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Mecanismo Internos, Para probar nuestro amor por la literatura

J.M. Coetzee
Mecanismos Internos, Ensayos 2000- 2005
Random House Mondadori
336 pp

Uno siente que coexisten en escritores como J. M. Coetzee, dos amantes distintos de la lengua, que ejercen su pasión desde dos lejanos puntos de vista: el de la ficción y el del ensayo. Si la ficción de Coetzee se emparenta, como lo dije en otra entrada reciente, con la literatura de ideas, tal como lo han sido las tardías novelas de Gustave Flaubert, casi todas las de Dostoievski, La Recherche de Marcel Proust, Thomas Mann, Hermann Hesse, James Joyce o, más recientemente, las del japonés Haruki Murakami o las más piezas recientes del inglés Ian McEwan, el ensayista que vive en Coetzee, que publica sus textos en prestigiosas revistas como New York Review of Books, se me parece a un cirujano que en una mesa de disección literaria atacara las obras de famosos escritores europeos con un afilado bisturí y sin anestesia. No es que su trabajo de disección crítica nos haga perder nuestra admiración hacia escritores como Walter Benjamin, Robert Musil, Robert Walser, Italo Svevo, Joseph Roth, Sandor Marai, Bruno Schulz, entre otros. Sino que inevitablemente despoja a los autores y sus obras de la ilusión (al menos de una parte importante de su ilusión y nos revela la carne cruda y el hueso de estas obras). Aún si es capaz de señalar dónde reside la verdadera grandeza de las obras y autores revisados. En suma, es la de Coetzee una crítica de flesh and bones, que parece querer probar /y a la vez fortalecer) nuestro amor por los grandes autores. Como si al escribir cada ensayo nos estuviera diciendo: Si los amas después de verlos así de desnudos, si luego de quitarles los brocados y oropeles aún te seducen ellos y sus obras, nada ni nadie te hará dejarlos de admirar y de leer por el resto de tu vida.

El Maestro de Petersburgo, Una dialógica novela de ideas

    No se trata de salir impune de la caída, sino de lograr lo que no logró su hijo: luchar contra las tinieblas sibilantes, absorberlas, hacer de ellas su medio; hacer de la caída un vuelo, aunque sea un vuelo tan lento, tan anciano, tan torpe como el de una tortuga.
    (p. 256)
    “—¿Qué es un mártir?
    Ella titubea
    —Es el que ya no puede más, se entrega y renuncia a seguir por el futuro.”
    (p. 268)

(ambas citas son de J.M Coetzee, El Maestro de Petersburgo (1994))

J. M. Coetzee, aunque nació en Suráfrica en 1940, reside actualmente en Australia, país de donde se ha hecho ciudadano. No obstante este perspectiva no metropolitana o europea continental, en su obra no ficcional Coetzee ha reconocido una importante influencia de escritores europeos, sobretodo de los que vivieron y escribieron durante la primera mitad del siglo veinte. Aparte, de esta influencia, Coetzee también ha reconocido una influencia principal de escritores como Dostoievski y Kafka, cuyas obras renovaron de un modo radical la forma de abordar la ficción, y modelaron las relaciones de ésta con la moral, con la filosofía, con la verdad e incluso con lo que la trasciende, la religiosidad o el espíritu.

En esta obra ya antigua, Coetzee escribe, no sobre Fiodor Mijailovich Dostoievski, escritor ruso genial, contradictorio, desgarrado por pasiones, víctima de la epilepsia y la ludopatía sino más bien recrea, como pocos escritores actuales lo pueden hacer, las voces e ideas delirantes y sentimientos intensos y extremos que tenía este escritor al elegirlo como protagonista de esta novela. Es esto lo que hace a El Maestro de Petersburgo una novela de ideas como la que pocos podrían haber escrito en la actualidad.

Desde Dresde, Fiodor Mijailovich llega a Petersburgo con el pasaporte del señor Isaev, padre de Pavel Alexandrovich, documento de identidad falso con el que viaja Dostoievski para que no lo persigan sus múltiples acreedores. Dostoievski se ha enterado de la muerte de Pavel Alexandrovich Isaev, su hijastro, a quien amaba como a un hijo, y viene a reclamar sus pertenencias, papeles e investigar las oscuras circunstancias de su muerte. Se alberga en la pensión donde Pavel ha vivido hasta su muerte. La dueña de esta pensión es Anna Sergeyevna Kolenkina. Ella vive en esa casa sola con su hija Matryona.

