se mantiene entre clon y clon, a lo largo de los siglos, gracias al dominio al que llegan los elohimitas de un proceso de uploading de toda la mente del individuo que va a ser reemplazado por el nuevo clon, a un autómata de cableado difuso (máquinas inteligentes “capaces de establecer conexiones variables, evolutivas, entre unidades de cáculo adyacentes: por lo tanto son capaces de memorización y aprendizaje.”, p. 121). Uno de estos autómatas no programados recibiría la memoria del ser humano pocos minutos después de su fallecimiento. Esto sería una operación temporal porque, “la siguiente etapa consiste en reinyectar la información en sentido inverso hacia el cerebro del nuevo clon” (p. 121). Con estas palabras, explica el Sabio (personaje que será el gran artífice de la utopía elohimita) a Daniel1 de qué modo se garantizará la continuidad de la identidad y por tanto la de la memoria entre un individuo y el clon siguiente en el que va a “reencarnar”.

Daniel24 y Daniel25 están separados de Daniel1 y de los hechos de su vida, que los elohimitas denominan relato de vida, por dos milenios. Aunque el lector presume que el sistema descrito someramente por el Sabio debe haberse sofisticado a la perfección Y que la continuidad de la identidad de quienes se clonan está garantizada), a lo largo de las sucesivas reencarnaciones los clones van olvidando o dejando de comprender ámbitos del universo de sentimientos y emociones descritos por sus antecesores. Así, el relato de vida de Daniel1 se va haciendo progresivamente oscuro para los clones más tardíos. Conceptos como la risa, por ejemplo, dejan de tener sentido con el paso del tiempo. “Al haber sido creado genéticamente a partir de Daniel1 tengo, por supuesto, los mismos rasgos, la misma cara; incluso la mayoría de nuestros gestos se parecen (…) pero me resulta imposible imitar esa súbita distorsión expresiva, acompañada de cloqueos característicos, que él llamaba risa; incluso me resulta imposible imaginar el mecanismo.” (p. 56). Parece razonable pensar que si la risa es algo imposible de imaginar para el clon avanzado, lo es mucho más el amor. El poema que cierra el relato de vida de Daniel1, aquel en el que narra poéticamente su amor, y cuya estrofa final he usado como epígrafe, no tiene un sentido claro para Daniel25. Y sin embargo, es posible que haya sido ese poema, la intriga que despertó en ella, lo que ella intuye era su sentido original, aquello que inspiró en Marie23 el deseo de sacrificar la posibilidad de vida eterna y partir en peregrinación al mundo exterior, en busca del amor. Para encontrar afuera, ese grupo de renegados (todavía humanos o neo-humanos en rebeldía) que se resisten a la vida eterna. Porque es necesario decir que uno de los logros tempranos de los elohimitas, comprendido dentro de lo que se conoció como la Rectificación Genética Estándar, fue la modificación del ADN de los humanos para integrar en nuestra especie capacidades autótrofas. El neo-humano, una vez que poseyera capacidad para la fotosíntesis, podría olvidarse de actos primitivos tales como la lucha por los alimentos, así como de actividades que le restan energía como la digestión y la excreción. Luego del rediseno genético, perdería esos sistemas; para sobrevivir, le sería suficiente tener acceso a la luz del sol, al agua y a algunas sales minerales esenciales. A la vez, esa nueva configuración de su código genético los separaría de los humanos heterótrofos. Definiría una nueva especie (un nuevo Reino piensa el Sabio): los neo-humanos. Seres plenamente autónomos que no necesitarían del otro, ni del prójimo. Y tampoco necesitarían del amor para reunirse, aproximarse o sentir lo que sienten sus semejantes.

