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El hombre sentimental, Una reflexión sobre el amor

Luego de leer la novela Todas las almas (1989), en la que Javier Marías narra con una prosa avasallante que él clasificó como de perturbación ligera, una historia de amor que tenía como locación una ciudad tan hermosa e improbable como Oxford, seleccioné de mi biblioteca otro de los libros de este autor que me ha ganado como lector. Se trata de El hombre sentimental (1986), una novela breve que, considerando que fue publicada tres años antes, se respira en ella un aire común con el de la anterior, como si hubiese sido escrita con un estilo que fácilmente se pudiera haber resbalado desde el manuscrito de la primera al de esa novela posterior.

Gran parte de El Hombre sentimental es narrada por un hombre que, luego de despertar de un sueño que se le antoja contarnos, decide no desayunar hasta terminar su narración. Como si este soñador quisiera prolongar un poco más ese estado placentero que, por no ser del todo un estado de vigilia, y por tanto de plena consciencia, nos hace creer que mientras permanezcamos en él podremos recordar mejor lo soñado. O quizás lo que creemos es que en ese estado se semiconsciencia, podremos, si lo deseamos, reelaborar (recrear) con libertad lo soñado cuando no lo recordemos con precisión. De modo que lo que nos contemos a nosotros o a terceros, aunque tenga más coherencia, podría no tener relación alguna con lo soñado. Pero esto es una transgresión. Nos recuerda Marías que, según lo que alguna vez leyó en un libro alemán: “Las personas que no desayunan desean evitar el contacto del día y no entrar en él, porque en realidad es sólo a través del estómago, como se logra salir del todo de la penumbra y la esfera nocturna, y es sólo después de haber llegado sano y salvo a la otra orilla cuando puedo uno permitirse relatar lo soñado sin que ello traiga calamidad consigo, ya que, si lo relata en ayunas, todavía se encuentra uno bajo el dominio del sueño y lo traiciona con sus palabras, exponiéndose así a su venganza” (p. 42).

El narrador de esta novela hace caso omiso de esa proscripción, incurre en la transgresión, y decide contar el sueño y, al mismo tiempo la historia real ocurrida cuatro años antes (que el sueño casi repitió como si éste fuera una copia al carbón), como para que las historias que ocurren en cada uno de los dos mundos, el real y el onírico, se confundan y hagan poco distinguibles.

El narrador nos dice que es un cantante de ópera catalán al que llaman el León de Nápoles. En el comienzo de su sueño, que lo es también de la historia, mientras viaja en tren desde Paris a Madrid, ciudad a la que se dirige para ensayar y luego estrenar el Otello de Verdi, en el que hará el papel de Cassio, su mirada se topa con tres personas que viajan con él en el mismo camarote y a las que escruta y describe minuciosamente. Una es un hombre que él descubre mirándose a sí mismo en el reflejo de la ventana del tren, luego sabremos que se llama Dato y que trabaja como acompañante de Natalia Manur; la segunda es un hombre con cara prepotente que luego nos enteramos que es el banquero Manur; la tercera es una mujer, Natalia Manur, esposa del banquero cuyo rostro, que el cantante sólo logra divisar durante unos instantes ee primer momento, le hizo sentir que estaba”aquejada de disoluciones melancólicas” (p. 20). Por casualidad, los cuatro se alojan en el mismo hotel y una noche luego de sus ensayos el cantante se entablará una conversación con Dato, el acompañante de Natalia Manur quien, pocos minutos más tarde le presenta a Natalia. De ahí en adelante, como algo natural, Natalia y Dato comienzan a asistir a los ensayos del cantante y a comer juntos luego como si fueran entrañables amigos. Al anochecer, a diario se despiden cuando Natalia se va a reunir con su marido, el banquero.

El lector se da cuenta pronto de que Dato, como si se atribuyera además un enigmático papel de celestino, o de propiciador de un adulterio, parece tener interés en que Natalia pase el mayor tiempo posible en compañía del cantante. Aun cuando durante gran parte de este tiempo, Dato también esté presente. Pero el curso de los acontecimientos parece sufrir una lenta aunque inexorable aceleración. O quizás se trate sólo que la narración, como si fuese una esponja, y junto con ellas el cantante, Natalia y el banquero Manur, parecen estar a cada página más ahogados en emociones, pasiones y sentimientos. Y esta emocionalidad generalizada que impregna lentamente a los personajes hace desaparecer toda estabilidad y los conduce a un final tormentoso, patético y fatídico que no difiere mucho de la tragedia.

