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Perplejidad 1, OBL, Adolf Eichmann, el mal radical

Estoy conciente de que he abandonado a mis lectores durante las últimas semanas. Quiero excusarme por haberlo hecho. No puedo solamente atribuir mi ausencia al exceso de trabajo aunque debo reconocer que cuenta en algo. Pero hay también algo de perplejidad, por haberme encontrado con una diversidad de sucesos que de la noche a la mañana, como validados una y mil veces por esa complejísima caja de resonancia en que se ha convertido la web, que uno siente es un ambiente, o ámbito, en el que es mil veces más fácil encontrar conformidad que disidencia. Como si dentro de la red se perdiera o disminuyera considerablemente nuestro espíritu crítico y nos hiciésemos propensos a decir lo mismo que el otro, a repetir lo que otros dicen y, lo peor, lo que otros piensan. De repente, cosas, hechos, proposiciones, afirmaciones, con las que uno no tiene porqué estar automáticamente de acuerdo, se convierten muy fácilmente en verdades.

Ejemplo: 1. Celebración de la muerte de OBL

El presidente Barack Obama recomendó días después de que ocurrieran los hechos que ya todos conocemos, que debían visitar un psicólogo todos aquellos que no estuvieran convencidos de que había que matar a OBL. Cuando escucho este tipo de declaraciones, o cuando, días antes, escuché el discurso en el que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama anunciaba la muerte de OBL, me pregunto si no hemos retrocedido frente al proceso que le siguió Occidente a los criminales nazis. Ahí se hizo un esfuerzo serio por demostrarle al mundo que nosotros, los civilizados, éramos diferentes de ese grupo de asesinos que había llevado a los campos de concentración y las ´cámaras de gas a millones de judíos.

Recuerdo en particular a la filósofa Hannah Arendt (1906-1975) y su libro sobre Adolf Eichmann (Eichmann en Jerusalén, Un estudio sobre la banalidad del mal, 1961), cuya sorprendente tesis (que algunos sostienen la desarrolló para, de algún modo tácito y meándrico, complacer a su mentor, antiguo amante y amigo, el filósofo alemán Martin Heidegger) era que el mal podía ser banal, y que los peores criminales podían (como era el caso de Eichmann) ser oscuros burócratas que realizaran los más atroces crímenes contra la Humanidad sólo cumpliendo órdenes, aspirando al hacerlo, quizá, a escalar una posición más alta en la jerarquía, desarrollar sus carreras o, lo que sería lo mismo, mejorar su posición personal. Este oscuro y banal criminal que a nadie le pareció que er aun psicópata, este criminal que fue hallado responsable directo de la muerte de millones de seres humanos, fue sujeto de un juicio y sentenciado a muerte.

¿Será que OBL era peor que este criminal o será más bien (lo que me resulta francamente deprimente), que desde 1961 hasta el presente, hemos avanzado en nuestro nivel tecnológico y en nuestro conocimiento científico, pero que no le ha ocurrido lo mismo a nuestra ética, o lo que es equivalente, a nuestra capacidad para comportarnos de acuerdo con los principios que fundamentan nuestra sociedad, cultura y civilización? ¿O es que vamos a recurrir al argumento de Kant sobre el Mal Radical (poco desarrollado por este filósofo y solo limitadamente desarrollado por Arendt), que se refiere a la tesis de que hay males que trascienden nuestra capacidad de racionalizarlos, son males que escapan o están más allá de toda racionalización y que, por tanto, colocan a quienes los perpetran más allá de las instituciones diseñadas por los seres humanos para castigar tales males? ¿Me pregunto por ejemplo si jugaba acaso el equipo de Seals responsable de darle muerte a OBL el mismo papel que juega Billy Budd en el análisis que realiza Arendt del mal radical en el segundo capítulo de su libro On revolution, titulado éste “The social question”?

Al referirse al mal radical, Arendt dice que Hermann Melville plantea es su obra Billy Budd marinero una confrontación entre el mal radical y el bien radical donde el protagonista, Billy Budd, que representa al bien radical, le da muerte a John Claggart, personaje que Arendt dice que representa al mal radical. Como el mal radical no sería racionalizable y se encontraría más allá de las instituciones, solo podría ser enfrentado (nunca juzgado) por un ser tan inclasificable (que se encuentra más allá de toda virtud, dice Arendt de Billy Budd) como el mal radical.

Ese concepto difícil del mal radical me hace pensar que aquella retórica del Eje del Mal, y el discurso sobre el Mal, que fue lanzado al ruedo global desde Estados Unidos durante la administración del presidente George W. Bush, pudiera haber preparado el terreno para actuar con una conducta pragmática como la que hemos visto con respecto a este perverso líder terrorista. El discurso de que Occidente debía realizar todos los esfuerzos posible para atacar y exterminar el mal (radical agrego yo), estaría tratando de legitimar una conducta y unas estrategias no consistentes con los principios y valores de Occidente. Estrategia que de otro modo hubiera creado un grado intolerable de disonancia, ruido, y cuestionamientos por parte de la inteligencia norteamericana y los intelectuales que defienden la libertad, la equidad y la democracia.

De algún modo, la retórica del mal logró prevenir o atenuar esta avalancha de cuestionamientos teóricos, alegando que cualesquiera acciones emprendidas para atacar el mal radical, realizadas desde un limbo institucional como por ejemplo la prisión de Guantánamo y, junto con ella, la red de instituciones fantasmas cuya lógica y funcionamiento no eran consistentes con la moral y principios de las instituciones púbicas norteamericanas sólo respondía a la necesidad de hacer justicia y frente a la amenaza de un Mal que el análisis filosófico habría demostrado se encontraba más allá de todo vicio y no podía ser racionalizado.

Me preocupa recurrir al discurso del mal radical como justificación de un asesinato para que el acto no luzca discordante con el espíritu de Occidente, una civilización en la que el humanismo ha sido su piedra fundacional. Un humanismo que, a la vez, se ha fundado sobre el espíritu de aquella frase de Terencio: homo sum, humani nihil a me, alienum puto (soy hombre, nada de lo humano me es ajeno). Y si lo humano no nos es ajeno, tampoco nos debe ser ajena la muerte de un ser humano. De ninguno. Debemos siempre lamentarla. O al menos callar. Que creo que es lo mejor. De otro modo, ¿cómo podemos argumentar que somos mejores nosotros que quienes cantan y celebran la muerte educando a niños para que se conviertan en suicidas, a los que luego les entregan cinturones cargados con explosivos para que con su suicidio prolonguen una espantosa cadena de muertes de inocentes? ¿Cómo podemos decir con alguna credibilidad que solo creemos (y defenderíamos con nuestra vida) los valores de libertad, igualdad, justicia, que son totalmente coherentes con la defensa de la vida? (pensando entre paréntesis, no creo por ejemplo, que un humanista como Albert Schweitzer, de quien dicen que todas las mañanas se arrodillaba para rezar por la vida allá en su hospital en Lambaréné, en el Gabón actual hubiese celebrado la muerte de OBL).

Quedé perplejo ante lo que llamo la conformidad automática, fortalecida por la red y los medios de comunicación. Perplejo ante la falta de una voz más fuerte que llamara a la reflexión. Y todo esto lo escribo para recordarle a los lectores que me lean que necesito menos pragmatismo y más argumentos. Creo que todos necesitamos argumentos, los que son presentados por la parte acusadora y la defensa en un proceso. Creo que el mundo de hoy debe, de tanto en tanto, ser espectador de proceso de este tipo que los obliguen a pensar a fondo sus creencias, someterlas a prueba, y reforzarlas si es el caso. No podemos vivir sin poner a prueba nuestras creencias o nuestra ética. Pensar que creemos y defendemos una cosa, cierto conjunto de valores, principios, creencias y, llegado el momento, sin percatarnos de lo que estamos haciendo o diciendo, actuar totalmente en contra de lo que hemos combatido toda la vida. En conclusión, me niego a celebrar aquello que combato. Y una de las cosas que combato son los ataques a la vida. No me cabe duda de que al final de un hipotético proceso de OBL, la sentencia hubiera sido semejante a la que el tribunal sentenció para Eichmann: la muerte, la cremacion y el vertido de sus cenizas al mar. Por ejemplo.

Lo que me disgusta del caso OBL es el atajo pragmático que hemos tomado como civilización. Me disgustan los atajos cuando se toman con la excusa de que el mundo se ha acelerado y no tenemos tiempo para argumentos que nos distraen de llegar a nuestro destino (¿cuál es ese destino?). O con la excusa de que, si el final iba a ser el mismo, pues siempre se puede actuar sobreseguro (en este caso basados en el argumento de que vivimos un mundo de riesgos crecientes y no siempre manejables), y por tanto tocaba matar primero y luego deliberar. Es contra esta actitud contra la que debemos reaccionar. Porque si actuamos de ese modo pragmático desde el poder y la ley, qué podemos enseñarle al asesino de calle que dispara primero, asesina a la niña de 12 años o madre de 19, por azar, y reflexiona o no a posteriori durante su corta estadía en prisión. De donde saldrá mucho más malo y con más resentimiento.

