Archivo de la categoría: Adrian Pujol

Adrian Pujol (3), Comentarios sobre la pintura, el paisaje, y la naturaleza

Adrian Pujol en la sala de su casa

Tuve la posibilidad de grabar cerca de dos horas de conversación con Adrian Pujol. El hilo narrativo era la historia de su evolución como artista. Adrian es un excelente narrador y me contó, en un soberbio esfuerzo de síntesis y memoria, el proceso que lo condujo de una pintura que se podría clasificar retrospectivamente como de crítica cultural a una pintura paisajista que tenía afinidades con el postimpresionismo y que lo vinculaba a la tradición de su maestro Joaquín Torres Lladó. Pero de tanto en tanto, le preguntaba cosas que lo obligaban a interrumpir momentáneamente su hilo narrativo. Y se iba por meandros. Porque su pensamiento es meándrico aunque profundo. Profundiza e investiga términos, conceptos, ideas relacionados con problemas que le suscita la ejecución de su oficio. Uno adivina rasgos obsesivos en su aproximación a ciertos problemas. Como cuando llena un cuaderno con notas realizadas en esa letra pequeña, de caracteres regulares que escribe con marcadores de cinco o seis colores. En lo que sigue, no aparecen transcripciones de esas notas. Solo comentarios que hiciera en el marco de alguna pregunta que le formulara durante las dos sesiones de conversación. He numerado los comentarios y paara hacerlos más legibles he puesto subtitulos. Sé que constituyen un material más crudo. Pero intuyo que les pueden ser útiles a otros artistas o a quienes tengan algún interés en la obra de Pujol.

1. La pintura como monólogo

El concepto de monólogo lo comprendo en los ámbitos individual y personal. La pintura que en algún momento decido hacer es un careo conmigo mismo. Mi experiencia es mi temporalidad en este mundo. Es monólogo porque no espero que sea el público el que me de el feedback u me señale el camino que debo seguir. Es un problema personal y existencial en el que trato de responderme preguntas del tipo: “¿Qué caminos futuros voy a tomar en mi obra? ¿Cómo voy a caminar sin el riesgo de encontrarme una y otra vez con callejones sin salida que me hacen sentir que el trabajo de uno, dos o más años voy a tener que dejarlo, cerrarlo ahí, porque no es por ahí por donde debo continuar?” El monólogo es mi búsqueda de un camino o forma de caminar que me lleve hacia donde quiero llegar con el menor número de retrocesos, reculamientos, detenciones. Monólogo que además me ha servido para llegar a donde estoy ahora. Ahora se donde estoy y hacia donde quiero o debo ir.

2. Adrian cezanniano

Para mi pintar es como una especie de torbellino, y pintar paisajes es algo complejo porque cuando voy a pintar paisajes no tengo nada predefinido No llevo un concepto previo. Voy y me enfrento con el paisaje. Para mi pintar paisajes no es tortuoso, todo lo contrario es una fuente de felicidad. Sin embargo, durante todo estos años que he estado frente a la naturaleza, he aprendido de ella muchas lecciones. Pero no tengo la lista de las lecciones. Por ejemplo, Cezanne hablaba que se tiene que observar la naturaleza y que ella te enseña.

Al escuchar a Adrian pienso en Cezanne diciéndole a su amigo Joaquim Gasquet: “Vuelvo siempre a esto: el pintor debe consagrarse enteramente al estudio de la naturaleza e intentar producir cuadros que sean una enseñanza”. Adrian es profudamente cezanniano en su aproximación a la naturaleza y el arte.”(cita de: Joaquim Gasquet, Cezanne. Lo que vi y lo que me dijo, Madrid, Editorial Gadir, 2009).

Leyendo a Cezanne he constatado que es cierto que la naturaleza nos enseña. Pero Cezanne no presenta nunca una lista de lecciones sino una lista de obras. Mirando mis obras podrás dilucidar esto. El que quiera ahondar en esto, el que quiera no ver solo qué es Playa Medina y qué es El Avila, sino qué es lo que se oculta detrás de los paisajes. El paisaje es desencadenante de un conocimiento que no es el conocimiento verbal ni científico sino el pictórico, el de las imágenes pintadas. Ahí está la clave de lo que he aprendido. Pero además he sentido muchas otras cosas que no las he pintado. O quizás sí las he pintado pero fallidamente.

Pero Adrian vuelve al tema de que la naturaleza enseña y que es una verdad que se ha olvidado en la contemporaneidad. Y es importante decirlo de nuevo: La naturaleza nos enseña.

3. Relecturas de la vanguardia y la historia

Ahora se están releyendo la vanguardia y la historia y habría que ver si estas relecturas de la historia y de la plástica se hacen por hacer o si se hacen porque los conceptos que se manejaban y el sentido que tenía todo esto sigue vigente. O si estos mismos conceptos tienen un sentido nuevo, distinto, y por lo tanto se puede dar una lectura distinta de esto mismo. Y ahí viene una de las lecciones de esto que me interesan y es ver si esta idea de pintar del natural puede tener vigencia. Porque como esta pintura ya fue hecha por los impresionistas se pudiera alegar que no es nada novedoso. Entonces (me pregunto) qué pasa con este aspecto que es observar la naturaleza, qué me pasó a mi a lo largo de estos años, y eventualmente, qué pasa si yo observo otros aspectos que no son la naturaleza, como pueden ser la historia o mi cotidianidad. O qué ha hecho la pintura durante todos estos años. Pienso que hay conceptos que están vigentes para mi. Y que pudieran tener una lectura que diera yo y que esta lectura la hiciera gracias a esa lección aprendida de la naturaleza. A lo largo de todos esos años la naturaleza me ha dado lecciones que he aprendido y que no puedo ni debo verbalizar pero que están expresadas en mi obra.

