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Adrian Pujol (3), Comentarios sobre la pintura, el paisaje, y la naturaleza

Adrian Pujol en la sala de su casa

Tuve la posibilidad de grabar cerca de dos horas de conversación con Adrian Pujol. El hilo narrativo era la historia de su evolución como artista. Adrian es un excelente narrador y me contó, en un soberbio esfuerzo de síntesis y memoria, el proceso que lo condujo de una pintura que se podría clasificar retrospectivamente como de crítica cultural a una pintura paisajista que tenía afinidades con el postimpresionismo y que lo vinculaba a la tradición de su maestro Joaquín Torres Lladó. Pero de tanto en tanto, le preguntaba cosas que lo obligaban a interrumpir momentáneamente su hilo narrativo. Y se iba por meandros. Porque su pensamiento es meándrico aunque profundo. Profundiza e investiga términos, conceptos, ideas relacionados con problemas que le suscita la ejecución de su oficio. Uno adivina rasgos obsesivos en su aproximación a ciertos problemas. Como cuando llena un cuaderno con notas realizadas en esa letra pequeña, de caracteres regulares que escribe con marcadores de cinco o seis colores. En lo que sigue, no aparecen transcripciones de esas notas. Solo comentarios que hiciera en el marco de alguna pregunta que le formulara durante las dos sesiones de conversación. He numerado los comentarios y paara hacerlos más legibles he puesto subtitulos. Sé que constituyen un material más crudo. Pero intuyo que les pueden ser útiles a otros artistas o a quienes tengan algún interés en la obra de Pujol.

1. La pintura como monólogo

El concepto de monólogo lo comprendo en los ámbitos individual y personal. La pintura que en algún momento decido hacer es un careo conmigo mismo. Mi experiencia es mi temporalidad en este mundo. Es monólogo porque no espero que sea el público el que me de el feedback u me señale el camino que debo seguir. Es un problema personal y existencial en el que trato de responderme preguntas del tipo: “¿Qué caminos futuros voy a tomar en mi obra? ¿Cómo voy a caminar sin el riesgo de encontrarme una y otra vez con callejones sin salida que me hacen sentir que el trabajo de uno, dos o más años voy a tener que dejarlo, cerrarlo ahí, porque no es por ahí por donde debo continuar?” El monólogo es mi búsqueda de un camino o forma de caminar que me lleve hacia donde quiero llegar con el menor número de retrocesos, reculamientos, detenciones. Monólogo que además me ha servido para llegar a donde estoy ahora. Ahora se donde estoy y hacia donde quiero o debo ir.

2. Adrian cezanniano

Para mi pintar es como una especie de torbellino, y pintar paisajes es algo complejo porque cuando voy a pintar paisajes no tengo nada predefinido No llevo un concepto previo. Voy y me enfrento con el paisaje. Para mi pintar paisajes no es tortuoso, todo lo contrario es una fuente de felicidad. Sin embargo, durante todo estos años que he estado frente a la naturaleza, he aprendido de ella muchas lecciones. Pero no tengo la lista de las lecciones. Por ejemplo, Cezanne hablaba que se tiene que observar la naturaleza y que ella te enseña.

Al escuchar a Adrian pienso en Cezanne diciéndole a su amigo Joaquim Gasquet: “Vuelvo siempre a esto: el pintor debe consagrarse enteramente al estudio de la naturaleza e intentar producir cuadros que sean una enseñanza”. Adrian es profudamente cezanniano en su aproximación a la naturaleza y el arte.”(cita de: Joaquim Gasquet, Cezanne. Lo que vi y lo que me dijo, Madrid, Editorial Gadir, 2009).

Leyendo a Cezanne he constatado que es cierto que la naturaleza nos enseña. Pero Cezanne no presenta nunca una lista de lecciones sino una lista de obras. Mirando mis obras podrás dilucidar esto. El que quiera ahondar en esto, el que quiera no ver solo qué es Playa Medina y qué es El Avila, sino qué es lo que se oculta detrás de los paisajes. El paisaje es desencadenante de un conocimiento que no es el conocimiento verbal ni científico sino el pictórico, el de las imágenes pintadas. Ahí está la clave de lo que he aprendido. Pero además he sentido muchas otras cosas que no las he pintado. O quizás sí las he pintado pero fallidamente.

Pero Adrian vuelve al tema de que la naturaleza enseña y que es una verdad que se ha olvidado en la contemporaneidad. Y es importante decirlo de nuevo: La naturaleza nos enseña.

3. Relecturas de la vanguardia y la historia

Ahora se están releyendo la vanguardia y la historia y habría que ver si estas relecturas de la historia y de la plástica se hacen por hacer o si se hacen porque los conceptos que se manejaban y el sentido que tenía todo esto sigue vigente. O si estos mismos conceptos tienen un sentido nuevo, distinto, y por lo tanto se puede dar una lectura distinta de esto mismo. Y ahí viene una de las lecciones de esto que me interesan y es ver si esta idea de pintar del natural puede tener vigencia. Porque como esta pintura ya fue hecha por los impresionistas se pudiera alegar que no es nada novedoso. Entonces (me pregunto) qué pasa con este aspecto que es observar la naturaleza, qué me pasó a mi a lo largo de estos años, y eventualmente, qué pasa si yo observo otros aspectos que no son la naturaleza, como pueden ser la historia o mi cotidianidad. O qué ha hecho la pintura durante todos estos años. Pienso que hay conceptos que están vigentes para mi. Y que pudieran tener una lectura que diera yo y que esta lectura la hiciera gracias a esa lección aprendida de la naturaleza. A lo largo de todos esos años la naturaleza me ha dado lecciones que he aprendido y que no puedo ni debo verbalizar pero que están expresadas en mi obra.

Cezanne nunca te habla de su pintura o de lo que hizo en su pintura. A él lo presionó Gasquet, dígame qué es lo que tiene su pintura, y él le respondió: Es una mezcla de círculos, cubos y conos. Pero si ves la obra de Cezanne, no ves nunca un círculo, un cubo o un cono, ves pinceladas estructuradas. Pero fíjate que esto que Cezanne mete en una carta aislada, dio sustento incluso al cubismo y éste a las vanguardias y éstas al cinetismo y este último a todo lo que está pasando ahora con la geometría.

4. Referentes

Las tradiciones en las que pinto son el impresionismo y el postimpresionismo. Pero me resisto a hablar de mis referentes. Eso es algo que el espectador tiene que leerlo en mi pintura; no es el artista el que debe señalarlos. Eso (los referentes) deberían ser atribuciones de los espectadores, quienes las harán más o menos bien dependiendo de su formación y su cultura. O del curador, que es parte del público. Pero la gente que entiende no pregunta los referentes. Cuando yo voy a una exposición identifico los referentes de la obra que estoy viendo. Ese es uno de los placeres de ver pintura. Detectar la historia del pintor. Ver de dónde viene, de dónde sale, cómo existe.

5. La fotografía

Es un arte que siempre me ha acompañado. Por ejemplo los cuadros que hice para las exposiciones sobre muros (1978.1980), o sobre carpas (1980), fueron a base de fotografias. Eran fotografias proyectadas. Sin embargo ésta era una de mis crisis, el hecho de que yo tenía que depender de algo que me ayudara a crear mis propias imágenes. Obviamente luego de 30 imágenes de carpas y 30 de lonas desistí y me dije que por ese camino no iba mi pintura. No puedo depender de una fotografia para expresarme. Sin embargo la fotografia es muy importante y es un mundo del cual disfruto y al que pertenezco.

6. La escultura
Aunque soy pintor y no escultor, siempre he querido hacer escultura. Pero a veces una idea de las que tengo ameritaria hacerle una escultura. Sin embargo me considero un aficionado. Aun cuando son evidentes las posibilidades expresivas que te abre, y yo las dejo entrar. O salir

Adrian Pujol (2), Su pintura como obra abierta y polifónica

San Marcos, crepúsculo, Venecia, 1999, acrílico sobre lienzo, 54 por 97 cm (foto: cortesía del artista)

Me interesa en este segundo texto sobre el artista (ver el primero aqui) ese modo que tiene Adrian Pujol de carearse con el paisaje. Y en este texto que todavía encuentro abstracto cuando lo leo hago un ejercicio de imaginar y analizar eso que imagino, tratando de responderme de qué modo en ese careo o enfrentamiento que Adrian realiza con el paisaje se engendra una obra de arte.

Como si hubiera emergido desde algún ámbito olvidado de su memoria, en esa reflexión que hizo Adrian a propósito de la obra “Amazonia” (citado en el primer texto de la serie sobre el artista en este blog), uno siente que su modo de trabajo se basa en una reelaboración, luego de diez años de práctica del oficio, de una técnica pictórica de inspiración stanislavkiana que le enseñó su maestro Joaquín. La de Adrian es una pintura en la que el proceso de producirla, cargado de una mezcla compleja de emociones y pasión, condensados en el gesto del artista, son tan importantes como la obra que resulta de ese proceso, que es escencialmente dramático. A diferencia del producto industrial, en el arte de Adrian Pujol importa el proceso. La obra es el proceso tanto o más que el producto. Un proceso que no implica solamente la ejecución que realiza el artista tal como la podemos ver desde “afuera”. Ejecución que sigue una rutina bastante estructurada pero siempre incierta en sus resultados.

Llega el artista, contempla el paisaje, elige aquello que va a pintar. Coloca luego la tela en el suelo. Se para (por lo general) descalzo frente a ella, e inicia la ejecución doblando el torso, estirando su brazo hacia la tela, para pintar con pinceladas ágiles, fuertes, seguras. Mira el paisaje, mira la tela; alterna su vista entre el uno y la otra. Pero no hay descanso, no se relaja. Nunca baja del todo la cabeza fijando los ojos de modo permanente sobre la tela, como si no quisiera que el paisaje que ha impresionado su retina se le escape de su memoria. O más bien, porque no se trata solo de una operación mental o visual, como no queriendo que el paisaje se le escape del cuerpo (como si tuviese temor de que éste se le pudiera escapar del cuerpo cuando no lo ve), o como si a este paisaje que se subjetiviza le doliera que no lo veas. Como si fuera el modo particular del paisaje de retaliar, de expresar un dolor (narcisista) por no ser admirado (deseado). O por no serlo de modo suficiente. Porque un artista pudiera desear tenuemente o mínimamente a un paisaje. O no desearlo del todo y pintarlo cerebralmente sin pasión. Pero en Adrian la pintura es un acto corporal y dramático que implica agudeza, talento, destreza en el oficio, pero sobretodo una pasión que llega a doler. Porque lo que ha aprendido Adrian es, no sólo a mirar el paisaje, sino a respirar con cada poro de su cuerpo ese paisaje. A sentirlo de un modo erótico; lo que nos sugiere que por instantes ese paisaje se torna objeto de deseo, incluso objeto amado que este artista-amante anhela plasmar en su tela. Y el pintar deriva (también) en un cortejo que emprende el artista con el paisaje. Seduce al elusivo paisaje para que se quede en la tela, para que se deje retener en esa red que es la tela. Para que a pesar de su escencial mutabilidad, ceda para el artista, e indirectamente para el espectador, que somos todos nosotros, parte de esa belleza que es el paisaje.

“Cayo el Agua”, Los Roques, 2006 – acrílico sobre lienzo - 36 x 150 cm. (foto: LD)

Pero ahora imagino, gracias a un acto de empatía, cómo pudiera ocurrir en lo interno ese mismo proceso de ejecución. Y veo (visualizo) cómo el artista se transmuta en actor. Aquí también sigue las lecciones del maestro Joachim Torres que éste tomara de Stanislavski, pero en lo interno. El artista, pintando, se representa a sí mismo mientras pinta, se metamorfosea en receptor del paisaje que tiene delante y que ha decidido escanciar en la tela como si éste fuese un líquido y no un sólido. Pero en realidad, al intentar esto, pronto el artista se da cuenta de que camina sobre terreno movedizo y mutable como las dunas del desierto. Se da cuenta de que el paisaje, al que no puede ni quiere retener o fijar en la delgadísima brevedad del instante (como lo haría la cámara fotográfica), porque es algo más elusivo y difuso, se asemeja en sus características a los gases, por lo etéreo, leve y cambiante. Y por eso, cuanto mayor es la maestría del artista al enfrentar el paisaje, mayor es el desenfoque que aprecian ambos, la cámara y el espectador al fotografiar o mirar la obra. Porque a lo largo del tiempo, el artista se ha hecho diestro en descomponer la duración. En fragmentar el paisaje para luego recomponerlo. En producir (como si fueran rodajas ultrafinas cortadas con un microtomo), una tras otra, una serie finita pero creciente de las imágenes, muy semejantes una a la otra (algunas traslúcidas, otras más opacas), que han impresionado su retina mientras contempla el paisaje, y que se diferencian entre sí por: tenues diferencias en tonos, intensidades de luz, patrones de sombreado, combinaciones de calidez y frialdad cromática, entre otros. Hasta que la obra no ha sido terminada, nuevas imágenes serán gestadas sin cesar por el tiempo y la maraña de fuerzas se hará más complicada. Porque no hay una simple (o compleja) suma vectorial de imágenes en la obra final. Si así fuera la obra sería ciencia y no arte; producto de la inteligencia pura sin la participación de las emociones y las pasiones. Podría ser realizada por un algoritmo y no sería necesario el artista. Pero como la obra sí es arte, el paisaje que aparece ante los ojos del artista, y que luego aparecerá ante los ojos del privilegiado espectador que pudiera estar frente a la obra en proceso, es el producto de una combinación a la que no se llega suave o pacíficamente.

