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La máxima felicidad, A propósito de la psilocibina y el ideal de una droga “perfecta”

Evidencia reciente cuestiona la creencia (bastante sólidamente fundamentada hasta hace poco) de que la personalidad es una característica estable a lo largo de la vida de un individuo. Una investigación realizada por Roland Griffiths, profesor de Biología Comportamental en la Escuela de Medicina de Johns Hopkins, sugiere que la psilocibina (variante química de la Dimetiltriptamina o DMT, sustancia que es un poderosos alucinógeno), al ser administrada en voluntarios en dosis clínicamente controladas por Griffiths, puede inducir cambios duraderos (hasta de un año) y positivos en la personalidad. Griffiths realizó este experimento con 18 adultos saludables que tenían una edad promedio de 46 años. Casi todos los voluntarios eran universitarios graduados y 78 por ciento de ellos participaban en experiencias de tipo religioso o espiritual con regularidad.

Catorce meses luego de haber participado en ese experimento, 94 por ciento de los participantes lo clasificaron como una de las cinco experiencias más significativas de su vida, y 39 por ciento dijo que era la experiencia más significativa de su vida. Lo sorprendente es que los participantes no fueron los únicos que vieron un beneficio de ese experimento. Sus amigos, colegas y familiares declararon que luego de ese experimento los percibían como más calmados, más felices y más buenos (los lectores interesados pueden ver mayor información sobre este experimento aquí).

Éste es el tipo de noticias que acercan la fantasía de las historias de ciencia ficción a la realidad. Tengo en mente esa película reciente, Limitless (2011), dirigida por Neil Burger, en la que el protagonista (Bradley Cooper) ingiere unas píldoras que potencian sus facultades intelectuales de un modo prodigioso y esto le permite lograr metas insospechadas como aprender nuevas lenguas en pocos días o hacer predicciones del comportamiento del mercado de valores que lo hacen rico. Al final de la película se le sugiere al espectador que los efectos que tuvo el fármaco serán duraderos y que podrá prescindir de éste sin perder las facultades prodigiosas que había desarrollado.

Griffiths es, por otra parte, un investigador curioso. Cuando leemos sobre los trabajos que ha realizado con drogas alucinogénicas durante los últimos diez años, no podemos evitar recordar a aquel personaje de los sesenta Timothy Leary, que fue el profeta del LSD, y a cuyo discurso se podrían atribuir cientos o miles de casos de adictos que el LSD y otros alucinógeos les produjeron adicciones que luego los aislaron o desadaptaron de la sociedad.

Pero Griffiths, como medida precautelativa, alega que la psilocibina no produce adicción en las dosis que él la administra en sus experimentos. De algún modo parece querer decirnos que sueña con que ésta droga se convierta algún dia en una versión de esa droga literaria soñada por Aldous Huxley en su novela distópica Brave New World, el soma.
Lo curioso es que para muchos, la mera consideración de que la humanidad logre una droga perfecta, que nos haga felices sin hacernos dependientes de ella, les produce gran malestar. Aún antes de analizar sus posibles consecuencias con algún rigor. En las líneas que siguen analizo suscintamente este argumento antihedonista.

Un argumento contra el hedonismo

Reflexiono ahora sobre nuestra posibilidad de que en efecto, la humanidad desarrolle una droga que amplíe la duración y magnitud de su felicidad. Realizo este análisis desde ese marco subjetivo definido por mi tradición judeo-cristiana y la idea de que nacemos con la culpa del pecado original. Me pregunto si es consistente un grado superior y duradero de felicidad con la vida tal como la conocemos. Me pregunto si un exceso de felicidad no nos distrae necesariamente del mundo y si tal distracción no pudiera ser una oportunidad para que gobernantes autoritarios que puedan limitar o secuestrar nuestra libertad personal accedan al poder.

Concibo otro riesgo o limitante a un estado de felicidad plena y duradero (cuyo argumento lo encuentro vinculado con la proposición socrática acerca de que este pensador prefería ser un filósofo insatisfecho que un cerdo satisfecho). Me pregunto si nuestro acceso a una mayor felicidad no tiene como condición necesaria una mayor dosis de ilusión y por tanto de escape de una realidad cuya infinidad creciente de problemas se hace cada día más difícil de describir y luego resolver.

Porque, ¿cómo podemos ser más felices mientras no hayamos producido soluciones eficaces y permanentes al problema del sufrimiento de los demás? ¿No será acaso que un estado de felicidad superior y permanente, en el que tengamos plena conciencia del mundo y lo que en él ocurre, es un estado no consistente con nuestra vida como seres de carne y hueso dotados de conciencia y empatía? ¿No será que la felicidad en el mundo real y a plena conciencia requiere en todos los casos de un acto de distracción de la realidad, un pequeño acto de ebriedad, un pequeño, no trascendente y carente de consecuencias instante de inmersión plena en nosotros que nos distraiga del prójimo y sus necesidades? ¿No será que si tal estado de felicidad superior se prolongara, en el mundo tal como lo conocemos, tendríamos que clasificarlo forzosamente como un acto de irresponsabilidad, como un acto de egoísmo? ¿Será que esto es lo que reprochable de toda droga con efectos duraderos y positivos sobre nuestro espíritu? ¿O será que un mundo que avanza al galope a incrementar a diario su complejidad, sus riesgos, sus amenazas a nuestra paz de espíritu (de acuerdo con procesos como la Ley de Moore), incrementa nuestra dependencia de herramientas que, como estos alucinógenos que no crean adicción, nos ayuden a sobrellevar sin medrar o flaquear: riesgos, amenazas y miserias que se multiplican exponencialmente en el mundo actual? Quizás son demasiadas preguntas y difíciles todas, pero no puedo evitar hacérmelas. y no tengo todavía muchas respuestas.

Robots, entre la utopía y la distopía

Robot Asimo de Honda

Robot Asimo de Honda

A principios de abril de 2009, la prensa internacional reseñó que por primera vez en la historia un robot, Adam—diseñado por un equipo interdisciplinario de científicos de la Universidad de Aberstwyth, en el Reino Unido—había planificado de manera independiente un protocolo experimental que lo condujo al descubrimiento de 12 funciones en los genes. El robot fue capaz de identificar el gen que controla una enzima crucial para la producción de lisina, un aminoácido esencial para el crecimiento. Según el profesor Ross King, director del proyecto, los robots son muy valiosos en la investigación científica porque pueden llevar a cabo gran número de experimentos repetititvos que para un científico humano resultan tediosos y le podrían hacer perder concentración. Según el profesor King, enseñarle al robot a formular una hipótesis fue la parte fácil del diseño de su software de inteligencia artificial. El principal desafío fue dotar a Adam de la capacidad para diseñar una larga serie de experimentos que fuesen lo suficientemente sensibles como para detectar mínimos cambios en la levadura relacionados con el gen en estudio. Para hacer esto, Adam fue dotado con una base de datos de los genes conocidos que están presentes en bacterias, ratones y humanos, de modo que pudiera conocer dónde buscar el gen de la lisina en el material genético de la levadura común.

Quizás esa insólita noticia no tuvo el impacto esperado en los lectores alrededor del mundo porque Adam no es un robot antropomórfico. Su cuerpo está constituido por 45 metros cúbicos de instrumentos de plástico blanco. Sin embargo, la posesión de una inteligencia que le haya permitido realizar experimentos de manera independiente, es un hecho pionero que debe hacernos reflexionar con mayor detenimiento sobre los robots. Imaginemos que los centros donde residen los sistemas de inteligencia artificial, que les permiten tomar sus propias decisiones, y actuar en consecuencia, a Adam o a Eve—versión más avanzada de este robot—fuesen instalados en un robot antropomórfico como Asimo, el robot humanoide de 133 centímetros de altura y 54 kilogramos de peso, diseñado por Honda, que tiene la capacidad de caminar en dos pies, comprender gestos preprogramados y comandos de voz, reconocer voces y caras y, que incluso, puede dirigir una orquesta.