Cezanne nunca te habla de su pintura o de lo que hizo en su pintura. A él lo presionó Gasquet, dígame qué es lo que tiene su pintura, y él le respondió: Es una mezcla de círculos, cubos y conos. Pero si ves la obra de Cezanne, no ves nunca un círculo, un cubo o un cono, ves pinceladas estructuradas. Pero fíjate que esto que Cezanne mete en una carta aislada, dio sustento incluso al cubismo y éste a las vanguardias y éstas al cinetismo y este último a todo lo que está pasando ahora con la geometría.

4. Referentes

Las tradiciones en las que pinto son el impresionismo y el postimpresionismo. Pero me resisto a hablar de mis referentes. Eso es algo que el espectador tiene que leerlo en mi pintura; no es el artista el que debe señalarlos. Eso (los referentes) deberían ser atribuciones de los espectadores, quienes las harán más o menos bien dependiendo de su formación y su cultura. O del curador, que es parte del público. Pero la gente que entiende no pregunta los referentes. Cuando yo voy a una exposición identifico los referentes de la obra que estoy viendo. Ese es uno de los placeres de ver pintura. Detectar la historia del pintor. Ver de dónde viene, de dónde sale, cómo existe.

5. La fotografía

Es un arte que siempre me ha acompañado. Por ejemplo los cuadros que hice para las exposiciones sobre muros (1978.1980), o sobre carpas (1980), fueron a base de fotografias. Eran fotografias proyectadas. Sin embargo ésta era una de mis crisis, el hecho de que yo tenía que depender de algo que me ayudara a crear mis propias imágenes. Obviamente luego de 30 imágenes de carpas y 30 de lonas desistí y me dije que por ese camino no iba mi pintura. No puedo depender de una fotografia para expresarme. Sin embargo la fotografia es muy importante y es un mundo del cual disfruto y al que pertenezco.

6. La escultura
Aunque soy pintor y no escultor, siempre he querido hacer escultura. Pero a veces una idea de las que tengo ameritaria hacerle una escultura. Sin embargo me considero un aficionado. Aun cuando son evidentes las posibilidades expresivas que te abre, y yo las dejo entrar. O salir

Adrian Pujol (2), Su pintura como obra abierta y polifónica

San Marcos, crepúsculo, Venecia, 1999, acrílico sobre lienzo, 54 por 97 cm (foto: cortesía del artista)

Me interesa en este segundo texto sobre el artista (ver el primero aqui) ese modo que tiene Adrian Pujol de carearse con el paisaje. Y en este texto que todavía encuentro abstracto cuando lo leo hago un ejercicio de imaginar y analizar eso que imagino, tratando de responderme de qué modo en ese careo o enfrentamiento que Adrian realiza con el paisaje se engendra una obra de arte.

Como si hubiera emergido desde algún ámbito olvidado de su memoria, en esa reflexión que hizo Adrian a propósito de la obra “Amazonia” (citado en el primer texto de la serie sobre el artista en este blog), uno siente que su modo de trabajo se basa en una reelaboración, luego de diez años de práctica del oficio, de una técnica pictórica de inspiración stanislavkiana que le enseñó su maestro Joaquín. La de Adrian es una pintura en la que el proceso de producirla, cargado de una mezcla compleja de emociones y pasión, condensados en el gesto del artista, son tan importantes como la obra que resulta de ese proceso, que es escencialmente dramático. A diferencia del producto industrial, en el arte de Adrian Pujol importa el proceso. La obra es el proceso tanto o más que el producto. Un proceso que no implica solamente la ejecución que realiza el artista tal como la podemos ver desde “afuera”. Ejecución que sigue una rutina bastante estructurada pero siempre incierta en sus resultados.

Llega el artista, contempla el paisaje, elige aquello que va a pintar. Coloca luego la tela en el suelo. Se para (por lo general) descalzo frente a ella, e inicia la ejecución doblando el torso, estirando su brazo hacia la tela, para pintar con pinceladas ágiles, fuertes, seguras. Mira el paisaje, mira la tela; alterna su vista entre el uno y la otra. Pero no hay descanso, no se relaja. Nunca baja del todo la cabeza fijando los ojos de modo permanente sobre la tela, como si no quisiera que el paisaje que ha impresionado su retina se le escape de su memoria. O más bien, porque no se trata solo de una operación mental o visual, como no queriendo que el paisaje se le escape del cuerpo (como si tuviese temor de que éste se le pudiera escapar del cuerpo cuando no lo ve), o como si a este paisaje que se subjetiviza le doliera que no lo veas. Como si fuera el modo particular del paisaje de retaliar, de expresar un dolor (narcisista) por no ser admirado (deseado). O por no serlo de modo suficiente. Porque un artista pudiera desear tenuemente o mínimamente a un paisaje. O no desearlo del todo y pintarlo cerebralmente sin pasión. Pero en Adrian la pintura es un acto corporal y dramático que implica agudeza, talento, destreza en el oficio, pero sobretodo una pasión que llega a doler. Porque lo que ha aprendido Adrian es, no sólo a mirar el paisaje, sino a respirar con cada poro de su cuerpo ese paisaje. A sentirlo de un modo erótico; lo que nos sugiere que por instantes ese paisaje se torna objeto de deseo, incluso objeto amado que este artista-amante anhela plasmar en su tela. Y el pintar deriva (también) en un cortejo que emprende el artista con el paisaje. Seduce al elusivo paisaje para que se quede en la tela, para que se deje retener en esa red que es la tela. Para que a pesar de su escencial mutabilidad, ceda para el artista, e indirectamente para el espectador, que somos todos nosotros, parte de esa belleza que es el paisaje.

