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¿Estamos ingresando en una nueva era?: La tesis de Paul Kennedy

En un artículo publicado en el diario El País, Paul Kennedy (1945), profesor de Historia de la cátedra J. Richardson Dilworth de la Universidad de Yale, sostiene que a pesar de que los signos son aún incipientes y difusos, es posible que estemos entrando en una nueva era. “]sas transformaciones históricas tan bruscas no son el objeto de este artículo. Lo que nos interesa aquí es la lenta acumulación de fuerzas transformadoras, en su mayor parte invisibles, casi siempre impredecibles, que, tarde o temprano, acaban convirtiendo una época en otra distinta.”, dice Kennedy en el artículo tan sugestivo. Kennedy sostiene que uno de esos signos es económico. El dólar norteaméricano ha dejado de ser la divisa en la que están denominadas, como hace una década, el 85 por ciento o más de las reservas mundiales y la cifra actual se acerca al 60 por ciento. Kennedy cree que no es descabellado que en un futuro próximo las reservas se distribuyan entre euros, dólares y yuanes.

Un segundo signo de cambio global sería la crisis de la Eurozona. Un sueño que en algún momento se quiso fundar sobre instituciones como el Parlamento Europeo, la Comisión, el Tribunal de Justicia, y que se hace cada vez más difuso y está en franco proceso de disolución por culpa de una generalizada falta de disciplina fiscal. Sin embargo, recordando una conferencia de Lord Ralf Dahrendorf que una vez escuché en LSE, él dijo que “el factor más importante que había determinado la creación de la UE era el miedo a Alemania”. Reflexionando ante lo que ocurre ahora, uno podría pensar que decisiones que se tomaron por temor, fueron también, decisiones en las que prevalecieron sentimientos como el amor a la paz, a la fraternidad, o a la solidaridad. No fueron decisiones en las que sólo privaron intereses. Y creo que una de las cosas que han sucedido en los últimos años es un proceso gradual de reemplazo de emociones y pasiones por intereses. Intereses que se disfrazaron de valores para legitimarse, como ocurrió con la Guerra de Irak. Éste es el tipo de cambios que marcan los ingreso en nuevas eras.

Un tercer proceso que Kennedy interpreta como evidencia de que vivimos un momento de transformación histórica profunda es la pérdida gradual pero inexorable de liderazgo militar por parte de Occidente frente a China y otras naciones de Asia como: Japón, Corea del Sur, Indonesia e India, entre otros.

Finalmente, un cuarto signo, lamentable, a causa del profundo y arraigado cinismo que revela, es la pérdida de seriedad de una organización global como el Sistema de Naciones Unidas, y en particular del Consejo de Seguridad, donde se usa el poder de veto de sus miembros permanentes de una manera absolutamente desvirtuada. Rusia y China vetan irracionalmente resoluciones contra el asesinato indiscriminado de nacionales sirios, y Estados Unidos hace lo mismo contra resoluciones que impidan el avance de Israel en tierras Palestinas.

El artículo de Kennedy me parece importante porque nos muestra uno de esos momentos cuando un académico dice con tristeza y no poca decepción y desilusión cosas que él no hubiese querido escuchar; y para eso se necesita mucho valor. Y que, él sabe que es posible, que como le sucedió a Casandra, las diga una y otra vez y no le crean. Pero no porque si le creen se pueda hacer algo. Porque los procesos que describe Kennedy pertenecen a esa clase de procesos inexorables que de tanto en tanto emprende la historia. Procesos que crean la ilusión de que fueran teleológicos, de que persigue un objetivo que nadie conoce o puede prever todavía. Procesos que parece que condujeran a un fin determinado. Procesos como los que hicieron que Marx creyese que la historia se podía comportar como una ciencia exacta.

A nosotros, los que no somos historiadores, nos toca pensar sobre estas ideas de Kennedy que generan una multitud de preguntas como por ejemplo: ¿Qué papel juegan y jugarán las nuevas tecnologías en esa transición a lo que Kennedy predice será una nueva era?, ¿Cuán serena o tortuosa va a ser esa transición?, ¿cuán radical o gradual?, ¿cuán local o global?, ¿qué papel jugarán las pasiones en ella y cuál los intereses?. Y finalmente,¿Qué cosas exactamente van a definir el mundo en esa nueva era en la que ya podemos anticipar un rol radicalmente menos protagónico para Occidente?, ¿Cómo va a ser ese mundo en el que Occidente haya perdido radicalmente su influencia y junto con él, la hayan perdido (hayan dejado de estar de moda, ¿será eso posible?), ese conjunto de valores e instituciones que, como la libertad, la equidad, la justicia, entre otros, nos han parecido desde tiempo inmemorable razonables, neutrales y transparentes, en el sentido de que nos han creado la ilusión de que todos ellos, integrados en instituciones democráticas, permiten que cada individuo miembro de ese futuro extremadamente diverso y heterogéneo tendrá la libertad de perseguir sus propios ideales y objetivos de acuerdo con una concepción personal y no necesariamente compartida de la Buena Vida?

Una nota sobre Carl Schmitt y los riesgos de la homogeneidad social

Uno de mis temores recurrentes, cuando soy espectador de movimientos populares como los que hemos visto durante los últimos meses, desde los agrupados bajo el adjetivo de Primavera Árabe, pasando por las protestas de los indignados españoles, o las de los indignados israelíes; incluyendo las de los estudiantes chilenos que reclamaban gratuidad de la educación, y las de los que agrupado por la consigna Occupy Wall Street (OWS), dicen representat al 99 por ciento de la población, es el riesgo de que en fases más avanzadas, alguno de estos procesos, ahora frescos, pacíficos (muchos de ellos, al menos en su inicio), autónomos e independientes sean secuestrados por un líder autoritario de pensamiento radical que convenza a los manifestantes de que la existencia, actuación o discurso de cierto grupo de la sociedad constituye un factor perturbador que impide lograr un arreglo político y económico consistente con el máximo disfrute, para el mayor número de individuos, dado cierto nivel de riqueza existente o la que se pueda crear con éstos.