La obra es producida por una operación mental y corporal activa y desgarradora por las pasiones que despierta y mueve durante su ejecución, en la que cada imagen se comporta por un instante como si fuera el fragmento de un yo (el del artista) escindido y fragmentado hasta la saciedad, que de modo agonista negocia (reclama) su presencia en la obra final. Y algunas de esas instantáneas combaten con una fuerza sorprendente—como clamando por su existencia—que no dejan impávido al artista. Y así, cada trazo es la resultante (pienso más bien en mónadas dotadas de voluntad o de pasiones) de un forcejeo de fuerzas invisibles pero poderosas. Y el artista actúa aquí también como un domador, acariciando, masajeando (porque hay imágenes que ellas mismas tienen cuerpo) y amansando esa formidable complejidad de fuerzas. El artista ha logrado ahora seducir, no ya a ese cuerpo erótico que era el paisaje y al que desde afuera veíamos como un todo, sino a esa miríada de versiones fugaces y elusivas del paisaje. Su maestría le ha permitido descomponerse él también en una multiplicidad de domadores, seductores, negociadores, capaces cada uno de plasmar en la tela, a cada nueva pincelada, lo mejor de cada versión. Y así, uno a uno, con trazos elegantes que él ha aprendido a realizar con fluidez luego de tantos años de práctica del oficio evoluciona la obra sobre el lienzo como si las pinceladas fueran los pasos ágiles y acompasados de una pareja que baila al son de un tango.

Lo que al final produce una obra en la que ha logrado plasmar en la tela lo mejor de aquello que entregaba ese paisaje cada instante, sin que ocurra una verdadera fusión de la multiplicidad de imágenes que reunidas forman ese paisaje. Sin que se minara la identidad de cada instante, sin que se diluyera lo más hermoso, único e irrepetible que ese paisaje decidió entregarle (corresponderle a su deseo, a su pasión leal) durante ese lapso de tiempo al artista para quedar plasmado en la tela. Vemos entonces que esto es lo novedoso y profundamente contemporáneo de su obra. Lo que anima a la obra de Pujol, que se aleja de la magia de lo puramente visual para abrazar y entregarse el paisaje con los cinco sentidos. Como debe ser. Y es novedosa también en esta aproximación al paisaje la postmoderna fragmentación del sujeto creador que el artista emprende cada vez que se entrega al paisaje. Y sabemos que no carece de riesgo y de dolor esta aventura artística y existencial que éste emprende cada vez que pinta, eso de fragmentarse y luego reconstruirse. Que es incierta y riesgosa esta decisión de desmontar la ilusión de que somos uno, el mismo, siempre; que nuestra identidad es única e invariable. Pero sólo así siente Adrian que está vivo. Y sólo así podrá repetirnos una y otra vez: Voy a pasar toda mi vida pintando como aspiro y en algún momento decidí que mi vida iba a ser esto. Porque así soy feliz.

"San Juan de las Galdonas lloviendo”, Pária, 2006, acrílico sobre lienzo, 62 x 151 cm. (foto: LD)

Obra abierta y polifónica

Durante la conversación, Adrian me repitió en dos o tres ocasiones que sus obras se ven desenfocadas, borrosas, poco definidas. El día de la primera entrevista, me mostró unas treinta obras que había realizado (la mayoría) durante los últimos diez años. Luego de esa sesión de contemplación guiada de aquella selección hecha por el artista de su obra reciente, me quedé con la impresión de que, en efecto, esa suerte de ejercicio de sumatoria de imágenes de los diversos instantes durante los que Adrian pinta sus obras está relacionada con en carácter desenfocado de éstas. Y pensé que era posible comparar las obras paisajistas de Adrian con lo que Umberto Eco y otros autores que han escrito sobre la recepción literaria llaman obra abierta y que el crítico de origen ruso Mijail Bajtin, llamó obra polifónica, concepto que éste último desarrolló a partir de un análisis de la obra de Dostoievski.

En el concepto de Eco, se parte de la idea de que una obra es abierta o susceptible de una diversidad de lecturas, no sólo porque diveros lectores (incluido el autor) leen la obra con diversos sistemas de referencia y con una capacidad diferencial de establecer conexiones dentro de los elementos de ese sistema de referencia, y al hacerlo construir sentido, sino también porque la obra ha sido escrita con una estructura laxa o abierta que permite hacer diversas lecturas. En el concepto de Bajtin, la obra es polifónica porque el autor no escribe con la presunción de poseer la verdad o con la intención de que uno o más de sus personajes sean vehículos de sus ideas, pensando que éstas son las verdaderas, válidas o las más sensatas. No. En la obra polifónica, de acuerdo con Bajtin, no habría un sentido único de verdad y se respetarían más bien los puntos de vista, argumentos y verdades de cada personaje. Este respeto del autor por el derecho de sus personajes a tener modos de pensar e ideas que puedan o no ser consistentes o congruentes con los propios, esta decisión del autor y creador de no tomar partido por ninguno de los personajes, serían condición necesaria y rasgos de la obra literaria abierta.

Una consecuencia de la existencia de obras abiertas es que ellas crean las condiciones de posibilidad de un experimento mental. Nos permite imaginar una conversación—que pudiese tener lugar entre los diversos lectores de una obra abierta—sobre el sentido de esa obra. En esa conversación, cada lector comenzaría exponiendo ante los otros su idea de sentido (su lectura) de la obra. Según evoluciona esa conversación, los lectores se apasionan. En ciertos casos, esta conversación pudiera derivar en el proyecto de tratar de ponerse de acuerdo sobre cuál es ese sentido. Imagino que semejante tarea pudiera implicar fases deliberativas en las que cada lector o grupo de lectores defienden su idea de sentido de una obra determinada, argumentando por qué consideran que esa obra debe ser leída o interpretada de acuerdo con un sentido y no otro. Imagino incluso una fase posterior de esa conversación, en el momento en que ésta ha evolucionado hasta parecerse a un acalorado debate, en la que los participantes pudieran desear construir un consenso para llegar a un acuerdo sobre un sentido único de la obra que todos han leído. Los participantes en esa conversación podrían desear construir ese sentido único porque ignoran que la obra es abierta y que, por tanto, por definición, carece de un único sentido. Porque la obra es en verdad polifónica y polisémica, y por tanto susceptible de múltiples lecturas. De modo que si los diversos lectores de nuestro experimento, tratan de llegar a un acuerdo negociado sobre el sentido de una obra abierta, el resultado pudiera ser un acuerdo frágil, lábil, elusivo que, si lo pudiésemos traducir en imágenes, sería borroso y desenfocado.

Si ahora quebramos la ilusión de que la identidad de un artista o creador es única y suponemos que, por el contrario, puede ser múltiple, como ocurre por ejemplo (no con un creador sino) con un personaje como Orlando, en la novela homónima de la escritora inglesa Virginia Woolf, cabe imaginar esa misma conversación sobre el sentido de la obra pero en la que participen una diversidad de identidades en las que se ha descompuesto o escindido un mismo creador. Y no pensemoes que el esto nos obliga a afirmar o presumir que el creador de ha vuelto loco. Quizás es más bien lúcido en grado supremo.

Por otra parte, cabe postular como metáfora del sentido de una obra que representa un paisaje la impresión instantánea que pudiera haber tenido de ese paisaje el artista durante una fracción muy breve del lapso de tiempo durante el cual produjo la obra. No sería por tanto descabellado postular la existencia de un apasionado debate interno que tenga lugar en el interior del artista, debate que trascienda lo intelectual y se derrame del ámbito racional e intelectual hasta alcanzar lo emocional liberando, al hacerlo, un magma de pasiones.

Ese debate interno podría ser percibido por el artista, desde afuera, como un forcejeo doloroso y hasta desgarrador entre los diversos sentidos o instantáneas del paisaje que ha percibido a lo largo de las dos o tres horas que ha estado pintando. Podríamos también concebir esas instantáneas como bocetos mentales que produce el artista de la obra que realiza. Cabe pensar que su paisaje final no estará completado en tanto esta diversidad de instantáneas, que son también ideas del paisaje, no hayan negociado y llegado a un acuerdo sobre cuál será su participación (definida en modo y cantidad) en la obra final. Pero como por definición una obra abierta no acepta un cierre concluyente, la negociación postulada será en todos los casos un resultado fallido, y en la obra ningun instante, ningún punto de vista, ningún modo especial de contemplarla tendrá hegemonía completa y duradera. Nada garantiza que ese artista fragmentado en una multiplicidad le confiera una prerrogativa especial a un instante, modo o identidad de ese paisaje sobre la de cualquier otro.

Por tanto cuando se perciba ese paisaje desde afuera, cuando se trate de registrarlo con una cámara fotográfica que realiza ese registro con una impresión que hace del paisaje pintado en la tela tomada durante una fracción de segundo, sólo aparecerá una composición borrosa y desenfocada de manchas que nos hacen creer que vemos un paisaje pero también, que nos hacen sentir que ese paisaje pudiera fácilmente desaparecer ante nuestros ojos como si fuera un espejismo.

Y ésta es la mejor manera de describir un paisaje de Adrian. Como un paisaje que si lo ves con detenimiento está formado por manchas, por pinceladas, por trazos, por colores. Pero al ver esa composición tu mente la organiza y forma una figura que luego de verla un rato te muestra formas, sombras, tonos que configuran un paisaje. Pero sientes que esa figura que has construido es inestable. Te asalta el temor de que se te escape. Como si fuera una de esas figuras que viste en sueños y que luego no puedes recordar bien al despertarte. Así son las obras de Adrian.

Adrian Pujol (1), Tortuoso camino al paisaje

Chaguaramas Loero, Paria, 2009, acrílico sobre lienzo, 130 x 165 cm

Desde que era un niño, Adrian Pujol sabía que sería pintor. Estudió pintura en Palma de Mallorca y en Barcelona. A los 18 años, quería entrar a la escuela de Bellas Artes de Barcelona, pero para formarse en esa escuela tenía que hacer un examen de ingreso porque estudiar en esa institución era muy competido. De cada 300 personas que se postulaban, solo 30 eran admitidas. Este examen era un requisito académico fastidioso y para garantizarse a sí mismo que lo aprobaría se inscribió en un curso de pintura con el pintor catalán Joaquín Torres Lladó (1946-1993), con quien se preparó para ese examen durante seis meses. El método de enseñanza de Joaquín no era muy formal o académico sino más bien dinámico, muy ligado a los sentimientos y rápido. Joaquín, que era un hobre que amaba el tetatro, decía que su curso estaba inspirado en el método de Konstantin Stanislavski (1863-1938). Era una enseñanza muy apasionada tranquila y nada formal que hacía enfasis en la necesidad de captar las formas de un modo más actual y dinámico.

    Sistema Stanislavski
    Este actor, director escénico y, sobretodo, pedagogo del arte dramático había creado el llamado “método de las acciones físicas”, conocido también como “sistema Stanislavski”, que consiste en hacer que el actor experimente durante la ejecución del papel emociones semejantes a las que experimenta el personaje interpretado; para ello él les precribía a sus alumnos la realización de ejercicios que estimularan la imaginación, la capacidad de improvisación, la relajación muscular, la respuesta inmediata a situaciones imprevistas, la reproducción de emociones experimentadas en el pasado, la claridad en la emisión verbal, entre otros.

El tiempo en la obra de Pujol
No se trata de un interés en atrapar el instante. como ocurre con la foto. Nada en la tradición impresionista o postimpresionista formula un problema de esta naturaleza. En cambio sí se hace énfasis en plasmar en la obra aquello que el artista percibe a lo largo de un período de tiempo (una acumulación de instantes) durante los cuales él está frente a aquello que quiere pintar. El tiempo sería aquel que acontece entre que empiezas y terminas la obra. No detienes un solo instante sino que te concentras en una suma de instantes. El cuadro termina siendo una suma de instantes.

Muchos de mis cuadros, si los ves bien, pudieras pensar que no están enfocados. Pareciera que no son precisos, que en ellos las formas no han sido silueteadas ni contorneadas. Sobretodo cuando mi obra es fotografiada, al verla te da la impresión de que está como más difusa de lo que es en la realidad. Pienso que éste es un elemento nuevo que se le añade a esta forma de ver el paisaje. Esa forma borrosa es una característica de mis obras. Te recuerda que lo que ves no es un instante sino una acumulación de instantes”.

Por eso, Adrian nunca pinta a partir de una fotografía. Para seguir con la metáfora de la cámara fotográfica, sus paisajes serían aquella imagen que uno vería si se fijara la cámara sobre un trípode y se dejara el diafragma abierto durante horas. Por otra parte, no hay pretensión de tener el foco preciso sobre ningún punto de ese paisaje que el artista contempla, sea éste una hoja, un árbol, cualquier elemento que le hubiese podido llamar la atención.

Adrian cierra esta reflexión así: “El cuadro se crea en este estar delante del paisaje mientras recibes la sensación directa del mismo. No el nivel de impresión, que es posterior, sino de sensación. El cara a cara se refiere a un ir en busca de la naturaleza. No a traerla (a tu estudio) a traves de otros medios. Yo no voy a tomar una foto, que es un instante congelado, sino que voy a ir a carearme con la naturaleza, un cara a cara con ella en el lugar donde me encuentre. Y voy a vivir (diría uno que plenamente, intensamente, apasionadamente) esta tarde o esta mañana que voy a pasar con ella. Delante de ella. Y esa mañana no es las seis de la mañana, es un período de tiempo, entre las seis y las no se cuantas.” Lo que significa que si uno como espectador intuye que un cuadro de Adrian presenta un paisaje matutino es porque esa acumulación de instantes, cuando el artista realizaba esa suerte de sumatoria pictórica que plasma la diversidad de instantes en uno solo, construye al ser agregada una atmósfera matutina o vespertina. Dependiendo de cuál era la luz y las sombras, la paleta de colores, o los elementos del paisaje que hna impresionado más profundamente al artista o que éste ha destacado, ha representado con mayores o menores énfasis en esa obra. Uno podría hablar de un tao o marca temporal asociado con cada obra de Adrian, si tomamos esa noción de que el concepto escencial a la filosofía china se refiere al sentido o significado global de un instante en un ámbito del espacio (podría hablar del tao de la cena que tuve con mis amigos anoche). El tao sería como el destilado de esa experiencia de estar frente al paisaje en ese estado de contemplación ejecutante y plenamente actuante.

