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En la tarde al viajar, no el instante, el ángulo decisivo

Hace un par de años, cuando preparábamos en la revista GP un trabajo sobre la blancura, le pedimos a Ricardo Jiménez una selección de sus fotos que, publicadas como portafolio en esa edición, pudieran representar esa idea-concepto desde el punto de vista del fotógrafo. Ese trabajo se publicó en el especial Blanco, que formaba parte de la edición 14 de la revista. En esa ocasión escribí el siguiente texto para esa selección de fotos.

    Ricardo Jiménez
    un viajero pensante que retrata historias

    En la película The Sheltering Sky (Bertolucci, 1991), basada en una novela del escritor neoyorquino Paul Bowles (publicada en 1949), Porter, el personaje masculino, hace una distinción entre viajeros y turistas: “Mientras que el turista generalmente se apresura a regresar a su hogar al cabo de unas cuantas semanas o meses, el viajero no pertenece más a un lugar que al siguiente, se mueve lentamente, a lo largo de períodos de años, de una parte a otra de la Tierra”. Es posible que Ricardo Jiménez no se quede tantas semanas o meses en un sólo lugar cuando hace alguno de sus viajes, pero sin duda transmite un fuerte componente de viajero en su personalidad, y más aún en sus retratos. En todo caso, sus fotos no recogen la mirada del turista sino la del viajero. Quizás esto último es común a los buenos fotógrafos: no viajan como turistas sino como viajeros. Como un cazador de mariposas, o de tigres de Bengala en un safari, Ricardo sale temprano cada día a la caza de imágenes. Porque su modo de cazar imágenes no se parece tampoco a la estrategia del predador que se esconde debajo de la tierra, y acecha oculto hasta que asalta a la presa incauta que va a comer. No, en su caso es Ricardo quien se mueve, con ese movimiento meándrico, escencialmente no programado, de itinerarios que se desplazan desde el centro a la periferia: desde lugares densos en gente, ruidos, colores y olores a lugares silenciosos, en los que el ritmo (y todo lo demás) baja, en ocasiones hasta el silencio de un convento monástico o un hospital. Y de repente, durante esos recorridos azarosos, Ricardo se topa con la presa (la imagen), en ese acto puro de serendipity que es encontrar lo que no estaba buscando pero que, apenas la encuentra, se percata de que era ésta la imagen que tenía que encontrar. Lo sabe porque es precisamente ésa la imagen (y encuadre) que provocará, no sólo una soprresa en el lector-espectador, sino sobretodo, una multiplicidad de lecturas que sume al espectador en la incertidumbre. Ricardo habla de sus sintentos de ser un viajero pensante. Pero uno siente que Ricardo es más bien un fotógrafo que busca ser un viajero que aprende a escribir con imágenes. Porque cada fotografía suya cuenta una historia, pero puede contar muchas otras historias. De eso trata la incertidumbre; ese dilema en que nos sumen sus imágenes, captadas en el instante perfecto. En La dicción aprendida, la foto con la que abre el portafolio, el mesonero en un restaurante de Zurich retratado en el momento justo en que quita el mantel de la mesa con la meticulosidad con que un relojero suizo reemplazaría la pieza rota de un reloj de pulsera. Si el encuadre es aquello que crea la posibilidad de contar una o múltiples historias con una foto (o ninguna en las malas fotos), el instante de captura es aquello que le confiere continuidad al hilo narrativo de las historias creadas por las fotos. Segundos antes o después de ese instante, pudiera haber desaparecido el hilo narrativo; éste se podría haber borrado y con él la magia de la foto. Y sin embargo, en estas fotos de Rricardo Jiménez, el equilibrio de la composición, el juego de contrastes entre los blancos y los negros, su belleza particular, no son contornos; tampoco accidentes. Estaban desde el principio en la imagen encontrada.

Han pasado poco más de dos años y, el fin de semana pasado, tuve la ocasión de visitar la exposición En la tarde, al viajar, en la galería Carmen Araujo Arte, ubicada en las tabaqueras de La Trinidad. En esta ocasión me olvidé de la blancura o de los contrastes y el equilibrio entre el blanco y el negro en la composición de cada foto y me detuve a pensar en el ángulo que había elegido el fotógrafo para tomar las fotos. Y en cada caso traté de imaginar al fotógrafo tomando esas fotos. Y de nuevo me llegó la imagen del fotógrafo como un predador en continuo movimiento que, para ser exitoso en su empresa, debe barrer una y otra vez con su mirada, decenas de veces por minuto, todos los rincones de los espacios que atraviesa, que probablemente deje atrás para no regresar. Pero su mirada entrenada le permite, subir los ojos primero, luego la cabeza, y captar, a través de una ventana, si es el caso, lo que sucede en una casa, en una oficina, o al aire libre, en un espacio lejano al que no se puede acceder sino con los ojos. Porque queda lejos de su camino. Este carácter remoto, y por tanto más improbable, es un rasgo que define estas imággenes. No están en el centro de su campo visual. No parecen haber estado ahí. Sino en una periferia desde la cual, una mirada entrenada arrastra suavemente al centro (desmarginaliza, se podría decir) y confiere un rol protagónico.