Analicemos por ejemplo el caso del movimiento OWS. Una cosa es que éste reclame que los banqueros y otros grupos sociodemográficos que perciben ingresos muy superiores al del resto de la sociedad trabajen dentro de un marco regulatorio e institucional que produzca un sistema más justo con menos desigualdad económica, y otra es pensar que la sociedad estaría mejor si esos u otros grupos no existieran. Este último razonamiento (numerosos autores han comentado sobre esto y quizás no valga la pena hacerlo aquí sino brevemente), tiene el riesgo de que puede conducir a una política que trate de reducir o minimizar el número de miembros de ese grupo social y, al hacerlo, reducir la pluralidad de la sociedad.

Aunque está claro que el camino entre un movimiento social pacífico y un odio genocida toma años, por no decir décadas, siempre debe uno estar alerta cuando vemos esas sociedades polarizadas en las que: una sensación de malestar, una desorientación con visos de frustración, mezclada con algo de rabia, se convierten en abono de pudiera una antipatía, y luego resentimiento y finalmente odio hacia cierto grupo social.Por largo que sea el camino, ese proceso de evolución debe uno tratar de impedir a toda costa. El odio hacia un grupo étnico, social, económico, profesional, religioso, puede gestarse lentamente y ser luego muy difícil de erradicar. Procesos como los de Suráfrica, o el mismo racismo que hasta hace pocas décadas estaba arraigado en varias ciudades del Sur de Estados Unidos, tomaron tiempo para diluirse, desaparecer o dejar de tener efecto explícito.

Una manera de protegernos contra este riesgo, es recordar las ideas y el modelo que propuso el constitucionalista y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985), cuyos textos pretendieron constituir los fundamentos del nazismo. Schmitt pensaba que la esencia de lo político era afin al antagonismo extremo. Pero no a cualquier grado o clase de antagonismo sino al más intenso y extremo, aquel que crea la distinción entre amigo y enemigo. Schmitt concebía lo político como el campo de la distinción entre el amigo y el enemigo. En un sentido más amplio, lo político comprendería todos aquellos procesos de antagonismo social que producen alteridad, entendida ésta como la distinción entre aquellos que pertenecen (los amigos) y aquellos que no pertenecen (enemigos) a determinado grupo social.

Concebido como antagonismo extremo, lo político no puede quedar confinado a la esfera estatal. En la sociedad politizada, lo político se derrama de la esfera que lo contiene por toda la sociedad. Se desintegran las barreras que en el Estado liberal separaban lo público,. entendido como reducto de la razón, de lo privado que sería el reducto de las pasiones. En el Estado politizado y radicalizado que era modelo de Schmitt, lo político se hacía ubicuo y fluido y llegaba a ocupar hasta los más estrechos intersticios de la sociedad. Mediante el antagonismo social, la sociedad politizada estaría dotada de una capacidad fina para la discriminación de diferencias entre grupos sociales de la que carecía antes. En la sociedad politizada es más fácil y probable que ocurran procesos de segregación social, étnica e ideológica. Es como si la politización de la sociedad introdujese una suerte de lente capaz de amplificar e identificar diferencias entre, por un lado, grupos puros (v.g. los arios de la Alemania nazi) de la sociedad, considerados como supuestosportadores de la escensia o carácter original de la sociedad, y grupos impuros, defectuosos, débiles, corruptos, ociosos, menos capaces, en cuya sangre o carácter se han perdido los rasgos definitorios o idiosincráticos de una sociedado nación. En otras palabras, lo político actuaría como un acto que revela una heterogeneidad que yace en lo profundo del tejido social y que una sociedad pre-política o a-política habría pasado por alto.

Schmitt pensaba que la libertad propia de la democracia daba rienda suelta a que la heterogeneidad social que caracteriza el Estado pluralista desatase una nefasta proliferación de intereses y opiniones cuyos enfrentamientos minaban el orden social e institucional hasta el punto de amenzazar el hilo constitucional. La solución de Schmitt al inexorable deterioro del orden democrático era simple. Si se quería la libertad de la democracia había que homogeneizar la sociedad. Si la homogeneización fracasaba, la democracia estaría permanentemente amenazada y por tanto se debería elegir la dictadura. En este sentido, algunos estudiosos de Schmitt creen que su contribución más importante al nazismo puede haber sido la justificación teórica de la necesidad de reducir la heterogeneidad étnica y religiosa que caracterizaba la sociedad alemana.

Idealmente, la masa homogénea (colectivo desprovisto de individuos) en que debería transformarse el Estado liberal y pluralista luego de que operase exitosamente un proyecto de homogeneización sería la mejor materia prima para fabricar un soberano obediente. La homogeneidad social suprime gran parte de los problemas de representación (lo que facilita la disolución del parlamento) de una sociedad y reduce los problemas de gobernabilidad. El soberano homogéneo piensa, cree, opina y actúa como si fuese un único ciudadano. Frente al soberano homogéneo no se precisa de deliberación sino tan sólo de decisión por parte del Gobernante puesto que la homogeneidad facilita la comunión entre el soberano y su gobernante, quien a las luces de una democracia liberal y pluralista puede ser reconocido como un dictador totalitario.

La politóloga y estudiosa de la democracia Chantal Mouffe, considera que en la sociedad democrática se debe tratar de convertir todo germen de antagonismo en una contienda agonista. “El agonismo, a diferencia del antagonismo, establece una relación nosotros-ellos, en la cual las partes en conflicto, si bien admiten la no existencia de una solución racional a su desacuerdo, reconocen la legitimidad de sus oponentes. Eso significa que aunque en el conflicto se perciban a sí mismos como pertenecientes a la misma asociación política, es decir, que comparten un espacio simbólico común dentro del cual tiene lugar el conflicto, no estamos frente a una relación de enemigos, sino de adversarios, caso que encontramos en el agonismo. Y por eso el adversario constituye una categoría crucial para la política democrática.”

Regresando a nuestro ejemplo de los banqueros como potenciales enemigos y antagonistas de quienes protestan en el movimiento OWS. Debemos hacer lo posible (los que escriben escribiendo sobre esto) para que los segundos vean a los primeros como adversarios, con quienes es se comparte, no solo valores morales y bagaje cultural, sino también con quienes es posible construir en conjunto, en una arena deliberativa, un modelo compartido para alcanzar la Buena Vida.