Estas reflexiones no agotan mi preocupación por este tema. Pero creo que algún momento debo dejar de pensar en él y preocuparme por todo lo que veo durante estos dias y ponerme a escribir. Por otra parte, debo confesar que semanas después de los ataques el 11 de setiembre, publiqué un artículo en la prensa venezolana en el que argumentaba que éstos eran en efecto un ejemplo del mal radical concebido por Arendt y que por tanto debían ser tratados analíticamente y pragmáticamente como tales. Que sólo asi podría Occidente protegerse del riesgo de que se repitieran en el futuro.

No es que ahora me contradigo. Pasa que poseo información que no tenía cuando escribí ese artículo. Pero luego de ver los resultados de una posición extrema como la que sostenía Kant, Arendt y otros, me decido por la moderación y huyo de la radicalidad en política y filosofía. Principalmente, porque creo que no podemos predecir nunca los resultados de una toma de posiciones extremas. La verdadera civilizacion consistirá en diseñar instituciones que sean capaces de tratar lo extremo como casos cuantitativamente extremos y no como si formaran parte de elementos que están fuera de las taxonomías, fuera de las instituciones, fuera de la lógica y la razón, Porque en ese territorio nos puede asaltar la oscuridad y, al caminar por ese limbo umbrío, nunca sabemos con certeza qué peligros nos podems topar.

Imágenes del ocio

Vacaciones en la playa, Litoral Central, Carnavales 2011

De tanto en tanto, me alejo por unos días de esa posición de observador perseverante y no desinteresado del drama que, con un tempo en continua aceleración, nos narra el mundo actual a través de los múltiples dispositivos a los que estamos conectados, para mirar la naturaleza o la gente real. Necesito a veces un descanso de la visión de esa panorámica dramática que la realidad cotidiana nos ha obligado a mirar, a menudo sin comprender (o por lo menos no de inmediato), lo que pasa y, menos aún, su sentido. Durante esos momentos de descanso converso plácidamente con amigos o conocidos, descorcho una botella de vino, camino por cerros o calles vecinas, o leo un libro o dos al mismo tiempo. Por ejemplo, me llevé a estos días de playa para leer en el apartamento en que me alojaba, el Orlando de Virginia Woolf, y La advertencia del ciudadano Norton de mi amigo Karl Krispin. Quisiera escribir más adelante sobre estos dos libros. En todo caso, el primero es la biografía novelada sobre ese personaje de ficción de extraordinario carisma charm y belleza que, a semejanza del griego Tiresias, fue hombre y también mujer, como para conocer dos puntos de vista desde los que se puede ver, experimentar y comprender la realidad. El segundo, narra la historia de Max Moro, un personaje perseverante, terco en su modo de enfrentar el mundo, que insiste en seguir los caminos del orden y la ley en medio de un entorno urbano crecientemente caótico como es Caracas, a sabiendas de que no va a lograr lo que se propone, y menos aún cambiar la incomprensible y violenta realidad. Pero nada de eso desanima a Max ni lo hace abandonar el país, como ha ocurrido con muchos otros. Tuve también la oportunidad de ver durante este carnaval un par de películas, A tall dark stranger, escrita y dirigida por Woody Allen, en la que éste regresa a algunos de sus temas de siempre, como el azar y el destino, el bien y el mal, el deseo y el amor, la pareja y sus crisis, y (como envolviéndolos a los demás), los ineludibles miedos y goces que experimenta todo creador, y en particular el escritor. La otra película que vi fue Io sono l´amore, dirigida por Luca Guadagnino, y protagonizada por Tilda Swinton, actriz de rostro tan particular, que en la película interpreta a Emma de Recchi, una rusa que se ha casado con un poderoso empresario del norte de Italia (Milán). Siento que Swinton le permite el director mostrar cómo puede salir, de un modo sereno y contenido, de esta mujer de ademanes severos y parquedad en la expresión de sus emociones, pero que se presenta en todo momento vestida con la elegancia polícroma de modelos diseñados por Raf Simons para Jil Sander, semejante tsunami de pasión, capaz de llevarse por delante todos los obstáculos que sel azar haya dejado en su camino. No dejaré de hacerle una nota a esta película hacia el final de esta semana.

Pero no era mi propósito en esta entrada hablar de libros o películas sino más bien compartir algunas imágenes que tomé entre el sábado y el lunes de carnaval en una playa del Litoral Central, en el estado Vargas. Encuentro un encanto muy particular en las fotos que muestran cien, doscientas o más personas en un lugar. Creo que fue eso lo que me impresionó de las fotos de vi alguna vez de Sebastián Salgado en el libro Éxodos.

No deja de impresionarme la multiplicidad de posiciones que en un instante dado, una fracción de segundo, pueden mostrar cada una de las personas captadas por la cámara. Posiciones que, desde lejos, pueden sugerir acciones que cada una de las personas retratadas realizaban en el instante en que fueron captadas/congeladas por la foto. Es como jugar a mirar con los ojos de Dios por un instante. Imaginar que desde allí miramos la mvastedad del mundo en toda su anchura y largura. Mirando con más detenimiento estas fotos antropológicas, busco imaginar lo que les pasa por la mente a esas personas en el preciso momento en que fueron captadas por la cámara. Sus deseos, sus emociones, sus sueños, el placer que sentían al hacer lo que hacían, o de qué manera el ocio se reflejaba en sus cuerpos de modos espacialmente diferentes. Pero no quiero hablar más de estas imágenes. Solo quiero compartirlas. Temo que las palabras no capten lo que quiero mostrar.

Foto 1. La foto de abajo fue tomada hacia las cuatro de la tarde del lunes de Carnaval. Me deleito mirando esa perfecta integración de los carros, las motos, las camionetas, los autobuses, con la carpas o toldos y la gente. Al ver toda esta gente desde la distancia, uno deja de sentir, como lo pudiéramos haber hecho en otra ocasión, que esa intimidad que tiene el vehículo con las personas es fuente de alguna impureza o que contamina la estética de un paisaje del ocio. Los vehículos en esta imagen son otra cosa, protección, identidad (estoy desnudo en el mar pero el vehículo dice quiénes somos yo y mi familia), recuerdo o fragmento del hogar (quizás metáfora del hogar), garantía del regreso a la casa, reservorio de víveres y por tanto seguridad, y muchas otras cosas. La imagen es un canto a la diversidad y a las posibilidades de convivencia pacífica de gente que vive en Caracas o en el litoral. La espuma del mar blanca como signo de tregua, distracción y distensión de la violencia perenne de la ciudad de la que tantos desean huir o descansar por un rato.

Vacaciones en la playa, Litoral central, Carnavales de 2011

Foto 2. La foto de abajo es como un detalle de la imagen precedente. Fue tomada unos minutos antes. Por cierto, la foto no numerada del comienzo sí es un detalle de la foto 1. En ésta se pueden ver con mayor detalle cada persona capturada por la foto.

Vacaciones de carnaval en la playa, Litoral central, Carnavales de 2011

Foto 3. Otro grupo de gente vacaciona en la playa. Forman parte de un grupo más homogéneo. Los vehiculos no aparecen en esta foto; el espacio permite dejarlos lejos de donde están los toldos, que son todos del mismo color. Esta gente parece mas homogénea como grupo y sin embargo ello pudiera ser una ilusión. Se parecen a la gente de las dos fotos anteriores en que también muchos de ellos residen en Caracas y han llegado allí para alejarse por un rato del agite, caos y ruido de la ciudad.

Vacaciones en la Playa, Litoral Central, Carnaval del 2011

Foto 4. Esperando la ola, al atardecer en el malecón.

Foto 5. Rompe la ola al atardecer en el malecón. El contraste entre esa masa líquida que es el agua de mar, a esta hora dorada y enceguecedora, y las miles de gotas que nacen (y mueren) de la ola al romper contra la piedra.

Foto 6. Rompe la ola en el malecón al atardecer (2). Otra ola, otro patrón de rompimiento en el que aparecen formas. Caprichosas figuras fugaces y fortuitas nacidas de una colisión entre el agua y la piedra. Como una remebranza de Hokusai y su obsesión con la ola.

Rompe la ola en el malecón (2), Litoral Central, Carnavales de 2011

Foto 7. Velero tricolor navegando al atardecer sobre un mar dorado.

Velero navegando al atardecer, Litoral Central, Carnavales de 2011

Foto 8. Una vez más rompe la ola en el malecón de la playa al atardecer.

Rompe una ola en el malecón (3), LItoral Central, Carnavales 2011

Haiku y twitter, dos experiencias místicas

Haikus y twitter

Matsuo Basho

¿es o no es,
el sueño que olvidé
antes del alba?