“Cayo el Agua”, Los Roques, 2006 – acrílico sobre lienzo - 36 x 150 cm. (foto: LD)

Pero ahora imagino, gracias a un acto de empatía, cómo pudiera ocurrir en lo interno ese mismo proceso de ejecución. Y veo (visualizo) cómo el artista se transmuta en actor. Aquí también sigue las lecciones del maestro Joachim Torres que éste tomara de Stanislavski, pero en lo interno. El artista, pintando, se representa a sí mismo mientras pinta, se metamorfosea en receptor del paisaje que tiene delante y que ha decidido escanciar en la tela como si éste fuese un líquido y no un sólido. Pero en realidad, al intentar esto, pronto el artista se da cuenta de que camina sobre terreno movedizo y mutable como las dunas del desierto. Se da cuenta de que el paisaje, al que no puede ni quiere retener o fijar en la delgadísima brevedad del instante (como lo haría la cámara fotográfica), porque es algo más elusivo y difuso, se asemeja en sus características a los gases, por lo etéreo, leve y cambiante. Y por eso, cuanto mayor es la maestría del artista al enfrentar el paisaje, mayor es el desenfoque que aprecian ambos, la cámara y el espectador al fotografiar o mirar la obra. Porque a lo largo del tiempo, el artista se ha hecho diestro en descomponer la duración. En fragmentar el paisaje para luego recomponerlo. En producir (como si fueran rodajas ultrafinas cortadas con un microtomo), una tras otra, una serie finita pero creciente de las imágenes, muy semejantes una a la otra (algunas traslúcidas, otras más opacas), que han impresionado su retina mientras contempla el paisaje, y que se diferencian entre sí por: tenues diferencias en tonos, intensidades de luz, patrones de sombreado, combinaciones de calidez y frialdad cromática, entre otros. Hasta que la obra no ha sido terminada, nuevas imágenes serán gestadas sin cesar por el tiempo y la maraña de fuerzas se hará más complicada. Porque no hay una simple (o compleja) suma vectorial de imágenes en la obra final. Si así fuera la obra sería ciencia y no arte; producto de la inteligencia pura sin la participación de las emociones y las pasiones. Podría ser realizada por un algoritmo y no sería necesario el artista. Pero como la obra sí es arte, el paisaje que aparece ante los ojos del artista, y que luego aparecerá ante los ojos del privilegiado espectador que pudiera estar frente a la obra en proceso, es el producto de una combinación a la que no se llega suave o pacíficamente.

La obra es producida por una operación mental y corporal activa y desgarradora por las pasiones que despierta y mueve durante su ejecución, en la que cada imagen se comporta por un instante como si fuera el fragmento de un yo (el del artista) escindido y fragmentado hasta la saciedad, que de modo agonista negocia (reclama) su presencia en la obra final. Y algunas de esas instantáneas combaten con una fuerza sorprendente—como clamando por su existencia—que no dejan impávido al artista. Y así, cada trazo es la resultante (pienso más bien en mónadas dotadas de voluntad o de pasiones) de un forcejeo de fuerzas invisibles pero poderosas. Y el artista actúa aquí también como un domador, acariciando, masajeando (porque hay imágenes que ellas mismas tienen cuerpo) y amansando esa formidable complejidad de fuerzas. El artista ha logrado ahora seducir, no ya a ese cuerpo erótico que era el paisaje y al que desde afuera veíamos como un todo, sino a esa miríada de versiones fugaces y elusivas del paisaje. Su maestría le ha permitido descomponerse él también en una multiplicidad de domadores, seductores, negociadores, capaces cada uno de plasmar en la tela, a cada nueva pincelada, lo mejor de cada versión. Y así, uno a uno, con trazos elegantes que él ha aprendido a realizar con fluidez luego de tantos años de práctica del oficio evoluciona la obra sobre el lienzo como si las pinceladas fueran los pasos ágiles y acompasados de una pareja que baila al son de un tango.

Lo que al final produce una obra en la que ha logrado plasmar en la tela lo mejor de aquello que entregaba ese paisaje cada instante, sin que ocurra una verdadera fusión de la multiplicidad de imágenes que reunidas forman ese paisaje. Sin que se minara la identidad de cada instante, sin que se diluyera lo más hermoso, único e irrepetible que ese paisaje decidió entregarle (corresponderle a su deseo, a su pasión leal) durante ese lapso de tiempo al artista para quedar plasmado en la tela. Vemos entonces que esto es lo novedoso y profundamente contemporáneo de su obra. Lo que anima a la obra de Pujol, que se aleja de la magia de lo puramente visual para abrazar y entregarse el paisaje con los cinco sentidos. Como debe ser. Y es novedosa también en esta aproximación al paisaje la postmoderna fragmentación del sujeto creador que el artista emprende cada vez que se entrega al paisaje. Y sabemos que no carece de riesgo y de dolor esta aventura artística y existencial que éste emprende cada vez que pinta, eso de fragmentarse y luego reconstruirse. Que es incierta y riesgosa esta decisión de desmontar la ilusión de que somos uno, el mismo, siempre; que nuestra identidad es única e invariable. Pero sólo así siente Adrian que está vivo. Y sólo así podrá repetirnos una y otra vez: Voy a pasar toda mi vida pintando como aspiro y en algún momento decidí que mi vida iba a ser esto. Porque así soy feliz.