Esta novela está escrita, no con un estilo de perturbación ligera que relaciona cada cosa con una mutiplicidad de otras cosas, actores o aspectos del ambiente narrativo, como ocurría en Todas las almas, sino más bien con el estilo narrativo propio de alguien que confunde la realidad con los sueños. En El hombre sentimental, el narrador no cuenta la historia como un ser omnisciente. Más bien lo hace como un narrador que posee información limitada sobre lo que piensan y hacen los protagonistas. De modo que éste se ve obligado a formular para nosotros múltiples inferencias sobre cada evento realizado por los protagonistas o sobre sus posibles causas o consecuencias. Por ejemplo, a lo largo de toda una página el narrador se pregunta sobre las causas que pudieran explicar el que Berta, su ex mujer que ha fallecido luego de haberse casado por segunda vez, haya conservado los libros que él le regaló y que su segundo marido le quiere devolver. Más impresionante es el ejercixcio deimaginación que hace el narrador de cómo pudiera ser la vida cotidiana de hoteles de gran lujo que lleva Natalia Manur con su esposo el banquero. El narrador de extiende a lo largo de cuatro páginas en la imaginación de los detalles más ínfimos de los hábitos, gestos, atuendos, pensamientos, obsesiones de Natalia Manur en su vida con su esposo. Preguntas como: ¿Qué puede decirle a Manur a estas alturas ver cómo ella se va desprendiendo de la camisa, de la falda, incluso de las medias oscuras (y sin costuras)? Y ¿qué puede decirle a Natalia que Manur lo vea?, son seguidas por cadenas interminables de suposiciones sobre lo que pudiera pensar Natalia cuando se mira desnuda frenta al espejo y lo que, simultáneamente, podría pensar Manur mientras ella se mira y piensa (“Quizá Manur no siente absolutamente nada al ver desvestirse a Natalia, al verla medio desnuda, al verla ya desnuda, al tener el cuerpo perfumado y tibio y terso a su lado durante ocho horas inexistentes en las vidas de ambos”, p. 85) . E imagina también el narrador lo que pudiera decirle o preguntarle Manur sobre él (¿cómo canta?) y sobre las salidas diarias que ralizan Natalia, Dato y él mismo.

¿Nos anuncia ese ejercicio de imaginación exhaustivo que realiza el narrador su enamoramiento de Natalia Manur? ¿Es siempre la imaginación minuciosa, detallada, precisa y constante del otro una prueba inocultable del amor?, ¿O señala solamente la personalidad obsesiva del narrador? Y no será que sólo gracias al amor, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones (maternal o paternal, fraternal, filial, de pareja, etc) es posible realizar el esfuerzo siempre agotador (que en ocasiones despierta terribles celos) de imaginar al otro, tanto lo que nos oculta como lo que hace cuando no está en presencia nuestra?. ¿Será que el banquero Manur, un hombre que da la impresión de que carece de toda imaginación, es un ser incapaz de amar a Natalia, mujer a la cual, incluso si la tienes enfrente tuyo, sientes la necesidad inevitable de imaginarla haciendo alguna otra cosa diferente de la que hace contigo o sin ti, en cada instante? Sin embargo, la novela nos muestra que el banquero Manur no tiene que imaginar a Natalia porque la tiene delante de él cuando es necesario. Y porque tiene toda la información que necesita para construir hipótesis totalmente probables de lo que hace Natalia cuando ella no está con él. Y cuando la información que posee le confirma que la ha perdido, toma una decisión que parece seguirse lógicamente de su conclusión: trata de cometer suicidio.