Puedo alejarme libre, 2010

Imagino al fotógrafo en un constante ejercicio de imaginación del Otro. De sus espacios, de sus rutinas diarias. Es este Ricardo, en el acto de encontrarse con imágenes que para captarlas requieren un esfuerzo tan preciso, el que nos sorprende muy gratamente. Muchas de esas imágenes me invitaban a imaginar cuáles podían ser los ángulos que había elegido el fotógrafo, dónde se había situado como observador para, llegado el momento, tomar la foto. Y pensé que no se trataba solo de un instant decisif (instante decisivo)(1), como solía decir Henri Cartier Bresson (lo dijo muy bien en el Prefacio a Images a la sauvette (1952) (Imágenes a hrtadillas), sino también y sobre todo de un ángulo decisivo, aquel que te permite compartir con el espectador futuro de la imagen que tomas en el presente la rara clase de emoción que estás viviendo al tomar esa foto. Todo esto para decir que aprecio en Ricardo su talento para encontrar el ángulo decisivo, aquel que, por retruque, te remite a ese punto del espacio que rodea a la imagen que te interesa, aquel ángulo que permite que la imagen te revele el drama intrínseco a ella. O para decirlo de un modo más llano, el ángulo desde el cual la imagen se muestra a nuestros ojos como más viva, plenamente real, con toda su complejidad y belleza, que es un modo de nombrar lo anterior. El ángulo decisivo es aquel que te revela el modo más latiente; como si la imagen fuera un ser vivo que posee un corazón que late y unos pulmones que respiran.

Notas

(1) Cartier Bresson definió en el Prefacio de la obra citada en el texto el acto fotográfico en los siguientes términos: « La photographie est, dans un même instant, la reconnaissance de la signification d’un fait et de l’organisation rigoureuse des formes perçues visuellement qui expriment et signifient ce fait. » (que se puede traducir como: La fotografía es, al mismo tiempo, el reconocimiento del significado de un hecho y el de la organización rigurosa de sus formas percibidas visualmente que expresan y significan ese hecho.

Mirando en dos tiempos la levedad del navegar

Fotografías de Mauricio Donelli

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Esta serie de imágenes en dos tiempos, de encuadre perfecto, que realizó Mauricio Donelli durante un crucero en barco de la Royal Caribbean, me recuerdan aquellas palabras del Predicador en el Eclesiastés (3,1-8), de que hay “un tiempo para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: (…), un tiempo para callar y un tiempo para hablar”, un tiempo para la soledad y el silencio, y un tiempo para el encuentro con los otros y el ruido. Porque incluso en ese tiempo de descanso en el que los pasajeros tratan de olvidar las penurias, desventuras y agites del tiempo del negocio, y se sumergen en el olvido del ocio, explorando todas y cada una de sus aristas leves como la espuma del mar que los acompaña, hay una posibilidad de dividir el tiempo. Y por tanto de sentir el paso del tiempo. Pero Donelli convierte ese paso del tiempo en un acto de suspenso (incertidumbre que no crea angustias), que está formado por esa anticipación del goce y el descanso que realiza cada pasajero en sus breves momentos de silenciosa soledad (y que hace uno como espectador cada vez que miramos la imagen del antes de la acción, cuando todo está sosegado y tranquilo). Éste es el único suspenso que se puede permitir el pasajero consecuente con su decisión de descansar y gozar.

Donelli nos recuerda también que ni siquiera eso que parece un chorro de alegría y olvido de todo fluye ininterumpidamente, como un manantial, haciendo caso omiso al paso del tiempo. También ese tiempo de ocio se disfruta en piezas, en periodos, en trozos, en lapsos, en ciclos que alternan el silencio con la bulla, la soledad con la aglomeración.

Y sin embargo, esa espléndida paleta de azules (de cielo, de mar y de piscina)-cruzados una y otra vez por esas líneas blancas y metálicas, rectas, torcidas y retorcidas, dibujadas por las varandas de la cubierta y las escaleras, actúan como marco referencial para recordarnos la sensación permanente de tránsito y mudanza que crea el navegar. Y esas chispas de colores intensos o planos, o de colores apastelados que tiñen las pelotas y juguetes de los niños, las camisas, franelas, pareos y pañuelos de las mujeres, nos recuerdan que cualquier cambio en ese barco será siempre una mudanza dentro del ocio. Una confirmación de que la insoportable levedad del navegar, está marcada por el devenir de las olas y el mar.

No me queda duda alguna del bienestar que nos produce contemplar escenas como las de esta exhibición, que nos alejan de ese ambiente grave al que nos acostumbra la vida en la ciudad. Hay que verlas. Son un remedio y no sólo una filosofía del ocio y el descanso.

Mirada en Dos Tiempos se exhibe en la Galería Okyo de Las Mercedes, en la Calle California, entre Jalisco y Monterrey, quinta las Churrucas. La exposición se inauguró el pasado sábado 14 de junio de 2009, clausura el domingo 5 de julio de 2009. T: 0212 993 6975