"San Juan de las Galdonas lloviendo”, Pária, 2006, acrílico sobre lienzo, 62 x 151 cm. (foto: LD)

Obra abierta y polifónica

Durante la conversación, Adrian me repitió en dos o tres ocasiones que sus obras se ven desenfocadas, borrosas, poco definidas. El día de la primera entrevista, me mostró unas treinta obras que había realizado (la mayoría) durante los últimos diez años. Luego de esa sesión de contemplación guiada de aquella selección hecha por el artista de su obra reciente, me quedé con la impresión de que, en efecto, esa suerte de ejercicio de sumatoria de imágenes de los diversos instantes durante los que Adrian pinta sus obras está relacionada con en carácter desenfocado de éstas. Y pensé que era posible comparar las obras paisajistas de Adrian con lo que Umberto Eco y otros autores que han escrito sobre la recepción literaria llaman obra abierta y que el crítico de origen ruso Mijail Bajtin, llamó obra polifónica, concepto que éste último desarrolló a partir de un análisis de la obra de Dostoievski.

En el concepto de Eco, se parte de la idea de que una obra es abierta o susceptible de una diversidad de lecturas, no sólo porque diveros lectores (incluido el autor) leen la obra con diversos sistemas de referencia y con una capacidad diferencial de establecer conexiones dentro de los elementos de ese sistema de referencia, y al hacerlo construir sentido, sino también porque la obra ha sido escrita con una estructura laxa o abierta que permite hacer diversas lecturas. En el concepto de Bajtin, la obra es polifónica porque el autor no escribe con la presunción de poseer la verdad o con la intención de que uno o más de sus personajes sean vehículos de sus ideas, pensando que éstas son las verdaderas, válidas o las más sensatas. No. En la obra polifónica, de acuerdo con Bajtin, no habría un sentido único de verdad y se respetarían más bien los puntos de vista, argumentos y verdades de cada personaje. Este respeto del autor por el derecho de sus personajes a tener modos de pensar e ideas que puedan o no ser consistentes o congruentes con los propios, esta decisión del autor y creador de no tomar partido por ninguno de los personajes, serían condición necesaria y rasgos de la obra literaria abierta.

Una consecuencia de la existencia de obras abiertas es que ellas crean las condiciones de posibilidad de un experimento mental. Nos permite imaginar una conversación—que pudiese tener lugar entre los diversos lectores de una obra abierta—sobre el sentido de esa obra. En esa conversación, cada lector comenzaría exponiendo ante los otros su idea de sentido (su lectura) de la obra. Según evoluciona esa conversación, los lectores se apasionan. En ciertos casos, esta conversación pudiera derivar en el proyecto de tratar de ponerse de acuerdo sobre cuál es ese sentido. Imagino que semejante tarea pudiera implicar fases deliberativas en las que cada lector o grupo de lectores defienden su idea de sentido de una obra determinada, argumentando por qué consideran que esa obra debe ser leída o interpretada de acuerdo con un sentido y no otro. Imagino incluso una fase posterior de esa conversación, en el momento en que ésta ha evolucionado hasta parecerse a un acalorado debate, en la que los participantes pudieran desear construir un consenso para llegar a un acuerdo sobre un sentido único de la obra que todos han leído. Los participantes en esa conversación podrían desear construir ese sentido único porque ignoran que la obra es abierta y que, por tanto, por definición, carece de un único sentido. Porque la obra es en verdad polifónica y polisémica, y por tanto susceptible de múltiples lecturas. De modo que si los diversos lectores de nuestro experimento, tratan de llegar a un acuerdo negociado sobre el sentido de una obra abierta, el resultado pudiera ser un acuerdo frágil, lábil, elusivo que, si lo pudiésemos traducir en imágenes, sería borroso y desenfocado.

Si ahora quebramos la ilusión de que la identidad de un artista o creador es única y suponemos que, por el contrario, puede ser múltiple, como ocurre por ejemplo (no con un creador sino) con un personaje como Orlando, en la novela homónima de la escritora inglesa Virginia Woolf, cabe imaginar esa misma conversación sobre el sentido de la obra pero en la que participen una diversidad de identidades en las que se ha descompuesto o escindido un mismo creador. Y no pensemoes que el esto nos obliga a afirmar o presumir que el creador de ha vuelto loco. Quizás es más bien lúcido en grado supremo.

Por otra parte, cabe postular como metáfora del sentido de una obra que representa un paisaje la impresión instantánea que pudiera haber tenido de ese paisaje el artista durante una fracción muy breve del lapso de tiempo durante el cual produjo la obra. No sería por tanto descabellado postular la existencia de un apasionado debate interno que tenga lugar en el interior del artista, debate que trascienda lo intelectual y se derrame del ámbito racional e intelectual hasta alcanzar lo emocional liberando, al hacerlo, un magma de pasiones.

Ese debate interno podría ser percibido por el artista, desde afuera, como un forcejeo doloroso y hasta desgarrador entre los diversos sentidos o instantáneas del paisaje que ha percibido a lo largo de las dos o tres horas que ha estado pintando. Podríamos también concebir esas instantáneas como bocetos mentales que produce el artista de la obra que realiza. Cabe pensar que su paisaje final no estará completado en tanto esta diversidad de instantáneas, que son también ideas del paisaje, no hayan negociado y llegado a un acuerdo sobre cuál será su participación (definida en modo y cantidad) en la obra final. Pero como por definición una obra abierta no acepta un cierre concluyente, la negociación postulada será en todos los casos un resultado fallido, y en la obra ningun instante, ningún punto de vista, ningún modo especial de contemplarla tendrá hegemonía completa y duradera. Nada garantiza que ese artista fragmentado en una multiplicidad le confiera una prerrogativa especial a un instante, modo o identidad de ese paisaje sobre la de cualquier otro.

Por tanto cuando se perciba ese paisaje desde afuera, cuando se trate de registrarlo con una cámara fotográfica que realiza ese registro con una impresión que hace del paisaje pintado en la tela tomada durante una fracción de segundo, sólo aparecerá una composición borrosa y desenfocada de manchas que nos hacen creer que vemos un paisaje pero también, que nos hacen sentir que ese paisaje pudiera fácilmente desaparecer ante nuestros ojos como si fuera un espejismo.