El razonamiento anterior parece sugerir un contrapunteo curioso entre la historia de Otelo de Shakespare (el León de Nápoles canta en el Otello de Verdi) y la que narra esta novela. En Otelo, un acto de imaginación viciosa, efervescente, calenturienta (instigada por las perversas palabras del villano Yago) alimenta el asesinato de Desdémona, que constituye un inequívoco crimen pasional. Lo que prueba que la misma imaginación que creíamos que era condición necesaria del amor, puede ser aquella que nos conduzca al crimen. Se puede contraponer a Otelo al frío, arrogante y poco imaginativo banquero Manur. Éste no necesitó imaginar nunca la pérdida de Natalia. Un día supo con frialdad absoluta que ésta era irrevocable, Natalia lo había dejado y el suicidio, y no el asesinato de quien lo abandonó, era lo que se seguía lógicaente de eso. Situación que, aunque sólo queda sugerida en esta novela, revela una concepción drástica y romántica del amor en Marías, quien parece decirnos que el enamorado se encuentra en un dilema fatídico: O asesina o comete suicidio. Dependiendo de que sea un imaginativo que con terribles visiones alimenta sus celos hasta el punto del crimen o de que, dotado de una fría capacidad de análisis, sepa cuándo la pérdida del amado es un hecho irrevocable.

La fe ciega

¿No será que la fe ciega es la única y legítima hija del amor, dado que de ella no pueden nacer los celos que son la fuente de todos los fatales arrebatos pasionales?, Si así fuera, contrario a lo que prescribía el filósofo y alquimista Paracelso, amaríamos de verdad, no a aquella persona que mejor y más conocemos, sino a aquélla que no conocemos pero en la cual, por alguna inexplicable razón, confiamos ciega y absolutamente. Aun si no la hemos imaginado e incluso si carecemos de la capacidad de imaginarla. creo que en este argumento, pierde fuerza el deseo aunque se reduzca al mínimo la probabilidad de que las pasiones aniquilen al amor. El deseo no puede ser solo deseo del cuerpo del amado, presente y visible sino que es, sobretodo, deseo del cuerpo invisible (por lo distante y ausente) del amado, Cuerpo que se imagina en el espacio (cada milímetro cuadrado de su piel; cada milímetro cúbico de su sangre, músculos, tejidos, huesos) y en el tiempo (lo que hace ese cuerpo del amado durante cada segundo de ausencia). Lo que torna absurda la suposición original de que la ignorancia es la evidencia o la condición del amor.

Todas las almas, Una novela sobre Oxford

Como ciudad inhóspita conservada en almibar define Julián Marías a la ciudad de Oxford en el primer capitulo de la novela Todas las almas (1989), cuya lectura acabo de concluir. Esta ciudad le sirve de locación a esta novela que tiene aires de crónica. Es tan fuerte esta impresión que cuando se publicó algunos lectores pensaron que el narrador era realmente el escritor Javier Marías, confundiendo al personaje con el autor. Lo que es parte de lo que se espera de la literatura, que se confunda con la realidad. Sin embargo, la novela debe estar inspirada por las experiencias del autor durante los dos años (entre 1983 y 1985) que éste dictó clases de Literatura Española y Teoría de la Traducción en la Universidad de Oxford.

No coincido con Marías en su opinión de que Oxford es inhóspita por haber tenido yo mismo una experiencia fortuita que me mostró lo contrario. Visité por primera vez esta ciudad durante la primavera de 1998, al cabo de por lo menos cuatro meses de haber llegado a Londres. Apenas me bajé del autobús que me había llevado a Oxford desde Paddington, en Londres, me encontré por casualidad con mi amigo Pablo Astorga, acompañado de su hija Paula, que era muy niña cuando la había conocido en Venezuela. A Pablo no lo veía desde que trabajábamos en oficinas contiguas, con un baño compartido, en el IESA. Debían haber pasado por los menos cinco años desde que lo hubiera visto por última vez, en los tiempos en que estudiábamos ambos inglés con la profesora Cristina. Pablo fue uno de los que no regresó a Venezuela luego de irse afuera (Oxford) a hacer el doctorado. Fue uno de los amigos a los que dejé de ver por culpa de esa todavía temprana expresión de la globalización. Este mismo Pablo estaba llegando puntualmente, como si hubiese sabido que llegábamos esa mañana y nos estuviera esperando en la estación de autobuses de Oxford. Lo que había sido en realidad una casualidad que, sin embargo funcionó desde entonces como un marcador de esa ciudad. Porque nos hizo recordarla como hospitalaria, simpática y acogedora.