Robot Adam y su creador

Robot Adam y su creador

Eve, la próxima versión de Adam, no se debe confundir con el robot coreano EveR-1, androide inteligente con rostro de mujer desarrollado por un equipo de científicos surcoreanos del Korea Institute of Industrial Technology dirigidos por Baeg Moon-hong. Este robot, que fue mostrado al público en Seúl en mayo del 2006, tiene 1,60 metros de altura y 50 kilogramos de peso, puede emular la expresión facial mediante elementos de musculatura y sostener una conversación básica con su interlocutor que no supere un léxico de 400 palabras. Aunque Ever-1 puede mover la parte superior de su cuerpo y expresar felicidad, rabia, tristeza o placer, es aún incapaz de mover su parte inferior. Está hecho de una gelatina de silicón que al tocarla se confunde con la piel humana. EveR-2, que es una versión más avanzada de Ever-1, cuenta con una mejor visión y una capacidad superior para expresar emociones. Agrega el aburrimiento al repertorio básico de emociones que puede expresar, lo que logra gracias a que posee 29 motores y docenas de articulaciones que le confieren 23 grados de libertad para lograr una mayor libertad en su autoexpresión. Estos dos robots forman parte del programa de Corea del Sur para desarrollar la robótica hasta lograr, antes del año 2013, que cada hogar coreano tenga un robot que asista en faenas domésticas.

Es posible que si Asimo, Ever-1, Ever-2 y otros modelos de robots humanoides pudiesen analizar el universo que los rodea de la forma que Adam analiza de manera independiente problemas de investigación específicos que se plantea en el laboratorio, la noticia de su autonomía habría sido más impactante. Y no me refiero solamente a la alegría y emoción que debería haber despertado el hecho de que los hombres de ciencia hayan diseñado una máquina que emule algunas de las funciones más complejas del ser humano, como el razonamiento analítico independiente. Sino más bien a que este nuevo paso dado por la robótica promete la visión utópica de un futuro no muy lejano en el que equipos híbridos de investigación científica, conformados por humanos y robots, trabajen en los laboratorios en un ambiente de colaboración que reduzca conflictos motivados por ambiciones personales (inexistentes en los robots) y que, por el otro, posea capacidades superiores para realizar experimentos complejos, repetitivos que requieren mucha atención y, posteriormente, analizar resultados en los que las diferencias son sutiles y complejas. Estos equipos humanos-robots podrían imprimirle una aceleración inimaginable a los descubrimientos científicos y, quizás también, a la búsqueda de modos de aplicación de los nuevos conocimientos científicos. Pero además, la ciencia no es el único campo en el que pueden encontrarse oportunidades para la colaboración entre humanos y robots. Versiones próximas y más económicas de Asimo, de EveR-1 y de otros humanoides pueden ser útiles para: enseñar a niños con dificultades de aprendizaje, ayudar en el hogar a gente mayor, o realizar una infinidad de tareas peligrosas (rescate, incendios), aburridas, muy demandantes de atencion y concentración. El proyecto de crear seres inteligentes que ayuden a que la vida del hombre sobre la tierra sea más llevadera, feliz y segura—en un mundo que se ha hecho más complejo, riesgoso e incierto—no es una utopía contemporánea; tiene una larga historia. Y sin embargo, la idea de que podamos llegar a tener éxito en esta empresa suscita en nosotros, de un modo recurrente, un temor inexorable a que, apenas alcancemos esta utopía, nos daremos cuenta de que hemos cruzado una línea prohibida; que estamos repitiendo una nueva versión del pecado original, y que podemos nuevamente ser expulsados de este mundo, a un mundo más oscuro, en el que vamos a vivir con más dificultades de las que hemos experimentado en éste desde que nos expulsaron del Paraíso.

Terror gnóstico

El Golem y el Rabí Loew

El Golem y el Rabí Loew

Aun cuando es posible que todavía falte tiempo para que se fabrique un robot humanoide capaz de decidir de manera autónoma y fabricar robots diseñados por él, que tengan una capacidad intelectual mayor que la del hombre, el sólo imaginar tal escenario nos llena de temor. A lo largo del tiempo, las historias sobre actos de creación de humanoides o androides las hemos preñado de tragedia. Son casos memorables de esta clase: el cuento del homúnculo creado por el mago en la segunda parte del Fausto, de Goethe; el Golem creado por el Rabí Judah Loew de Praga, que al crecer desmedidamente mata y atemoriza a decenas de habitantes de esa ciudad; el Frankenstein de Mary Wollstonecraft Shelley, humanoide creado por el doctor Frankenstein cuyo destino final combina de ese modo singular tragedia y melancolía. Mucho más recientemente, y como si fuera una cita de las historias anteriores, Roy Batty, el replicante en la película Blade Runner, dirigida por Ridley Scott, asesina a su padre-creador el doctor Tyrell y, aunque al final muere trágicamente, de algún modo trasciende ese sino trágico que ha marcado a humanoides y androides y se redime salvando sorpresivamente al policía Deckard, quien lo perseguía. Esta serie de historias negras sobre los intentos humanos de crear (realmente sobre las consecuencias frecuentemente catastróficas que se pueden derivar de esto) podrían también estar emparentados con una ideología gnóstica que nos recuerda aquel miedo a la cópula y los espejos que Borges confesaba a menudo (Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres). Lo común en ambos pudiera ser el hecho de que son instrumentos de creación y por tanto instrumentos del Demiurgo maligno—hijo incestuoso de Sofía (la Sabiduría), la última emanación de Logos (Creador) que se resiste a abandonar a su padre y que en ese acto concibe con él un hijo—que los gnósticos piensan ha creado el Universo real y la diversidad que lo habita.

Nuestras ansias de utopía pueden persuadirnos para que olvidemos la moraleja de esas historias sobre la tragedia de crear humanoides y, lo que es peor, de osar crear seres con una inteligencia superior a nosotros. Pensamos que todo este miedo se ha percolado a lo largo de los siglos desde ese ancestral terror gnóstico a la creación por miedo a repetir el error de esa madre del mundo que fue Sofía. Convencernos de que en el presente, y sin duda alguna en el futuro, seremos mucho más inteligentes de lo que fueron los personajes de las historias referidas, y podremos anticipar mejor las consecuencias adversas de ese acto es una tarea urgente para proseguir con tranquilidad hacia ese meta idealizada de matrimonio perfecto entre el hombre y la máquina. Pueden incluso apuntalar nuestra convicción de que las tres leyes formuladas por Isaac Asimov sobre los robots nos protegerán de amenazas a la especie humana que puedan surgir en el futuro provenientes de robots superinteligentes. Recordemos esas leyes: 1. Un robot no puede infligirle daño alguno a un ser humano ni, a través de la inacción, permitir que un ser humano lo inflija; 2. Un robot debe obedecer órdenes dadas por seres humanos, excepto cuando tales órdenes entran en conflicto con la Primera Ley; 3. Un robot debe proteger su propia existencia en tanto esa protección no entre en conflicto con la Primera o con la Segunda Ley. Y sin embargo, los expertos en robótica alegan que estas leyes no son necesariamente un antídoto contra decisiones o actos de robots que puedan infligirnos daño o amenazar nuestra vida; el análisis revela inconsistencias y omisiones en la redacción de esas leyes.