Cita de Chantal Mouffe tomada de:”Alteridades y subjetividades en las ciudadanías contemporáneas” en Diálogos de la Comunicación. Revista Académica de la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social. Disponible en: www.dialogosfelafacs.net/75/articulos/pdf/75ChantalMouffe.pdf

Apuntes y fragmentos sobre tiempo y poder

Quiero escribir sobre esa impresión que tengo, que comparto con algunos de mis conocidos, de que el tiempo está suspendido en Venezuela. No se trata de que el tiempo transcurra más lentamente porque las semanas se suceden sin detenerse, una tras otra a la misma velocidad que lo hacen en cualquier otra parte del mundo. Me refiero más bien a la esfera de las decisiones existenciales.

Hay una obsesión y fobia del poder con el tiempo, cuyo avance inexorable reta su permanencia y supervivencia.

Tiempo suspendido

La idea de un tiempo que cuelga; que ha dejado de fluir. Figura metonímica (toma la parte por el todo) que designa más bien una vida que cuelga; es decir una vida cuyas decisiones esperan a un mejor tiempo. Millones de vidas que esperan el tiempo oportuno para tomar las mejores decisiones. O que, por el contrario se van a otros países. La imagen de un hombre indeciso al borde de un risco que cae verticalmente sobre la costa marina, que la vemos allá muy abajo. El hombre no sabe si arrojarse al vacío o quedarse parado en ese borde, deliberando.

La idea de un tiempo suspendido la tomo del título de la primera novela del fallecido escritor norteamericano Saul Bellow, Dangling man (1944), que narra la vida (suspendida) de su personaje Joseph, un desempleado que solo recupera la dinámica de su vida, que vuelve a tomar decisiones importantes determinantes para su existencia, cuando se enlista en el ejército para pelear en la Segunda Guerra Mundial.

Antagonismo entre tiempo y poder

La animadversión profunda del poder hacia el tiempo es uno de los factores que instaura ese clima de suspensión del tiempo en Venezuela. Somos gobernados por un poder que se regocija en su incompetencia porque el caos y la consecuente incertidumbre que éste crea (amplifica porque hay una incertidumbre basal) dificulta las decisiones (les impide a los gobernados decidir) y hace recomendable postergarlas. Un poder que a través de sus múltiples dicursos, versiones de una única aspiración a legitimar su permanencia en el tiempo, glorifica y exalta la muerte y el pasado, ambas expresiones de su aborrecimiento del tiempo.

El paso del tiempo le recuerda a quien encarna el Poder, a cada instante, que su existencia está limitada a un período finito cuyo final, en el mejor de los casos termina con su muerte.

La espera, Godot

La espera es uno de esos verbos que no designa una acción sino sólo un preludio de la acción, es casi un verbo que designa una no acción.

Como el poder aborrece el tiempo y hace lo posible por suspenderlo, sus esfuerzos se traducen en el despliegue de una vasta lentitud en el imperio. Dentro de sus confines el tiempo pasa muy lentamente. Tan lentamente que casi no pasa. Y los que no se dejan seducir por las virtudes de esa lentitud, esperan a que el tiempo vuelva una vez más a andar a su velocidad natural. La espera, un universo de ciudadanos pacientes a quienes se les pasa la vida en una espera, como en la antesala de un médico. Es una de las consecuencias de la instauración de un poder que se resiste a morir. O a pasar a otras manos, que es la regla tácita de la democracia. Un poder que no fluye.

Es esta lógica de un poder que se abraza a la inamovilidad lo que instaura la idea de que vivimos un tiempo de espera.

Pienso a veces que nuestra espera se asemeja a aquella en la que quedan atrapados Vladimir y Estragón, los personajes de Esperando a Godot, obra de teatro del irlandés Samuel Beckett. Cuando analizo esa obra desde nuestras circunstancias, pienso que quizá Godot no acude a su cita porque el tiempo de quienes esperan se ha detenido. O más bien porque cada una de las partes que ha acordado encontrarse, los que esperan y Godot, viven en mundos en los que el tiempo transcurre a velocidades distintas. Pudiera ser que el tiempo de Vladimir y Estragon no pasa o quizás sólo transcurre muy lentamente. Quizás Godot llegó a los pocos minutos de haberse separado; porque lo que para ellos son minutos para Godot son días o semanas. Quizás ocurre algo semejante (pero a la inversa) a lo que le pasó a Rip van Winkle, el personaje del cuento de Washington Irving, que llega 20 años retrasado a la cita con su pueblo natal, creyendo que sólo había pasado una noche fuera de aldea. Esta idea de un tiempo que pasa más lento en Venezuela, y por extensión en algunos lugares del Nuevo Mundo, es coherente con esa percepción de que el mundo de afuera nos deja atrás.

La espera, Heráclito, los cambios

Hay una versión presocrática de la espera que pudiera ofrecernos una clave distinta para responder a la pregunta sobre por qué Godot no acude a la cita. Me refiero a que del mismo modo que nadie se baña dos veces en el mismo rio (Así lo dice Platón en el Cratilo; Heráclito lo dice en las siguientes palabras: En el mismo rio entramos y no entramos pues somos y no somos los mismos. De este modo ha quedado registrado su aforismo en el fragmento 22 B12 de Diels-Kranz) porque cambian continuamente él y el rio, nadie debería ser el mismo cuando se separa de alguien que aquel que es al momento de reencontrarse con ese alguien. Lo que significa que todo reencuentro y consecuente reconocimiento luego del cambio que tuvo lugar durante la separación un milagro (1).

Un corolario de la idea de Heráclito de que vivimos en un mundo de cambios continuos, es sostener que lo que aprendemos nos cambia y que este nuevo aprendizaje cambia constantemente nuestro modo de mirar el mundo. Miramos con ojos diferentes lo que creemos que es lo mismo y pudiera ocurrir que algo de lo que miramos haya sufrido un cambio tan drástico que no lo reconozcamos como algo familiar. Por tanto, si además de cambiar significativamente nuestra mirada del mundo cambia también aquello que miramos (aquel que esperamos encontrar, el buen Godot) la cosa se complica. Digo esto porque una vez que se desatan las fuerzas del cambio (del verdadero cambio y no de aquel que cambia para seguir siendo lo mismo como en el caso del Gatopardo, la novela de Lampedusa), cabe la posibilidad de que Godot haya pasado a nuestro lado y no lo hayamos reconocido. Sería posible que, trágicamente, como en un cuento de Kafka, él tampoco nos haya reconocido. Todo conspira, en un mundo regido por las leyes del oscuro filósofo de Hefeso, para que nos desencontremos. O para que esperemos por largo tiempo sin la esperanza de que aquel a quien esperamos acuda a la cita. En ese mundo de cambios acelerados y ubicuos permeando la realidad como un virus sería un milagro reencontrarnos con alguien con quien hemos acordado vernos el dia anterior.