Y ésta es la mejor manera de describir un paisaje de Adrian. Como un paisaje que si lo ves con detenimiento está formado por manchas, por pinceladas, por trazos, por colores. Pero al ver esa composición tu mente la organiza y forma una figura que luego de verla un rato te muestra formas, sombras, tonos que configuran un paisaje. Pero sientes que esa figura que has construido es inestable. Te asalta el temor de que se te escape. Como si fuera una de esas figuras que viste en sueños y que luego no puedes recordar bien al despertarte. Así son las obras de Adrian.

Adrian Pujol (1), Tortuoso camino al paisaje

Chaguaramas Loero, Paria, 2009, acrílico sobre lienzo, 130 x 165 cm

Desde que era un niño, Adrian Pujol sabía que sería pintor. Estudió pintura en Palma de Mallorca y en Barcelona. A los 18 años, quería entrar a la escuela de Bellas Artes de Barcelona, pero para formarse en esa escuela tenía que hacer un examen de ingreso porque estudiar en esa institución era muy competido. De cada 300 personas que se postulaban, solo 30 eran admitidas. Este examen era un requisito académico fastidioso y para garantizarse a sí mismo que lo aprobaría se inscribió en un curso de pintura con el pintor catalán Joaquín Torres Lladó (1946-1993), con quien se preparó para ese examen durante seis meses. El método de enseñanza de Joaquín no era muy formal o académico sino más bien dinámico, muy ligado a los sentimientos y rápido. Joaquín, que era un hobre que amaba el tetatro, decía que su curso estaba inspirado en el método de Konstantin Stanislavski (1863-1938). Era una enseñanza muy apasionada tranquila y nada formal que hacía enfasis en la necesidad de captar las formas de un modo más actual y dinámico.

    Sistema Stanislavski
    Este actor, director escénico y, sobretodo, pedagogo del arte dramático había creado el llamado “método de las acciones físicas”, conocido también como “sistema Stanislavski”, que consiste en hacer que el actor experimente durante la ejecución del papel emociones semejantes a las que experimenta el personaje interpretado; para ello él les precribía a sus alumnos la realización de ejercicios que estimularan la imaginación, la capacidad de improvisación, la relajación muscular, la respuesta inmediata a situaciones imprevistas, la reproducción de emociones experimentadas en el pasado, la claridad en la emisión verbal, entre otros.

El tiempo en la obra de Pujol
No se trata de un interés en atrapar el instante. como ocurre con la foto. Nada en la tradición impresionista o postimpresionista formula un problema de esta naturaleza. En cambio sí se hace énfasis en plasmar en la obra aquello que el artista percibe a lo largo de un período de tiempo (una acumulación de instantes) durante los cuales él está frente a aquello que quiere pintar. El tiempo sería aquel que acontece entre que empiezas y terminas la obra. No detienes un solo instante sino que te concentras en una suma de instantes. El cuadro termina siendo una suma de instantes.

Muchos de mis cuadros, si los ves bien, pudieras pensar que no están enfocados. Pareciera que no son precisos, que en ellos las formas no han sido silueteadas ni contorneadas. Sobretodo cuando mi obra es fotografiada, al verla te da la impresión de que está como más difusa de lo que es en la realidad. Pienso que éste es un elemento nuevo que se le añade a esta forma de ver el paisaje. Esa forma borrosa es una característica de mis obras. Te recuerda que lo que ves no es un instante sino una acumulación de instantes”.

Por eso, Adrian nunca pinta a partir de una fotografía. Para seguir con la metáfora de la cámara fotográfica, sus paisajes serían aquella imagen que uno vería si se fijara la cámara sobre un trípode y se dejara el diafragma abierto durante horas. Por otra parte, no hay pretensión de tener el foco preciso sobre ningún punto de ese paisaje que el artista contempla, sea éste una hoja, un árbol, cualquier elemento que le hubiese podido llamar la atención.

Adrian cierra esta reflexión así: “El cuadro se crea en este estar delante del paisaje mientras recibes la sensación directa del mismo. No el nivel de impresión, que es posterior, sino de sensación. El cara a cara se refiere a un ir en busca de la naturaleza. No a traerla (a tu estudio) a traves de otros medios. Yo no voy a tomar una foto, que es un instante congelado, sino que voy a ir a carearme con la naturaleza, un cara a cara con ella en el lugar donde me encuentre. Y voy a vivir (diría uno que plenamente, intensamente, apasionadamente) esta tarde o esta mañana que voy a pasar con ella. Delante de ella. Y esa mañana no es las seis de la mañana, es un período de tiempo, entre las seis y las no se cuantas.” Lo que significa que si uno como espectador intuye que un cuadro de Adrian presenta un paisaje matutino es porque esa acumulación de instantes, cuando el artista realizaba esa suerte de sumatoria pictórica que plasma la diversidad de instantes en uno solo, construye al ser agregada una atmósfera matutina o vespertina. Dependiendo de cuál era la luz y las sombras, la paleta de colores, o los elementos del paisaje que hna impresionado más profundamente al artista o que éste ha destacado, ha representado con mayores o menores énfasis en esa obra. Uno podría hablar de un tao o marca temporal asociado con cada obra de Adrian, si tomamos esa noción de que el concepto escencial a la filosofía china se refiere al sentido o significado global de un instante en un ámbito del espacio (podría hablar del tao de la cena que tuve con mis amigos anoche). El tao sería como el destilado de esa experiencia de estar frente al paisaje en ese estado de contemplación ejecutante y plenamente actuante.