Los investigadores Douglas Few y Bill Smart, de la Universidad de Washington en St. Louis, trabajan con tecnología de punta en un proyecto de robótica, y han declarado que uno de los objetivos de los militares en Estados Unidos es lograr que el ejército esté compuesto por al menos 30 por ciento de robots en el año 2020. Aun cuando los militares que dirigen este tipo de proyectos insisten en que no se deben diseñar robots con plena autonomía, y que el vínculo entre el hombre y la máquina debe conservarse, “ es necesario mantener el dedo sobre el sistema todo el tiempo”, dice Bill Smart. Puede ser extremadamente peligroso permitir que un robot con capacidad para accionar armas de fuego posea total autonomía. Imaginemos lo difícil que puede ser explicarle al robot al que le ponemos en sus manos un arma de fuego que es un acto justo y legítimo dispararle e infligirles daño, e incluso la muerte a ciertos seres humanos, al tiempo que se le pide que proteja la vida de otros seres humanos. El concepto de enemigo usado para calificar a un individuo de la misma especie, visto desde la perspectiva de un humanoide que funciona con un programa de inteligencia artificial, puede ser muy difícil de definir. Es probable que la definición deje ventanas de incertidumbre conceptual por las que se pueda deslizar en un momento en un confusión la demarcación entre amigos y enemigos. Aún si un grupo de expertos en robótica diseñase un conjunto de leyes que corrigieran las debilidades identificadas en las tres leyes de Asimov, el mero empleo de robots para realizar ataques a enemigos incrementa tremendamente los riesgos de que un día los robots realicen actos que inicien la pesadilla que tan recurrentemente hemos temido.

La singularidad tecnológica
Algunos futuristas que han pensado sobre los robots, la robótica y el cambio técnico en general, piensan que ciencias como la robótica hacen temer que la humanidad se acerque en el futuro cercano a un punto teórico en el que el hombre cree una máquina que, a su vez, sea capaz de crear una máquina más inteligente que él. Los futuristas denominan a este instante una singularidad tecnológica (ST). Teóricamente, la ST ocurre durante un período de cambio técnico acelerado poco después de la creación de una superinteligencia. Los futuristas temen que si se construye una máquina (robot) que supere, aunque sea marginalmente, la capacidad de la mente humana, tal máquina pudiera mejorar su propio diseño de un modo no previsto por sus creadores y, así , hacerse aún más inteligente. Esta etapa iniciaría un ciclo de mejoras recurrentes en la inteligencia de las máquinas. Al cabo de poco tiempo, la tasa de mejora en el nivel de inteligencia de las máquinas crecería de modo exponencial. Con frecuencia se ha citado el artículo de la revista Omni de enero de 1983, en el que el matemático Vernor Vinge, uno de los proponentes de la hipótesis de la ST escribió: “Dentro de treinta años, vamos a tener los medios tecnológicos para crear una inteligencia superhumana. Poco tiempo después habrá terminado la era de los humanos”. En otras palabras, una máquina superinteligente podría no tener ninguna razón para dejar que el ser humano continúe viviendo en la Tierra. O, lo que sería peor, descubrir razones que justifiquen una existencia de los humanos en ese mundo como siervos de una inteligencia superior.

Otro defensor de la hipótesis de la ST es Raymond Kurzweil. Su análisis de la historia sugiere que el cambio técnico sigue un patrón de crecimiento exponencial que puede ser explicado por la Ley de los Retornos Acelerados (extensión de la Ley de Moore, que, con base en observaciones realizadas desde los comienzos de la industria de la computación en 1958, predice que cada dos años se duplicará el número de transistores que se pueden integrar en un circuito, lo que origina un crecimiento exponencial de la capacidad computacional. La debilidad de esta hipótesis de la ST es que no se puede extender al resto de la tecnología lo que ocurre en el campo de la computación y la informática.

Aún si la clase de riesgos derivados del desarrollo posible de una tecnología superior suenan remotos, la mera posibilidad de que se concreten en el futuro nos debería obligar a pensar con más detenimiento en cómo regular las relaciones entre el hombre y la tecnología. Entre otras cosas, esto podría implicar el desarrollo de una ética de las máquinas, o al menos, de una ética para seres inteligentes creados por el hombre.

Notas: La idea de que el terror del hombre a crear un ser inteligente es un legado de los gnósticos se deriva de la exposición que hace el Obispo Ireneo de Lyon, uno de los más conocidos apologetas cristianos, en su obra Contra los herejes. En ella Ireneo presenta las creencias de las diversas corrientes heréticas agrupadas bajo la categorías de gnósticos. Aun cuando había diferencias, la mayoría de ellas creían en un Protopadre o Creador al que llamaban Logos. Este habría engendrado seis pares de emanaciones que es lo que se conocía como Pleroma o conjunto de aspectos de la divinidad. De todas estas emanaciones, solo una, Pistis Sophia (que han traducido como la Fe de Sofía) se negó a abandonar al Padre. En lo que algunos han interpretado como un acto de curiosidad y otros como uno de deseo incestuoso, Sophia se habría volcado hacia el Creador. En algunas herejías gnósticas, Sophia y el Creador se juntan en un acto de amor incestuoso y el resultado de este es el Mundo Real; en otras, lo que engendra es al Demiurgo quien a su vez crea el Mundo Real. Sin embargo, la emanación que acompañaba a Sophia era el Cristo o Redentor. Gracias a éste, Sophia encuentra la Salvación.

cyborgs, robots y seres humanos

Sobre sus posibilidades de convivencia

Se pueden definir con el nombre de cyborgs a toda la variedad de híbridos de ser humano y máquina (y por extensión de humano, máquina y animal), que posean una inteligencia o capacidades físicas iguales o superiores a la del ser humano; esta última restricción ayuda a descartar híbridos máquina- animal-humano con inteligencia o capacidades inferiores a la del ser humano (a no ser que ésto sean creados por diseño, con el objeto inmoral de servir a una clase de seres superiores).

Donna Haraway, profesora del programa de Historia de la Conciencia en la Universidad de California, en Santa Cruz, ha escrito un Manifiesto Cyborg en donde argumenta: “A finales del siglo XX -nuestra era, un tiempo mítico-, todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo; en unas palabras, somos cyborgs. Éste es nuestra ontología, nos otorga nuestra política. Es una imagen condensada de imaginación y realidad material, centros ambos que, unidos, estructuran cualquier posibilidad de transformación histórica.”

Cuando se le da cabida a la posibilidad de que existan los cyborgs, la reflexión sobre las relaciones hombre-máquina, y los riesgos posibles derivados de ésta, se complican considerablemente. La primera consecuencia de esto es que la dimensión dicotómica hombre-robot se convierte, con el agregado de estos cyborgs, en un continuo hombre-cyborg-robot. Podemos imaginar una amplia variedad de clases de cyborgs que hayan sido creados gracias a combinaciones de elementos humanos o animales (órganos, tejidos, células, partes del cerebro) fusionados con elementos artificiales. Con ayuda de una tecnología avanzada, piezas u órganos naturales podrían ser reemplazados en seres humanos del futuro por piezas artificiales que realicen la misma función con un nivel superior o muy superior (de potencia o eficacia) al de la pieza original. La posibilidad de que el proceso de proliferación de cyborgs sea la línea más probable e importante de evolución de las relaciones hombre- máquina, complica el análisis de las reglas para regular estas relaciones. Así por ejemplo, las célebres Tres Leyes de la Robótica que Isaac Asimov presentó en el cuento que publicó en 1942, Runaround, no tendrán sentido o tendrían que ser sutilmente reformuladas. Así, cuando la primera ley dice que: “un robot no puede hacerle daño a un ser humano o, por omisión, permitir que un ser humano sea dañado”, se puede pensar que en el universo posible de cyborgs será muy difícil demarcar cuáles son humanos que funcionan con piezas que son máquinas y cuáles lo contrario. Por tanto, será muy difícil decirle a una máquina que no le haga daño a un ser inteligente cuya naturaleza no pueda distinguir fácil o categóricamente de la propia. ¿Cómo se demarca lo natural (el ser humano de lo artificial si la frontera entre uno y otro se hace cada vez más tenue?