¿Pero qué es esto? Hablo de un mundo de cambios cuando lo que siento es que estoy viviendo en una realidad congelada. Quizás hablo del mundo de los cambios porque es lo que necesitaría; hablo de aquello de lo que carezco porque me hace falta. Porque mucha de la gente que me rodea, por decisión, o por simple indolencia, han postergado las decisiones críticas y han dejado su vida suspendida de un hilo. La han entregado al destino, a las fuerzas del azar o a la voluntad de dioses en los que algunos ni siquiera tienen suficiente fe de que ellos o Él, si son monoteístas, puedan hacer algo por ellos; para que logren sus propósitos o tan solo para que sean felices.

Interludio borgiano, glosa montejiana

Tiene una obvia inspiración heraclítea aquel poema de Borges que dice:

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca,/aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

Es ciertamente un mundo de cambios-pareciera que nos dice Borges-pero no produce esa rueda de los cambios una metamorfosis que me convierta a mi en el hombre que Matilde Urbach amaba a morir pues la ventura de ese azar de los cambios infinitos y continuos aún no la he disfrutado. El ingenioso poeta venezolano (fallecido en 2008) Eugenio Montejo, pareciera darnos una salida optimista al desánimo borgiano cuando escribió:

La tierra giró para acercarnos/ giró sobre sí misma y en nosotros,/hasta juntarnos por fin en este sueño…

Lo que de algún modo dice Montejo, sin abandonar el espíritu de Heráclito, es que aún si es necesario que la Tierra toda gire sobre su eje, y recorra al hacerlo 40 millones de kilómetros, o que yo me transmute en 40 millones de otros hombres, hasta llegar a ser aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach, eso puede ocurrir. No por azar sino por amor. Montejo lo sugiere entre líneas.

Transmutación infinita del que ama versus ansia infinita de quietud del que detenta el poder.

Nuestra espera

¿Qué esperamos en este país? ¿Qué esperan los que piensan comenzar a vivir el día que ocurra lo que esperan que ocurra? Algunos esperaron a los marines hace unos años, hasta que se dieron cuenta de que éstos no llegarían a la cita; otros a que actúe el destino, a que el regimen implosione espontáneamente y regrese la paz. Otros esperan cosas peores; violentas, crueles muchas de ellas. Pero también una gran mayoría espera la paz.

¿Qué espera el Poder? A veces creo que su absurda esperanza es que los que lo adversan (los que se oponen a este proceso absurdo de destrucción y demolición de nuestro pais) se vayan; que les dejen hacer (que ha sido más bien un no hacer) a sus anchas. Lo que no deja de ser una aspiración profundamente infantil. Porque el poder es parecido en su manera de pensar a los niños. Mira el mundo del mismo modo egocéntrico que ellos. La diferencia es que ellos finalmente crecen (muchos de ellos lo hacen); el jerarca totalitario o aspirante a ello nunca crece. Es un puer aeternus, un Peter Pan en una Tierra de Nunca Jamás en la que no pasa el tiempo.

No vivimos aún en una dictadura pero muchos de: los rasgos que distinguimos en los actos de gobierno, los significados que captamos en el casi continuo y mediatizado discurso del gobernante, o en ese otro discurso que es calco indistinguible del que enuncia y pronuncia del líder supremo (que fusionado con el primero lo escuchamos como una serie de ecos repetidos hasta la saciedad, que emergen de las bocas del líder y de las de una serie redundante de autómatas que han abdicado de su volición en favor de la del primero) se parecen mucho a los de un gobierno totalitario.

Es entonces cuando aparece ante mis ojos la imagen de ese regimen que devora pantagruélicamente organizaciones, instituciones, principios, valores, propiedades, proyectos de vida, bienes privados, noticias, para luego vomitar o excretar verborréicamente un discurso continuo que revela su desmedida ansia de permanencia. Pero el tiempo conspira contra ese objetivo, de manera inexorable.

El poder y la memoria

Pienso que hay una relación dialéctica entre el poder y la memoria. Por un lado anhelaría éste que los gobernados recuerden con precisión fotográfica las obras y hechos gloriosos del gobernante. Por el otro, que sean olvidados sus errores y desaciertos. Que se borren de sus mentes como si no hubieran existido todos sus errores. Por eso el afan de todos los Príncipes de reescribir la historia, tal como narra Orwell que ocurre en el mundo de 1984.

El paso del tiempo le recuerda al Príncipe el riesgo, la tentación y, en definitiva la inevitabilidad del olvido; que es algo similar a la fragilidad de la memoria. Cuando aquellos que gobernó lo olviden como persona o como líder, cuando olviden las consecuencias materiales, morales, estéticas de su ejercicio del Poder, que son las últimas reminiscencias de todo Poder, su poder habrá desaparecido por completo.

Fragilidad tu nombre es mujer, dice con un tono misógino Hamlet cuando advierte la facilidad con la que su madre Gertrudis ha olvidado los votos realizados a su fallecido (realmente asesinado) padre y se ha casado con su tio Claudio luego de enviudar. Frágil memoria que quizá es la expresión, en Gertrudis, de una superficial o falsa admiración hacia quien era su esposo.

Teme el Príncipe que lo que interpreta en los gobernados como adoración sea realmente una impostura, o si es real, que sea de una fragilidad semejante a la de Gertrudis. Presunción de una impostura que es tanto más probable cuanto mayor haya sido el terror que despertaba la posibilidad de una retaliación del líder supremo.

El ideal del Poder absoluto de gobernar en un mundo que ha quedado suspendido eternamente, sin historia. Pienso en Shi Huang Ti, aquel legendario y primer emperador chino que erigió la muralla y quemó los libros (ver magnífico ensayo de Borges sobre este tema en Otras Inquisiciones), seguro que para aislar a su imperio del tiempo; para que viviese el imperio inmerso en la oscuridad quietista de una suspensión de la historia.