Si sientes que hay una huella y marcador temporal en mis obras es porque, al estar embebido en el paisaje, me debo a él. Debo ser honesto con lo que percibo. No voy a pintar una tarde cuando en el paisaje es de mañana o mediodia“. Es parte de esa honestidad de su pintura, su decisión de no relacionarse con el paisaje mediante mecanismos como la fotografía que se interpongan entre su vista y lo que el paisaje le comunica. No sólo a sus ojos, también a su corazón. Adrian toma distancia de esa tradición que hasta Cabré habría seguido de plasmar el paisaje a partir de una foto. “Claudio Perna me contó que este maestro del paisaje, realizó sus últimos cuadros con la ayuda de un estereoscopio para pintar El Avila; asi podía tener una fotografía de esa montaña en cada ojo.”
Adrian no se quedó como estudiante formal en la Academia a la que había ingresado con tanto esfuerzo. Estuvo tres años en esa institución haciendo estudios libres.

Y mientras tanto estaba con Torrens trabajando como asistente. Fue durante esa época cuando aprendí más porque mi intencion era dominar el oficio de pintor. Descartando asi la tendencia de aquel momento que era la abstracción. Mis colegas eran abstractos. Yo quería aprender el oficio tradicional. Con la fortuna de que al final no fue ni tan tradicional ni tan académico. Como, por otra parte, yo ni esperaba ni deseaba. Es decir, entré en este mundo porque pensé que era el mundo que debía seguir. Pero no tenía juicios o ideas predefinidas sobre qué tipo de pintura seguiría. No había una cosa clara. Simplemente fui adentrándome“.

Inicios

Cuando trabajaba como asistente de su maestro Joaquin, realizó algunas incursiones en el retrato, porque Torrens era retratista además de paisajista. Pero incluso antes de conocerlo, desde muy niño, la contemplación del paisaje era una de sus grandes distracciones. “Ese ingrediente que es la contemplación es necesaria para disfrutar del paisaje y, eventualmente, trasladar tus impresiones a un lienzo. Esa capacidad y propensión a la contemplación, y el disfrute asociado del paisaje que contemplas, es algo que yo tenía desde niño. Además, culturamente, en Mallorca existía esa cultura del paisaje que venía del postimpresionismo. A esta isla llegaban muchos pintores para pintar sus paisajes. Recuerdo que cuando visitaba las casas de amigos en Mallorca, veía con frecuencia cuadros de paisajes mallorquíes pintados al óleo. Mallorca era un sitio semejante a lo que puede haber sido Giverny para el Impresionismo, con mucha tradición de pintura de paisajes.” Todo esto lo había sensibilizado hacia el paisaje en particular y, en general, hacia la reflexión sobre los géneros en la pintura más que al discurso sobre la modernidad, la abstracción y el sino de los tiempos.

Otro factor que el artista cree que puede haber reforzado su elección de un género pictórico como el paisaje fue su temprana intención de aprender un oficio. Sus padres tenían la expectativa de que aprendiera un oficio. A semejanza de ellos, que por línea paterna eran carniceros y por la materna agricultores. Y sin duda, si se hubiese encaminado por un área más experimental, y a la vez más moderna como el informalismo, que seguía Tapies, por ejemplo, es probable que ni él ni sus padres hubiesen pensado que estaba en el camino de aprender un oficio. Este propósito le pudiera haber restado intencionalidad hacia la novedad. Para llenar sus expectativas, él sentía que tenía que estudiar biología, Bellas Artes o dedicarse al negocio familiar.

Llegada a Venezuela: Shock cultural

Luego de hacer el servicio militar a los 20 años, y trabajar un par de años más con Joaquin, Adrian llegó a Venezuela a los 24 años en 1974. Vino invitado por un abogado venezolano que había conocido y que residia en Madrid. Lo que coincidía con el hecho de que en ese momento estaba abierto a dejar esa primera etapa de su vida como asistente de Joaquin. Este viaje le abría una oportunidad para hacer algo nuevo y ser independiente. Porque él había llegado a una gran simbiosis con Joaquín y eso, quizás no le había permitido encontrar su propio estilo plástico y definir sus temas.

Sintió esos primeros tiempos en Venezuela como el nacimiento a una cultura nueva. Pero, contra lo que uno esperaría escuchar de un pintor que ha estado trabajando intensamente con el paisaje durante los últimos 25 años, al llegar a Venezuela, lo que le hizo la impresión más fuerte fue la cultura. Adrian quedó fuertemente impactado por: la ciudad, la democracia y la modernidad. De nuevo sorprende escucharle decir que “El Avila no me impacta con la fuerza que lo haría años más tarde. Porque yo en ese momento no veía la naturaleza como tal. No me aboqué durante esa primera década a la naturaleza, sino más bien a expresar cómo y cuánto me había impactado la cultura venezolana. Si ves mi obra de esos años, aprecias como este impacto se refleja en ella.” El petróleo aparece en su obra. Trabajó en algunas obras el barril. Seguramente inspirada por el bombardeo que hacían los medios de la idea de barril, que era muy importante.

En 1978 presentó la exposición Monólogos y muros. Yo consideraba que la pintura es un monólogo. Eran muros y paredes que aparecían ante los planes de urbanismo que había en aquel momento. Adrian recuerda cómo le sorprendió el descubrimiento de restos de paredes coloniales cuando se hacían las excavaciones para una obra en el Casco Antiguo de Valencia. Se fue a Valencia a pintar eso. “Tuvo una fuerte impresión en mi lo avasallante de la modernidad. O más bien las secuelas de la modernidad y los planes de desarrollo a los que estaba asociada“, dejaban al descubierto, como en un palimpsesto las huellas de lo que habían sido antes. No era un tema de nostalgia, de que se él deseara que se volviera al pasado, a rescatar o ser aquellos que ante habían sido, o de resistir ese proceso avasallante de cambio, de transformación. Era un proyecto plástico, las paredes por ejemplo estan pintadas con un formato hiperrealista con proyección fotográfica. “Esa serie de obras pudieran ser mi primera lectura de lo que era la cultura venezolana para mi. Que era avasallante. Había un intento de comprender esa modernidad que quería hacer tabula rasa con el pasado. “En el caso de Valencia, no se trataba de conservar el casco histórico; simplemente se le pasaba por encima con una actitud de borrón y cuenta nueva. Sin embargo mi obra no tenía este aspecto moral de critica social que ahora hago, era una lectura fresca, espontánea, ingenua”. O lo tenía pero Adrian no era consciente de esa intención.

Por ese entonces va a la Sabana de Bogotá a pintar algunos muros que expuso en la galería Garcés/Velasquezde Bogotá. En 1980, continuó con el tema de los muros. E hizo también una exposición en la Sala Mendoza que tituló Carpología y Lonografía, ambos neologismos que hacían referencia a supuestas disciplinas que se ocuparan de estudiar las carpas y describir las lonas y cuyo tema central de esa exposición era el circo como espectáculo en vivo.

“Yo trataba de comunicar que en Venezuela se había perdido el contacto con el público. Los medios habían sustituido ese contacto directo por un contacto mediatizado y virtual cuya mejor expresión eran las telenovelas, los programas de concursos de los sábados, y las misses. Todo acontecía a traves de los medios. Y me parecía que el circo se había convertido en un objeto de museo, algo que quedó de lo que había sido un espectáculo donde estaba presente ese contacto entre el público y los ejecutantes. Y que, en tanto que era un espectáculo en vivo, era cálido, ruidoso, imperfecto. Lo que quería comunicar era que yo adolecía de ese contacto directo con el espectaculo en vivo simbolizado por el circo. Lo que nos lleva a la idea de que los medios junto con la modernidad y sus proyectos de desarrollo eran no menos avasallantes de lo que había sido la tradicion. Eran pinturas al temple sobre madera. Toda mi obra de ese entonces eran aspectos de la impresión que había tenido sobre mi esta cultura, vista además desde la óptica específica de la España franquista, que era una sociedad cerrada que imponía una censura terrible sobre los medios. Esa primera década se caracteriza por esa pintura de crítica cultural.”

Por otra parte, en 1977 había empezado a estudiar gráfica y en paralelo fui creando una obra gráfica que puede leerse como una reflexión plástica sobre el universo de objetos de esa cultura que lo había impresionado profundamente. El barril formaba parte de este proyecto. Pero antes del barril, Adrian realizó un trabajo con los objetos que irrumpían en su cotidianidad. “Me refiero a aquellos objetos que no eran usuales para mi como: el botellón de agua, la bombona de gas, la gavera de refrescos, el barril de petróleo. Los objetos eran presentados en primer plano y descontextualizados“. Esos objetos eran ideas, o se podría pensar que eran una suerte de objetos platónicos estilizados e idealizados que formaban parte de esa familia de objetos que irrumpían súbitamente y sin pedir permiso en la vida cotidiana del artista. Luego de ese trabajo vino una serie con carros. “Me había impactado el alcance que tenía el carro en la vida cotidiana del venezolano, la relación con el carro y la deshumanización que implicaba. Me impresionaba esa práctica común de tener parado el carro en la puerta de tu casa, meterte en él, moverte por la ciudad con los vidrios cerrado sy aire acodicionado, y llegar a tu destino sin tener contacto con la ciudad y su gente. La ciudad se había convertido en un lugar de paso, en un espacio o distancia que se debía recorrer y no en un paisaje cuya belleza alguien podía disfrutar. Los carros que pinté en ese momento fueron una escalada porque eran carros delirantes y deformados que luego llevé a escalas delirantes y deformadas. Y esta obra era en gráfica, cosa que en la actualidad no haría. Esos carros fueron como un cierre de mi etapa de trabajo con los objetos emblemáticos y paradigmáticos de la cultura a la que había sido expuesto con mucha fuerza al llegar a Venezuela.”

Crisis y transición, de la cultura al paisaje

“En ese momento tuve una crisis y una toma de conciencia de lo que significaba ese trabajo. Había sido como una especie de delirio que cerraba en una toma de conciencia. Esta crisis tuvo lugar alrededor de 1983, lo que la hace coincidir con la primera gran crisis económica de la era del puntofijismo. Una obra importante de esta última época es un Mercedes Benz que estaba visto de frente y que lo había realizado en varios paneles, eran nueve pliegos, cada uno de un metro por 70 cm, terminaba siendo la exacerbacion del Mercedes Benz. Aunque no era un objeto que perteneciera al contexto en el que nos movíamos, estaba como endiosado, era claramente simbólico.”

Luego presentó una serie titulada Extraterritorialidades, que constituyó una toma de conciencia, relacionada con la reflexión sobre el ser extranjero en Venezuela y en España. Adrian se comprendía a sí mismo y expresaba como un ser extraterritorial. Y esto me llevó a hacer una serie de carros que, a diferencia de los de la referida serie de objetos descontextualizados, empezaban a estar dentro de un paisaje. Eran carros más poéticos que delirantes. Se expusieron en la Sala Mendoza en 1983 en una individual de gráfica. Finalmente, en 1985, llegó Laberinto, exposición que constituyó el cierre de una etapa. En ella, trataba de expresar ese estar en el laberinto que es el oficio de la pintura. Porque de alguna manera, todo lo que había hecho hasta ese entonces había sido un entrar en callejones sin salida. Quizás esa sensación provenía de mi choque con la cultura, con lo temporal, con ese nuevo país.

    La pintura como monólogo
    El concepto de monólogo lo comprendo en los ámbitos individual y personal. La pintura que en algún momento decido hacer es un careo conmigo mismo. Mi experiencia es mi temporalidad en este mundo. Es monólogo porque no espero que sea el público el que me de el feedback o me señale el camino que debo seguir. Es un problema personal y existencial en el que trato de responderme preguntas del tipo: “¿Qué caminos futuros voy a tomar en mi obra? ¿Cómo voy a caminar sin el riesgo de encontrarme una y otra vez con callejones sin salida que me hacen sentir que el trabajo de uno, dos o más años voy a tener que dejarlo, cerrarlo ahí, porque no es por ahí por donde debo continuar?” El monólogo es mi búsqueda de un camino o forma de caminar que me lleve hacia donde quiero llegar con el menor número de retrocesos, reculamientos, detenciones. Monólogo que además me ha servido para llegar a donde estoy ahora. Ahora sé donde estoy y hacia donde quiero o debo ir.

Tiempo cósmico
Hay un tiempo cósmico en la naturaleza. Y me pregunto por qué en el 1985 tendría yo que haber salido del tiempo histórico y haberme metido en el tiempo cósmico que es el tiempo al que me remite la decisión de elegir como tema a la naturaleza. Pues esa decisión no es casual. Por un lado estaba mi reflexión personal que me lleva a entender que lo que venía haciendo hasta ese momento no era el camino que debía transitar como artista. Por el otro, mi consideración de que la naturaleza podía ser una salida. El ir a la naturaleza cara a cara y pintarla. Ir al paisaje y pintarlo.

Amazonia, la pintura en vivo del paisaje

Dos eventos determinaron el cierre de la etapa de reflexión plástica sobre lo cultural que era el camino que había seguido Adrian desde su llegada a Venezuela. Por un lado, la crisis económica que se expresa completamente en aquel fatídico viernes negro de octubre de 1983. Por el otro, la circunstancia de que Axel Stein fue nombrado director de la Sala Mendoza y convocó una exposición llamada Amazonia. Para esa exposición Adrian hizo un cuadro que funcionó como un portal, porque fue el cierre absoluto de su etapa cultural y la apertura de su nueva etapa. Era un políptico de ocho piezas irregulares, todas distintas, que representaba una visión idealizada de la Amazonia a la que él nunca había visitado hasta ese entonces.