Jorge Luis Borges, Diecisiete haiku

Me pregunto si el twitter, esa plataforma de la web 2.0 que obliga a sus usuarios a escribir mensajes de un máximo de 140 caracteres, es un punto de inflexión que nos pudiera llevar a nosotros occidentales hacia la simplicidad y sabiduría del haiku, forma de expresión poética japonesa y minimalista, que tiene una extensión fija de 17 sílabas (versos de cinco, siete y cinco sílabas), y que con el tiempo fue apropiada por el budismo zen por su idoneidad para retratar el mundo del espíritu. Digo esto porque aprecio en el twitter méritos que no encuentro en otras plataformas de la web (ni en otros formatos de expresión literaria por otra parte), para desarrollar nuestra capacidad de síntesis y decir mucho con pocas palabras. Ha habidointentos de describir novelas completas en un tweet. Recientemente, le he dedicado algo de tiempo a pensar en los distintos canales que nos conectan con el mundo externo y siento que el twitter se distingue de otros por esa simplicidad.

Sin embargo, cuando estoy muy rígido tiendo a pensar que el twitter no es más que un trayecto, diferente en su diseño pero semejante en su sentido, a ese camino de creciente fragmentación de la información que recibimos a diario, una de cuyas consecuencias es una suerte de pulverización de la realidad cotidiana, que con esfuerzo la podemos reconstruir con ayuda de todo esos miniladrillos de información (apenas más grandes que los bytes) que nos llegan por millares. Como si viéramos el mundo a través del ojo de una mosca, siento que esta práctica del zapping generalizado que la hemos extendido de los medios a la vida real, nos hace mover nuestra atención, en el lapso de minutos, desde la pantalla de televisión (en la que hemos pasado los ojos en vuelo rasante sobre decenas de canales), a la pantalla del móvil inteligente, a la pantalla del computador, en la que pudiéramos estar navegando la red buscando información sobre algún tema relacionado con una de la snoticias que acabamos de mirar en la TV, a las tareas de los niños, o al apretado resumen de lo que hizo nuestra pareja en su día de trabajo (si tenemos la suerte de vivir bajo el mismo techo y no en diferentes países y distantes husos horarios como pudiera ser el caso). Todo lo cual, en esos momentos de rigidez, me hace pensar que esta tendencia a la fragmentación de lo real (su llegada hasta nosotros en millares de pedazos mínimos como si fuesen fragmentos de metralla) nos va a alejar cada vez más de la realidad, y va más bien a contribuir a que configuremos nuestra propia realidad, distinta y cada vez menos congruente con la de quienes nos rodean. Se hará por tanto cada vez más difícil comunicar a nuestros vecinos qué estamos sintiendo, pensando, experimentando en un momento dado.

El haiku, la restricción, la síntesis, la masa

Pero como dije antes, hay otras veces en que el twitter me gusta porque nos hace sintéticos. Nos obliga a esforzarnos. Crea una disciplina de la restricción que considero que es buena para la creación y para muchas otras cosas. Porque, como nos recuerda Jon Elster en sus trabajos sobre Ulises y las sirenas, no siempre más es mejor que menos. Es precisamente esa restricción que define la extension máxima de un tweet lo que me lleva a pensar en los haikus. Uno de los más grandes maestros de esta forma poética japonesa fue Matsuo Basho (1644-1694), poeta japonés célebre por sus haikus, entre los cuales recuerdo éste:

como recuerdo
a una amapola
deja sus alas la mariposa

¿Es el haiku una expresión que por su diminuta extensión propicia la fragmentación? Hago el ejercicio de imaginar a Basho en los momentos anteriores a la escritura de ese haiku, cuando pudo haberle llegado la inspiración para escribirlo. Lo imagino caminando por el campo, entre setos y flores. Quizás camina por un camino escarpado cubierto de rocas que hacen difícil su transitar. Sus ojos miran a su alrededor. No detienen la vista sobre nada en particular, no miran puntos fijos. Pero tampoco se les pasa por alto nada importante. Basho vive cada dia, cada hora de cada día, con una total conciencia de su presente. Conciencia que va mucho más allá de aquel carpe diem horaciano.

Explica su percepción de la totalidad cotidiana su iniciación en 1681 por el maestro zen Bucho en 1681. El tono hoy más pálido y triste de una mínima y amarilla flor silvestre, la mancha iridiscente dejada por el polvo de las alas de una mariposa sobre una amapola cuyos tonos rojos pudieran haber ganado en intensidad cromática lo que la mariposa perdió en colorido. Todo lo captan los ojos de Basho, en ágil e ininterrumpido movimiento. Eso le permite darse cuenta de que ese color más intenso en la amapola no proviene de un renacimiento de la flor sino más bien de una pérdida (cromática) en otro ser. Se percata Basho de ese sutil, silencioso, fugaz y fortuito intercambio de belleza que tiene lugar entre flores e insectos, entre dos pares cualesquiera de animales y vegetales. Con eso le basta a Basho para cantarle a ese par. Como un poeta que cantara al amor de un amante que sacrificara su belleza por su amada. Pero con un tono infinitamente menos meloso, melifluo o melindroso. Sin afectación pero con sensibilidad. Y lo dice en voz baja. Breve, fugazmente. Y con eso es suficiente para que llegue a nosotros, incluyéndote a ti querido lector, más de 300 años después y a miles de kilómetros de donde nació. Porque el poder y belleza del haiku reside en que los mejores poetas se dan cuenta de que su esencia es la de ser un espejo, un reflejo, una chispa, o simplemente un racimo de átomos del aliento expirado por una garza o por un león segundos o siglos antes de que nazca el haiku. Por eso no hay fragmentación en el haiku de Basho porque al nacer ya forma parte íntima y consustancial con la naturaleza que lo inspira. La voz de Basho se une a ese griterío indiferenciado de la naturaleza en primavera, o al más sosegado murmullo invernal. El diminuto haiku es como un grano de arena, que no es fragmentación sino masa (en el mejor sentido que le prestaría Canetti a ese término). Masa que como tormenta bate y arrasa cuando sopla recia sobre las dunas del Sahara.

El twitter, la multiplicidad, la simultaneidad, el oido de la divinidad

Regreso ahora al twitter. Mi amigo Balthazar (cuyo nombre verdadero me reservo) es un seguidor a ultranza de esta herramienta. Cree que el twitter es la magia de la información digerida, fragmentada hasta su esencia. Ante mis críticas ocasionales se convierte en apologeta de esta herramienta. Piensa que con esa réplica digital del gorjeo de los pájaros, Occidente se acerca al haiku. Luego de abrir su cuenta de twitter, hará unos seis meses atrás, Balthazar decidió un día pasar a ser más disciplinado en el uso de esta nueva herramienta. Al cabo de una semana su decisión rindió frutos: estaba siguiendo a 7.123 productores de información (aunque sólo 834 lo seguían a él, pero eso no le importaba). Siempre había sido un buen oyente; pensaba que nuestro tiempo es el tiempo de los que escuchan, de los que saben callar. Contaba entre los que seguía a: líderes políticos, revistas, museos, periódicos, celebridades, centros de defensa de derechos humanos y del ambiente, amigos, amigos de sus amigos, empresarios, científicos, artistas.

Días más tarde, muy temprano en la madrugada, cuando todos dormían en su casa, me cuenta Balthazar que se quedó mirando durante una hora ininterumpida en la pantalla de su computadora su cuenta de twitter. Leyó todos los mensajes. Cada minuto recibió un promedio de 47 mensajes, escritos en tres lenguas (dos que Balthazar medio comprende, las otras dos que medio masculla), provenientes de twiteros en 23 países y cuatro continentes. Tweets políticos de la gente en Venezuela; tweets cotidianos, sobre lo que habían desayunado dos personas en Los Angeles, tres sobre un artículo de Vanity Fair que acababan de leer, uno desde Polonia, sobre el lazamiento de un nuevo celular, otro sobre la degustación de un plato en una restaurante de Dubai, sobre el infarto que le dio al marido de una escritora en un país de Europa del este, sobre mil quinientos temas más. Nadie escribe nada desde Oceanía pero eso es algo circunstancial, ya llegará. Cierra los ojos, imagina que escucha todos esos mensajes en las lenguas en que han sido escritos. Trata de imaginar timbres de voces de mujeres o de hombres según el caso. De gente joven, madura, o anciana. Lo que oye no es un ruido blanco como hubiera creído. Tampoco se parece a esas voces que los esquizofrénicos escuchan todo el tiempo dentro de sus cabezas. Si es cierto que son susurros. Pero le dicen algo. Pesca sentidos que como chispas de luz se conectan a muy rápida velocidad entre sí y llegan a su inconciente. Le recuerda a un sonido que no cree haber escuchado en ningun lugar. Tampoco es el susurro de miles de feligreses rezando en una mezquita o rezando en voz alta el Padre Nuestro en la Plaza de San Pedro. En este caso, las voces están dispersas por todo el mundo. Piensa Balthazar que su ejercicio de imaginación es una rara aproximación a la experiencia de la simultaneidad sin tener que violar una docena de leyes físicas para lograr la ubicuidad. Balthazar sigue escuchando. Imagina escucha rlo que lee. Les confiere voces y timbres distintos. Lleva a límites impensables su imaginación auditiva. Y piensa que no hay fervor en este mensaje agregado que logra escuchar. Pero hay sentido. Un sentido impronunciable que Balthazar, angustiado, no puede descifrar. Sueña que se parece a lo que escucha Dios. A una billonésima fracción de lo que escucha. Ese escuchar incesante de Dios de todo lo que susurra o profiere a gritos el corazón de los hombres; así como el de otros seres que habitan otros miles de mundos en nuestro Universo. Escuchar de ese otro susurro casi inaudible de lo que piensan y ni siquiera susurran, las mentes meándricas de hombres y mujeres. Emular a Dios no en el hacer sino en el escuchar. En ese ejercicio pasivo de la divinidad. Algo se aclara allá lejos, adentro de él. Algo titila. Se duerme agotado durante las siguientes cuatro horas. Descansa por mucho tiempo luego de haberse convencido de que escuchaba lo mismo que Dios.