Frankenstein
El androide creado por el doctor Frankenstein en la novela homónima de Mary Wollstonecraft Shelley es un cyborg y no un robot. Lo define como tal el hecho de haber sido creado de partes-piezas de diferentes seres humanos (cadáveres), que como si fueran un rompecabezas son luego ensambladas precariamente, con costuras demasiado visibles, para completar, gracias a la energía eléctrica, la creación de ese ser monstruoso que es grotesco, posee una fuerza sobrehumana pero también, a la larga, una sorprendente conciencia del mal que ha ocasionado.

Riesgos, amenazas
Una vez que se abren las posibilidades a la existencia de cyborgs de todo tipo, es posible concebircyborgs con cerebros híbridos que sean decenas, centenares o miles de veces más inteligentes que sus pares puramente humanos, se multiplican los escenarios de distopías futuras. Al margen de los riesgos analizados por filósofos o por escritores de ciencia ficción sobre las relaciones hombre-máquina, uno podría visualizar un futuro en el que aquellos grupos de seres humanos puros, que se resisten a mezclarse por medio de lazos genéticos, electrónicos o mecánicos con máquinas terminen por ser inferiores en capacidad intelectual o física a quienes deciden “hibridarse”, y terminen siendo dominados por cyborgs con la fuerza del hombre biónico o la inteligencia de cerebros híbridos integrados con poderosos supermicroprocesadores. Si tales cyborgs superiores al hombre promedio en fuerza e inteligencia no poseen también un sistema de valores morales que estén a la par de su fuerza y capacidad intelectual superiores (lograr que esto ocurra debería ser una condición sine qua non de su configuración como cyborgs superiores) , podrían proliferar esquemas de dominación autocrática en los que una clase de seres superinteligentes semejantes a los superhombres nietzcheanos, ejerzan un vasallaje esclavizante sobre seres humanos no integrados a máquinas que superará en crueldad y en duración a los de cualquier autocracia pasada. ¿Podrán seres con inteligencia puramente humana oponer una resistencia eficaz a esta amplia diversidad de amenazas futuras que pueden originarse en el futuro de la conducta de máquinas inteligentes o, en lo que luce peor, híbridos super-inteligentes de máquina y humano? ¿Será que el ser humano posee “un algo” no susceptible de diseño artificial, que no podrá ser integrado en una máquina superior, no importa qué nivel de desarrollo tecnológico lleguemos, que marcará una diferencia permanente entre nosotros y los cyborgs o los robots (inteligencias artificiales puras)?o, alternativamente, ¿Tendremos la capacidad para integrar en los algoritmos que sustentarán la inteligencia de estas creaciones super-inteligentes futuras, la ética y la moral necesarias para protegernos de conductas perversas o inmorales que multipliquen el mal y la crueldad en nuestro mundo y en otros mundos que podamos habitar?

Conciencia
¿O será más bien quela humanidad podría escapar de un posible escenario futuro de dominación y vasallaje bajo los designios de una raza de cyborgs sólo si éstos desarrollan una conciencia semejante a la que desarrolla Frankenstein, y esta le conduce a la decisión de su propio exterminio, como cuando decide inmolarse en el gélido y lejano Polo Norte. Recordemos lo que le confiesa al capitán: “No tema usted, no cometeré más crímenes. Mi tarea ha terminado. Ni su vida ni la de ningún otro ser humano son necesarias ya para que se cumpla lo que debe cumplirse. Bastará con una sola existencia: la mía. Y no tardaré en efectuar esta inmolación. Dejaré su navío, tomaré el trineo que me ha conducido hasta aquí y me dirigiré al más alejado y septentrional lugar del hemisferio; allí recogeré todo cuanto pueda arder para construir una pira en la que pueda consumirse mi mísero cuerpo.”

Más compasión
Se trata de esa mezcla tan profundamente humana de conciencia y compasión la que hace que Frankenstein se inmole lejos de aquellos a los que pueda ocasionar más daño. Esa misma mezcla pareciera explicar por qué Roy Batty el replicante de la novela de Dick salva a Deckard a última hora. Mezcla que produce un altruísmo extremo, inexplicable con base en un análisis puramente racional. En cambio, sólo su sensibilidad poética explica la belleza de las palabras con que acompaña ese acto: “I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I’ve watched C-beams glitter in the dark near the Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time, like tears…in rain. Time to die”

Notas:

1. El término cyborg fue acuñado en 1960 por Manfred Clynes y Nathan Kline. Se deriva de la fusión de los términos cibernética (acuñado por Norbert Wiener) y organismo. Un organismo cibernético o cyborg es una criatura biológica, generalmente una ser humano, cuyo funcionamiento ha sido mejorado (el hombre biónico, los replicantes, los terminators, los androides), mediante la integración de componentes artificiales de tipo mecánico, eléctrico, electrónico, computacional o cuántico. Dédalo es uno de los primeros personajes que puede ser considerado como un androide por haberse adaptado unas alas que le otorgaron la capacidad de volar.

2. La cita del Manifiesto Cyborg de la profesora Haraway fue tomada de su libro: Simians, Cyborgs and Women: The Reinvention of Nature. New York; Routledge, 1991. p.149-181.

3. Una de las mejores exploraciones de los problemas existenciales que podrían afectar a un cyborg con una inteligencia superior se encuentra en el libro de Philip K Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, que trata sobre lo apreciados que podrían llegar a ser los sueños, los recuerdos y la memoria para los cyborgs y que muestra lo esencial que son estos para la vida de un ser con una inteligencia superior, humano o replicante, tal como uno observa en la versión fílmica de ese libro, Blade Runner de Ridley Scott.

El Gran Colisionador de Hadrones: mirada retrospectiva

El 21 de octubre de 2008, era la fecha planeada para inaugurar oficialmente y arrancar para hacer circular y acelerar, por las entrañas del acelerador de partículas llamado el Gran Colisionador de Hadrones, haces de protones por las entrañas de la máquina más grande y compleja que haya construido el hombre. En esa fecha, sólo se iba a probar si la máquina era capaz de hacer circular a velocidades de prueba, muy por debajo de las velocidades y energías máximas posibles a las que el LHC es capaz de acelerar el haz de partículas según su diseño, dos haces de protones y producir las primeras colisiones. A la fecha, se espera que el LHC arranque una fase de experimentos a partir de septiembre del 2009. La gente en estos primeros meses del año 2009, tan preocupada como anda por especular sobre cómo le va a afectar la crisis económica global, parece haberse olvidado pronto de los riesgos a los que se hace referencia en el presente texto. La mayoría de ellos ilusorios, construidos por ellos. Quizás algunos, muy poco probables, reales. Y sin embargo, cabe predecir que aparecerán una vez más, temores y riesgos. Una versión del presente trabajo fue publicada en la edición décimo tercera de la revista GP.