Si sientes que hay una huella y marcador temporal en mis obras es porque, al estar embebido en el paisaje, me debo a él. Debo ser honesto con lo que percibo. No voy a pintar una tarde cuando en el paisaje es de mañana o mediodia“. Es parte de esa honestidad de su pintura, su decisión de no relacionarse con el paisaje mediante mecanismos como la fotografía que se interpongan entre su vista y lo que el paisaje le comunica. No sólo a sus ojos, también a su corazón. Adrian toma distancia de esa tradición que hasta Cabré habría seguido de plasmar el paisaje a partir de una foto. “Claudio Perna me contó que este maestro del paisaje, realizó sus últimos cuadros con la ayuda de un estereoscopio para pintar El Avila; asi podía tener una fotografía de esa montaña en cada ojo.”
Adrian no se quedó como estudiante formal en la Academia a la que había ingresado con tanto esfuerzo. Estuvo tres años en esa institución haciendo estudios libres.

Y mientras tanto estaba con Torrens trabajando como asistente. Fue durante esa época cuando aprendí más porque mi intencion era dominar el oficio de pintor. Descartando asi la tendencia de aquel momento que era la abstracción. Mis colegas eran abstractos. Yo quería aprender el oficio tradicional. Con la fortuna de que al final no fue ni tan tradicional ni tan académico. Como, por otra parte, yo ni esperaba ni deseaba. Es decir, entré en este mundo porque pensé que era el mundo que debía seguir. Pero no tenía juicios o ideas predefinidas sobre qué tipo de pintura seguiría. No había una cosa clara. Simplemente fui adentrándome“.

Inicios

Cuando trabajaba como asistente de su maestro Joaquin, realizó algunas incursiones en el retrato, porque Torrens era retratista además de paisajista. Pero incluso antes de conocerlo, desde muy niño, la contemplación del paisaje era una de sus grandes distracciones. “Ese ingrediente que es la contemplación es necesaria para disfrutar del paisaje y, eventualmente, trasladar tus impresiones a un lienzo. Esa capacidad y propensión a la contemplación, y el disfrute asociado del paisaje que contemplas, es algo que yo tenía desde niño. Además, culturamente, en Mallorca existía esa cultura del paisaje que venía del postimpresionismo. A esta isla llegaban muchos pintores para pintar sus paisajes. Recuerdo que cuando visitaba las casas de amigos en Mallorca, veía con frecuencia cuadros de paisajes mallorquíes pintados al óleo. Mallorca era un sitio semejante a lo que puede haber sido Giverny para el Impresionismo, con mucha tradición de pintura de paisajes.” Todo esto lo había sensibilizado hacia el paisaje en particular y, en general, hacia la reflexión sobre los géneros en la pintura más que al discurso sobre la modernidad, la abstracción y el sino de los tiempos.

Otro factor que el artista cree que puede haber reforzado su elección de un género pictórico como el paisaje fue su temprana intención de aprender un oficio. Sus padres tenían la expectativa de que aprendiera un oficio. A semejanza de ellos, que por línea paterna eran carniceros y por la materna agricultores. Y sin duda, si se hubiese encaminado por un área más experimental, y a la vez más moderna como el informalismo, que seguía Tapies, por ejemplo, es probable que ni él ni sus padres hubiesen pensado que estaba en el camino de aprender un oficio. Este propósito le pudiera haber restado intencionalidad hacia la novedad. Para llenar sus expectativas, él sentía que tenía que estudiar biología, Bellas Artes o dedicarse al negocio familiar.

Llegada a Venezuela: Shock cultural

Luego de hacer el servicio militar a los 20 años, y trabajar un par de años más con Joaquin, Adrian llegó a Venezuela a los 24 años en 1974. Vino invitado por un abogado venezolano que había conocido y que residia en Madrid. Lo que coincidía con el hecho de que en ese momento estaba abierto a dejar esa primera etapa de su vida como asistente de Joaquin. Este viaje le abría una oportunidad para hacer algo nuevo y ser independiente. Porque él había llegado a una gran simbiosis con Joaquín y eso, quizás no le había permitido encontrar su propio estilo plástico y definir sus temas.

Sintió esos primeros tiempos en Venezuela como el nacimiento a una cultura nueva. Pero, contra lo que uno esperaría escuchar de un pintor que ha estado trabajando intensamente con el paisaje durante los últimos 25 años, al llegar a Venezuela, lo que le hizo la impresión más fuerte fue la cultura. Adrian quedó fuertemente impactado por: la ciudad, la democracia y la modernidad. De nuevo sorprende escucharle decir que “El Avila no me impacta con la fuerza que lo haría años más tarde. Porque yo en ese momento no veía la naturaleza como tal. No me aboqué durante esa primera década a la naturaleza, sino más bien a expresar cómo y cuánto me había impactado la cultura venezolana. Si ves mi obra de esos años, aprecias como este impacto se refleja en ella.” El petróleo aparece en su obra. Trabajó en algunas obras el barril. Seguramente inspirada por el bombardeo que hacían los medios de la idea de barril, que era muy importante.

En 1978 presentó la exposición Monólogos y muros. Yo consideraba que la pintura es un monólogo. Eran muros y paredes que aparecían ante los planes de urbanismo que había en aquel momento. Adrian recuerda cómo le sorprendió el descubrimiento de restos de paredes coloniales cuando se hacían las excavaciones para una obra en el Casco Antiguo de Valencia. Se fue a Valencia a pintar eso. “Tuvo una fuerte impresión en mi lo avasallante de la modernidad. O más bien las secuelas de la modernidad y los planes de desarrollo a los que estaba asociada“, dejaban al descubierto, como en un palimpsesto las huellas de lo que habían sido antes. No era un tema de nostalgia, de que se él deseara que se volviera al pasado, a rescatar o ser aquellos que ante habían sido, o de resistir ese proceso avasallante de cambio, de transformación. Era un proyecto plástico, las paredes por ejemplo estan pintadas con un formato hiperrealista con proyección fotográfica. “Esa serie de obras pudieran ser mi primera lectura de lo que era la cultura venezolana para mi. Que era avasallante. Había un intento de comprender esa modernidad que quería hacer tabula rasa con el pasado. “En el caso de Valencia, no se trataba de conservar el casco histórico; simplemente se le pasaba por encima con una actitud de borrón y cuenta nueva. Sin embargo mi obra no tenía este aspecto moral de critica social que ahora hago, era una lectura fresca, espontánea, ingenua”. O lo tenía pero Adrian no era consciente de esa intención.

