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La singularidad tecnológica: Utopía o fin de la humanidad

…para mí, ser humano significa ser parte de una civilización que busca extender sus límites. Ya hemos traspasado nuestra biología incorporando rápidamente las herramientas para reprogramarla y aumentarla. Si consideramos a un ser humano modificado por la tecnología mas como un no humano, ¿dónde trazamos la línea definitoria?¿Es un hombre con un corazón biónico todavía humano? ¿Qué pasa con alguien con un implante neurológico? ¿Y qué si son dos implantes neurológicos? ¿Y alguien con diez nanobots en su cerebro? ¿Qué tal 500 millones de nanobots? ¿Debemos establecer un límite en 650 millones de nanobots debajo del cual eres todavía humano y por encima del cual eres ya posthumano? (p. 374)”

Ray Kurzweil
The Singularity is near

Mapa de internet

Muchas religiones comparten la creencia en que en algún momento en el futuro va a llegar un fin de los tiempos. Desde el punto de vista de la religión, éste suele referirse a un apocalipsis o al menos al fin del mundo tal como lo conocemos. La filosofía, en cambio, ha concebido la idea de que es la condición del hombre lo que puede desaparecer en el futuro y darle paso a formas más evolucionadas de lo humano. El posthumanismo, por ejemplo, piensa que el hombre se convertirá en una especie que evoluciona de un modo teleológico, dirigido a un fin. En esto se desmarca esta idea de la concepción actual de evolución que subyace a la Teoría Sintética Moderna, que supone una evolución ciega, dirigida sólo por el azar y la necesidad. Conclusión consistente con aquella temprana idea formulada por el filósofo presocrático Demócrito de Abdera (460 a.C.-370 a.C) cuando dijo que: “Todo lo que existe en el Universo es el producto del azar y la necesidad). Quizás una de las defensas más elaboradas que se hizo en los tiempos modernos de esta idea la hizo el biólogo francés y ganador del Premio Nóbel en 1965, Jacques Monod, en su ensayo El azar y la necesidad. Fue en este libro donde Monod propone el concepto de teleonomía, que opone a la teleología y que sostiene que es un rasgo escencial de los seres vivios: producir complejidad de un modo ciego guiados solo por el azar. Pero como dije antes, las ideas del posthumanismo suponen que el hombre es solo un camino hacia algo superior o más avanzado; que el hombre es un ser que está sujeto a un proceso evolutivo teleológico que conduce a un punto Omega final, de máxima conciencia, tal como creía el filósofo, paleontólogo y religioso francés Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) que actuaba la evolución en el Universo.De modo que en esta oposición entre teleología y teleonomía, el posthumanismo se desmarca de uno delos suspuestos fundamentales de la ciencia contemporánea.

    Posthumanismo, Houellebecq
    Una versión de la idea del transhumanismo ha sido expuesta en la novela Las partículas elementales (1999), del escritor francés Michel Houellebecq, en cuyas páginas finales se narra cómo la humanidad, luego de realizar radicales descubrimientos sobre los efectos que tenía la forma molecular en la estabilidad indefinida del proceso de duplicación del ADN (no más mutaciones, o al menos no más mutaciones no controladas), alcanza una fase superior, de seres humanos asexuados e inmortales con el potencial de disfrutar de un placer muy superior al actual. La novela concluye con esta declaración: La humanidad debía sentirse orgullosa de «ser la primera especie animal del universo conocido que había organizado por sí misma las condiciones de su propio relevo» (p. 319). Es inevitable sentirnos melancólicos cuando leemos en las páginas finales de esa novela cómo el número cada vez menor de seres humanos no modificados genéticamente (y por tanto inferiores en su potencial para ser eternos) se reduce gradualmente con los años hasta que sólo quedan escasos representantes de lo que hoy conocemos como humanidad. La melancolía que nos produce la lectura de Las Partículas elementales, se troca en preocupación metafísica, moral y existencial cuando profundizamos en las consecuencias inexorables que puede tener en un futuro relativamente cercano el proceso de aceleración (crecimiento exponencial) del cambio técnico hasta que nos encontremos con lo que el futurólogo e inventor Ray Kurzweil y otros han llamado la singularidad tecnológica, ese momento en el futuro en el que la historia del hombre deje de ser lo que ha sido hasta el momento, y cambie radicalmente su trayectoria.

La hipótesis

El término singularidad tecnológica se inspira en el concepto de singularidad en astrofísica, que se refiere a aquello que es el resultado de la creación de un agujero negro. En el límite, cuando el radio de una estrella en proceso de colapso gradual se aproxima a cero y la masa a infinito, la fuerza de gravedad ha crecido tanto que ni siquiera la luz puede escapar del agujero negro. Por tanto, no es posible tener información sobre lo que ocurre en el interior del agujero negro. En este momento, la curvatura del espacio-tiempo que produce el agujero negro es máxima en la vecindad del horizonte de eventos y se produce la singularidad. Este término hace referencia a una ignorancia esencial en lo que respecta a ese fenómeno. Es esta ignorancia la idea que se quiere conservar al realizar la extensión del concepto para describir la aceleración exponencial del cambio tecnológico que ya estamos experimentando y que algunos futurólogos predicen va a crear una Singularidad Tecnológica. En el momento en que ésta surja, la historia de la humanidad sufrirá un cambio tan radical en su magnitud y alcance, que representará un corte absoluto (se puede leer una clasificación de los tres enfoques sobre la singularidad en este link).

Kurzweil, basado en el análisis del comportamiento, durante las últimas décadas, de diversos indicadores de desarrollo en áreas como: computación, comunicaciones y biotecnología, así como en la Ley de Moore para los microprocesadores (que establece que el desempeño de éstos crece a una tasa exponencial, con un tiempo de duplicación de alrededor de 18 meses), predice que hacia el año 2045 la humanidad alcanzará una Singularidad Tecnológica. Siguiendo con la lógica del concepto de singularidad física, Kurzweil quiere transmitir que nada de lo que conocemos sobre la historia de la humanidad nos prepara para describir o predecir lo que va a ocurrir con la humanidad luego de esa fecha. Sin embargo, él mismo afirma que con cierta imaginación se puede (no obstante) predecir cómo será nuestro mundo después de la singularidad.

Kurzweil escribe en The singularity is near (2005): La idea clave que subyace a la inminente Singularidad es que la tasa de cambio de nuestra tecnología se está acelerando y sus poderes se expanden a una tasa exponencial. (…) Éste comienza casi imperceptiblemente y luego explota con furia inesperada—inesperada si uno no se preocupa de seguir su trayectoria (p.8). Kurzweil, que es un optimista radical, convencido de las capacidades de la ciencia y la tecnología para contribuir con nuestra felicidad, cree que la singularidad nos va a permitir superar las limitaciones que nos imponen nuestra mente y cuerpos humanos y biológicos. Vamos a ganar poder sobre nuestros destinos. Nuestra mortalidad va a estar en nuestras manos. Seremos capaces de vivir tanto tiempo como queramos. De modo que, se cree que antes del final del primer siglo del Tercer Milenio, una vez que sepamos cómo trascender los límites que nos han impuesto genética y físicamente nuestros cuerpos e información genética, seremos capaces de superar la barrera biológica y expandirnos, mediante métodos biológicos, y luego mediante métodos no-biológicos —como la nanotecnología molecular—, hasta que la porción no-biológica de nuestra inteligencia sea trillones de trillones de veces más poderosa que nuestra humilde inteligencia biológica.

    Dos tendencias a contracorriente
    Kurzweil y otros investigadores de la Singularidad Tecnológica sostienen que el mundo experimenta una aceleración de su dinámica y sus procesos, y que sus eventos se suceden cada vez más rápido. Por otra parte, si continúa la tendencia de aumento de nuestra inteligencia mediada por una fusión cada vez más íntima entre nuestros cerebros y máquinas cada vez más complejas e inteligentes, nuestra experiencia del tiempo se acelerará (porque lo hará la velocidad a la que procesamos información) y llegaremos a ser capaces de vivir un año en cuestión de semanas, días, minutos o segundos. Eso define dos tendencias contrarias. ¿Si el cambio técnico nos conduce a un mundo ya acelerado exponencialmente en su velocidad en el que los seres humanos tienen una percepción comprimida de la realidad (incluidas las categorías de espacio y tiempo) cómo llenaremos de emoción, vértigo, alegría y felicidad cada segundo de una vida infinitamente larga en la que vivamos siglos como si fuesen minutos? A no ser que diseñemos mundos abrumadoramente estimulantes, que se renueven en su extraordinaria riqueza cada segundo, tendremos el riesgo de morirnos de aburrimiento y sentir que lo hemos vivido todo al cabo de solo horas de haber nacido (y sido conectados a una máquina superinteligente). La verdad es que en el caso de estar dotados con una superinteligencia, podríamos vivir segundos y experimentar lo que un ser menos inteligente experimenta en una vida normal de 100 años. ¿Para qué quisiéramos vivir mil años o diez mil? ¿Cómo evitará el tedio el hombre del futuro?

Antecedentes

Uno de los primeros antecedentes a la idea de la Singularidad Tecnológica se deriva de una conversación que tuvo en 1958, Stanislaw Ulam, un matemático norteamericano nacido en Polonia, quien al referirse a un encuentro con el también matemático John Von Neumann, escribió que su conversación se centró sobre: el progreso acelerado de la tecnología y los cambios en el modo de vida humano, así como sobre la posible aproximación a cierta singularidad esencial en la historia, más allá de la cual los asuntos humanos, tal como los conocemos, no podrían continuar. Es probable que esta conversación haya inspirado la formulación de la idea de una singularidad tecnológica asociada a la inteligencia artificial, tal como la expresa el estadístico I.J. Good en 1965: Si se define una máquina ultrainteligente como aquella que puede ser mejor (lograr un desempeño superior) en todas las actividades intelectuales que realice el ser humano más inteligente,y como el diseño de máquinas inteligentes es una de estas actividades, una de estas máquinas podría diseñar incluso mejores máquinas. Eso podría dar lugar a una explosión de inteligencia, y la inteligencia del hombre podría así quedar rezagada. La primera máquina ultrainteligente sería la última invención que el ser humano tendría que hacer. Elaborando sobre esta idea, el escritor de ciencia ficción y matemático Vernon Vinge, en un ensayo que escribió en 1993, The Coming Technological Singularity, ajustó la predicción de Good: Dentro de treinta años, tendremos los recursos para crear una inteligencia superhumana. Poco después, la era humana habrá finalizado.

De modo que la singularidad no es, ni aparente ni necesariamente, una utopía, un mundo idealizado. O al menos no lo es si no nos dedicamos desde el momento presente a pensar y trabajar para que cuando este evento inexorable e inminente tenga lugar, sepamos cómo cubrirnos contra todos los riesgos que puede presentarnos. En el caso hipotético de que seamos capaces de anticipar los nuevos riesgos que la Singularidad Tecnológica cree, y desarrollemos estrategias que nos protejan contra ellos, sí podremos afirmar que la singularidad es una utopía que promete felicidad, no sólo porque en varios de sus escenarios se contempla la idea de que el ser humano habrá superado la muerte, sino porque durante nuestra vida, larga o corta según lo decidamos, tendremos acceso a todo tipo de herramientas reales y virtuales para eliminar los dolores: físico, moral y psicológico, así como para incrementar ilimitadamente nuestro potencial para el placer y la felicidad. En este sentido, el filósofo David Pearce, por ejemplo, promueve la idea extrema de abolición total del sufrimiento humano, por un camino alternativo —pero, él dice—, no enfrentado con el Camino Octuple tal como lo describió el budismo.

Riesgos existenciales

El riesgo más previsible asociado con la llegada de la Singularidad es que aparezca una inteligencia artificial (no-biológica) superior a la nuestra —que hayamos diseñado o que haya sido diseñada por una máquina con capacidades superiores—, que no sea capaz de comprender las razones por las que nuestra especie (o la vida sobre la Tierra) debe sobrevivir en este planeta o en cualquier otro. La Singularidad crea entonces un riesgo existencial, cosa que define el filósofo británico y Director del Instituto para el Futuro de la Humanidad, Nick Bostrom como el riesgo “de que un resultado adverso aniquile la vida inteligente de origen terrestre o reduzca drástica o permanentemente su potencial”. Los dos riesgos existenciales más frecuentemente analizados por los autores que analizan la Singularidad son: la inteligencia artificial, y la nanotecnología molecular.