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Babel hipertecnológica para cazar la partícula de Dios

Y dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad
y una torre, cuya cúspide llegue al cielo;”

Génesis 11: 1-9

La historia de los aceleradores de partículas comienza en junio de 1919, cuando durante su último año en Manchester, el físico neozelandés Ernest Rutherford realiza un experimento en el que bombardea un núcleo de nitrógeno con partículas alfa. Cuando Rutherford bombardea con estas partículas una finísima lámina de oro, una pequeña proporción de las partículas rebota. Las partículas alfa (que tienen carga negativa) son emitidas por elementos radioactivos como el uranio o el radio durante el decaimiento alfa y tienen una energía de entre 3 y 7 millones de electrón voltios (Mev). Mediante el bombardeo con estas partículas, Rutherford produjo, por primera vez en la historia, un proceso de fisión atómica, al desintegrar el átomo de nitrógeno produciendo un átomo de hidrógeno y otro de oxígeno. Los resultados del experimento eran sorprendentes. “Era como si uno le disparara un proyectil de 15 pulgadas a una delgada hoja de papel tisú y el proyectil rebotara hacia uno”—escribió Rutherford. Sus experimentos condujeron al descubrimiento de que la mayor parte de la masa de un átomo está concentrada en un área reducida, el núcleo.

Luego de ese experimento, y durante más de 10 años hasta 1932, los científicos realizaron incontables experimentos con partículas alfa. Sin embargo, el decaimiento alfa tiene el problema de que no permite producir un haz de partículas con una misma cantidad de energía. Esto hizo pensar en el desarrollo de fuentes artificiales de partículas alfa. Hubo que esperar hasta 1932 cuando, J.D. Cockcroft, y E.T.S. Walton, científicos de la Universidad de Cambridge, en Gran Bretaña realizaron el primer experimento exitoso con iones acelerados artificialmente. Utilizando un multiplicador de voltaje, Cockford y Walton aceleraron protones hasta que alcanzaran una energía de 710 mil electrón voltios (Kev) y los hicieron incidir sobre núcleos de litio, con ello habían logrado hacer una reacción de fisión nuclear que produjo dos partículas alfa. Con este experimento, nacía la era de los aceleradores de partículas que durante los 70 años siguientes produjo una familia muy diversa de versiones de estas máquinas, en las que el incremento en la energía con que son acelerados los haces de iones ha sido el marcador de la evolucion tecnológica. Cada nuevo acelerador ha incorporado una innovación para acelerar las partículas a velocidades cada vez mayores, y éstas se han ido acercando lentamente a la velocidad de la luz (300 mil kilómetros por segundo). Lo que se ha perseguido con esta carrera de acelerar con velocidad y fuerza crecientes los haces de partículas es lograr colisiones capaces de romper las partículas en sus partes más elementales: los quarks, los neutrinos, los gluones, etc. y analizar lo que resultó de eso.

Explorando la estructura de lo real

Los protones, los neutrones, la antimateria, los gluones, los neutrinos, los quarks, las partículas W y Z, el top quark han sido todas descubiertas en el pasado reciente con aceleradores de partículas. Como vemos, algunos nombres son extraños y uno diría que describen, mas que partículas, conceptos teóricos que articulados unos con los otros funcionan como los ladrillos de la tramoya que sostiene desde lo infinitamente diminuto, la estructura de lo real. En ese ámbito más fundamental, la nueva física postula que los componentes básicos son cuerdas de energía, que ocupan un espacio de, por lo menos, diez dimensiones y que, en realidad nuestro Universo es un multiverso.

Teoría de Cuerdas
Sostiene que todos los bloques de materia son expresiones de un único elemento básico unidimensional llamado cuerda. De acuerdo con esta teoría, un electrón no es un “punto” sin estructura interna y de dimensión cero, sino una cuerda diminuta que vibra en un espacio-tiempo de más de cuatro dimensiones. Si se observa un electrón a nivel microscópico, se percibe que éste no es un punto, sino una cuerda que puede oscilar de diferentes maneras. Si lo hace de cierta manera, macroscópicamente veríamos un electrón; pero si oscila de otra manera, veríamos un fotón, un quark, o cualquier otra de las partículas del modelo estándar.

Muchas de las hipótesis sobre la estructura del Universo están a punto de cambiar. Uno de los hechos que puede introducir un cambio radical en el conocimiento que tenemos sobre estos temas es la puesta en marcha del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés). Hasta hace poco, el acelerador de partículas con mayor potencia construido hasta la fecha, y que continúa en funcionamiento era el Tevatron, un acelerador circular de protones y anti-protones que acelera haces de estas partículas hasta que colisionan con una energía de 1 billón de electrón volition (1 Tera ev) en el interior de un anillo cilíndrico de electroimanes de 3,9 kilómetros de longitud. El tevatron está operado por Fermilab, localizado en Chicago, Illinois. Otro acelerador construido recientemente que ha sido de inmenso valor para la física de alta energía es el Relativistic Heavy Ion Collider (RHIC), localizado en el Brookhaven National Laboratory, de Upton, New York. El RHIC comenzó a funcionar en el año 2.000. Produce la colisión de haces de protones polarizados, provenientes de atomos de oro, que son acelerados hasta velocidades relativistas (99,9995 por ciento de la velocidad de la luz). Los dos haces de protones son acelerados hasta alcanzar energias de 200 mil millones de electrón voltios (Gev). Se utiliza el oro porque, como es uno de los elementos comunes más pesados, su núcleo es sumamente denso en protones y neutrones y esto asegura que las colisiones produzcan información interesante en los distintos experimentos que se realizan en esta máquina. Analizando esta información, los científicos han podido estudiar formas primordiales de materia.

Multiverso
La primera noción de infinitos universos aparece en los Puranas, textos sagrados hindúes, donde se expresa la idea de que cada universo tiene sus dioses, habitantes, planetas e infinitos ciclos de nacimientos, muertes, y renacimientos. En la edad moderna, el psicólogo William James retomó esta idea en 1895: “la naturaleza visible es toda plasticidad e indiferencia, un multiverso y no un universo”. En la cosmología contemporánea, el multiverso surge de la teoría-M (“M” por membrana o madre), que fue desarrollada para integrar cinco versiones de la Teoría de Cuerdas. Esta describe un universo de 11 dimensiones en la que nuestro universo y otros universos son creados por colisiones entre las membranas de un espacio 11-dimensional.

El Gran Colisionador de Hadrones (Large Hadron Collider)

Proyectado y construido bajo la supervisión del Cern, la Organización Europea para la Investigación Nuclear a un costo que supera los 8 mil millones de dólares, el LHC fue construido en la frontera franco-suiza cerca de la ciudad de Ginebra. Tiene un diámetro de 27 kilómetros y por razones prácticas fue construido en el subsuelo, a una profundidad que oscila entre 50 y 175 metros. Al funcionar producirá la colisión de dos haces de protones que viajarán en sentido contrario y serán acelerados y obligados a chocar de frente a una velocidad que alcanza 99,99 por ciento de la velocidad de la luz y con una energia de 14 Tera ev (14 billones de electrón voltios).

Cern
En julio de 1953, con apoyo de Unesco, once naciones europeas firmaron un acuerdo en el cantón de Ginebra, Suiza, para establecer la creación de una organización para la investigación nuclear. Así nació esta institución que ha producido laureados del Nóbel en física en seis ocasiones distintas, y que se destca además por ser cuna de la web, y sede del primer servidor y primer dominio: http://info.cern.ch/, puesto que la web fue inventada por Tim Berners-Lee, científico que trabajaba en Cern.