Imagina una composición en la que había en primer plano cuatro cuadros de vegetación. Y arriba unos horizontes que describían la inmensidad del paisaje amazónico. Para pintar ese cuadro, me iba al Parque del Este a tomar apuntes de vegetación y luego regresaba a mi estudio en Los Palos Grandes a pintar. Estuve pintando ese cuadro a lo largo de un mes, poco más o menos. Y cuando terminé sentí que estaba muy cargado y llegué a la pregunta sobre por qué si tenía la naturaleza afuera tenía que ir a pintar al estudio. La respuesta a esta pregunta determinó el camino que tomaría mi trabajo durante las siguientes dos décadas y media. Una respuesta preliminar a esta pregunta era que yo andaba equivocado porque la pintura no tenía nada que ver con pintar en el estudio, sino que debía ser algo que se alimentara del contacto directo con las sensaciones. En otras palabras ir a la naturaleza y percibir lo que ella me daba. Ésa fue la conclusión a la que llegue. Así que apenas terminé ese cuadro, al día siguiente agarré el carro y con una paleta portátil que me había fabricado me fui a Choroní a pintar.”

Epifanía: la naturaleza, el paisaje

La decisión de pintar paisajes en vivo viene de una suma de reflexiones. Que no estaba aislada de lo que ocurría en mi contexto. Porque por ejemplo había gente que empezó a trabajar en el performance. Este modo de hacer arte se decía que se alimentaba de lo cósmico. En todo caso era una acción en vivo. Lo que yo me reclamaba a mi mismo era ese cuestionamiento a porqué pintaba la naturaleza en mi estudio. Yo me iba en vivo al natural, me plantaba en medio del rio o en la playa, y ejecutaba ese performance directamente, a partir de las sensaciones que nacían de un careo directo con la naturaleza durante el cual yo aprendia a captar ese dinamismo y cambio constante de la naturaleza que es además cambio constante de lo que vive. Así fue como aprendí a pintar sin intermediarios, con el lienzo en el suelo. Cara a cara. En vivo. Cuando llegué a eso que es el paisaje, sentí que finalmente había llegado el encuentro con la pintura que había estado buscando. La pintura me hacía feliz. Me proporcionaba ocasiones para la alegría. Y además la naturaleza me daba lecciones. Una de las más básicas fue entender que pintar la naturaleza es un aspecto de la pintura, más ligado a lo espontáneo y a la expresión. Es una clase de pintura en la que yo como ser humano no dependo para expresarme o para pintar de problemáticas ajenas a mi, como podrian ser las que había tratado hasta entonces. Entendí que la pintura era algo ligado a la cotidianeidad, mas no un hecho forzado o violentado donde todo lo que hace el artista tenga que tener significado o intencionalidad.

En esa época uno de los ingredientes de la vanguardia era que el arte comunicaba. Pero Adrian entendió que, de ahí en adelante, con su arte, él no tendría que comunicar su intrepretación de cómo estaba estructurada la sociedad, cuáles eran las tendencias o rasgos de la cultura en la que vivía. O sus diferencias con aquella de la que provenía. El modo de hacer arte que Adrian había descubierto (o más bien redescubierto) le hizo entender que su vida podía (debía) ser la de una persona que está en el mundo y se expresa de un modo natural y espontáneo. “Consideré que la naturaleza, por estar alejada de ese tiempo histórico, sin nada previo, me permitía expresarme sin ningún objetivo. Me iba con mis telas a cualquier lugar del mundo y a la hora que quisiera y al extasiarme o emocionarme simplemente lo pintaba.

Ismael Mundaray, Travesía o la invitación al viaje

Ismael Mundaray con una marioneta tailandesa en su estudio, Caracas 2011

Hay vacíos plásticos, literarios, imaginarios, metafísicos, que nada más verlos (o incluso pensarlos), se nos eriza la piel, nos invade un terror que fácilmente deriva en esa sensación familiar y ambivalente de atracción-repulsión. Terror ante la oscuridad, producido por la anticipación del vértigo que produce la caída hacia ese fondo, situado allá abajo, donde la oscuridad o la niebla no nos deja ver. Ambivalente combinación de atracción y repulsión, a lo desconocido; seducción que ejerce en nosotros la experiencia de caer libres, lo que de algún modo es siempre una forma de volar y por tanto un modo de experimentar la levedad. Pero no son ésas las sensaciones que nos producen los vacíos que vemos en los cuadros de la serie Travesía realizados por Ismael Mundaray, artista venezolano nacido en Caripito, estado Monagas. La travesía se inspira y de algún modo recrea el viaje que realizó el artista desde ese ignoto, agreste y étnico Orinoco habitado por nativos (yanomamis y otros), donde vivió, con algunas interrupciones, durante diez años, y París, donde reside actualmente.

Comenta Ismael respecto a esta serie: Pienso que la travesía es un encontrarse con el mundo occidental; nos hace ver las diferencias que hay desde el punto de vista etnográfico entre esas dos culturas. Tiene mucho que ver con lo etnográfico, lo sociológico, lo antropológico. En mi travesía hacia Europa tuve un reencuentro con lo occidental; en ella encuentro un eco de la experiencia que he tenido de estar relacionado con artistas, creadores, estilistas, diseñadores, arquitectos, fotógrafos, pintores europeos. Con ese mundo más cosmopolita que es Francia; con la moda, el diseño, la arquitectura, el paisajismo. Eso marcó mi obra en el sentido de que mi trabajo tiene que ver con el espacio, la vivencia, la cotidianidad; lo que nos nutre cada día, cada instante; la luz y los colores del rio o de la casa. Mi travesía a Europa es una continuidad de ese recipiente que me acoge, de ese rio que me entorna.

El espectador se dará cuenta de que se trata de otra muy distinta familia de sensaciones las que producen estas representaciones de espacios vacíos que agrupa el artista en esta nueva serie. Los vacíos de Ismael no son vacíos verticales⎯por así llamarlos⎯ hacia cuyo fondo el observador o los retratados pudieran caer o, si es el caso, arrojarse como lo hace el artista Yves Klein en la foto célebre tomada por Harry Shunk, titulada Le saut dans le vide, donde uno llega a sentir la complejidad de emociones que produce en el artista un salto al vacío. Son más bien vacíos horizontales, espacios hacia los que el espectador, o cualquiera de las figuras que el artista pudiera pintar dentro de esos cuadros, pudieran avanzar seguros, correr hacia ellos, para alejarse de la civilización, del ruido de las ciudades, de las palabras o gritos de la gente, para encontrar el silencio, o la soledad; ambos escasos en los espacios urbanos, privados o públicos que habitamos. Porque éstos están cada vez más llenos de gente o de sus representaciones, llenos de bienes de consumo y, sobretodo, de información.

Estos cuadros de formato medio y grande están ocupados casi en su totalidad por inmensos vacíos (desiertos, descampados, llanuras yermas). Son extensiones en ocasiones brumosas y difusas de tierras planas solo limitadas por el horizonte, como guardando respeto por el silencio y soledad que él mismo ha construido. En el fondo, próximos a la línea del horizonte que divide verticalmente la obra vemos, si acaso, solo uno, dos o tres arbolitos que parecen signos de resistencia ante la fuerza avasallante y contagiosa de la soledad. Esas líneas de horizonte me vienen de un viaje que hice a Italia hace alguno años. Recorrí desde Florencia hasta Nápoles. Iba viendo el horizonte en la Toscana, el horizonte en Roma hasta llegar a Nápoles. Esos horizontes son bellísimos. De tanto en tanto podías ver los arbolitos, los llamados pinos parasol, que se encontraban al fondo del horizonte y dividían espacio tras espacio.

Pinceles y cuadro al fondo, estudio del artista, Caracas 2011

En esos espacios estilizados de inspiración europea en los que imperan el silencio y la soledad, el artista sólo osa incluir, cerca de los márgenes de la obra, un par de zapatos o zapatillas, por lo general usados, raídos, desgastados. Uno no sabe si son zapatos de cortesía que deja el artista para quien desee emprender el camino hacia los confines de esos espacios vacíos, para que se los ponga y se adentre en la profundidad del vacío, caminando hacia la lejania del horizonte; o si son zapatos dejados allí por el último caminante, quien decidió emprender el camino hacia el silencio y la soledad de esas llanuras con la libertad que produce el caminar descalzo. Para de este modo sentir de una manera más íntima el suelo que pisa, la tierra de la que alguna vez salió y a la que deberá regresar.

Pero los de la serie Travesía no son solo cuadros para espectadores que anhelan convertirse en caminantes. Otro elemento que incluye este constructor de vacíos plásticos minimalistas son asientos. Sillas, poltronas vacías, que invitan al espectador de carne y hueso a que abandone su mundo real y tome asiento en esa silla vacía. Ismael piensa que son elementos que ayudan a la contemplación: El sofa para mi es la parte masculina de la obra. El hombre que se sienta para ver la modelo y pintarla. Y sin embargo, es también posible que el hombre se siente para esperar a la mujer, modelo o no, que ha partido y él tiene fe en que regresará. Un hombre pasivo al que solo le queda contemplar a esta mujer nueva, activa, que ya no está sometida como hasta hace poco tiempo a sus dictados y se marcha solitaria a lo profundo de ese espacio vacío, mientras él la espera. Con la esperanza de que regrese; con el temor de que no lo haga. En todo caso, el artista ha pintado un asiento para que el que espera pueda hacerlo durante largo tiempo sin sufrir los rigores de la espera.

Ismael Mundaray delante de una obra de la serie, Caracas 2011

El silencio y el artista

Es un silencio que nos permite, en un momento determinado, escucharnos. Un silencio que te permite lograr hacer éso que haces. Lo necesitas para penetrar ese espacio. Es que nunca hay silencio, tú lo escuchas a pesar de que no existe. Uno dice: “estoy en silencio”, y ¿cómo sabes que estas en silencio?. Lo sabes porque lo estás escuchando. Es como la soledad: la soledad vivida que quieres estar solo o esa otra soledad, la que existe a pesar de estar reunido con tanta gente, porque igual te sientes solo. Creo que el objeto te permite identificar todos esos momentos y es por esa razon que pienso que esta obra te permite encontrarte con tu silencio, con tu soledad, con tu presencia y no presencia. Yo paso por un lugar y me gusta una tetera y decido poner esa tetera en un cuadro. O me gustan unos zapatos y los pongo. O son zapatos que les pueden gustar a una de mis amigas, o a mi mujer. Todo eso nutre tu vida igual que nutre tu obra.

Estudio del artista con una obra de la serie, Caracas 2011

Un artista a la caza del zeitgeist

Grape Candy, 68 cm x 35 cm x 18 cm, acero inoxidable, 2008

Conversación con Rafael Rangel

Así como hay artistas que persiguen registrar y expresar las emociones que producen en su alma los hombres y el universo que los rodea; otros que aspiran a hacer algo semejante con las formas que produce la naturaleza, la viva y la inanimada, dentro y fuera de este mundo: y otros que, se alejan de la forma y se concentran en las vibraciones de la luz, el color y las sombras; hay otros que se han planteado programas artísticos más personales, abstractos y simbólicos. Es el caso de Rafael Rangel, artista venezolano nacido en Nueva York. De mirada serena pero firme, habla lento, como sopesando las palabras con las que arma la narrativa de su oficio. Posee una sorprendente madurez acerca de lo que quiere encontrar en el arte y quizás, también, en la vida. Pudiera ser catalogado como un detective del arte, que busca atrapar la línea producida por el gesto pictórico (“Me seduce la línea, quizás porque toda mi vida he dibujado y me gusta mucho el dibujo“), no en el plano bidimensional de la tela o papel, sino en ese ámbito más complejo que es el espacio tridimensional.

Desde muy joven Rafael tuvo claridad sobre cuál quería que fuera su relación con el arte. A los 16 años, su pasión por el arte lo llevó a buscar trabajo como asistente en el taller del artista Rafael Barrios; ahí trabajó durante dos años. Luego se fue a Nueva York con la idea de ingresar en Parsons (The New School for Design) o en The School of Visual Arts pero terminó ingresando en Pratt Institute de donde egresó con honores. De inmediato después de graduarse trabajó durante un par de años con el artista Mathew Barney, a quién ayudó en la producción de la última entrega del Ciclo Cremaster (Cremaster 3). Después trabajó en una fundición (que me dio la oportunidad de usar la infraestructura para hacer mis obras e hice mucha amistad) con el escultor William Tucker, nacido en el Reino Unido (1935) pero nacionalizado norteamericano que enseñaba en Columbia y que es un maestro de la New Sculpture). Al cabo de siete años de vivir en New York regresó a Venezuela, país donde reside desde entonces.