Los neo-humanos también logran prescindir del sexo, lo cual los libera del deseo. “Estaba convencido-dice Daniel25-de que tampoco Marie23, pese a su partida, ni Marie22, pese al extraño episodio (…) que antecedió a su fin, había conocido el deseo. Lo que había conocido en cambio, y de forma singularmente rigurosa, es la nostalgia del deseo, las ganas de volver a sentirlo,…” (itálicas mías), p. 384). A semejanza de Buda, quien predicaba que el dolor nace de la insatisfacción del deseo, los neo-humanos creen que han logrado la paz búdica por vivir en esa asensualidad. Sólo de este modo, diría la Hermana Suprema (una suerte de Madre de la Comunidad de Neo-Humanos que funge de fundadora de su dogma),”se alcanza la libertad de la indiferencia, condición que hace posible la perfecta serenidad”.

Como puede intuir el lector, lo que construyen los elohimitas es una distopía. Nada mueve a los neo-humanos a juntarse entre sí, a aproximarse hasta fundir sus cuerpos y sus almas en ese acto singular que pudiera no tener símil en el Universo. La sociedad de líneas de clones eternas engendra vidas tediosas de individuos solitarios cuyas trayectorias parecen repetirse a lo largo de los siglos sin mayores cambios. Probablemente el cambio técnico y el avance de la ciencia que hicieron posible la aparición de los neo-Humanos se hayan detenido. El tiempo se ha congelado (“Nosotros, por el contrario, acogemos la innovación con la mayor reticencia,…”;dice Daniel25, p. 374). La “perfecta serenidad” lograda por la comunidad elohimita ha condenado al cambio social, así como a la volatilidad económica y la inestabilidad política, que de algún modo han estado históricamente relacionadas con el primero, a la total e irreversible desaparición. El del elohimita es un mundo sin incertidumbre donde, por tanto, no es necesario hacer planes. Todos los neohumanos nacen con la posibilidad de lograr sin esfuerzo alguno la paz interior.

El relato de vida de Daniel1 muestra que, a pesar del éxito que tuvo en su carrera de humorista, oficio que le permitió hacerse rico y vivir una vida llena de lujos y celebridad, sufrió la tragedia del envejecimiento. Daniel1 le tenía pavor a hacerse viejo. Y quizás tenía más pavor aún al hecho de amar o vivir con una mujer que se hubiera hecho vieja. Habia conocido a Isabelle cuando era joven y hermosa. Pero apenas descubre en ella los primeros signos de la edad, la abandona y se enamora de la muy joven Esther. Daniel1 amará a Esther, quien es muchos años menor que él y que lo admira por su celebridad y disfruta con él de los lujos que puede comprar con su dinero. Pero su relación con Esther parece destinada a terminar trágicamente: ella lo abandona un día. Y cuando esto ocurre Daniel1 sufre intensamente los dolores del amor perdido. No puede superar esa pérdida. Y en una época que, no se ha quitado todo el karma que le produjo matar a Dios (o al menos haber perpetrado un atentado contra Él), hay muchos que pregonan la muerte del amor. Pero él se empeña en creer y demostrarse a sí mismo que el amor existe y que es inmortal. Y quizas sea éste empeño, paradójicamente, aquello que lo lleva a buscar la inmortalidad. Irónicamente, para vivir para siempre en un mundo que olvidará lo que es el amor.

Como en otras novelas de Houellebecq, luego de concluir la narración (el relato de vida de Daniel1 junto con los comentarios de Daniel25), viene un epílogo que constituye una larga y apretada reflexión realizada por Daniel25 sobre el drama del género humano. El texto de esta parte final, enmarcado por un entorno post-apocalíptico, narra cómo podría un representante de una especie plenamente autónoma (que piensa que ha superado la dependencia y consecuente fragilidad que caracterizaba a los humanos), reaproximarse a la naturaleza luego de haberse separado de ella durante siglos. La experiencia de reunión con la naturaleza es tan intensa que Daniel25 decide, como en un cuento de hadas, que prefiere esta experiencia, que él sabe que le impide disfrutar de la eternidad, a disfrutar del eterno retorno a una vida predecible, aburrida, sin sentido y solitaria en la que se ha perdido el sentido y olvidado el significado del amor.