Al final de su vida no logró escapar Shi Huang Ti a la decadencia. Persiguió por todos los confines del imperio magos y alquimistas que le ofrecieran la inmortalidad (de la que la memoria es la más eficaz metáfora). Prohibió que se mencionara la muerte en su entorno; temía ser víctima de un atentado, por lo que se escondía en un palacio con tantas habitaciones como días tienen los años. Así buscaba desorientar a imaginados y temidos magnicidas.

Pero ésta es una fantasía y por eso el poder real, en un mundo en el que existe el tiempo recurre a las más delirantes estrategias para negarlo, detenerlo o, lo que es peor, para retrocederlo. Por eso su semejanza con la figura del puer aeternus.

Esta relación antagónica entre el Poder totalitario y el tiempo o la historia, es lo que determina en el primero conductas ambivalentes, irrracionales, dramáticas y teatrales, trágicas y cómicas, frente a la historia. En los casos en los que el ansia de poder no ha ensombrecido del todo la comprension del Príncipe, éste adoptará la estrategia del disimulo. De tarde en tarde se transará con la historia. Armado de valor, se aventurará en el ejercicio de mirarse a sí mismo en el futuro lejano como si éste fuera un espejo. Tendrá el valor de imaginar cómo (luego de que pasen los eones (y que los retratos que mandó a hacer a los retratistas y escultores de su corte de adulantes hayan sido corroídos por el orín, huella del tiempo, quemados por el fuego, destruidos por hombres y bestias, y los restos arrojados a los botaderos) aún quedarán recuerdos de lo que hizo en alguno que otro libro de historia, aun algunos cronistas e historiadores se preocuparán por corregir los vacíos introducidos ex profeso por historiadores y cronistas que sufrieron una persecución ignominiosa por parte de su regimen. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el Príncipe carecerá del valor de imaginar o mirar siquiera de soslayo ese futuro lejano.

Horror a la historia

La idea de que el presidente aborrece la historia porque aborrece el tiempo. No se trata solamente de que vive en el pasado y que a menudo parece conducir al país a un tiempo que se remonta siglos hacia atrás. Sino más bien de que carece en lo absoluto de sentido del tiempo. Tanto del tiempo personal de cada ciudadano; como del tiempo colectivo en el que ocurre la historia. Secuestra el pasado y con él la historia distorsionando caóticamente la historia y los hechos. Recupera odios ancestrales delmismo modo que otros lo hacen con tesoros enterrados. No vive la Historia porque para hacerlo hay que vivir dentro del tiempo y el presidente vive y habla como si el tiempo fuese un muelle que puede comprimir a voluntad. Para que todo ocurra en un eterno presente.

La exhumación, mirada tardía

Fue un exabrupto esa exhumación del Libertador. Un acto de puro abolengo surrealista que contrapuntea para reinventar la definición del Conde de Lautremont, de reunir en una mesa de operaciones un paraguas y una máquina de coser. Allí estaban reunidos: los soldados y oficiales con sus armas, los jerarcas civiles del regimen sin armas visibles, los trajes asépticos y guantes quirúrgicos que recubrían a todos, la poesía de Neruda, el Panteón a la madrugada, los huesos del Libertador, y se invocaba su alma inmortal para que no dejara de sumarse a esa reunión.

Tanatofilia

Cuando el presidente exhuma los héroes y próceres muertos siglos atrás; cuando invoca alegremente la batalla y lo asalta un entusiasmo que nos da la impresión de que anticipa delirante su siempre abominable y terrible fragor; cuando permite con una no-política de seguridad ciudadana que las cifras de muertes violentas en Caracas y en otras grandes ciudades se mantengan o crezcan semana a semana, acumulando en pilas los cuerpos inanes de las víctimas; cuando denuncia la existencia de magnicidas del mismo modo que algunas solteronas invocan violadores a los que buscan al llegar a sus casas debajo de la cama, ya listas para el ominoso acto; cuando ignora, dejando impunes, los actos de incompetencia y corrupción cometidos por sus allegados; cuando decreta la obligatoriedad del lema importado patria o muerte venceremos en lugar de decretar y proteger el derecho a la vida, que hace posible que en cuanto que seres humanos disfrutemos del resto de los derechos humanos; cada vez que una de sus insensatas decisiones de política pública nos empobrece un poco más, empeorando nuestra situación actual y reduciendo nuestras posibilidades de disfrutar en vida de un futuro próspero; cada una de estas decisiones, y muchas más de las que las anteriores son ejemplos emblemáticos, no hace sino confirmarnos lo que sospechábamos desde un principio: que él le otorga más importancia a la muerte que a la vida; que ama la muerte en un despliegue de tanatofilia (ya quisiéramos que, por lo menos, como el socialista utópico Charles Fourier amara la vida y recorriera el país fundando falansterios que reprodujesen los principios de Armonía) que nos recuerda las vivas a la muerte del lisiado general Millán Astray. Y sin embargo, ese amor a la muerte no es sino una expresión de la medida en que el presidente aborrece el tiempo.

No se trata de que vive en el pasado (en tiempos de la conquista, colonia o independencia); porque el presidente vive fuera del tiempo. Tampoco se trata de que su amor a la historia lo hace querernos convencer de las razones que convierten al pasado en la mejor de las utopías para un país que ha dejado de avanzar hacia el futuro. Porque el presidente vive en una región fuera del espacio-tiempo en que las almas de aquellos con quienes conversa (los únicos con quienes lo hace) conviven en un presente eterno.

Y así logra el presidente reunir en una misma sala del palacio presidencial a los caciques, los próceres, los caudillos, los dictadores, los intelectuales de siglos anteriores nacionales y extranjeros. Los reune para anunciarles que van a ser vengados. Y que del mismo modo que el otro Libertador nos liberó del yugo español él liberará a las almas reunidas en ese ámbito sin tiempo, del yugo que los amarra a la Historia, a la memoria siempre frágil y al pasado.

