Uno de mis temores recurrentes, cuando soy espectador de movimientos populares como los que hemos visto durante los últimos meses, desde los agrupados bajo el adjetivo de Primavera Árabe, pasando por las protestas de los indignados españoles, o las de los indignados israelíes; incluyendo las de los estudiantes chilenos que reclamaban gratuidad de la educación, y las de los que agrupado por la consigna Occupy Wall Street (OWS), dicen representat al 99 por ciento de la población, es el riesgo de que en fases más avanzadas, alguno de estos procesos, ahora frescos, pacíficos (muchos de ellos, al menos en su inicio), autónomos e independientes sean secuestrados por un líder autoritario de pensamiento radical que convenza a los manifestantes de que la existencia, actuación o discurso de cierto grupo de la sociedad constituye un factor perturbador que impide lograr un arreglo político y económico consistente con el máximo disfrute, para el mayor número de individuos, dado cierto nivel de riqueza existente o la que se pueda crear con éstos.
Analicemos por ejemplo el caso del movimiento OWS. Una cosa es que éste reclame que los banqueros y otros grupos sociodemográficos que perciben ingresos muy superiores al del resto de la sociedad trabajen dentro de un marco regulatorio e institucional que produzca un sistema más justo con menos desigualdad económica, y otra es pensar que la sociedad estaría mejor si esos u otros grupos no existieran. Este último razonamiento (numerosos autores han comentado sobre esto y quizás no valga la pena hacerlo aquí sino brevemente), tiene el riesgo de que puede conducir a una política que trate de reducir o minimizar el número de miembros de ese grupo social y, al hacerlo, reducir la pluralidad de la sociedad.
Aunque está claro que el camino entre un movimiento social pacífico y un odio genocida toma años, por no decir décadas, siempre debe uno estar alerta cuando vemos esas sociedades polarizadas en las que: una sensación de malestar, una desorientación con visos de frustración, mezclada con algo de rabia, se convierten en abono de pudiera una antipatía, y luego resentimiento y finalmente odio hacia cierto grupo social.Por largo que sea el camino, ese proceso de evolución debe uno tratar de impedir a toda costa. El odio hacia un grupo étnico, social, económico, profesional, religioso, puede gestarse lentamente y ser luego muy difícil de erradicar. Procesos como los de Suráfrica, o el mismo racismo que hasta hace pocas décadas estaba arraigado en varias ciudades del Sur de Estados Unidos, tomaron tiempo para diluirse, desaparecer o dejar de tener efecto explícito.
Una manera de protegernos contra este riesgo, es recordar las ideas y el modelo que propuso el constitucionalista y jurista alemán Carl Schmitt (1888-1985), cuyos textos pretendieron constituir los fundamentos del nazismo. Schmitt pensaba que la esencia de lo político era afin al antagonismo extremo. Pero no a cualquier grado o clase de antagonismo sino al más intenso y extremo, aquel que crea la distinción entre amigo y enemigo. Schmitt concebía lo político como el campo de la distinción entre el amigo y el enemigo. En un sentido más amplio, lo político comprendería todos aquellos procesos de antagonismo social que producen alteridad, entendida ésta como la distinción entre aquellos que pertenecen (los amigos) y aquellos que no pertenecen (enemigos) a determinado grupo social.
Concebido como antagonismo extremo, lo político no puede quedar confinado a la esfera estatal. En la sociedad politizada, lo político se derrama de la esfera que lo contiene por toda la sociedad. Se desintegran las barreras que en el Estado liberal separaban lo público,. entendido como reducto de la razón, de lo privado que sería el reducto de las pasiones. En el Estado politizado y radicalizado que era modelo de Schmitt, lo político se hacía ubicuo y fluido y llegaba a ocupar hasta los más estrechos intersticios de la sociedad. Mediante el antagonismo social, la sociedad politizada estaría dotada de una capacidad fina para la discriminación de diferencias entre grupos sociales de la que carecía antes. En la sociedad politizada es más fácil y probable que ocurran procesos de segregación social, étnica e ideológica. Es como si la politización de la sociedad introdujese una suerte de lente capaz de amplificar e identificar diferencias entre, por un lado, grupos puros (v.g. los arios de la Alemania nazi) de la sociedad, considerados como supuestosportadores de la escensia o carácter original de la sociedad, y grupos impuros, defectuosos, débiles, corruptos, ociosos, menos capaces, en cuya sangre o carácter se han perdido los rasgos definitorios o idiosincráticos de una sociedado nación. En otras palabras, lo político actuaría como un acto que revela una heterogeneidad que yace en lo profundo del tejido social y que una sociedad pre-política o a-política habría pasado por alto.
Schmitt pensaba que la libertad propia de la democracia daba rienda suelta a que la heterogeneidad social que caracteriza el Estado pluralista desatase una nefasta proliferación de intereses y opiniones cuyos enfrentamientos minaban el orden social e institucional hasta el punto de amenzazar el hilo constitucional. La solución de Schmitt al inexorable deterioro del orden democrático era simple. Si se quería la libertad de la democracia había que homogeneizar la sociedad. Si la homogeneización fracasaba, la democracia estaría permanentemente amenazada y por tanto se debería elegir la dictadura. En este sentido, algunos estudiosos de Schmitt creen que su contribución más importante al nazismo puede haber sido la justificación teórica de la necesidad de reducir la heterogeneidad étnica y religiosa que caracterizaba la sociedad alemana.
Idealmente, la masa homogénea (colectivo desprovisto de individuos) en que debería transformarse el Estado liberal y pluralista luego de que operase exitosamente un proyecto de homogeneización sería la mejor materia prima para fabricar un soberano obediente. La homogeneidad social suprime gran parte de los problemas de representación (lo que facilita la disolución del parlamento) de una sociedad y reduce los problemas de gobernabilidad. El soberano homogéneo piensa, cree, opina y actúa como si fuese un único ciudadano. Frente al soberano homogéneo no se precisa de deliberación sino tan sólo de decisión por parte del Gobernante puesto que la homogeneidad facilita la comunión entre el soberano y su gobernante, quien a las luces de una democracia liberal y pluralista puede ser reconocido como un dictador totalitario.
La politóloga y estudiosa de la democracia Chantal Mouffe, considera que en la sociedad democrática se debe tratar de convertir todo germen de antagonismo en una contienda agonista. “El agonismo, a diferencia del antagonismo, establece una relación nosotros-ellos, en la cual las partes en conflicto, si bien admiten la no existencia de una solución racional a su desacuerdo, reconocen la legitimidad de sus oponentes. Eso significa que aunque en el conflicto se perciban a sí mismos como pertenecientes a la misma asociación política, es decir, que comparten un espacio simbólico común dentro del cual tiene lugar el conflicto, no estamos frente a una relación de enemigos, sino de adversarios, caso que encontramos en el agonismo. Y por eso el adversario constituye una categoría crucial para la política democrática.”
Regresando a nuestro ejemplo de los banqueros como potenciales enemigos y antagonistas de quienes protestan en el movimiento OWS. Debemos hacer lo posible (los que escriben escribiendo sobre esto) para que los segundos vean a los primeros como adversarios, con quienes es se comparte, no solo valores morales y bagaje cultural, sino también con quienes es posible construir en conjunto, en una arena deliberativa, un modelo compartido para alcanzar la Buena Vida.
Cita de Chantal Mouffe tomada de:”Alteridades y subjetividades en las ciudadanías contemporáneas” en Diálogos de la Comunicación. Revista Académica de la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social. Disponible en: www.dialogosfelafacs.net/75/articulos/pdf/75ChantalMouffe.pdf