Stephen Omohundro, físico y experto en computación, sostiene que todos los sistemas avanzados de Inteligencia Artificial (tanto los que muestran una IA fuerte como los que muestran una IA débil, hablando en términos de la hipótesis de John Searle) van a mostrar un número de propensiones básicas (deseos, intenciones, etc.) que, si no se toman precauciones especiales, pudieran afectar negativamente la calidad o la existencia de la vida en la Tierra. Para impedir que esto ocurra, Eliezer Yudkowsky, del Singularity Institute for Artificial Intelligence, ha propuesto el concepto de Inteligencia Artificial Amigable (IA Amigable). Yudkowsky alega que no importa cómo se formulen las restricciones para limitar el impacto negativo de sistemas avanzados de IA—como las concebidas por Isaac Asimov en sus Tres Leyes de la Robótica—, una máquina superinteligente y creativa podría encontrar múltiples maneras de ignorarlas. Más bien, Yudkowsky propone la teoría de la IA amigable, con base en principios de biología y psicología, y que buscaría garantizar que máquinas con una IA superior se sientan motivadas a no hacerle daño a otras mentes inteligentes (en cualquier sentido del término daño) y, por el contrario, se esfuercen para mantenerlas a salvo de cualquier peligro. Pero una IA amigable haría algo más; se aseguraría de que ninguna mejora o modificación que se le haga a ella misma, ni a máquinas inteligentes que ésta pudiese diseñar, pueda ser fuente de algún daño para seres humanos o la vida en general.

IA fuerte, IA débil, conciencia de la internet

    El filósofo norteamericano John Searle ha distinguido entre dos clases de IA: la IA fuerte, en la que la máquina realmente piensa y tiene una mente: y la IA débil, en la que la máquina parece como si pensara y tuviese una mente. La hipótesis de que puede ocurrir una singularidad depende en gran parte de diseñar una máquina que parezca que piensa. Cosa que, por otra parte, no es lo mismo que razonar, dice David Gelernter, profesor de Ciencias de la Computación en Yale. De hecho, una de las ideas arriesgadas sobre la IA que plantea Gelernter es que, donde pudiera aparecer una IA fuerte con una inimaginable capacidad para pensar (en el sentido en el que lo hacen los humanos) y para razonar, es en la internet. Tomada como un todo, la red es una colección impresionante de computadores (como neuronas) que están densamente interconectados (como las neuronas). Y la red crece a una tasa de muchos millones de puntos simultáneamente, como un organismo vivo (¿o más que vivo?). Sería perfectamente natural preguntarnos si la internet no va a comenzar un día de éstos a pensar por sí misma.

Otra fuente de riesgo existencial para los humanos asociada con el advenimiento de la Singularidad Tecnológica es la existencia eventual de robots nanomecánicos con capacidad para la autoreplicación utilizando para ello materiales de su entorno. El ingeniero en computación Eric Drexler (los interesados pueden revisar su blog metamodern sobre tópicos recientes en nanotecnología) ha acuñado el término grey goo (mugre gris) para describir un escenario apocalíptico en el que nanobots con capacidad para la autoreplicación se salen de control y, en el proceso de búsqueda de insumos para crear nuevas copias de ellos mismos, van dejando el planeta devastado, eliminando la totalidad de la vida y de los seres humanos que lo pueblan. Análisis recientes realizados por Drexler sugieren que este riesgo no es tan grande como él supuso originalmente, principalmente porque no hay necesidad alguna de crear nanobots autoreplicantes.

Hay otra línea de desarrollo de un mecanismo preventivo para reducir los riesgos existenciales y es el programa de IA (Intelligence Augmentation), o Aumento de la Inteligencia (humana); éste contempla la posibilidad de que el ser humano, con el progreso tecnológico, desarrolle medios cada vez más eficaces y eficientes para incrementar en decenas, cientos, miles o millones de veces su capacidad intelectual. Por ejemplo, Kurzweil predice que cuando los nanobots interactúen con neuronas biológicas podrán extender de una manera inimaginable la experiencia humana mediante la creación de una realidad virtual desde dentro del sistema nervioso. De modo semejante, millones de nanobots introducidos en el sistema de capilares cerebrales podrán extender de una manera vasta la capacidad de nuestro cerebro. Sin embargo, la predicción más inquietante que hace Kurzweil es cuando afirma que, una vez que la inteligencia no-biológica ingrese y se fusione de un modo íntimo con el cerebro humano (proceso que ya ha comenzado con los implantes neurales), ésta comenzara a crecer de modo exponencial, con lo que su capacidad se duplicará cada año; a diferencia de la porción biológica, que desde hace varios cientos de miles de años se ha quedado estancada. Este proceso determinará que la porción no-biológica de la inteligencia predomine pronto de un modo radical sobre la porción biológica (p. 28).

Mind uploading

Por otra parte, esa fusión íntima entre el hombre y la máquina para configurar una inteligencia híbrida (o un cyborg), con elementos de la máquina y elementos del ser humano, podría ser más homogénea si en lugar de proceder mediante una gradual fusión hombre-máquina se realiza un uploading total de la mente de un individuo (whole mind emulation), lo que implicaría cargar un computador con la memoria, procesos y arquitectura neuronal fina de la mente de una persona con el fin de construir un modelo computacional de su cerebro que sea tan semejante a ella que su conducta sería esencialmente idéntica a la del cerebro biológico de esa persona e indistinguible de éste para todos los propósitos prácticos. [El cerebro humano tiene alrededor de 10 a la 11 neuronas, conectadas en una red de aproximadamente 10 a la 14 conexiones sinápticas. Este grado de complejidad puede darnos una idea de lo difícil que puede ser esta tarea].

No es fácil imaginar el impacto que tendría en nuestro modo de pensar y percibir el mundo si en lugar de que nuestros impulsos nerviosos se produzcan mediante potenciales de acción disparados por mecanismos electro-químicos (a una velocidad de 150 mts/seg), se produjesen dentro de un supercomputador a la velocidad de la luz (300 millones de mts/seg), aproximadamente dos millones de veces más rápido. Las neuronas pueden generar un máximo de entre 200 y 1.000 potenciales de acción /seg, en tanto que en los modernos chips, el número de señales por segundo está en el orden de 2 gigahertz (dos millones de veces mayor) y se espera que éstas crezcan en un factor de 100. Por tanto—según cálculos de Eliezer Yudkowsky—, una red neural que emule perfectamente a un cerebro humano podría operar cerca de un millón de veces más rápido que éste. Una consecuencia de ésto sería que se podría experimentar un año de tiempo subjetivo en sólo 31 segundos de tiempo real y un milenio en ocho horas y media. Vinge llama a ésta superinteligencia artificial débil, porque no piensa mejor que un ser humano promedio pero lo hace a una velocidad miles de veces mayor. Por otra parte, Martine Rothblatt, especialista en counicaciones satelitales, ha señalado que podrían plantearse problemas éticos como consecuencia de la creación de clones de seres humanos creados (subidos) y almacenados en una futura máquina superinteligente. En un ensayo reciente Rothblatt analiza tres posibles puntos de vista para responder a esta consideración.

    Mind uploading: consecuencias
    Me pregunto cómo podríamos llenar de experiencias interesantes una vida con esta capacidad vertiginosa para percibir el tiempo, una que supere en varios órdenes de magnitud nuestra ya muy acelerada y dopaminérgica percepción del tiempo. Contar con la posibilidad de tener un doble en un computador, que pudiese ser actualizado a voluntad con nuestras experiencias más recientes, tiene todo tipo de implicaciones. Por ejemplo, podríamos tener un doble portátil o en la nube con la capacidad para vivir miles de veces más rápido que nosotros. Pudiese existir además un mundo virtual que simule nuestro mundo a la perfección; de modo que nuestro doble digital podría vivir dentro de ese mundo y tomar decisiones cuyas consecuencias pudiéramos sopesar y decidir luego tomarlas o no tomarlas en el mundo real. Esto dispararía también un debate sobre la ética de hacer que nuestro doble virtual viva y sufra nuestras malas decisiones. Pero todo esto sólo es consecuencia de creer que podemos emular con IA a un ser humano. Porque también nos queda la consecuencia, millones de veces peor, de que realmente podamos hacerlo y desencadenar así una serie de operaciones brevísima (si la vemos desde nuestro lentísimo tiempo humano) con terribles e irreversibles consecuencias para la humanidad. Pogamos el caso de que seamos capaces de crear, por pura mala suerte, una IA no amigable dotada con capacidad para la nanotecnología molecular (o alguna otra infraestructura muy rápida). Esta podría modificar el patrón de toda la materia en nuestro Sistema Solar de acuerdo con su función de optimización. Y sería fatal para nosotros si la IA no decide de acuerdo con el criterio de cómo esta transformación pudiera afectar la vida o la gente. La IA no te odia ni te ama. Tu estás ahí, hecho con átomos que pueden ser utilizados eficientemennte para el logro de sus objetivos. Además que la IA funciona a una velocidad distinta de la tuya. En el momento en que piensas: Debo hacer algo al respecto, ya has perdido.” (Bostrom y Cirkovic, Eds., 2006)

Kurzweil estima que un uploading total de la mente ocurrirá hacia fines del 2030. (Hay quienes piensan que esto no ocurrirá nunca). Predice también que poco después, los humanos y las máquinas no-biológicas se van a fusionar tan eficazmente que las diferencias entre ellos no van a ser significativas. Y luego de eso, la inteligencia humana, potenciada, amplificada por las máquinas inteligentes, se comenzaría a expandir por el Universo alrededor del 2045. Esta sería la mejor y más concreta descripción de cómo alcanzar el Punto Omega soñado por Teilhard de Chardin. La inteligencia—afirma Kurzweil—va a saturar la materia y la energía y esparcirse centrífugamente desde su origen en la Tierra. El único límite a la velocidad de esta expansión, dice Kurzweil, es la velocidad de la luz. Si la superinteligencia del futuro descubre un modo de transgredir este límite, no cabe duda que muy pronto la totalidad del Universo estará saturado con nuestra inteligencia. Este es el destino del Universo (…). Nosotros vamos a determinar nuestro propio destino en lugar de que éste sea determinado por simples fuerzas mecanísticas tales como las que rigen el movimiento de los cuerpos celestes (p. 29).

Singularidad y transhumanismo

Una de las consecuencias de una Singularidad Tecnológica es la evolución del hombre hacia un ser con una inteligencia superhumana, transhumana,posthumana. Aún cuando se han contemplado múltiples métodos para producir el incremento de la inteligencia humana (biónica, ingeniería genética, drogas neotrópicas, asistentes con IA, interfaces directas cerebro-computador, y uploading total de la mente), la inteligencia artificial no-humana luce hasta la fecha como un camino más fácil para producir una superinteligencia. La convicción en la certeza del advenimiento de la Singularidad Tecnológica le confiere entonces una nueva vigencia a la idea del Superhombre.

El transhumanismo es el programa que ha formulado los términos filosóficos de la transición entre el hombre y su fase futura y más evolucionada, aquélla que lo supera en los diversos ámbitos. Sus promotores han propuesto dos definiciones: Una, como un movimiento cultural e intelectual que afirma la posibilidad y deseabilidad de mejorar fundamentalmente la condición humana mediante la razón aplicada, especialmente desarrollando y haciendo ampliamente asequibles tecnologías para eliminar el envejecimiento, y para potenciar radialmente las capacidades intelectuales, físicas, y psicológicas del hombre. El transhumanismo es también la disciplina que estudia las ramificaciones, promesas y peligros potenciales de las tecnologías que nos van a permitir superar nuestras limitaciones humanas; y el estudio relacionado de los aspectos éticos implicados en el desarrollo y uso de tales tecnologías. El filósofo británico David Pearce, en The hedonistic imperative (http://www.hedweb.com/) extiende el programa transhumanista para agregar la felicidad.

Una visión crítica

Ni trataré de hacer una crítica de la hipótesis de la singularidad tecnológica en alguna de sus tres versiones. Pero quisiera mencionar algunas consideraciones críticas que se han formulado sobre esa idea (en alguna de sus tres versiones).

1. Test de Turing, pensar versus razonar
No es claro que un computador que emule totalmente el cerebro de un ser humano tenga conciencia. Aún si responde como lo haría un ser humano no podría decirse con certeza que el computador comprende lo que dice del mismo modo que un ser humano comprende algo. Incluso si el computador es capaz de pasar una Prueba de Turing (Según ésta, un juez debe identificar cuál es la máquina y cuáles los humanos cuando, puestos todos en un diseño experimental en que no los puede ver, sostiene una conversación en lenguaje natural con una serie de humanos entre los que se ha infiltrado una máquina. La máquina pasa el Test de Turing si el juez no es capaz de identificarla como no humana). Aún si en el futuro cercano se diseña una máquina capaz de pasar esta prueba, una de las críticas más consistentes sostiene que ésta no distingue entre comportamiento humano y comportamiento inteligente. Puesto que hay conductas humanas no inteligentes y conductas inteligentes que no son humanas. Lo más probable entonces es que se diseñe una máquina que parece que razona.