Y sin embargo, pienso que todo esto es un teatro. Que quizás su agenda única es escapar para siempre de esa soledad en la que vive. Por eso busca desesperadamente estar, por lo menos, con las almas de los muertos. Para conversar sin necesidad de levantar la voz. Porque a ellos es suficiente susurrarles para que escuchen, comprendan y sonrían (aunque sea con esa sonrisa falsa como la que fuerzan sus engolosinados jerarcas, que bostezan cuando no los está viendo). O quizá prefiere declararse politeísta, como lo hiciera Juliano el Apóstata, y decir que son ellos sus dioses tutelares, que sólo a ellos rinde culto y respeta. También udiera ser que prefiere la multiplicidad de dioses porque desde niño ha amado las relaciones asimétricas; como por ejemplo esa relación entre los millones que son el pueblo y él como su única encarnación sagrada.

Pero allí dentro, en ese ámbito sin tiempo poblado de las almas, restos y reliquias de los héroes del pasado, él reza primero sus plegarias y luego espera, hasta que escucha sus respuestas. Es su modo de conversar; el único posible para él. Las respuestas pueden llegar inmediatamente, pero a menudo tardan. Le llegan siempre de modos sorprendentes y misteriosos como los caminos de Dios. Y cada vez que ocurre esto; cada vez que recibe una respuesta a sus plegarias, confirma que es el elegido.

Y aunque los muertos fruncen el ceño y lo miran con perplejidad, o simplemente no lo miran, por miedo a que los devuelva al pasado, donde siempre tienen el riesgo de ser olvidados, la sola idea de imaginar que lo van a escuchar durante eones, en ese presente eterno, los hace elegir el riesgo del olvido. Pero él hace caso omiso a sus muecas o gestos silentes. Continua su discurso esperando que millones de vivos que no se han decidido a seguirlo con los ojos cerrados a ese recinto de esplendorosa eternidad, lo hagan ahora que les ha secuestrado el futuro. Ahora que casi ha logrado que la historia y las vidas de los vivos, de todos los que se resisten a ingresar en ese formidable recinto eterno, lo hagan más temprano que tarde, cuando todavía tienen tiempo.

Porque luego vendrá (es su pesadilla y a la vez su anhelo de que en tanto que profecía se verifique de veras porque teme y aborrece pasar a la historia como una Casandra más) el Apocalipsis, que invoca a diario. Y entonces nadie podrá escuchar porque sólo hablarán a gritos las balas de los kalashnikovs, los obuses y las bombas arrojados por los sukoys, los alaridos de los heridos penetrados o cortados por cuchillos fabricados con acero ruso, bielorruso o iraní. Y en medio de ese ruido infernal los que aún queden vivos lamentarán no haber ingresado en ese mar de eterna felicidad.

Notas

(1) El fragmento sobre el río es el más conocido de los fragmentos compilados por H. Diels sobre este tema. Hay otros fragmentos que expresan esta idea del cambio como principio rector del Universo. Por ejemplo, en el fragmento 90: Todas las cosas se cambian recíprocamente con el fuego y el fuego a su vez, con todas las cosas, como las mercancías con el oro y el oro con las mercancías. Platón menciona en el Cratilo (402a) esta idea cuando hace referencia a este filósofo: Heráclito dice en alguna parte que todas las cosas se mueven y nada está quieto y comparando las cosas existentes con la corriente de un rio dice que no te podrías sumergir dos veces en el mismo rio. De modo que la formulación platónica de la idea de Heráclito es más conocida por la gente que la del filósofo de Hefeso.

Lengua y Poder (más sobre los intelectuales)

Antonio de Nebrija

Parto de la premisa de que el Poder, cuanto más hegemónico, total, abarcante y omnímodo es, menos interesado está en el diálogo y más en apropiarse de la lengua para sus propios fines, para defender a toda costa lo que hace, sea ocultando sus actos o deformando la realidad para que éstos no se vean, o para que los otros vean sólo lo que el Poder quiere que todos los que están sujetos por él vean, sientan, perciban.

Refiere el escritor Ivan Ilich que en una carta dirigida a la reina Isabel la Católica, el humanista y gramático Antonio Elio de Nebrija, autor de la célebre Gramática Castellana publicada en 1492, año del descubrimiento de América, escribía: «Siempre la lengua fue compañera del imperio (se refiere al romano y por extensión al que se vislumbra desde España): y de tal manera lo siguió: que justamente comenzaron, crecieron y florecieron. Y después junta fue la caída de entrambos». El texto sugiere que Nebrija estaba claro de la importancia que tendría el español para, junto con la espada del conquistador, garantizar el éxito del Imperio que quizá los reyes católicos apenas vislumbraban en ese momento. Desde que leí hace años ese artículo de Ilich, me quedé con la idea de lo importante que era y había sido siempre para el Poder (¿cuándo el Imperio no ha sido Poder?), para apoyar su ampliación y garantizar su duración, tener control y dominio de la lengua.(1)

Pasa un poco con la lengua como con la botánica. Cuando hace más de una década vivía en Londres, y visité el legendario jardín botánico de Kew Gardens, me quedé admirado de su belleza y de la diversidad de plantas que tenían. Pero lo que veía no era sino la punta del iceberg de la famosa colección de semillas que se cuenta entre las tres más grandes del mundo. Seguro que al principio, en esa colección abundaban semillas de las antiguas colonias y otras tierras exploradas por el Imperio Británico). Viendo eso, era fácil imaginar de qué modo los botánicos imperiales ocupaban su tiempo en recoger, clasificar y diseminar todas las plantas y semillas que ellos pensaran podían ser de potencial económico por su valor comestible o farmacológico. Es fácil representarse esas escenas de botánicos y científicos acompañando a los exploradores aventureros y sólo un poco detrás pisándoles los talones, los militares de avanzada del Imperio Británico que habían llegado hasta los más remotos continentes.

En fin, hago este paréntesis para volver a la relación entre lengua e Imperio y, por extensión, entre lengua y Poder, ahora que los imperios verdaderos menguan y aparecen esos imperios virtuales. Esos imperios que son y no son (porque su misma identidad es actualmente puesta en duda o criticada) y que como espejismos, se aparecen ante nuestra vista como sueños o espejismos. No importa que los imperios no estén de moda. La fiebre del Poder omnímodo no pasa de moda. Infecta e infectará las cabezas de líderes futuros por siglos, quienes recurrirán una y otra vez a sofismas cada vez más imaginativos y fantasiosos para justificar el vasallaje de los súbditos; de todos aquellos que han declinado su derecho a la ciudadanía en pro de su condición de súbditos.