Hemingway, Lawrence y el sol en Margarita

Atardecer en Playa Parguito, Isla de Margarita, 2010

He was not a tragic character, having his father and being a writer barred him from that, and as he finished the whiskey and Perrier he felt even less of one. He had never known a morning when he had not waked happily until the enormity of the day had touched him and he had accepted this day now as he had accepted all the others for himself. He had lost the capacity of personal suffering, or he thought he had, and only could be hurt truly by what had happened to others. He believed this, wrongly of course since he did not know then how one´s capacities can change, nor how the other could change, and it was a comfortable belief.

Ernest Hemingway, The Garden of Eden

Semana Santa en Margarita

Con frecuencia, cuando leo me gusta combinar un libro con otro libro, leyendo dos libros al mismo tiempo, intercaladamente, entreveradamente. De este modo, a veces, a diferencia de la Rayuela de Cortázar, en la que el autor esperaba que el lector ideal leyese los capítulos en un orden azaroso y caprichoso, he leído uno o dos capítulos seguidos de un libro para inmediatamente tomar el otro y alternar la lectura de los dos libros de modo que por momentos ocurre, como en un cadáver exquisito, que la narración se funde. Los límites entre las dos novelas o, en otros coasos, entre el ensayo y la novela, o entre el libro de poemas y la novela dejan de existir y, una vez que ese juego de alternancias se ha hecho automático, comienza a fluir una narración maravillosa en la que no hay solución de continuidad; sólo cambios en los timbres, en el tempo, en la cadencia e inflexiones de las voces de los personajes o del narrador. Cambios que se hacen menos soprendentes que los cambios tremendamente súbitos, disruptivos y violentos que produce la realidad. En otras ocasiones, prefiero leer fragmentos más largos, y los libros dejan de fusionarse. Los límites quedan distinguibles. Evito deliberadamente dejarme engañar como en el otro caso. No caigo en mi propia trampa. Simplemente me divierto con la diversidad.

El mar desde el morro en Playa Parguito, Isla de Margarita. 2010

Lo otro que suelo hacer es combinar un libro con aspectos del lugar donde lo leo. Y casi siempre pasan cosas. Es como si la lectura conjurara cosas. Como si el acto de leer le devolviera a uno a ese tiempo pretérito en el que la palabra era magia y creaba el mundo. Ese tiempo antes de la Caída en el que éramos como dioses. Ratificando ese texto de que en el principio fue la palabra (Logos) que luego se hizo cuerpo, ojos, manos, palabras y caricias de otros; o ruidos, del mar, de las hojas de los árboles agitadas por el viento, de los niños que juegan y corren a la orilla de la playa. Me refiero a que ocurren coincidencias sorprendentes. Palabras que escucho exactamente al mismo tiempo que las leo. O que el color de la camisa del vendedor de ostras que pasa delante de mi sea idéntico al del vestido de la protagonista en la página de la novela que estoy leyendo. Pudiera ser sincronicidad jungiana. Pero es también posible que mi mente esté entrenada para descubrir cuándo los dos mundos se reunen por un instante, se tocan tangencialmente. Como si el uno tratase de seducir al otro, convencerlo de que se acerque sin miedo y explore libremente sus contornos. Persuadirlo de que intente un contacto más duradero. ¿quién es el activo y quién el pasivo? se preguntarán algunos. ¿Es la ficción una descocada que intenta poner patas arriba a la realidad? O por el contrario, ¿es la impredecible, compleja y (en la actualidad tan) loca realidad la que se ha propuesto poner patas arriba a la ficción? La verdad es que no lo sé. Esto es algo que no me había planteado antes y lo pensaré con detenimiento luego. En todo caso, esta conversación entre los dos mundos, el de la realidad y el de la ficción, es uno de los placeres que encuentro en la lectura.

Mango en rebanadas con sal preparado para su venta en vasos de plástico en Playa Parguito, Isla de Margarita, 2010.

Me detengo ante esta reflexión sobre el acto de leer y recuerdo aquel ensayo de Roland Barthes sobre El placer del texto. Barthes hablaba de un texto de placer que oponía a un texto de goce. “Texto de placer: el que contenta, colma de euforia; proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura. Texto de goce: el que pone en estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje. ” (p. 25). Me pregunto si la mía es una práctica confortable de la lectura y pienso que sí.

Pero Elías Canetti, en la novela Auto de fe (cuya lectura terminé en Margarita, leyéndola en un apartamento por lo poco práctico de llevar semejante libro a la playa) sugiere que la lectura, y por extensión la cultura, son una defensa contra la masa. Es entonces que pienso que leyendo este libro (de Hemingway) rodeado de cientos de vendedores ambulantes, y no menor número de temporadistas estoy quizás buscando aislarme para no fundirme con ellos en esa masa que amenazaba con formarse y consolidarse en muchas playas de Margarita durante esta Semana Santa. Y sin embargo, pensando mejor me doy cuenta de que no le temo a la masa. Está bien estar rodeado de tanta gente, mientras uno pueda mirar el mar y escuchar el sonido de las olas de un mar agitado por la brisa e iluminado por la luna llena.

Cerro Guayamurí visto desde Playa Parguito, Isla de Margarita, 2010

Toda esta introducción para contar que en Semana Santa, cuando fuí a Margarita, pensé que sería muy adecuado llevarme un libro que acababa de comprar, The Garden of Eden, novela póstuma de Ernest Hemingway, en la que el autor trabajó de modo intermitente entre 1946 y 1961, año en que murió. En esta novela, una joven pareja de recien casados, el escritor David Bourne y su bella esposa Catherine, pasan unas semanas en la Costa Azul, cerca de Cannes. Disfrutan de unos días de playa durante los cuales se acuestan a tomar sol como si quisieran cocinarse a la brasa. Los dos se aman y disfrutan de la comida y la bebida que les sirven en los hoteles donde se alojan. Pero de repente, comienza a salir a flote en Catherine un conflicto que, al principio se expresa como un deseo de parecerse a él. Como si quisiera que la confundan con él, y que la gente que lo ve piense que son hermanos gemelos. Pero luego este conflicto se complica cuando aparece Marita, una hermosa mujer de la que ambos se enamoran. Como suele ocurrir con las relaciones impares, ésta es inestable y termina del modo que uno puede prever. Con una serenidad que por momentos llega al estoicismo, David resiste, sufre o convive con la creciente crisis de género, explosiones emocionales y celos de Catherine, quien me recuerda a la protagonista de Sun, un cuento de D.H. Lawrence, en el que una mujer se dedica con una obsesión frenética a tomar Sol. Un cuerpo dorado impregnado de luz solar, como si la llevara a todas partes, para combatir o balancear la oscuridad interior. Lo que los personajes de ambas historias sienten son sus facetas más oscuras. O más bien, sus cuerpos más oscuros, aquéllos que ellos han decidido ocultar debajo de una dorada epidermis. Y sin embargo, en ambos casos, estos cuerpos oscuros, estos otros yos, salen a la superficie como olas que por encima de la superficie de color azul profundo mostraran su crestas blancas.

En el cuento de Lawrence hay otra cosa. Este autor, como sabemos, cuando vivía fue tremendamente criticado por su postura crítica frente a la hipócrita moral victoriana que había permitido que (como lo narra en el prefacio a Lady Chatterley´s Lover), una mujer inocente conviviera casada durante veinte años con un supuesto hombre que luego ella descubrió era en realidad una mujer vestida de hombre. Pero Hemingway fue criticado tambien por su crítica a la razón y la ética cientifica, encarnadas en intelectuales y escritores como Geroge Bernard Shaw, quienes adoraban la razón y cifraban sus esperanzas de un futuro mejor en la ciencia y la tecnología. Para Lawrence, Aristóteles y su largo linaje de racionalistas, vinculados o no a la religión cristiana, fueron la causa de que el hombre de Occidente se alejara de su cuerpo, de sus sentidos y con ello del cosmos. Para Lawrence el ser humano debería abrazar la totalidad del cosmos en cada inhalación (ver su texto final Apocalypse, escrito poco ante de morir, que revela mucho más sobre el autor que sobre la naturaleza o secreto de este libro de la Biblia). Esto nos ayuda a entender que la mujer del cuento “Sun·, lo que necesita es precisamente esa reconexión con el cosmos que ella piensa que puede lograr, únicamente, mediante su recepción, a brazos abiertos y cuerpo desnudo, de la luz solar. En este amor a la fuerza y vitalidad del cuerpo y la importancia de los sentidos, se asemejan Hemingway y Lawrence.