2. Reedición de la Ilustración
La hipótesis de la Singularidad, contemplada todavía desde nuestra era de máquinas dotadas con una inteligencia que no alcanza la de un ratón, nos produce a la vez: perplejidad, angustia, vértigo y chorros de adrenalina. No me cabe duda de que nuestros modelos de IA serán cada vez mejores y que llegarán a emular ciertas funciones superiores de los seres humanos. Que incluso las capacidades de análisis y síntesis de esos modelos de IA podrán ser millones de veces mejores o más veloces que las nuestras. Pero creo que lo que excita a muchos científicos, tecnólogos, tecnófilos y filósfos es que la Singularidad y sus consecuencias es una idea que se basa en la creencia en que es posible construir finalmente (luego de que fracasará el proyecto de la Ilustración) un mundo (un universo) hiperracionalizado en el que predomine finalmente la Razón (la Hiperrazón) liberada para siempre de la oscuridad, las pasiones, los instintos y todo lo que introduce irracionalidad, caos e impredecibilidad en el corazón del hombre. El proyecto de la Ilustración fracasó por múltiples razones que exceden el alcance de este texto. Pero si los singularitarios y los transhumanistas tratan de reeditar tecnológicamente aquel proyecto, se pueden encontrar con una reacción cientos de veces más peligrosa y con efectos más terribles que los que tuvo el Romanticismo y las corrientes que antagonizaron la Razón durante finales del siglo XIX y comienzos del XX; y que luego alimentaron la base emocional de las dos guerras mundiales del siglo XX. Porque no debemos olvidar que hay una porción esencial de nosotros que reside fuera de nosotros, por llamarlo así. Una porción no diseñable con la que no podemos cargar una computadora superinteligente. Podemos pensar en varios candidatos a conformar la escencia de esa porción. Pero tenemos la certeza de que no es (no somos) un complejo de algoritmos que se convierta en un modelo de nosotros. Roger Penrose dice que no podremos nunca construir un modelo de un cerebro humano, y sostiene que esto es así por razones que implican el Teorema de Gödel y la idea de incompletitud.

3.La lógica de los sueños, el inconsciente
Gelernter, dice que para construir una IA fuerte deberíamos comprender la lógica de los sueños. Y en un trabajo sobre este tema, él esboza un modelo de la conciencia que integra las ideas que tenemos y no expresamos en un momento dado, así como los recuerdos y su capacidad para hacernos vivir de nuevo, o ver de nuevo, lo que vivimos en el pasado. Este autor también integra las emociones, aunque nos recuerda que al no tener cuerpos difícilmente las pueden tener las máquinas. El psicólogo Carl Gustav Jung, el gran explorador del inconsciente, agrega que éste está compuesto (además) por las ideas que expresamos, más todo lo que percibo sin darme cuenta de que lo hago, más todo lo que pienso, siento, recuerdo, quiero y hago sin atención o intención. Más lo que se prepara en mi y aún no conozco pero conoceré en el futuro.

Además habría otros ámbitos más profundos del inconciente. Jung sugirió que las capas más profundas pudieran ser una metáfora de Dios. Aunque al tratar de ser más preciso, Jung dice que el inconsciente es algo más parecido al Tao de la filosofía china, en tanto que no es una cosa sino un proceso (Lo inconsciente es un proceso (…), la relación del yo con los contenidos del inconsciente motiva una transformación o evolución de la psiquis, dice Jung). Todo esto nos sugiere que modelar a un ser humano implicaría comprender esa estructura de múltiples capas llena de ideas, intenciones, emociones. Si algo parece sugerir el psicoanálisis jungiano es la idea de que nuestra conciencia tal como la conocemos (a la que consideramos entre otras cosas como un marcador o condición de la individualidad) no existe sin el inconsciente: Esa parte oscura, inefable, indiferenciada, llena de energías y voliciones de todo tipo; esa parte estructurada en múltiples capas, algunas de ellas individuales y otras colectivas y transpersonales, algunas de ellas cercanas y otras remotas y ancestrales, que nos remiten a los reptiles o a los pájaros, con la que debemos aprender a conectarnos, escucharla y aprender de ella. ¿Será que la web (como lo sugiere Gelernter) es mejor modelo del cerebro humano que cualquier computador considerado individualmente y que un dia de esa red (y no del corazón de un supercomputador) emergerá la conciencia, una conciencia con una capacidad inimaginable?

4. Sueñan los robots?, el alma de las máquinas
¿Con qué sueñan los androides? se preguntaba Philip K. Dick, el autor de ciencia ficción nortamericano cuya obra ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? inspiró la mejor película de Ridley Scott, Blade Runner. ¿Con que soñarían las máquinas dotadas con una superinteligencia y, en caso de que lo hicieran, con qué propósito le dedicarían tales máquinas tiempo a soñar? ¿De qué manera podrían las máquinas superinteligentes emprender actos de creación artística, literaria, musical?¿Podremos prescindir, me pregunto, —una vez que hayamos sido reconfigurados como seres cuasi-cibernéticos, cuando nuestros cerebros se hayan fusionado con millones de nanobots como lo sugiere Kurzweil—, de esa actividad que nos distrae del mundo consciente y que nos sume en ese estado que no sabemos con precisión en qué se distingue de la muerte? ¿Será que parte de la respuesta a estas preguntas es que deberemos conservar siempre una porción biológica en las superinteligencias no-biológicas, para preservar su humanidad, porque sólo lo biológico está dotado de alma, y sólo ésta es (para verlo de este modo) un portal a la comunicación con lo divino, con Dios, palabra que también podemos usar para designar lo inefable e ilimitado, aquello que ninguna superinteligencia logrará conocer de otro modo? ¿Será que la posibilidad de poseer en lo profundo de nuestra psique ese portal a Dios es lo que salvaría a los humanos de ser borrados de la faz de la Tierra por un grupo de máquinas superinteligentes que no hayan sido diseñadas de acuerdo con principios de amigabilidad cibernética?

Se puede contraargumentar que nada permite creer que las máquinas superinteligentes valorarían un elemento inasible, subjetivo cuya existencia es imposible de demostrar. Que ellas podrían decidir crear simulaciones de experencias extáticas o místicas que les hagan creer que logran una comunión con Dios. Podemos sin embargo pensar también que una superinteligencia tendría modos de identificar rápido las diferencias entre los humanos y ellas, y concluir que hay allgo que ellos (nosotros, los humanos) tienen (tenemos) que ellas no pueden crear (ni siular) no importa en cuánto incrementen su capacidad y complejidad. En ese caso, pudiera ser que nuestra supervivencia (salvación de la eliminación) dependiera de nuestro acceso al alma, cosa que le estaría vedado a las máquinas. ¿Crearía esta situación una simbiosis forzada entre el hombre y la máquina? ¿Qué tipo de vida sería ése para los seres humanos, uno de libertad o uno de esclavitud o restricción de libertad? Estas ideas deberían ser exploradas por los ideólogos de la singularidad y el posthumanismo.

Referencias
Gelernter, David (2010), “Dream-Logic, the internet and artificial thought”
(http://www.edge.org/3rd_culture/gelernter10.1/gelernter10.1_index.html)
Jung, Carl G., (1996), Recuerdos, sueños, pensamientos, Barcelona: Seix Barral
Kurzweil, Ray (2005), The singularity is near, NY: The Viking Press, Penguin

Quién es quién en singularidad y transhumanismo
Ray Kurzweil, inventor, futurólogo, empresario, escritor, predica la Singularidad y la inmortalidad.
Nick Bostrom, filósofo, cofundador de la Asociación Transhumanista Mundial, conocido por sus trabajos sobre el Principio Antrópico
Michael Anissimov, futurólogo, Director de Medios en el Singularity Institute y co-Organizador de la Cumbre de la Singularidad
Eric Drexler, Ingeniero con PhD de MIT experto en nanotecnología, autor de numerosos artículos y libros sobre el tema.
David Pearce, filósofo británico, promotor del transhumanismo, y de la abolición del sufrimiento. Conocido por su libro el El imperativo hedonista (www.hedweb.com)

Notas sobre redes sociales digitales, 2

Un futuro posible, redes digitales en 3D

Es posible que en el futuro Mark Zuckerberg y sus amigos, fundadores de la plataforma para redes sociales facebook, pasen a la historia como uno de los grupos que más contribuyó a alejar del ámbito geográfico, y a insertar en el espacio virtual de la internet, la diversidad de prácticas de socialización con familiares, amigos y conocidos que antes ocurrían en ámbitos geográficos locales. Porque actualmente la socialización tiene principalmente lugar en estos espacios virtuales que son las cuentas de facebook y de otras plataformas de redes sociales. Sin importar que los miembros de la red residan o se encuentren en Caracas, Singapur, New York, Londres, Paris o Mumbai, los miembros de una red social virtual pueden saber a qué fiestas, viajes, eventos, han acudido otros miembros e incluso conocer qué hicieron éstos cada vez que reconstruyen esos momentos con registros fotográficos, videos o entradas sobre lo que hacen, piensan o visitan. Porque habrá habido miembros de la red que se ocuparon, no de vivir esos momentos sino de registrarlos para los ausentes o para ellos mismos, cuando paseen en el futuro cercanos o lejano, y al hacerlo revivan lo que vivieron, sobre esa colección de registros de los eventos importantes de sus vidas, o los de cada día. Lo que me recuerda a esa novela corta de Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel en que el narrador puede revivir una y otra vez las imágenes que contempla, y al hacerlo, amar a esa proyección que llama Faustine aunque no logre reunirse jamás con ella. ¿No es acaso facebook una versión primitiva de la posibilidad de ese existir inmortal con el que soñaba Bioy Casares?

Es cierto que la internet, la telefonía celular, y las diversas plataformas de redes sociales, propician nuestros encuentros virtuales, nos unen y reunen con gente afin a nosotros que puede vivir a miles de kilómetros de distancia. Esta conexión con los que son afines a nosotros puede, en un momento dado, y cuando se dan las condiciones, facilitar la acción colectiva, constituir un mecanismo de coordinación para la acción, una de cuyas consecuencias puede ser el cambio social, político o cultural, tal como ha ocurrido en Egipto y Túnez recientemente. Sin embargo, la posibilidad de tener acceso a las vidas de otros, a registros cada vez más ricos en los que han sido registradas las vidas de otros, los miembros de nuestra red, crea el riesgo de que nos volvamos todos voyeurs. De que derivemos lentamente hacia una pasiva y apática sociedad del voyeurismo. Una de las implicaciones de ello es que podríamos comenzar a actuar (más que vivir), pensando que en el futuro nosotros mismos, o los miembros de nuestra red (o incluso, gente totalmente extraña a nosotros) formaremos parte del registro que hemos hecho, apareceremos en algunas fotos, videos, textos, y tendremos la posibilidad de vernos de nuevo. Saber eso introduce un sesgo. Es difícil saber que podemos ser observados por nosotros mismos luego, o por otros en el futuro, y no modificar en algo nuestro modo de actuar. Me refiero a eso de ser menos espontáneos, vivir como si estuviéramos en un reality show del tipo Big Brother, en el que somos filmados 24 horas al día. Cuando vivimos con este certeza o (incluso) creencia es difícil no asumir, aunque sea de un modo tenue o velado, un rol, un papel. Y si hacemos esto, será difícil que lentamente, con el paso del tiempo, no ocurra un proceso inexorable que nos vaya alejando de nosotros para convertirnos en ese personaje que podemos haber diseñado de un modo más o menos consciente y deliberado. Un personaje que a diferencia de nosotros (seres de carne y hueso) podrá tener derecho a la clase de inmortalidad que, de algun modo concede la red a todo lo que circula por sus canales digitales.

No podemos descartar que en el futuro próximo, la tecnología de información ofrezca grandes facilidades para que cualquiera pueda moverse e interactuar mediante avatares que nos representen, que hayan sido diseñados con nuestros rasgos físicos (o que sean mejores que nosotros, tal como quisiéramos ser y no tal como somos) usando información subida a la red como: fotos de frente y perfil, talla, peso, color de la piel, grupo sanguíneo, y cualesquiera otros datos biométricos que se nos ocurran, e incluso perfil genético.