Rafael debe a su formación en Estados Unidos la influencia (en su trabajo artístico), de corrientes como: el Expresionismo Abstracto y el action painting, y dentro de ésta última declara que la obra de Jackson Pollock ha ejercido una influencia particular. Pero como venezolano, Rafael reconoce la influencia (que él considera ineludible para todo artista venezolano, aunque sea para combatirla o trocarla en su opuesto) de la Abstracción Geométrica y en particular de la obra de Gego. Entre esos dos grupos de influencias, Rafael se ha planteado un programa de investigación artística en el que desarrolla su obsesión por la línea. Lo hace por ejemplo, cuando explora las posibilidades de registrar en tres dimensiones esa línea gestual que caracterizara a Pollock quien, al arrojar con fuerza, certeza y pasión la pintura sobre las telas que colocaba en el suelo producía un registro bidimensional del cual resultaba un entramado caótico de líneas, que habían quedado como congeladas en ese plano bidimensional que era la tela. Hay un gesto detrás de una línea de esa naturaleza que emerge del alma del artista, directamente desde su inconciente. La línea se convierte de este modo en un hilo de Ariadna que une la oscuridad sabia del inconciente con la luz a menudo menos sabia (pero curiosa y ávida de conocimiento) del conciente. La línea puede ser así concebida como un faro que ilumina el recorrido desde esa sabiduria caótica llena de energía primigenia, hacia la expresión plácida o inquieta que pudiera mostrar una vez que emerge y queda registrada en la tela.

Rafael quiere ir un paso más allá. Le interesa la posibilidad de producir un registro en tres dimensiones de la línea. Uno que sea capaz de captar, no sólo con total fidelidad la instantaneidad y espontaneidad de la línea tal y como ésta se gesta y desarrolla en el espacio tridimensional, sino también de aprehender la totalidad de la fuerza expresiva (con la mínima disipación) que el creador le imprime a su gesto pictórico. Pienso acá en la Polaroid, quizás su magia residía⎯no obstante el ruido e imprecisión que ésta podría tener⎯en la capacidad que tenía esa máquina de captar el instante, registrarlo en un plano bidimensional, y presentarlo a nuestros ojos a los pocos minutos de haber realizado el registro.

Descubrí un plástico, un poliuretano, que en el momento en que le echabas el catalizador se congelaba, y esto ocurria en uno o dos segundos. Pensé entonces en ese gesto que se podía atrapar. Podía reproducir aquel trabajo completamente gestual de Jackson Pollock, cuando lanzaba al suelo la pintura. Tenía que resolver el problema de cómo traducir eso tridimensionalmente. Porque a lo que se enfrentaba Pollock era a congelar su gesto pictórico en una superficie bidimensional. Pero entonces con esa resina líquida que se congelaba en el aire, podía hacer un gesto y éste tomaba las tres dimensiones en todo su esplendor.

Una vez realizada la mezcla de la resina y el catalizador, Rafael disponía de segundos para dibujar en el aire con esa resina. Y producir formas que quedaban congeladas en el espacio como si hubieran sido inmovilizadas por la mirada de la Medusa, o como esas formas terribles que hemos visto en los documentales sobre Pompeya (según estudios recientes la nube piroclástica cocinó a los habitantes de esta ciudad con tal rapidez que produjo una muerte súbita de modo que 73 por ciento quedó en un gesto de acción suspendida, como si estuvieran con vida). Pero no se trata de decir que hay algo de sombrío en tratar de captar en tres dimensiones algo que puede venir con tremenda fuerza expresiva y rapidez desde lo más profundo del alma del artista. Sino que ese registro es complejo.

Otra de las cosas que me seducía era que ese plástico tenía un brillo muy particular, y descubrí que lo que yo estaba haciendo con esos gestos eran líneas en el espacio. Si hablamos de referencias en el pasado, podemos remitirnos a los dibujos sin papel de Gego, o a obras de la abstracción geométrica que hace dibujos de líneas en el espacio. El elemento del caos, de la parte orgánica ha estado siempre presente en todo. Lo que he estado buscando es esa línea, esa geometría orgánica y ese patrón aleatorio.

Rafael quiere rescatar algo que define como zeitgeist. Este término significa espíritu del tiempo y fue acuñado por Herder a propósito de una crítica que hizo a una obra de C. A. Klotz titulada Genius Seculi (del latín, genio del siglo). Desde la filosofía, zeitgeist habría pasado a ser usado por el Romanticismo alemán para describir un carácter particular en cada época). Aquí pienso en el modelo que parece operar en el arte de Rafael. Un modelo de inconciente colectivo y no individual: La sensibilidad del artista funcionaría como intérprete del sentido o significado que ese inconciente produce al ser estimulado por la sociedad urbana, globalizada e industrial y el universo de objetos en que vive el artista y quienes lo rodean. Este sentido sería el zeitgeist.

Uno se siente como una especie de detective porque la línea, es un elemento formal, pero uno no se puede desligar del contexto donde uno vive, todo lo que a uno lo rodea, y los patrones que hay en ese contexto. Todo ello suscita el problema de preguntarme cuál es esa línea que existe en la actualidad, en lo que han llamado el zeitgeist. Me interesa sacar esa línea de su contexto y, como lo haría un científico, observarla fuera de todo contexto, como para que éste no contamine aquello que la línea comunica por sí misma.

Lo que Rafael piensa que es uno de los recursos para producir esa descontextualización es la repetición. Habla de la capacidad que tiene el collage para revelar esa línea que capta o lleva impresa en ella el espíritu del tiempo.

Me interesa un collage que haya sido construido haciendo énfasis sólo en la parte que me interesa. Trato de lograr una repetición que no manipule ni modifique los elementos que se repiten. Porque sino los estaría destruyendo, interviviendo y lo que hay que hacer es dejarlos lo más inalterados posible. De otro modo se pierde esa línea. Lo que significa que lo que me interesa es un poco una variación de aquel ready-made de inspiración duchampniana pero llevado a que no puede ser cualquier objeto. Eso obliga al artista que comparte mis obsesiones a volverse un cazador de esas líneas o patrones a su alrededor. (…) Pero ademas hay elementos que se agotan, que dejaron de llevar en su corazón ese zeitgeist que ando cazando. Y ello me obliga a caminar, por así decirlo, por los pasillos de la sociedad industrial. Y apenas consigo uno, lo que hago es descontextualizarlo, sacarlo de su dia a dia y presentarlo de una manera abstracta. (…) Si pones uno al lado del otro cientos de mouses de computadoras, vas a poder descubrir una línea.

Y aquí concluimos esta conversación con un artista que se reconoce como detective, y que quizás se sueña también como: antropólogo, documentalista, cazador furtivo del zeitgeist que anda de safari (no con rifles sino con sus herramientas de escultor contemporáneo) por los pasillos de la sociedad industrial. Perseverando en la tarea de producir (recuperar para el espectador el sentido oculto más bien) mediante la descontextualización, agregación, yuxtaposición, repetición o simple iteración que produce una serie de múltiples elementos iguales, para que luego, una vez integrados en la obra, ese agregado abstracto nos revele el elusivo zeitgeist.

Jackson Pollock
Este influyente pintor norteamericano (1912-1956), fue precursor del expresionismo abstracto, corriente iniciada en los años cuarenta del siglo XX, usaba técnicas no convencionales para realizar su obra desde su propio subconsciente para despertar emociones en una época llena de sentimientos radicales y desconocidos. Se le considera el padre del action painting. Colocaba el lienzo sobre el piso y se movía alrededor de él con libertad y dinamismo, mientras dejaba caer gotas de pintura sobre la tela con violencia y sin dirección preestablecida (dripping) para generar caos dentro de cierto orden mental.

Expresionismo abstracto
Nacido después de la II Guerra Mundial, es una corriente artística de pintura no figurativa en la que el artista, sin ninguna atadura ni formalismos, se mueve libremente dentro de su obra, en la que generalmente deja plasmados los sentimientos de angustia y desesperación típicos de la postguerra. A este movimiento pictórico también se le conoció como Escuela de Nueva York, no porque fuera una institución, sino más bien un grupo de pintores como Jackson Pollock, Franz Klein, Willem de Kooning, que compartían las mismas técnicas, criterios artísticos y necesidad de expresarse desde su subconsciente.

Una conversación con Patricia Van Dalen

De cómo se puede crear y vivir para y por el color

Sala TAC, Caracas, Exposición Color Fragmentado, 2008 (foto: cortesía Patricia van Dalen

Patricia Van Dalen es una artista venezolana que ha vivido, entre otras cosas, por y para el color. En su arte y en su vida manifiesta una intensa, permanente y continuamente insatisfecha hambre existencial de color. Apenas entramos en su estudio nos damos cuenta de cómo el color impregna su vida; de cómo necesita rodearse de colores. Nos dice que prefiere vestirse con camisas monocromas de tonos turquesa, naranja, magenta, verde manzana; nos dice también que le gusta convivir rodeada de los colores de los materiales con los que hace sus obras: pinturas, acrílicos, creyones, acuarelas, banderillas de colores, cinta plástica adhesiva de colores; y también de los colores de los accesorios de oficina, los clips, las chinches, los post its; o de los colores de los otros objetos que la rodean. Pero su pasión por los colores es antigua, ya la tenía cuando era una niña.

    Siempre coleccioné objetos de color: metras, creyones, caleidoscopios, juguetes varios, esa pasta como de plástico que venía en tubitos como de pasta de dientes que regalaban en las piñatas y con la que se inflaban globos tornasolados que luego uno mordía. También me encantaba desplazar colores sobre la página cuando era niña, en Maracaibo y estudiaba en el kinder. El color ejercía una fascinación en mi. Pero no pensaba que iba a ser artista.

Y si se remonta hasta el principio, piensa que su hambre de color nació del impacto que le causaron los grandes campos de tulipanes de Holanda a donde viajó cuando tenía seis años y donde vivió un año. Recuerda haber tenido una fuerte impresión al ver esas masas de color en los sembradíos de flores que los holandeses cultivan en grandes extensiones. Los colores de los mercados de flores eran impresionantes.Ella piensa que en esa impresión debe haberse desencadenado todo. Porque antes había vivido en Maracaibo, capital del estado Zulia, lugar donde nació, y que es también una ciudad con mucho color; en particular en esas fachadas de las casas en las zonas céntricas de la ciudad. Aunque atribuye también su amor al color a la belleza polícroma de los atardeceres sobre el Lago, en Maracaibo, y a los colores intensos de las cayenas que crecen en jardines y plazas de esa ciudad. Pero también desde muy niña le impresionan esas alternancias de luces y sombras que producen las palmeras, abundantes en Maracaibo, y que oscurecen o iluminan los colores.

Un arte de colores

Los colores son de algún modo una representación simbólica de la multiplicidad de los seres humanos y por tanto, su vecindad, nos haría sentirnos acompañados. Pienso en esas vistas perspectivas o cenitales de: bazares, mercados, barrios, playas en verano, concentraciones políticas en la que uno sólo divisa puntos de colores. Quizás en virtud de ello, quienes viven rodeados de un universo polícromo, porque lo construyen o lo eligen, son personas que tienen más necesidad de los otros. O aversión a la soledad. Por otra parte, el color, la policromía, es también metáfora del ruido del mismo modo que su ausencia, lo negro o su plenitud más densa, lo blanco (que es todos los colores), son metáforas del silencio. En virtud de esta cadena de asociaciones, uno siente, al mirar una obra intensamente polícroma como si de ella emanara una ininterrumpido rumor, que en el límite, cuando los puntos de colores se hacen cada vez más diminutos, el mensaje de cada punto individual se diluye en el rumor de la masa de colores y lo que produce en nuestro oídos (de un modo kinestésico porque lo que vemos es una obra pictórica) es un ruido blanco como el de una pantalla de televisor en las que una tormenta de miles de puntos tiene como única banda sonora un larguísimo buzz. Es un ruido que no te deja solo. Y sin embargo, no es un ruido que te ayuda a pensar. Por el contrario, es un ruido que quizá te ayuda a poner la mente en blanco. De ese modo los colores, al multiplicarse hasta el infinito, te alejan de las ideas, de las palabras. Podría uno pensar que como la sumatoria de toodos los colores, hablando newtonianamente, es el blanco (que es la luz,) el amor a los colores es a menudo amor a su fusión última y trascendental del uno con la multiplicidad, es decir un amor al blanco que los transciende. Un intento de llegar al uno a través de lo múltiple, esquivando la palabra.

La obra

La invitamos a mirar en retrospectiva su obra, ahora que tiene cerca de treinta años de vida artística. Ésta comienza cuando el Salón Michelena le acepta unas obras que envía. Desde ese día siente que es una artista. Antes de eso, durante sus estudios de diseño gráfico en el Instituto Neumann, en Caracas, no sabía que iba a ser artista aun cuando sabía que tenía talento para dibujar. Para graduarse hizo como tesis un libro para niños que se situlaba: El viaje de un león.

    La idea principal de ese libro de 64 páginas se inspira en el dibujo de un atardecer que pude ver desde la ventanilla del avión en el que viajaba con mi madre un día que íbamos juntas a Puerto Rico. Cuando miro el dibujo central de ese libro me parece que estoy viendo los colores de los atardeceres de Maracaibo. Y sus palmeras, los juegos de luces y sombras que éstas hacen. Porque además de los colores me interesan las formas abstractas, la repeticion de formas y familias de formas. El título de ese libro proviene de que soy del signo de Leo y siempre he tenido fascinación por los leones. Pero creo que lo que fue determinante en mi elección de ese animal fue que cuando a los ocho años estudiaba en el Colegio Humboldt me gané un primer premio en Alemán contando la historia de un león en el parque. El texto se titulaba “Un león feliz”. Pienso que ese león estaba feliz porque había ido a un parque. Quizás por eso toda mi obra son series que se titulan: parque esto, parque lo otro, Jardin de Luxemburgo, jardines.

Recuerda algunos nombres de profesores que en la Neuman fueron importantes en su formación: Luisa Richter, porque le enseñó composición y estructura; Abilio Padrón, quien la estimulaba mucho; y Alirio Palacios, quien la animaba a que manchara con colores. “Mancha Patricia, mancha a puro color”, me decía una y otra vez Alirio, quien fue el primero que captó mi pasión por el color. Pero todavía no me había decidido a ser artista; seguía pensando que iba a ser ilustradora infantil. Quizás porque creía que los artistas, desde muy niños ya saben que van a ser artistas.