Los más de 8 mil físicos, astrofísicos y cosmólogos de 85 naciones asociados con el proyecto, y que investigan sobre la estructura última de la materia, la estructura fina del Universo, o la historia de los orígenes del Universo, están entusiasmados con la posibilidad de producir evidencia experimental que valide algunas de las teorías más sofisticadas en esas áreas. Con el LHC se quiere explorar la validez y limitaciones de lo que se conoce como el Modelo Estándar de la física de partículas.

El Modelo Estándar
Es una teoría cuántica de campos desarrollada entre 1970 y 1973 que integra tres de las cuatro interacciones fundamentales conocidas entre partículas elementales. Es consistente con la mecánica cuántica y la relatividad especial. Casi todos los experimentos sobre las tres fuerzas descritas por el modelo están de acuerdo con sus predicciones. Sin embargo, no es una teoría completa, debido a que no incluye la gravedad, la cuarta fuerza.

Peter Higgs de visita en CERN

Peter Higgs de visita en CERN

Además esperan encontrar el elusivo boson de Higgs. Esta hipotética partícula subatómica fue postulada por primera vez hace 40 años por Peter Higgs, físico escocés y profesor emérito de la Universidad de Edimburgo. Desde entonces, ha sido buscada infructuosamente en todos los aceleradores de partículas. Si se llega a descubrir en las colisiones del LHC, se podrían corroborar fantásticas hipótesis sobre el tejido último del espacio-tiempo. Según una de las hipótesis, la totalidad del espacio vacío en el Universo está permeada por un campo invisible que actúa como aglutinador cósmico y que se llama campo de Higgs, se supone que éste le conferiría la masa a todas las partículas que atraviesa, que de otro modo no la tendrían. Es decir, la masa no es una propiedad de ciertas partículas elementales sino una propiedad del fantasmal bosón de Higgs, llamado en broma la partícula de Dios por Leon Lederman, laureado Nóbel.

Boson de Higgs
Ha sido mencionado en múltiples obras de ficción. En la película que hace Steven Soderbergh de Solaris, novela de Stanislaw Lem, el guión hace una refencia a esta partícula, que no aparece en la novela: “Si creáramos un campo de Higgs negativo, y lo bombardeamos con un haz de Higgs antibosones, ellos se podrían desintegrar”, dice un personaje. En White Mars de Brian Aldiss, se organiza una expedicion para ir a Marte, donde se encuentran bosones de Higgs que guardan el secreto sobre el origen de la masa en el Universo. En Trance-Fusion, álbum póstumo de Frank Zappa, hay un track instrumental llamado ‘Finding Higgs’ Boson’.

Algunos de los científicos que están detrás del LHC piensan que si descubren un bosón de Higgs podrían lograr un avance importante en la búsqueda de lo que fue el sueño de Albert Einstein, concebir una primera versión de la Teoría del Campo Unificado (llamada actualmente Teoria del Todo). Hasta la fecha, esta empresa, cuestionada por algunos científicos, sólo ha dado resultados parciales, puesto que sólo se han integrado en una teoría tres de las cuatro fuerzas fundamentales del Universo: el electromagnetismo, las interacciones débiles y las interacciones fuertes, pero la gravedad ha quedado fuera de toda explicación. El bosón de Higgs podría también ayudar a explicar por qué la gravedad es tan débil comparada con las otras tres fuerzas. Se espera que en las colisiones se produzcan otras clases más extrañas de partículas: los temidos micro agujeros negros, los peligrosos strangelets, los monopolos magnéticos, y las partículas supersimétricas.

Temores sobre la seguridad del LHC

Por alguna razón, la sofisticación y complejidad de la física de las partículas elementales ha sido con frecuencia un recurso de los escritores de ficción para hablar sobre el Fin del Mundo. En la versión cinematográfica de Angeles y Demonios, el libro que precedía el Código Da Vinci de Dan Brown, los villanos usan un acelerador del Cern para producir suficiente antimateria para hacer una bomba que haga explotar el Vaticano. Algunas escenas de esta parte del guión fueron rodadas en el Cern en Ginebra. En Blasphemy, un best seller al mejor estilo Michael Crichton el autor, Douglas Preston, crea una trama en la que un grupo de físicos de alta energía construyen en el subsuelo de Nuevo México Isabella, un acelerador de partículas gigante con el que buscan investigar el origen del Universo. Contra este proyecto y los científicos que lo promueven decide actuar un grupo de evangelistas fundamentalistas. La novela narra las aventuras de esta colisión entre grupos de ideas opuestas. Y sin embargo, en ocasiones la realidad quiere parecerse a la ficción. O, para decirlo en términos de un físico cuántico, algunos de los mundos paralelos en los que pudiéramos deslizarnos (si el funcionamiento del LHC fuese capaz de abrir, como algunos temen, un portal a una realidad distinta), pudieran abrir una puerta al fin de nuestro mundo.

Sin embargo, la física de alta energía es un campo de la ciencia que tiene una facilidad especial para despertar temores de la más diversa índole. Quizás porque algunos temen que los elevadísimos niveles de energía que se utilizan en los aceleradores de partículas para separar o disolver el núcleo atómico pueden interrumpir la continuidad del espacio-tiempo. Así, cuando en 1983 comenzó sus operaciones el Tevatron en Fermilab, Paul Dixon, un psicólogo que dicta clases en la Universidad de Hawai, y que tiene un limitado dominio de las matemáticas que requiere la física de alta energía, declaró a la prensa que ese acelerador podía “abrir un hueco en el universo”, empujando la Tierra a una transición hacia un supervacío (un espacio de Siter) en el que las leyes de la física fueran distintas. Este tipo de temores se reavivaron cuando en el 2000 comenzó operaciones el RHIC. Desde unos años a esta fecha, este tipo de temores de que sucedan accidentes catastróficos han vuelto a aparecer.

En relación con el inminente inicio del LHC, algunos científicos ven como preocupantes que las colisiones produzcan: micro agujeros negros (m-AN) y strangelets. Atenúa la validez de esos temores una teoría del físico Stephen Hawking, de la que se deriva que los m-AN deberían sufrir una espcie de evaporación gracias a un proceso teórico llamado radiación de Hawking que describe la emisión de partículas de materia por los agujeros negros. Cuanto menor sea un m-AN mayor sería su tasa de evaporación. En el momento de su desaparición, el agujero negro explotaría y a esta explosión estaría asociada una súbita e inexplicable emisión de pàrtículas en un punto de espacio.

El satelite GLAST, lanzado en junio de 2008, debe hacer un scaneo del Universo buscando explosiones súbitas de rayos gamma que puedan interpretarse como una evidencia concreta de que la radiación de Hawking es un proceso natural en el Universo. De este modo, la Teoría Estándar, con la que la hipótesis de la radiación de Hawking es consistente, predice que los m-AN que se pudieran producir en el LHC se evaporarán casi inmediatamente. Sin embargo, ciertas hipótesis recientes que extienden el Modelo Estándar, plantean que pudieran crearse agujeros negros estables en el LHC a una tasa de uno por segundo. Si lo anterior sucede pueden ocurrir una de dos cosas: 1. Los micro agujeros negros se escapan del campo gravitacional de la Tierra, o 2. Se quedan atrapados dentro de éste. Por ejemplo, las colisiones producidas por la altísima energía con que los rayos cósmicos inciden sobre la Tierra es posible que produzcan, ocasionalmente, agujeros negros diminutos, pero como estos rayos viajan a velocidades cercanas a las de la luz, atraviesan la Tierra en un ¼ de segundo y apenas chocan con un par de quarks. Muy distinto es el caso de que se produzcan micro agujeros negros en el interior del LHC. Como después de la colisión, éstos se quedan quietos, es muy posible que pudieran quedar atrapados por el campo gravitacional de la Tierra. Y al cabo de pocos minutos u horas comiencen a devorar la Tierra.