Pudiera también ocurrir que en el futuro haya plataformas para redes sociales en las quienes estén conectados a ella puedan moverse a sus anchas, usando los referidos avatares, en universos virtuales 3D, que representen: ambientes rurales, silvestres, suburbanos o francamente metropolitanos. O incluso ambientes con paisajes fantásticos extraplanetarios. Imagino un amigo de este facebook 3D futuro que se encuentra a otro en el medio de una planicie descampada. Ambos disfrutan, sentados en el sofá de una sala con ventanas panorámicas, de los últimos rayos dorados con los que tiñe un sol amarillo las espigas fucsias que ondean al viento en un campo de cebada gigante soñada por un diseñador gráfico con conocimientos de botánica digital o alguna otra especialidad igual de sofisticada. Quizás ninguno de los dos amigos se conocen en el mundo real. Aunque tengan años mirando fotos tomadas en entornos reales y locales, de grises y malolientes calles de Tercer o Cuarto Mundo, con huecos en el pavimento y paredes en las que desteñidos graffitis se superponen unos sobre otros y sobre las que se recuestan para dormir la siesta niños drogados con alguna píldora sintética robada de un dispensador automático de drogas y medicinas. ¿Para qué encontrarse en la vecindad del desaliñado y caótico mundo local cuando se pueden encontrar en el paisaje de ensueño del mundo virtual?

La idea de que facebook pueda convertirse en una herramienta que, en lugar de contribuir a cambiar el mundo real contribuya a crear mundos virtuales hacia los cuales podamos escapar cada vez que nos sentimos agobiados por una realidad que se puede haber hecho intolerablemente sórdida y abyecta, es un riesgo que no podemos perder de vista. Es particularmente posible por la adictividad que crea facebook (en Estados Unidos está rankeado de segundo, sólo después de la cerveza y antes que el ipod entre los estudiantes universitarios).

Po rotra parte, es también posible que los menos optimistas, los que están menos dispuestos a luchar por el cambio, los que se dejan abatir por el caos y complejidad crecientes de la realidad, elijan la opción de escapar del mundo hacia mundos de ensueño color azul eléctrico como los que soñó el director británico James Cameron en la película Avatar.¿No fueron por ejemplo aquellos casos de depresión con tendencias suicidas que produjo la película una muestra terrible de lo que podría ocurrir si nos ofrecen la posibilidad de vivir en un mundo mucho más amable y hermoso que aquel en el que vivimos? Me refiero a que cierta tecnología pudiera despertar (en todo aquellos que confían menos en la realidad y sus impredecibles posibilidades de cambio), el gusto por huir de la realidad hacia los paraísos artificiales de la realidad virtual. Y precisamente al escribir esto me asusta pensar que la tecnología para crear estos mundos virtuales progrese mucho más rápido que la tecnología capaz de mejorar la calidad de ambientes contaminados, deteriorados irreversible o casi irreversiblemente. Temo también que la misma tecnología que hoy nos mueve a salir a manifestar masivamente contra los dictadores pueda en el futuro ser la semilla de una cárcel al estilo The Matrix.

En tanto que seres humanos tenemos la oportunidad de elegir lo que podemos y queremos hacer con la tecnología. Lo que significa que ella no es un demonio ni un redentor. Podemos elegir hundirnos dentro de la irrealidad que con ella es posible construir y convertirnos así en inútiles espectadores-jugadores de unos simulacros de nuestras vidas. O, alternativamente, elegir una tecnología que propicie la acción colectiva como vemos que ha pasado recientemente en algunas naciones del mundo árabe en las que, durante varios años, habían estado gobernando líderes autocráticos.

Otrom odo alterno de uso de la tecnología es su capacidad para sensibilizarnos ante los dramas que importancia que ocurren en este mundo interconectado: las inundaciones, las erupciones volcánicas, los derrames petroleros de proporciones gigantescas, etc. Pudieran alegar los que adversan la tecnología, que en estos casos, lo que ésta hace es simplemente extender las dimensiones de ese gran escenario en el que hemos convertido el mundo. Escenario frente al cual nos sentamos como espectadores o, lo que es peor, como pasivos e inútiles voyeurs para contemplar con indiferencia el drama de una humanidad aquejada de problemas cada día más complejos. Y sin embargo, creo que este hipotético crítico de la tecnología se equivoca.

Como soy optimista, pienso que lo que hace la tecnología es sensibilizarnos ante lo que le ocurre al otro, sin importar donde se encuentre este otro. Y al hacerlo, multiplica nuestra empatía con el resto del mundo; nos ayuda a (hace posible la experiencia de) sentir el dolor, la angustia, la esperanza de otro que vive a miles de kilómetros de distancia. Y un ejemplo de lo que afirmo es lo que sentimos cuando vimos el rescate de los 33 mineros chilenos. Podemos también elegir (tal como argumento en un post anterior) en el que hago algunas notas sobre lo ocurrido en Túnez y Egipto, una tecnología que recablea nuestra mente y nos ayuda a conectarnos en redes, de modo horizontal, sin que medien elementos de poder o autoridad, con decenas, cientos o miles de otros individuos que, igual que nosotros aspiran a vivir en libertad en un ambiente en el que se respetan los derechos humanos. Una tecnología que luego nos permitirá, en una segunda fase, prescindir de la tecnología porque nuestra mente y nuestro espíritu habrán sido recableados para interactuar con los universos social y humano de este modo nuevo: para que seamos capaces de mirar aquella masa a la que se refería el escritor Elías Canetti en opera magna Masa y Poder, no como masa sino como red de individuos con los que hemos logrado alinear (prescindiendo absolutamente de jerarquías): objetivos, ideales, expectativas, valores.

Redes sociales virtuales y movilidad

Al deslocalizar los encuentros e interacciones que tienen lugar dentro de las redes sociales, la tecnología que las hace posible actualmente (plataformas como facebook, twitter, así como las redes de telefonía celular y, por supuesto los dispositivos tecnológicos que usamos para tener acceso a esos ambientes y conexiones tales como celulares y tablets entre otros) ha creado posibilidades para que las personas que participan en esas redes supere limitaciones impuestas por el lugar donde se encuentran, pero también limitaciones impuestas por condiciones de salud que afectan la movilidad de sus cuerpos. El caso que tengo en mente es el del marine parapléjico Jake Sully, quien es el protagonista de la película Avatar de james Cameron. Como todos recuerdan, mediante una operación a éste lo conectan con el cuerpo de un saludable avatar de una especie alienígena. Gracias a una sofisticada tecnología, la operación le permite actuar e interactuar en el mundo real como si tuviera todos sus miembros con total movilidad. La única condición es que Sully no puede estar despierto mientras su cerebro se ocupa de controlar el cuerpo y vivir como si de verdad fuera uno de esos alienígenas de color azul nativos de Pandora. Notemos que en este caso el avatar de Sully existe en el mundo real de Pandora. Pero igual nos podrían haber contado una historia cuyo protagonista fuese un avatar que se moviera e interactuara con sus pares en el universo virtual.

Cabe entonces imaginar que la tecnología médica necesaria para prevenir, curar o superar enfermedades o traumas que nos limitan más o menos severamente, pudiese ser más lenta en su progreso, o menos accesible económicamente a las grandes masas de población, que aquella otra capaz de crear avatares que nos representen y vivan por nosotros en mundos virtuales cada vez más realistas, a los que estaremos cada vez más tiempo conectados mediante interfaces crecientemente sutiles, poco visibles, que se hallen en un contacto más íntimo con nuestro cuerpo o mente. Habrá a quienes les cueste distinguir, luego de haber estado conectados durante cierto tiempo a mundos virtuales, cuál es el mundo real y cuál el virtual. O quizás a sabiendas de que el mundo real puede suele ser menos brillante y sus colores menos intensos e, incluso, menos dinámico y cambiante que el virtual, pudiera suceder que los usuarios de esta tecnología (de espíritus y cuerpos atormentados a los que ella les ofrece una suerte de paraíso antes de la muerte) decidan abandonar durante períodos cada vez más largos el mundo real y sumergirse de un modo más permanente en el virtual.

No obstante todos esos riesgos, creo que conocerlos, o planificar para anticiparlos, nos ayudaría a desarrollar una relación más libre con la tecnología y de este modo conocer cómo dominarla para que amplifique (y no reduzca) nuestra capacidad para construir un mundo libre más justo en el que los derechos humanos sean respetados.

Apuntes para imaginar el futuro, 3

Ambiente y apocalipsis, primera parte

Una de las formas más comunes que ha tomado a lo largo de la historia la imaginación del futuro ha sido la que se inspira en el Apocalipsis de Juan el Evangelista, donde se profetiza que, luego de haber estado durante mil años condenado en el abismo, el Diablo regresará a la Tierra por corto tiempo para levantar contra Cristo las naciones de Gog y Magog. El libro profetiza que el Mal será derrotado una vez más y luego de su derrota por parte de Cristo, vendrá el Juicio Final, cuando se arrojará al fuego a los impíos. Será entonces cuando tendrá lugar el final de la historia.

Aun cuando solemos creer que en nuestros tiempos gobierna la razón, y que lo que dice el Apocalipsis debería leerse en un sentido simbólico y menos literal, la fuerza de la narrativa apocalíptica es muy poderosa y a los seres humanos nos cuesta inhibirnos de entregarnos cada cierto tiempo a las redes irracionales de una nueva variación de la misma. Es suficiente con que uno de los narradores señale una nueva encarnación del Diablo (sea éste: la ciencia, el Islam, el comunismo o el capitalismo, la técnica o la internet, la nanotecnología o lo smedios de comunicación) para comenzar a contarnos a nosotros mismo la misma historia, con nuevos personajes, pero idéntico final. El guión nos atrapa y nos cuesta salir de él para ver la realidad: que a lo largo de la historia ha sido más inocua de lo que temíamos, menos satánico aquello que habíamos identificado como un nuevo rostro del Diablo, y casi del todo falso que el fin de los tiempos estuviera tan cerca como nos lo querían hacer creer. El reverso de la conciencia de nuestra propensión a caer en la ilusión de esa ficción milenaria es que, como en el caso del lobo y las ovejas, podemos creer que toda presunta encarnación del Diablo es ficción. Y en algunos casos pudiera no serlo (o si no del Diablo, al menos de lo peor que puede crear al hombre, que es casi igual de malo. O peor. No lo sabemos.

Quines se preocupan activamente por la calidad del ambiente son poderosos y convincentes narradores de una versión contemporánea del Apocalipsis. Algunos de ellos han demonizado los mercados, el capitalismo salvaje, la tecnificación de la sociedad, el consumo irresponsable de recursos, y le han advertido a los responsables de defender todas estas presuntas encarnaciones del Demonio que de continuar haciendo lo que hacen la Humanidad llegará a un punto de no retorno. Quiero en este texto revisar algunas de estas profecías apocalípticas del ambiente. El texto no concluye porque será continuado en una próxima entrega (entrada).

1.Malthus y otros profetas del desastre

Nociones del concepto de capacidad de carga han servido a lo largo de los siglos para sustentar advertencias formuladas por quienes dicen conocer la capacidad de carga de nuestro planeta (sin duda un ecosistema muy grande y complejo) de que la humanidad tomada en su conjunto está muy cerca de ese límite. Uno de los primeros que hiciera una advertencia sobre el riesgo estructural que amenazaba a la humanidad fue Thomas Robert Malthus (1766-1834), célebre economista y demógrafo británico. El axioma sobre el que Malthus basó su pesimismo acerca del futuro de la vida del hombre sobre el planeta decía que el poder de la población era infinitamente más grande que el poder de la Tierra de producir subsistencia para el ser humano. La población sin control crece geométricamente, en tanto que la capacidad de la Tierra para garantizar la subsistencia del hombre crece a una tasa aritmética. La diferencia entre estas dos tasas crea una razón para pensar en límites o por lo menos para ser pesismistas en cuanto al futuro de la Humanidad. Este pesimismo refutaba una visión optimista de la Humanidad inspirada en la Ilustración, y en las ideas de filósofos como el marqués de Condorcet (1743-1794), quien era un firme creyente en la capacidad del hombre para progresar indefinidamente mediante la producción y acumulación de conocimiento y en particular de la ciencia. Malthus pensaba que esta diferencia matemática entre los procesos que regulan el crecimiento de la población y los que regulan la producción de alimentos creaba una escasez estructural y creciente en la Humanidad que, de continuar sin cambios en el futuro, podría engendrar una catástrofe. A esto se ha llamado la catástrofe malthusiana.