Viviendo en Venezuela no tengo que buscar mucho para encontrar variantes de estos hombres y mujeres que viven con nostalgia de Imperio. Hipnotizados, alelados, fascinados, mareados, confundidos y, los más, quizás sólo ilusionados o alucinados, por el discurso continuo del Poder, ellos renuevan cada dia sus esperanzas en que lo que promete el líder carismático sea la verdadera realidad. No quieren ver lo que sus sentidos les muestran. Ven lo que les muestra ese discurso. No ven ellos cómo crece ese Poder cuando un nuevo feligrés se rinde a los pies de esa realidad ficticia. Renuncian a ver la realidad y permiten que les señalen cómo es. Ansían que por un acto de magia, sea real la realidad que narra el hegemón. Por eso la importancia de la lengua. Por eso el riesgo de que hable quien adversa el Poder. Por eso la necesidad de controlar hegemónicamente los medios de comunicación, sin que ruido alguno rompa la ilusión. El Poder hegemónico ama el silencio porque prefiere no escucharse al riesgo de tener que escuchar la voz discordante del disidente. En su defecto, este Poder imagina que su discurso iluminado (todo Poder hegemónico es egocéntrico) es realmente luz. En esas ocasiones, desearía hablar por horas en un cuarto de espejos en el que la luz saliendo de su boca se reflejase hasta el infinito en las superficies bruñidas de decenas de espejos. Tener como único público las infinitas imágenes especulares de sí mismo. Lo que lo configuraría como orador y oyente de su discurso eterno. De este modo, esa milagrosa y artificiosa realidad que construye con su voz, que en realidad es más frágil que el castillo de naipes que sí es real, se reflejaría hasta el infinito.

Porque no nos hagamos la ilusión. Un poder hegemónico no dialoga con los que que lo resisten. Con los opositores, los escépticos, los disidentes; con los que son inmunes a la seducción melosa y meliflua de caricias fisicas y metafísicas que les ofrece ese dicurso como si fuera una serpiente bíblica. El Poder no conoce el sentido de la palabra interlocutor. Sólo se puede aproximar a este rol desde una impostura. Disfrazado de interlocutor, el Poder toma las palabras de aquel con quien conversa, a quien llama disidente (porque los otros, los que sólo escuchan y obedecen, no hablan, solo reverberan su voz, reproducen su discurso con un timbre y unas palabras distintas) y las usa como armas para destruir la fuente del discurso que lo adversa. Para silenciar al disidente. El Poder hegemónico convierte el agonismo en antagonismo, el debate (que busca la deliberación) en confrontación cuyo objetivo final es el exterminio del contendor o su humillante vasallaje a la seducción del poder (porque es falaz que le importe la dignidad del paria, o la del Otro, sólo le importa el halago o, sino, la humillación de aquel que lo adversa, del que existe como ser autónomo, con voz y pensamiento propio)

No hay nunca un proceso de cambio real en las ideas y fines del Poder (cuyo objetivo único es perpetuarse). (Por eso carece de sentido pensar en la democracia deliberativa como alguna vez pensé, pudiera ser una alternativa a la democracia representativa). El poder subvierte, pervierte, pudre, corrompe y, sobretodo, metamorfosea el sentido del discurso del adversario para hacerle perder su coherencia o, lo que es peor, mucho peor, subvierte, deforma, corrompe, desvirtúa la esencia, y la naturaleza del adversario, o de quien ilusamente aspire a conversar con el Poder, para destruirlo moral, espiritual, social, e incluso físicamente. Aunque esto último, en un tiempo de supuesto respeto global de los derechoas humanos, se evita; para preservar la forma. La insinuación de que la familia del huelguista fallecido fue cómplice de un délito de instigación al suicidio es un señalamiento atroz e inverosímil que supone la estupidez del público o, lo que es más probable, la ilimitada extensión del cinismo de quien formula la acusacion. Conclusión que construye el silogismo: Todo cinismo es una prueba de Poder. Un experimento en el Poder. Una demostración, como lo verifica Winston en 1984, de que dos más dos no es cuatro; serán cinco unas veces y seis cuando el Poder lo decida.

Corrupción de la lengua por el Poder

Pienso que la corrupción diaria que hace el Poder de la lengua que hablamos y en la que el intelectual desarrolla sus ideas reduce la productividad del discurso. Porque estoy convencido de que el Poder no sólo corrompe el alma de aquellos que se perpetúan en él. Corrrompe, para legitimarse en su eternización ilegítima e ilegitimable, el espíritu y sentido de la lengua; de nuestra lengua (la que trajo Nebrija de ese otro Imperio junto con la espada del Conquistador y no aquella que hablaban los nativos). Dentro de esta línea de ideas, J.M. Coetzee, en el libro de ensayos Mecanismos internos, nos recuerda que el filósofo y escritor Theodor Adorno, en una conferencia pronunciada en 1951, dijo: “Escribir poesía después de Auschwitz es bárbaro”. Lo era, según sugiere Coetzee, por la perversión, lascivia y doble discurso al que había sometido el regimen nazi a la lengua alemana. El haber hecho decir a la lengua cosas indecibles tuvo un precio: la lengua perdió la capacidad de describir la realidad. La lengua se vació de significado con cada mentira que el regimen nazi perpetraba, con cada muerte que sus palabras enmascaraban o disfrazaban. Luego, esta lengua vacía y pecadora que estaba agonizante pudo redimirse, o al menos hacer que Adorno se desdijera en 1966, cuando revisó su opinión a la luz del poema compuesto por el poeta Paul Celan, nacido en 1920 en Czernovitz, en el territorio de Bucovina, que formaba parte del Imperio Austro-Húngaro y que después de 1918 pasó a formar parte de Rumania.

El poema de Celan,Todesfuge (Fuga de Muerte), fue compuesto entre 1944 y 1945 y es considerado por Coetzee uno de los poemas fundamentales del siglo XX. (ver página 136 de Mecanismos Internos una opinión crítica de este poema esencial). Coetzee nos recuerda que Alemania ha usado recurrentemente este poema como una herramienta para promover la reconciliación con, y superación del, pasado. Pero lo más importante es que Fuga de muerte realiza una operación de salvación de la lengua alemana al demostrar que: ” el lenguaje puede medirse con cualquier tema, sea cual sea: por más indescriptible que sea el Holocausto, hay una poesía que puede describirlo” (Coetzee, 137).