Hay otro riesgo que podría derivarse de la operación del LHC. Se trata de la producción de strangelets, término que designa un agregado microscópico de materia extraña que contiene un número casi idéntico de partículas llamadas quarks arriba, quarks abajo y quarks extraños. Esta hipótesis fue sugerida en 1999 por Frank Wilczek, un fisico que ganó el Premio Nóbel quien escribió un carta en la revista Scientific American alegando que los temores de que el RHIC, que iba a iniciar operaciones por esos tiempos, pudiera producir un mini agujero negro estable que se devorara la tierra se podía descartar. En cambio dijo, un acelerador como el RHIC podía producir strangelets, una forma de materia que se encuentra en el centro de las estrellas de neutrones. En ese caso, Wilczek observó, “uno debería preocuparse sobre la posibilidad de que ocurra una transición tipo ice-9—nombre que hace referencia directa a una sustancia imaginaria que en The Cat and the Cradle, novela de ciencia ficción escrita por Kurt Vonnegut Jr., congela la totalidad del planeta y lo convierte en una pelota de hielo—en la que toda la materia que rodea al strangelet se convierta en materia extraña y el mundo completo se desvanezca. Wilcek agregó que quizás su hipótesis no era plausible. Pero el daño estaba hecho, era un premio Nóbel y su argumentación parecía creíble. El Times de Londres tituló al conocer esta carta: Big Bang Machine could destroy the Earth.

La demanda contra el LHC en Hawai

Hawai se encuentra en los antípodas de Suiza. Para recordarle a la humanidad que la puesta en funcionamiento del LHC entraña riesgos que amenazan a toda la humanidad; que lo mismo pudiera ser afectado un ciudadano de Hawai que un ciudadano suizo, un par de científicos con una visión extremadamente pesimista del LHC, el estadounidense Walter Wagner y el español Luis Sancho introdujeron el pasado 21 de marzo de 2008 una demanda en un tribunal de Hawai contra el CERN y las agencias del gobierno de Estados Unidos que cooperan con la construcción y operación del LHC: el U.S. Departament of Energy, la National Science Foundation, Fermilab entre otras. En el escrito introducido en esta corte, los demandantes solicitan que la puesta en funcionamiento del LHC sea pospuesta hasta que se obtenga evidencia (por ejemplo mediante data enviada por el satelite Glast) de que la radiación de Hawking, el argumento más fuerte que nos protege de los micro agujeros negros que pueden formarse durante la operación del LHC), es una hipótesis válida y efectivamente va a hacerlos desaparecer.

Una evidencia semejante podría obtenerse para descartar el riesgo de que el LHC forme materia extraña que sea una amenaza para la humanidad mediante transiciones tipo ice-9. El CERN ha evaluado la probabilidad de que ocurran cualquiera de los dos eventos que más temen los científicos pesimistas y dice que es menor a 1 en 50 millones, probabilidad igual a la de que la humanidad sea destruida por un meteorito que choque contra la Tierra. En una entrevista que le realizara ADNmundo.es Wagner responde a una pregunta sobre estos riesgos: “en esencia los tres experimentos reales que el CERN llevara a cabo, replicar el big bang, crear materia extraña y agujeros negros son experimentos que en el universo destruyen estrellas y galaxias. Sólo una especie tan arrogante como la nuestra puede ahora decir que recrear las condiciones de energía del big bang en la Tierra no ofrece ningún riesgo.” En esa entrevista, hay una segunda opiniòn de Wagner que valdría la pena citar. “¿Por qué lo hacen los físicos cuánticos? Antes hacían bombas atómicas. Este trabajo meramente sigue su línea con una maquina más grande y una bomba más fuerte. Se trata de gente además que cree que el mundo es matemático, no biológico como pensamos los científicos de sistemas y la mayor parte de la gente. La vida pues es secundaria al número. Pero la ultima razón es industrial. El Cern, cuya única razón de existir son los 13.000 millones de dólares gastados en la máquina, no puede contar la verdad y prefiere tomar el riesgo.”

Reflexión sobre los riesgos

Como en todas las historias, hay por lo menos dos maneras de mirar la polémica que ha generado la inminente puesta en marcha del LHC. Una deja a los cientificos bien parados. Parte del supuesto de que los hombres de ciencia son prudentes al hablar y por tanto no están dispuestos a afirmar categóricamente que la probabilidad de que ocurra cualquier cosa, incluyendo los eventos catastróficos descritos por los pesimistas, sea cero. Jamás asumen una postura categórica de negación absoluta de un hecho cuyas posibilidades de ocurrencia sólo conocen teóricamente; lo sentirían como una contradiccion con el espiritu cientifico. Lo malo para ellos es que este principio introduce una asimetría que los pone en desventaja frente a quienes pueden hacer afirmaciones categóricas de cualquier clase sin prurito alguno. Si se suma a este principio (¿ético?) de los científicos la naturaleza incierta de la realidad cuántica, se comprende que sea aún más difícil para los promotores del LHC negar los alegatos de que éste puede ser una amenaza para la Tierra y la humanidad.

Una segunda manera de mirar la situación es pensar que efectivamente los científicos, sobretodo los más inteligentes, pueden ser muy arrogantes. Ellos podrían ser propensos a creer que son poseedores de la Verdad. Y sentir que lo que investigan está por encima y trasciende las a menudo mínimas, cotidianas y pasajeras preocupaciones de millones de seres humanos en todo el mundo. Del mismo modo que el riesgo de la operación del LHC puede afectar a toda la humanidad (hacerla desaparecer), tener la posibilidad de recrear los instantes del comienzo del espacio y el tiempo, y fabricar tipos de materia que se produjeron en esos momentos (como la materia extraña) es fascinante y el conocimiento que se desprenda de todo eso acrecienta el capital cognitivo de la Humanidad. Sobretodo si se considera que la información que se produzca sobre los 600 millones de colisiones por segundo que se registren en los cuatro detectores instalados en el LHC será compartida por una red global que se conoce como La Grilla, que conecta decenas de miles de computadores y a la que tendrán acceso miles de científicos en decenas de naciones.

El problema es que ni la ciencia ni los políticos, y menos aún el hombre común, saben cómo debatir una situación como la que plantea el arranque del LHC. ¿Cómo ponderar el valor de los nuevos descubrimientos que producirá el LHC frente al riesgo mínimo de que miles de millones de seres humanos desaparezcan del planeta? ¿Cómo se debaten este tipo de problemas en una sociedad democrática? ¿Cómo estimar con exactitud los riesgos cuando hacerlo depende de complejísimas teorías e hipótesis acerca de las cuales no se ponen de acuerdo las mentes más brillantes del planeta? Sir Martin Rees, un cosmólogo de la Universidad de Cambridge, Astrónomo Real y autor de Our Final Hour: A Scientist’s Warning: How Terror, Error, and Environmental Disaster Threaten Humankind’s Future In This Century – On Earth and Beyond (2003), dijo en una entrevista para The New York Times en la que comentó este debate que “el problema es que la sociedad no ha acordado acerca de un estándar sobre lo que es seguro en estos ámbitos surreales en los que las probabilidades de un desastre pueden ser muy bajas pero las consecuencias en el caso de que ocurra sean fatales para todos”.