Neomalthusianismo

Durante la segunda mitad del siglo veinte, cobraron de nuevo auge algunas ideas neomaltusianas. Casi todas provenían de la izquierda; el activismo ambiental capitalizó las energías de muchos que estaban descontentos con el capitalismo y la sociedad industrial y que antes habían participado en las masivas movilizaciones contra la Guerra de Vietnam. Uno de los libros de culto fue The Silent Spring (1962) de Rachel Carson; éste era un alegato contra la sociedad industrial que sostenía que el uso indiscriminado de DDT y otros pesticidas estaba afectando y matando a animales, pájaros y seres humanos. Seis años más tarde, Paul Erlich, profesor de entomología de la Universidad de Stanford y su esposa Anne publicaron The Population Bomb (1968), donde defendían la idea de que la humanidad estaba al borde una inminente explosión demográfica que traería hambrunas a millones de seres humanos en una Tierra cada vez más poblada. El tono del libro de los Erlich se alejaba del de un discurso académico objetivo y desapasionado y se parecía más al de una enérgica advertencia que por supuesto criticaba la lógica de un capitalismo que no cerrara los ojos a la necesidad de controlar la población y la contaminación, que era concebida como una consecuencia o factor colateral del aexplosión demográfica.

Quizás el alegato más profundo contra el modo irresponsable de hacer las cosas en la sociedad industrial posterior a la Guerra de Vietnam fueron los documentos publicados por el Club de Roma, think-tank con preocupaciones ambientalistas fundado, entre otros por Aurelio Peccei. Esta organización no gubernamental encargó una investigación ambientalista a Jay Forester en MIT cuyos resultados se recogieron en Limits to Growth (1972). La influencia de esta obra fue mayor de lo que predijeron sus autores. A la fecha, ha sido traducida a 30 idiomas y se han vendido de ella unos 30 millones de ejemplares, lo que la convierte en el libro de ambientalismo más vendido en la historia de este movimiento. Limits to Growth constituía el Primer Informe presentado al Club de Roma, por un equipo dirigido por Donella Meadows, quien trabajaba en el MIT en el desarrollo de un modelo computarizado del mundo (World3) que buscaba predecir las consecuencias de las interacciones entre la Tierra, sus ecosistemas, y sus diversos yacimientos de recursos renovables y no renovables, si continuaban las tendencias observadas en el futuro.

En un resumen del libro escrito por los autores, éstos afirman que: “si las tasas de crecimiento de la población mundial, contaminación, producción de alimentos, y explotación de recursos continuaba sin cambios, se llegaría a los límites del crecimiento del Planeta dentro de un plazo no mayor de 100 años. La consecuencia más probable sería el repentino e incontrolable declive en la población y la capacidad industrial.” “Sin embargo—proseguían ellos—así como hay razones para preocuparse las hay también para la esperanza. Limitar deliberadamente el crecimiento sería difícil pero no imposible. El modo de proceder es claro y las etapas necesarias, aun cuando son nuevas para la sociedad humana, están dentro de las capacidades de la Humanidad. El hombre posee, por un momento en su historia, la combinación más poderosa de conocimiento, herramientas y recursos que el mundo ha conocido. Tiene todo lo que es físicamente necesario para crear una forma nueva de sociedad humana, una que sea construida para durar por generaciones. Los dos ingredientes faltantes son: un objetivo realista de largo plazo que guíe a la humanidad a una sociedad de equilibrio, y la voluntad humana para lograr ese objetivo.” De modo que si la humanidad se comprometía con ese objetivo y tenía la voluntad de hacer lo que debía hacer se salvaba; de lo contrario, sufriría la catástrofe. Al primer informe le siguió un Segundo Informe, Mankind at the Turning Point (Mesarovic y Pestel, 1974), y luego de varias décadas un par de actualizaciones——Beyond the Limits (1993), una actualización del documento original publicada 20 años después, y Limits to Growth: the 30 year Update (2004), publicada 30 años después—; estos dos últimos títulos que tuvieron mucha menor difusión que la obra original.

A pesar del cuestionamiento de las cifras y de los fundamentos del modelo del mundo desarrollado por Forester, las ideas del informe original siguen teniendo vigencia y sirivieron como combustible único o combinado de nuevas movilizaciones de grupos ecologistas y ambientalistas. En el año 2008, Graham Turner, investigador de la Commonwealth Scientific and Industrial Research Organisation (CSIRO) en Australia publicó un artículo titulado: “A Comparison of `The Limits to Growth` with Thirty Years of Reality”, donde examina las cifras reales de los últimos treinta años con las predicciones derivadas del libro y concluye que si no se hace nada, las tendencias de crecimiento demográfico, explotación de recursos y problemas sociales conducirán a un colapso de la Humanidad antes de termine el siglo 21. Es decir, que se verificarán las predicciones apocalípticas de los neomaltusianos vinculados al Club de Roma.

Apuntes para imaginar el futuro, 2

Generaciones futuras: de la imaginación a la acción

En una entrada anterior hablaba sobre la imaginación del futuro. Hay un lado poético en dedicarle tiempo a ese acto de imaginación y esa actividad poética nos nutre. Pero lo que me interesa ahora es la imaginación del futuro como un paso preliminar de la acción presente para que en ese futuro que imaginamos (e incluso en ese futuro que no logramos imaginar), quienes vivan tengan al menos las mismas oportunidades que hemos tenido nosotros para perseguir la felicidad. Al menos aquella que depende de su acceso a bienes naturales.

Creo que una de las razones para defender (pero no la única) la integridad de los bienes naturales en el presente es la belleza. Desearía que las generaciones futuras tengan la misma posibilidad que tenemos nosotros, y que la han tenido quienes han vivido antes que nosotros, de contemplar una puesta de Sol desde una playa de arenas blancas contemplando el espectacular viraje cromático del agua y el cielo. Mirando cómo, a medida que el Sol se oculta, el agua del mar pasa por todos esos colores: mudando desde un azul turquesa a un azul petróleo con tonos verdosos que derivan pronto en un añil que se metamorfosea en un gris negruzco, en cuya superficie aparecen (como si fueran manchas) celajes rosados, naranjas, fucsias (que son reflejos del cielo), que viran al morado oscuro, al gris oscuro, al azul marino muy oscuro, hasta terminar en el negro.

Si un trovador se enamoró de la perpulchra (más que bella) Leonor de Aquitania—duquesa de Aquitania, condesa de Poitiers, y luego Reina de los Francos cuando se caso con Luis VII—sin conocerla, sólo por haber escuchado sobre ella, en lo que constituye uno de los actos de amor mas puramente platónicos que conozco, pienso que pudiéramos enamorarnos, como lo hiciera aquel trovador, o mejor aún, realizar un acto de amor, tan gratuito e incondicional (como debe ser todo acto de amor) como el de nuestro trovador, hacia una mujer, un hombre, una joven o un joven, o un recien nacido, de una generación futura. Y con la idea de este acto de amor, o mejor aún con este amor en el corazón, establecer una conexión directa con el futuro que nos mueva a actuar en el presente del modo que si ése al que amamos incondicionalmente llega a nacer, pueda vivir con la posibilidad de disfrutar como nosotros de esa puesta de Sol. Y de muchas otras experiencia de disfrute estético. Que es lo menos que podemos legarle a ese amado del futuro. En lo que sigue se revisa el concepto de desarrollo sostenible y se lo define, no obstante su carácter general y poco operativizable, como un concepto que ha ayudado enormemente a poner en la agenda el tema de las generaciones futuras. La necesidad de actuar en el presente, no sólo con la mente en lo global (act local think global)sino también con el corazón en el futuro (love future).

1. Desarrollo sostenible

El concepto de desarrollo sostenible fue capaz de articular eficazmente una diversidad de preocupaciones y problemas ambientales. Éste constituía la columna vertebral de Our Common Future (1987), título con el que se conoció el Informe Final de la Comisión de Naciones Unidas sobre Ambiente y Desarrollo, que fue sin duda el documento que tuvo la mayor influencia durante la década siguiente sobre: académicos y expertos en ambiente, funcionarios gubernamentales responsables de las políticas ambientales, gente de los medios y ciudadanos comunes. La Comisión había estado presidida por la Primera Ministra de Suecia, Gro Harlem Brundtland, una de las principales promotoras de este concepto, que en el documento citado fue definido en los siguientes términos: “Desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias.”

Con el tiempo, aparecieron definiciones de desarrollo sostenible que hacían referencia a cómo lograr un desarrollo que satisfaga a los ciudadanos de las naciones desarrolladas y a los de las naciones menos desarrolladas, a los del Norte y a los del Sur. El desarrollo sostenible inspiró otra forma de equidad, al catalizar debates sobre cómo sería posible lograr un desarrollo que persiguiera objetivos económicos sin olvidar los objetivos ambientales, los sociales, los culturales. El desarrollo sostenible también configuró una matriz conceptual y de opinión fértil para incubar ideas y propiciar debates sobre cómo incorporar, cuando se habla de desarrollo, los derechos morales de actores no humanos como los animales. Por ejemplo, es posible que muchas de las obras del australiano Peter Singer sobre derechos morales de los animales y demás temas de bioética, no habrían tenido la exitosa cogida que realmente tuvieron de no haber sido engendradas dentro de ese crisol que exhortaba a la exploración general de la idea de equidad, justicia y equilibrio en decisiones de política en los niveles local, nacional, regional o global.

Creo que una de las virtudes más importantes de aquel concepto, no obstanter el hecho de que estaba contaminado por múltiples y acaso contradictorias interpretaciones y definiciones, es que mostraba una preocupación real por integrar, y luego conciliar en un concepto, diversos puntos de vista (lo económico, lo ambiental, lo social), así como los intereses de diversas clases de personajes (actores), humanos (ricos y pobres, de todos los grupos étnicos), y no humanos (animales, vegetales), vivos y aun no nacidos (generaciones futuras). Se esperaba que este concepto pudiera dar origen a un conjunto de acciones, que a su vez deberían haberse traducido en un conjunto de políticas con focos cada vez más amplios que fueran desde lo local o nacional hasta lo regional o lo global. Mirado retrospectivamente, el desarrollo sostenible tuvo enorme valor heurístico, en tanto que engendró una diversidad de proyectos de investigación, y nuevo conocimiento, teórico y práctico. Dentro de la diversidad de puntos de vista que integra, se destaca la preocupación que recoge por las generaciones futuras. Esto constituía un elemento novedoso en la reflexion ambiental. Creaba una suerte de arena política para la negociación; o el marco de una asamblea para la conversación y la deliberación, sobre el ambiente y el desarrollo.

2. Vida sostenible y capacidad de carga

El modo de vida de un grupo étnico que ha habitado una selva tropical durante siglos sin que su población crezca o merme, no es un modelo de desarrollo sostenible aun cuando sí lo es de vida sostenible porque el impacto ambiental que produce una comunidad distribuida sobre, por ejemplo, la selva del Amazonas, que tiene una superficie de unos cuatro millones de kilometros cuadrados, es prácticamente despreciable. La capacidad de ese ecosistema de reponer los recursos renovables que consumen esos individuos, o de asimilar y transformar los desechos que producen y vierten en el ecosistema (tierras, rios, aire), supera holgadamente el impacto ambiental que producen. Esta observación nos remite al concepto de capacidad de carga de un ecosistema, que se refiere al tamaño máximo de la población que puede ser soportada indefinidamente por un ecosistema dados los recursos y servicios que éste le provee a la población. Este concepto define un límite cuantitativo o cualitativo para una población. Cuando una comunidad está lejos de su capacidad de carga, no se sienten las constricciones que impone el ecosistema; hay holgura y muchos grados de libertad; todos pueden vivir del modo que elijan. Los problemas aparecen cuando la comunidad crece (o lo que consume y emite cada individuo crecen) y la población se acerca a la capacidad de carga. Cuanto más cerca está una población de su capacidad de carga mayores son las restricciones que deben imponerse.

3. Entra el futuro

El desarrollo sostenible respondía en su formulación original a la idea de conciliar los puntos de vista e intereses de seres humanos del presente con los de seres humanos aún no nacidos. Aun cuando no ofrecía una respuesta concreta al problema de cómo lograr que las generaciones futuras tuvieran acceso a las mismas oportunidades que la generación actual, el uso frecuente de ese concepto introdujo en la agenda de los problemas ambientales el concepto de la justicia entre generaciones. Éste es un problema que define una relación entre dos partes: quienes viven en el presente y quienes vivirán en el futuro, cuya existencia es contingente, es decir, pueden o no nacer.