Volviendo a la novela de Hemingway, uno de sus elementos más contemporáneos es la preocupación narcisista de los personajes, especialmente de Catherine, por su cuerpo, por su cabello, que lo corta a lo garçon en la peluquería de su amigo Jean. Otro elemento contemporáneo es la preocupacion por identificar las marcas, especialmente las de los vinos, champagnes y destilados que beben. Entre esas marcas, la que se convierte en una de las palabras más veces repetida en la novela es Perrier. Ésta acompaña la mayoría de los tragos que David prepara para él y sus dos mujeres, Catherine y Marita, la otra mujer.

Vendedora ambulante, Playa El Agua, Isla de Margarita, 2010

Comencé y terminé de leer en Margarita esta novela. La leí en ocasiones tomando un whisky con agua y hielo en el mismo momento en que David se tomaba un Armagnac con Perrier y hielo. O yo me tomaba una piña colada cuando quizás Hemingway, acompañado de un daiquirí o de un mojito en el restaurante El Floridita, en Cuba (donde este escritor decubrió el sabor del aguacate, la piña y del mango, quizás de uno más maduro que semiverde que compraba, me comía y fotografiaba en la misma playa Parguito) escribía o revisaba el capítulo en el que David se tomaba un Lanson (porque Hemingway, revisó una y otra vez esta novela hasta su muerte). O yo tomaba un espumante argentino o chileno, pisando la arena caliente bajo el toldo de un amigo en Playa Parguito, Playa el Agua, o Playa Caribe, cuando leía una página que Hemingway podía haber escrito en compañía de un whisky con Perrier mirando a lo lejos el mar agitado por un viento que llegaba desde muy lejos, alimentado por el monzón. Porque ¿cómo ven los escritores la realidad cuando escriben sobre lo que recuerdan o sobre lo que anticipan? Contemplan verdaderamente la realidad o se les yuxtapone con la de sus personajes. ¿Se confunden en la mente del escritor la ficción en proceso con la realidad? Creo que la lectura de esta novela fue más rica en relaciones al permitirme apreciar el color del cielo o el del mar. Estar en Margarita mientras leía a Hemingway me ayudó a imaginar los matices azules del cielo y del mar de la Costa Azul tratando de contrastarlos con los que en ese momento veía en Margarita en esos días en que en Venezuela aún no había terminado la larga sequía. Y luego, al caer el sol, dejaba aparte esta novela, y esperaba a que saliera la luna. Y uno de esos días, de repente miré sobre el morro en un extremo de la playa ya medio oscura y pude advertir cómo el perfil de unas siete personas quedaba encerrado dentro de un círculo blanco que uno en esos momentos no puede creer que era la luna. Y cuando me muevo para fotografiarlo, ya la luna había subido y cambiado de posición. Ya el grupo de gente había quedado a la derecha y la luna más bien encima de una concavidad que parecía un bostezo de la colina, o uno de esos gestos de admiración que abre la boca y deja al observador como un tonto. Aunque mirando una vez más la foto que he subido para ilustrar esto, me convence más la idea de que me recuerda a una montaña que se quiere tragar la luna, como ignorando cuál es su tamaño. U olvidándolo adrede.

Luna llena en Playa Parguito, Isla de Margarita, 2010

Y yo también me olvidé de Catherine en ese momento. Aunque pensé que David podía haber visto lunas llenas de ese tamaño cuando de niño cazaba con su padre en África. Y deseé que en el cuento ése que David escribe a lo largo de decenas de páginas de la novela (porque no olvidemos que David es un escritor reconocido), el niño que fue David haya podido ver una luna como la que yo estaba viendo en compañía de todos los que estaban conmigo en la playa, los que me acompañaban y los que no conocía pero intuía que estaban como yo, con los ojos bien abiertos, olvidando por un instante tanta locura urbana, tanta necedad, tanta viveza criolla, tanta violencia, y demás cosas, y como poniendo la mente en blanco, como si ese blanco pudiera parecerse al blanco platinado de la luna cuando salía por encima de la colina. Y quise también que mirar esa luna llena hubiera consolado al David niño de la culpa y trizteza que lo embargaban por haberle advertido a su padre y sus ayudantes sobre las huellas del elefante que perseguían para matarlo.

Notas:
1. La copia de The Garden of Eden (1995) de Ernest Hemingway fue publicada por Charles Scribner, New York (pp 248).
2. “Sun”, forma parte de los cuentos recogidos en The Woman Who Rode Away, de D.H. Lawrence (1977), publicado por Penguin Books, Great Beritain.
3. El ejemplar de Roland Barthes (1984), El placer del texto y la lección inaugural. Publicado por Siglo XXI Editores : México.

Crónicas de la sequía (4), Turbidez, transparencia

Valles de Caracas hacia el suroeste. Calima recubriendo la ciudad. Marzo de 2010.

Persiste esta sequía y su expresión más reciente es la calima (aunque me gustaría más llamarla calina porque rima con neblina y sería una palabra más intuitiva), que cubre casi todos los estados del país. Una niebla seca que colorea de un amarillo oro la luz de la media tarde, o la de la media mañana, y de un rojo intenso, casi con tonos de magenta, el sol del amanecer o el del atardecer. Pero es un sol amarillo tibio o rojo casi frío que apenas nos calienta. Se trata de un fenómeno de amplificación de la refracción de la luz del sol que “rebota” en millones de microcorpúsculos (con un diámetro de entre poco menos de diez micras y unas cuantas decenas de micras) antes de llegar a nuestros ojos. Y sin embargo esta inundación de luz cálida es como un regalo de la naturaleza frente a esa condena a la que nos someten las prácticas de incremento de eficiencia o ahorro de energía eléctrica, que han reemplazado la cálida luz de los bombillos de filamento incandescente por la fría, o apenas tibia luz, de los bombillos fluorescentes que, para hacerlo peor, aún no se sabe cómo se va a manejar el mercurio que contienen en su interior. Son trazas pero al sumar millones de estos bombillos se convierten en una fuente importante del peligroso mercurio. Digo que esta calidez cromática de la luz solar es uno de esos inesperados beneficios que, por carambola, nos trae esta persistente sequía.

Otra vista del suroeste de Caracas, con sus cumbres recubiertas por ese velo blanquecino que es la calima. marco de 2010.

Pero la calina, aparte de producir ese fenómeno cromático que disfruto y se que al menos por lo raro hace que muchos lo disfruten, tiene ese efecto directo de hacer desaparecer todo lo que está lejos de nosotros. Como se ve en las dos fotos tomadas este lunes poco antes de las cinco y media de la tarde desde la subida hacia El Volcán, en la Boyera, desde mucho slugares de Caracas se ha dejado de ver El Avila. De hecho, ayer me decía un amigo que esta niebla seca, que borra de un modo tan sorprendente todas las montañas de este valle al cubrirla de esa capa lechosa que es la calima, que tenía la sensación de que Caracas estuviera en una llanura porque desde algunos puntos de la ciudad, lo que puedes ver hacia adelante o hacia atrás es igual, un sinfin blaquecino que se difumina hasta el cenit, donde se torna azul celeste.

Crea esta calina la sensación de que formamos parte, como si fuéramos figuras pintadas en un cuadro, de uno de esos típicos paisajes de William Turner, esas vistas del Támesis, o de Londres con el Támesis, neblinosas, con un sol amarillento, con contornos que se difuminan hacia los lados. La diferencia es que uno siente mirando la pintura de Turner que su niebla es rica en vapor de agua; una niebla húmeda, que pudiera mojarnos o humedecernos. Pero esta calima es seca y a muchos nos hace sentir, más bien, como si estuviéramos en el corazón de una tenue pero continua tormenta de arena que tiene lugar en medio del desierto, en una vasta llanura a la que hemos sido transportados temporalmente o, quizás permanentemente.

Aparte del fenómeno cromático, que lo disfruto como algo bello, hay algo más. Y es que, en una como ironía de la Naturaleza, en este país en el que todos los días alguien se queja de que falta transparencia (todo como que quisiera ocultarse a nuestros ojos) estamos ahora viviendo casi perdidos en el corazón de una densa nube opalescente, lechosa, calinosa, que parece tener el poder de ocultar de la mirada inquisidora de millones de desorientados ciudadanos (que se sienten con derecho a pedir cuenta), todas las satrapías, todos los juegos sucios, todas las traiciones, todos los actos que se colocaron mas allá de la ley o de la ética. Calima para calmar a los transgresores, para encubrir a los cómplices, para ocultar a la luz del día los manejos sucios o, lo que ha sido más comúnmente la práctica, la incompetencia, la negligencia, las omisiones en los ámbitos público y privado.