En cambio coincido con el autor en su percepción de que Oxford es una ciudad conservada en almíbar porque sus edificios medievales, a semejanza de lo que se siente en otras ciudades de Europa, incrementan la gravidez de la ciudad, su aislamiento del mundo. Y acentúan esta sensación las miradas introspectivas y profundas, muchas de ellas omo extraviadas totalmente, de estudiantes y profesores, cuando pasan a tu lado. O quizás se trate de que, como extranjero de origen latino no leo correctamente lo que Marías define como las miradas veladas de los oxonienses (y de los británicos en general). Miradas veladas que no te dejan saber qué piensan, sienten o desean, cuando pasan a tu lado o los miras de frente a los ojos con tu mirada desnuda. Si uno le suma a esto la hiperregulación de la conducta por un conjunto de muy antiguas reglas tácitas o explícitas que conocen todos los estudiantes, profesores y trabajadores de la universidad de Oxford, pues es difícil no sentir que te mueves dentro de un anacronismo que no tiene cabida en el mundo actual.

Y a propósito de las miradas veladas de los británicos, y las desnudas o descarnadas de los continentales y, en particular de los latinos, europeos o iberoamericanos, el capítulo en el que Marías narra la cena en la high table, donde su mirada se cruza por primera vez con la de Clare Byes, la que iba a ser luego su amante, es un ejemplo paradigmático de literatura antropológica. Retrato antropológico que realiza un escritor con una nación que ha producido tantos etnólogos autodidactas.

Ese medievalismo que recorre Oxford transmite a quienes la visitan por corto tiempo, una sensación de paz y serenidad. Y sin embargo, es sorprendente cómo algo sereno como es esa ciudad, cuando te sumerges en sus entrañas (probablemente con ese lente etnográfico que lleva puesto todo escritor o incluso aprendiz de tal), el autor te persuade, te puede perturbar y hacerte escribir una novela, sobre tu experiencia de inmersión total en esa ciudad, impregnada de esa perturbación, que él describe como: “leve y pasajera, articulada y lógica”, y que le confiere a la obra ese estilo tan intrincadamente interrelacionado. Como si las páginas y personajes tuviesen la capacidad de reproducir isomórficamente en lo espacial el estilo literario, en Todas las almas, cada página o capítulo parecen atravesados por ríos y puentes que unen y fusionan sin esfuerzo aparente, las vidas, hechos y recuerdos de los personajes. Y de este modo y para poner un ejemplo, el rio Yamuna o Jumma, que era aquel que miraba la amnte del narrador, Clare Bayes (quien de niña se llamaba Clare Newton), cuando de niña vivía en la India y se paraba junto a su aya Hilla esperando la llegada del tren, pudiera haber juntado sus aguas con las del “rio Windrush y el rio Evenlode, que son los rios entre los que ha crecido Muriel”, mujer de labios gruesos y succionadores a la que el narrador califica de falsa gorda y con la que pasó una noche completa de placer. Pudiera también intercambiar el rio Yamuna o Jumma sus aguas con las del “rio Cherwell, junto al que vive Toby Rylands, el don sagaz y verídico que declara estar escribiendo un ensayo sobre A sentimental journey de Laurence Sterne, y en el que Rylands mira “el transcurso”. O podría hacerlo con las aguas del “rio Avon, a cuyas orillas estudia Eric”, que es el hijo de Clare Bayes, quien está casada con Edward Bayes y quien, es probable, aun cuando el narrador no lo pueda afirmar con seguridad, sea el afortunado amante de la chica a la que el narrador conoció en la estación de Didcot, aquella cuya belleza “al primer golpe de vista, más lo había conmovido a lo largo de su juventud”, pero a quien no pudo reencontrar sino contadas veces después de aquella feliz ocasión (y algunas de esas veces ni siquiera tuvo la certeza de que la chica que viera fuese la misma que lo había impresionado en la estación de Didcot).