4. Causas de contingencia de las generaciones futuras

Las generaciones futuras podrían no nacer por culpa de decisiones que tomen los que viven en el presente. Por ejemplo, la humanidad podría desencadanar una guerra mundial global y la especie humana extinguirse mediante un fenómeno de invierno nuclear. Esta sería la peor manera de afectar a las generaciones futuras: no permtiendo que existan. Pero hay modos más difusos y menos drásticos de hacerlo. Les podemos dejar un mundo mucho peor que aquel que encontramos al nacer, lleno de problemas sociales donde sea mucho más costoso y difícil extraer recursos naturales para explotarlos. O si concebimos el calentamiento global como un problema que produce, principalmente, un incremento en la frecuencia de eventos de clima extremo, si no hacemos nada en el presente para reducir o eliminar este problema, les estaremos legando a las generaciones futuras un mundo con más riesgos (mayores costos para asegurarlos), en el que vivir será una experiencia más angustiante de lo que lo ha sido en el presente. Pero sabemos que el calentamiento global tiene otras consecuencias, muchas; otra de ellas es que al derretirse los casquetes de hielo en los polos se elevará el nivel del mar. De modo que si no hacemos nada para resolver el problema (o si lo que hacemos es insuficiente o ineficaz) les estaríamos creando a las generaciones futuras una tarea costosa de mudar ciudades y otros asentamiento urbanos a tierras más altas. Finalmente, aún si hacemos todo lo necesario para resolver el problema del calentamiento global, una amenaza natural terrestre tal como un supervolcán, o sideral, como un meteorito que colisione con la Tierra, pudiera acabar con la especie humana. En ese caso fatídico, los sacrificios realizados por la generación presente en nada habrán beneficiado a las generaciones futuras.

De modo que la relación entre las dos partes es más bien floja, dado que una de ellas es casi inexistente. A no ser que en el presente alguien se atribuya el rol de actuar como representante de los intereses de las generaciones futuras y éste negocie con nosotros para que nos limitemos, para que impongamos restricciones a nuestra decisiones en los casos en que puedan afectar las oportunidades de las generaciones futuras para perseguir su bienestar, y disfrutar de los mismos bienes naturales que ha disfrutado la generación actual. Un modo de ver estas restricciones es concebirlas como un sacrificio que se le pide que realice a la generación presente a favor de un grupo de seres humanos sobre cuya existencia futura no se tiene certeza. Lo que es equivalente a pedirles que realicen un acto de fe. Yo prefiero verlo como un acto de amor.

Algunos han llamado a ese sacrificio tasa justa de ahorro de una generación, término que se refiere a los ahorros que debe hacer la generación presente para que las generaciones futuras disfruten de las mismas oportunidades y beneficios que la actual. Los ambientalistas más extremos pedirían que la tasa justa de ahorro se calcule metiendo en la ecuación las oportunidades de disfrute de especies distintas de la humana. Es decir, representando también los intereses de quienes no pueden decir cuáles son sus intereses (e.g. los animales).

5. Justicia entre generaciones y altruísmo

Varios de los argumentos usados para debatir el problema de la justicia intergeneracional están basados en la Teoría de la Justicia desarrollada por el filósofo norteamericano John Rawls quien, desde una perspectiva que combinaba la Teoría de Contratos con un construccionismo de inspiración kantiana, definió las condiciones teóricas bajo las cuales una asamblea hipotética de representantes de los diversos grupos sociales asumen la tarea de definir un conjunto de principios de justicia. Con el fin de garantizar la imparcialidad de los principios éticos acordados por esa asamblea, Rawls presume que los decisores están cubiertos por un velo de ignorancia (Me encanta esa metáfora poética en un hombre tan serio como era Rawls. Me imagino una asamblea cuyos miembros llevan velos encima. Todos ellos han nacido y sido criados como Segismundo, el héroe de La Vida es Sueño de Calderón de La Barca. En una torre que los ha aislado e impedido conocer su circunstancia. El día de la asamblea son llevados hasta el lugar en que ésta tendrá lugar con paños opacos sobre sus ojos. Es una imagen poderosa, podría haber sido un gran poeta. Puede también verse como una multiplicación y reunión en asamblea de personajes heterogéneos que deciden hacer una representación de la Justicia).

Ese velo les impide tener información sobre cuáles son: su grupo étnico; sus condiciones físicas, sociales o ideológicas; sus creencias religiosas o dotaciones de bienes materiales. Con el fin de utilizar este enfoque para analizar como se construiría un vínculo ético entre generaciones, Rawls siguió dos trayectorias analíticas.

La primera se basaba en postular una motivación ad hoc (en una asamblea de representantes de miembros contemporáneos) que llevaría a los miembros de tal asamblea a preocuparse por el bienestar de al menos dos generaciones de descendientes futuros. Una crítica a este argumento es que la aparición de esa motivación es un hecho contingente, que puede o no ocurrir (podría suceder que no aparezca del todo). Su aparición depende de que en los miembros de esa asamblea haya una dosis mínima de altruismo intergeneracional. El filósofo Brian Barry argumentó que, incluso si tal motivación altruista era aceptada, se debería reconocer el hecho de que ésta no conduce a la creación de un compromiso necesario (y por tanto vinculante) entre generaciones sino, más bien, a un tema de justicia con respecto a las generaciones futuras. Lo que convierte a las obligaciones de la generación actual para con las futuras en un acto que depende puramente de la buena voluntad de los contemporáneos hacia sus descendientes (Barry, 1989: 192). Es decir, no se puede enfocar el problema como un acuerdo contractual (ineficaz tratar por el lado legal) porque una de las dos partes no existe y nada garantiza que lo haga en el futuro; sólo se puede hablar de la posibilidad de despertar en la generación actual cierto tipo de altruismo.

6. De nuevo la tasa justa de ahorro

Volvamos ahora a este concepto. En A Theory of Justice (p. 285), Rawls propone que cada generación separe una cantidad adecuada de capital real, que él denomina tasa justa de ahorro e incluye en este concepto: fábricas, máquinas y afines, conocimiento y cultura, técnicas y habilidades, aprendizaje y educación. Esta lista limitada representaría lo que Rawls considera que cada generación le debe a sus descendientes. Vista así, la justicia intergeneracional sería un asunto unidireccional dado que “los intercambios entre las generaciones tienen lugar solamente en una dirección” (p. 291). Para Rawls, el motivo por el que la generación actual debe ahorrar para las generaciones futuras no sería por razones del agotamiento del capital natural y los bienes ambientales asociados a éste, sino para establecer y preservar “instituciones justas y el valor justo de la libertad” (p. 288). Las preocupaciones de Rawls no son ambientales, pero su marco de análisis podría usarse para conceptualizar un entendimiento moral entre generaciones.

Se ha afirmado que este concepto viola el Principio de Diferencia, que establece que: las desigualdades sociales y económicas deben ser ordenadas de modo que los acuerdos produzcan el mayor beneficio para quienes tienen la posición menos ventajosa. Una tasa justa de ahorro podría hacer más pobre a gente que vive en el presente (que debe abstenerse de explotar ciertos recursos (e.g. nativos en el Amazonas) si éstos implican un consumo por encima de la tasa de ahorro fijada con el fin de hacer a otros, que aún no han nacido, más ricos, lo que “es algo que Rawls prohibe cuando trata temas de justicia entre contemporáneos (Barry, 1989: 198) o intra generacional. Sin embargo, hay contra argumentos que defienden el enfoque de Rawls.

7. Tecnología, estética y justicia futura

Uno de los factores que afectaría una posible fórmula para calcular la tasa justa de ahorro es la impredecibilidad de la evolución de la tecnología en el futuro. (El recurso de la tasa de descuento deja de funcionar en el muy largo plazo, cuando todos los factores cambian). Como esto lo desconocemos, no podemos calcular el futuro incremento en los costos de explotación de recursos naturales. Sabemos en cambio que la extinción de una especie o la desaparición de un ecosistema natural es hasta ahora, en gran medida, un proceso irreversible que le impedirá a las generaciones futuras disfrutar de ciertas vistas de la naturaleza cuya belleza solo la podremos disfrutar mientras existan determinadas especies animales o vegetales o ambientes naturales. Este disfrute esético es más intangible y difícil de valorar económicamente. Y sin embargo, pudiera fundar un argumento más fuerte a favor de la conservación del ambiente que el argumento económico.

Parece por otro lado indetenible el proceso que reduce gradualmente las áreas vírgenes e inexploradas en la Tierra. Creo que vivir en un mundo sin tierras vírgenes, en donde hasta el último rincón haya sido explorado y sus minerales, y especies animales, vegetales y humanas inventariadas, le quitará al hombre una oportunidad para la aventura. Esto pudiera hacer la vida menos apasionante de ser vivida. O empujar al hombre a buscar la aventura en actividades extremas y nuevos y más peligrosos deportes de riesgo con las consecuencias que podemos imaginar. Uno puede argumentar sin embargo que cuando la totalidad de las tierras vírgenes en la superficie de la Tierra sean agotadas el hombre explorará las áreas vírgenes submarinas y cuando tambien aquí hasta el último milímetro haya sido explorado, explorará ese espacio que parece siempre inexpugnable y virgen que es el corazón humano, el propio y el de su prójimo. Pero además, para ese entonces, antes aún de llegar al corazón humano, al hombre le quedará aún por explorar los confines del interminable Universo visible. La sola imaginación de esa aventura da vértigo y estremece. Quizás en el poder de esa imagen reside la belleza de las palabras finales de Roy el replicante en Blade Runner: “I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I’ve watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in the rain. Time to die.”

Lo que Roy Batty ha contemplado a lo largo de su extraordinaria y breve vida produce un disfrute estético supremo y sublime que no depende de que haya en el mundo bienes naturales intactos. Esto, podría alegarse que desmonta una vez más el conservacionismo: Un nivel tecnológico futuro podría hacer accesible al hombre el disfrute estético de paisajes semejantes. Y sin embargo, eso no es cierto porque lo que contempla Roy Batty es tan bello a causa de que es muy probable que, ni en el futuro más lejano, quienes vivan en la Tierra podrán contemplar tales paisajes en escal amasiva. Esas visiones nunca serán democráticas sino exclusivas. Casi prerrogativas de la realeza o producto de la imaginación ilimitada de los poetas. Y lo que queremos es que hasta el último hombre pueda tener acceso a visiones de belleza natural sublime. Además de, por supuesto, a pan y agua pura. Y esas dos clases de bienes justifican el acto de amor de millones de representantes de una generación hacia aquellos que no han nacido. Aun si no justifican (o no es viable lograr que ocurra) el sacrificio de toda una generación.

No obstante el razonamiento anterior, luego de ver la película futurista Surrogates (2009), dirigida por Jonathan Mostow, el mismo director de la también futurista película Terminator 3, The rise of the machines (2003)), uno piensa que en el futuro, los humanos podrían logran, mediante un fantástico desarrollo tecnológico, un acceso masivo a la posibilidad de actuar, vivir e interactuar con otros seres humanos, mediante alter egos robóticos (mientras ellos permanecen sanos y salvos en la calidez de superseguros hogares). Si lo anterior ocurriera, pudiera suceder también que, para ciertas experiencias muy exclusivas, la relación entre el sujeto humano que experimenta de modo virtual y el robot que experimenta mediante un contacto directo con lo real, no sea de uno a uno, sino de uno a millones. Es decir, que miles o millones de seres humanos podamos comprar el acceso (en diferido o en vivo) a vivir y sufrir, con una intesidad semejante a que si la viviéramos en carne propia (como en la película), experiencias vividas por robots, cyborgs o , en general, por máquinas que nos hacen sentir que somos nosotros quienes lo vivimos, lo que la máquina hace, vive o experimenta a una distancia de millones de años luz de la Tierra. Esto haría democrática una experiencia única y sublime como la vivida por Roy Batty.

Apuntes para imaginar el futuro

Introducción

Visión artística de una ciudad del futuro

Visión artística de una ciudad del futuro

Con excepción de los magos, astrólogos, brujos y pitonisas, que trabajan lejos de los métodos científicos, con dones o poderes reservados a unos pocos; y de algunos macroeconomistas, que predicen la conducta futura de los mercados, o los que estudian el clima (uno de los fenómenos naturales más complejos de predecir), el hombre actual se siente inseguro cuando se le pide que imagine el futuro, el propio o el de la Humanidad. El mundo se ha vuelto tan complejo, tantas redes y relaciones causales se han tejido, unas sobre otras, sobre la superficie del globo, que la idea del futuro (no la del inmediato, sino la del que comienza a partir de un horizonte temporal de diez o más años), el ejercicio de imaginarlo hasta llegar a formarse una visión borrosa pero coherente, le crea no poca angustia e inseguridad.