Aunque Dostoievski está casado con Anna Grigorevna, que vive en Dresde (en la vida real, su mujer vivió con él en Ginebra), en Petersburgo entabla una relación con Anna Sergeyevna que, como un péndulo, lo hace oscilar entre un deseo elemental casi animal de cuya satisfacción deriva un placer que no había conocido antes y una distancia seca en la que las palabras que intercambian se hacen funcionales, graves y escasas y el contacto sexual entre ambos se reduce a cero. Hacia el final de la novela, Fiodor Mijailovich se va a acercar peligrosamente con esta relación al borde de un amor intenso y arrebatador, al que mira desde arriba como quien ve desde un risco en la noche una oscuridad sin fondo preciso. Intuye Dostoievski con gran certidumbre que, en caso de arrojarse a las fauces de ese amor, ese acto sería un punto de inflexión que podría torcer en un giro violento la trayectoria que había seguido su vida hasta ese punto. Sin embargo, no es ésta la relación esencial en la novela.

Anna Sergeyevna parece ser un puente o un medio (como en algún momento ella misma lo intuye con dolor) para que Dostoievski se acerque a Pavel, su hijastro muerto, con quien ella y su hija Matryona tuvieron una fuerte conexión. La novela es también una descripción de cómo—cuando se llega tarde a una cita con el amado y a éste lo llama la muerte—es posible acercarse a él a través de quienes lo amaron o convivieron con él. Es esto lo que hace el escritor ruso en la novela. Nechaev el revolucionario, la finesa que era su fiel seguidora, Ivanov el vigilante que parece un mendigo y aparece luego asesinado (en la novela y en la vida real; razón por la que Ivanov inspira un personaje de Los Demonios), Anna Sergeyevna, la casera de la que se hace amante, y su hija, la niña Matryona (quien amaba platónicamente a Pavel), e incluso Maximov el policía, son todos ellos, cada uno a su manera, puentes que tiende Dostoievski para acercarse a su hijastro. Puentes que le revelan de diversos modos distintas facetas de Pavel.

Son puentes pero también, como Dostoievski fue un maestro de la novela filosófica y no sólo de la exploración profunda y minuciosa del complejo corazón del hombre, cada uno de estos hombres-puente son productores de ideas que estimulan en Dostoievski el debate y la confrontación de ideas. Lo hacen hasta un punto que los hace parecer que tuvieran vida propia, como sostuvo el crítico ruso Mijail Bajtin cuando escribió que las novelas de este autor eran dialógicas y polifónicas, porque no había un personaje que detentara una verdad absoluta o una moral absoluta; no había un personaje que representara o fuera la voz del autor. Distintas concepciones de la verdad o de la moral son confrontadas como ocurre en la vida real en las novelas de este autor. Este rasgo peculiar de la literatura de Dostoievski, la polifonía, Coetzee lo sabe reproducir, tocando una impresionante multiplicidad de temas tales como: la muerte y el suicidio; la violencia y las razones para el crimen; el resentimiento y (uno de sus antónimos) el amor; la compasión, el perdón y los celos; nuestra fe en Dios acompañada de nuestras a menudo frustradas esperanzas de que Él nos hable; la salvación y nuestras expectativas de que ésta sea un acto de misericordia absoluta y gratuita y no uno de mérito que salve sólo a unos pocos; la revolución, su desprecio del orden establecido y su ilusión de que puede disponer legítimamente de la vida de quienes la traicionan o rechazan (como lo sugiere El catecismo de un revolucionario obra atribuida a Nechaev, el personaje histórico no el de la ficción); los matices tenues que separan la justicia de la venganza; lo permitido, lo prohibido y los límites (si es que los tiene) del amor; y como un meta-tema, la literatura, la gestación de la ficción literaria, y los costos que el escritor debe pagar para producir una obra genial como la que hizo Dostoievski, la cual en este caso es un espejo maleable y flexible que se confunde con, y superpone a, la original. Es esta taumaturgia lo que hace de Coetzee, uno de los mejores impostores cuando se trata de ser (y pensar como) el genial Maestro ruso.

Y al hacerlo, disfruta serenamente, aunque sea por brevísimo tiempo, de ese vuelo tan lento, tan anciano, tan torpe que ha intentado el hombre, una y otra vez, a lo largo de la historia.

J.M Coetzee
El Maestro de Petersburgo (2001)
Random House Mondadori, Barcelona
272 páginas