Viaje iniciático

Haciendo un paréntesis en el hilo que llevaba la conversación, regresamos como si fuera un vórtice a su libro sobre el Viaje de un león. Necesita hablar de esa obra. Uno diría que aún después de tantos años ella acudises a él para buscar una guía, luces, inspiración. Sin proponérselo, ella lo resume y uno siente que lo que hizo en aquella ocasión fue narrar un viaje iniciático. Su viaje iniciático. Y a este libro, casi premonitorio, podrá acudir cada vez que lo necesite durante el resto de su vida para que le ayude a decidir los caminos que debe tomar.

    En alguna parte de la historia narrada en “El viaje del León”, éste se queda calladito. No quiere pensar. No quiere palabras que son ideas. En ese libro yo había escrito del León: “Trató de pensar en algo pero no le venía nada a la mente. Intentó entonces hallar la razón de ese vacío. Tal vez últimamente he estado pensado demasiado. No, seguro no he pensado lo suficiente, quizás no tenga nada en qué pensar. De que sirven en realidad los pensamientos”. Esas frases revelan que yo tenía una lucha interna.

El viaje del león nos recuerda a un cuento alegórico que narrara un viaje inciático que muestra cómo el héroe recorre ese camino que va desde los colores a las palabras y las ideas. Pudiera revelar un temor de la autora a acercarse a las palabras. Por eso quizá, busca a los poetas y escritores que escriben y hablan de su obra; porque no quiere hacerlo ella. Porque no quiere hacer arte conceptual. Es como si amara las palabra sólo cuando están afuera de ella, como si temiera que, si entran, puedan tocar su sensibilidad más profunda. O quizás se trata de un mecanismo para reproducir, en lo formal, la personalidad de su padre cuyo oficio era ser librero, no escritor. Un hombre que estaba rodeado de palabras a las que amaba pero que no las producía. Patricia dice que su padre no era intelectual. En la conversación ella sugiere que quizás buscó reproducir estructuralmente un modo de ser de su padre. De este modo, ella y él serían formalmente análogos: Dos seres que se rodean de palabras pero que toman una distancia mínima de ellas; evitan producirlas. Como si tuviesen miedo de hacerlo. O como si tratara de ser el artista que su padre hubiera sido si hubiese sido escritor. El Viaje del León pudiera ser entonces el libro premonitorio de un proceso inciático; o una indicación de su inconciente de cuál era el camino que debía tomar para llevar a cabo exitosamente su proceso de individuación (si se me permite recurrir a términos junguianos).

    Yo escribo hacia el final del libro: “Creyó hallar la respuesta tan esperada. Ahora comprendía la diferencia entre la realidad y su imaginacion. Volver a ser el león de antes sería imposible”. Yo no digo qué fue lo que el comprendió. Luego el león se va acercando a la Tierra lo suficiente hasta que decide lanzarse. Allí vuelve el color. Me provocó colorear de nuevo. Y sale el Sol. Ruge el León. Y se echó a llorar porque se asustó del rugido. Y llovió y finalmente apareció el arcoiris. Y se manchó de colores. Ahora el león miraba el universo distinto. Olía las flores.

París

Se fue a París con una beca que le dio Corpozulia para que trabajara en un proyecto de Luis Alberto Machado, quien era el Ministro para el Desarrollo de la Inteligencia, desarrollando material educativo para un proyecto de educación visual. Junto con su equipo, tenía que producir unos módulos luego de reunirse, semana tras semana, con Yacov Agam (artista cinético nacido en Israel en 1928), quien es un maestro del color.

    No existía un método como tal. Había que producir todo el material de apoyo para convertir las ideas geniales de este artista en módulos educativos. Agam tenía ese método en su cabeza y tuvo la suerte de que Machado le pusiera a la orden un equipo integrado por: una pedagogo, una psicólogo y yo, diseñadora grafica e ilustradora, para poner en papel sus ideas. En esa época estaba feliz. Se me había despertado mi vena educativa, que la debo haber heredado de mi abuela materna, que fue la primera maestra de Machiques.

Agam y el color

Conocer a Yacov Agam en Paris fue determinante en su decisión de hacer un arte en el que el color tuviera un fuerte protagonismo .

    Cuando entré por primera vez al taller de Agam me encontré con decenas de gamas de colores. No eran gamas clásicas o tradicionales que uno puede ver en el espectro ordinario sino que eran gamas que trazaban caminos originales y diferentes para llegar de un color a otro. Estaban construidas con hileras horizontales de pequeños potecitos. Por ejemplo, una de esas gamas llegaba al azul pero pasando por el violeta. Con Agam aprendí a pensar visualmente, cosa que no hacía en la Neuman.

Nada en la vida es gratuito. Si realmente no hay un destino, es el inconciente el que va hilando detrás de uno—como al margen de lo que uno cree que quiere o desea—su propio proyecto de vida, identificando o señalando caminos, oportunidades de realizar ese proyecto, y está en uno decidir si lo obedece o no. El encuentro con Agam parece una validación de unos de esos posibles camino de vida futuros trazados por el inconciente. Agam la ayudó a imaginar modos no figurativos de expresar su sensibilidad extrema hacia el color. Porque Patricia es una persona sensible al color antes que una artista. Y su arte nace de su necesidad de hacer algo con esta sensibilidad extrema hacia el color, que como dije es sensibilidad hacia la vida en su más plena diversidad, heterogeneidad, caos y entropía.

Patricia recuerda que apenas entró en el estudio de Agam, le impresionaron las gamas de colores que vió. Pensó que eran una manera original que tenía Agama de desplazarse entre los colores. Fue por ese entonces cuando pensó que los artistas serios no usan color; y que quizás esto se podría atribur a la creencia de que el color no es intelectual sino anímico, emocional o infantil. Lo que de algún modo significaría que es difícil hacer una obra conceptual a partir del color. En la actualidad, esata idea le parece un prejuicio, porque una cantidad de artistas serios y conceptuales basan su lenguaje en el estudio del color. No sólo los maestros de los 50 y 60 tales como Vasarely, Agam, Soto, Cruz Diez, a quienes no reconoce como influencia directas de su trabajo artístico. En cambio, reconoce en su obra una fuerte influencia de Alejandro Otero y, por supuesto de Yacov Agam.

    Me he sentido en una época más cercana a ellos que a Soto y Cruz Diez porque sus propuestas artísticas incluían mucho lo conceptual. Sentía que Soto era como un ingeniero en su uso del color; muy preciso, muy riguroso, muy matemático. Siento que Soto no daba cabida a los sentimientos. Esa era mi percepción. Hoy en día entiendo que no es así, pero yo lo percibía de ese modo. Había como un rechazo a lo cinético por falta de alma. Resulta que eso es tonto porque si uno ve ahora las obras de los cinéticos se sienten cargadas de emocionalidad.

Garde (2008), Vinil, hierro; ambientación, Sala TAC, Caracas (foto: Cortesía de Patricia Van Dalen)

Regreso a Venezuela, el big bang

Patricia vivió en Francia entre el 9 de febrero de 1980 hasta el 30 de diciembre de 1982. Cuando regresó, empezó a realizar sus primeras obras de arte. Las elaboraba arrastrando con la punta de los dedos una viruta y puntas de lápices de creyones sobre el papel. Son las primeras obras en las que tiene una intención de hacer una obra de arte

    Yo arrastraba esas virutas y empecé a hacer unas líneas abstractas que empezaron a tomar todo el papel, y luego pasé a usar acrílico, óleo. Estos fueron los dibujos que expuse en el Salon Michelena en 1984. La llamo big bang porque fue una etapa inicial exploratoria en la que sentí que de la nada me había convertido en una artista pero todavía no me asumía como tal. Simplemente seguía un poco la corriente. Veía que a los demas les gustaba lo que hacía y esa validación me ayudó a proseguir con mi trabajo. La crítica también era buena. Hablaba de la fogosidad, la energía, la fuerza de mi obra. Mientras más me decían todo esto más color le metía a las obras; más explosivas eran éstas. Yo arranco con una caja de creyones Caran d´ache que todavía conservo. Pero me daba miedo. Esta caja de Caran d´ache tiene conmigo más de treinta años. Son los creyones con los que coloreé el libro del León. Cuando hice esa tesis yo tenía ventiún años. Mi primera obra era como el universo justo despues del big bang, líneas inconexas, enmarañadas, pero aun así había todo un lenguaje planteado. Pienso que es una obra y no son simplemente rayones sobre el papel. No eran obras con título, eran más bien como un diario. Tenían la fecha del día que habían sido realizadas. Creo que estas obras fueron terapéuticas, una forma de curarme esa pena por haberme ido de Paris. Me había quedado con una necesidad de Paris, de esa cultura, de calidad de vida y de lo que ofrecen ciertas ciudades de primer mundo.

Manchas de color

Patricia evoluciona desde esa etapa de líneas inconexas de las obras que presentó en el Salón Michelena de 1984, a una etapa de manchas de color en los que había una fuerte presencia del negro, que la artista siente es un tono que le da estructura a sus obras. Sin embargo, en esta etapa, todavía no se atrevía a cubrir de color todo el papel o tela y sus obras estaban todavía como flotando rodeadas de blanco. En enero de 1985 expuso en la Galería Minotauro la serie Pinturas y Dibujos, y Hanni Ossot escribió el texto de presentación. Cecilia Ayala, la directora de la Galería Minotauro fue la primera galerista que le dio una oportunidad de hacer una exhibición individual. Cuenta que la exposición fue extraordinaria. Esta técnica de las manchas de color la usaría durante muchos años, hasta que el momento en que sintió que debía pasar a una nueva etapa.

Arte y azar

El arte abstracto, al liberarse de la restricción de la representación de lo real a la que está sujeta el figutivismo, pudiera aspirar a tener también la libertad de liberarse de la restricción de obedecer el plan que ha trazado (cuando existe) el artista para la obra. A la obra de arte abstracta le pudiera ser más fácil escapar a ese plan que define el artista y dejarse llevar por fuerzas del inconciente e, incluso, por los ciegos caprichos del azar. Conversamos sobre las relaciones de su arte con el azar, sobre las rendijas que le abre para que éste se introduzca en su arte y deje una huella importante.

    Para mi, comenzar una obra es como un salto al vacio. Es abrir una puerta, encontrarme un universo nuevo y empezar a caminar. En mis obras no hay ni un color de más o de menos; se vería muy mal si así ocurriera. La obra tiene que fluir en cada centímetro cuadrado de su superficie. Pero además, la obra tiene mas intencion de la que parece tener. Tiene más forma y composicion de lo que tu crees. Por ejemplo, la obra no se ve igual si se voltea. Se descompensa, el peso del color no es igual. Aparecen formas concéntricas que lucen muy extrañas. Creo que tengo talento para el color pero tambien para la composición. Sé componer bien.
    Respecto de tu pregunta sobre si me abro al azar cuando pinto, creo que es más bien la intuicion aquello a lo que yo me abro. No se si cuando uno tiene treinta años haciendo algo hay mucha cabida para el azar. Diría que el azar es casi una herramienta mas de mi trabajo. A veces, cuando estoy haciendo uno de mis collages por ejemplo, cierro los ojos y pego el trozo donde caiga. Creo que eso es dejarle un espacio al azar. Lo hago para romper mis propios límites y por eso meto al azar en el asunto. Pero tambien ocurren accidentes. Tengo épocas en las que el azar ha jugado un papel muy fuerte en mi arte, aunque siempre constreñido por reglas de composición. Sin embargo, siento que tengo que dejar que actúe el azar porque si no mis obras serian muy rígidas. Volviendo a la idea de los accidentes, cuando hago un collage impecable tengo que meterlo dentro de una prensa. Tengo una serie de piezas de mármol o granito que pongo sobre el collage para que los retazos que pego encolen perfectamente. Sin embargo, ocasionalmente, ocurren accidentes y se abre un hueco en la tela porque he pegado muy fuertemente el collage con el trozo de granito. Cuando ocurre esto me doy cuenta de que ahí tiene que ir un trozo nuevo. Así, aunque el primer impulso es sentir rabia al pensar que el trabajo estaba listo, luego me doy cuenta de que el trozo final que he agregado a la obra que estaba haciendo le da un toque que la hace especial o interesante. No se si eso es azar o qué. Podría tambien ocurrir que sea uno mismo quien provoca el accidente porque algo, alguien allá adentro o atrás de mi sabe que la obra que había temrinado podía ser mejor y que le faltaba ese último toque.

Collages y huracanes

Huracán IX (1991), acrílico y papel encolado sobre tela, 120 x 200 cm (foto: cortesía Patricia Van Dalen)

Patricia empezó a hacer collages una vez que tenía que hacerle un regalo a un niño y se le ocurrió que podía hacerle algo ilustrativo. Hizo diversos animales pero no con dibujos sino recortando material de desecho que ella misma había generado. Patricia recuerda que le salían tantas obras malas en papel que las fue acumulando hasta que un día pensó que era un material valioso y que tal vez si lo recortaba y lo ponía en otro contexto podía pasar a ser forma. Así nacieron sus collages.

Fue en las obras de la serie Huracanes cuando puso por primera vez trozos de papel sobre tela. En estas obras uno contempla un caos ordenado. Como cuando el maestro de pintura china se prepara espiritual y físicamente para realizar los trazos de su obra, y sabe que cada trazo debe estar acompañado de modos específicos de movimiento del aire por su cuerpo, estas obras le exigían una disciplina muy especial. Durante su realización, ella se concentraba y estallaba y luego se volvía a concentrar y volvía a estallar en un proceso recurrente y periódico de explosión y súbita liberación de energía; en un proceso que se hacía evidente al espectador sensible de esas obras. Con el tiempo, aprendió a manejar la energía al modo de un maestro oriental. A partir de ese momento uno verá trazos más suaves, más lentos, en los que la energía asociada a cada color se libera, por así decirlo, lentamente.

