
La ilustración es de Claudia Garcés y fue publicada en GP 7
Nota: El presente texto también formó parte del especial que preparamos sobre Espías, en la séptima edición de la revista GP.
La Stasi
espías, colaboradores y la sociedad del terror
Con frecuencia, cuando leemos una obra de ficción en la que el protagonista es un espía, éste nos despierta cierta simpatía. A uno mismo se le hace difícil ocultar su fascinación por las buenas tramas de espionaje en la literatura y en la cinematografía. Incluso algunos casos de espías que emulan la ficción, como el aún fresco affair Litvinenko, tienen ese brillo entre glamoroso y tenebroso inconfundible de las tramas de espionaje. Pero no queremos hacer una celebración del espionaje, los espías, sus gadgets y las agencias de inteligencia (como el MI-5 británico, la CIA norteamericana, la antigua KGB soviética, la desmantelada Stasi de Alemania Oriental o el más cercano G2 cubano). Es cierto que las agencias de inteligencia pagan sueldos que les permiten, a algunos agentes secretos, disfrutar de un estilo de vida semejante al de los rufianes que persiguen secretamente. Ellas financian esas escenas de glamour, en que el agente secreto aparece en el lobby de un hotel cinco estrellas vestido con un Armani de la última colección; financian el Aston Martin o el BMW coupé que conduce el agente; aunque quizás no le enseñen a ordenar un martini agitado (shaken) preparado con vodka superpremium polaco o francés como aperitivo, o a ordenar, un poco más tarde, para acompañar el foie gras de la hermosa mujer que lo acompaña a cenar, un Sauternes Château d´Yquem, cosecha 1967. Esto último puede formar parte del estilo propio del agente secreto. Sin embargom quisiera que viéramos al espía apartando ese glamour, lo que queda de él una vez que lo apartamos.
Las agencias de inteligencia pueden, en ocasiones, ser terrible y trágicamente disruptivas en la vida privada de los ciudadanos de estados libres y democráticos (e.g. la CIA). Esto se hace mucho más delicado cuando las mismas operan en sociedades autoritarias, ya que pueden convertirse en pilares fundamentales de su estabilidad y ayudar a encubrir las violaciones de derechos humanos fundamentales que en esas naciones se cometen. Un caso extremo de lo que puede llegar a ser una agencia de inteligencia en una sociedad no democrática fue justamente el Ministerio para la Seguridad del Estado de Alemania Oriental, conocido como Stasi. Fundada en febrero de 1950, esta agencia fue modelada de acuerdo con la MGB soviética y considerada por los soviéticos como un socio leal y extremadamente eficaz.
Cuando la caída del Muro de Berlín provocó el colapso del régimen instaurado en Alemania Oriental, la Stasi tenía una nómina de unos 100 mil agentes. Esta cifra no incluye los 200 mil Inoffizielle Mitarbeiter (identificados hasta 1995), término con que se denominaba a los informantes regulares de esta organización. Como muchos registros fueron destruidos, el número exacto nunca va a ser determinado, pero se estima que éstos llegaban conservadoramente a 400 mil, si se incluyen los informantes ocasionales.
Es cierto que la Gestapo tuvo menos gente que la Stasi (40,000 oficiales que vigilaban a los ciudadanos de un país de 80 millones de habitantes), sin embargo, sin una intención de subestimar el daño que pueda haber perpetrado la Stasi en los ciudadanos de Alemania Oriental (torturas, prisión, segregación), no se pueden comparar los millones de judíos asesinados por la Gestapo con el poco más de un millar de desaparecidos atribuidos a la Stasi. Paradójicamente, la reflexión reciente sobre la actuación de la Stasi sugiere que la sofisticación de sus operaciones a lo largo de cuatro décadas no progresó en la dirección de facilitar el asesinato de los disidentes (o al menos su asesinato rápido), sino más bien en la capacidad de infundir, diseminar y sembrar el terror en lo profundo de una sociedad en la que se minaba el tejido social, se premiaba la obediencia y se sancionaba el libre albedrío. Incluso algunas víctimas de la Stasi han declarado que fueron expuestas a altas dosis de radiación con el propósito de producirles cáncer en el futuro. Esto refuerza la idea de que lo que buscaban los procedimientos de la Stasi era crear y mantener vivo el terror. Quebrar el coraje de la ciudadanía para disuadir la disidencia; explotar y hacer aflorar las pasiones más bajas de los más débiles o menos afortunados: la envidia, los celos, el resentimiento, la frustración, para lograr su colaboración. Como lo hizo la Inquisición, cuando lograba denuncias de que algún vecino rico o mujer hermosa practicaba la brujería o tenía trato con el diablo. De modo semejante, la Stasi lograba la colaboración de la ciudadanía para denunciar a un familiar, a un cónyuge, a un amigo o compañero de trabajo ante cualquier conducta que pudiera interpretarse como disidencia.
Se puede pensar que a lo largo de los 40 años que tuvo la Stasi para mejorar a diario sus protocolos de inteligencia, vigilancia y castigo, se fue puliendo una maquinaria de opresión que no necesitaba asesinar, o que al menos se daba el lujo de prescindir hasta el extremo de este recurso. Le era suficiente a sus agentes con la tortura, el encarcelamiento y la diseminación de los castigos para infundir terror. Es difícil imaginar lo que significa para una sociedad llegar a ese estado en el que las grandes corporaciones, las universidades, los sindicatos, la Iglesia, las ligas deportivas, y por supuesto la policía, estuvieran infiltrados por la agencia de inteligencia. Que lo estuviera también el andamiaje institucional del Estado y las instituciones del sector privado. E incluso, lo que es peor, que estuvieran infiltradas la familia, las redes de amigos, las relaciones comerciales. Que personajes como el kiosquero, el vendedor de helados, el cobrador, el fotógrafo, el panadero, el suegro, el cuñado, el hermano, el periodista, el profesor, la maestra, el escritor, pudiesen ser informantes regulares o soplones ocasionales de la Stasi. Lo que era probable, si además se considera que la Stasi tenía en nómina a cerca de 2.000 oficiales pagados para espiar y grabar conversaciones de unas 100 mil líneas de teléfono. De esta forma, a lo largo de décadas, deriva la sociedad de la sospecha en la perfecta sociedad del voyeurismo cotidiano de la vida privada de todos los ciudadanos que hicieran o dijeran algo sospechoso; voyeurismo impúdico, generalizado, desvergonzado y, lo que es peor, en la mayoría de los casos, realizado gratuitamente por el colaborador anónimo perfecto.
Otra historia es el cuento sobre cómo una sociedad herida, como lo fue Alemania Oriental, pudo encontrar el camino de su curación. Saldar cuentas con su pasado. La historia sobre cómo ha sido capaz de hacer justicia y restaurar la confianza minada en los niveles personal e institucional. Cómo ha podido evitar la venganza y reemplazarla por el regreso gradual del imperio de la ley y de la justicia. Esto, por ejemplo, es algo que un país como Polonia no ha sabido cómo manejar aún hoy, debatiéndose entre la justicia y la caza de brujas (para muchos, esta última opción es un hecho consumado), excesos e injusticias, paradoja que resulta en una crisis social y ética en pleno desarrollo.


Extinto mundo bipolar