En unos casos el hombre puede estar tentado a producir la visión optimista de un futuro luminoso en el que la ciencia y la tecnología le ha abierto caminos de paz, salud, justicia, y felicidad para todos a costos mínimos. Pero apenas se acuerda de los problemas suscitados por: el calentamiento global; la pobreza y la desnutrición, el analfabetismo y la morbilidad a los que está asociada; las amenazas autocráticas a las democracias; las exitosas estrategias populistas a las que recurren los fundamentalismos seculares o religiosos que, luego de parpadear unos segundos, su visión luminosa del futuro comienza a oscurecerse al sentir que no sabe cómo todos esos problemas actuales, algunos de los cuales parecen tener una tendencia a empeorar, pueden ser resueltos en el futuro. Es entonces cuando empieza a germinar en la imaginación del hombre la visión de un futuro apocalíptico, oscuro, terrible; el temor a que la humanidad desaparezca de la faz de la Tierra. Este apocalipsis puede ser también la consecuencia de: eventos catastróficos de clima extremo; de la proliferación de dictadores que, en el marco de precarios acuerdos con el terrorismo y las mafias internacionales, amenacen con pulsar botones que lancen misiles atómicos o dispersen agentes químicos o biológicos de destrucción masiva capaces de desatar una nueva guerra mundial; accidentes de origen humano, peores que el del Exxon Valdez en Alaska, o los de Three Mile Island o Chernobyl, que ocasionen daños ambientales que amenacen la vida animal, vegetal y los seres humanos de vastas regiones. (o incluso sólo uno de ellos) originen una catástrofe que nos borre de la faz de la Tierra.

Postapocalipsis

Pudiera también suceder que tal evento catastrófico no nos borre del todo de la faz de la Tierra, lo que podría ser peor. Que borre solamente las obras que hemos acumulado como civilización a lo largo de la historia y las huellas de la cultura. No solo la de Occidente, sino también la de todas las culturas que registran nuestras obras. Y quedemos solos, como en The road, la novela de Cormac McCarthy, unos pocos sobrevivientes. La gran tragedia sería que a algunos de nosotros, nos queden en ese período postapocaliptico, el tiempo y la inteligencia para darnos cuenta del horror que ha producido nuestra inconsciencia como especie; nuestra irresponsabilidad. Y que luego de ese acto tremendo y trágico de darnos cuenta; luego de ese inconmensurable y profundo acto de contrición, lloremos todas las lágrimas que nos quedan en ese mundo en el que seguro el agua será escasa hasta quedarnos secos de tristeza y de líquido.

Por supuesto que lo anterior no descarta ni impide un evento que luce más inexorable, por ser algo que no depende de la acción humana. Me refiero al hecho de que catástrofes naturales impredecibles, como la explosión de un supervolcán (como el que se cree yace durmiente debajo del Parque Nacional de Yellowstone), el impacto de un meteorito (que se estima ocurre cada millón de años) o una explosión de rayos gamma que provenga desde fuera de la Vía Láctea (que ocurre una vez cada mil millones de años, y puede emitir en milisegundos una energía superior a la del Sol a lo largo de toda su vida), haga desaparecer la Capa de Ozono y con ella la mayor parte de la vida sobre la Tierra. Por nombrar sólo unos cuantos factores que pudieran oscurecer el futuro del hombre. Y sin embargo, nada de esto que hemos pensado nos impide ni resta energía para imaginar el futuro. O revisar algunas visiones contemporáneas. En lo que sigue se exploran visiones del futuro que no están en esos dos extremos de Apocalipsis o felicidad plácida para todos. Estas visiones se pueden destilar del imaginario de la calle, ése que se estructura por la suma de avisos publicitarios, vallas, noticias curiosas, reportes científicos, declaraciones de funcionarios de organizaciones del gobierno, y la imaginación popular.

Futuro y conspiraciones

Cierto futuro de calle se deja influenciar por infundadas teorías de conspiración que presumen que los inventos del futuro existen en el presente pero que el gobierno y sus adláteres lo ocultan. Series de televisión como The X Files (1993-2002), recogen estas ideas en historias que captaron la atención de millones de espectadores a lo largo de los años. Para quienes creen en las conspiraciones, la Humanidad no está sana porque las multinacionales y sus oscuros intereses no lo permiten (ellos suponen que ya se han descubierto curas para el cáncer, así como para la mayoría de los males que padecemos); no hemos visto a los extraterrestres y su tecnología avanzada porque la ocultan otros intereses a cientos de metros debajo del suelo, en medio del desierto de Nevada, en lo que se conoce como Area 51. Otros piensan que ya han sido inventados motores antigravedad que pueden propulsar a vehículos a un costo mucho menor que los motores convencionales, pero que los intereses económicos internacionales no permiten que éste u otros inventos que podrían ayudar a la humanidad sean diseminados. En suma, si no hubiera oscuros intereses, el nivel tecnológico de la Humanidad sería mayor y la consecuencia más importante de ello sería que el futuro habría llegado ya. Pero los conspiradores lo han impedido para ser los únicos beneficiarios de las invenciones maravillosas que lo acompañan.

El futuro que no llegó

Visión retro de un aerovehículo futurista

Visión retro de un aerovehículo futurista

El futuro perfecto, soñado por las masas positivistas y modernas; aquel que supuestamente iba a estar apalancado por los grandes descubrimientos científicos del siglo veinte, desde la corriente alterna y la radio, hasta los rayos X, la energía atómica, y el transistor, no llegó. Algunos pensaron que los dirigibles serían los vehículos voladores del futuro y construyeron la Torre Eiffel y el Empire State con el propósito de que sirvieran en algún momento como aeropuertos para estos vehiculos. Otros celebraron la energía atómica, o los carros voladores o anfibios, que pasan del aire a la tierra y de ésta al agua en un extremo de versatilidad, semejantes a los vehículos que conducían los Supersónicos (The Jetsons), la famosa serie de Hanna Barbera. Pero ese futuro perfecto no llegó y las ideas populares que lo anticipaban se quedaron como inspiración de ilustraciones ejemplares de Mecánica Popular. Esas ilustraciones divertían y animaban a millones de norteamericanos (a algunos europeos, y menos latinoamericanos) a trabajar enérgicamente para ser también ellos partícipes, aunque fuese desde la cola, de ese fantástico futuro.

Blade Runner: Futuro a retazos

Imagen de Los Angeles en fotograma de Blade Runner

Imagen de Los Angeles en fotograma de Blade Runner

Esta película dirigida por Ridley Scott, basada en un libro escrito por el autor norteamericano Philip K Dick, Sueñan los androides con ovejas eléctricas (1968), se convirtió en paradigma de los tiempos postmodernos. Proponía la película una visión nueva del futuro. La energía atómica, la microelectrónica, la cibernética, la ingeniería genética, la robótica, no modificaban homogéneamente la sociedad; el progreso no llegaba como un modelo de sociedad que reemplazaba completamente la sociedad premoderna o pretecnológica; no habían desaparecido (todo lo contrario) las fábricas que contaminaban con humo la atmósfera. Más bien sugería esta película que el progreso tecnológico no tiene porqué traer mejoras para todos en todos los aspectos de la vida. Quizás porque la superpoblación y la consecuente escasez impedía que hubiera recursos para todos. El resultado es que la pobreza es mayor en el futuro que en el presente y los contrastes son también mayores. El futuro entonces podría configurarse como una fusión entre las promesas de un desarrollo supertecnológico (cercano a la singularidad) que no alcanza aún para alimentar y darle riqueza mínima a la superpoblación, y la miseria y barbarie del pasado aún existen y conservan el mismo rostro inhumano.

Una buhonera de una calle de Los Ángeles, de Hong Kong, Tokio o Helsinki podrá quizás analizar con un microscopio electrónico portátil una escama sintética (como vemos en la película Blade Runner) y decirnos quién es su fabricante. O quizás como podría ocurrir en una novela del norteamericano-canadiense William Gibson (lanzado a la fama como escritor de ciencia ficción cuando publicó Neuromancer en 1984), una buhonera postmoderna podría ser la traficante o comerciante legal (según vayan las cosas) de cierta variante sintética y no adictiva, pero enteogénica, de la dimetiltriptamina (DMT)—aquella con la que el etnobotánico norteamericano Terence Makenna, versión en New Age de los beatniks de los años cincuenta, viajó en incontables ocasiones y una vez, al despertar, declaró que durante su sueño ángeles o dioses o extraterrestres le habían revelado los secretos del I Ching y su relación con la estructura fractal del tiempo. Quizás esa buhonera hipotética estará ahí para venderle, a quienes desean escaparse en un viaje místico pero no pueden llegar al Himalaya, una pastillita de ésas que les garantice algunos minutos de contemplación del mundo que se alza más allá de las puertas de la percepción.

El futuro a la Matrix

Es un escenario posible. Los humanos podríamos ser invitados, voluntaria o forzosamente, a vivir dormidos dentro de un mundo virtual e irreal que configure un nuevo nivel de ilusión, tal como lo proponen los hermanos Wachowski en la trilogía Matrix, uno diferente de éste—el que creemos real y al que la filosofía hindú denomina Maya—, ese futuro pudiera ser democrático y llegar para todos. Porque pudiera ser que la red global que constituye ese tejido que es la matriz decida que esa visión de mundo atenuado, buferizado, acolchonado y apastelado, sin rincones que muestren los aspectos negativos del mundo—todo aquello que se le ocultaba al joven Buda (la enfermedad, la muerte, la pobreza y la vejez)—es lo que necesita el hombre para extirpar del mundo la violencia y sus consecuencias, y ser feliz para siempre. Quizás viviríamos entonces en un mundo tipo Truman Show, en el que todos sonríen y están felices (o lo creen con total convicción) y no sólo parecen estarlo.

El futuro contemporáneo

La visión de este futuro ha sido secuestrada por la velocidad y la interconexión entre todo y todos mediada por internet, la globalización y los recurrentes viajes de los nómadas globales. Llega tan rápido que no nos da tiempo de soñarlo y menos aún de esperarlo sentados en el porche de la casa como si fuera a llegar con Godot. O no llega del todo, como es el caso de muchos países africanos, bastantes barrios de ciudades mexicanas tomadas por los narcos o la guerrilla, o algunos barrios de ciudades europeas (y no sólo en los Balcanes) en las que el conflicto étnico impide que incluso el invasivo y ubicuo presente y sus virales gadgets tecnológicos traigan algo bueno para sus habitantes. Extensas áreas de ciudades modernas plagadas de pobreza, enfermedades, hambre y hacinamiento nos recuerdan los peores tiempos de la Edad Media. Es difícil para sus habitantes soñar con el futuro en esos espacios urbanos. Porque cuando grupos de niños de un suburbio de escasos recursos salen de la escuela y se reúnen para jugar un videojuego de última generación, y asesinan en una sentada a cientos de turcos, árabes, croatas o rusos luego de acecharlos por laberintos virtuales, sólo viven el presente como si no estuvieran dentro de su drama cotidiano o no tuvieran que sufrir sus miserias.

Le es también difícil a los miembros más privilegiados de la sociedad contemporánea soñar el futuro. Rodeados como están por gadgets basados en tecnología de la información⎯que es como la espina dorsal del futuro junto con la robótica, la nanotecnología, la biología molecular, la ingeniería genética⎯tienen menos tiempo y capacidad para verlo con distancia. La ilusión de comunión secular con la humanidad global mediada por la Web 2.0, nos contagia a todos. Es como en el adagio sobre los árboles que impiden ver el bosque: la densidad de plantas del bosque, la oscuridad a la que llega la sombra producida por las frondosas copas no nos deja tomar distancia. La densidad creciente de las redes. Un tiempo presente que envejece más rápido y se convierte más rápido en futuro no da tiempo para ver venir este tiempo futuro. Y es por eso que los visionarios, los que quieren ver lo que viene con perspectiva parten hasta el fin del mundo para divisarlo.

Tecnología y optimismo

La tecnología, y con ella la ciencia, la invención, el cambio técnico, son una razón para mirar el futuro con optimismo. En el corto y mediano plazos, la forma que adquiera el futuro, dependerá de aspectos no directamente relacionados con ella como por ejemplo que logremos: una educación capaz de integrar valores de solidaridad, cooperación, responsabilidad con el ambiente y las generaciones futuras en los estudiantes; formas de gobierno nacional y global que produzcan justicia, equidad, libertad y justa distribución de recursos entre ciudadanos y entre naciones; formas de organización de la vida privada que le otorguen idénticos derechos a las parejas o familias; formas de organización y remuneración del trabajo y de la producción económica enriquecedoras, justas y que propicien el desarrollo intelectual, físico y moral; actividades, ocupaciones y entretenimientos para jóvenes, adultos o personas de mayor edad, retirados, que sean físicamente estimulantes, espiritualmente enriquecedoras y culturalmente enriquecedoras.