    Alguien dijo que mi trabajo se parecía a un retrato que había pasado por una licuadora y luego lo habían reconfigurado, como en un caleidoscopio quizás. Que mirada desde lejos puede parecer un mercado en la Guajira, o un mercado en la India.

Flores

Al concluir esa etapa de pintura de la serie de huracanes, hizo un breve descanso por la muerte de su padre. Poco tiempo después comienza un período figurativo durante el cual pinta flores; ella considera a las obras de estas series (Primavera11, Primavera2, Tulipanes) como un homenaje a la memoria de su padre. Esta época de flores que duró años se concentra en la pintura de cayenas (Maracaibo) y tulipanes (Holanda) entre los años 1993 y 1995. No deja de ser curioso este interludio figurativo en una artista que había mostrado una constante preferencia por la expresión abstracta no geométrica.

Instalaciones

Comienzan en la Sala Mendoza en 1993. En ese entonces Ariel Jiménez era su director. La invitó a hacer una obra tipo instalación para una exposición que tuvo lugar en septiembre de 1993. Su padre tenía tres meses de haber fallecido y fue por eso que se le ocurrió hacer una instalacion de flores amarillas como un homenaje, por el amor que tenía su padre a las flores de Holanda. Esta asociación entre Holanda y las flores estaba muy presente cada vez que recordaba a su padre. Se ganó el primer premio de la primera y única edición del Salón de Artes Visuales del Mavao. Sin embargo, ese logro no la dejo completamente satisfecha porque ella dice que quería convertirse en una artista conceptual. Y uno siente que quizás se encontraba en una dilema. o más bien en una encrucijada. Se debatía dialécticamente entre dos caminos mutuamente excluyentes: La aventura del color, cuya fuerza emocional (que le era inherente), alejaba los conceptos; y el arte conceptual. Desde hace unos años ha caminado entre estos dos mundos.

    En el fondo, creo que yo deseaba ser escritora pero como no escribía pensé en ilustrar lo que otros escriben y luego me lancé a ser artista. Pero ahora estaba lejos de las palabras. Y entonces comencé a pedirle a los que saben escribir que escribieran sobre mi arte. Y solo me acerqué de una manera más íntima a las palabras y a las ideas cuando Roberto Guevara me forzó a hacer arte conceptual. Lo que hice en la Sala Mendoza fue una instalación con margaritas. Más tarde, Roberto Guevara me invita a que participe en una bienal del Barro de América. La idea del barro me hizo pensar en usar macetas; en el centro de cada una de esas piezas iba un desarrollo, un papel, un collage. Luego vino otra exposición: Visiones y fuegos de artificio (1995) que fue curada por Tahía Rivero en la galería Espacios Unión. Para esa exposición hice 110 acuarelas con acrílico y las encolé. A Julio Pacheco le pareció esa obra un Lego a mi estilo. Esta obra es un precedente del mural de cerámicas que hice en la autopista de Prados del Este.

Luego comienza una serie de trabajos que son instalaciones con banderitas de colores. Entre ellas se destaca una instalación con nueve mil banderitas que realizó en las áreas verdes alrededor de la biblioteca central de la USB. Estaba contemplada también una casa de la pintura, y cada uno de los ladrillos de esa casita estaba hecho de una obra suya que había sido escaneada y pegada luego sobre la pared del edificio de la universidad. En la Universidad Simón Bolívar hice en 1998 un proyecto llamado Casa/Jardin/Ventana que comprendió tres intervenciones de espacio.

Píxeles

Entre los estilos más recientes de su programa de investigación del color, la exposición “Color fragmentado”, que realiza Patricia en la TAC en 2008 define un cambio importante. Para esa exposición, tomó una foto del Jardín de Luxemburgo y la tradujo en píxeles redondos. Ahí aparecieron una cantidad de colores nuevos, que yo nunca había usado. Miguel Miguel, que era curador de esa exposición la animó a ensayar con esas nuevas paletas. Ese fue un punto de cambio. María Elena Ramos redactó la presentación del catálogo de esa exposición y escribe sobre este serie: Van Dalen trabaja entonces los lugares fronterizos entre la emocionalidad y la necesidad de estructuración. En esta nueva etapa tal polaridad se hace más patente y así estas obras actúan como bisagras que vamos viendo moverse entre: -la vivacidad de las experiencias de infancia y, posteriormente, la incorporación de la memoria, que le dio más brillo a esas vivencias del color, o que ahora apaga sus tonos

El píxel no es solo un elemento de representación de una época en la que proliferan las imágenes digitales, que se descomponen en miles o millones de puntos de color, sino también una metáfora del fragmento. La obra de Patricia, al ampliar cientos de veces cada píxel, lo reconfigura como una imagen nueva geométrica y abstracta, ella misma susceptible de dejar de ser fragmento para pasar a ser totalidad. Para recordarnos que, dependiendo de la perspectiva desde la que veamos la obra, no hay fragmentos, solo totalidades.

Obras vivas

No importa cuanto orden, balance y simetría logre Patricia introducir en las obras que hace, no importa cuáles sean los espacios y modos que Patricia le abre al azar para que éste se introduzca con más o menos fuerza en sus obras, el color preserva en ellas una entropía que las hace asemejarse a seres vivos. Son obras que crean la ilusión de movimiento. Uno al mirarlas detenidamente siente que respiran, que tienen corazones que laten, que como densas selvas, pueden sorprenderte con un rugido tan fuerte como el de un león (ella que es Leo se introduce siempre en sus obras, hace autoretratos simbólicos de ella). Y si las miras aún más detenidamente, te encuentras con ojos que te miran ellos a su vez. Como escondidos detrás de los colores de las cayenas, mimetizados dentro de la policromía de la obra, como si fuera ésta una selva tropical, están allí quietos, agazapados, mirando a cada espectador, indagando muy dentro de su alma. Y si eres sensible, puedes divisar qué fue lo que vieron esos ojos (de seres fantásticos cuyas formas no identificas por más que te esfuerces) y al hacerlo logras conocerte mejor. Y es por eso que sus mejores obras actúan también, en ocasiones, como peculiares espejos, unos que muestran el alma y no el rostro de los espectadores.

Los que quieran revisar más en profundidad el trabajo de Patricia Van Dalen pueden visitar su sitio web

Sobre el mirar, Blade Runner, Strindberg, Gauguin,

Esta foto de la NASA pertenece a la colección de fotos del espacio del Telescopio Spitzer y muestra un agujero negro masivo del que sale un kaleidoscopio de color.

    El chorro gigante de partículas que sale de este quasar se extiende a lo largo de 100 mil años luz del espacio, una longitud semejante a la de la Via Láctea. El brillo proviene del hecho de que el material arrastrado hacia el centro del agujero negro por la poderosísima fuerza de gravedad primero se calienta hasta temperaturas elevadísimas. parte de ese material es arrojado a través del espacio como si fuera el chorro de un avión a reacción. Es esto lo que vemos, con color falso, a través del telescopio. Los distintos colores indican las distintas longitudes de onda de ese chorro de luz. Este chorro pudiera parecerse a los rayos C brillando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, a los que hace referencia Roy en Blade Runner. Pero Roy los miró directamente. Estaba allí donde ningún mortal ha llegado Ese detalle hace especial a sus palabras.

A veces sentimos que la velocidad creciente de nuestra vida amenaza con extinguir nuestras oportunidades para la contemplación, de un cuadro, de una vista, de la naturaleza o sus paisajes. Tememos que esta velocidad nos quite la oportunidad de descubir en lo que miramos nuevas arquitecturas, que es una forma de llamar a las nuevas correspondencias entre los elementos de aquello que miramos y que a menudo las descubrimos cuando nos hemos acercado lo necesario, no antes. Porque la realidad, se trate del rostro de una mujer o de la estructura de una planta, siempre se nos revela gradualmente, como en capas concéntricas que a lo largo de la vida aprendemos a descubrir (desvelar) cada vez más rápido hasta llegar a los límites de nuestra capacidad de percepción visual.

En las líneas que siguen exploro algunas ideas sobre la acción de mirar. Si no de contemplar, por lo menos de un mirar relajado, descansado, sin angustias ni apuros. Realizo estos apuntes como para ayudar a que nos recordemos de la importancia de esta práctica.

1. Tears in the rain, y la misión humanitaria de Roy Batty

Roy Batty es una pieza única de ingeniería biónica hecho a semejanza del doctor Tyrell, su creador. A pesar de algunas fallas en su diseño, es sin duda uno de los más sofisticados replicantes (cyborgs) jamás creados por Tyrell Corporation. Durante los últimos minutos de la película, Roy ha estado persiguiendo a Rick Deckard, el mejor cazador de replicantes, por los espacios derruidos de un viejo edificio abandonado. El espectador está casi seguro de que cuando lo atrape, y es muy probable que lo haga porque Roy es fuerte y muy inteligente, lo matará sin deliberaciones.

Roy tiene plenas razones para hacerlo. Deckard ha asesinado a todos los amigos y amigas de Roy, todos ellos replicantes casi tan perfectos como él. Lo que el espectador no sabe con certeza es cuándo va a terminar la breve vida de Roy, quien como replicante tiene una esperranza de vida programada de sólo cuatro años. Roy sí sabe cuándo esto va a ocurrir y ello le imprime un twist sorprendente al final de la película. Ahora que han llegado a la azotea, una lluvia fina pero constante moja todas las superficies de la escena. Deckard, casi sin fuerzas de tanto huir, salta desde la azotea del edificio en que se encuentra a la del edificio adyacente. Pero no alcanza el techo de este otro edificio y apenas logra agarrarse al extremo de una viga de acero mojada y resbalosa que sobresale poco más de medio metro del borde del techo del edificio. Segundos más tarde, Roy se acerca al borde, mira hacia abajo a Deckard aferrado con creciente desesperación a esa viga de acero de qué manera lucha por su vida y sonríe. Luego retrocede unos pasos como para coger impulso y, al saltar, con una paloma blanca en una mano, salva cómodo la distancia que lo separa del otro edificio. Entonces Roy se asoma entre la lluvia y mira a Deckard ahí abajo, colgando. Lo mira y sonríe pensando cómo los humanos, cuando les llega la hora, luchan con deseperación por sobrevivir. Quite an experience living in fear isnt it?. (igual que él) Y mira fijamente a Deckard hasta que, justo cuando éste pierde total agarre y parece que va a caer, la mano de Roy agarra con firmeza a Deckard por su muñeca y lo alza. Lo deja sobre el techo, casi acostado, y se sienta frente a él. Siempre con la paloma, ahora entre sus brazos, Roy le dice a Deckard:I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I’ve watched C-beams glitter in the dark near the Tannhauser Gate. All those moments will be lost in time, like tears in the rain. Time to die. Y la paloma ahora libre se eleva como si fuera el alma de Roy volando hacia lo alto.

Muere Roy como el personaje de una tragedia griega que no puede eludir su destino. Su tragedia no es (como lo llegué a creer alguna vez) la de haber mirado lo que ningún otro ser humano ha mirado nunca. No se parece, digamos, a la de Eva y Adán, quienes pecan por comer un fruto prohibido. La Caída de ellos nace de un acto trangresor y eso los convierte en pecadores. Roy no ha mirado (transgresoramente) algo que no debía mirar. Tampoco ha tenido )solamente) la dicha de contemplar lo maravilloso, que es como tener una visión fugaz del Paraíso. Ese tipo de visiones eran raras; a veces extraordinarias, pero no eran únicas; fueron comunes en los textos de los cronistas de Indias.

Ha contemplado, sí, una clase de belleza que no había contemplado ningún otro hombre en esta vida. Su tragedia es saber que la brevedad de su vida no le dará la oportunidad de narrarle a otros seres humanos lo que ha visto. Por eso lo tiene que describir con esas frases sintéticas que condensan un viaje de ida y vuelta al espacio exterior (de miles de años luz de distancia).

Se cuenta que el soldado griego Filípides corrió los cerca de 40 kilómetros que separan a Maratón de Atenas para anunciar la victoria de los griegos sobre los persas. No lo hizo con muchas palabras, sólo una: Niké, que es el nombre de la diosa Victoria. Luego cayó muerto.(1)

Roy ha recorrido una distancia millones de veces mayor para anunciarle algo al ser humano pero como ahora se muere debe decirlo rápido. Y lo que dice evoca el sabor de una victoria que al principio no reconocemos como humana. Sus palabras recogen la gloria de una Ilíada extra-galáctica para la que no habrá Homero que cante la gesta de los triunfadores. Su tragedia es la de un Aquiles postmoderno cuyo punto débil es pensar que sólo una vez cada mil años el hombre libra una batalla cuyos hechos gloriosos merecen ser recordados por milenios en la memoria de los hombres. Y Roy, un casi hombre de vida brevísima, ha sido testigo de una de esas batallas, de las que recuerda fragmentos de hechos inverosímiles que ha tenido la oportunidad de contemplar.

Podría haber pensado Roy, sin decirlo en voz alta, lo que dice Cavafy en un poema: “Aquí debo detenerme. Y he de asegurarme que todo lo contemplo (lo vi en verdad un instante cuando me detuve): esto, y no también mis alucinaciones, mis recuerdos…”. Quién pudiera decir que lo que Roy confiesa son verdaderas visiones (estímulos en el ojo, su órgano visual y no estímulos visuales en su corteza cerebral) y no alucinaciones, construcciones ilusorias de su exacerbada imaginación alimentada por su ansia deseperada de vivir la duración de la vida de un hombre; de extender en unos años la duración de su vida de cyborg. No hay manera de saberlo. No hay cómo decidir entre la grandeza de lo que dice haber vivido y contemplado Roy y lo que puede haber alucinado o creído ver. Si lo segundo fuese el caso (si Roy le hubiese mentido a Deckard y a nosotros), Roy sería un visionario. Un poeta que dice hermosamente lo que quisiera haber visto o lo que podría ocurrir en el futuro. Quizás sus palabras nos ofrecen un argumento para que lo comprendamos; para que empáticamente intuyamos por qué quiere vivir más años: para contemplar estas cosas que nosotros no creeríamos.