Con lo que quiero decir que nuestra lengua, la que hablamos en Venezuela, creo que ha sufrido profundamente. Estamos a la espera de esos textos fundamentales (poemas, cuentos, novelas, crónicas, ensayos) que recuperen nuestra lengua, la rediman, y sean capaces de describir lo que hemos pasado y lo que aún estamos pasando. Quizás es ésta una tarea colectiva. Debemos asumir todos esa tarea. No sólo la de reconstruir el país desde sus valores e instituciones, sino también, y sobretodo, desde su lengua. Desagraviarla, reinvindicar su legitimidad para describir una realidad de horror que en la actualidad solo puede ser sugerida, ya no con palabras sino con: imágenes terribles (e.g. la foto de la morgue publicada en El Nacional y luego censurada); o recurriendo al siempre agudo desliz metonímico que subyace al humor más inteligente y ágil (Laureano, Rayma, Weil, Zapata, entre otros). Esta perversión y putrefacción de la lengua; esta taumaturgia que troca los tropos que profiere el líder máximo en violencia ciega de balas frias y letales; esta patraña semántica que troca la dignidad de la muerte de Franklin Brito, quien prosiguió su protesta con una integridad de la que carecen los jerarcas del regimen, en vulgar y oscuro chantaje de un felón, o en gozo de la oposición, revela una corrupción profunda, una descomposición moral de todas las instituciones subordinadas al Poder. Es una perversión que no podemos pasar por alto la que han perpetrado los aparatos de propaganda de este regimen totalitario que se disfraza como postmoderno debajo de la democracia. Es semejante corrupción lingüística la que nos demanda asumir la responsabilidad de realizar uno o más actos de redención literarios, poéticos, cinematográficos, teatrales, plásticos, filosóficos, metafísicos. Espero leer más textos cada dia que el Poder no pueda corromper. Textos que sean, sin embargo, capaces de describir, como lo hizo en su tiempo Todesfuge de Celan, con esta misma lengua que es nuestro español, la tragedia que hemos vivido y, junto con ella, la que han vivido el país, la paz y la reconciliación que no tenemos todavía pero que intuimos que nos merecemos.

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Traducción de Fuga de Muerte de Paul Celan por Jose Luis Reina Palazón

Negra leche del alba la bebemos de tarde
la bebemos a mediodía de mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
cavamos la fosa en los aires no se yace allí estrecho
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus mastines
silba a sus judíos hace cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana a mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete
Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho

Gritad hincad los unos más hondo en la tierra los otros cantad y tocad
agarra el hiero del cinto lo blande son sus ojos azules
hincad los unos más hondo las palas los otros seguid tocando a danzar

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana a mediodía te bebemos de tarde
bebemos y bebemos
Vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margaret
tu pelo ceniza Sulamit juega con las serpientes

Grita que suene más dulce la muerte la muerte es un Maestro Alemán
grita más oscuro el tañido de los violines así subiréis como humo en el aire
así tendréis una fosa en las nubes no se yace allí estrecho

Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos a mediodía la muerte es un Maestro Alemán
te bebemos de tarde y mañana bebemos y bebemos
la muerte es un Maestro Alemán su ojo es azul
él te alcanza con bala de plomo su blanco eres tú
vive un hombre en la casa tu pelo de oro Margarete
azuza sus mastines a nosotros nos regala una fosa en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un Maestro Alemán

tu pelo de oro Margarete
tu pelo de ceniza Sulamit

Notas

1. No trato en esta entrada sobre la reflexión que hace George Orwell de las relaciones entre totalitarismo y lengua en la novela sobre la distopía totalitaria1984, porque es un tema que amerita una entrada independiente. Pero quiero invitar al lector a que refresque los conceptos de neolengua, y de doublespeak. Veamos cómo define Orwell este concepto:

Winston sank his arms to his sides and slowly refilled his lungs with air. His mind slid away into the labyrinthine world of doublethink. To know and not to know, to be conscious of complete truthfulness while telling carefully constructed lies, to hold simultaneously two opinions which cancelled out, knowing them to be contradictory and believing in both of them…”.

Es esa yuxtaposición de los dos sentidos contradictorios e incompatibles entre sí (e.g. El Ministerio de la Paz hace la guerra, El Ministerio del Amor practica la tortura), lo que produce, en una primera instancia un sentido diferente del que pareciera o uno esperara que debiera tener. Pero en una segunda instancia, esta declaración ilógica y sobretodo cínica lo que produce es la vaciedad de significado. Porque lo que debemos recordar es que lo que el Poder necesita no es finalmente un discurso. No quiere otro discurso sino sólo la palabra vacía de sentido que se amolde a lo que en cada momento necesita. Palabras esclavas, palabras siervas, palabras-herramientas versátiles, que de usarlas de un modo tan toderil, por decirlo de alguna manera, pierden su función semántica original (se mellan, se desgastan, se ablandan, se agrietan, se craquelan, etc.) pero no para reinsertarse como términos imaginativos y polisémicos en un discurso poético sino como ruido blanco en un discurso absolutamente vacío de sentido. Que paradójicamente es el mejor sentido que puede sustentar un poder eterno. Es ese momento en que el discurso deviene en ruido cuando mejor sirve a los intereses del Poder. Es cuando, como un maestro zen, el discurso se anula a sí mismo (se muerde la cola como Ouroboros), y se calla. Es por eso que a menudo este tipo de Poder colapsa por implosión y no por explosión, por terrorismo o por un virulento o violento ataque externo. Porque a ese Poder sustentado en el vacío y el silencio, a ese Poder maestro que ha llegado a sus límites, hasta el batir de las alas de una mariposa puede derrumbarlo. Pero por lo general nadie sabe anticipadamente cuándo esto ocurrirá. Conclusión que nos hace pensar que el título de esta entraba bien pudo haber sido Poder y Vacío, Poder y Silencio. O Poder y el vacío de la lengua, para hacer un título más descriptivo.