Otro personaje clave de esta novela, que muere apenas el narrador se va de Oxford, es Cromer-Blake, el amigo homosexual del narrador, que el profesor Rylands intuye se está muriendo de una enfermedad cuya seriedad no le ha confesado a nadie. Esta había nacido en Londres, y por tanto cerca del Támesis, que llega hasta Oxford. También las aguas de este rio se cruzan en las páginas de la novela con las de los otros rios que la recorren. También este personaje está conectado por lazos invisibles y no siempre obvios, con otros habitantes de Oxford, algunos de ellos tambien personajes de la novela. Y es clave también la disgresión de Rylands sobre la muerte posible y próxima de Cromer-Blake. Su análisis sobre cómo la enfermedad que él presume tiene Cromer-Blake y se lo oculta, ha secuestrado la voluntad de su amigo enfermo. Y al final no sabes cuánto de la voluntad (y por tanto de la persona que conocías) queda en el enfermo. Como si el enfermo al perder parte de su voluntad pasara a ser otro. Perdiera su identidad porque quizás para ser el mismo, para mantener la identidad, es necesario tener una mínima fuerza que la enfermedad, cuando es poderosa, te la roba impunemente. Como le dice Rylands al narrador. ¿A quién pertenece la voluntad de un enfermo? ¿Al enfermo o a la enfermedad? Cuando uno está enfermo. como cuando uno es viejo o está perturbado. se hacen las cosas a partes iguales con voluntad propia y con voluntad ajena. Lo que no siempre se sabe e a quién pertenece la parte de la vountad que ya no es nuestra.(…) ¿Al que ya no somos…que se la llevó aconsigo? (p. 158).

Una excepción a ese flujo rizomático subterráneo de interconexiones que Oxford parece auspiciar, pudiera ser Above the river, obra supuestamente escrita por el enigmático escritor John Gawsworth, pero de la cual el narrador nunca pudo obtener ni un solo ejemplar. Es posible que ella misma no sea rio ni transcurso, no obstante su título, sino lo contrario. Un punto que se coloca por encima de las interconexiones, como metáfora de la amenaza de la muerte, que es detención de todo trasncurso, y que pende sobre las cabezas y almas de los personajes y a la cual, esta madeja real o ilusoria (producida por una visión perturbada de la realidad) de: rios, cruces y entrecruzamientos combate. Y si ése fuera el caso, Above the river sería el único elemento que, por su mera ausencia, se colocaría al margen de cualquier riesgo de: contaminarse, conjugarse, unirse, juntarse entrelazarse con el resto de los personajes, hechos y lugares de esta novela cuya trama le hace honor (uno debiera sospechar) al nombre de la ciudad, que era conocida en la antigüedad como Oxenaforda (oxen: buey; ford: vado)o vado de los bueyes (porque es más fácil cruzar el rio por el vado que construir el puente). Porque Oxford es una región cruzada por ríos. Y en un lugar con tal topografía, uno pensaría que sería más fácil que tengan lugar, con cierta frecuencia, perturbadores (y quizás hasta mágicos) cruces de almas, de todas las almas (All Souls, es como se llama uno de los colleges de Oxford), un cruce circunstancial y quizás momentáneo de las vidas, hechos, ideas y palabras de quienes viven en esa ciudad. Y como la literatura es también un reflejo de la realidad, uno piensa que deberían haber más novelas como ésta, tan bien contadas por un visitante extranjero cuya ciudad, Sanlucar de Barrameda, es punto en el que desemboca el Guadalquivir.

Y esta mínima nota no agota sino más bien inicia, y al hacerlo invita a los lectores a leer esta novela tan bien tramada, tan meticulosamente tejida, que trata sobre: la amistad, el amor, el deseo, la fidelidad y la traición; la enfermedad y la muerte; las dos caras del saber, la vanidad y la trascendencia. Y la manera como la curiosidad, el chisme, ese modo de espiar disimulado que los británicos llaman eavesdropping y sobre el cual Marías discurre de ese modo tan divertido; y las habladurías a las que esa práctica da lugar, las conversaciones y las tertulias; las empatías y antipatías; y una vez más el deseo, el amor y la amistad tejen hilos de atracción o repulsión que unen a todas las almas en esa ciudad única y memorable que es Oxford.

(Mi copia de Todas las almas, es de Editorial Anagrama, Barcelona, 1993)