Lo contrario puede también ser cierto: que Roy no hayaa mentido y que en efecto haya estado allá lejísimos en los confines del Universo. Quizá Roy es humilde. Quizá él mismo ha sido el héroe en esas batallas a las que hace velada referencia, y desde una nave destructora le ha acertado con una carga de rayos C a una flota de naves enemigas que los atacaban hasta que se han incendiado. Pero Roy ha retenido otras cosas de esa batallas. Imágenes únicas y mágicas, de una singularidad cuyo carácter sublime nos supera como especie o, al menos, nuestra circunstancia histórica. La Puerta de Tanhäuser remite a elementos místicos en la leyenda de Tannhäuser, poeta alemán nacido en 1205 en Salzburgo que participó en una de las Cruzadas y que, luego de vivir una vida disoluta de la que más tarde se arrepintió, peregrinó durante tanto tiempo que su bastón reverdeció. Pudiera también remitir esa imagen al músico Richard Wagner y su ópera Tannhäuser; a la majestuosidad de Bayreuth, (del Bayreuther Festspielhaus) a la grandeza que aspiraba inducir en el espectador cada vez que se representara lo que Wagner llamaba la obra de arte total (Gesamntkunstwerk). La obra de arte total de Roy es protagonizada por naves espaciales, y tiene como escenario el más remotamente concebible espacio exterior en el que podamos imaginar que haya llegado un hombre.

Es esa declaración evanescente de un acto típicamente humano (hacer la guerra, del cual son evidencia las naves de ataque incendiadas) y de la existencia de un testigo que lo registra en su memoria luego de contemplarlo (el destello que producen los rayos C en la oscuridad), quizá integrados ambos en una narrativa trágica que se representa como función única a billones de kilómetros de nuestro planeta, lo que nos subyuga en las palabras finales de Roy.

Las palabras de Roy plantean la posibilidad de que el hombre pueda un día en el futuro llevar uno de los actos más antiguamente humanos, como la guerra, a un lugar tan remoto y producir a partir de esos actos (que a lo largo de los milenios no han dejado de ser terribles y brutales), la misma belleza que produjo Homero a partir de esas legendarias y cruentas batallas. Es también, como lo dice Alessandro Baricco en el ensayo “La Otra belleza“, la oportunidad que nos ofrecen las guerras para emular a Homero y deslizar entre las líneas de la descripción de las batallas, y las que describen los actos de crueldad y heroísmo de quienes combateen, un obstinado amor a la paz, tal como el que demostraron tener los griegos (que Baricco lee en lo que llama el lado femenino de La Ilíada). El destello de los rayos C en la oscuridad (C beams glittering in the dark) es una imagen de belleza que surge mirífica y solitaria en medio del fragor silente de una batalla extragaláctica (porque en el vacío del espacio no hay sonidos).

Roy sufre porque pudiera haber deseado traerle a la humanidad este doble mensaje: El mensaje trágico y doloroso de que hasta allá, tan lejos de nuestro planeta, hemos continuado la brutalidad iniciada por los primeros hombres. Pero no quiere olvidar darles taambién el mensaje de esperanza de que la capacidad para producir belleza a partir de esos actos crueles también ha llegado tan lejos. Y reside en la capacidad de los que no hacen la guerra, pero pueden apoyarla o celebrarla, descubrir que los poetas como él son capaces de metamorfosear la brutal crueldad en una pacífica belleza; el que allá a billones de años luz, podemos subvertir una y otra vez la guerra y transformarla en paz perpetua. (2)

II, El aventurero como cazador de imágenes

Hay un aspecto del hambre de aventura que se satisface completamente en el acto de ver. El aventurero como un hombre que se entrega a los pies de una visión virginal (porque és el hambre de lo inmaculado, que es una de las formas del hambre de absoluto, lo que nadie ha tocado ni siquiera con los ojos), lo que induce al aventurero a continuar. En tanto que visionario, poeta o soñador, el aventurero ha anticipado en las ocasiones más diversas, y adversas, fragmentos fugaces de esa visión que él cree que es una pálida reconstrucción del Paraíso.

Reconstrucción que luego la sociedad ritualiza e institucionaliza en los más insospechados actos. ¿No fueron acaso las costumbres de sazonar los alimentos con especias que se creía provenían de tierras vecinas al antiguo Jardín del Edén un modo de invitar al Paraíso dos o tres veces al día, cada vez que se sentaba la familia a la mesa?

Al esperanza de esa visión que en el borde del agotamiento y la incertidumbre (Colón en las semanas antes de divisar la costa), en noches de pesadilla y desengaño, bajo el calor húmedo y abrasador de días de caminar en medio de las ciénagas (quizá Richard Francis Burton cuando atraviesa Africa) se le aparece al aventurero con la fuerza de un mantra, y lo anima a no desistir.

Lo dramático es que en un mundo en el que cada día, y con velocidad creciente se agotan las tierras vírgenes, el aventurero, el poeta, el visionario se ven obligados a recurrir a las estrategias más imaginativas para alcanzar estas visiones: los ayunos y otras prácticas de origen occidental como los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, o rituales ayudados con drogas psicotrópicas, como las técnicas que inducen el éxtasis o el trance místico en los Tarahumara y otras etnias de México y Baja California mediante la ingestión de la raíz sagrada del Peyote. Otros recurren a la práctica de rituales de férrea disciplina corporal (e.g. el yoga tibetano) que constriñen el cuerpo para liberar la mente de las imágenes vulgares y desgastadas que llegan a diario a sus ojos (imágenes que tantos otros han mirado una y otra vez hasta perder su brillo), para abrirlos a esas otras imágenes virginales, leves y elusivas como el rocío; las que apenas puedes decir si las viste o imaginaste. Las que de tan tenues se confunden con el fondo oscuro de los sueños. Las que le piden tanto o más a tu fe que a tu sentido de la vista.

En ocasiones el poeta, en la cima de su maestría, alcanza el conocimiento que le revela y recuerda que solo como bardo ciego (Homero, Borges, o los consagrados maestros iluministas a los que Pamuk hace homenaje en Me llamo Rojo) podrá mirar las imágenes virginales que urde con sus versos, sus tropos, sus metáforas, sus dibujos. Porque no es la musa cuyo cuerpo ha acariciado enamorado hasta sus interiores subepiteliales y endoteliales (aunque sea una vez) la que le va a mostrar dónde están las tierras vírgenes; es alguien aún más fugaz. Se parece a Ayesha, la belleza deslumbrante y eterna que protagoniza la obra She (who-must-be-obeyed) de Henry Rider Haggard.

En un mundo en el que el hombre extingue las tierras vírgenes, la plástica, la fotografía, el cine, se han convertido en fuentes cada vez más importantes de imágenes virginales. Alimentan y amplían nuestro patrimonio cultural de tierras vírgenes. Amplían la extensión de esos mundos que sacian el ansia de absoluto del aventurero. La reciente película Avatar de James Cameron es un ejemplo de cómo el cine puede funcionar como una fuente pródiga en imágenes de nuevos ámbitos.

Y sin embargo, en ocasiones el que produce las imágenes necesita que el poeta o el escritor las lea, las interprete. Para ayudar a otros a que las vean. Pero sobretodo para ayudarlo a él mismo. Para mediar entre el hombre que habita y mira las tierras civilizadas y el que habita las tierras vírgenes, sean éstas Samoa o las sorprendentes telas de Gauguin. Porque el que como Paul Gauguin o Kurtz el personaje de The heart of Darkness, la novela de Joseph Conrad, habita en el corazón de las tierras vírgenes (que es a la vez el corazón iluminado de lo absoluto) pero tambien, muy a menudo y simultáneamente, el oscuro corazón de las tinieblas, han olvidado cómo conversar con ese otro mundo en el que lo que miras lo ves una y otra vez todos los días.

III, Civilización de las palabras versus barbarie de la imagen

En Tropic of Cancer (2), Henry Miller nos recuerda que en Cervantes hay descripciones de ríos cuyas corrientes fluyen hacia arriba o de mujeres con seis senos dispuestos longitudinalmente a lo largo de sus torsos. Miller menciona también el célebre fragmento de la carta que le envía August Strindberg a Paul Gauguin: J’ai vu des arbres que ne retrouverait aucun botaniste, des animaux que Cuvier n’a jamais soupconnes et des hommes que vous seul avez pu creer. Debemos recordar que Strindberg se negaba a hacer el Prefacio para el catálogo de una exposición de Gauguin, la última antes de su segundo viaje a Tahití. Y Gauguin estaba convencido de que un escritor de la madera de Strindberg era el único que podría hablar de sus pinturas. Traducir a palabras lo que él pensaba sólo podía expresar mediante imágenes, medio de expresión al que consideraba inferior como vehículo para acercarse a la civilización.

Escribe Gauguin en una carta a Strindberg en febrero de 1895J’eus l’idée de vous demander cette preface, lorsque je vous vis l’autre jour dans mon atelier jouer de la guitare et chanter; votre œil bleu du nord regardait attentivement les tableaux pendus aux murs. J’eus comme le pressentiment d’une révolte: tout un choc entre votre civilisation et ma barbarie (5 février 1895, Lettres, pp. 266-267). (Tuve la idea de pedirle que escribiera este prefacio cuando lo vi el otro dia en mi atelier tocar la guitarra y cantar; su ojo azul nórdico miraba con atención las telas colgadas de las paredes. Tuve como el presentimiento de una revolución: un choque entre su civilizacion y mi barbarie). Es al ejercicio de esta mirada intensa a lo que invitan los escritos de Gauguin una y otra vez en esa serie de cartas. Pero quizás Strindberg se niega porque teme que ese ejercicio visual lo estremezca y revolucione su razón, siempre en un delicado equilibrio, tan cerca de la oscuridad como de la intensa luz reveroniana (Strindberg tenía una personalidad esquizofrénica).

Gauguin responde a la carta de Strindberg en los siguientes términos: Ce monde serait [...] un paradis que j’aurais ébauché seulement. Et de l’ebauche à la realisation du rêve il y a loin. Qu’importe! Entrevoir un bonheur, n’est-ce pas un avant-goût du nirvana? (5 fevrier 1895, Lettres). (Este mundo sería (…) un paraíso que yo solamente habría esbozado. Y del boceto a la realizacion del sueño hay un largo trecho. Pero qué importa! ¿Vislumbrar una felicidad no es acaso una degustación anticipada del nirvana? El Paraíso no estaría en el mundo y tampoco en los ojos del pintor, tampoco sería la lejana y prístina Tahití el único lugar donde lo puede encontrar (ver El Paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa). El Paraíso estaría boceteado en las telas de Gauguin, que serían una promesa, por así decirlo, de la potencialidad del mundo para ser otra cosa, para ser un ámbito celestial. Debemos pensar entonces en las telas como boceto de ese Paraíso en el que alguna vez, antes de la Caída, los hombres y mujeres vivimos felices e inocentes. A Gauguin no le interesa la realidad ni el hacer; se declara incompetente para lo segundo y por eso no busca acercar el boceto a la realidad, convertir a esta última en el Paraíso. Le es suficiente con mirar el Paraíso en sus telas, y disfrutar al hacerlo de ese placer anticipado (abreboca) del nirvana. Pero aspiraba que Strindberg hablara de ese Paraíso a los otros espectadores. Pensaba Gauguin que sus imágenes podían cautivar o hipnotizar a los más sensibles pero no tenían poder civilizatorio, el cual él estaba convencido sólo lo tenían las palabras; las de un poeta como Strindberg.

Notas

(1). En el libro What I talk about when I talk about running, Haruki Murakami describe su loca empresa de reproducir con una ruta que sí tuvo una extensión exacta de 42 kilómteros, la carrera entre Maratón y Atenas.

(2) Otra explicación de esee cambio súbito y radical en la conducta de Roy, su inexplicable acto de compasión con un asesino, seguido de sus hermosas palabras, me lo sugirió el otro día la lectura de Saturdayh de Ian McEwan. Escribí en una nota al pie a la reseña que hice sobre ese autor para este blog, que el criminal Baxter, quien se había redimido luego de que leyeran para él en voz alta el poema de Mathew Arnold, Dover Beach, olvidando su violencia me recordaba a Roy en Blade Runner: “Leemos en la novela que Baxter quedó transfigurado por la magia (del poema) porque éste le recordó cuánto ansiaba vivir. Esta reflexión me recuerda la escena final de Blade Runner.(…) En la versión con la voz en off de esta película, el narrador dice que durante esos últimos segundos Roy amó la vida más que todos los hombres. Baxter es como una versión humana de Roy pero igual de sensible ante la belleza de la vida.” Al personaje de la novela de McEwan lo salva la belleza de un poema; al de Blade Runner, la belleza de (las palabras con las que describe) lo que ha visto. Dos actos de salvación mediados por las palabras. O más bien por imágenes (metáforas, símiles) construidas con palabras, que no son otra cosa que poesía. Aunque la intención de este texto no era explorar la salvación mediante la palabra, siento que he tocado ese tema en un par de ocasiones y que debe ser desarrollado algo más.

(3). Agradezco a Daniella Mendoza haberme sugerido la relación entre las palabras finales de Roy Batty en Blade Runner y lo que le escribe Strindberg a Gauguin, que ella recordó de su lectura de Tropic of Cancer de Henry Miller.