Por ese entonces va a la Sabana de Bogotá a pintar algunos muros que expuso en la galería Garcés/Velasquezde Bogotá. En 1980, continuó con el tema de los muros. E hizo también una exposición en la Sala Mendoza que tituló Carpología y Lonografía, ambos neologismos que hacían referencia a supuestas disciplinas que se ocuparan de estudiar las carpas y describir las lonas y cuyo tema central de esa exposición era el circo como espectáculo en vivo.

“Yo trataba de comunicar que en Venezuela se había perdido el contacto con el público. Los medios habían sustituido ese contacto directo por un contacto mediatizado y virtual cuya mejor expresión eran las telenovelas, los programas de concursos de los sábados, y las misses. Todo acontecía a traves de los medios. Y me parecía que el circo se había convertido en un objeto de museo, algo que quedó de lo que había sido un espectáculo donde estaba presente ese contacto entre el público y los ejecutantes. Y que, en tanto que era un espectáculo en vivo, era cálido, ruidoso, imperfecto. Lo que quería comunicar era que yo adolecía de ese contacto directo con el espectaculo en vivo simbolizado por el circo. Lo que nos lleva a la idea de que los medios junto con la modernidad y sus proyectos de desarrollo eran no menos avasallantes de lo que había sido la tradicion. Eran pinturas al temple sobre madera. Toda mi obra de ese entonces eran aspectos de la impresión que había tenido sobre mi esta cultura, vista además desde la óptica específica de la España franquista, que era una sociedad cerrada que imponía una censura terrible sobre los medios. Esa primera década se caracteriza por esa pintura de crítica cultural.”

Por otra parte, en 1977 había empezado a estudiar gráfica y en paralelo fui creando una obra gráfica que puede leerse como una reflexión plástica sobre el universo de objetos de esa cultura que lo había impresionado profundamente. El barril formaba parte de este proyecto. Pero antes del barril, Adrian realizó un trabajo con los objetos que irrumpían en su cotidianidad. “Me refiero a aquellos objetos que no eran usuales para mi como: el botellón de agua, la bombona de gas, la gavera de refrescos, el barril de petróleo. Los objetos eran presentados en primer plano y descontextualizados“. Esos objetos eran ideas, o se podría pensar que eran una suerte de objetos platónicos estilizados e idealizados que formaban parte de esa familia de objetos que irrumpían súbitamente y sin pedir permiso en la vida cotidiana del artista. Luego de ese trabajo vino una serie con carros. “Me había impactado el alcance que tenía el carro en la vida cotidiana del venezolano, la relación con el carro y la deshumanización que implicaba. Me impresionaba esa práctica común de tener parado el carro en la puerta de tu casa, meterte en él, moverte por la ciudad con los vidrios cerrado sy aire acodicionado, y llegar a tu destino sin tener contacto con la ciudad y su gente. La ciudad se había convertido en un lugar de paso, en un espacio o distancia que se debía recorrer y no en un paisaje cuya belleza alguien podía disfrutar. Los carros que pinté en ese momento fueron una escalada porque eran carros delirantes y deformados que luego llevé a escalas delirantes y deformadas. Y esta obra era en gráfica, cosa que en la actualidad no haría. Esos carros fueron como un cierre de mi etapa de trabajo con los objetos emblemáticos y paradigmáticos de la cultura a la que había sido expuesto con mucha fuerza al llegar a Venezuela.”

Crisis y transición, de la cultura al paisaje

“En ese momento tuve una crisis y una toma de conciencia de lo que significaba ese trabajo. Había sido como una especie de delirio que cerraba en una toma de conciencia. Esta crisis tuvo lugar alrededor de 1983, lo que la hace coincidir con la primera gran crisis económica de la era del puntofijismo. Una obra importante de esta última época es un Mercedes Benz que estaba visto de frente y que lo había realizado en varios paneles, eran nueve pliegos, cada uno de un metro por 70 cm, terminaba siendo la exacerbacion del Mercedes Benz. Aunque no era un objeto que perteneciera al contexto en el que nos movíamos, estaba como endiosado, era claramente simbólico.”

Luego presentó una serie titulada Extraterritorialidades, que constituyó una toma de conciencia, relacionada con la reflexión sobre el ser extranjero en Venezuela y en España. Adrian se comprendía a sí mismo y expresaba como un ser extraterritorial. Y esto me llevó a hacer una serie de carros que, a diferencia de los de la referida serie de objetos descontextualizados, empezaban a estar dentro de un paisaje. Eran carros más poéticos que delirantes. Se expusieron en la Sala Mendoza en 1983 en una individual de gráfica. Finalmente, en 1985, llegó Laberinto, exposición que constituyó el cierre de una etapa. En ella, trataba de expresar ese estar en el laberinto que es el oficio de la pintura. Porque de alguna manera, todo lo que había hecho hasta ese entonces había sido un entrar en callejones sin salida. Quizás esa sensación provenía de mi choque con la cultura, con lo temporal, con ese nuevo país.