Turbidez que, a semejanza del velo que apuntala la ilusión y que levanta el mago súbitamente, pudiera desaparecer de la noche a la mañana, o diluirse en la atmósfera. Turbidez que evoca sutilmente la historia del niño cuyo grito en ese cuento de Andersen desconstruye la ilusión. Calima como base o sustento de una alegoría. O como recuerdo permanente de un estado de cosas. Que todos intuyen debe cambiar.

Recuerdo aqui aquel cuento del escritor Nathaniel Hawthorne, reunido en Twice told stories (Historias dos veces contadas), quizás se llamaba “El velo negro del pastor”. En este cuento, un pastor decide un día ponerse sobre la cara un velo negro, pero no explica a nadie por qué. Esto despierta múltiples sospechas de todo tipo que arruina su reputación. Solo explica antes de morir. Dice que se lo hubiera quitado solo si eso que deja de decirse el hermano a la hermana, el amigo a la amiga, el padre o madre a los hijos, y viceversa, y así con todos, sólo si todo eso que no se cuenta se contase. Como esa situación que él adversa persiste, pide que lo entierren con ese velo negro. Ahi termina el cuento. Lo traje a colación para decir que era un cuento sobre la utopía de una sociedad completamente transparente. Pero estamos lejos de esa transparencia. Lo estamos en lo físico y en tantas otras cosas más.

En lugad de transparencia turbidez que difumina todo lo que nos rodea. Al borrar hasta la duda los contornos y los límites, mina la agudeza del pensamiento. ¿Cómo se puede pensar agudamente, con la precisión de un bisturí, los problemas de nuestra vida o los de nuestra comunidad, cómo pensar el país con la agudeza de una hoja laser, cuando todo lo que vemos está cubierto de ese velo blanquecino? Peter Kien, el protagonista de Auto de fé, de Elías Canetti es tan agudo y su memoria tan perfecta que en sus sueños todo tiene contornos precisamente definidos. Sueños hiperlúcidos que superan en precisión los que tiene César, el personaje de Abre tus ojos, de Alejandro Amenábar. Quizás el único punto a favor de esta turbidez es que nos protege de la rigidez, de los juicios categóricos y finales, de las categorías esencialistas. Vivir en medio de lo brumoso nos hace creer en la realidad de las visiones borrosas y difuminadas que vemos en nuestros sueños, o de las sombras cambiantes que divisamos en la penumbra.

Y sin embargo, tenemos la convicción, la fe en que esta sequía no será eterna. Volverán cielos límpidos. El aire dejará de ser tan pesado y se hará leve como el rocío queregresará junto con la lluvia. Otros dirán, volverán gestiones y políticas limpias como esos cielos Y otras cosas más.

Crónicas de la sequía (3), Aprendizaje de la escasez

Árbol seco que huye del fuego en La Bonita, incendio de las colinas, 6 de marzo de 2010. (foto cortesía de CD)

La sequía persiste y ello ayuda a que proliferen los incendios de las colinas y montañas que rodean este valle de Caracas. Mi hija dice que los incendios y la niebla que produce la sequia la ciudad se hace más lugubre. La calima, esa niebla seca que en las madrugadas no se condensa como rocío pero que inflama la garganta y los ojos. Esa niebla que difumina como en los cuadros de Turner los paisajes, y nos deja ver el Avila como si flotara (al estilo de las montañas de Pandora en Avatar) sobre la superficie del Támesis al amanecer.

Guri, nivel crítico
El nivel promedio que he tenido el agua en el embalse de Guri, localizado en el estado Bolívar, es de 266 metros sobre el nivel del mar (msnm) y su máximo posible es de 271 msnm. Cuando en el pasado alcanzaba este nivel, Edelca abría las compuertas (aliviaderos) de la Represa en la Central Simón Bolívar. El mínimo histórico registrado por el lago ocurrió el año 2003 cuando se ubicó a una altitud de 243,5 msnm. Todavía estamos lejos del mínimo de 2003. Hemos llegado (lunes 8 de marzo de 2010) a la cota de 253,64 msnm. Lo malo es que en la actualidad la demanda de energía a nivel nacional es mayor y las plantas termoeléctricas (principalmente Planta Centro y Tacoas) están operando a un porcentaje mucho menor de su capacidad instalada.

Anteayer decía la primera página de el diario El Nacional que en poco más de un mes podría llegar el día en que la represa de Guri llegue al nivel de inoperatividad de ocho turbinas. Para que esto ocurra el nivel del embalse debe llegar a los 240 metros snm. Y a la fecha, su nivel desciende aproximadamente unos 15 cm diarios, magnitud que no es fija dada la forma cónica del perfil del embalse, y las esporádicas lluvias que han caído en las cabeceras de los rios Caroní y Paragua, que alimentan el embalse. Las lluvias podrían reducir la tasa de descenso,lo mismo que podría hacerlo si se reduce la presión sobre la represa y se deja salir un menor flujo de agua. Sin embargo, todo hace creer que llegar a esa cota fatídica será inevitable. Todos se preguntan qué haremos si esto ocurre. Los expertos opinan que llegado el caso, se tendrán que hacer cortes de electricidad de entre 6 y 10 horas diarias a nivel nacional. Esta situación define quizás el rasgo más importante de esta crisis eléctrica. A esto llamo una situación de escasez extrema.

Gerencia de la cuenca y crisis eléctrica
El domingo 7 de marzo El Nacional publicó un trabajo de Fabiola Zerpa en el que se dice que el caudal actual del Caroní ha llegado a un mínimo histórico de aproximadamente 300 metros cúbicos por segundo. El promedio durante la sequía en años anteriores fue de 1.400 metros cúbicos por segundo, y el promedio durante la estación de lluvias fue de 4.000 metros cúbicos por segundo. El reportaje le atribuye este estado deplorable a los caudales de los ríos que alimentan a Guri, no sólo a la sequia actual sino a otros factores como: la minería de oro ilegal que ha deteriorado significativamente la calidad de la cuenca incrementando los sedimentos y contrbuyendo a la deforestación. ” De acuerdo con un estudio realizado por Edelca en 2004, la minería artesanal generaba 86 mil puestos de trabajo. El Estado (el Ministerio del Ambiente), sostienen expertos entrevistados, no tuvo ni la capacidad de formular una solución eficaz de sustitución de esos puestos de trabajo cuya actividad era nociva para con el ambiente, ni capacidad de implantación de políticas que redujeran o eliminaran el problema. Cuanto más se ahonda en el problema se aprecia que el fenómeno de El Niño no es sino un arista de una compleja problemática político, económica y ambiental que han engendrado las crisis eléctrica y de agua (ambas iterrelacionadas) que el país sufre actualmente.

Vista cenital (desde el sstelite) del Rio Caroní y la Laguna formada por el embalse de Guri (1985).

Rojo, azul y rocío
Esa suerte de continuidad entre los colores cálidos de la sequía y del fuego que ésta propicia y el proyecto terco de la Revolución de insistir en el color rojo una y otra vez. Lo importante que sería en estos momentos pensar, insistir, reverberar redundantemente alrededor del color azul y todo lo que éste denota o connota: el agua dulce y salada, la nieve, el hielo, las nubes, y sobretodo el mar y el cielo, y la idea de libertad que inevitablemente inspiran. La escasez enseña a extrañar la fugaz brevedad del rocío. Por supuesto a amar la fugaz brevedad de la vida. Carpe diem.

Paradoja de la abundancia
Recuerdo un libro escrito hace más de una década por Terry Lynn Karl, The paradox of plenty (1997), en la que la autora argumenta que los estados cuyas economías dependen fuertemente de la renta petrolera (petroestados) tienen pocos incentivos a construir sólidas instituciones estatales puesto que la renta, que siempre es dinero fácil, crea la ilusión, tanto en los ciudadanos como en las agencias del gobierno, de que la nación es rica. El Estado y los ciudadanos aprenden a organizarse para captar las mayores participaciones de la renta petrolera y no para producir. Para usar las ideas de Karl en la interpretación de la situación actual habría que sumar a su explicación el rol de la ideología.

Abundancia y ceguera a la escasez
Para una nación que desde su origen, desde que las etnias aborígenes de cazadores y recolectores obtenían sus alimentos gracias a una gratuita y graciosa prodigalidad de la Naturaleza, sólo ha conocido la abundancia (evocada en el escudo nacional por las dos cornucopias entrelazadas), la conciencia de la escasez y cómo se actúa frente a ella es algo difícil de aprender. Históricamente, han sido tan diversos y duraderos los períodos de abundancia que hemos olvidado a darnos cuenta cuándo estamos en escasez y qué debemos hacer para enfrentarla. Creemos por ejemplo que la actual crísis de agua y la concomitante crisis eléctrica, son cuentos de viene el lobo y que luego no pasará nada. Claro que esta desconfianza en que las dos crisis señaladas (y otras como la económica o la de seguridad) sean reales pudieran estar bien sustentadas: en los últimos 10 años han ingresado a Venezuela cerca de un millón de millones de US dólares. Por otro lado, si en este período se han regalado miles de millones de dólares a otras naciones, luce inconcebible que ahora el Estado le esté pidiendo a la ciudadanía que se haga un uso eficiente de los recursos. Pocos entienden el regalar dinero a otras naciones como un uso eficiente de recursos.