Cuando se trata del futuro muy lejano, la ciencia y la tecnología se convierten en el factor que más fuertemente determina la capacidad del hombre de sobrevivir en la Tierra durante siglos o milenios. Serán el nivel científico y tecnológico del hombre lo que le permitirá desarrollar tecnologías no contaminantes, reponer mediante clonación especies animales y vegetales extinguidas y reinsertarlas sin riesgos en sus antiguos ecosistemas, curar las enfermedades que ahora afectan a las poblaciones que tienen una mayor esperanza de vida. Quizás esta ciencia le permita hechos más extraordinarios al hombre: viajar al espacio exterior a la Vía Láctea y colonizar planetas lejanos; o viajar en el tiempo. Esa tecnología pudiera también hacer que el hombre viva para siempre. Futuristas como Raymond Kurzweil piensan que esto se logrará en menos de 100 años; para ello los hombres podrían desarrollar sofisticadas técnicas de reposición de órganos enfermos, dañados por un accidente o viejos, gracias al crecimiento de tejidos y órganos nuevos basados en células madre, o mediante el reemplazo de estos órganos por dispositivos artificiales o robóticos capaces de realizar las mismas funciones. Será también el nivel de ciencia y tecnología que alcance el hombre lo que, en un futuro más lejano, le permitirá: controlar el clima y los terremotos, desviar meteoritos cuyas trayectorias puedan hacer colisión con la Tierra, o crear un escudo protector sobre la Tierra que la proteja de las rarísimas pero letales explosiones de rayos gamma.

Tecnología e imaginación del futuro

Podemos imaginar el futuro, narrativamente, a partir de una escena. Imaginar robots inteligentes que nos sirven cocteles cosmopolitan en bandejas con ruedas que se desplazan hasta el borde de la piscina—donde leemos una novela de Tolstoi en papel electrónico—movidas por motores servocontrolados que se disparan de acuerdo con la subida o bajada del alcohol, o el azúcar y otros parámetros químicos y físicos de nuestro cuerpo, monitoreados en tiempo real por sensores insertados debajo de nuestra piel que están en contacto con nuestros vasos sanguíneos, o junto a órganos vitales, y envían la información telemétricamente a un computador que luego reenvía órdenes a nuestra ropa (que se hará más caliente o fría, más clara u oscura); a la casa, que apaga o prende luces, baja o levanta persianas, revisa y ajusta la lista de alimentos de la despensa, hace solicitudes de nuevas camisas o trajes al sastre, o agenda la cita del cardiólogo, el psicoanalista o el obstetra; o decide que, efectivamente, necesitamos otro cosmopolitan. Un mundo de artefactos inteligentes, propios algunos y públicos otros como los semáforos o las autopistas, que están a nuestro alrededor para servirnos. Un mundo en el que la tecnología nos hace la vida más llevadera y confortable.

El escritor Arthur C. Clarke

El escritor Arthur C. Clarke

Podemos también imaginar disruptiva y caóticamente, de qué modo puede el futuro cambiar dramática y radicalmente; dejar de ser una prolongación, o amplificación de nuestras comodidades más novedosas, nuestras limitaciones, nuestros lujos grandes y pequeños, para convertirse en lo que nunca habíamos imaginado. Lo que trato de decir quizás lo comunica mejor el escritor británico de ciencia ficción Arthur C. Clarke (2001: A Space Odyssey) con sus Tres Leyes de la Predicción, acaso inspiradas en innovaciones tecnológicas tan improbables como los videófonos, las laptops, el correo electrónico, o la clonación que aparecieron descritas y anticipadas en sus novelas de ciencia ficción: 1. Cuando un científico distinguido pero anciano declara que algo es posible, es casi seguro que esté en lo cierto. Cuando declara que algo es imposible, es muy probable que esté equivocado. 2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco dentro de la frontera de lo imposible, y 3. Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Una de las bondades de la más avanzada tecnología es su invisibilidad, su transparencia, lo silencioso que es, la posibilidad de estar allí para ayudarnos en nuestra vida diaria sin que la advirtamos. Deja de ser oscura y lucir complicada como los teléfonos de baquelita negra que se marcaban haciendo girar un pesado disco de números o los amplificadores de tubos amados por los audiófilos o aquellas barrocas máquina de linotipistas (como aquellas que fabricaba la Mergenthaler Linotype Company, o The Intertype Company) que parecían respirar y transpirar (recuerdo de niño cuando iba a la imprenta con mi padre y nunca dejó de impresionarme esta máquina) como elefantes mecánicos.

La máquina del linotipista (Intertype)

La máquina del linotipista (Intertype)

(Aquí quiero hacer una reflexión: Pienso que hay un aspecto romántico y hermoso en esos sudores tóxicos que emanan de las aleaciones de plomo y antimonio con que estaban hecho los tipos antiguos que usaba el linotipista. Esta idea de tecnología invisible me hace pensar tambien en la miniaturización (recurso para lograr la invisibilidad) como gran lineamiento del desarrollo tecnológico contemporáneo. Eso nos recuerda una y otra vez que lo que perdemos año a año es la holgura espacial, que cada segundo es más costoso el espacio, que será el lujo esencial, como ya lo es en Japón, donde los apartamentos amplios son un privilegio de pocos.)

En cambio, es esa tecnología leve y sutil, como la que vemos en el iPhone, que se puede controlar con toques de la pantalla con las yemas de los dedos, o con movimientos que agitan el aparato la que es modelo de esta tecnología mágica del futuro. En el futuro, es posible que seamos testigos de la aparición de tecnologías más orgánicas, bien sea por su escala microscópica, análogas a la fábrica responsable de la síntesis de proteínas en la mitocondria, o por su tamaño mínimo, como los nanomotores fabricados con nanotubos y delgadísimas láminas de oro, por el profesor Alex Zetti de la Universidad de California en Berkeley. Este tipo de tecnología que se mimetiza o que es invisible al ojo humano por su pequeñez es la que se hace indistinguible de la magia por su semejanza con el entorno natural. Ese mundo de tecnología mágica e invisible, perfectamente adecuado a los ecosistemas naturales, donde lo artificial, que convive armoniosamente con lo natural, no está hecho de máquinas y piezas metálicas sino de macromoléculas, tejidos y dispositivos nanotecnológicos basados en sistemas de computación cuántica (en junio de 2009, la revista Nature publicó que investigadores de la Universidad de Yale crearon un primer procesador cuántico de estado sólido, aún rudimentario, capaz de correr algoritmos elementales) que se espera confieran sustanciales ventajas en eficiencia sobre los computadores convencionales implica una visión dramáticamente diferente de lo que vivimos en el presente.

Supertecnología

Esfera de Dyson concebida por Escher

Esfera de Dyson concebida por Escher

Una visión radical del control sobre el entorno al que puede aspirar la especie humana, o cualquier otra especie inteligente en el Universo, gracias al dominio de una tecnología cada vez más avanzada y poderosa, fue propuesta por el astrofísico ruso Nikolai Kardashev nacido en Moscú en 1932. En 1963, Kardashev propuso un método para medir el grado de evolución tecnológica de una civilización (Escala de Kardashev) cuyas categorías, Tipo 1, Tipo 2 y Tipo 3, se basan en la cantidad de energía utilizable que una civilización tiene a su disposición y que se incrementa de modo exponencial a lo largo de la escala. Una civilización Tipo 1, sería capaz de aprovechar la totalidad de la energía disponible en un planeta. Ello le permitiría controlar: el clima, los terremotos, los volcanes, el campo magnético de la Tierra y la cantidad de rayos cósmicos que llegan a su superficie, entre otras cosas. La especie humana aún está lejos de alcanzar este nivel. Carl Sagan calculó mediante una fórmula que desarrolló que le permitía interpolar valores, que nos encontrábamos en aproximadamente 0,7 por debajo del 1, que es el primer nivel de la escala. Una civilización Tipo 2, lograría el control de la energía de un grupo de estrellas. Esto implica el control de un nivel de energía cuyo orden de magnitud es aproximadamente 10 mil millones de veces mayor que el que controla la civilización Tipo 1. Finalmente, una civilización Tipo 3, controlaría la energía de la totalidad de una galaxia. Aun cuando a la humanidad le cuesta en la actualidad soñar las tecnologías que podrían llevarla a estos niveles superiores de control de su medio ambiente, algunos futuristas y científicos, han imaginado dispositivos que entran en el campo de la hipertecnología.

La esfera de Dyson

Detalle de una esfera de Dyson en Star Wars

Detalle de una esfera de Dyson en Star Wars

Es un instrumento tecnológico fantástico. Fue concebido por Freeman Dyson, físico teórico y matemático británico-americano nacido en 1923 en Berkshire, Reino Unido. Se trata de una gigantesca estructura artificial que tendría el propósito de interceptar vastas cantidades de energía solar. Dyson calculó que la humanidad llegará a una crisis energética global (malthusiana) dentro de dos o tres mil años. Para superar esa crisis deberá incrementar el porcentaje de energía solar que aprovecha (actualmente capta y transforma menos de una mil millonésima parte de la energía del Sol). Este dispositivo podría ser imaginado como una suerte de concha esférica de dos a tres metros de espesor, centrada en el Sol y rotando a su alrededor, a una distancia que lo recubra totalmente. La esfera poseería un mecanismo capaz de transformar en calor una proporción de la energía solar que atrape para calentar la Tierra. Dyson propuso que para construir tal esfera se podría explorar la posibilidad de desagregar el planeta Júpiter, y utilizar los metales y minerales que éste contiene.

El árbol de Dyson

un arbol de dyson

Dyson ha concebido un árbol desarrollado con ayuda de ingeniería genética avanzada que sea capaz de crecer sobre un cometa. Con manipulación tecnológica sería posible crear espacios huecos en los cometas que se llenaran con una atmósfera que permita respirar. Estos espacios se recubrirían con un material sintético que garantice el aislamiento térmico de la celda con humanos dentro del cometa. La capa aislante debería tener ventanas que dejen pasar la luz de un Sol lejano para que sea posible la fotosíntesis y devuelvan oxígeno al ecosistema. Sería como vivir dentro de un enorme invernadero cuyo interior se lograría iluminar mediante la adaptación de un sistema de lentes externas que dirigirían la luz del Sol hacia adentro.

Lo que no es tecnología

Aún si la Humanidad logra un nivel tecnológico fantástico que evita que desaparezca por una amenaza sideral, las pasiones, y las conductas irracionales que éstas suelen producir (que son fuente a la vez de lo más luminoso y lo más oscuro en el hombre) no se deberían extirpar y por tanto deberán encontrarse modos de manejar social e individualmente los problemas que crean. Si en cambio se extirpa la pasión creyendo que de este modo se expulsa de la sociedad la semilla de la tragedia (la hybris griega) la sociedad plácida y feliz que se fabricara carecería seguramente de ese aspecto que hace a la vida rutilante, vibrante, dinámica, emocionante. La pasión es necesaria incluso para perseguir el conocimiento. El hombre deberá convivir con la responsabilidad y el riesgo de decidir acertada o incorrectamente, y asumir las consecuencias de ello cada minuto de su futuro.

No se puede concebir una sociedad que no le ofrezca al ser humano espacios para la aventura y el riesgo, oportunidades para soñar, imaginar, crear y explorar mundos desconocidos interiores o exteriores, en los confines de nuestra galaxia o de sus sueños más salvajes. Una sociedad sin sentido de la aventura y el riesgo pudiera hacer proliferar masas de seres depresivos o de suicidas, como en algunas de las ex naciones soviéticas, Japón o Corea del Sur, donde las tasas de suicidio son tan altas o mayores que las de las naciones escandinavas, antes famosas por liderar la lista con este problema.

Sólo sobre un matrimonio feliz entre la tecnología y la imaginación de una sociedad justa, libre, y pacífica con espacios para la aventura y el riesgo, y oportunidades para que se expresen y liberen las pasiones, se puede fundar un sueño de vida mil milenaria sobre la Tierra, que produzca felicidad a seres humanos, quizás diseminados, como lo imagina George Lucas, director y guionista de la serie Star Wars, en los miles de planetas de un Imperio Galáctico.