    La pintura como monólogo
    El concepto de monólogo lo comprendo en los ámbitos individual y personal. La pintura que en algún momento decido hacer es un careo conmigo mismo. Mi experiencia es mi temporalidad en este mundo. Es monólogo porque no espero que sea el público el que me de el feedback o me señale el camino que debo seguir. Es un problema personal y existencial en el que trato de responderme preguntas del tipo: “¿Qué caminos futuros voy a tomar en mi obra? ¿Cómo voy a caminar sin el riesgo de encontrarme una y otra vez con callejones sin salida que me hacen sentir que el trabajo de uno, dos o más años voy a tener que dejarlo, cerrarlo ahí, porque no es por ahí por donde debo continuar?” El monólogo es mi búsqueda de un camino o forma de caminar que me lleve hacia donde quiero llegar con el menor número de retrocesos, reculamientos, detenciones. Monólogo que además me ha servido para llegar a donde estoy ahora. Ahora sé donde estoy y hacia donde quiero o debo ir.

Tiempo cósmico
Hay un tiempo cósmico en la naturaleza. Y me pregunto por qué en el 1985 tendría yo que haber salido del tiempo histórico y haberme metido en el tiempo cósmico que es el tiempo al que me remite la decisión de elegir como tema a la naturaleza. Pues esa decisión no es casual. Por un lado estaba mi reflexión personal que me lleva a entender que lo que venía haciendo hasta ese momento no era el camino que debía transitar como artista. Por el otro, mi consideración de que la naturaleza podía ser una salida. El ir a la naturaleza cara a cara y pintarla. Ir al paisaje y pintarlo.

Amazonia, la pintura en vivo del paisaje

Dos eventos determinaron el cierre de la etapa de reflexión plástica sobre lo cultural que era el camino que había seguido Adrian desde su llegada a Venezuela. Por un lado, la crisis económica que se expresa completamente en aquel fatídico viernes negro de octubre de 1983. Por el otro, la circunstancia de que Axel Stein fue nombrado director de la Sala Mendoza y convocó una exposición llamada Amazonia. Para esa exposición Adrian hizo un cuadro que funcionó como un portal, porque fue el cierre absoluto de su etapa cultural y la apertura de su nueva etapa. Era un políptico de ocho piezas irregulares, todas distintas, que representaba una visión idealizada de la Amazonia a la que él nunca había visitado hasta ese entonces.

Imagina una composición en la que había en primer plano cuatro cuadros de vegetación. Y arriba unos horizontes que describían la inmensidad del paisaje amazónico. Para pintar ese cuadro, me iba al Parque del Este a tomar apuntes de vegetación y luego regresaba a mi estudio en Los Palos Grandes a pintar. Estuve pintando ese cuadro a lo largo de un mes, poco más o menos. Y cuando terminé sentí que estaba muy cargado y llegué a la pregunta sobre por qué si tenía la naturaleza afuera tenía que ir a pintar al estudio. La respuesta a esta pregunta determinó el camino que tomaría mi trabajo durante las siguientes dos décadas y media. Una respuesta preliminar a esta pregunta era que yo andaba equivocado porque la pintura no tenía nada que ver con pintar en el estudio, sino que debía ser algo que se alimentara del contacto directo con las sensaciones. En otras palabras ir a la naturaleza y percibir lo que ella me daba. Ésa fue la conclusión a la que llegue. Así que apenas terminé ese cuadro, al día siguiente agarré el carro y con una paleta portátil que me había fabricado me fui a Choroní a pintar.”

Epifanía: la naturaleza, el paisaje

La decisión de pintar paisajes en vivo viene de una suma de reflexiones. Que no estaba aislada de lo que ocurría en mi contexto. Porque por ejemplo había gente que empezó a trabajar en el performance. Este modo de hacer arte se decía que se alimentaba de lo cósmico. En todo caso era una acción en vivo. Lo que yo me reclamaba a mi mismo era ese cuestionamiento a porqué pintaba la naturaleza en mi estudio. Yo me iba en vivo al natural, me plantaba en medio del rio o en la playa, y ejecutaba ese performance directamente, a partir de las sensaciones que nacían de un careo directo con la naturaleza durante el cual yo aprendia a captar ese dinamismo y cambio constante de la naturaleza que es además cambio constante de lo que vive. Así fue como aprendí a pintar sin intermediarios, con el lienzo en el suelo. Cara a cara. En vivo. Cuando llegué a eso que es el paisaje, sentí que finalmente había llegado el encuentro con la pintura que había estado buscando. La pintura me hacía feliz. Me proporcionaba ocasiones para la alegría. Y además la naturaleza me daba lecciones. Una de las más básicas fue entender que pintar la naturaleza es un aspecto de la pintura, más ligado a lo espontáneo y a la expresión. Es una clase de pintura en la que yo como ser humano no dependo para expresarme o para pintar de problemáticas ajenas a mi, como podrian ser las que había tratado hasta entonces. Entendí que la pintura era algo ligado a la cotidianeidad, mas no un hecho forzado o violentado donde todo lo que hace el artista tenga que tener significado o intencionalidad.

En esa época uno de los ingredientes de la vanguardia era que el arte comunicaba. Pero Adrian entendió que, de ahí en adelante, con su arte, él no tendría que comunicar su intrepretación de cómo estaba estructurada la sociedad, cuáles eran las tendencias o rasgos de la cultura en la que vivía. O sus diferencias con aquella de la que provenía. El modo de hacer arte que Adrian había descubierto (o más bien redescubierto) le hizo entender que su vida podía (debía) ser la de una persona que está en el mundo y se expresa de un modo natural y espontáneo. “Consideré que la naturaleza, por estar alejada de ese tiempo histórico, sin nada previo, me permitía expresarme sin ningún objetivo. Me iba con mis telas a cualquier lugar del mundo y a la hora que quisiera y al extasiarme o emocionarme simplemente lo pintaba.