Comprensión aislada de la escasez
Y sin embargo, conozco amas de casa que están regando sus matas o haciendo correr el agua de sus baños con baldes de agua que son llenados durante las duchas diarias que toman, como en una acción de reciclaje del agua que usan para bañarse. Otras simplemente han recortado a la cuarta parte el tiempo que dedican a ducharse. O duermen en este tiempo de calor extremo sin aire acondicionado. Pequeñas adecuaciones que nadie sabe si serán suficientes. Me pregunto si tendrán una impronta duradera en el venezolano. ¿Nos harán más concientes de la escasez? ¿Nos prepararán para una escasez futura de algun otro recurso? Releo Biografía del hambre de la escritora francesa Amelie Nothomb. Sobretodo esas primeras páginas en que la autora narra su encuentro con tres súbditos de Vanuatu (antiguas Nuevas Hébridas), quienes le recuerdan a unos baobabs. Estos hombres son para ella un misterio porque no conocen el hambre. Nothomb descubre de repente que los originarios de Vanuatu son seres aislados que han vivido en la rarísima condición de abundancia total. Y por tanto, no sueñan con comida, porque no la desean. Uno de ellos le dice un día: “En Vanuatu hay comida por todas partes. Nunca hemos tenido que producirla. Extiendes las manos y en una te cae un coco y en la otra un racimo de plátanos” (p.14). Los venezolanos no nos parecemos tanto a los Vanuatu. Somos ciudadanos y no súbditos (todavía). Y Hemos empezado a conocer la escasez. Escasez general de agua, energía, seguridad, salud, educación. Sólo nombréla; la conocemos o conoceremos pronto. Demás está decir que Nothomb hace en este libro una defensa del hambre de comida, chocolate, vino, amor, cultura, placer, vida.

Conducta en la escasez
Nuestra incultura e ignorancia sobre la escasez, sumada a la tendencia al autoritarismo en la conducta de los organismos del Estado, parecen hacer a nuestras agencias gubernamentales aproclives a adoptar políticas de corte policial que se expresan en la identificación y persecución de los actores que no cumplen con la regulación, los cuales, no son solamente señalados como agentes que no hacen un uso eficiente del agua o de la energía eléctrica, sino que también se convierten en sospechosos de conspiración contra el regimen y contra el logro de los elusivos y confusos objetivos que persigue.

Esperando la cooperación
Ante todo esto uno se pregunta si será que hay grados de escasez (grados de estas crisis) y si llegaremos a cierto nivel más crítico de escasez en el que el Estado, el Gobierno y la población se vean forzados a abandonar una actitud de ignorancia de la situación de crisis o de persecución policial de los que no cumplen legislación de emergencia y decidir sinceramente que la mejor conducta es la cooperativa. ¿Cuándo se darán cuenta los actores sociales de que deben dejar de lado el conflicto y elegir la concertación?. Todavía recuerdo las palabras dichas hace muy poco por el Presidente, cuando la recordaba al país que ni él ni su partido necesitaban ni estaba de acuerdo con la reconciliación, que es un paso previo y necesario (aunque no suficiente) para la concertación y coordinación de un conjunto de políticas que nos ayuden a salir de las crisis.

Perversiones de la ideología
Uno es testigo como ciudadano, no sólo de que la falta de concertación reduce las posibilidades de eficacia por falta de recursos y de información, sino también de que el empeño en seguir con decisiones ya tomadas (olvidando el principio de costos hundidos) en los que se ha invertido recursos, tiempo y sobretodo retórica insustancial, impide reconocer cuáles son las mejores políticas y apoyarlas. No se trata de un problema de información sino más bien de que la ideología actúa como una gríngola que impide evaluar cuáles son las políticas idóneas para salir de estas crisis.

Crónica de la sequía (1), Resistencia

El final de un fin de semana en Caracas de un día seco de febrero. Con sus cielos azules de calina y nubes tenues como organza que no traen agua sino pinceladas blanquecinas. No hacen sino recordarnos esta larga sequía que produce la sed de plantas y que uno teme que acarree la sed de animales y hombres, si no llegan pronto las lluvias. Para las plantas son días de resistencia. Cuando se desplaza por la ciudad, a dondequiera que uno mire ve setos amarillentos, árboles sin hojas, huellas de la sequía. Es también tiempo de resistencia para ese grupo de cinco árboles que crecen solitarios en la colina, a medio camino entre la base y la cima de la senda que lleva hacia El Volcán, cerca de donde están las repetidoras. Me los encuentro una o dos veces por semana cada vez que subo para mirar desde lejos una vez más este valle y El Avila que cada día muestra áreas más grandes de color amarillo pajizo, producto de esta sequía. Son árboles retorcidos, marcados en su corteza por incendios de años anteriores, estremecidos por la inclemencia del viento, la lluvia y quien sabe si los rayos. Aún se yerguen dignos y ofrecen su sombra a todos los que descansan bajo ellos. Alguien talló cerca del pie de uno de ellos el relieve de una virgen que no se quemó con el último incendio de la colina, hace poco más de un año. Y esa montaña al frente. Avila que resiste la sequía y quizás envía a sus pájaros, al alba antes de salir el sol, y al atardecer, a otear el horizonte para que le avisen si divisan a lo lejos nubes oscuras cargadas de agua. Como para olisquear la llegava de las lluvias.

La sequía, la resistencia

Resistimos nosotros y aprendemos de a poco el sentido de la escasez. Resistimos mirando el cielo azul con sus escasas nubes. Los superticiosos anticipan tiempos peores antes de que lleguen las lluvias. Otean el horizonte gobernantes y gobernados en todo el territorio. O quizás ahora, gracias a la tecnología, no se hace necesario mirar el horizonte. Es suficiente con mirar mapas satelitales que muestran un territorio límpido desde el espacio y comprender el drama con antelación e insomnio. La ironía de una persistente transparencia cenital (relativa porque la calina enturbia el aire), en un país en el que escasea la transparencia de las instituciones públicas. Cielos límpidos para que el ojo de Dios nos vea mejor desde el espacio y conozca mejor nuestras obras buenas y las malas. O para que lo hagan mejor exploradores de otros mundos. Inútil perspectiva cenital de nuestro territorio. Como si fuéramos escenario para un ser superior que como espectador con billete privilegiado, mira nuestro drama cotidiano con una simultaneidad que nos apabullaría. Lo que es cada segundo para 28 millones de almas, y cuerpos. Tiempos de sequía que uno aprende a vivir como tiempos de resistencia.

Santa Teresa de Jesús, 1674

Pensé casualmente hace una semana en la resistencia cuando hojeaba la edición de 1674 de las Obras de la Gloriosa Madre Santa Teresa de Jesús, el libro más antiguo que guardo en la biblioteca. Miro este libro y lo pienso como objeto que resiste el paso del tiempo. Ha resistido a la voracidad del comején, que no obstante sus intentos de devorarlo en su totalidad, o al menos algunas de sus líneas más iluminadas, se ha tenido que conformar con tragar la desnudez de las márgenes de escasas páginas. Se ha salvado este libro con cubiertas de cuero de siglos de conatos de ataques de hongos, moho, humedad y, las que pudieran haber sido la peor amenaza, aquella a las que más temía el sinólogo y bibliófilo Peter Kien, personaje de Auto de fe, de Elías Canetti: las voraces lenguas del fuego. Quizás ahora no resista al amenaza digital, la digitalización de la totalidad de la letra impresa por parte de google, y futuros competidores, que luego harán inecesario conservar estos libros. Cuando versiones futuras del iPad, el kindle, y otros más mejoren sustancialmente la lectura de formatos digitales en e-paper. Pero éstos libros no tendrán comejenes, olores, desgaste. Serán siempre blancos, o amarillos. Siempre los mismos. Pienso aquí en ese concepto ajeno a nuestra realidad actual que es el de realidad aumentada (augmented reality). Quiero una pared nueva que muestre el jardín. Pues ahí la tienes, basta con modificar el software responsable del color de todas las paredes de la casa. El que establece dónde está cada ventana, sus tamaños, y el color y textura de cada pared. la realidad aumentada permite paredes que pudieran estar durante años del mismo color sin descascararse, ni desteñirse.

Vivo sin vivir en mi/ Y tan alta vida espero /Que muero porque no muero, escribe la mística en la página fotografiada aquí arriba. Al leer este poema uno siente como si arrojara esta santa su paciencia y, como cansada ya de resistir la distancia del amado incorpóreo que es Dios, con el que no se puede fusionar del todo mientras tenga un cuerpo físico, le rogase porque la muerte la venga rápido a recoger. Nada de postergar la muerte con palabras o actos. Nada de esa voluntd de vivir que nos muestra Sherezade, que posterga la muerte a la que la condena el sultán Shahriar con ese interminable rio de palabras.