Fin del Mundo, por culpa del hombre

La reflexión sobre la posibilidad de que el hombre tome una decisión que cree una catástrofe que afecte a toda la humanidad y, eventualmente, a la totalidad de la vida sobre la Tierra es algo que se ha debatido en otras ocasiones de la historia reciente. Así, en 1957, durante el discurso de aceptación del Premio Nóbel, el escritor franco-argelino Albert Camus decía: “Cada generación se siente fuertemente llamada a reformar el mundo. La mía sabe que no lo va a reformar, pero su tarea es aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se destruya.” Camus compartía con su generación el temor a que el liderazgo político de cualquiera de las dos grandes potencias, la Unión Soviética o Estados Unidos, enfrentadas por el veneno de la ideología, careciera de la cautela, prudencia y sensatez necesarias, y tomara una decisión equivocada que iniciara una guerra nuclear que acabara con la vida sobre el planeta. Aquella crisis de los misiles cubanos llevó a la humanidad a imaginar lo impensable: que había llegado su hora final. El 22 de octubre de 1962, el presidente John Fitzgerald Kennedy se dirigió a la nación para anunciar que, como habían descubierto la instalación de bases para lanzar misiles en un futuro próximo, iban a establecer un cerco alrededor de Cuba desplegando barcos y aviones de guerra estadounidenses para hacer efectiva su decisión. Dos días más tarde, el 24 de octubre, Nikita Jrushchov respondió que ellos, los soviéticos, no iban a instruir a sus barcos (que llevaban los misiles nucleares a Cuba) que se desviaran. Pero a última hora los barcos soviéticos sí alterararon sus rutas o regresaron a sus puertos de partida. Había prevalecido la sensatez y todo terminó con un acuerdo secreto. Sin embargo, el temor de que algo semejante volviera a ocurrir no desapareció hasta que con la Caída del Muro de Berlín, en 1989, acabó esa pesadilla. O por lo menos, muchos en el mundo pensaron que era pesadilla debía terminarse. Aunque durante las semanas finales del gobierno de Geroge W. Bush, se pensó que la Guerra Fría se estaba reactivando, y que Rusia había iniciado algunas movidas para conformar un incipiente bloque anti-occidental con el apoyo de países como Venezuela, la victoria de Barack Obama como presidente de Estados Unidos, hizo descartar por los momentos, una vez más, ese viejo temor.

Sin embargo, en relación con la esencia de ese temor, la de que una única decisión humana conduzca a una hecatombre global, vale la pena recordar que es necesario que una única decisión equivocada, tomada por un grupo pequeño de personas, digamos los presidentes de las grandes potencias políticas, sea la responsable de producir tal hecatombe.

Catastrofe producida por millones de decisores
Pudiera no ser necesario que haya grandes decisiones para que se produzca la catástrofe. Esta pudiera ser conjurada también por millones de pequeñas decisiones tomadas por personas de todo el mundo que las ejecuten de a poco, en un proceso que a la larga sea tan fatal como apretar el botón del primer misil nuclear para atacar a una potencia de Occidente o de Oriente. Un ejemplo de esto es el problema del Cambio Climático Global. No se trata sólo del liderazgo político y la sensatez de sus decisiones. Para evitar que empeore la problemática del clima global, líderes, instituciones y ciudadanos de todas las naciones se tienen que dar cuenta de cuál es el problema, y formular e implementar soluciones. Es posible que algunas de ellas impliquen un cambio radical en el modo en que piensan y viven sus vidas los ciudadanos de muchas naciones. Sin embargo, afortunadamente, cada día más personas se convencen de que cuanto más temprano se comience a cambiar para afectar menos el ambiente, será mejor. Y esta percepción parece ser más fácilmente adoptada por jóvenes que por gente mayor.

Catástrofes de tercer tipo
Finalmente cabe pensar en una tercera clase de catástrofe que implica pocos decisores. En esta ocasión, no se trata de líderes políticos que toman decisiones fatales emotiva o apasionadamente (al modo en que podría tomarlas hoy en día el fundamentalista líder de una nación musulmana), sino de hiperracionales hombres de ciencia tocados por un hambre de conocimiento absoluto quienes, no obstante su hiperracionalidad, no poseen una comprensión completa y exacta de la complicada red de relaciones causales en el Universo. Conocen este Universo de acuerdo con algo que ellos llaman el Modelo Estándar, pero sobre cuyas finas variacione sno se terminan de poner de acuerdo. Aspectos clave se les escapan. No tiene aún una única respuesta a cientos d epreguntas clave. Y es por ahí por donde se puede escapar un error. Un accidente. O al menos eso es lo que teme el hombre de la calle.

¿O es que no puede el mítico y elusivo bosón de Higgs, llamado la partícula de Dios (a pesar de que Peter Higgs es ateo y se opone a que la llamen así), representar condensadamente el conocimiento absoluto? Incluso si sólo constituye la pieza ancillar sobre la que el hombre de ciencia pueda construir y explicar la estructura última de la realidad, el boson de Higgs sería un buen candidato para calificar como símbolo del conocimiento absoluto, metáfora de la manzana de aquel árbol prohibido del Paraíso, el del Conocimiento del Bien y del Mal; metáfora también de aquel fuego sagrado que robara el Titán Prometeo a Zeus para dárselo a los hombres. Es razonable entonces que cada vez que un hecho científico le recuerde al hombre aquellos mitos antiguos sobre cómo los dioses se vengan de la sed de conocimiento extremo del hombre—expulsan del Paraíso a Adán y Eva; castigan severamente a Prometeo y le envían a la Humanidad los males junto con Pandora—le asalten al hombre, una vez más, los mismos temores. La moraleja es la misma en todos los casos (leída, insisto por el hombre de la calle): cuando el hombre persigue un conocimiento para el que no está preparado, los dioses lo castigan.

Sólo contados hombres de ciencia pueden mirar con frialdad y conocimiento (además de poderosa imaginación e intuición) todas las consecuencias de la persecución de esa nueva parcela de conocimiento que el hombre espera abrir con esta formidable máquina. Queremos el conocimiento y estamos dispuestos a pagar un precio por ello (el LHC ha costado 13 mil millones de dólares), pero amamos este planeta y no queremos que los que más saben, por un acto de arrogancia, le abran las puertas a un riesgo de proporciones gigantescas. Y sin embargo, intuimos que los temores de que acaezca una catástrofe no van a verse fundados. La humanidad no puede desaparecer así no más. Eso no va a ocurrir. En todo caso, no por culpa de una máquina como el LHC.

Quizás porque una catástrofe semejante Dios no la va a permitir. Aun si toda la historia de la fisica moderna pareciera decirnos: hemos llegado hasta este remoto confin del espacio-tiempo y no Lo hemos encontrado, podemos prescindir de Él. Es posible que precisamente ahí, en el alba del espacio-tiempo, apenas instantes después del Big Bang, el hombre se encuentre cara a cara con su Creador. Pudiera ser que encuentre a Dios y no a la sutil partícula elemental a la que ha bautizado con su nombre. ¿No serán muchos de los brillantes físicos de la alta energía, declarados y deseperados ateos que, paradójicamente, persiguen a un Creador en sus noches de insomnio?

Pero, mientras ese encuentro con el Creador no ocurra, toda obra de proporciones gargantuescas que el hombre construya para producir un conocimiento total, es una nueva metáfora de la Torre de Babel y no deja de desepertar los mismos temores de antaño.