Asimetría, Bartleby, Pereira, la excepción

Pienso la resistencia como un concepto que difiere de la reacción. La ley de acción y reacción extrapolada a la vida necesita un frente rigido contra el que chocar. La reacción es freno de una acción y devolución de otra con sentido contrario. La reacción es contra evolutiva porque puede devolver el statu quo al pasado; pudiera hacer que las cosas se asemejen a como eran antes. La resistencia en cambio no se define por su rigidez, puesto que lo que resiste puede ser flexible, y de hecho estos árboles solitarios que resisten el viento sobre la colina son flexibles, como lo son, casi por antonomasia, los bambués, metáforas de la flexibilidad y por tanto paradigmas de la capacidad de resistir. Porque lo que resiste se define por su relación con aquello que busca ejercer alguna clase de dominio. Por otra parte, yace en el corazón de la resistencia una relación esencial de asimetría—del tipo David versus Goliat—entre un poder de gran magnitud que aspira a ejercer el control o el dominio y aquello que es sujeto de ese poder, o al menos se espera que lo sea, pero que sin duda posee mucho menor fuerza. Cualquier escena de los indios dirigidos por Gandhi frente al inmenso poderío británico. Una escena posible de rosas blancas que impiden el paso de tanques o de un ejército de soldados fuertemente armados. La asimetría entre aquello o aquellos que resisten y el poder, existe aún si este poder es casi invisible, tan suave y delicado como se quiera. Aún si el poder llega al extremo de parecerse a una manipulación y al hacerlo confunde al sujeto al que aspira subyugar hasta hacerlo olvidar cuál es su voluntad, qué es lo que realmente desea, quién o qué es lo que realmente ama, características éstas que son comunes en el discurso amoroso y casi congruentes con la más sabia seducción, en tanto que utiliza para lograr sus fines, la sabiduría de las palabras, los aromas, los sabores, la estimulación de nuestra piel en las áreas más sensibles al tacto o al contacto. Pero no olvidemos que lo esencial no es la naturaleza del poder que se resiste sino su magnitud. Es la diferencia entre magnitudes lo que define la asimetría. El poder, sea visible o invisible, sutil o brutal, supera de modo formidable las fuerzas de aquel que se aspira a controlar. Pero éste, tercamente, en lugar de ceder, resiste. La resistencia es siempre una decisión del tipo preferiría no hacerlo. Al estilo de Bartleby, héroe pequeño, casi anónimo y triste de la resistencia imaginado por Herman Melville quien decide no dejarse convencer de hacer lo contrario de lo que ha decidido hasta que al final muere. O el también casi anónimo Pereira, aquel personaje de Antonio Tabucchi en la novella Sostiene Pereira, periodista de la columna cultural de un periódico de Lisboa durante la dictadura fascista de Salazar. El modo casi invisible en que Pereira resiste; casi como si no resistiera. La resistencia como un acto de identidad frente a la presión para que el individuo se conforme a los dictados de lo que lo rodea. Del entorno social, la moda, las tendencias. La resistencia como un acto de desobediencia. Pero también la resistencia como una excepción a una regla tácita de conducta obediente, tal como está planteado en la novela del escritor danés Christian Jurgensen, La Excepción. Pero en todos los casos, la resistencia como un acto dentro de un ambiente de asimetría. De otro modo no hay resistencia sino antagonismo. O si se trata de una confrontación más completa, un enfrentamiento agonístico entre pares.

La resistencia como camino ascético

Lo otro, es que no tiene sentido pensar que aquello que resiste—digamos un estado pequeño frente a la codicia avasallante de un estado imperialista, expansionista, colonialista o hegemónico—a su vez trata de imponer un control total sobre sujetos que detentan un poder mucho menor. Pensemos por ejemplo en un pequeño Estado que imponga una dictadura totalitaria a sus ciudadanos. No puede hablarse de resistencia del Estado pequeño frente al poderoso si al mismo tiempo se define una condición de opresión, represión, control o dominio de ese mismo estado pequeño sobre sus ciudadanos. El acto de resistir, unge moralmente y espiritualmente a aquel o aquello que resiste, sea individuo, grupo, Estado, lo imprega de un aura de absoluto. Es esto lo que le impide admitir transacciones, relativismos, transitividades; esto lo que lo hace inconsistente con tropos lógicos, tácticos o estratégicos. La resistencia es, a semejanza del ayuno o la oración, un acto ascético que eleva al sujeto que resiste por encima de lo material y por encima de su beneficio directo. la resistencia es, como el arte o el amor, un acto incondicional, gratuito y absoluto no consistente con ninguna doble moral. Es totalmente inconcebible una doble moral en Bartleby, paradigma literario de la resistencia y la obediencia a sí mismo. En Bartleby su resistencia es su integridad moral y él prefirió la muerte a ceder.

Resistencia versus persistencia, Ada o el ardor

Difiere también la resistencia de la persistencia. Esta última es activa, se ejerce a lo largo del tiempo y acompaña a la acción. Persiste el maratonista en su correr hasta llegar a la meta. Persiste el fugitivo en su fuga hasta que se escapa de la vista de su cercelero o perseguidor. Persiste el deseo (y el amor), como en el caso del personaje de Ada o el ardor, de Nabokov. Ada a es amada por su hermano el doctor Van Veen (quien erróneamente piensa que Ada es su prima), a lo largo de su vida. Aunque algunos podrían sostener que tal deseo, para perdurar a lo largo de tantos años, debe haber tenido una enorme capacidad para resistir los ataques inclementes del olvido lo que prevalece es su persistencia que en el extremo deriva en obsesión. Le resistencia es en cambio pasiva. Es siempre una respuesta a un intento de control o dominio con el que no se está de acuerdo.

Sherezade, el sultán, Aixa La Horra

Para mi, la verdadera narración de la resistencia es la historia de Sherezade y el sultán Shahriar. Cuando se lee por primera vez esa colección extraordinaria de historias
que son Las Mil Noches y Una Noches, uno cree que el autor (autores) nos quería contar una historia de resistencia y postergación de la muerte (alargamiento de la vida) con ayuda de la ficción. Pensamos entonces que el débil personaje femenino se vale de la estrategia típicamente femenina de tejer un tapiz de palabras para impedir que el hombre de poder, brutal, parco, y cuya vida la dicta y dirige la acción, ejecute con fiereza y determinación el acto prometido. Sin embargo, la resistencia de Sherezade es ilusoria. El sultán Shahriar, desde el primer instante que Sherezade comienza a contar el primer cuento, queda irremediablemente bajo el hechizo de sus palabras. Es este rio de palabras abrumador, este caudal inagotable de historias que contiene historias (que contiene incluso la historia de ella y el sultán) lo que define la magnitud formidable del poder retórico de Sherezade y por tanto configura la asimetría esencial que convierte a Las Mil Noches y Una Noche en un historia de la resistencia del sultán, frente al poder sutil, evanescente e invisible (aun cuando audible), que posee Sherezade, que crece a medida que se desarrolla la historia. Resisten al principio fuertes sus propósitos, permanece incólume su crueldad. Pero con el tiempo se diluyen; se disuelven dentro de la poderosa ilusión que construyen las historias de Sherezade, y el sultán olvida su voluntad, y sucumbe a la seducción. El sultán capitula hacia el final, deja de resistir y se deja arrastar por el amor. La lección menos manifiesta de esta colección de historias es precisamente ésa: que la resistencia sólo se puede abandonar por amor. No por cobardía, y menos aún por debilidad. Por eso la dureza de las palabras con las que Aixa la Horra (Aïsha bin Muhammad ibn al-Ahmar), última reina de Granada, le reclama a su hijo Boadbil el Chico—cuando éste vuelva la cabeza para contemplar por última vez Granada, luego de que ha rendido la ciudad sitiada a los Reyes Católicos—: “Llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.

Minar el poder

La recurrencia de la resistencia, su duración, su insistencia, el éxito de quienes resisten en impedir que el poder logre sus objetivos, cualesquiera que éstos sean, terminan por debilitar la ilusión que sustenta el poder (porque en toda clase de poder hay un tipo de ilusión, incluso en el más primitivo y brutal hay ilusión y no sólo fuerza física); hay una revelación para los otros, sometidos o fuera del alcance de ese sometimiento, del tipo el emperador está desnudo. La resistencia entonces desconstruye el poder y de este modo lo mina, lo carcome como el comején al libro y al hacerlo quiebra la hegemonía. El poder del Imperio Británico se debilitaba cada vez que moría un inidio en un acto de resistencia pacífica. Pero incluso al comienzo, antes de empezar a minarlo, la resistencia muestra las grietas, pone una lupa en los puntos débiles de esa suerte de muro monolítico que pretende siempre ser el poder ante aquellos sobre los que se ejerce.